Amor de hermanos

Desde que nació, le ha empujado, tirado cojines, lanzado objetos duros y contundentes a discreción, pegado puntapies y porrazos varios.

Ha dicho que no le quería.

Ha pedido que le devolviéramos al hospital unas cuantas veces.

Nos ha recordado que ella es la primera, la mayor y que por tanto le corresponde más cariño, más besos y más chuches.

Le ha quitado los juguetes de las manos aunque no pensara jugar con ellos, tan solo porque él no los tuviera.

Se ha chivado todas las veces y más de que ha pintado en el suelo con sus pinturas.

Le ha mordido un par de veces.

Le ha despertado de las siestas.

Se ha reído de él cuando se ha caído.

Entre otras lindezas…

Pero esta mañana, me ha preguntado por qué el pequeño nos quería más a mamá y a papá que a ella.

Y luego ha pasado esto…

No creo que cambie mucho la historia de un día para otro. Pero oye, por algo se empieza…

Foto: con lágrimas en los ojos, y con la Nikon 1 J2.

¡Padres no, gracias!

Soy novata en lo de los cumples infantiles masivos. Los de mis hijos han sido siempre en la intimidad de familia y amigos, al calor de una buena barbacoa y un montón de latas de Mahou, vamos, lo típico. Lo más alejado posible de cumpleaños temáticos o medianamente refinados. Y sé que este es un tema peliagudo, no es que me parezcan mal, para nada, es que sencillamente no valgo para ese tipo de despliegues, al menos por ahora. Lo mismo en un tiempo me entra el espíritu de Martha Stewart, me convierto al scrapbooking y el washitapismo y hago cosas cuquis hasta decorando las tostadas del desayuno de mis hijos…

Pero bueno, dejando de lado mis incapacidades manifiestas con el DIY, el tema cumpleaños tampoco es mi fuerte. Ni el de mi hija, porque, por suerte, creo yo, la mayoría de los cumpleaños a los que le habían invitado hasta ahora habían sido todos de amigos nuestros, con lo cual entraban dentro del terreno conocido, “useasé”, fiesta de toda la vida, más o menos decorada (madre mía, que os esforzáis muchísimo y los invitados nos vamos deprimidos a casa pensando en cómo tendremos que hacerlo nosotros cuando nos toque para estar a la altura…), y oye, pues pasas una tarde agradable mientras los críos corren entre las piernas y se ponen gochos de tarta y gusanitos, sean estos temáticos o no, que al final eso es lo de menos.

Pero, hete aquí que ahora nos hemos encontrado de bruces con una nueva y chocante realidad: ¡¡¡las fiestas de cumpleaños SIN PADRES!!!

Aún estoy en shock, perdónenme, porque debe ser la mar de normal dejar a la criatura en un recinto cerrado con doce críos más, y digo críos de cuatro años, ¡no de ocho o nueve!, pero a mí se quedé cara de qué me he perdido, mientras el resto me miraba divertido, siempre tiene que haber una novata en los cumpleaños sin padres.

Y ante mi estupor, sí, depositabas a tu criatura, con su regalo para el homenajeado bajo el brazo, como quien deja el abrigo en el ropero, aunque no me dieron ficha, y despachada para dos horas después, tan alegremente. Y hala, puerta cerrada.

Yo que, pese a apetecerme cero el momento social, ya iba preparada para confraternizar con el resto de padres del cole, a los que conozco de refilón en mi sprint para recoger a la criatura, o poner por fin cara y nombre a los compañeros de mi criatura, que me hago un lío con las niñas rubias que no veas… Pues no, mi gozo en un pozo. Los padres no estaban permitidos y mi otra criatura y yo nos fuimos, castigados y sin tarta, a hacer tiempo mientras esperábamos a que saliera la, de repente, niña emancipada.

Y como resultado de la expulsión paternal, esto es lo que vimos durante casi dos horas para deleite del pequeño. A mí aún me dura el tic en el ojo. En serio.

