Días de poco cine

Hace ya unos años, dos y pico para ser súper exactos, que el mundo del cine y yo estamos regañaos. Con lo que yo he sido, madre… Yo, que me leía los Cahiers du Cinema en la biblioteca de la uni…Yo, la fan number one del insigne Gasset y sus Días de Cine de la 2 (el de Caye no, no la trago). Yo, que me he recorrido uno a uno, y con boina, of course, todo el circuito de cines alternativos de la capital, los de versión original y los que incluían música de cámara como banda sonora, y que me sabía hasta cuándo tocaba el ciclo de cine chiquitistaní en la Filmoteca

Con lo que yo he sido, una pedantona cinéfila de las buenas… Y ahora es que me dicen que me chupe la última del Von Trier y es que me meo de la risa (no culpen aún a mi estado, eso vendrá en unos meses). Vamos, que antes me depilo uno a uno los pelillos de los sobacos que someterme a otra más de esas torturas intelectuales de duraciones infrahumanas y que luego nadie entiende.

Y es que les confesaré que ahora veo muy pocas películas, pero que muuuuy poquitas. Ni buenas, ni malas, ni regulares. Porque, les explicaré, primero hay que encontrar el hueco. Que con una criatura de dos años es complicado, aunque no imposible, no nos pongamos tremendistas. Pero cuando la tienes acostada, o apañada con algún ser caritativo o la has enviado a otra dimensión alternativa (no me pidan explicación, cada uno que piense lo que quiera que es mejor), te lanzas cual campeona olímpica de asalto al sofá, y repasas mando en mano la retahíla de títulos que almacenas desde hace años en el disco duro, ejem, ejem, digo en la videoteca, pues como que la placentera tarea de ver algo decente se convierte en un ardua selección, acaso comparable con no encontrar reposiciones del Príncipe de Bel Air en la TDT.

Primero, la duración. Descartadas a partir de 120 minutos. Total, la mayoría…Porque desde hace un tiempo a los directores parece que les regalan los metros de película, así como en plan supermercado “¡estamosquelotiramosoigan!”. Que ya me veo al director comprando a su tendero de confianza: “¿Me pone hora y media de filme de los buenos?, y me lo parte finito, ¿eh? Que el último no había quien se lo comiera de lo denso que me lo puso…”. A lo que el fiel y comercial tendero, con eso de que estamos en crisis, agudiza el ingenio mercantil y le contesta, el muy sibilino: “Si se lleva tres horas de este en color le regalo el 3D premium y una hora más de extras que hará las delicias de sus fans. Vamos, se van a quedar encantados. Me está saliendo muy bueno, ya me lo dirá, ya me lo dirá…”

¡Y los incautos pican! ¿Por qué? ¿Por qué, amigos directores del mundo, os empeñáis en alargar nuestra agonía hasta el infinito? ¿Cuándo dejó de ser atractivo un final a tiempo, una retirada digna, un The End a la hora y cuarto de empezar la proyección? Porque yo puedo entender que, a veces, en muuuuuy contadas ocasiones, uno tiene que rodar Lo que el viento se llevó y claro, pues como que un dramón así , con lo que tuvo que ser eso, pues no se hace en una hora. Vale, pues ya está, ¡ya se ha hecho! Tampoco hace falta que todas sean Los diez mandamientos ni ustedes son Cecil B DeMille… ¡No nos jodan más a las personas con horarios normalmente apretados y hagan películas cortas!

Dicho esto, con tono más bien exaltado, las hormonas deben ser, añadiré que el segundo filtro a la hora de visionar es la temática. Como todo el mundo, vamos. Las que primero elimino son las de tensión de morder el cojín, de esas de persecuciones y mucho susto. Ni-de-coñen, amigo, me voy a tragar yo algo que eleve mis pulsaciones con lo elevadas que las tengo yo entras las entretenidas e inconclusas obras en mi mansión, mi exilio a ésta, la suegros’ keli, mi muela en estado crítico, mis proyectos laborales en ciernes, una conexión a internet alternante y esquiva, una preñez emergente con su consiguiente sopor y aletargamiento y mi inmersión en ese mundo aterrador del grupo social conocido como “esos padres que llevan a sus hijos en coche al colegio” y a los que se puede distinguir por ese tic intermitente en el ojo izquierdo, las llaves del coche incrustadas entre el incisivo superior y el colmillo superior y un niño lanzadera que aterriza solo en clase porque “¡tengo el coche en doble fila!”.

