Adicciones, ansiedades y ballenas varadas

He tenido unos ratillos últimamente de estos en los que te quitarías uno a uno los pelos de las cejas, sin pestañear apenas. Lo que viene a llamarse un momento almodovariano de ansiedad en toda regla, en los que no sabes si hacerte a ti misma el harakiri con los cuchillos del Ikea de mi criatura, colgarte de los cables de la Telefónica que, tan amablemente, han descolgado unos dulces vecinos, aquí frente a casa, o dejarte descomponer frente a la parte octava del docudrama «Mi gitana» de Telecinco. Un sinvivir, un resquemor, una picazón existencial, un y ¿qué hago yo con esto que me carcome por dentro?

¿A vosotros no os pasa nunca? Esta sensación de haberte puesto mal la camiseta y llevar la etiqueta justo en el cuello, ahí donde más escuece, de querer coger al primero que pasa por la calle y nos mira mal y arrancarle de un mordisco la cabeza, de ir por el mundo ladrando improperios por doquier por culpa de quién sabe qué pensamiento que nos azuza el culo, castigándonos por algún deber no cumplido o vete tú a saber por qué…

Así me veo yo últimamente. Y hoy, en un ejercicio de honestidad inédito en mí, pienso que tal vez, sólo tal vez, además de asuntos laborales que me tienen abducida, obsesionada y convulsa como los ojos de la Esteban (mi musa), puede ser que sea este estado de preñez absoluta y casi ya terminal (gracias a dios y a Darwin la naturaleza es sabia y el embarazo no da más de sí) el culpable de que mi nivel de tolerancia hacia los elementos externos desestabilizadores y porculeros comience a ser preocupantemente bajo.

Esto se traduce en que mi paciencia, al igual que el ángulo de giro y movimiento de mi, ya inexistente cintura, se limite cada día de una forma alarmante. Y digo yo, que lo mismo esta corriente malrollista también afecta a la criatura #2, y la mala leche que me gasto últimamente le convierte de facto en un pequeño Butanito vociferante, o un Jiménez Losantos visionario y apocalíptico en potencia. Qué sé yo sobre la ciencia…

Así, reflexionando y dejando de lado las cuestiones más profanas de la ansiedad, como el hecho de que no llueva y mi nariz se haya cerrado en señal de duelo, me doy cuenta de que ya echo de menos mi cuerpo, amigos, y sí, eso me está pasando factura. Porque esto que bambolea de un lado para otro sobre mis piernas ya no es mío, ya no soy esa a la que miraban los obreros al pasar, esos obreros que por otro lado ya no están porque todas las obras están paralizadas. Ya no soy más que la ropa que me vale, un feto andante, una semana de gestación con patas, un huevo Kinder, un proyecto de persona a la que parece que he engullido en una comilona.

Y echo de menos mi cuerpo. Echo de menos maltratarlo vilmente a base de horas de sueño perdidas sin sufrir momentos narcolépticos salvajes, de automedicarme sin cabeza y no mirar el prospecto, ¡como una loca!, de salir sin buscar la ruta de los WC allá por donde voy y poder estar sin ir al servicio durante horas, de cañas, vinos, tapas y gin tonics con hierbabuena, limas o leches en vinagre… Adicciones, adiccioncillas, por otro lado, pero adicciones a fin de cuentas. Esas que podía practicar sin sentir sobre mí el peso de la Asistencia Social. Menudencias, costumbres más que vicios, que no viene al caso desmenuzar, por triviales y por insulsas, pero cuya ausencia obligada, cuya expatriación prescrita por un facultativo me irritan casi tanto como escuchar a tiernas criaturas de dos años cantando el mossa, mossa esa del brasileño al que han dejado escapar de su país como si de una plaga se tratara (¿como venganza contra el continente colonizador, amigos? ¿por qué no os lo habéis quedado para vosotros? ¿qué necesidad había de compartirlo con la humanidad?).

Estoy embarazada sí, bastante (aunque no hace falta que me digáis lo gorda que estoy y la tripa que tengo en cuanto me veais, en serio, os agradezco la sinceridad, pero desde aquí os digo, gracias majos, pero ¡no la quiero!) Y no seré yo quien diga que no me lo he buscado. Pero, oh, seres  que soñáis con estados gestantes beatíficos y de documental de la 2, ¡que no os engañen!, que no mola tanto como dicen cuando ya no puedes sentarte recta, o para levantarte de la cama tienes que rodar sobre ti misma como una ballena varada, o lo que es peor, pedir ayuda a tu santo para que, a lo «operación Willy» os empuje a ti y a tu barriga ingente hacia las orillas de la cama.

Y esto lo escribo consciente de que  todo se olvida, porque así tal cual también lo pasé con la criatura #1, y mirad, como una buena gilipollas repetí. Y, además, es un hecho demostrado que con el tiempo se pasa. Que luego casi todo (ojo, nunca he dicho todo)  vuelve a su sitio: los cuerpos a sus vaqueros, las golondrinas a sus nidos y los gin tonics al gaznate. Así que hay esperanza, hay un más allá, e incluso un futuro medio feliz, porque siempre podría ser peor, como tener cinco o seis criaturas además de la gestante… Así que pondré un broche feliz a este cuento y diré que sí, que estoy ansiosa porque esto acabe, que sé que lo que viene es aún peor, gracias por recordármelo todos aquellos que lo habéis hecho, y que procuren no cruzarse en mi camino y comentarme lo inmensa que es mi barriga, de aquí en los próximos dos meses, si no quieren que ocurra ninguna desgracia.

Gracias.

De cobrar, si eso, ya hablamos otro día

A la amiga de una amiga de una amiga mía la van a despedir. O la han despedido ya. O le están haciendo un ERE, que ahora mismo es como que te hagan las mechas, unas ingles brasileñas o las cejas, vamos, lo más normal. Todos tenemos un conocido al que han pasado por la piedra salarial, o que está punto de pasar. Y ese afortunado que antes tenía la tranquilidad vitalicia de ser funcionario, ahora le tiemblan las carnes pensando en los recortes de sueldo, en las pagas extras menos o en las transferencias a las comunidades, momentos en los que definitivamente sí que ves tu vida pasar por delante en fotogramas, imágenes digitales o viñetas de comics, da igual el formato o el color.