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Los niños estaban como hipnotizados! Foto Nikon 1 J2 modo automático
Pingüinos navideños
Y aquí los culpables de la hipnosis. No descarto un lenguaje secreto… Foto Nikon 1 J2 modo creativo selección de color

 

Y aquí los podéis ver en acción (vídeo tomado con la Nikon 1 J2):

Después de esto, una y otra vez, y otra vez, y otra vez más, toco recoger a la criatura que salió más pintada que una puerta, con los morros de rojo, los ojos con algo azul en los párpados y una corona pintada en la frente que doy fe que tardó muchísimo en salir en la bañera. ¿Se lo pasó bien? Pues supongo que sí, pero yo me quedé frustrada y hoy he soñado con que una horda de pingüinos asesinos invadía mi mansión y me perseguían cantando villancicos hasta que yo perecía entre terribles sufrimientos.

Ay, dios, qué duro es esto de la crianza…

Vacaciones de verano: ¿copazo o prozac?

Malabarismos vacacionales
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Tener criaturas te cambia para bien o para mal. Todo. Desde el ancho de los tobillos, pasando por la talla de sujetador, hasta tus más arraigadas costumbres, como esa en la que dormías ocho horas, por decir algo, vamos, no por nada en especial

Y si hay algo que cambia, no, corrijo, que aniquila a lo que antes sucedía para convertirlo en otra cosa totalmente distinta, ese algo son LAS VACACIONES.

Y es que ahora, dejando de lado el tema presupuestario, que también, la verdadera y genuina duda en el asunto vacacional no es si playa o montaña, no. Ahora la cuestión fundamental pasa a ser…¿copazo o prozac?

Amigos, las vacaciones ahora son una caca.

Y no es que me queje por tenerlas, al contrario, vamos, con lo que cuesta hoy en días llegar hasta ellas, me salvan la vida, me oxigenan, me devuelven la poca cordura que puede contener mi cabeza… Vamos, que yo feliz y ojalá pudiera disfrutarlas más tiempo.

Pero oigan, ¡que esto no son vacaciones! Vacaciones eras esas en las que metías unas bragas en la bolsa, el bikini, un vestido ajustadico, los libros del verano (ohhhh, sí, entonces leía!) y cuatro cosas más y te largabas a la aventura, a la buena vida, a las comilonas en un chiringuito y a un siestón de cuidado, o a lo que cayese con la pareja… Esos días despreocupados en los que no viajabas siempre con la impresión de haber olvidado algo aún llevando el coche más cargado que los de “malacatones” robados de mi barrio. En los que, cuando éramos dos, nos daba igual el plan porque hiciéramos lo que hiciéramos íbamos a estar tan pichis… En los que te dabas el lujo de darte un paseo por la playa sin preocuparte de a tus criaturas les daba el sol demasiado en las orejas, de si se comían la arena con fruición, o de si se extraviaban entre la marabunta playera… En los que simplemente, te relajabas. Sin más. Ni menos…

Esto es otra cosa… Y no, no me vale la alegría inconmesurable de verles por las mañanas, por las tardes y por las noches. Son mis retoños y les quiero todo el año. Pero ¿dónde han quedado esos días de relax prometidos, esperados, soñados….? ¿Acaso los padres del mundo, con tiernas criaturas babeantes no nos merecemos un descanso? Y por qué, si esto va a ser así, ¿no me desgravan en Hacienda?? No sé, más de uno nos lo tomaríamos de otra forma si así fuera. Al menos, nuestro quiero y no puedo vacacional sería menos frustrante…

Puede que el truco para no frustrarse, tanto, sea darse cuenta de que ya no son MIS vacaciones, igual que ya no tengo MI baño para mí sola, o que ya ni siquiera soy yo misma para muchos, sino la madre de… ¿Será que ahora son las vacaciones DE MIS HIJOS y hasta que no lleguen a la pre-adolescencia y prefieran ponerse los cascos para escuchar música mientras cenamos antes que hablar con sus padres y prefieran irse de campamento con sus colegas no volveré a tener a vacaciones para Mí otra vez? ¿Es eso? ¿O será que no deberían llamarse vacaciones sino meses-en-los-que-tus-hijos-se-lo-pasan-pipa-y-rellenan-las-primeras-hojas-de-sus-cuadernillos-de Vacaciones-Santillana-mientras-tú-lloras-por-las-esquinas-y-te-das-a-la- bebida?

Me dirán que exagero. Tal vez sí.

