Amor de hermanos

Desde que nació, le ha empujado, tirado cojines, lanzado objetos duros y contundentes a discreción, pegado puntapies y porrazos varios.

Ha dicho que no le quería.

Ha pedido que le devolviéramos al hospital unas cuantas veces.

Nos ha recordado que ella es la primera, la mayor y que por tanto le corresponde más cariño, más besos y más chuches.

Le ha quitado los juguetes de las manos aunque no pensara jugar con ellos, tan solo porque él no los tuviera.

Se ha chivado todas las veces y más de que ha pintado en el suelo con sus pinturas.

Le ha mordido un par de veces.

Le ha despertado de las siestas.

Se ha reído de él cuando se ha caído.

Entre otras lindezas…

Pero esta mañana, me ha preguntado por qué el pequeño nos quería más a mamá y a papá que a ella.

Y luego ha pasado esto…

No creo que cambie mucho la historia de un día para otro. Pero oye, por algo se empieza…

Foto: con lágrimas en los ojos, y con la Nikon 1 J2.

¡Padres no, gracias!

Soy novata en lo de los cumples infantiles masivos. Los de mis hijos han sido siempre en la intimidad de familia y amigos, al calor de una buena barbacoa y un montón de latas de Mahou, vamos, lo típico. Lo más alejado posible de cumpleaños temáticos o medianamente refinados. Y sé que este es un tema peliagudo, no es que me parezcan mal, para nada, es que sencillamente no valgo para ese tipo de despliegues, al menos por ahora. Lo mismo en un tiempo me entra el espíritu de Martha Stewart, me convierto al scrapbooking y el washitapismo y hago cosas cuquis hasta decorando las tostadas del desayuno de mis hijos…

Pero bueno, dejando de lado mis incapacidades manifiestas con el DIY, el tema cumpleaños tampoco es mi fuerte. Ni el de mi hija, porque, por suerte, creo yo, la mayoría de los cumpleaños a los que le habían invitado hasta ahora habían sido todos de amigos nuestros, con lo cual entraban dentro del terreno conocido, “useasé”, fiesta de toda la vida, más o menos decorada (madre mía, que os esforzáis muchísimo y los invitados nos vamos deprimidos a casa pensando en cómo tendremos que hacerlo nosotros cuando nos toque para estar a la altura…), y oye, pues pasas una tarde agradable mientras los críos corren entre las piernas y se ponen gochos de tarta y gusanitos, sean estos temáticos o no, que al final eso es lo de menos.

Pero, hete aquí que ahora nos hemos encontrado de bruces con una nueva y chocante realidad: ¡¡¡las fiestas de cumpleaños SIN PADRES!!!

Aún estoy en shock, perdónenme, porque debe ser la mar de normal dejar a la criatura en un recinto cerrado con doce críos más, y digo críos de cuatro años, ¡no de ocho o nueve!, pero a mí se quedé cara de qué me he perdido, mientras el resto me miraba divertido, siempre tiene que haber una novata en los cumpleaños sin padres.

Y ante mi estupor, sí, depositabas a tu criatura, con su regalo para el homenajeado bajo el brazo, como quien deja el abrigo en el ropero, aunque no me dieron ficha, y despachada para dos horas después, tan alegremente. Y hala, puerta cerrada.

Yo que, pese a apetecerme cero el momento social, ya iba preparada para confraternizar con el resto de padres del cole, a los que conozco de refilón en mi sprint para recoger a la criatura, o poner por fin cara y nombre a los compañeros de mi criatura, que me hago un lío con las niñas rubias que no veas… Pues no, mi gozo en un pozo. Los padres no estaban permitidos y mi otra criatura y yo nos fuimos, castigados y sin tarta, a hacer tiempo mientras esperábamos a que saliera la, de repente, niña emancipada.

Y como resultado de la expulsión paternal, esto es lo que vimos durante casi dos horas para deleite del pequeño. A mí aún me dura el tic en el ojo. En serio.

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Los niños estaban como hipnotizados! Foto Nikon 1 J2 modo automático
Pingüinos navideños
Y aquí los culpables de la hipnosis. No descarto un lenguaje secreto… Foto Nikon 1 J2 modo creativo selección de color

 

Y aquí los podéis ver en acción (vídeo tomado con la Nikon 1 J2):

Después de esto, una y otra vez, y otra vez, y otra vez más, toco recoger a la criatura que salió más pintada que una puerta, con los morros de rojo, los ojos con algo azul en los párpados y una corona pintada en la frente que doy fe que tardó muchísimo en salir en la bañera. ¿Se lo pasó bien? Pues supongo que sí, pero yo me quedé frustrada y hoy he soñado con que una horda de pingüinos asesinos invadía mi mansión y me perseguían cantando villancicos hasta que yo perecía entre terribles sufrimientos.

Ay, dios, qué duro es esto de la crianza…

Vacaciones de verano: ¿copazo o prozac?

Malabarismos vacacionales
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Tener criaturas te cambia para bien o para mal. Todo. Desde el ancho de los tobillos, pasando por la talla de sujetador, hasta tus más arraigadas costumbres, como esa en la que dormías ocho horas, por decir algo, vamos, no por nada en especial

Y si hay algo que cambia, no, corrijo, que aniquila a lo que antes sucedía para convertirlo en otra cosa totalmente distinta, ese algo son LAS VACACIONES.

Y es que ahora, dejando de lado el tema presupuestario, que también, la verdadera y genuina duda en el asunto vacacional no es si playa o montaña, no. Ahora la cuestión fundamental pasa a ser…¿copazo o prozac?