Bueno, pues eso, que de estrés mejor que no.Y de llorar, ¡menos! Nada de dramones, tragedias ni nada que se le asemeje. De miedo tampoco, que luego sueño. Y como gracias al embarazo me toca salir de la camita a horas intempestivas al menos una vez a eso tan humano de hacer pis, pues no vaya a ser que encima me cague por las esquinas. Quita, quita.

Si me pones documentales o algo serio, me duermo. Es un hecho. Y si es un musical, también.

Total, que solo, solo, solo, solo elijo comedias. Pero para cuando he elegido una que dure menos de dos horas, que sea inteligente, rápida, que no sea una americanada, que tenga buena dirección y una fotografía excelente, que esté en versión original, que no salga Adam Sandler, salvo la de Little Nicky que ya me la sé de memoria, y, muy importante, que no sea española porque, en realidad, no es comedia sino drama, que ya me las conozco, pues cuando ya he terminado de elegir una, ya me ha entrado la modorra y casi que me voy a la piltra a soñar con pelis más cortas, obreros eficaces, elecciones democráticas y, en definitiva, un mundo mucho mejor.

Perdóname, mundo, porque estoy embarazada

Web petreraldia.com

Un buen día, engatusada quizás por la visión angelical de unos hermanitos andando de la mano por la calle, o bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena, decides que ha llegado el momento de pensar en el 1+1, el otro ser, en la otra pieza del tetris, en otro bichito con el que enloquecer. Porque, piensas enajenadamente, tu criatura necesita un compañero de fatigas, de peleas, y porque esa sustancia alucinógena de procedencia desconocida te hace ver un futuro apacible, una familia de blancas dentaduras saltando por un valle florido, cogidos de las manos y brincando cuales cervatillos en una peli de Disney (antes de morir, claro). Así de alucinógena es la sustancia.

Pero funciona. Y te marcas el objetivo con rotu rojo: operación “Uno más”.

¿Por qué? ¿Tiene algún sentido? ¿Es económicamente responsable? ¿Cabéis en casa? ¿Qué vas a hacer con tus proyectos profesionales en ciernes? ¿Sabes dónde te estás metiendo? ¿Realmente sabes dónde te estás metiendo? ¿Con la crisis que hay? Todas estas preguntas te acorralan, con su dedo acusador, mientras tú te acurrucas tras la espalda de tu santo y dices treintaytres ocho veces seguidas para ver si esas preguntas cojoneras se van directas e insidiosas a otros como la familia real, que son los que están procreando sin cesar, o a alguna familia del barrio, que también llevan buena marcha. Pero a ti que te dejan tranquila, que bastante tienes con saber tu día fértil, menudo coñazo, por cierto…

Y en éstas, que sigues tu camino, alternando entre la obsesión compulsiva del “que no me quedo, ay mare, que no me quedo” y el “pues mejor, mari, a otra cosa y te apuntas al gim”, cuando, de repente, se te planta en casa el notición, ya hay bichito en preparación y las preguntas ésas asquerosas ya están amontonadas en forma de agujones mentales llamando presurosas a tu coco, hora tras hora, como enviadas de alguna institución oficial dedicada a mantener el nivel de natalidad a raya.

Pero bueno, como estás de subidón y te importa todo una merde, pues las dejas pasar y que se pongan cómodas en tu salón, si es que caben, que ya verán ellas si les merece o no la pena plantar su culo en tus felices planes.

Hasta que llega el día de comunicar al mundo, más conocido como the outside world, que ya no sois 3 sino 3 y pico con vistas a 4. Y lo más normal, lo más seguro, es que sea una alegría, una sorpresa, un motivo de celebración (hombre, no te ha tocado el Euromillones, pero bueno, se supone que un bebé es una cosa bastante positiva, dejando de lado ciertas circunstancias desfavorables que todos podemos imaginar). Pero sí, tú ya has pasado los veinte, maja, y los treinta. Tienes un santo de referencia que comparte tareas y lavadoras con bastante estoicismo y se puede decir que mientras no pierda el Madrid estáis felices como perdices. Y aunque ahora no estás “fija” en ningún sitio más que en tu casa, parece que eso no impide que sepas sumar 2+2 (o no) y puedas encaminar tus sapiencias a buen puerto. Y sí, tu mansión podía ser mayor. Pero dicen que el roce hace el cariño, no? Pues os vais a tener todos un cariño que lo flipáis.

