2011, un año accidentalmente extraño

Estas fechas están llenas de topicazos: hay que ver que rápido se me ha pasado el año, Tomás, que cada año somos más consumistas, ya sabes, lo importante es el detalle, los españoles nos gastaremos una media de 300 euros estas fiestas, en Barranquilla del Palomar han celebrado las 12 campanadas tres días antes, hoy los Reyes han sido una vez más las bicis y las videoconsolas, etc, etc, etc… y “asín y asín” hasta el infinito que nos llevará sin solución de continuidad a la cuesta de enero, la subida del gas y del metrobus (sí, señor Echevarría, eso sigue existiendo!) y a la cola del Inem…

Pues aquí otro tópico de los de manual: el repaso del año.

Y, amigos, este año ha sido cojonudamente extraño. De esos que estás ahí tomándote unas cañas un día con tus amigos, y dices, ya medio pedo: ¡joder, es que ese año fue cojonudamente extraño! Y nadie te entiende porque también van medio pedo pero les hace mogollón de gracia y se parten la caja contigo, o de tí…

Pero es que es verdad, que lo ha sido.

Terminó y empezó felicitando las fiestas como siempre de la forma más rápida y cibernética, como todo el mundo que no manda christmas, entre los que me encuentro desde hace años y es que, entre otras cosas, soy literalmente incapaz de guardar las direcciones de mis amigos y familiares en el mismo lugar cada año. Así que por no tener que preguntar las señas y reconocer mi absoluta falta de organización, pues lo voy dejando para días mejores y menos azarosos.

Me comprometí, en vano, he de aclarar, y en un alarde de pedantería intelectual que a veces me permito, a alcanzar los 50 libros en un año. Ja ja, ni de coña, amigos… Ya me hubiera gustado a mí alcanzar esa cifra, pero se me han complicado las cosillas un poco (no hay excusa que valga, pero si tengo que buscarlas tardo menos de un minuto, vamos…). Y creo que mejor no me pongo a reseñar los que me he leído, entre otras cosas porque no me los he apuntado, aunque dije que lo haría, y el tiempo empleado en hacer memoria me viene al pelo para otras miles de cosas más urgentes como conseguir emparejar los calcetines desertores de mi hija, que se empeñan en dispersarse por la casa tras la colada… Aunque, si tengo que elegir uno de todos los que recuerdo así a bote pronto a estas horas de la mañana, me quedo con Anatomía de un instante de Javier Cercas.

Entre despistes y olvidos, me he reencontrado con amistades muy queridas como la sublime Aroa, he añadido nombres guays a mi lista de gente preferida, he descubierto series de TV geniales como Portlandia o Rubicon, he entrado poco a poco y de manera subrepticia en el mundo de las madres y padres blogueros (que mira donde me iba a llevar…), me he ido poniendo motivos para empezar el día al llegar a una oficina donde la cosa se iba poniendo chunga por momentos, he emprendido mi cruzada personal contra los Cantajuego y sus perversos efectos irreversibles en algún bucle blandito de nuestro cerebro y del de nuestras criaturas, allá por la zona derecha, girando la segunda a mano izquierda (sin acritud, eh?), me he metido en berenjenales muy divertidos y surrealistas, de esos que estás ahí toda empantanada y piensas: dios, pero qué estoy haciendo? y he plantado mi bandera en la puerta del gimnasio, porque no, ¡no voy a volver en una buena temporada!

Además, he alucinado con momentos históricos como el del 15M y sus consecuencias, me he enfrascado yo solita y bajo mi cuenta en riesgo en debates finos filipinos como el momentazo Sora, me han conquistado los modelitos noñoños y sus dueños más aún, he flipado con también momentos históricos y trascendentales en mi vida como el viaje a Israel, y he asistido a algo tan histórico y surrealista a lo chiste malo como un despido sin haber casi soltado la maleta…(algo casi irrelevante, en un momento como éste, en el que soy simplemente una más de los casi cinco milloncejos de españolitos que hacen cola en estos sitios tan agradables, las oficinas del Inem)…

Ha sido un año cojonudamente extraño. Un año de meteduras de pata estruendosas y aciertos de duración indeterminada. Un año de hostiones con la mano vuelta, de crisis, paro, de qué hago ahora con mi vida, de qué hago en Madrid con la Botella de alcaldesa y la Aguirre de presi, por no hablar del panorama nacional…, de qué hago en este barrio donde las cagadas de perro que hay en la calle son del tamaño XL-caballuno por lo menos y a los que mi criatura ya ha puesto hasta nombres de pila de la familiaridad que les está cogiendo (a las cagadas, a las gitanas en zapatillas de estar por casa y a los yonquis varios en chándal). Un año donde tiraría muchas cosas y a muchos a la basura, sin reparos ni mirar si va en la bolsa amarilla o en la negra…

Pero, también, el año de la preñez, el de los proyectos sin fin, el de hacerle un corte de manga al sistema y el de liarme la manta zamorana a la cabeza (gracias a mi santo por aguantarme, mérito tiene, sin duda…).

Un año extraño, raruno, fuerte pero sin destilar, como esos vinos peleones que te dejan dolor de cabeza al día siguiente, y que ya se acaba, calendario y paracetamol mediante.

Y no sé por qué, será el instinto “preñil” o ver el panorama que tenemos montado (y alguna vez que otra y de pasada, algún programa de Telemadrid), pero me da a mí que el que viene va a ser también de los de “agárrate, María, que esto es como el final de Lost…”. Una fiesta.

En resumen, que el 2012 y el fin del mundo nos pille con las bragas puestas (y limpias) y sed muy felices, amigos.