En el parque, con los niños, después del tema del cole, que hasta que pase el momento estacional, seguirá siendo la estrella en nuestra horquilla de edades, el tema recurrente y más manido es «Y a ti, ¿cuándo te echan, Mari? ¡Miguelito, no te comas la arena! Y qué, ¿les has denunciado ya?.» Así está el patio. Y  el que no lleva meses luchando por la indemnización, de la mutua al psicológo, pasando por el INEM y el abogado y peleando, claro, con unos y con otros, está viéndolas venir mientras echan al 80% de la plantilla de su fábrica, o directamente lleva seis meses yendo al tajo sin cobrar su sueldo. ¡Seis meses!

Que hay que reinventarse, dice por ahí gente guay que bebe Aquarius en los bares. Pues sí, hay que reinventarse, machote, pero en otro país, me parece a mí. Porque lo que es aquí o tienes un cuñado en el Ayuntamiento y un padrino en el banco, o más te vale que lo que reinventes sea tu lista de créditos y préstamos.

Que hay que renovarse, dicen, crear negocio, innovar, tener imaginación, ¡emprender! ¡Coñe, llegamos a la dichosa palabrita! ¡Emprender! Y miren ustedes que lo digo como una humilde aspirante a empresaria, pero francamente, ya estoy un poco hasta los mismísimos rulos de que nos tomen el pelo con eso de que emprendiendo se sale de la dichosa crisis, amigos. Que nos venden la moto del emprendimiento como si fuera la panacea para que cinco millones de parados se busquen las habichuelas fuera del abrigo del papá Estado… Ay, espera, que olvidaba que los autónomos no tienen derecho a paro, ni a baja, casi, ni a jubilación, casi, ni a una vida, casi, es verdad, qué alentador, casi… ¡Ummm, qué ganas!

Sí, claro, por supuesto que emprender es genial, muy buena idea y muy satisfactorio. Que está muy bien ser tu propio jefe y que te puedas llamar gilipollas a ti misma en vez de a alguien casi de tu misma edad pero con seis ceros más en su sueldo. Pero insisto. No en este país. A lo mejor en Sillicon Valley, amigos, saben valorar un proyecto viable y encauzarlo, que ya no digo invertir, ¡que me conformo con no joderlo! Pero en España las cosas no funcionan así, me temo. Y eso que estamos rodeados de gente con ideas, y con ganas, y con proyectos interesantes. Un montón de talento que sube como la espuma por el cuello de la botellas hasta que ¡oh, merde! se encuentra como tapón a los inmensos culos de los gordos banqueros, de los ministros de Trabajo o de Industria o de Hacienda, o todos a la vez, que parece que se ponen de acuerdo para dificultar el curro de millones de pequeños empresarios y de autónomos con trámites engorrosos, impuestos a porrón, y toda una lista de torturas que debería recoger la mismísima Convención de Ginebra.

Pero ahhhhhhhhhhhh, no te olvides de que estás en España, colega, el país de los cuñados en el Ayuntamiento y el padrino en el banco, de los Gurtel, de los Cortina, de los Fabra, de los Millet, de los Urdangarines, de los millones de euros intercambiados entre señores con trajes en gasolineras, de las subvenciones a eventos deportivos que nunca se llegarán a realizar, de los Juegos Olímpicos que nunca se celebran pero para cuya candidatura pagamos religiosamente cada año, de las Cajas Mágicas y los 300 millones de euros que costaron y otros ejemplos indignantes de despilfarros urbanísticos que después del pastizal que han costado se cierran al público por falta de recursos o sabe dios por qué, de los aeropuertos en ciudades fantasmas, de las estatuas gigantescas y presupuestos desproporcionados, de los colegios públicos sin calefacción y de los recortes a diestro y siniestro y en el que, amigo emprendedor, si quieres un crédito o un boli del banco, ya si eso vas a tu madre y que te lo saque de debajo del colchón porque aquí, en tu negocio, no arriesga ya ni el Tato. Y que si haces un trabajo por el que pagas tus impuestos religiosamente, como un buen hijo de autónomo, tranquilo, que te comes los mocos porque a ti no te pagarán hasta que se desvele el misterio de la sábana santa, o de las caras de Bélmez… ¡Y no pasa nada! Porque estás emprendiendo, estás de moda, el Corte Inglés te va a dedicar un Día Fantástico y eres lo que se lleva, como el morado. Molas mazo.

Ya si eso, de lo de cobrar, hablamos otro día, majete…

Perdónenme el arrebato, es que dan ganas de darle la vuelta al mundo, a ver si vuelca toda la gentuza esa que nos da tanto por saco, y ya de paso, nos caen las monedillas. O las vueltas de la compra.

Medidas extraordinarias

Dice la gente que sabe que los tiempos de crisis son los más productivos artística y filosóficamente, o al menos, los más reveladores sobre la naturaleza humana… Nos ha fastidiado, listillos, como que cuando las cosas se ponen negras, negrísimas, no queda otra que apretar el culo o te quedas sin silla donde sentarte… Y claro, en cuanto nos ponemos a currar, algo termina saliendo.

Para mí esta crisis manufacturada viene a coincidir con la segunda preñez (¿o será al revés?) y lo de apretar el culo me viene estupendísimamente para complementarlo con los famosos «apretamientos» del amigo Kegel (para quien no sepa lo que son, que se lo pregunte a su parienta, amigas preñadas o ya paridas y que comparta sabiduría con el mundo, que a falta de una buenas bolas chinas, el Kegel hace maravilllas).

En las situaciones críticas hay que tomar decisiones críticas. Y en mi caso, entre las alteraciones hormonales, la primera criatura en plena ebullición corderil, lo que supone poner en marcha una locura de proyecto y no morir en el intento de aprobar un master inventado por el mismísimo diablo in person, tengo que reconocer que he adoptado una serie de medidas extraordinarias destinadas a mantener una mínima cordura, la justa para que no me retiren la custodia de mis criaturas, y que son, entre otras que me reservo por ser probablemente ilegales, las siguientes:

– La primera y más decisiva, he dejado de preocuparme tanto por «tontadas». No sé si será la oxitocina que ya empieza a hacer efecto, que soy realmente una inconsciente, o una abandonada de la vida, pero sepan Uds que tengo una cortina cuyo dobladillo me está llamando a gritos desde hace quince días. Yo la oigo cuando paso cerca, ahí sibilina, que me llama: eh, tú, psi, psi, que soy tu cortina nueva del Ikea ¡y estoy arrastrando! Vale que no soy un lujo, pero mari, que empiezo a coger costra del roce con el suelo, ¿sabes? eh, ¿sabes? ehhhhhh!!!! Yo me sonrío indolente, como diciendo, sí, sí, tú llamamé, que hasta que me encuentres aún te queda… Si mi madre me viera me daría un sopapo de los históricos, pero mama, allá donde estés, mándame un par de manos extras y una espalda nueva para plegarme a cogerlo y yo te hago el dobladillo en un santiamén, que como diría mi criatura, yo saber, ¡sepo!

