2011, un año accidentalmente extraño

Estas fechas están llenas de topicazos: hay que ver que rápido se me ha pasado el año, Tomás, que cada año somos más consumistas, ya sabes, lo importante es el detalle, los españoles nos gastaremos una media de 300 euros estas fiestas, en Barranquilla del Palomar han celebrado las 12 campanadas tres días antes, hoy los Reyes han sido una vez más las bicis y las videoconsolas, etc, etc, etc… y “asín y asín” hasta el infinito que nos llevará sin solución de continuidad a la cuesta de enero, la subida del gas y del metrobus (sí, señor Echevarría, eso sigue existiendo!) y a la cola del Inem…

Pues aquí otro tópico de los de manual: el repaso del año.

Y, amigos, este año ha sido cojonudamente extraño. De esos que estás ahí tomándote unas cañas un día con tus amigos, y dices, ya medio pedo: ¡joder, es que ese año fue cojonudamente extraño! Y nadie te entiende porque también van medio pedo pero les hace mogollón de gracia y se parten la caja contigo, o de tí…

Pero es que es verdad, que lo ha sido.

Terminó y empezó felicitando las fiestas como siempre de la forma más rápida y cibernética, como todo el mundo que no manda christmas, entre los que me encuentro desde hace años y es que, entre otras cosas, soy literalmente incapaz de guardar las direcciones de mis amigos y familiares en el mismo lugar cada año. Así que por no tener que preguntar las señas y reconocer mi absoluta falta de organización, pues lo voy dejando para días mejores y menos azarosos.

Me comprometí, en vano, he de aclarar, y en un alarde de pedantería intelectual que a veces me permito, a alcanzar los 50 libros en un año. Ja ja, ni de coña, amigos… Ya me hubiera gustado a mí alcanzar esa cifra, pero se me han complicado las cosillas un poco (no hay excusa que valga, pero si tengo que buscarlas tardo menos de un minuto, vamos…). Y creo que mejor no me pongo a reseñar los que me he leído, entre otras cosas porque no me los he apuntado, aunque dije que lo haría, y el tiempo empleado en hacer memoria me viene al pelo para otras miles de cosas más urgentes como conseguir emparejar los calcetines desertores de mi hija, que se empeñan en dispersarse por la casa tras la colada… Aunque, si tengo que elegir uno de todos los que recuerdo así a bote pronto a estas horas de la mañana, me quedo con Anatomía de un instante de Javier Cercas.

Entre despistes y olvidos, me he reencontrado con amistades muy queridas como la sublime Aroa, he añadido nombres guays a mi lista de gente preferida, he descubierto series de TV geniales como Portlandia o Rubicon, he entrado poco a poco y de manera subrepticia en el mundo de las madres y padres blogueros (que mira donde me iba a llevar…), me he ido poniendo motivos para empezar el día al llegar a una oficina donde la cosa se iba poniendo chunga por momentos, he emprendido mi cruzada personal contra los Cantajuego y sus perversos efectos irreversibles en algún bucle blandito de nuestro cerebro y del de nuestras criaturas, allá por la zona derecha, girando la segunda a mano izquierda (sin acritud, eh?), me he metido en berenjenales muy divertidos y surrealistas, de esos que estás ahí toda empantanada y piensas: dios, pero qué estoy haciendo? y he plantado mi bandera en la puerta del gimnasio, porque no, ¡no voy a volver en una buena temporada!

Además, he alucinado con momentos históricos como el del 15M y sus consecuencias, me he enfrascado yo solita y bajo mi cuenta en riesgo en debates finos filipinos como el momentazo Sora, me han conquistado los modelitos noñoños y sus dueños más aún, he flipado con también momentos históricos y trascendentales en mi vida como el viaje a Israel, y he asistido a algo tan histórico y surrealista a lo chiste malo como un despido sin haber casi soltado la maleta…(algo casi irrelevante, en un momento como éste, en el que soy simplemente una más de los casi cinco milloncejos de españolitos que hacen cola en estos sitios tan agradables, las oficinas del Inem)…