7 efectos secundarios de una semana israelí

1. Aguantar estoicamente a mi tierna criatura en modo “asalvajado” mientras me disloca el hombro a base de porrazos la cabeza de su muñeco Pepe y seguir sonriendo cuando me babea toda la cara con un beso de vaca rumiante asturiana. Ya decía yo que la echaba mucho de menos. Pues hala, apechugar toca. Y cuando quieras más, vuelve a por otra.

2. Aguantar estoicamente que me despidan, negociando, pero que me despidan, y seguir enseñando sonrisa Profiden mientras firmo un papel donde pone que me echan por bajo rendimiento aunque todos me dicen que eso no es así, que es un mero formalismo, y que claro, mucho mejor eso a que ponga que he pegado a mis jefes, que he robado o que me he insubordinado. Pues sí, si hay que elegir me quedo con la primera…

3. Leerme, voluntariamente, algo sobre la historia de los judíos, cortesía del amigo Pablo Branas de EsCool. Nunca, y repito, nunca, me había planteado acercarme, ni asomarme a un libraco de dimensiones bíblicas como es “La historia de los judíos” de Paul Johnson. No es por nada, pero es que a mí siempre me han ido más los libros de zombies. Así me ha ido, por otro lado. Y me remito al punto 2. Como ya comenté, mis conocimientos sobre la cultura y tradiciones judías han sido siempre escasos y se han limitado a lo que he visto en las pelis americanas, donde siempre, siempre, siempre sale un judío que se apellida Cohen o Goldstein, o Stein o algo así. Así que, estoy poco más que alucinando.

4. Leerme las frases de Paulo Coelho y ese palo y quedarme pensando como una boba. Todos mis respetos al buen hombre y los de su calaña, pero nunca, y repito, nunca me han gustado esas frases de “cambia tu mente y cambia tu vida y colorín colorado…”. Me leí El Alquimista cuando me fui a vivir a Alemania y como me pilló de bajón, me impactó. Pero en cuanto superé el desánimo teutón les cogí una tirria del copón. Y ahora no sé, será el desierto, o el aire, o el Mar Muerto, que me han dejado trastornada. Y oigo una en la radio y mira tú, que la cojo al vuelo. Y me la aprendo de memoria, y voy ¡y se la digo a mis amigas mientras nos tomamos un café! Se me pasará. Espero…

5. Decir “wow” y “amazing” y “oh my god” cada dos por tres. De esto tienen la culpa tanto mis colegas inglesas (Jane, Sally, Rosie y Susie,  como mis amigas israelís, (e incluso con la estupenda Blog de Madre, que como somos ambas muy pavas, ya hasta lo repetíamos incluso farfullando en castellano) que me pusieron el chip de hablar inglés las 24 horas y aún me quedan rescoldos de aquellas charletas que nos metimos entre pecho y espalda.

6. Aguantar estoicamente mi aburrido menú casero que se repite dos de cada tres días porque cocinar para mí sola no tiene mucha gracia. No puedo olvidar los platos y platos y platos y más platos que pasaron por delante de mis ojos durante aquellos días. Y sí, es cierto, que tampoco teníamos mucho tiempo para saborearlos con aquella agenda apretada y ceñidísima como la ropa de la Obregón, pero os aseguro que mis glándulas salivales y mis papilas gustativas tuvieron casi más ajetreo que la estupenda Adi Kaplan, la directora del proyecto y encargada de que cumpliésemos a rajatabla nuestros horarios espartanos.

7. Y sobre todo, admirar a las mujeres con “pelotas” y emprendedoras que he conocido, cada una con una historia genial, con unos cuantos hijos, casi todas, cuyas fotos en el móvil nos hemos intercambiado como posesas, como cualquier otra madre del mundo:

Desde la fundadora de Kinetis y afortunada a la que se le ocurrió la genial idea de invitarme a esta historieta, Joanna Landau, pasando por Ruti Arazi, quien puso en marcha su propia empresa de bouquets de chocolatinas, Zer MatokTammy Lechter-Azoulay quien además de dirigir su empresa de comunicaciones ha abierto un centro de actividades para niños; Moran Samuel, medallista paraolímpica y todo un ejemplo de superación personal; Ronit Haber, editora jefe de Saloona, una web israelí dedicada a la mujeres que aquí no vamos a poder entender porque no hay ni una palabra en inglés; Hana Hertsman, directora del municipio de Holon y responsable de su renacimiento como la Ciudad de los Niños; Ayelet Barak, terapeuta y cocinera que ha unido ambas pasiones en su propia disciplina, la terapia culinaria; Lihi Lapid, una celebrity en Israel dentro del mundo del periodismo y ahora también con su propio blog; Karen Gillerman-Harel, fotógrafa y artista, director de una de las galerías de arte más relevantes de Tel Aviv;  Hagit Neeman Gorny, diseñadora de bolsos muy útiles para madres, Gitta BagsZoe Lasri, creadora de la web número uno de Israel dedicada a los centros de actividades para niños, Tooty;  Inbal Dinari, creadora y co-directora de un centro de desarrollo para niños, Karoussel y Sarit Shani Hay, diseñadora de una de las marcas más prestigiosas del país en decoración, Studio Shani Hay.

No hace mucha falta que diga, pero lo voy a hacer, que en mi tierra también hay muchas mujeres con pelotas, y bien puestas a las que admiro, muchas a nivel personal porque las conozco y otras tantas a nivel profesional desde la distancia. Por supuesto. A mi alrededor tengo muchos ejemplos de mujeres emprendedoras, que sacan su casa adelante, y que no se dejan amilanar por cuentos chinos o absurdos comportamientos empresariales. Pero ese será otro post, porque se merecen su propio espacio y su propia reflexión floja.