En el mismo cajón-desastre de vida marujil están las manchas-que-nunca-saldrán del baby o del chándal de la criatura.Y es que yo al principio frotaba. Y luego volvía a frotar. Y le echaba algo del bote rosa, y luego del verde, y luego del amarillo, y lo dejaba unas horas ahí en remojo, a ver si sucedía el milagro. Y a veces hasta salía un poco. Pero ya ni con esas… No sé de qué material radioactivo o/y extraterrestre estarán compuestas, pero hemos probado hasta a mandar una muestra al CERN a ver si esa gente que anda por allí con bata nos soluciona el enigma de las manchas de la guarde o ya de paso el origen del universo, que también podría ser.

Podría seguir con la limpieza de las persianas, o echar el Baldosinín en los azulejos del baño, o planchar las sábanas… Pero olvídense, me hacen falta ocho vidas más o reencarnarme en Urdangarín en sus buenos tiempos para que la menda se entretenga en esas menudencias…

– Después de la renuncia a ser super ama de mi casa y de renunciar a abrir mis armarios a las visitas, reconozco sin reparos y sin sentirme culpa alguna que mi vida intelectual/cultural/elevada y superpuesta ha sido secuestrada, sin rescate, ni fecha de liberación ni tan siquiera una nota en la nevera diciendo que se ha ido a por tabaco. Se ha ido, se ha esfumado igual que mi figura de odalisca embutida en estos pantalones premamá que ya han pasado por cuatro posaderas, incluidas las mías (viva el reciclaje).

Sí, mis neuronas han organizado un gabinete de crisis a lo Primavera Valenciana y están apostadas en la plaza del pueblo con pancartas mientras exigen entre algaradas algo novelado, una historieta, aunque sea cortita, un poco de ficción, algo de humor, o incluso una biografía… Más quisiera yo!!! Pero chicas, la vida es dura, y en mi cabeza no hay sitio para más porque peta. Así que os conformáis con la basurilla empresarial que os estoy inculcando y no os quejéis que al menos no os estoy torturando con manuales sobre el embarazo y sus consecuencias fisiológicas . Avisadas estáis. ¡Y ni una voz quiero!

Además, como trabajo en mi cocina, no me relaciono más que con mis compañeros de guardería, con lo que ya he asumido que mis temas de conversación son y serán en este orden: el colegio de los niños que hay que ir buscando antes de que nos den el público que no quiere nadie porque está lleno de outsiders (y al que tendré que ir a recoger a mi criatura con mi pijama, mi bata y mis pantuflas, que lo veo venir), la búsqueda de colegio de los niños y lo mal que se portan los niños mientras los padres les buscamos un colegio como dios manda.

Ah, y por supuesto, torturo a todo el que tengo ocasión con mis alocadas ideas empresariales. Con lo cual, siempre acabamos volviendo al tema inicial: el colegio de los niños…

– Y además, me planteo seriamente adoptar la sana costumbre de mis convencinos y salir en pijama al Ahorramás (y me falta solo un mes de embarazo para no caber en otra prenda que no sea esa y las mallas). Con mi pijama rosa, la bata bien anudada, mi moño-Winehouse, una criatura adosada a lo koala en un costado y el bombo donde debe estar, las pantuflas con pompones y los billetes de 500 euros escondidos en el sujetador de premamá. Virtualmente seguiré siendo un ente con algo de estilo, pero en el plano más palpable me dejaré llevar por la mezcla de etnias. Y que le den al mundo civilizado… total, si se va a ir a la mierda de todas formas, yo al menos iré cómoda con mis churumbeles por los caminos del señor…

Y bueno, podría seguir enumerando sandeces que hacen mi vida algo más llevadera pero mejor paro porque acabaría hablándoles del cole de mi criatura…

Y para qué queremos más.

Érase una incertidumbre a una mujer pegada

Maitena

Hay días en los que realmente me pregunto qué peli de Disney estaba viendo, o que tripi me tomé yo cuando decidí que podía ser a la vez una madre moderna, conciliadora, emprendedora, socializada y concienzudamente depilada. ¿Es que acaso no está bien solo con ser madre o profesional o moderna? ¿Es que no da suficiente trabajo, sufrimientos y padecimientos ingratos y silenciosos como las almorranas ocuparse y criar a los ternescos? ¿Por qué hay que ir más allá y seguir los impulsos esos de «eh, mundo, óyeme bien porque yo quiero desarrollarme también como persona, profesional y encima mantener una 38»? ¿Acaso no vemos que es una trampa?

Sí, amigas, y amigos, y mascotas domésticas que se hayan colado en nuestro foro. Es una trampa en la que nos metemos nosotras solicas. Nosotras, en fila india y de la mano como en el patio del cole. Una trampa de la que es difícil escapar una vez empantanada, como cuando te tiñes el pelo por primera vez pensando que luego hay vuelta atrás y tras un tiempo descubres horrorizada que para volver a lo que eras antes o te rapas a lo Sinnead O’Connor o te vuelves a teñir con otro color más oscuro. Vamos, un bucle devastador que te lleva hasta los 50 sin haber conseguido recuperar tu color original. Te jodes, por hacerle caso al señor Schwarkkopf ese…

Yo normalmente me siento toda una privilegiada. Ay, mari, me digo, qué guay es todo, como mola el mundo: vivo en la parte menos pobre del mundo, solo veo un par de redadas al día en mi barrio, tengo mansión propia y una familia a la que dedicarme en cuerpo y alma (ejem). Tengo una criatura estupenda y otra en camino (ay, la parejita!! que ilusión!, sí, sí….). He tenido trabajo desde que estaba en la universidad y solo ahora he descubierto lo que es el paro, algo que por otro lado y sin ser guay de ¡oye, pruébalo que es genial!, me ha dado la oportunidad de hacer cosas que nunca hubiera imaginado.