Amigos, las vacaciones ahora son una caca.

Y no es que me queje por tenerlas, al contrario, vamos, con lo que cuesta hoy en días llegar hasta ellas, me salvan la vida, me oxigenan, me devuelven la poca cordura que puede contener mi cabeza… Vamos, que yo feliz y ojalá pudiera disfrutarlas más tiempo.

Pero oigan, ¡que esto no son vacaciones! Vacaciones eras esas en las que metías unas bragas en la bolsa, el bikini, un vestido ajustadico, los libros del verano (ohhhh, sí, entonces leía!) y cuatro cosas más y te largabas a la aventura, a la buena vida, a las comilonas en un chiringuito y a un siestón de cuidado, o a lo que cayese con la pareja… Esos días despreocupados en los que no viajabas siempre con la impresión de haber olvidado algo aún llevando el coche más cargado que los de “malacatones” robados de mi barrio. En los que, cuando éramos dos, nos daba igual el plan porque hiciéramos lo que hiciéramos íbamos a estar tan pichis… En los que te dabas el lujo de darte un paseo por la playa sin preocuparte de a tus criaturas les daba el sol demasiado en las orejas, de si se comían la arena con fruición, o de si se extraviaban entre la marabunta playera… En los que simplemente, te relajabas. Sin más. Ni menos…

Esto es otra cosa… Y no, no me vale la alegría inconmesurable de verles por las mañanas, por las tardes y por las noches. Son mis retoños y les quiero todo el año. Pero ¿dónde han quedado esos días de relax prometidos, esperados, soñados….? ¿Acaso los padres del mundo, con tiernas criaturas babeantes no nos merecemos un descanso? Y por qué, si esto va a ser así, ¿no me desgravan en Hacienda?? No sé, más de uno nos lo tomaríamos de otra forma si así fuera. Al menos, nuestro quiero y no puedo vacacional sería menos frustrante…

Puede que el truco para no frustrarse, tanto, sea darse cuenta de que ya no son MIS vacaciones, igual que ya no tengo MI baño para mí sola, o que ya ni siquiera soy yo misma para muchos, sino la madre de… ¿Será que ahora son las vacaciones DE MIS HIJOS y hasta que no lleguen a la pre-adolescencia y prefieran ponerse los cascos para escuchar música mientras cenamos antes que hablar con sus padres y prefieran irse de campamento con sus colegas no volveré a tener a vacaciones para Mí otra vez? ¿Es eso? ¿O será que no deberían llamarse vacaciones sino meses-en-los-que-tus-hijos-se-lo-pasan-pipa-y-rellenan-las-primeras-hojas-de-sus-cuadernillos-de Vacaciones-Santillana-mientras-tú-lloras-por-las-esquinas-y-te-das-a-la- bebida?

Me dirán que exagero. Tal vez sí.

Pues ya se lo contaré…

Mi vida sin dormir en mí

OrcoNo duermo mucho últimamente. Lo confieso. Y poco a poco, día a día, y noche a noche, eso me está convirtiendo en un monstruo.  Pero no uno de esos trolls que salían en David el gnomo, de esos a los que se les caía el moco y daban menos miedo que el perrete del papel higiénico. No, que va… Tras varias semanas encadenando despertares varios, toses, lloros, cabezazos a lo Zidane y demás encantadoras anécdotas nocturnas, yo sería como una criatura diabólica del ejército de Sauron, uno de esos trolls con la nariz ganchuda y los ojos inyectados en sangre, y asquerosito a más no poder. Y con la voz muy aguda, así como de chillar mucho cuando llamas al Jonathan por la ventana para que coja a su hermana la Jenni y se vayan los dos a por el pan al chino (que es muy de aquí, muy de Mordor, ya saben…)

Vamos, que estoy hecha una piltrafilla y eso afecta al humor. Y al cutis, dicen. El cutis, jeje, que yo ya ni sé en qué capa se me ha quedado a mí el cutis debajo de todas las capas de antiojeras e hidratantes que me echo por las mañanas para intentar recomponerme un poco de la batalla. Espeleología tengo que hacer yo ya para encontrarme el cutis, señores…

Y es que lo de dormir poco debería ser considerado un motivo de baja laboral, una enfermedad de las de al menos tres días, de las de quedarte bajo el edredón y mandar a los niños a irse ellos solos al colegio ( y a la guardería también, que se vaya espabilando, que ya va a cumplir un año ¡hombre ya!). Una enfermedad de las de aislamiento preventivo bajo riesgo de contagio de la mala leche que se te pone. Una enfermedad de las de buscar en Internet los efectos secundarios y tras ver las horribles fotos de algunos que han pasado por eso, cerrar el ordenador prometiéndote no volver a hacerlo nunca. Una de esas enfermedades…

Básicamente porque, lo que en otras circunstancias y bajo la luz de unas ocho horas pegando la orejilla, podría ser visto como una minucia, una tontada, una espinilla en una frente adolescentoide, cuando tienes más ojeras que la Esteban y casi su misma expresión facial, se podría decir tranquilamente que todo te parece una patata (por no decir mierda, que luego me dicen que abuso de los tacos, es lo que tiene no dormir…) y que probablemente sería la explicación para cosas como  la extinción de los dinosaurios (¿lo del meteorito? una cortina de humo), la bomba de Hiroshima (una noche mala para el que apretó el botoncito) o la subida del IVA y la ley Wert y los recortes en la Sanidad y la Educación, y la excarcelación de Blesa, y los indultos de Gallardón, y todo el gobierno de Rajoy en pleno… Vamos, que como decía, no dormir bien puede traer consecuencias funestas.