Pues ya se lo contaré…

Mi vida sin dormir en mí

OrcoNo duermo mucho últimamente. Lo confieso. Y poco a poco, día a día, y noche a noche, eso me está convirtiendo en un monstruo.  Pero no uno de esos trolls que salían en David el gnomo, de esos a los que se les caía el moco y daban menos miedo que el perrete del papel higiénico. No, que va… Tras varias semanas encadenando despertares varios, toses, lloros, cabezazos a lo Zidane y demás encantadoras anécdotas nocturnas, yo sería como una criatura diabólica del ejército de Sauron, uno de esos trolls con la nariz ganchuda y los ojos inyectados en sangre, y asquerosito a más no poder. Y con la voz muy aguda, así como de chillar mucho cuando llamas al Jonathan por la ventana para que coja a su hermana la Jenni y se vayan los dos a por el pan al chino (que es muy de aquí, muy de Mordor, ya saben…)

Vamos, que estoy hecha una piltrafilla y eso afecta al humor. Y al cutis, dicen. El cutis, jeje, que yo ya ni sé en qué capa se me ha quedado a mí el cutis debajo de todas las capas de antiojeras e hidratantes que me echo por las mañanas para intentar recomponerme un poco de la batalla. Espeleología tengo que hacer yo ya para encontrarme el cutis, señores…

Y es que lo de dormir poco debería ser considerado un motivo de baja laboral, una enfermedad de las de al menos tres días, de las de quedarte bajo el edredón y mandar a los niños a irse ellos solos al colegio ( y a la guardería también, que se vaya espabilando, que ya va a cumplir un año ¡hombre ya!). Una enfermedad de las de aislamiento preventivo bajo riesgo de contagio de la mala leche que se te pone. Una enfermedad de las de buscar en Internet los efectos secundarios y tras ver las horribles fotos de algunos que han pasado por eso, cerrar el ordenador prometiéndote no volver a hacerlo nunca. Una de esas enfermedades…

Básicamente porque, lo que en otras circunstancias y bajo la luz de unas ocho horas pegando la orejilla, podría ser visto como una minucia, una tontada, una espinilla en una frente adolescentoide, cuando tienes más ojeras que la Esteban y casi su misma expresión facial, se podría decir tranquilamente que todo te parece una patata (por no decir mierda, que luego me dicen que abuso de los tacos, es lo que tiene no dormir…) y que probablemente sería la explicación para cosas como  la extinción de los dinosaurios (¿lo del meteorito? una cortina de humo), la bomba de Hiroshima (una noche mala para el que apretó el botoncito) o la subida del IVA y la ley Wert y los recortes en la Sanidad y la Educación, y la excarcelación de Blesa, y los indultos de Gallardón, y todo el gobierno de Rajoy en pleno… Vamos, que como decía, no dormir bien puede traer consecuencias funestas.

No duermo mucho y no hay siestas en mi horizonte. Ni fines de semana en los que los niños cambien milagrosamente su reloj interno, que debe ser suizo el puñetero… Allí a lo lejos vislumbro unas vacaciones en las que sí, al menos aspiro a desconectarme del mundo y no tener que fingir que soy humana cuando en realidad soy un despojillo con patas.

Porque a que el niño me deje dormir no aspiro por ahora. Y como me cruce un hobbit… no les digo lo que le hago…

De restauraciones y otras locuras materno-empresariales

Resulta que un día tienes que salir de casa para hacer negocios. Lo que viene siendo hacer “el business”: rebuscas entre la ropa de premamá y la de lactancia algo sin manchas y medianamente planchado, rescatas unas medias sin carreras del cajón de ese mix que tienes de leotardospeloteros-mediaspeloteras-calcetinespeloteros, y practicas arqueología entre los zapatos planos y llenos de arena del parque para encontrar algo digno y taconero. Desde que tu criatura te ha pedido, por favor que te pongas tacones porque le gustas más (…), estás asimilando que tal vez, solo tal vez, tu hija quiera una madre más alta y arreglada a la par que sencilla… y que la que tiene no le mola… que tal vez tengas que empollarte algún catálogo de moda invierno del Vogue o hablar pronunciando algo más la s, ¿sabessss? (ese pensamiento te dura lo que aguantan sus muñecos ordenados en su cesta, porque en cuanto ves de lo que es capaz la bestia parda te sale el chuki que llevas dentro y sacas la madre bajita, de zapato plano y chillona que llevas dentro y te importa un pito lo que te pida por favor con tal de que ordene su cuarto y deje de hacerle llaves de pressing al hermano).