Pero ahhhhhhh, en esta espiral de qué bien, estoy en paro, ¡voy a aprovechar que ahora tengo tiempo! me he metido de cabeza, y demás miembros de mi anatomía en una experiencia laboral-experimental-alucinoide: el descubrimiento genial de otras posibilidades laborales y de unos repugnantes superpoderes escondidos como el de ser capaz de volver a preñarme (no se puede ser más naïve, amigos) meterme en un master of the universe y de los chungos, preparar las lentejas, darle el danonino del mercadona a la criatura con los pies y tender una lavadora a la vez sin cortocircuitar… Ah, por favor, y no te abandones, querida, que tu marido no te vea en chándal que le has perdido… (diooooooooos, no sé si vomitar o tragarme el vómito que es peor…..)

Puede que no sea políticamente correcto decir esto, pero hay días como hoy en los que paro un minuto de toda la vorágine, me miro en el espejo y me digo: ¿Sin cortocircuitar? ¿Seguro?

No sé, la verdad. Desconozco la solución ideal para encaminar esta vida. Las alternativas me confunden…

Si tengo que seguir el ejemplo de mi madre que abnegadamente dejó su trabajo para cuidar a sus hijas, su casa y su marido (y es simplificar mucho el proceso pero no el resultado), os digo, aquí y ahora, que antes cojo la maleta, la grande, eso sí, y me piro a Islandia o a otro sitio más lejos. No doy el perfil, lo siento. Aunque también reconozco que ,de primeras y gracias al prozac, tendría menos problemas conmigo misma y con el mundo que me ha hecho así, menos frustraciones (al menos ahora, al llegar la cincuentena ya es otro cantar, y otro post) cuando viese que sí, que lo mío es la lista de la compra, revisar la nevera, la plancha, coser las cortinas, tener las ventanas limpitas y a los niños con su calendario de revisiones del pediatra al día. Que no es poco.

También podía optar, por supuesto, por pasar de todo lo anteriormente mencionado. No haber tenido hijos, o ya que los he tenido, apechugar, y endosárselos con cariño a suegros, familia o personal externo en su defecto mientras una servidora seguía el camino establecido. Podía haber elegido fácilmente dedicarme a mi trabajo, desarrollar mis inquietudes y pagarme la pensión, coño, que está la cosa muy chunga… Pero, ¿a qué precio? ¿A costa de pasar nueve o diez horas en la oficina y no ver a las criaturas más que en foto? Tampoco es tan difícil en este país acabar así, a fin de cuentas la mayoría de los puestos de trabajo de este país implican una presencia enfermiza-obsesivo-compulsiva en la oficina, dándole forma a la silla con el culo y viendo las horas pasar. Y ya sabemos tristemente lo que pasa con las reducciones, las medidas sociales y eso que dicen que son mejoras para conciliar e integrar al binomio mujer/familia en la vida laboral (pfffffffffffffffffffffffffffffffff, una gran pedorreta para los que sonríen ufanos porque nos venden la igualdad: ¿igualdad?, ¡tu padre!). No digo nada nuevo si reitero mi mayor y enconado desprecio por éste, nuestro sistema laboral absurdo que impone a los trabajadores horarios ridículos que cubren como el chapapote todo el día y más allá, esas jornadas partidas con tres horas de comida, siesta y perejila, jornadas nada efectivas que no buscan la productividad ni los objetivos sino «chupaculismo» integral del quién se queda hasta más tarde… Algo huele a podrido en las empresas españolas, y no son solo los tuppers de la nevera, amigos.

¿Qué otra opción me queda? ¿Retirarme al Tibet a luchar contra los chinos mientras espero a reencarnarme en cono vaginal como expiación de mis pecados?

La realidad, a pesar de mis rabietas «cortocircuitales» ocasionales como la de hoy, es que no me queda otra que intentar encontrar una vía no explorada, un camino que nadie ha abierto para nosotras, Indianas Jones del siglo XXI en busca, no del arca perdida, sino de una vida digna, sin tener que cumplir en todas partes como si fuese la madre perfecta, mujer tersa, hidratada y debidamente rasurada, el ama de casa de la Sección Femenina de los años de Franco, y una profesional satisfecha, que no digo rica ni nada, digo al menos contenta con su trabajo.

Pido mucho, me parece. Y hay días, como hoy, en los que me preguntó qué va a ser de nosotras, mutaciones genéticas a medio camino entre Elena Francis, las yuppies, las JASP,  las hippies de Woodstook y el sello del Inem en nuestros cachetes izquierdos…

Sinceramente, suya, y hasta que me aclare… una incertidumbre a una mujer pegada.

Esta justicia «vacaburra»

Tal vez sea mejor que avise que en esta entrada puede haber vocabulario explícito empleado para ofender a cierto pintor y al contratista y a unos cuantos señoritingos más. Mentes y espíritus sensibles hagan un pip mental cuando pasen por esos vocables y achaquenlo, sin duda, a la preñez avanzada y sus efectos primarios.

A lo mejor me meto en otro berenjenal. A lo mejor. Pero no me importa, mucho. Porque estoy muy cabreada.

Cabreada por una crisis que nos han plantao como si de un color de moda se tratase: esta temporada, bueno no, lo dos próximos años os vais a cagar todos porque España va a sufrir una recesión de cojones. Guardad vuestras esperanzas, vuestro optimismo y vuestras ganas de prosperar porque aquí solo lo van a hacer los mismos, osea nosotros, pero además os vamos a recortar todos los derechos que podamos. Porque es lo que os toca. Y os jodéis.

Cabreada por un país que no respira si no es para gritar GOOOOOOL delante de una pantalla o se encabrona con los pechos nuevos de la última rubia que haya salido con Guti (espera, es morena, no?). Nada moviliza tanto a este país como un clásico, como una pelota, como las declaraciones totalmente vacías de contenido de un señor que habla a los medios con los auriculares del MP3 sonando con la metralleta de DJ Tiesto de fondo. ¿En serio?¿EN SERIO?????