No duermo mucho y no hay siestas en mi horizonte. Ni fines de semana en los que los niños cambien milagrosamente su reloj interno, que debe ser suizo el puñetero… Allí a lo lejos vislumbro unas vacaciones en las que sí, al menos aspiro a desconectarme del mundo y no tener que fingir que soy humana cuando en realidad soy un despojillo con patas.

Porque a que el niño me deje dormir no aspiro por ahora. Y como me cruce un hobbit… no les digo lo que le hago…

De restauraciones y otras locuras materno-empresariales

Resulta que un día tienes que salir de casa para hacer negocios. Lo que viene siendo hacer “el business”: rebuscas entre la ropa de premamá y la de lactancia algo sin manchas y medianamente planchado, rescatas unas medias sin carreras del cajón de ese mix que tienes de leotardospeloteros-mediaspeloteras-calcetinespeloteros, y practicas arqueología entre los zapatos planos y llenos de arena del parque para encontrar algo digno y taconero. Desde que tu criatura te ha pedido, por favor que te pongas tacones porque le gustas más (…), estás asimilando que tal vez, solo tal vez, tu hija quiera una madre más alta y arreglada a la par que sencilla… y que la que tiene no le mola… que tal vez tengas que empollarte algún catálogo de moda invierno del Vogue o hablar pronunciando algo más la s, ¿sabessss? (ese pensamiento te dura lo que aguantan sus muñecos ordenados en su cesta, porque en cuanto ves de lo que es capaz la bestia parda te sale el chuki que llevas dentro y sacas la madre bajita, de zapato plano y chillona que llevas dentro y te importa un pito lo que te pida por favor con tal de que ordene su cuarto y deje de hacerle llaves de pressing al hermano).

Pero hoy tienes que salir a businessear y hacer algo de provecho (ejem) así que toca hacer el esfuerzo e intentar recomponer todas las mujeres que llevas dentro para ponerte cara de moderna y talentosa, escondiendo por un rato la maruja ojerosa que grita a su hija que se coma el pollo, que trabaja en pijama como una loca a las seis de la mañana con listas de la compra junto al flujo de contenidos de la semana y que no tiene ni idea de cómo enfrentarse al mundo de los negocios… A lo mejor tienes que evolucionar y de una Pokemon tipo ama de casa pasas a ser a una de tipo empresaria exitosa a base de ganar batallitas a mujeres delgadísimas y elegantísimas en traje con BlackBerry y maletín de Armani…  Las ganarías a bolsazos, eso no lo dudes…

Así que buscando un milagro te pones frente al espejo y tras el susto y arcadas iniciales, te secas los lagrimones, te juras que nunca más, que a partir de ahora te pondrás todos los potingues esos que atiborran el armarito (copando las baldas correspondientes al santo) y que te echarás escrupulosamente el contorno de ojos como si en ello te fuera la vida para no convertirte en la gemela de Soraya Saez de Santamaría cuando se enfada. Apretujas con fruición los cuatro pelos escamosos que te quedan tras el embarazo+parto+tirones del pequeño, cubres con espátula y mortero las ojeras cronificadas y bolsas colganderas y, en definitiva, restauras con prisas, y como puedes, para no ser el maquillador gordaco de los anuncios de Max Factor, el Ecce homo borjiano en que te has convertido tras todos estos meses de estar escondida en esa cueva de perdición llamada “trabajo en casa“.

Y bueno, has hecho lo que has podido. Y llegas tarde, por supuesto. Así que corres pasillo arriba pasillo abajo por tu mansión, cogiendo el iPad, el smartphone, las tarjetas de visitas, un boli por si no funciona el iPad o el smartphone, las llaves del coche, las del garaje, las de la casita de Mickey Mouse… Todo lo que una mujer de negocios actual necesita, y eso sí, sin mirar atrás, porque la casa te está llamando a gritos “desgraciada”…  Pero noooooo, espera, ¡¡¡te falta algo!!! Llenas la bolsa de pañales para un regimiento, ropa de cambio para tres estaciones distintas (¿alguien sabe qué temperatura hace en el Ifema?), discos de lactancia y demás complementos diminutos y empaquetas al bebé, tu socio más entregado y fiel escudero, en el coche mientras sudas la gota gorda intentando que el capazo quepa con la bici de la niña, los ruedines, la cuna de viaje y el colchón… Y tras hacer el Tetris en tu maletero y darle gracias a dios por haber hecho el coche más grande del mundo ¡¡ya estás lista para comerte el mundo!!

Hete aquí que, mientras recorres como una loca (tómese esto como una exageración, of course) la M30 porque sí, llegas muy tarde, reflexionas (a tu manera, es decir, muy floja) sobre como montar un negocio propio es una locura casi tan grande como tener un bebé. Casi están al mismo nivel, te dices. Aunque al negocio le puedes mandar a la mierda en un momento dado, mientras que al retoño lo máximo donde le puedes mandar es al Hermano mayor a que lo amaestren y deje de romper puertas con los puños o a un internado en Suiza si es que te dan las perras.

Ahora bien, cuando se unen ambas cosas, tener niños pequeños en la chepa y teta, a veces simultáneamente, y poner en marcha un negocio, ambas tareas ya de por sí, estresantes, demandantes y altamente explosivas, te das cuenta de la mezcla…

Demonios, ¿¿¿¿qué es lo que va a salir de ahí???