Pero hoy tienes que salir a businessear y hacer algo de provecho (ejem) así que toca hacer el esfuerzo e intentar recomponer todas las mujeres que llevas dentro para ponerte cara de moderna y talentosa, escondiendo por un rato la maruja ojerosa que grita a su hija que se coma el pollo, que trabaja en pijama como una loca a las seis de la mañana con listas de la compra junto al flujo de contenidos de la semana y que no tiene ni idea de cómo enfrentarse al mundo de los negocios… A lo mejor tienes que evolucionar y de una Pokemon tipo ama de casa pasas a ser a una de tipo empresaria exitosa a base de ganar batallitas a mujeres delgadísimas y elegantísimas en traje con BlackBerry y maletín de Armani…  Las ganarías a bolsazos, eso no lo dudes…

Así que buscando un milagro te pones frente al espejo y tras el susto y arcadas iniciales, te secas los lagrimones, te juras que nunca más, que a partir de ahora te pondrás todos los potingues esos que atiborran el armarito (copando las baldas correspondientes al santo) y que te echarás escrupulosamente el contorno de ojos como si en ello te fuera la vida para no convertirte en la gemela de Soraya Saez de Santamaría cuando se enfada. Apretujas con fruición los cuatro pelos escamosos que te quedan tras el embarazo+parto+tirones del pequeño, cubres con espátula y mortero las ojeras cronificadas y bolsas colganderas y, en definitiva, restauras con prisas, y como puedes, para no ser el maquillador gordaco de los anuncios de Max Factor, el Ecce homo borjiano en que te has convertido tras todos estos meses de estar escondida en esa cueva de perdición llamada “trabajo en casa“.

Y bueno, has hecho lo que has podido. Y llegas tarde, por supuesto. Así que corres pasillo arriba pasillo abajo por tu mansión, cogiendo el iPad, el smartphone, las tarjetas de visitas, un boli por si no funciona el iPad o el smartphone, las llaves del coche, las del garaje, las de la casita de Mickey Mouse… Todo lo que una mujer de negocios actual necesita, y eso sí, sin mirar atrás, porque la casa te está llamando a gritos “desgraciada”…  Pero noooooo, espera, ¡¡¡te falta algo!!! Llenas la bolsa de pañales para un regimiento, ropa de cambio para tres estaciones distintas (¿alguien sabe qué temperatura hace en el Ifema?), discos de lactancia y demás complementos diminutos y empaquetas al bebé, tu socio más entregado y fiel escudero, en el coche mientras sudas la gota gorda intentando que el capazo quepa con la bici de la niña, los ruedines, la cuna de viaje y el colchón… Y tras hacer el Tetris en tu maletero y darle gracias a dios por haber hecho el coche más grande del mundo ¡¡ya estás lista para comerte el mundo!!

Hete aquí que, mientras recorres como una loca (tómese esto como una exageración, of course) la M30 porque sí, llegas muy tarde, reflexionas (a tu manera, es decir, muy floja) sobre como montar un negocio propio es una locura casi tan grande como tener un bebé. Casi están al mismo nivel, te dices. Aunque al negocio le puedes mandar a la mierda en un momento dado, mientras que al retoño lo máximo donde le puedes mandar es al Hermano mayor a que lo amaestren y deje de romper puertas con los puños o a un internado en Suiza si es que te dan las perras.

Ahora bien, cuando se unen ambas cosas, tener niños pequeños en la chepa y teta, a veces simultáneamente, y poner en marcha un negocio, ambas tareas ya de por sí, estresantes, demandantes y altamente explosivas, te das cuenta de la mezcla…

Demonios, ¿¿¿¿qué es lo que va a salir de ahí???

Sobreviviendo al verano

Contracturada como nunca y con más canas en mi cuenta personal vuelvo de nuevo al blog, echando cuentas y haciendo encaje de bolillos en mi agenda para encontrar horas para terminar el máster, para currar como una loca y sacar para adelante Madresfera, que va tomando forma de negocio, minutillos libres para pasar por un fisio que me devuelva la movilidad de la parte superior del tronco, sentarme en el sillón de la pelu a pesar del 21% para que me devuelvan la apariencia de mujer-hace-tiempo-presentable, llamar a unas cuantas empresas para que me devuelvan pasta por cosas que tenía que haber reclamado hace tiempo pero que no he hecho porque se me acumulan los “debos”…

Y es que éste, amigos, ha sido un verano épico. Pero épico por lo de las batallas sangrientas y los caídos en combate. Tras días extenuantes que me han puesto a prueba hasta decir basta cada noche me acostaba con la lagrimita colgando de la pestaña y marcando con la uñica una raya en la pared de la alcoba para tachar un día más, un día menos para volver, un día menos para soltar al sistema público a esta bestia parda en la que se ha convertido mi adorable hija mayor y que me ha provocado más luxaciones y contracturas en dos meses que alguna clase infructuosa de body-stretching por la que he pasado.