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Con un Kindle bajo el brazo

Los tiempos cambian, amigos. Ahora, a los niños se les pone el CD de Mozart desde el estado fetal, el Ratoncito Pérez ya se puede ver en 3D y los Reyes Magos son una App del iPhone. Todo cambia.

Por eso, ahora en vez de con un pan bajo el brazo, mi niña vino con un kindle blanquito, reluciente y con su funda acolchada, of course.
Los primeros meses, leer lo que se dice leer así de seguido y prestando atención, poco. Si acaso, a San Carlos González y su libro sobre lactancia materna Un regalo para toda la vida y a Rosa Jové con Dormir sin lágrimas para enfrentarme con éxito a mis dos principales obsesiones maternales: el pecho y sus cosas, y dormir a Julia sin llorar sin hacerle el Estivill.

Ambas etapas pasaron con bastante éxito y entonces mi cerebro comenzó a despejarse de esa bruma espesa que te invade con el puerperio (sí, debe ser cosa de la naturaleza, porque no ves más que a tu niño entre la niebla). Y entonces poco a poco, como cuando vas saliendo de la resaca de vino malo, mi mente empezó a reclamarme contenido intelectual en el que no solo apareciesen las palabras: bebé, niño, crianza, colecho, pecho, leche, cacas, pañales, y trillones de sinónimos de este palo.

Así que ahí hizo aparición el maravilloso, el ínclito, mi adorado Kindle. Gracias a esta linda (y frágil, como he podido descubrir) criatura, mi vida cambió:

Dentro de casa: mientras le daba el pecho a Julia podía leer sin tener que moverme para pasar página, ni tener agujetas por sujetar un libro de un quintal con una sola mano; y mientras me secaba el pelo, en uno de esos escasos y preciados momentos para mí, podía apoyarlo gentilmente sobre la balda del espejo Ikea (ese espejo que mi padre decía cuando lo compre que parecía un ataúd para niños, humor de abuelo…) para poder secarme el pelo mientras leía plácidamente sin que se abriese o se pasase de página con el aire…

Además, yo no porque duermo demasiado, pero sé de quién lee por las noches con la lucecica de la nueva funda y se está sacando la carrera de Humanidades con matrícula de honor con los apuntes en el kindle mientras su niña de 6 meses duerme por las noches. Una campeona, por cierto, a la que este aparato también le ha dado un respiro intelectual y que está compatibilizando la lactancia materna con la filosofía existencialista y las obras de Goethe. Un 10 de mujer y mi hermana, por cierto.

Fuera de casa: tras incorporarme al trabajo, en ese momento en el que te reincorporas, dolorosamente, a la vida normal, te dices: bueno, al menos podré leer de camino al curro, ya que en casa me quedo dormida de pie en cuanto dan las ocho de la tarde (noche para mí). Pero claro, vas a trabajar con la comida, con el bolso maternal ese que te aparece en el armario por arte de magia y que pesa trescientos kilos, como poco, cargado de chupetes, toallitas, tres pañales y una galleta sin gluten hecha miguitas esparcida por el forro. A todo eso, súmale el libraco de turno, que cada vez los hacen más grandes y más pesados. Así que, cuando el kindle apareció en mi vida eliminamos un elemento de peso de mis viajes de “commuter” y mi espalda me lo sigue agradeciendo a día de hoy.

Además, si viajáis en metro conoceréis como yo esa experiencia devastadora para el amor hacia tu especie: los apelotonamientos mañaneros. Esos en los que se sobrepasan los límites posibles del espacio y del tiempo entre tú y tus congéneres, esos en los que analizas por milímetros la grasa del pelo de la señora que te está metiendo la cabeza entre el sobaco y el pecho, esos en los que respiras más sustancias tóxicas y desagradablemente humanas que cualquier trabajador de vertedero regional, esos en los que sale lo peor de la condición semi-humana y las ojeras, los pisotones y las sobaqueras humeantes solo pueden verse atenuadas por una buena y placentera lectura en escorzo, con una sola mano y con la cabeza grasienta de esa señora integrada dentro de tu cuerpo.

Mi kindle es, en esos momentos, un oasis de placer en medio de un desierto solo apto para amebas sin olfato…

Adoro los libros. Todos. Creo que, durante mi corta vida, me he gastado en libros el presupuesto de Andorra en publicidad de toda una década. Y siempre defenderé el libro en su soporte tradicional, no creo que vaya a desaparecer.

Pero la verdad es que con la llegada de mi hija, y la complicación en cuanto a tiempo y espacio en mi casa, la entrada en mi casa del Kindle (en sus tres ediciones, porque insisto, el kindle es condenadamente frágil y no debéis, NO DEBÉIS, meterlo dentro de una sillita antes de plegarla con él dentro, ni tampoco dejéis que se caiga en las escaleras del metro ni aunque las muy perras casi se lleven tu falda nueva por el camino… y no digo más porque todo lo demás lo diré delante de mi abogada Spi) ha sido muuucho mejor que cualquier pan que pudiese traer mi bendita criatura.

15M: La generación indignada

¿Valdrá para algo este revuelo? ¿Servirán los gritos y las pancartas para que alguien allí lejos, donde se manda, se den cuenta de que estamos hartos? ¿Es ésta la reacción que sigue a la indignación?

Ayer quedó claro que mi generación y alguna otra más no quiere seguir por este camino de fracaso, de frustración hipotecada, de borreguismo ignorante y fines de semana dentro del centro comercial. Estamos cansados de no tener más remedio que esconder la cabeza para no ver el desatino, el desastre, que esos que se hacen llamar políticos están sembrando en nuestro país, y a nuestra costa, por supuesto.