Sobreviviendo al verano

Contracturada como nunca y con más canas en mi cuenta personal vuelvo de nuevo al blog, echando cuentas y haciendo encaje de bolillos en mi agenda para encontrar horas para terminar el máster, para currar como una loca y sacar para adelante Madresfera, que va tomando forma de negocio, minutillos libres para pasar por un fisio que me devuelva la movilidad de la parte superior del tronco, sentarme en el sillón de la pelu a pesar del 21% para que me devuelvan la apariencia de mujer-hace-tiempo-presentable, llamar a unas cuantas empresas para que me devuelvan pasta por cosas que tenía que haber reclamado hace tiempo pero que no he hecho porque se me acumulan los “debos”…

Y es que éste, amigos, ha sido un verano épico. Pero épico por lo de las batallas sangrientas y los caídos en combate. Tras días extenuantes que me han puesto a prueba hasta decir basta cada noche me acostaba con la lagrimita colgando de la pestaña y marcando con la uñica una raya en la pared de la alcoba para tachar un día más, un día menos para volver, un día menos para soltar al sistema público a esta bestia parda en la que se ha convertido mi adorable hija mayor y que me ha provocado más luxaciones y contracturas en dos meses que alguna clase infructuosa de body-stretching por la que he pasado.

Así que me he convertido en un ser paliducho y ojeroso, de carácter agrio y gritón a más no poder mientras corría desaforada tras la criatura por la piscina y alrededores, con la teta fuera y un lactante-ventosa que se agarraba a mí a lo koala sin pelo, el pobre.

Y todo porque la susodicha bestia parda ha decidido que el verano, a sus tres años, era el mejor momento para eso tan traído de afianzar su personalidad frente al hermano y frente al mundo con toda clase de desmanes y comportamientos rozando la delincuencia, convirtiéndome a mí en un manual de todas las conductas maternales reprobables que la Supernanny anotaría en su libretita, con su chaquetita sobre el brazo, mirando de reojillo a la cámara como diciendo: ojo, ojo, vaya mierda de madre tenemos aquí, y que luego me explicaría con ese tono irritablemente calmado y sosegado en la mesa del salón con su mini-ordenador de chichinabo. Vamos, me encuentro yo a la tal Rocío y una de dos: o me la como con furia incontenible, o bien la pongo un piso en Serrano para que me cuide a los dos durante un día para que yo me pueda ir a un balneario con el Imserso o a vegetar a Benidorm.

Debo haberlo hecho fatal, imagino. Pero bueno, al menos hemos sobrevivido. Los tres. Y eso que el pequeño ha sufrido en sus prietas carnes toda clase de ataques en forma de lanzamiento de palas de piscina directas a su cabezón calvo, de llaves de lucha canaria con la hermana encima suya a la que te dabas la vuelta, introducción violenta de chupete por algún orificio disponible, untamiento de cremas solares e introducción violenta por algún orificio disponible, sesión de gritos de “hermanitoooooo” a 300 decibelios justo a la altura de su nariz, y meneo compulsivo y frenético de la hamaca a lo atracción de feria sin medidas de seguridad mientras el pequeño saltaba cual poseído por el demonio llorando en arameo.

Nos lo hemos pasado genial, amigos.

Pero ahora que he vuelto beso el suelo de mi calle, a mis vecinas “lolailo” en bata y pantuflas y moño a lo Winehouse que van al Ahorramás con los niños en pijama, a los toxicómanos que me saludan con su entrañable sonrisa sin dientes en la esquina, a los perracos que cagan en la puerta de mi casa y a los dueños, despistadillos ellos, que no lo recogen…

Ya estamos de vuelta. Ellos sanos y a salvo. Yo, dando gracias por el ibuprofeno.

Esa “dulce” espera… ¡y una leche!

Hermanos, amigos, pródromos del parto varios e irregulares, muchos ya lo sabréis por experiencia, pero hoy tengo que afirmar que los días previos a dar a luz son, sin duda, una de las experiencias más surrealistas que la mujer se pueda echar encima…

Más que ver a Mario Vaquerizo ponerse las bragas de su mujer y luego afirmarse como un hetero muy macho. Más que el anuncio de los cristales gratuitos de VisionLab. Más, si es que eso es posible, que el “wi, wi” del anuncio del método ogino 2.0 de Clear Blue

Y, ojo, que no lo digo en plan, “dios, me quiero morir, ¡¡¡sácadme esto ya de una vez!!!!” (bueno, un poco sí), ni tampoco como “¡¡ohhh, como adoro ser mujer en estos momentos de realización personal y corporal y cómo estoy disfrutando con cada puñetera contracción!!”

No, no lo veo ni de una forma ni de la otra. Y conste que ver, lo que se dice ver, no es que vea mucho, salvo un tripón inmenso que me ha fagotizado como persona, como mujer trabajadora y como ente cotizador a la Seguridad Social. Tripón que se va adelantando cual señal luminosa con fanfarria incluida a mis pasos y que se ha convertido en mi tarjeta de presentación allá donde voy, ocasionando que esté donde esté, me conozcan o no, y me apetezca a mí o no, se hable, OBLIGATORIAMENTE, de lo siguiente:

– La altura relativa de mi tripa (está bajísima, vas a parir aquí mismo… Ah, pues yo te la veo muy alta, aún te queda, maja).

– De lo puntiagudo de mi tripacono, que indudablemente demuestra que es niño. La ciencia es lo que tiene…

– De si llevo dos o uno solo o un regimiento de infantería, JA.

– De si estoy mejor ahora o peor que cuando nazca. Desde un “te vas a enterar con dos” hasta un “te vas a morir con dos”, dentro de esa horquilla, lo que queráis.