Ha sido un año cojonudamente extraño. Un año de meteduras de pata estruendosas y aciertos de duración indeterminada. Un año de hostiones con la mano vuelta, de crisis, paro, de qué hago ahora con mi vida, de qué hago en Madrid con la Botella de alcaldesa y la Aguirre de presi, por no hablar del panorama nacional…, de qué hago en este barrio donde las cagadas de perro que hay en la calle son del tamaño XL-caballuno por lo menos y a los que mi criatura ya ha puesto hasta nombres de pila de la familiaridad que les está cogiendo (a las cagadas, a las gitanas en zapatillas de estar por casa y a los yonquis varios en chándal). Un año donde tiraría muchas cosas y a muchos a la basura, sin reparos ni mirar si va en la bolsa amarilla o en la negra…

Pero, también, el año de la preñez, el de los proyectos sin fin, el de hacerle un corte de manga al sistema y el de liarme la manta zamorana a la cabeza (gracias a mi santo por aguantarme, mérito tiene, sin duda…).

Un año extraño, raruno, fuerte pero sin destilar, como esos vinos peleones que te dejan dolor de cabeza al día siguiente, y que ya se acaba, calendario y paracetamol mediante.

Y no sé por qué, será el instinto “preñil” o ver el panorama que tenemos montado (y alguna vez que otra y de pasada, algún programa de Telemadrid), pero me da a mí que el que viene va a ser también de los de “agárrate, María, que esto es como el final de Lost…”. Una fiesta.

En resumen, que el 2012 y el fin del mundo nos pille con las bragas puestas (y limpias) y sed muy felices, amigos.

Éramos pocos y llegó Madresfera

La criatura, que ha pesado casi 500 MB y que hemos decidido (tras un intenso briefing, brainstorming y unas cuantas copas de inspiración) llamar Madresfera, ha nacido el día 19 de diciembre a eso de las tres y pico de la tarde, una hora de siesta en todo el mundo de dios, pero es lo que tienen las criaturas, que deciden nacer cuando les sale del mismo…

La madre, una servidora, se encuentra cansada, pero bien. Primeriza en estas lides pero sabedora de las necesidades de su primogénita, intenta no descuidar a su primera criatura, pero la recién nacida es absorbente cual papel de cocina con circulitos y ahora, en sus primeros días, exige toda su atención, sus pupilas ensangrentadas y su culo adosado a la silla hasta encallecer. Una ya no sabe ni donde tiene la cabeza, llega tarde a todos lados, olvida lo inolvidable como poner a grabar las apariciones del Vaquerizo (ese ser) en la pantalla, y dicen que habla sola por las esquinas de su barrio, en zapatillas de estar por casa (como sus alegres convencinas en bata) repasando la lista de cosas por hacer para que a la criatura madresférica no le de un cólico de esos que dejan la pantalla atontada, un error 404 o que se le registre alguna banda de narcos llamados los “mamitos sangrientos” en los blogs del ranking…

El santo, padre putativo (estas cosas informáticas son así), pero al que la pequeña Madrefera ya quiere de forma auténtica e indudable (juraría que le ha llamado papá), pasea por la mansión perseguido hasta la extenuación por la primogénita,  cual sombra “indespegable”, musitando no sé qué de que se tiene que ir al fútbol y de que no puede ir ni a miccionar sin ser perseguido por una criatura gritona obsesionada con cantar “lamarimorena” y los peces en el río.