Nos están privatizando la sanidad y la educación, dos pilares de nuestro tan vendido bienestar, nos están recortando los avances sociales y laborales que tanta sangre y sudor costó alcanzar, nos venden que escolarizar a nuestros hijos nada más nacer es algo sensato y productivo, y nos están haciendo pagar las deudas de unos bancos especuladores que pese a haber fracasado estrepitosamente en su trabajo (yo me pregunto qué pasaría si cada uno en su trabajo cometiera los fallos garrafales que les han llevado a todos estos a tener que ser rescatados por los gobiernos? ¿a vosotros no os darían la mayor patada en el culo vista jamás?) siguen decidiendo nuestros destinos con créditos imposibles, condiciones enrevesadas, millones y millones de bonus  y beneficios para sus directivos(por especular con nuestro dinero, ¡no lo olvidemos!)  y siguen marcando el rumbo de la política.

Nadie se cree ya, y si lo hace que se quite la venda, que los gobiernos hacen lo que hacen por nuestro bien. Eso quedará para los pensadores, para los utópicos, para los soñadores. Porque para mi generación y para otras cuantas, la realidad es bien distinta. Es la economía la que nos controla. Las leyes del mercado y sus señores, con sus demandas, sus imposiciones, sus privilegios y sus marionetas, los políticos, los que nos están llevando por este camino. Y los que nos dicen, tranquilos, la crisis pasará, volveréis a comprar casas y coches y viajes, que no podéis pagar, con créditos que vuestros hijos heredarán y que adornarán vuestras lápidas con los TAE y los EURIBOR que os quedarán por abonar.

Indignez-vous! de Stéphane Hessel, La doctrina del shock de Naomi Klein o Reacciona de gente cabal como José Luis Sampedro, Federico Mayor Zaragoza o Baltasar Garzón, vienen a darnos la razón. A llamarnos a la acción. A que veamos más allá de lo que nos cuentan. A que recuperemos algo de nuestra dignidad vendida a cambio de un interés del 4%. Tal vez sólo sean palabras, y no motiven a toda una generación a cambiar el destino de una nación en decadencia. Pero son unas palabras coherentes, con sentido, llenas de verdad, de realidades dramáticas como las que están viviendo, por ejemplo, los millones de personas en paro, que va a llegar a cinco en dos “patás”.

Son palabras hirientes que como poco tendrían que llevar a los millones de escépticos, entre los que siempre me he encontrado, tengo que reconocerlo, a plantearse otra actitud que no sea la desidia derrotista y el ir tirando.

La verdad es que la cosa pinta mal, no podemos engañarnos. Solo hay que echar un ojo a nuestro país, que se moviliza más por un clásico R. Madrid- Barça o por defender a Belén Esteban frente a la Campanario que para levantarse contra escándalos políticos como todo lo que está pasando en Valencia con Camps o en Andalucía con Chaves, por no enumerar uno a uno las “fiestas” en nuestro honor que se pegan los mandamás cada día.
Y si miras más allá, a ese reducto irreal llamado Europa, flipas con los alemanes donde es best-seller un tipo llamado Thilo Sarrazin con un panfleto que culpa a los inmigrantes de todos los males germanos, y del mundo casi, (¿no nos suena a nada ese pensamiento?). En Italia siguen eligiendo como presidente a un esperpento operado y mafioso, que mientras maneja el país entre empujones a golpe de viagra, se juega a piedra, papel y tijera con Francia el destino de miles de refugiados llegados en patera a las costas italianas. Una Francia que por su parte echa humo entre otras cosas alucinando con el candidato a quitarle el puesto a Sarkozy, el insigne y reincidente Strauss-Kahn, ni más ni menos que actual director general del Fondo Monetario Internacional y acusado de tocar algo algún otro fondo no monetario este fin de semana. Alucinante, ¿no?

Y no hablamos de la escalada de los partidos de extrema derecha en Suecia, el mirar hacia otro e indiferencia de los “neutrales” suizos, o las cosas de Portugal, Grecia o Irlanda, que están lo bastante embarrados con pagar la deuda de esas “ayudas” tan majas como para pensar en cosas más mundanas…

En fin, que el panorama es desolador. Y que con este ambiente general lo que nos pide el cuerpo es meternos debajo del edredón.

Pero, por suerte, también existe Islandia. Y los individuos con voz y voto. Y la indignación en respuesta. Y la dignidad de un pueblo.

Se acerca el 22M y no soy partidaria de consignas. Estamos en plena campaña y las promesas electorales llenas de florituras y bondades llenan carteles de 2×2 en nuestras calles.

Ayer, sin embargo, las calles se llenaron de gritos a favor de la dignidad. Y ayer me sentí orgullosa de mi generación, al menos durante un rato. Y no porque se lleve, ni porque un grupo de modernos se haya echado a la calle en vez de tirarse en la plaza de La Latina.

No soy partidaria de consignas, ni yo misma las sigo.

Pero hoy más que nunca…

 Leed. Informaos. Pensad.

Y el debate continúa: ahora las madres “tigre”

¿Eres una madre tigresa?

¿Tienes la fusta preparada para cuando tu hijo no ordena su habitación?

¿Exhalan tus poros disciplina desde el mismo momento en el que se abren tus ojos por la mañana?

No he leído el libro de Amy Chua Battle Hymn of the Tiger Mother, pero así de primeras no me hace mucha ilusión, fallo mío, tengo una lista de pendientes que me atraen mucho más (hasta leerme el editorial de La Razón me apetece mucho más). Pero como hay que tener un poco de criterio para poder despellejar a gusto, siempre desde la ignorancia, amigos, pues me he puesto a bucear en la red en busca de referencias sobre esta mujer y su filosofía.