– De que tengo la cara hinchada y los labios como dos cantimpalos.

– De que no la tengo hinchada en absoluto y estoy como una rosa de pitiminí (estos son los menos, que conste).

– De que he engordado mogollón y parezco un engendro marino en peligro de extinción por los millones de bolsas de basura que pueblan nuestros mares y de que no me voy a recuperar nunca, nunca, nunca…

– De que no he cogido nada más que tripa…

Para terminar hablando del parto/partos de las contertulias quienes, sí o SÍ, terminarán contándome si se les descolgaron los bajos al nacer su cuarta criatura, si los puntos se le infectaron hasta un tremendo reventón de pus sanguinolenta en medio de la boda de la cuñada, o de si la protagonista de la peli gore en cuestión casi se muere del dolor y cómo se rajó viva al expulsar a su primogénito de ocho kilazos sin anestesia y en plena calle porque no le dio tiempo a llegar a la maternidad. Chúpate esa.

Y todo ese caudal de información detallada y expresa sin yo abrir la boca ni decir esta tripa es mía. Ni un mísero “no sé quién … eres y no me interesa nada lo que me estás contando, chata, déjame arrastrarme en paz y llegar hasta mi orilla…”

Además de este ataque social sin miramientos, que también puede ser una reacción alérgica a la humanidad provocada por las hormonas, el surrealismo preparto se extiende a la vida en general, que se vuelve un completo desbarajuste berlanguiano en esta sociedad cada vez más inhóspita y más incómoda para el ser humano: Facebook ¡¡¡Facebook!!!! sale a bolsa y el tipo ese con cara de monguer se hace de oro cuando lo que está pidiendo a gritos es un par de puñetazos por cerebrito y por abusón; estamos a punto de la intervención y nacionalizan Bankia, pagamos nosotros la fiesta y encima los mismos seguimos poniendo el culo;  nos las dan con los recortes a troche y moche en todo lo público, lo gratuito, lo sensato y lo que es justo y lo poco que queda por recortar son mis ganas de parir, ganas que, en cuanto llegamos a Urgencias y me dispongo a que me exploren a ver si a la criatura le han venido ya las ganas de ver Top Gear o la quinta temporada de Mad Men, se quedan reducidas a un par de centímetros de dilatación  y a un condescendiente “anda, márchate a tu casa, bonita, que a éste aún le queda una buena temporada para saludarnos con la manita”.

Y es que el niño no quiere salir, amigos, ¡no quiere y punto! Y también os digo, que no me extraña nada… porque para salir y ver el panorama…

Lo mismo, me he llegado a plantear en un momento de reflexión floja propia de una servidora, estamos ante el primer caso de embarazo regresivo de la historia y salimos en el próximo número del National Geographic junto a las hormigas zombies y la tribu de pigmeos caníbales recién descubierta en plena selva brasileña. En un giro sorprendente de la evolución humana, tipo final de Lost con su tapón del lavabo existencial, visto lo negro que está el panorama, la naturaleza se defiende ante los ataques externos de banqueros sin escrúpulos, el deshielo de los polos y los jóvenes espantajos de los bolsos de Loewe, y  en cuanto llegamos a los nueve meses, a punto, a puntito de salir, plofff, nos volvemos para atrás y el cuerpo, que es muy sabio, reabsorbe al feto en un intento último de supervivencia extrema…

¿Veis como esto es totalmente surrealista? ¿Y alguien le extraña que esta criatura no quiera salir con una madre que empieza a pensar estas cosas? Si casi estoy yo también por hacerme un sitio en mi macrotripa y esconderme del mundo en un ejercicio de contorsionismo de los míos…

P.D: A “mis” bloggers del #15J, ¡sois unas campeonas! La estáis montando fina filipina y, a mi criatura no-nata pongo por testigo de que, aunque sea en forma de chapa o de holograma, ¡¡estaré con vosotras!!!

2011, un año accidentalmente extraño

Estas fechas están llenas de topicazos: hay que ver que rápido se me ha pasado el año, Tomás, que cada año somos más consumistas, ya sabes, lo importante es el detalle, los españoles nos gastaremos una media de 300 euros estas fiestas, en Barranquilla del Palomar han celebrado las 12 campanadas tres días antes, hoy los Reyes han sido una vez más las bicis y las videoconsolas, etc, etc, etc… y “asín y asín” hasta el infinito que nos llevará sin solución de continuidad a la cuesta de enero, la subida del gas y del metrobus (sí, señor Echevarría, eso sigue existiendo!) y a la cola del Inem…

Pues aquí otro tópico de los de manual: el repaso del año.

Y, amigos, este año ha sido cojonudamente extraño. De esos que estás ahí tomándote unas cañas un día con tus amigos, y dices, ya medio pedo: ¡joder, es que ese año fue cojonudamente extraño! Y nadie te entiende porque también van medio pedo pero les hace mogollón de gracia y se parten la caja contigo, o de tí…

Pero es que es verdad, que lo ha sido.

Terminó y empezó felicitando las fiestas como siempre de la forma más rápida y cibernética, como todo el mundo que no manda christmas, entre los que me encuentro desde hace años y es que, entre otras cosas, soy literalmente incapaz de guardar las direcciones de mis amigos y familiares en el mismo lugar cada año. Así que por no tener que preguntar las señas y reconocer mi absoluta falta de organización, pues lo voy dejando para días mejores y menos azarosos.