Pero, además de las reacciones normales y esperadas de tus seres más queridos un día te encuentras con algo inesperado, un “¿cómo te atreves a tener OTRO hijo MÁS como están las cosas? Inconscientes, que andáis procreando y aumentando la sobrepoblación mundial, que no sabéis lo que hacéis”… Una reacción que te lleva directamente a mirar el calendario, no vaya a ser que en un viaje del tiempo a lo Doctor Who te haya teletransportado directamente a la posguerra de los años cuarenta, a algún momento postapocalíptico a lo Mad Max donde hay que ponerse cuernos en la cabeza y luchar cuerpo a cuerpo por la gasolina y por unas zapatillas de tela para tus churumbeles.

Pero no, para tu tranquilidad seguimos estando en un momento jodido, pero aún tienes luz eléctrica y gas, y agua, que puedes pagar, trabajo, acceso a sanidad gratuita (por ahora, ejem), mallas para aburrir, bragas Palominos en abundancia y no tienes a los servicios sociales llamando preocupados por tu problema con las sustancias y con dieciocho hijos desperdigados por las calles de Madrid. No, por ahora no se ha dado el caso. Y sí, la cosa está chunga, pero, por favor, no nos pongamos catastrofistas que una cuando se embaraza se pone muy sensible a las circunstancias externas y este positivismo extremo lo único que trae son dolores de cabeza inútiles y muecas absurdas de pasmamiento que darán lugar a arrugas de las profundas, te lo digo yo.

Y sí, has echado las cuentas, vía calculadora of course, y te sale que 2 son el doble de 1, totalmente cierto, pero a tu favor hay que decir que, cuando cocinas, siempre haces, como decía tu madre, para el tío Antonio y sus hermanos, así que al menos de hambre no vais a perecer.

Y una vez enviado este mensaje esperanzador a todas las preñás del mundo (y a las que no también, oigan, que yo no discrimino por bombo, sexo o religión) un poco de música del señor Chris Garneau para amainar tanta fiera apocalíptica. Y a disfrutar del embarazo, hombre ya, que luego nos salen como los delincuentes del Campamento de Cuatro y ya tendremos tiempo de sufrir y de arrepentirnos de habernos dejado llevar por visiones de la Casa de la Pradera, con lo que padecen los pobres…

A disfrutar!

El vía crucis mañanero, o cómo empezar el día a patadas

Empezar el día con alegría no es sólo el grito desaforado de una estridente y bifocal Leticia Sabater en sus años mozos (los de mi quinta puede que aún tengan pesadillas con esa imagen, yo sí). Es también una nube negra que sobrevuela las cabezas de muchos padres y madres del mundo mundial al sonar el despertador, cuando, legañosos y con la babilla aún paseándose por la mejilla, se asoman a los cuartos de sus criaturas para, una vez más, empezar el día.  Continue reading

Un día me hago pandillera, avisados estáis

A vueltas con el día a día, con la realización personal, con la maternidad responsable, con la crianza con apego, con ser una buena madre, con las bragas Palominos dichosas, con mi (vida) entre paréntesis y con la crisis esta que nos han metido entre pecho y espalda precisamente los que siguen teniendo pasta, hay días como hoy en los que me comería viva, con pelos y todo a lo Ozzi Osbourne, a más de uno, en los que me cago en las políticas de recortes sociales (y en los políticos en general) y en cómo están convirtiendo un mundo medianamente llevadero en un olla de presión de las antiguas, de esas con el pitorrillo negro bailando encima, sí, de esas que pitan de sobre nuestras cabezas como diciendo “voy a explotar y os vais a enterar de lo que es una buena crisis, tontosdelculo”.

El día en que vuelves de las vacaciones…

Parece que se te acaba una vida pequeñita  y alternativa que, como una buda de pacotilla, has decidido “vivir” mientras vives, que para la reencarnación, si es que llega, ya vendrán otros tiempos…

Se me han acabado las vacaciones, que este año no son reales sino mentales, porque como ya sabréis amigos (o no), esta vez no vuelvo a ninguna oficina a fichar, ni a enseñar moreno, ni a contar mis batallitas o lo grande que está la niña. No, amigo, no.  Estas vacaciones son memorables porque han sido de las de antes. De las que tenían nuestras madres, las que no trabajaban, claro. De las de lapsus mental que empezaban con la página 1 de las Vacaciones Santillana y terminaban mientras forrabas los libros con el plástico adhesivo transparente. Sí, de esas, de mari de toda la vida. Pegada a mi criatura (¿o ha sido al revés?) con un efecto ventosa tal que ya no sé si yo soy la niña o la niña soy yo… Continue reading