Cabreada, muuuuuuuuuuuuuuuy cabreada, porque al señor jefe pintor de los huevos no le ha dado la real gana de arreglarnos los desperfectos que ellos han causado al pintarnos la casa a medias. Eso sí, colega, te largas sin cobrar porque no pienso pagarte ni un euro después de haberte atrevido a insinuar que mi mansión, MI MANSIÓN es la causante de que la pintura recién echada se levantase tres días después de haber pintado. Mamón.

Muy cabreada esta semana porque un día sí y otro también confirmo el hecho de que se están riendo de nosotros, en nuestra cara.

El juicio de Marta del Castillo me dejó bastante escamada, lo reconozco. Esos padres, ese abuelo que no deja de levantar Andalucía buscando a su nieta… Y esos… esos, no tengo ni nombre que se acerque al desprecio que siento por esos bichos repugnantes que se han sentado en el banquillo y que han salido libres salvo uno de ellos que ha recibido una pena que con las patéticas leyes que tenemos en este país saldrá tan tranquilo cualquier día de estos. Indignante, estúpido, innecesario y vergonzoso que algo tan espantoso como un asesinato a sangre fría a manos de unos adolescentes de pendiente en la oreja y chandal brillante pueda salir impune.

Y ya calentita, me entero de que a Camps, ese hombre sonriente, después de haber oído toda España sus conversaciones de Esteso y Pajares comentando sus trapis con el Bigotes y los otros, le han dado la bendición y hala, a tu casita, majo a seguir jugando al golf y a las compritas, y ya nos pasarás el cheque a esta dirección. Aquí os digo, hermanos, que la indignación ya supera la línea de la película surrealista y que me entran ganas de ponerme a cantar como una loca en medio del supermercado, a lo musical de Broadway con plumas y lentejuelas (pero siendo como es de estratosférico y marginal mi barrio, ya imaginarán que lo haría con la bata de guatiné, el moño «awhinehouseado» y las zapatillas de estar por casa con pompón de pelillos rosas).

Esto es un circo, señores, un teatrillo, una farsa, una sombra, una ficción, como diría aquel… Y mientras juzgan con boato a Garzón sus propios compañeros, en lo que no me importa admitir que veo una total venganza de pandilleros setentones de trajes de a millón y morales abyectas, que se gastan nuestro presupuesto público en liquidar sus asuntos pendientes de patio de colegio, en vez de ocuparse de recoger la mierda de las calles, que ahí les quería ver yo, limpiando las aceras de truños gigantes y no calentando sus asientos de señorías. Vomitivo.

Y lo del Urdangarín, pfffffff, suma y sigue, que es presunto, como el jamón portugués. Y que no sé ustedes, pero que yo tengo claro, clarinete, que se va a ir de rositas y Coronitas con su colega, a seguir jugando al pádel y viviendo a nuestra costa como el resto de los Reales. Eso sí, que no se nos olvide a nosotros, oh mortales imbéciles y patéticos, presentar la declaración trimestral aunque sea a 0, o pagar nuestros pagos religiosamente a los bancos, da igual los que sean, porque a la semana como mucho, tendrás en tu casa una pila de cartas amenazándote y convirtiendo tu nombre en un chorizo más de noséquélista de morosos y la madre que los trajo.

Pero lo mejor, lo más de lo más vino ayer cuando escuché en la radio la historia de una vaca que hace 25 años mandaron a la cárcel porque el alcalde la pilló in fraganti pastando en suelo público de Baiona, aunque el dueño de la condenada sigue afirmando a día de hoy la inocencia de su vaca Pinta, que así se llamaba la protagonista rumiante. Y lo fuerte es que el animal ¡sí que estuvo encerrado!

Osea, que este pobre animal, cuyo único delito fue pastar donde pudo (sin entrar en si era dentro o fuera de la zona comunal) se casca 3 años de trullo y aquí el amigo sonriente de trajes regalados se pira encima con algún puesto ya en una directiva de por vida??????????????????? Pero estamos todos tontos o qué? (parece que en muchos de mis posts llego siempre a la misma conclusión, voy a tener que mirármelo…).

Sí,  yo me lo tengo que mirar, pero es evidente que la nuestra es una justicia muy «vacaburra», digna de todos los calificativos más deshonrosos y escatológicos, que hoy me hace saltarme todas las normas de cortesía al escribir un post soltando improperios a diestro y siniestro.

Voy a serenarme porque tal y como están las cosas en una de estas me meten a mí un paquete por meter vocabulario inapropiado y viene el FBI y me cierra el blog. Ups.

Epic fails

Taringa.net

Llevo unos días así como pensando mucho, raro en mí, en divagar sobre el fracaso como experiencia vital, sobre las meteduras de pata más o menos graves que nos acompañan queramos o no, sobre los deslices que van determinando, mucho, pero, mucho más que nuestros éxitos, el camino que vamos andando.

No es que me ponga trascendental, no se me asusten, es que me aprieta sobremanera la faja premamá (será de los chinos) y este es uno de sus efectos secundarios…

Y es que en esto tan ameno que es el vivir, resulta que lo más «divertido», lo más jodidamente interesante, es afrontar el error propio. ¿Lo han pensado ustedes, amigos? Porque yo lo pienso día sí, día también… Sí, cada vez que me luzco, han deducido bien.

Tampoco es que me pase el día en el lado oscuro (o sí?). A veces, en un momento milagroso y luminoso cual aparición angelical, descubro que tengo razón, y de la emoción no me sale otra cosa que repetírselo de manera histérica y hasta la saciedad al que tengo a mi lado, a la sazón mi santo: ¿Lo ves? ¿lo ves? Tenía razón, ¿lo ves? ¿lo ves? ¿lo ves? ¿lo ves? ¿lo ves? ¿lo ves? Y así hasta el infinito. O hasta que mi santo simplemente me mira, se levanta y se pira. Y a otra cosa.

(Observo con regocijo que esto de remozar el éxito propio a los demás le pasa a mucha gente. No soy la única pues que se precia de no saber callar ante un acierto, muy probablemente accidental. Y me parece curioso. Y digno de estudio por parte de alguien que sepa, claro).