Me comprometí, en vano, he de aclarar, y en un alarde de pedantería intelectual que a veces me permito, a alcanzar los 50 libros en un año. Ja ja, ni de coña, amigos… Ya me hubiera gustado a mí alcanzar esa cifra, pero se me han complicado las cosillas un poco (no hay excusa que valga, pero si tengo que buscarlas tardo menos de un minuto, vamos…). Y creo que mejor no me pongo a reseñar los que me he leído, entre otras cosas porque no me los he apuntado, aunque dije que lo haría, y el tiempo empleado en hacer memoria me viene al pelo para otras miles de cosas más urgentes como conseguir emparejar los calcetines desertores de mi hija, que se empeñan en dispersarse por la casa tras la colada… Aunque, si tengo que elegir uno de todos los que recuerdo así a bote pronto a estas horas de la mañana, me quedo con Anatomía de un instante de Javier Cercas.

Entre despistes y olvidos, me he reencontrado con amistades muy queridas como la sublime Aroa, he añadido nombres guays a mi lista de gente preferida, he descubierto series de TV geniales como Portlandia o Rubicon, he entrado poco a poco y de manera subrepticia en el mundo de las madres y padres blogueros (que mira donde me iba a llevar…), me he ido poniendo motivos para empezar el día al llegar a una oficina donde la cosa se iba poniendo chunga por momentos, he emprendido mi cruzada personal contra los Cantajuego y sus perversos efectos irreversibles en algún bucle blandito de nuestro cerebro y del de nuestras criaturas, allá por la zona derecha, girando la segunda a mano izquierda (sin acritud, eh?), me he metido en berenjenales muy divertidos y surrealistas, de esos que estás ahí toda empantanada y piensas: dios, pero qué estoy haciendo? y he plantado mi bandera en la puerta del gimnasio, porque no, ¡no voy a volver en una buena temporada!

Además, he alucinado con momentos históricos como el del 15M y sus consecuencias, me he enfrascado yo solita y bajo mi cuenta en riesgo en debates finos filipinos como el momentazo Sora, me han conquistado los modelitos noñoños y sus dueños más aún, he flipado con también momentos históricos y trascendentales en mi vida como el viaje a Israel, y he asistido a algo tan histórico y surrealista a lo chiste malo como un despido sin haber casi soltado la maleta…(algo casi irrelevante, en un momento como éste, en el que soy simplemente una más de los casi cinco milloncejos de españolitos que hacen cola en estos sitios tan agradables, las oficinas del Inem)…

Ha sido un año cojonudamente extraño. Un año de meteduras de pata estruendosas y aciertos de duración indeterminada. Un año de hostiones con la mano vuelta, de crisis, paro, de qué hago ahora con mi vida, de qué hago en Madrid con la Botella de alcaldesa y la Aguirre de presi, por no hablar del panorama nacional…, de qué hago en este barrio donde las cagadas de perro que hay en la calle son del tamaño XL-caballuno por lo menos y a los que mi criatura ya ha puesto hasta nombres de pila de la familiaridad que les está cogiendo (a las cagadas, a las gitanas en zapatillas de estar por casa y a los yonquis varios en chándal). Un año donde tiraría muchas cosas y a muchos a la basura, sin reparos ni mirar si va en la bolsa amarilla o en la negra…

Pero, también, el año de la preñez, el de los proyectos sin fin, el de hacerle un corte de manga al sistema y el de liarme la manta zamorana a la cabeza (gracias a mi santo por aguantarme, mérito tiene, sin duda…).

Un año extraño, raruno, fuerte pero sin destilar, como esos vinos peleones que te dejan dolor de cabeza al día siguiente, y que ya se acaba, calendario y paracetamol mediante.

Y no sé por qué, será el instinto “preñil” o ver el panorama que tenemos montado (y alguna vez que otra y de pasada, algún programa de Telemadrid), pero me da a mí que el que viene va a ser también de los de “agárrate, María, que esto es como el final de Lost…”. Una fiesta.

En resumen, que el 2012 y el fin del mundo nos pille con las bragas puestas (y limpias) y sed muy felices, amigos.

La guerra de los egos disfrazados

Lo que aquí os desvelo, amigos, además de ser verídico a más no poder, encierra una crueldad infinita que sólo los que estamos aquí, empantanados, en medio de esta guerra absurda, podemos apreciar y que plasman de una manera magistral los amigos de Noñoño en este post llamado No compitas, que os recomiendo encarecidamente para entender en su completa magnitud.

El primer año de vida maternal, como una servidora estaba en la parra (ahora también, que conste, pero los daños y perjuicios me han hecho más resabiada) cuando llegaron las fechas navideñas en la guarde me comentaron eso de: “Mami (como no se pueden saber los nombres de todos nosotros, el mami les viene siempre estupendamente), tienes que traer a la niña disfrazada de pez. Nada complicado, le pones una escamas de tela a una camiseta azul y ya está… ¡No te compliques!“.

Vale, pues según oí el ¡No te compliques! pensé que era sincero (ERROR!)  y tal cual, el día anterior a la fiesta, le cosí a la camiseta de rigor en cinco minutejos, y sin mucha gracia, la verdad, algo parecido a unas escamas de tela de colores que me dio mi suegra y que al principio me parecieron maravillosos.

Pero claro, al llegar a la guardería y sentar a mi criatura marina junto a sus amigos, las lindas escamitas de manufactura “self-made” se convirtieron en unos espantosos colgajillos deshilachados que iban perdiendo tela y sustancia a su paso, que ni flotaban ni nada y que resultaban especialmente patéticas al lado de los maravillosos trajes de besugos y peces espada de gomaespuma de los demás mini-críos.