Así que me he convertido en un ser paliducho y ojeroso, de carácter agrio y gritón a más no poder mientras corría desaforada tras la criatura por la piscina y alrededores, con la teta fuera y un lactante-ventosa que se agarraba a mí a lo koala sin pelo, el pobre.

Y todo porque la susodicha bestia parda ha decidido que el verano, a sus tres años, era el mejor momento para eso tan traído de afianzar su personalidad frente al hermano y frente al mundo con toda clase de desmanes y comportamientos rozando la delincuencia, convirtiéndome a mí en un manual de todas las conductas maternales reprobables que la Supernanny anotaría en su libretita, con su chaquetita sobre el brazo, mirando de reojillo a la cámara como diciendo: ojo, ojo, vaya mierda de madre tenemos aquí, y que luego me explicaría con ese tono irritablemente calmado y sosegado en la mesa del salón con su mini-ordenador de chichinabo. Vamos, me encuentro yo a la tal Rocío y una de dos: o me la como con furia incontenible, o bien la pongo un piso en Serrano para que me cuide a los dos durante un día para que yo me pueda ir a un balneario con el Imserso o a vegetar a Benidorm.

Debo haberlo hecho fatal, imagino. Pero bueno, al menos hemos sobrevivido. Los tres. Y eso que el pequeño ha sufrido en sus prietas carnes toda clase de ataques en forma de lanzamiento de palas de piscina directas a su cabezón calvo, de llaves de lucha canaria con la hermana encima suya a la que te dabas la vuelta, introducción violenta de chupete por algún orificio disponible, untamiento de cremas solares e introducción violenta por algún orificio disponible, sesión de gritos de “hermanitoooooo” a 300 decibelios justo a la altura de su nariz, y meneo compulsivo y frenético de la hamaca a lo atracción de feria sin medidas de seguridad mientras el pequeño saltaba cual poseído por el demonio llorando en arameo.

Nos lo hemos pasado genial, amigos.

Pero ahora que he vuelto beso el suelo de mi calle, a mis vecinas “lolailo” en bata y pantuflas y moño a lo Winehouse que van al Ahorramás con los niños en pijama, a los toxicómanos que me saludan con su entrañable sonrisa sin dientes en la esquina, a los perracos que cagan en la puerta de mi casa y a los dueños, despistadillos ellos, que no lo recogen…

Ya estamos de vuelta. Ellos sanos y a salvo. Yo, dando gracias por el ibuprofeno.

Esa “dulce” espera… ¡y una leche!

Hermanos, amigos, pródromos del parto varios e irregulares, muchos ya lo sabréis por experiencia, pero hoy tengo que afirmar que los días previos a dar a luz son, sin duda, una de las experiencias más surrealistas que la mujer se pueda echar encima…

Más que ver a Mario Vaquerizo ponerse las bragas de su mujer y luego afirmarse como un hetero muy macho. Más que el anuncio de los cristales gratuitos de VisionLab. Más, si es que eso es posible, que el “wi, wi” del anuncio del método ogino 2.0 de Clear Blue

Y, ojo, que no lo digo en plan, “dios, me quiero morir, ¡¡¡sácadme esto ya de una vez!!!!” (bueno, un poco sí), ni tampoco como “¡¡ohhh, como adoro ser mujer en estos momentos de realización personal y corporal y cómo estoy disfrutando con cada puñetera contracción!!”

No, no lo veo ni de una forma ni de la otra. Y conste que ver, lo que se dice ver, no es que vea mucho, salvo un tripón inmenso que me ha fagotizado como persona, como mujer trabajadora y como ente cotizador a la Seguridad Social. Tripón que se va adelantando cual señal luminosa con fanfarria incluida a mis pasos y que se ha convertido en mi tarjeta de presentación allá donde voy, ocasionando que esté donde esté, me conozcan o no, y me apetezca a mí o no, se hable, OBLIGATORIAMENTE, de lo siguiente:

– La altura relativa de mi tripa (está bajísima, vas a parir aquí mismo… Ah, pues yo te la veo muy alta, aún te queda, maja).