Pero cuando fallamos, ay, amigo, eso es otro cantar…  Lo hablaba con un amigo hace poco, como reconocer que nos hemos equivocado es casi como poner a sabiendas la mano encima de la plancha en plena faena (de planchar, no me piensen mal que además de vicioso es muy complicado). Sí, reconocer ante uno mismo, y ante los demás, que la has jodido me parece una sensación bastante similar en cuanto al dolor que experimentas en tu propio ego. Como cuando te depilas los pelos de las cejas la primera vez en tu vida. O como cuando te golpeas el dedo pequeño del pie con una esquina de la cama cuando te levantas de noche al servicio. O como cuando, de joven descubres, accidentalmente o no, que la colonia es para el cuello y alrededores, porque hay sitios donde escuece, bastante. Ese latigazo en la espina dorsal que te hace apretar los ojos tanto como la Esteban cuando hace que piensa… Ay, madre, pa darte un par de leches bien dadas, ¿eh?

Reconocer que nos equivocamos, mucho o poco, me parece de lo más terriblemente complicado que hay como ser humano, mucho más incluso que conseguir cita para el médico de la Seguridad Social el mismo día en el que llamas o salir en una foto de un fotomatón. En tu negocio, en tus relaciones personales, en la educación de tus churumbeles, en el cambio al hacer la compra con la Jessy delante tuyo y mascando chicle… Reconocer el error debería ser asignatura en el colegio mucho más que Cono o lo que sea que dan ahora, o algo obligatorio como hacer la mili de hace años. Porque a fin de cuentas, todos, todos, todos nos equivocamos, por muy listillos que seamos. Sin excepción. Mira si no Einstein con lo cerebrito que era y como la metió hasta el fondo al inventar la bomba atómica. Se equivocó Eva al hacer caso a una serpiente (a una serpiente! estaba tonta aquella mujer??) y no hacerse un bolso y unos zapatos a juego con ella, allá por el principio de los tiempos, y Colón al buscar aparcamiento para sus carabelas mientras buscaba las Indias. La pifió de lo lindo Zapatero al decir que no había crisis (qué crisis, qué decís? qué invento es ese????). O Mourinho, con lo que sabe según mi santo de fútbol, y alinea a quien no debe frente al Barça (momento patrocinado por el BBVA, adelante…). O Rouco Varela cuando habla sobre la mujer, o cuando habla en general…

Reyes, sus yernos, los del FMI, políticos de todos los colores, jueces a puñados, médicos unos cuantos, sabios, ignorantes, las misses superguapas, cualquiera de nosotros la mete bien metida. Es «asín». Y «asín» será, hasta que aparezca otra serpiente en el camino y el mundo se vaya a la mierda, vía Eva, por supuesto, una mujer tendrá que ser (a qué sí, Rouco?).

Triunfar y hacer las cosas bien mola, va bien con todo y es fácil de asimilar.

Lo chungo, lo que nos hace crecer como personas, o al menos tener bien recortaditas las uñas para no clavárnoslas y hacernos pupita, es saber levantar la cabeza y decir al mundo: sí, amiguitos, soy una Remedios Cervantes cualquiera, y la he metido pero bien. Lapidadme si queréis…

Eso sí, consuela saber que por mucho que nos equivoquemos, a nosotros, seres anónimos y simplones, al menos no nos verán millones de personas en directo. Eso ayuda, ¿no?

2011, un año accidentalmente extraño

Estas fechas están llenas de topicazos: hay que ver que rápido se me ha pasado el año, Tomás, que cada año somos más consumistas, ya sabes, lo importante es el detalle, los españoles nos gastaremos una media de 300 euros estas fiestas, en Barranquilla del Palomar han celebrado las 12 campanadas tres días antes, hoy los Reyes han sido una vez más las bicis y las videoconsolas, etc, etc, etc… y «asín y asín» hasta el infinito que nos llevará sin solución de continuidad a la cuesta de enero, la subida del gas y del metrobus (sí, señor Echevarría, eso sigue existiendo!) y a la cola del Inem…

Pues aquí otro tópico de los de manual: el repaso del año.

Y, amigos, este año ha sido cojonudamente extraño. De esos que estás ahí tomándote unas cañas un día con tus amigos, y dices, ya medio pedo: ¡joder, es que ese año fue cojonudamente extraño! Y nadie te entiende porque también van medio pedo pero les hace mogollón de gracia y se parten la caja contigo, o de tí…

Pero es que es verdad, que lo ha sido.

Terminó y empezó felicitando las fiestas como siempre de la forma más rápida y cibernética, como todo el mundo que no manda christmas, entre los que me encuentro desde hace años y es que, entre otras cosas, soy literalmente incapaz de guardar las direcciones de mis amigos y familiares en el mismo lugar cada año. Así que por no tener que preguntar las señas y reconocer mi absoluta falta de organización, pues lo voy dejando para días mejores y menos azarosos.

Me comprometí, en vano, he de aclarar, y en un alarde de pedantería intelectual que a veces me permito, a alcanzar los 50 libros en un año. Ja ja, ni de coña, amigos… Ya me hubiera gustado a mí alcanzar esa cifra, pero se me han complicado las cosillas un poco (no hay excusa que valga, pero si tengo que buscarlas tardo menos de un minuto, vamos…). Y creo que mejor no me pongo a reseñar los que me he leído, entre otras cosas porque no me los he apuntado, aunque dije que lo haría, y el tiempo empleado en hacer memoria me viene al pelo para otras miles de cosas más urgentes como conseguir emparejar los calcetines desertores de mi hija, que se empeñan en dispersarse por la casa tras la colada… Aunque, si tengo que elegir uno de todos los que recuerdo así a bote pronto a estas horas de la mañana, me quedo con Anatomía de un instante de Javier Cercas.

Entre despistes y olvidos, me he reencontrado con amistades muy queridas como la sublime Aroa, he añadido nombres guays a mi lista de gente preferida, he descubierto series de TV geniales como Portlandia o Rubicon, he entrado poco a poco y de manera subrepticia en el mundo de las madres y padres blogueros (que mira donde me iba a llevar…), me he ido poniendo motivos para empezar el día al llegar a una oficina donde la cosa se iba poniendo chunga por momentos, he emprendido mi cruzada personal contra los Cantajuego y sus perversos efectos irreversibles en algún bucle blandito de nuestro cerebro y del de nuestras criaturas, allá por la zona derecha, girando la segunda a mano izquierda (sin acritud, eh?), me he metido en berenjenales muy divertidos y surrealistas, de esos que estás ahí toda empantanada y piensas: dios, pero qué estoy haciendo? y he plantado mi bandera en la puerta del gimnasio, porque no, ¡no voy a volver en una buena temporada!