Aquel fue el primer impacto para mi poco curtido ego maternal. “¡Mala madre, mala madreeeeeeeeeeee! ¡Pero mira cómo llevas a la niña, por dios! ¡Si parece un espantapájaros en vez de un pez!” Oía yo en mi cabeza insistentemente mientras hacía que me divertía viendo aquel desfile del carnaval de Las Palmas: pulpos rosados con todos sus tentáculos, estrellas de mar a las que no faltaba ni una patita gomaespumada, o incluso caracolas de color marfil con cangrejitos incluidos en el pack, vamos, una pesadilla. Y yo, con lágrimas a punto de resbalar por mis mejillas de tez “adolescentoide” miraba a mi pequeña, embutida cual choricillo recién empaquetado, en sus mallas y camiseta azules de la Cadena Q, muy barata oigan, y aquellos pegotes colgantes, ella tan feliz, y que le importaba todo un comino y medio porque su único afán era llevarse a la boca uno de esos colgajos y llenarlo de babas espumosas. Lo típico de esa edad, vamos…

Total, que tras una hora de tortura china, salí de aquella fiesta odiando más a la humanidad y preguntándome qué demonios era aquello. ¿Una trampa? ¿Una prueba para madres modernas que además de ser supermajas también deben saber hacer un traje de pez que ni comprado en el Corte Inglés? O mejor, ¿un concurso para demostrar las habilidades de corte y confección de las abuelas? ¿Ehhhhhhh? Que esa es otra, que habría que demostrar ahí quien se encarga de los trajes y tener un sello de autenticidad, tipo: “Vale, es feo, pero me lo ha hecho mi madre, y no mi tía Puri!”. Amigos, amigas madres, yo os pregunto desde lo más hondo de mi corazón y casi con las vísceras en la mano: si os dicen que nada complicado, ¿por qué demonios no les hacéis caso? ¿Qué hay que demostrar, quién tiene la suegra que mejor cose?

Y así, con esta indignación, esta duda, esta incomprensión mezclada con frustración he ido pasando los años hasta llegar al tercer año de guardería. Con menos tiempo, menos ganas de complicarme y menos idea de qué demonios hacer que nunca. Y de nuevo: “Uy, nada, nada, mamis, no os compliquéis, les ponéis unas mallas y una camiseta de colores y ya está! Si para ir de elfo no hace falta nada más…” ¡JA! ¡JAAAAAA! Que el día que lo vi ahí en la circular, y apuntado en su cartulina de colores brillantes, me dije: este es mi año, no hay que currar. Guay, porque voy de culo… Y tan feliz… Pero no. Debe ser que el resto de padres leen otras circulares, o hablan con otras profesoras distintas a las mías… O mejor, ¡que se pasan por el forro lo que les dicen! Porque ya han llegado a mis oídos rumores de ciertas madres insurgentes que andan anunciando la complejidad digna de un máster o de un módulo en el FP del disfraz de elfo de sus criaturas. Y ya la tenemos montada…

El año pasado, en el que las criaturas tenían que ir de estrellas (¡no os compliquéis, mamis!), la superamiga Violeta y yo, envalentonadas por el fracaso estrepitoso de nuestros respectivos atuendos de piscifactoría (vamos, este año no volvemos a hacer el ridículo por nuestros santos…!) nos animamos a manufacturar con destreza y cogimos con ahínco nuestra Singer y una tela brillante muy apañada. Y tampoco fue tan mal. Aunque he de decir que al menos mi estrella fue más un tomate espachurrado que un astro fulgurante. Pero ¿sabéis qué? ¡Que me dio igual! Que fuimos tan contentos con nuestro intento casero de ser buenos padres manitas, que no damos para todo y que, no, no hacemos los mejores disfraces del mundo, pero hacemos una imitación del mono capuchino que tira “p’atrás”, oye…

Que nooooooo, que me niego a competir,  ¡que no me da la vida, por dios! ¡Que no voy a entrar en el “y tu madre más”! (O solo un poco…) Que se empieza en el primer año de guardería y se acaba con el concurso de Cono de construcción de volcanes, ocho noches sin dormir, y movilizando a toda la familia para que el puñetero volcán eche lava de verdad ¡¡¡¡¡¡Pasoooooooooooo!!!!!!

Esta vez mi criatura seguirá asistiendo en plan precario-malamadre-nomedaeltiempoparamás: un elfo en paro y venido a menos al que le seguirá importando un pito el disfraz de su compañero siempre que haya patatas fritas para deglutir masivamente. Mientras, como familia unida de clase media y poco talento como diseñadores de moda, asistiremos a la pasarela Cibeles de elfos y demás seres encantados del bosque, voladores, del mar, de montaña, de temporada primaveral, con orejas punzantes, y hasta habrá algún padre que aparezca vestido de orco (que eso ya es por joder, vamos, porque tengo yo la vida como para buscarme también el disfraz a juego con la niña… ¡Anda ya!)

Amigos, amigas, seres que tenéis criaturas y no tenéis más huevos que disfrazarles…¡Que no os compliquéis…!

Soraya, nena, la que has montado…

Amiga, Soraya, mira tú que no pensaba traerte de paseo por estos lodos, que no soy yo mucho de celebrar resultados ya sabidos desde hace meses. Pero claro, con titulares así, “Soraya Sáenz… ¿un ejemplo de conciliación?“, o “Soraya Sáenz de Santamaría no es el ejemplo a seguir por la mujer española“, etc,  y el revuelo que ha causado el hecho de que no te vayas a coger la baja de maternidad, pues, claro, tenía que sacarte de tus fiestas oeeee, oe, oe, oe, oeee y el “que salte Mariano, que salte Mariano” y darle aquí un poco al debate encendido y trascendental.