Madres 2.leches

Aquí estoy, delante del ordenador, con la toalla en la cabeza y chorreando de la ducha pero tecleando febrilmente, cuando debería estar secándome el pelo y esas cosas normales que hace la gente cuando sale del baño… Y ¿qué hago? Pues me leo de pe a pa el blog de la sabia y muy inglesa Sally Whittle con este post sobre cómo afecta escribir un blog a la maternidad y me quedo con esta pregunta que cierra sus palabras:

“What do you think? Is blogging taking away from your ability to be a good parent – or adding to it?”. O lo que es lo mismo: Tú qué piensas? ¿”Bloguear” disminuye tu habilidad para ser un buen padre/buena madre, o la mejora?

Lo leo y me digo: esta mujer me ha leído el pensamiento (incluso hablando otro idioma), o lo que me queda de ellos después de unos días a jornada intensiva como madre…

Porque ahora que ambas estamos de vacaciones (voy a llamarlas así aunque las mías son obligatorias como bien sabréis)  y estoy con mi criatura de sol a sol, con ella adosada a mi chepa y michelines sin pausa ni receso (salvo la santa siesta y la noche, of course) me encuentro así de pronto y sin aviso previo con un vacío existencial en mi persona y razón de ser: ¡no tengo tiempo para escribir en mi blog! Dios, ni para actualizar mi facebook, ni para responder los emails o fisgonear en twitter, ¡para nada! Si hasta hablar por teléfono requiere de la infraestructura de manos libres para poder empujar del carro mientras hago la compra, que en el Ahorramás ya me conocen como “la loca esa que se ríe a gritos mientras espera  el turno de la pescadería”… Vamos, que yo estoy requete-entregada a mi faceta como madre, y encantada, que no digo yo que no, pero coñe, que también tengo derecho a hablar y relacionarme con alguien más que no sean la familia de los Pepes (todos los muñecos de mi pequeña tienen el mismo nombre, para simplificar, vamos), la tendera del mercado y los amigos imaginarios de mi criatura, ¿no?

Pero en estas me acuerdo de una frase de mi santo, de esas que me ha soltado medio-en-broma-medio-ya-te-lo-suelto, cuando él llega a casa al final de una de esas tardes infernales-salidas-de-Mordor en las que mi hija ha decidido poner a prueba mi paciencia semi-infinita y yo ya estoy buscando oxígeno, agarrada a lo alto de una estantería con los nervios como escarpias y con la lágrima asomando tras el rabillo del ojo, para, en cuanto él se pone a charlar con la niña, engancharme rápidamente, y sin mirar atrás, a mis redes, cual yonqui desesperada por su chute cibernético y murmurando para mí: es triste de pedir… Y en medio de mi ataque de ansiedad comunicacional, va mi santo,se acomoda en el sofá con la niña en su regazo, tan pacífica como un niño de esos de anuncios que no se mueven cuando les manosean y me dice con sorna: “uyuyuyuy, estás abandonando a tu familia…“. Y es entonces cuando llega la ambulancia a la puerta de mi casa, salen tres maromos cachas con el uniforme del samur, y me ponen las palas de esas que te meten nosecuántos vatios de potencia entre pecho y espalda… Y sí, luego, revivo…

Entonces, ¿qué pasa con el 2.0 dichoso y tanta red social (que cada día sale uno nuevo, leche) y tanto blog y tanta gente a la que conocer y tantas cosas que leer y tanta ansiedad por el saber…? ¿Nos ayuda o nos mete más presión aún? ¿Acaso soy una madre negligente cuando intento buscar un minutito para respon

der ese email que parpadea en mi cerebro? ¿Hay más madres y padres que se lanzan al ordenador como zombies a un higadito fresco cuando sus hijos cierran por fin los ojos y la boca? ¿Estoy siendo víctima del síndrome 2.leches? ¿Es esto bueno o malo?

Vosotras y vosotros, santos varones, ¿qué pensáis? ¿Somos las madres 2.leches unas adictas al wi-fi que desatendemos a nuestras familias?