Así de primeras y sin profundizar, en mi línea de superficialidad, descubro que tampoco ha inventado la pólvora. Vamos, que mi madre y casi toda su generación han seguido el mismo método: el de la disciplina espartana. Solo que en el caso de Chua, evidentemente, es la disciplina milenaria de la cultura china, claro. Y me da que le ha aportado un toque personal, medio moderno, medio retorcido. Y aunque no es nada revolucionario, si acaso más bien reaccionariamente anticuado, ha causado un revuelo inexperado entre las-madres-del-mundo-uníos. Inexperado porque al fin y al cabo cada uno educa a sus hijos como le da la gana. Y que esta mujer reivindique el poder de una buena regañina, insultos incluidos, para intimidar a sus hijas a mí personalmente no me sorprende, ni me ofende, ni me asusta. Lo de los insultos no debería compartirse con agrado, no creo que sea un método educativo ideal para la autoestima de los niños, pero claro, cada uno en su casa….

No creo en el método perfecto para educar a los hijos. No hay una regla que sirva para todos, por desgracia. O por suerte, no lo sé. Pero esto es como lo del método Estivill. ¿No te gusta? No lo uses. Fácil. Rápido. Indoloro.

Pero bueno, aquí dejo una entrevista con esta mujer que he encontrado en youtube. Y sí que dejo clara una cosa. Esta señora me da miedo. No sé si el rictus ese que tiene, o la mirada fiera, o qué sé yo…. Pero me ha acojonado mogollón.

Y ahora algunas opiniones más formadas que la mía que he encontrado en la red:

http://cuantascosasbarreria.wordpress.com/2011/01/27/carta-para-amy-la-madre-tigre/

http://blogs.que.es/18214/2011/2/7/retrato-amy-chua-la-madre-tigre-

http://www.bebesymas.com/educacion-infantil/amy-chua-recomienda-el-autoritarismo-feroz-como-metodo-de-crianza

http://www.mundodemama.com/2011/01/20/tiger-moms-madres-que-educan-con-metodos-extremos-de-disciplina/

http://madredemellizos.blogspot.com/2011/01/amy-chua-la-extrema-rigidez.html

Anatomía de una historia imperfecta

Asalto al Congreso de los Diputados

Admito que cuando algo me gusta (ente, serie, música, peli, libro, gin tonic…), eso va a misa y es, hasta el final de los tiempos, o hasta que deje de parecerme la leche, lo mejor de lo mejor. También reconozco, no sin pesar, que mi criterio es bastante reducido, obtuso y encima prejuicioso. Pero esto no lo puedo evitar, pertenezco a una generación muy prejuiciosa que ha crecido escuchando a Pimpinela y a Teresa Rabal. Es más, a mí lo del prejuicio, por definición, me pone bastante. Luego te pegas unos batacazos de impresión y le das emoción a la existencia. Si no ¿a cuento de qué me iban a confundir a mí con una fan de La Oreja de Van Gogh excluyéndome ya de cualquier buen gusto musical tan solo por mi aspecto? Pues por los benditos prejuicios, que para eso están.

El caso es que alguien te dice que se está leyendo un ensayo (en-sa-yo, suena con eco y distorsión como las celebrities de la muchachada nui) sobre los sucesos del 23-F, así, por gusto y tal, o me aventuro más allá, la biografía del ínclito Mario Conde (eh, Spi??) y al principio, tras el escalofrío inicial,  en mi cabeza los santos prejuicios comienzan a frotarse las manos con satisfacción de banquero complaciente, y me llevan erróneamente a pensar: pero ¿por qué?

Pues los prejuicios es lo que tienen, que te llevan a malpensar. Y cuando descubres que has errado, ¡oh!¡qué felicidad ser humano y no entender a la primera que el mundo no es blanco ni negro en absoluto!

Porque “Anatomía de un instante” el ensayo de Javier Cercas sobre los sucesos del 23 de febrero de 1981 es puritita literatura de la buena. De la que te conmueve sin buscarlo, de la que te deja sin aliento con tan solo una frase, de la que es difícil de leer porque en cada frase tienes un mundo que pensar… De la que te lleva a, una vez más, a reconocer lo cortito de tu propio vocabulario y sabiduría lingüística cuando alguien que sabe, como Cercas, es capaz de emocionarte con algo tan espinoso y feo como un cruce de caminos políticos e históricos de tal envergadura. De la que rescata del pasado colectivo de un país a personajes con nombres en mayúsculas y fondo sepia, como Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado o Santiago Carrillo, y los disecciona con minuciosidad de forense hasta transportar al lector al diván en el que ambos nos contarían sus más íntimos pensamientos y frustraciones.

No hace falta mucho espoiler para destripar quién es el malo, si es que lo hubiera, entre otras cosas porque ésta no es una historieta de buenos y malos, sino todo lo contrario. Lo grande de “Anatomía de un instante” es que cruzando sus páginas te sientes en la piel, y bajo el traje (o el tricornio) de aquellos seres, en colores difuminados, que hemos visto, hasta la saciedad, en las pantallas de nuestra memoria, paralizados como en un “pause” colectivo bajo la campana inmensa del pasado. Y al ponerte entre sus cejas, no voy a decir que entiendas los motivos, los porqués, pero sí que al menos se tiene una visión menos parcial de la situación precisa de cada uno de las piezas de esta partida de ajedrez. Y la verdad es que te puede parecer bien o mal, heroico o no, pero al menos consigues vislumbrar algo del luz al final del túnel.