Además, he alucinado con momentos históricos como el del 15M y sus consecuencias, me he enfrascado yo solita y bajo mi cuenta en riesgo en debates finos filipinos como el momentazo Sora, me han conquistado los modelitos noñoños y sus dueños más aún, he flipado con también momentos históricos y trascendentales en mi vida como el viaje a Israel, y he asistido a algo tan histórico y surrealista a lo chiste malo como un despido sin haber casi soltado la maleta…(algo casi irrelevante, en un momento como éste, en el que soy simplemente una más de los casi cinco milloncejos de españolitos que hacen cola en estos sitios tan agradables, las oficinas del Inem)…

Ha sido un año cojonudamente extraño. Un año de meteduras de pata estruendosas y aciertos de duración indeterminada. Un año de hostiones con la mano vuelta, de crisis, paro, de qué hago ahora con mi vida, de qué hago en Madrid con la Botella de alcaldesa y la Aguirre de presi, por no hablar del panorama nacional…, de qué hago en este barrio donde las cagadas de perro que hay en la calle son del tamaño XL-caballuno por lo menos y a los que mi criatura ya ha puesto hasta nombres de pila de la familiaridad que les está cogiendo (a las cagadas, a las gitanas en zapatillas de estar por casa y a los yonquis varios en chándal). Un año donde tiraría muchas cosas y a muchos a la basura, sin reparos ni mirar si va en la bolsa amarilla o en la negra…

Pero, también, el año de la preñez, el de los proyectos sin fin, el de hacerle un corte de manga al sistema y el de liarme la manta zamorana a la cabeza (gracias a mi santo por aguantarme, mérito tiene, sin duda…).

Un año extraño, raruno, fuerte pero sin destilar, como esos vinos peleones que te dejan dolor de cabeza al día siguiente, y que ya se acaba, calendario y paracetamol mediante.

Y no sé por qué, será el instinto «preñil» o ver el panorama que tenemos montado (y alguna vez que otra y de pasada, algún programa de Telemadrid), pero me da a mí que el que viene va a ser también de los de «agárrate, María, que esto es como el final de Lost…». Una fiesta.

En resumen, que el 2012 y el fin del mundo nos pille con las bragas puestas (y limpias) y sed muy felices, amigos.

Éramos pocos y llegó Madresfera

La criatura, que ha pesado casi 500 MB y que hemos decidido (tras un intenso briefing, brainstorming y unas cuantas copas de inspiración) llamar Madresfera, ha nacido el día 19 de diciembre a eso de las tres y pico de la tarde, una hora de siesta en todo el mundo de dios, pero es lo que tienen las criaturas, que deciden nacer cuando les sale del mismo…

La madre, una servidora, se encuentra cansada, pero bien. Primeriza en estas lides pero sabedora de las necesidades de su primogénita, intenta no descuidar a su primera criatura, pero la recién nacida es absorbente cual papel de cocina con circulitos y ahora, en sus primeros días, exige toda su atención, sus pupilas ensangrentadas y su culo adosado a la silla hasta encallecer. Una ya no sabe ni donde tiene la cabeza, llega tarde a todos lados, olvida lo inolvidable como poner a grabar las apariciones del Vaquerizo (ese ser) en la pantalla, y dicen que habla sola por las esquinas de su barrio, en zapatillas de estar por casa (como sus alegres convencinas en bata) repasando la lista de cosas por hacer para que a la criatura madresférica no le de un cólico de esos que dejan la pantalla atontada, un error 404 o que se le registre alguna banda de narcos llamados los «mamitos sangrientos» en los blogs del ranking…

El santo, padre putativo (estas cosas informáticas son así), pero al que la pequeña Madrefera ya quiere de forma auténtica e indudable (juraría que le ha llamado papá), pasea por la mansión perseguido hasta la extenuación por la primogénita,  cual sombra «indespegable», musitando no sé qué de que se tiene que ir al fútbol y de que no puede ir ni a miccionar sin ser perseguido por una criatura gritona obsesionada con cantar «lamarimorena» y los peces en el río.

La primogénita, inconsciente del alumbramiento pero que algo se huele, aporrea a la menor ocasión el teclado de la «mamma», provocando caos de dimensiones bíblicas en la «hermanita» y algo debe notar porque insiste con fiereza en pasar las horas sentada sobre el regazo de una servidora. Así que entre la panza creciente que empieza a servir de barra de bar y la criatura adosada, a una se le están alargando los brazos unos centímetros cada día para poder llegar al teclado del ordenador. Aviso para los regalos de Reyes, los jerséis me los ponéis con un palmo más de mangas, porfa…

El padre natural, en destino conocido pero lejano, se afana por golpear el teclado, gritar maldiciones en asturiano y luchar por el bienestar de su pequeña Madresfera desde la distancia mientras le grita a la pantalla: ¡Aguanta, servidor, aguanta por dios! Además, se le ha visto garabateando por las paredes de todo el local que pisa unos números extraños, combinaciones indescifrables a lo cifra mágica de Lost, mientras repite «algoritmo, algoritmo, algoritmo» porque si deja de decirlo se cae no sé qué avión del Oceanic…

En resumen, queridos todos, la familia se encuentra muy feliz con su nuevo miembro, aunque todavía está en proceso de adaptación y vamos todos con chichoneras y cascos de los cabezazos que nos estamos dando en los comienzos (que no, no son fáciles, by the way...).

Y desde aquí os damos las gracias a todos con movimientos de la manita hacia arriba y hacia abajo, a lo Familia  Real en sus horas altas y os invitamos como familia orgullosa (no, ésta no nos ha salido gorrona, jejeje) a que conozcáis (sí, también vale criticar, pero sin pasarse que están los Reyes muy cerca y es muy fácil tachar nombres de la lista, jejeejejejeje) a la recién llegada desde sus más tiernos inicios… 🙂

La guerra de los egos disfrazados

Lo que aquí os desvelo, amigos, además de ser verídico a más no poder, encierra una crueldad infinita que sólo los que estamos aquí, empantanados, en medio de esta guerra absurda, podemos apreciar y que plasman de una manera magistral los amigos de Noñoño en este post llamado No compitas, que os recomiendo encarecidamente para entender en su completa magnitud.