La primogénita, inconsciente del alumbramiento pero que algo se huele, aporrea a la menor ocasión el teclado de la “mamma”, provocando caos de dimensiones bíblicas en la “hermanita” y algo debe notar porque insiste con fiereza en pasar las horas sentada sobre el regazo de una servidora. Así que entre la panza creciente que empieza a servir de barra de bar y la criatura adosada, a una se le están alargando los brazos unos centímetros cada día para poder llegar al teclado del ordenador. Aviso para los regalos de Reyes, los jerséis me los ponéis con un palmo más de mangas, porfa…

El padre natural, en destino conocido pero lejano, se afana por golpear el teclado, gritar maldiciones en asturiano y luchar por el bienestar de su pequeña Madresfera desde la distancia mientras le grita a la pantalla: ¡Aguanta, servidor, aguanta por dios! Además, se le ha visto garabateando por las paredes de todo el local que pisa unos números extraños, combinaciones indescifrables a lo cifra mágica de Lost, mientras repite “algoritmo, algoritmo, algoritmo” porque si deja de decirlo se cae no sé qué avión del Oceanic…

En resumen, queridos todos, la familia se encuentra muy feliz con su nuevo miembro, aunque todavía está en proceso de adaptación y vamos todos con chichoneras y cascos de los cabezazos que nos estamos dando en los comienzos (que no, no son fáciles, by the way...).

Y desde aquí os damos las gracias a todos con movimientos de la manita hacia arriba y hacia abajo, a lo Familia  Real en sus horas altas y os invitamos como familia orgullosa (no, ésta no nos ha salido gorrona, jejeje) a que conozcáis (sí, también vale criticar, pero sin pasarse que están los Reyes muy cerca y es muy fácil tachar nombres de la lista, jejeejejejeje) a la recién llegada desde sus más tiernos inicios… 🙂

Soraya, nena, la que has montado…

Amiga, Soraya, mira tú que no pensaba traerte de paseo por estos lodos, que no soy yo mucho de celebrar resultados ya sabidos desde hace meses. Pero claro, con titulares así, “Soraya Sáenz… ¿un ejemplo de conciliación?“, o “Soraya Sáenz de Santamaría no es el ejemplo a seguir por la mujer española“, etc,  y el revuelo que ha causado el hecho de que no te vayas a coger la baja de maternidad, pues, claro, tenía que sacarte de tus fiestas oeeee, oe, oe, oe, oeee y el “que salte Mariano, que salte Mariano” y darle aquí un poco al debate encendido y trascendental.

Porque, qué quieres que te diga, Sora (¿puedo llamarte Sora?), que a mí que te presentes en el balcón con tu jefe a las tantas de la noche para bailar los greatest hits de Carlinhos Brown, pues como que me da igual. Ya imagino que a tu criatura la habrás dejado alimentada, arropada y a buen recaudo (y con su matrícula para el Liceo Francés ya hecha, ¿eh Sora?). Y que si decides encargarte de eso tan peliagudo, que ni lanzar el Anillo al Monte del Destino, a lo que han llamado el traspaso de poderes (ejem, poco queda para traspasar, amigos, está todo hipotecado…) pues que digo que yo que mientras no me traigas a mí a tu pequeño para que lo cuide, pues que (finamente) me da bastante igual lo que hagas o dejes de hacer.

La que has liado, mari. La muchachada está muy indignada contigo, ni que hubieras dejado al pequeño abandonado frente a Ferraz, porque se dice que no concilias y que eres un ejemplo pésimo para la sociedad, in general. Que acabas de tener a tu hijo, congratulations y enhorabuena a todos los premiados, y que ya estás al pie del cañón, al lado de Mariano, el boss, y preparando el desembarco del PP en los devastados puertos de éste, nuestro país. Que estás haciendo muy, pero que muy requetemal por no quedarte en casita, con tu hijo, y que así no hay dios que concilie en este país, si una figura política de esta altura (jejeje, pillas el chiste?, es muy malo, perdona) decide, supongo yo que libremente, irse al tajo nada más dar a luz. Con lo bien que os lo estáis pasando… Si es que hasta yo lo entiendo… (aquí se oye el rechinar de dientes. Ya pasó…).