Me ha parecido una lección magistral no solo de literatura, sino también una lección perfecta sobre nuestra historia más imperfecta,  con todos los entresijos y los pormenores que deberían contarnos en el colegio. Porque sí, este capítulo de nuestro pasado más reciente sí es parte de la lección de un bachiller, y aparece en la cabecera del tema que toca como otro más de los hitos de la democracia. Y así me lo estudié yo, como quien se estudia la tabla periódica de los elementos, los reyes visigodos o las declinaciones del latín… Que ni me va ni me viene, la verdad. Pero a mí al menos nadie me explicó a fondo qué significó todo el follón que se montó entre militares, guardias civiles, políticos, espías y demás personajes de este cómic surrealista (y eso que mi profesores de Historia han sido de las que más me han calado de toda mi trayectoria educativa). Pero tal vez por aquella época no existiera la madurez general para entender, como país, lo que había ocurrido con aquella intentona frustrada. Y tal vez, solo ahora estoy dispuesta a aprender lo que ha supuesto un momento histórico que en su día pasó sin pena ni gloria por mi cerebro.

Sea como sea, este libro debería ser lectura obligatoria para nuestros escolares, de igual forma que las charlas de TED deberían ser una asignatura troncal para nuestros hijos, o incluso para muchos de nosotros.

Sea como sea, el libro de Javier Cercas me ha parecido puritita literatura de la buena. Y desde aquí lo recomiendo con entusiasmo: tanto para los amantes de los ensayos, como para los que aficionados a la literatura negra, como para todos los que apuestan por el surrealismo, o la historia de fracasos que tan bien se nos da a los españoles. En definitiva, para los que disfrutan con una buena historia imperfecta.

La presión de la perfección

Partiendo de la idea de que todos los niños tienen un componente infernal absolutamente ajeno a la voluntad paterna y que es parte de la infancia el volverse loco de vez en cuando al ver caer una hoja del árbol, o entrar en un bucle histérico cuando les quitas su juguete preferido, hay que reconocer que gran parte del problema de un crío insufrible,son sus padres, somos los padres.

Siempre que veo esas bestias pardas que salen en programas catastrofistas como “Supernanny” o “Hermano mayor”, me entran escalofríos al pensar que mi tierna y dulce criatura pueda llegar a insultarme o incluso a pegarme un puñetazo (los manotazos que me ha arreado hasta ahora no cuentan, son con mucho cariño, jeje). Y siempre acallo esas perturbadoras imágenes pensando en que, salvo alguna desviación genética desconocida, una sobreexposición a Belén Esteban, o muy mala suerte, mi hija tiene muy buen fondo y su comportamiento presente y futuro depende casi al 100% de que su padre y su madre le den una buena educación.

Además del comportamiento, también me ha preocupado y mucho desde el principio, si lo estoy haciendo bien o no en cuanto a su crecimiento intelectual. A mi alrededor han surgido defensores de la estimulación temprana, de la música de Mozart para aumentar su inteligencia, de las guarderías temáticas e incluso de las clases de idiomas desde los 3 meses. Sin embargo, sin saber por qué realmente, siempre he preferido dejar a un lado el estrés “educativo”, al menos tan pronto, y me he relajado en este sentido para dedicar mi atención a temas mucho más terrenales como la lactancia hasta el año y medio, el trabajo en casa y fuera y “abroncarla” si tira la comida al suelo para intentar dominar su tremendo carácter. Tiempo tendrá de aprender lo que le venga en gana.

Ahora, al leer “Bajo presión” (RBA)Carl Honoré ha venido a reforzar lo que ya pensaba afrontando esta misma premisa de una forma entretenida y con los pies en la tierra.

El autor de “Elogio a la lentitud”  nos presenta ejemplos de variados rincones del mundo en los que un buen puñado de familias están replanteándose cómo educan a sus hijos: lo que esperan de sus hijos y cómo educarles, los horarios, las actividades extraescolares, los hábitos de juego en casa, las comidas familiares… Para demostrar finalmente que menos es más: menos presión en los estudios, menos niños tomando prozac, menos TDAH, menos proyección de nuestros propios anhelos, menos actividades después de las clases, menos tiempo abducidos por la videoconsola, menos juguetes en los armarios, menos estrés para llegar a tiempo a todas partes, menos horarios rígidos y marcados y como contrapartida, más tiempo libre con ellos, más libertad para inventar sus propios juegos, más flexibilidad con los horarios y más, mucho más relax.

Así, después de leerlo con atención, y de encontrar los suficientes errores en la traducción como para recordar por qué prefiero siempre el original, llegué a la tranquilizadora conclusión de que no hace falta y parece no ser realmente efectivo ponerles los CDs de Baby Einstein con un mes de vida para aumentar su CI, que no tengo por qué aspirar a que mi hija sea superdotada y que no debo intentar crear una super niña, que la nena necesita muy pocas cosas para desarrollar su imaginación y su propio mundo interior, y de que yo no necesito estar supeditada, en sueldo y tiempo, a que desarrolle su psicomotricidad a 50 euros la hora, o a maltratar mis riñones jugando en el suelo con ella toda la tarde para ser una buena madre (aunque sí que me chifle hacerlo un ratito, lo justo para acordarme de recoger la ropa del tendedero), porque también tengo que dejarle espacio para que se aburra, se busque la vida, intente meter los dedos en el enchufe, se pise ella misma un dedo, llore un rato, machaque sus muñecos, mire al techo y acabe reorientando su juego. O eso, o correr bajo mis faldas, que también ocurre, seamos sinceros.

La teoría de Honoré se basa en no poner tantas expectativas sobre nuestros niños, en dejarlos ser eso, niños. En no sacrificar nuestro escaso tiempo en pos de las necesidades que nosotros mismos les hemos creado, porque lo que más necesitan nuestros hijos es nuestro tiempo.Y me encanta porque siempre he pensado que para que mi hija sea feliz yo también necesito ser feliz y no sufrir a cada segundo por no estar a la altura.