Porque, qué quieres que te diga, Sora (¿puedo llamarte Sora?), que a mí que te presentes en el balcón con tu jefe a las tantas de la noche para bailar los greatest hits de Carlinhos Brown, pues como que me da igual. Ya imagino que a tu criatura la habrás dejado alimentada, arropada y a buen recaudo (y con su matrícula para el Liceo Francés ya hecha, ¿eh Sora?). Y que si decides encargarte de eso tan peliagudo, que ni lanzar el Anillo al Monte del Destino, a lo que han llamado el traspaso de poderes (ejem, poco queda para traspasar, amigos, está todo hipotecado…) pues que digo que yo que mientras no me traigas a mí a tu pequeño para que lo cuide, pues que (finamente) me da bastante igual lo que hagas o dejes de hacer.

La que has liado, mari. La muchachada está muy indignada contigo, ni que hubieras dejado al pequeño abandonado frente a Ferraz, porque se dice que no concilias y que eres un ejemplo pésimo para la sociedad, in general. Que acabas de tener a tu hijo, congratulations y enhorabuena a todos los premiados, y que ya estás al pie del cañón, al lado de Mariano, el boss, y preparando el desembarco del PP en los devastados puertos de éste, nuestro país. Que estás haciendo muy, pero que muy requetemal por no quedarte en casita, con tu hijo, y que así no hay dios que concilie en este país, si una figura política de esta altura (jejeje, pillas el chiste?, es muy malo, perdona) decide, supongo yo que libremente, irse al tajo nada más dar a luz. Con lo bien que os lo estáis pasando… Si es que hasta yo lo entiendo… (aquí se oye el rechinar de dientes. Ya pasó…).

Amiga Sora, ya que te tengo aquí te diré que este debate encendido que encuentro en el Twitter y alrededores me hace plantearme varias reflexiones, flojas, como siempre, y como imaginas te las voy a soltar:

The first one: ¿estaríamos discutiendo sobre tus bondades como progenitora si en vez de madre fueras padre? Yo creo que no, pero a lo mejor me equivoco de país… En cualquier caso, no recuerdo haber asistido a tal indignación porque un político recién “parido” haya acudido a su puesto de trabajo al día siguiente del parto. Claro, que los puntos no los lleva él, o al menos que sepamos, pero vamos, el hijo es suyo igualmente, ¿no? Bueno, se puede suponer que sí, pero el debate, en cualquier caso y que yo sepa (si alguien conoce algún precedente que lo traiga, plis), no existe.

The second one: me parece a mí que has tenido opción de elegir (si es que no, y estás amenazada pestañea dos veces si es que no, y una vez si es que sí,  y tres veces si no has entendido la pregunta). Que resulta que lo bueno de todo esto, creo yo, que es PODER ELEGIR y que si a ti, chata, lo que te apetece es tirarte al monte, carpeta en mano, tacón, traje sastre y mucho rímel en las pestañas, pues quién soy yo para criticarte… Si lo más probable, además, es que después de tanto revuelo, mientras las currelas de turno nos desgañitamos reivindicando la bendita conciliación, tú pasarás con tu niño muchas más horas y muchos menos aprietos y carreras de las que muchas con jornada reducida hemos tenido que sufrir en nuestras carnes libres de estrías (litros de trofolastín mediante). Vamos, que la que tiene recursos, tiene recursos y las que vamos al Ahorra Más, vamos con la bolsa de plástico en el bolso. Y ya está, nenas, lo demás son tonterías (o nonsenses, para los bilingües).

Que, the third and the last one, para mí lo importante de la conciliación no es que tú decidas no quedarte con tu hijo nada más dar a luz. Que hayas preferido no tener baja es una decisión personal e intransferible que, evidentemente y afortunadamente para el resto de los niños, no es la norma, ni la ley (ojito con recortar la baja, Sora, que de tanto apurar nos están saliendo calvas), pero que afortunadamente para la mujer que lo desea, para ti, tienes la oportunidad de elegir.

Para mí conciliar no es anteponer maternidad a profesión, independientemente de que, si por mí fuera, la baja maternal pagada debería ser de un año, entero y verdadero. Para mí lo importante, lo esencial y por lo que lucho con cuchillo entre los dientes es para que exista flexibilidad real a la hora de combinar de una forma natural y sensata la crianza con el desempeño de una labor profesional si eso es lo que se quiere (ojo, que hay quien está muy contento con sus nueve horas de oficina para llegar y acostar a los niños). Así que, para mí, conciliar es tener opciones. Es no tener que sacrificar tu carrera para poder criar a tus criaturas o viceversa, si eso no es lo que quieres. Que si quieres medrar en tu carrera, ancha es Castilla. Que si quieres medrar como ama de casa, pues tan ricamente. Pero a ese tercer sector, esa tercera rueda a la que nos interesan ambas cosas (que es que lo queremos todo! brujas!), pues que no seamos una excepción sino simplemente otro camino.

Uy, que serio me ha quedado, Sora, que el tono doctrinario se me pega de estar contigo, maja. Que sí, que sí, que ahora hablamos de lo de la cuarentena, que sí, que sigue existiendo a pesar del iPhone. Increíble, ¿verdad?

(Por cierto, que ya que estáis por aquí y el tema pega, que si os apetece os marcáis esta encuesta sobre conciliación, ¿vale, majos? Un placer. A los pies de sus señoras y sus santos).