Amiga Sora, ya que te tengo aquí te diré que este debate encendido que encuentro en el Twitter y alrededores me hace plantearme varias reflexiones, flojas, como siempre, y como imaginas te las voy a soltar:

The first one: ¿estaríamos discutiendo sobre tus bondades como progenitora si en vez de madre fueras padre? Yo creo que no, pero a lo mejor me equivoco de país… En cualquier caso, no recuerdo haber asistido a tal indignación porque un político recién “parido” haya acudido a su puesto de trabajo al día siguiente del parto. Claro, que los puntos no los lleva él, o al menos que sepamos, pero vamos, el hijo es suyo igualmente, ¿no? Bueno, se puede suponer que sí, pero el debate, en cualquier caso y que yo sepa (si alguien conoce algún precedente que lo traiga, plis), no existe.

The second one: me parece a mí que has tenido opción de elegir (si es que no, y estás amenazada pestañea dos veces si es que no, y una vez si es que sí,  y tres veces si no has entendido la pregunta). Que resulta que lo bueno de todo esto, creo yo, que es PODER ELEGIR y que si a ti, chata, lo que te apetece es tirarte al monte, carpeta en mano, tacón, traje sastre y mucho rímel en las pestañas, pues quién soy yo para criticarte… Si lo más probable, además, es que después de tanto revuelo, mientras las currelas de turno nos desgañitamos reivindicando la bendita conciliación, tú pasarás con tu niño muchas más horas y muchos menos aprietos y carreras de las que muchas con jornada reducida hemos tenido que sufrir en nuestras carnes libres de estrías (litros de trofolastín mediante). Vamos, que la que tiene recursos, tiene recursos y las que vamos al Ahorra Más, vamos con la bolsa de plástico en el bolso. Y ya está, nenas, lo demás son tonterías (o nonsenses, para los bilingües).

Que, the third and the last one, para mí lo importante de la conciliación no es que tú decidas no quedarte con tu hijo nada más dar a luz. Que hayas preferido no tener baja es una decisión personal e intransferible que, evidentemente y afortunadamente para el resto de los niños, no es la norma, ni la ley (ojito con recortar la baja, Sora, que de tanto apurar nos están saliendo calvas), pero que afortunadamente para la mujer que lo desea, para ti, tienes la oportunidad de elegir.

Para mí conciliar no es anteponer maternidad a profesión, independientemente de que, si por mí fuera, la baja maternal pagada debería ser de un año, entero y verdadero. Para mí lo importante, lo esencial y por lo que lucho con cuchillo entre los dientes es para que exista flexibilidad real a la hora de combinar de una forma natural y sensata la crianza con el desempeño de una labor profesional si eso es lo que se quiere (ojo, que hay quien está muy contento con sus nueve horas de oficina para llegar y acostar a los niños). Así que, para mí, conciliar es tener opciones. Es no tener que sacrificar tu carrera para poder criar a tus criaturas o viceversa, si eso no es lo que quieres. Que si quieres medrar en tu carrera, ancha es Castilla. Que si quieres medrar como ama de casa, pues tan ricamente. Pero a ese tercer sector, esa tercera rueda a la que nos interesan ambas cosas (que es que lo queremos todo! brujas!), pues que no seamos una excepción sino simplemente otro camino.

Uy, que serio me ha quedado, Sora, que el tono doctrinario se me pega de estar contigo, maja. Que sí, que sí, que ahora hablamos de lo de la cuarentena, que sí, que sigue existiendo a pesar del iPhone. Increíble, ¿verdad?

(Por cierto, que ya que estáis por aquí y el tema pega, que si os apetece os marcáis esta encuesta sobre conciliación, ¿vale, majos? Un placer. A los pies de sus señoras y sus santos).

Estamos todos muy tontos

Tampoco hay que ser muy avispado para darse cuenta del estado de atontamiento supino, superficialidad y borreguismo del que hacemos gala en este, nuestro país. No hay que ser muy listaco, ni ser Pérez Reverte, ni tan siquiera estudiar un máster en opinología de tertulianos de esos que tanto abundan por estos lares. Basta con echar un ojo a la prensa, o a la tele, o escuchar la radio. Pero hay momentos puntuales, ocasiones célebres, en los que estos niveles de surrealismo a los que ya estamos acostumbrados superan con mucho los límites de la realidad. Continue reading