Tristemente esto tan idílico tiene un “pero”, o varios, y él mismo lo reconoce. Y es que en la realidad, en nuestro día a día, dejarlos ser niños ya no es lo que era. Dejarlos salir solos a la calle es inconcebible hasta los quince, por lo menos, y hasta los parques infantiles parecen en muchos casos trincheras de guerra, al menos en mi barrio (siendo políticamente correcta, y optimista también, uno de los más multiculturales y variopintos de Madrid). Además, en el caso de las actividades extraescolares, éstas son en la mayoría de los casos, no solo una forma de entretenimiento para los niños, sino una vía de escape para los padres, atados por nuestros horarios, y que o tiramos de abuelos o les apuntamos a todo lo que se menee.

Pero bueno, sabiendo lo difícil que es llevarlo a la práctica, reconozco que las palabras de Carl Honoré han contribuido a reforzar la confianza en mí misma como educadora, y a afianzar la creencia en la absoluta responsabilidad de los padres como “escultores” de la personalidad y la felicidad de nuestros hijos: queremos ser los mejores padres y tener los mejores hijos. Así visto, es toda una presión. Sí.

Pero en nuestras manos está  disfrutar de esa responsabilidad junto a ellos y en no convertir esa presión en una losa, sobre nosotros y sobre nuestros hijos. En asumir que no somos perfectos y que no es justo ni sano aspirar a que ellos sí que lo sean. En no complicarnos la vida sin necesidad.

El invierno vendrá, casi en primavera

Reconozco mi profunda admiración y respeto por George R. R. Martin. Este buen hombre me está regalando algunos de los mejores momentos ilustrados de los últimos tiempos. Y es que la saga de “Canción de Fuego y Hielo” es de esas lecturas que cuando das por terminada es como si despidieras a alguien de la familia, has pasado tantas horas viviendo y sufriendo con y por ellos, conoces sus fortalezas y sus debilidades… Y todo ello con una narración ágil, bestia diría yo, y mucho más terrenal ,y sucia, que algunas de las obras de fantasía más conocidas, como “El Señor de los Anillos”, en la que Tolkien consiguió no solo plasmar con belleza una epopeya de culto, sino también recrear un universo bastante más complejo y elaborado, y por ello también mucho más denso y duro.

No podría elegir entre una y otra, entre otras cosas porque la de Martin todavía está incompleta (tiene a medio mundo salivando a la espera de que consiga terminar la saga, todavía le faltan tres de las siete proyectadas). Pero desde luego en cuestión de sensaciones, la de éste último es mucho menos poética, menos compleja en sus descripciones, menos historiada. Pero lo que pierde como obra de referencia de la literatura universal, lo gana como aventura trepidante, como retrato de las emociones humanas, con unos caracteres fuertes, de contrastes salvajes, de diálogos rápidos y punzantes, y en los que no hay lugar para mucha poesía y sí para mucha sangre.

Dicho esto, espero con “ansia viva” el estreno de “Game of Thrones” el 17 de abril en HBO, una cadena norteamericana que me ha reportado más que alegrías durante el último año: Mad Men y Rubicon son dos obras maestras en dosis exquisitas de 40 minutos que han compensando con creces mi escasez de tiempo y de ganas para vez películas de dos horas del tirón.

Por ahora me conformo con las “promo” que van soltando como anticipo y en los que podemos ir conociendo el casting, del cual a día de hoy tan solo tengo un pero: la elección de Sean Ben como Eddard Stark, el patriarca de los “lobos del norte”, no sé aún si me parece acertada o no. No dejo de verle como Boromir. Y no sé si eso es o no recomendable, precisamente por los paralelismos épicos de ambas historias. Cierto es que estos dos personajes no tienen nada en común, por lo que quizás sea una buena oportunidad para este actor para demostrar que puede superar estas expectativas. Lo veremos.

Y solo confío, y rezo, para que en este trasvase a la pequeña pantalla sus responsables sean fieles a la historia, que lo merece, y no sacrifiquen ni tramas del libro ni personajes en pos de la espectacularidad o, peor, de la audiencia, como ha pasado con The Walking Dead donde la invención de hilos argumentales mucho más “sentimentaloides” y de personajes salidos de la nada (y no quiero hablar de cierta residencia de ancianos porque me enciendo) me obliga a plantearme si cualquier parecido con los cómics en los que en teoría se basan no será más que pura casualidad.

Por dios, que llegue ya el invierno, y que cuando lo haga, sea en condiciones, porque en esto sí que HBO se la juega. No están revisando cualquier panfleto polvoriento de una biblioteca escondida, sino una de las obras más leídas de los últimos años, una de las imprescindibles para los amantes de la literatura fantástica. Todo un reto.

El libro del 2010

Al hilo de este post de Guillermo de LPD, he empezado un post con la intención de recopilar los libros que he leído este último año, ya año pasado. Me ha movido en parte la curiosidad porque nunca se me había ocurrido hacer una lista de lo que leo. Pero sí, el resto de la motivación me ha venido por pura vanidad, que diablos. Porque seguro que he llegado a los 50 libros, me he dicho. Aunque luego yo misma me he contestado: ni de coña, como mucho me quedo en los 30…

En serio que he empezado pero he de reconocer que he parado cuando iba por los diez primeros; me estaba aburriendo muchísimo. Sobre todo porque no recuerdo bien los nombres de muchos, y eso supone una búsqueda laboriosa en la red, en la biblioteca de mi kindle, en mis estanterías… y también quiere decir que unos cuantos han pasado sin pena ni gloria, así que tal vez sea mejor que sigan en el anonimato cerebral.