Me voy, que se acabó la santa siesta…

7 efectos secundarios de una semana israelí

1. Aguantar estoicamente a mi tierna criatura en modo “asalvajado” mientras me disloca el hombro a base de porrazos la cabeza de su muñeco Pepe y seguir sonriendo cuando me babea toda la cara con un beso de vaca rumiante asturiana. Ya decía yo que la echaba mucho de menos. Pues hala, apechugar toca. Y cuando quieras más, vuelve a por otra.

2. Aguantar estoicamente que me despidan, negociando, pero que me despidan, y seguir enseñando sonrisa Profiden mientras firmo un papel donde pone que me echan por bajo rendimiento aunque todos me dicen que eso no es así, que es un mero formalismo, y que claro, mucho mejor eso a que ponga que he pegado a mis jefes, que he robado o que me he insubordinado. Pues sí, si hay que elegir me quedo con la primera…

3. Leerme, voluntariamente, algo sobre la historia de los judíos, cortesía del amigo Pablo Branas de EsCool. Nunca, y repito, nunca, me había planteado acercarme, ni asomarme a un libraco de dimensiones bíblicas como es “La historia de los judíos” de Paul Johnson. No es por nada, pero es que a mí siempre me han ido más los libros de zombies. Así me ha ido, por otro lado. Y me remito al punto 2. Como ya comenté, mis conocimientos sobre la cultura y tradiciones judías han sido siempre escasos y se han limitado a lo que he visto en las pelis americanas, donde siempre, siempre, siempre sale un judío que se apellida Cohen o Goldstein, o Stein o algo así. Así que, estoy poco más que alucinando.

4. Leerme las frases de Paulo Coelho y ese palo y quedarme pensando como una boba. Todos mis respetos al buen hombre y los de su calaña, pero nunca, y repito, nunca me han gustado esas frases de “cambia tu mente y cambia tu vida y colorín colorado…”. Me leí El Alquimista cuando me fui a vivir a Alemania y como me pilló de bajón, me impactó. Pero en cuanto superé el desánimo teutón les cogí una tirria del copón. Y ahora no sé, será el desierto, o el aire, o el Mar Muerto, que me han dejado trastornada. Y oigo una en la radio y mira tú, que la cojo al vuelo. Y me la aprendo de memoria, y voy ¡y se la digo a mis amigas mientras nos tomamos un café! Se me pasará. Espero…

5. Decir “wow” y “amazing” y “oh my god” cada dos por tres. De esto tienen la culpa tanto mis colegas inglesas (Jane, Sally, Rosie y Susie,  como mis amigas israelís, (e incluso con la estupenda Blog de Madre, que como somos ambas muy pavas, ya hasta lo repetíamos incluso farfullando en castellano) que me pusieron el chip de hablar inglés las 24 horas y aún me quedan rescoldos de aquellas charletas que nos metimos entre pecho y espalda.

6. Aguantar estoicamente mi aburrido menú casero que se repite dos de cada tres días porque cocinar para mí sola no tiene mucha gracia. No puedo olvidar los platos y platos y platos y más platos que pasaron por delante de mis ojos durante aquellos días. Y sí, es cierto, que tampoco teníamos mucho tiempo para saborearlos con aquella agenda apretada y ceñidísima como la ropa de la Obregón, pero os aseguro que mis glándulas salivales y mis papilas gustativas tuvieron casi más ajetreo que la estupenda Adi Kaplan, la directora del proyecto y encargada de que cumpliésemos a rajatabla nuestros horarios espartanos.

7. Y sobre todo, admirar a las mujeres con “pelotas” y emprendedoras que he conocido, cada una con una historia genial, con unos cuantos hijos, casi todas, cuyas fotos en el móvil nos hemos intercambiado como posesas, como cualquier otra madre del mundo:

Desde la fundadora de Kinetis y afortunada a la que se le ocurrió la genial idea de invitarme a esta historieta, Joanna Landau, pasando por Ruti Arazi, quien puso en marcha su propia empresa de bouquets de chocolatinas, Zer MatokTammy Lechter-Azoulay quien además de dirigir su empresa de comunicaciones ha abierto un centro de actividades para niños; Moran Samuel, medallista paraolímpica y todo un ejemplo de superación personal; Ronit Haber, editora jefe de Saloona, una web israelí dedicada a la mujeres que aquí no vamos a poder entender porque no hay ni una palabra en inglés; Hana Hertsman, directora del municipio de Holon y responsable de su renacimiento como la Ciudad de los Niños; Ayelet Barak, terapeuta y cocinera que ha unido ambas pasiones en su propia disciplina, la terapia culinaria; Lihi Lapid, una celebrity en Israel dentro del mundo del periodismo y ahora también con su propio blog; Karen Gillerman-Harel, fotógrafa y artista, director de una de las galerías de arte más relevantes de Tel Aviv;  Hagit Neeman Gorny, diseñadora de bolsos muy útiles para madres, Gitta BagsZoe Lasri, creadora de la web número uno de Israel dedicada a los centros de actividades para niños, Tooty;  Inbal Dinari, creadora y co-directora de un centro de desarrollo para niños, Karoussel y Sarit Shani Hay, diseñadora de una de las marcas más prestigiosas del país en decoración, Studio Shani Hay.