El primer año de vida maternal, como una servidora estaba en la parra (ahora también, que conste, pero los daños y perjuicios me han hecho más resabiada) cuando llegaron las fechas navideñas en la guarde me comentaron eso de: «Mami (como no se pueden saber los nombres de todos nosotros, el mami les viene siempre estupendamente), tienes que traer a la niña disfrazada de pez. Nada complicado, le pones una escamas de tela a una camiseta azul y ya está… ¡No te compliques!«.

Vale, pues según oí el ¡No te compliques! pensé que era sincero (ERROR!)  y tal cual, el día anterior a la fiesta, le cosí a la camiseta de rigor en cinco minutejos, y sin mucha gracia, la verdad, algo parecido a unas escamas de tela de colores que me dio mi suegra y que al principio me parecieron maravillosos.

Pero claro, al llegar a la guardería y sentar a mi criatura marina junto a sus amigos, las lindas escamitas de manufactura «self-made» se convirtieron en unos espantosos colgajillos deshilachados que iban perdiendo tela y sustancia a su paso, que ni flotaban ni nada y que resultaban especialmente patéticas al lado de los maravillosos trajes de besugos y peces espada de gomaespuma de los demás mini-críos.

Aquel fue el primer impacto para mi poco curtido ego maternal. «¡Mala madre, mala madreeeeeeeeeeee! ¡Pero mira cómo llevas a la niña, por dios! ¡Si parece un espantapájaros en vez de un pez!» Oía yo en mi cabeza insistentemente mientras hacía que me divertía viendo aquel desfile del carnaval de Las Palmas: pulpos rosados con todos sus tentáculos, estrellas de mar a las que no faltaba ni una patita gomaespumada, o incluso caracolas de color marfil con cangrejitos incluidos en el pack, vamos, una pesadilla. Y yo, con lágrimas a punto de resbalar por mis mejillas de tez «adolescentoide» miraba a mi pequeña, embutida cual choricillo recién empaquetado, en sus mallas y camiseta azules de la Cadena Q, muy barata oigan, y aquellos pegotes colgantes, ella tan feliz, y que le importaba todo un comino y medio porque su único afán era llevarse a la boca uno de esos colgajos y llenarlo de babas espumosas. Lo típico de esa edad, vamos…

Total, que tras una hora de tortura china, salí de aquella fiesta odiando más a la humanidad y preguntándome qué demonios era aquello. ¿Una trampa? ¿Una prueba para madres modernas que además de ser supermajas también deben saber hacer un traje de pez que ni comprado en el Corte Inglés? O mejor, ¿un concurso para demostrar las habilidades de corte y confección de las abuelas? ¿Ehhhhhhh? Que esa es otra, que habría que demostrar ahí quien se encarga de los trajes y tener un sello de autenticidad, tipo: «Vale, es feo, pero me lo ha hecho mi madre, y no mi tía Puri!». Amigos, amigas madres, yo os pregunto desde lo más hondo de mi corazón y casi con las vísceras en la mano: si os dicen que nada complicado, ¿por qué demonios no les hacéis caso? ¿Qué hay que demostrar, quién tiene la suegra que mejor cose?

Y así, con esta indignación, esta duda, esta incomprensión mezclada con frustración he ido pasando los años hasta llegar al tercer año de guardería. Con menos tiempo, menos ganas de complicarme y menos idea de qué demonios hacer que nunca. Y de nuevo: «Uy, nada, nada, mamis, no os compliquéis, les ponéis unas mallas y una camiseta de colores y ya está! Si para ir de elfo no hace falta nada más…» ¡JA! ¡JAAAAAA! Que el día que lo vi ahí en la circular, y apuntado en su cartulina de colores brillantes, me dije: este es mi año, no hay que currar. Guay, porque voy de culo… Y tan feliz… Pero no. Debe ser que el resto de padres leen otras circulares, o hablan con otras profesoras distintas a las mías… O mejor, ¡que se pasan por el forro lo que les dicen! Porque ya han llegado a mis oídos rumores de ciertas madres insurgentes que andan anunciando la complejidad digna de un máster o de un módulo en el FP del disfraz de elfo de sus criaturas. Y ya la tenemos montada…

El año pasado, en el que las criaturas tenían que ir de estrellas (¡no os compliquéis, mamis!), la superamiga Violeta y yo, envalentonadas por el fracaso estrepitoso de nuestros respectivos atuendos de piscifactoría (vamos, este año no volvemos a hacer el ridículo por nuestros santos…!) nos animamos a manufacturar con destreza y cogimos con ahínco nuestra Singer y una tela brillante muy apañada. Y tampoco fue tan mal. Aunque he de decir que al menos mi estrella fue más un tomate espachurrado que un astro fulgurante. Pero ¿sabéis qué? ¡Que me dio igual! Que fuimos tan contentos con nuestro intento casero de ser buenos padres manitas, que no damos para todo y que, no, no hacemos los mejores disfraces del mundo, pero hacemos una imitación del mono capuchino que tira «p’atrás», oye…

Que nooooooo, que me niego a competir,  ¡que no me da la vida, por dios! ¡Que no voy a entrar en el «y tu madre más»! (O solo un poco…) Que se empieza en el primer año de guardería y se acaba con el concurso de Cono de construcción de volcanes, ocho noches sin dormir, y movilizando a toda la familia para que el puñetero volcán eche lava de verdad ¡¡¡¡¡¡Pasoooooooooooo!!!!!!

Esta vez mi criatura seguirá asistiendo en plan precario-malamadre-nomedaeltiempoparamás: un elfo en paro y venido a menos al que le seguirá importando un pito el disfraz de su compañero siempre que haya patatas fritas para deglutir masivamente. Mientras, como familia unida de clase media y poco talento como diseñadores de moda, asistiremos a la pasarela Cibeles de elfos y demás seres encantados del bosque, voladores, del mar, de montaña, de temporada primaveral, con orejas punzantes, y hasta habrá algún padre que aparezca vestido de orco (que eso ya es por joder, vamos, porque tengo yo la vida como para buscarme también el disfraz a juego con la niña… ¡Anda ya!)

Amigos, amigas, seres que tenéis criaturas y no tenéis más huevos que disfrazarles…¡Que no os compliquéis…!