Viendo mi total  y manifiesta incapacidad para esta simple tarea, me he hecho el firme propósito de ir tomando nota de todos lo que me lea este año para que luego no me venza la desidia como me ha pasado hoy, y que este ejercicio de auto-complacencia intelectual (leo un montón, yo lo sé, y tú debes saberlo ejem) no sea una tortura china no solo para los demás, sino también para mí.

Vamos, que no puedo cumplir el reto de los 50 libros, pero cual Barney en sus mejores momentos, ¡acepto el reto!

Y en cuanto al título del post, que para eso está, mi libro del 2010 ha sido este:

At home, de Bill Bryson. Un relato muy ameno, como siempre en el caso de este escritor, sobre la historia de los hogares y todo lo que los compone: desde la composición y división de las distintas habitaciones,

hasta su contenido, todo lo necesario para llegar a formar la casa como la conocemos hoy en día. Plagado de anécdotas hilarantes, después del genial Breve historia de casi todo, Bryson lo vuelve a conseguir: una novela apasionante de temática imposible y que una vez has terminado no puedes dejar de recomendar a todo el que conoces.

Mención especial para la saga de Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin. Este año he leído los dos primeros y me tienen entregada. Comparan esta historia con la del El señor de los anillos, pero para mí no tiene nada que ver. Es mucho más realista, menos magia y más brutalidad, mucha menos descripción poética, menos canciones élficas y más traiciones y personajes llenos de claro-oscuros. Simplemente geniales los dos primeros, y contando, porque ya voy por el tercero.

Además, en la sección de cómic me he vuelto a sentir pequeña con el genial 13 Rúe del Percebe. Lo mejor de lo mejor.

Y ha habido más. Pero no mejor, seguramente.

Epub+DRM= 0 – Yo= 1

Parece una fórmula matemática, pero en realidad, ¡es una victoria pírrica contra los elementos!

Y es que el Kindle es un invento genial: me ha hecho la vida mucho más fácil, ha ampliado mi biblioteca casi hasta el infinito, y me ha ahorrado una cantidad de pasta monumental (pirateo y  mucho, pero esto lo trataré más adelante), pero todo esto de los libros electrónicos tiene un agujero negro espectacular: los DRM.

El único defecto que tiene mi adorado cacharro, es que dentro de la política comercial al uso, no admite otro formato que no sea el de Amazon, el .mobi o el .azw. En Estados Unidos eso no supone un problema, ya que Amazon vende más libros que nadie, y tiene en su catálogo todo lo imaginable, y más allá, en lengua inglesa. He comprado bastantes libros en Amazon, y da gusto: no son caros, ninguno o casi ninguno, supera los 10 euros, y como ya expliqué en su día, el servicio al cliente de Amazon es todo un ejemplo de profesionalidad digno de admirar.

Ahora bien, en Europa el formato más extendido para comercializar los ebook es el epub. Y no voy a entrar en cual es mejor, básicamente porque como no lo he podido usar no lo he podido apreciar. Gracias al programa Calibre se puede hacer la conversión de los formatos para poder utilizar ese archivo en mi Kindle, con lo cual no tendría mayor problema.

Peeeeeeeero, ahhh, intenta tú convertir un epub que hayas comprado con tus dineritos en, por ejemplo, La Casa del Libro. Pues no podrás. Porque está protegido por los DRM, digital right management, que hay que aclarar que existe tanto para los libros que comercializa Amazon como para todos los epub que se comercializan en Europa, vamos, que todos pecan de lo mismo. Pero como está protegido a cal y canto, sólo puedes leerlo en un lector compatible ya que no puedes convertirlo, ni tocarlo, ni soplarle siquiera.

Conclusión: que puedo comprar ebooks en tiendas online europeas, pero no puedo leerlos con mi Kindle.

Más de uno dirá: ah, haberlo pensado antes.

Pues sí. Pero te has gastado la pasta en un lector, sea cual sea, y resulta que no puedes acceder a los libros que te gustaría leer.

Solución: es triste piratear, ¡pero más triste es no poder leer! No tengo más que decir, salvo que no me siento nada culpable. Soy una lectora compulsiva, mis libros son especie protegida en mi casa y creo que yo solita he sostenido la industria editorial española durante años con el pastizal que me he dejado y sigo dejando (modo exageración off) en libros, libracos, enciclopedias, revistas, comics y demás, y me parece injusto que por los recelos empresariales y el egoismo de las empresas, yo no pueda acceder al libro que me apetezca, y digo pagando. Lo suyo sería boicotear a todos los que vendan libros con DRM, vamos, no comprar libros electrónicos protegidos, y navegar por esas aguas reivindicativas. Estoy muy de acuerdo con eso. El problema es que me encanta leer, y hay libros que es imposible encontrar si no es en la tienda…

Ahora, al fin he dado con una solución, no sé si a corto, o a largo plazo, para poder quitar los malditos DRM, que me ha permitido, tras comprar un ebook alemán, poder convertirlo a .mobi y pasarlo con éxito a mi lector. Y me ha hecho muy feliz, la verdad.

Dejo claro que, en mi opinión, hay veces en las que ya te bajas las cosas por bajar, que las descargas masivas de libros desvirtúan y devalúan la literatura, que no me voy a leer ni de coña todo lo que tengo almacenado, que prefiero el libro en papel por su valor emocional y que si un libro me gusta mucho y quiero que perdure en mi estantería me lo compro.

Pero vista la revolución en la que estamos empantanados, más vale que las editoriales y las empresas cambien el chip, que unifiquen criterios, formatos y precios para la distribución y que entiendan que Internet pone a tu alcance el mundo entero, que el libro electrónico lo cambia todo, y que la solución no son los DRM. las protecciones o los códigos ultrasecretos (hay mucho manitas en internet, y que duren!