No hace mucha falta que diga, pero lo voy a hacer, que en mi tierra también hay muchas mujeres con pelotas, y bien puestas a las que admiro, muchas a nivel personal porque las conozco y otras tantas a nivel profesional desde la distancia. Por supuesto. A mi alrededor tengo muchos ejemplos de mujeres emprendedoras, que sacan su casa adelante, y que no se dejan amilanar por cuentos chinos o absurdos comportamientos empresariales. Pero ese será otro post, porque se merecen su propio espacio y su propia reflexión floja.

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Postcards from Israel: día 4

Querido mundo exterior que pasáis calor:

Con una horita libre, debería estar haciendo algo sensato como dormir… Pero no puedo. Porque he conocido hoy tanta gente (nada nuevo, por otra parte, en esta semana) y he escuchado cosas tan interesantes, que no puedo evitarlo, tengo que escribir…

Es duro separarse de tu criatura durante tanto tiempo (ya,yaaaaaa, ya sé que solo es una semana, lo sé) y más cuando a tu alrededor no haces más que ver embarazadas, simpáticas blogueras y empresarias con sus bebés de dos meses adosados cual marsupiales, y doulas encantadoras en DYADA, una empresa dedicada a asesorar a mujeres embarazadas y con bebés, que te cuentan con pasión y entusiasmo a lo que dedican su tiempo, que básicamente es a ayudar a dar a luz en casa a quien lo desee (pienso en Lady Vaga, por ejemplo, quién seguro hubiera disfrutado de la charla….).

De verdad que intento no pensarlo y afrontar el reto desde mi lado más “no-madre”, todo el mundo me lo dice (“es buenísimo para ti como persona, esto te está enriqueciendo”, y todo eso que ya me sé de memoria y que me repito como un mantra) porque si lo hago desde mi experiencia personal, desde mis sentimientos como madre “superiora” y cuidadora de mi hija, os aseguro que perdería las formas, le arrancaría el bebecito de dos meses a su madre de la mochila, e incluso del pecho en pleno momento “almuerzo”, y me lo llevaría a una esquinita para abrazarlo, olerlo y recordar a mi niñita querida, mi amor, mi mayor razón para levantarme cada día (y esto lo digo aún sabiendo que ella no me echa naaaaada de menos porque se pasa todo el día en la “pitina”, vamos, ni punto de comparación conmigo…).

Así que, como tengo que comportarme, me aguanto las lagrimitas y me contengo educadamente. Sonrío a todas las mujeres con niños con las que me cruzo (que según mis cálculos deben ser como millones, todas las del país se han congregado en Tel Aviv para cruzarse en nuestro viaje), hago fotos cual japonesa sin vida anterior, le enseño sus fotos hasta al portero del hotel (quien también opina que es igualita a mí, lo normal) y me quedo rumiando mi nostalgia y mis ganas de comérmela a besos como si fuera una caníbal afectiva o una yonqui adicta a mi pequeña….

Y todo esto, además de ser una soberana tontería, además me lleva a preguntarme algo vital, ¿soy adicta a mi hija? ¿Hace tanto que no soy “yo solamente yo” que ya no sé serlo más? ¿He perdido algo por el camino? ¿Soy mejor o peor que antes?

Esto tendré que meditarlo con un gin tonic, pero quiero terminar esta postal de hoy diciendo que hay muchas diferencias entre las mujeres israelís y las españolas, o al menos que las que yo conozco, y yo misma. Pero cuando me cruzo con ellas, y las miro con cara de cordero degollado mientras ellas achuchan a sus bebés contra ellas con orgullo, la sonrisa que me envían como respuesta me tranquiliza, es como un abrazo, como un “tranquila, sé lo que estás pasando”, un “te entiendo” muy cariñoso. Y me reconforta, un poco.

Besos desde Tel Aviv!!