– De lo puntiagudo de mi tripacono, que indudablemente demuestra que es niño. La ciencia es lo que tiene…

– De si llevo dos o uno solo o un regimiento de infantería, JA.

– De si estoy mejor ahora o peor que cuando nazca. Desde un “te vas a enterar con dos” hasta un “te vas a morir con dos”, dentro de esa horquilla, lo que queráis.

– De que tengo la cara hinchada y los labios como dos cantimpalos.

– De que no la tengo hinchada en absoluto y estoy como una rosa de pitiminí (estos son los menos, que conste).

– De que he engordado mogollón y parezco un engendro marino en peligro de extinción por los millones de bolsas de basura que pueblan nuestros mares y de que no me voy a recuperar nunca, nunca, nunca…

– De que no he cogido nada más que tripa…

Para terminar hablando del parto/partos de las contertulias quienes, sí o SÍ, terminarán contándome si se les descolgaron los bajos al nacer su cuarta criatura, si los puntos se le infectaron hasta un tremendo reventón de pus sanguinolenta en medio de la boda de la cuñada, o de si la protagonista de la peli gore en cuestión casi se muere del dolor y cómo se rajó viva al expulsar a su primogénito de ocho kilazos sin anestesia y en plena calle porque no le dio tiempo a llegar a la maternidad. Chúpate esa.

Y todo ese caudal de información detallada y expresa sin yo abrir la boca ni decir esta tripa es mía. Ni un mísero “no sé quién … eres y no me interesa nada lo que me estás contando, chata, déjame arrastrarme en paz y llegar hasta mi orilla…”

Además de este ataque social sin miramientos, que también puede ser una reacción alérgica a la humanidad provocada por las hormonas, el surrealismo preparto se extiende a la vida en general, que se vuelve un completo desbarajuste berlanguiano en esta sociedad cada vez más inhóspita y más incómoda para el ser humano: Facebook ¡¡¡Facebook!!!! sale a bolsa y el tipo ese con cara de monguer se hace de oro cuando lo que está pidiendo a gritos es un par de puñetazos por cerebrito y por abusón; estamos a punto de la intervención y nacionalizan Bankia, pagamos nosotros la fiesta y encima los mismos seguimos poniendo el culo;  nos las dan con los recortes a troche y moche en todo lo público, lo gratuito, lo sensato y lo que es justo y lo poco que queda por recortar son mis ganas de parir, ganas que, en cuanto llegamos a Urgencias y me dispongo a que me exploren a ver si a la criatura le han venido ya las ganas de ver Top Gear o la quinta temporada de Mad Men, se quedan reducidas a un par de centímetros de dilatación  y a un condescendiente “anda, márchate a tu casa, bonita, que a éste aún le queda una buena temporada para saludarnos con la manita”.

Y es que el niño no quiere salir, amigos, ¡no quiere y punto! Y también os digo, que no me extraña nada… porque para salir y ver el panorama…

Lo mismo, me he llegado a plantear en un momento de reflexión floja propia de una servidora, estamos ante el primer caso de embarazo regresivo de la historia y salimos en el próximo número del National Geographic junto a las hormigas zombies y la tribu de pigmeos caníbales recién descubierta en plena selva brasileña. En un giro sorprendente de la evolución humana, tipo final de Lost con su tapón del lavabo existencial, visto lo negro que está el panorama, la naturaleza se defiende ante los ataques externos de banqueros sin escrúpulos, el deshielo de los polos y los jóvenes espantajos de los bolsos de Loewe, y  en cuanto llegamos a los nueve meses, a punto, a puntito de salir, plofff, nos volvemos para atrás y el cuerpo, que es muy sabio, reabsorbe al feto en un intento último de supervivencia extrema…

¿Veis como esto es totalmente surrealista? ¿Y alguien le extraña que esta criatura no quiera salir con una madre que empieza a pensar estas cosas? Si casi estoy yo también por hacerme un sitio en mi macrotripa y esconderme del mundo en un ejercicio de contorsionismo de los míos…

P.D: A “mis” bloggers del #15J, ¡sois unas campeonas! La estáis montando fina filipina y, a mi criatura no-nata pongo por testigo de que, aunque sea en forma de chapa o de holograma, ¡¡estaré con vosotras!!!