Semana Mundial de la Lactancia que nos dejan

Es la Semana Mundial de la Lactancia Materna y toca una reflexión al respecto. Nada más dar a luz y en plena efervescencia hormonal  icé la bandera de la lactancia a demanda y enarbolando el manual de san Carlos González me proclamé defensora a ultranza de ese derecho de madre e hijo a una lactancia natural y sin intervenciones. Incluso me atreví a arengar a mis compañeras en mi afán comunicador, “maternificador” y casi-evangelizador, tanto que cualquiera en un momento de hartazgo, y con bastante razón, me hubiera dado un “tetazo” por pesada y por meterme en escotes ajenos…

Ahora, tiempo después ( habiendo amamantado hasta los dieciocho meses), y con las hormonas algo más recolocadas (si bien témome nunca volverán a ser lo que eran hasta que me llegue el momento Tena Lady), contemplo con más distancia, más tiempo y mucho más relax la cuestión pecho sí-biberón no.

Y aprovechando la fecha (celebración que no llego a entender, ya que no tenemos Semana Mundial de Quitarle el chupete o de Introducción de las Verduras), diré que el pecho es una solución económica, rápida, cómoda y normalmente, indolora, presenta todas las ventajas ideales para que todas las madres la adoptaran como método de alimentación. Está científicamente demostrado que la leche materna es el mejor alimento, por mucho que los anuncios de leche de fórmula nos digan que ellas lo hacen casi igual de bien, y tanto para el bebé como para la madre los beneficios fisiológicos y emocionales son indiscutibles.

Pero, por muy ventajoso que resulte, no a todas las mujeres les parece la idea más genial de la creación humana y hay que respetarlo y no indignarse con ellas ni mirarlas con recelo (como antes se hacía con las que sí amamantaban, las menos, recordémoslo) o cuchichear mientras compran en la farmacia el botecico de los dichosos y carísimos polvos. No es cuestión de diferenciar en quién da y quién no, sino en ir más allá y ver el motivo de muchas de esas decisiones.

Porque hay quien tiene mastitis nada más dar a luz y se les echa la culpa por no saber ponerse al niño (claro, como eso te lo enseñan desde primaria…) y no se les ayuda desde el hospital prestándoles sacaleches, sino que se las lanza sin más a sus casas, donde llorosas y con los pechos como bombas de SuperMario a punto de estallar, maldicen trescientas veces treinta y tres la lactancia de la madre que la fundó.

Hay quien no tiene apoyo a su alrededor y su enfermera de cabecera le sigue dando los mismos consejos del añolaTana del doctor Spock y “Tu hijo”, con los famosos diez minutos de cada pecho, haciéndose el lío padre con el tiempo que darle a su pequeño, que si se queda con hambre, que si no tengo leche suficiente, que si le doy un bibe para que no se quede el pobre con el estómago vacío… Y si encima sus mujeres de referencia, véanse madre y suegra de la generación biberón of course, pues ya se prepara el tinglao. Y a los tres meses como mucho, la protagonista ya lo ha dejado.

Hay quien quiere dar el pecho durante al menos sus seis meses, que es lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud, que no porque tengan mayúsculas van a saber más que nadie, pero vamos, que dan bastante credibilidad. Pero, hete aquí, que si la mujer ha de reincorporarse a su puesto de trabajo a los tres meses y medio (ese momento trágico en el que se te cae el alma a los pies porque te das cuenta de que la vida es una mierda) las cuentas no salen. Y resulta que si decide seguir con lo del pecho ha de montar la de Cristo para poder sacarse la leche en su oficina mientras a su pequeño lo cuidan otros (ya sean abuelas o cuidadores), que así en resumen, viene a ser algo así:

-llevarse la neverita de rigor con el sacaleches manual o automático, los botecicos preparados para la leche y el tupper con las lentejas,

-ausentarse de su puesto lo que buenamente dure la extracción/ordeñamiento, que para los que no lo han vivido nunca, no es un proceso automático, de estos de meter la monedita y “su tabaco, gracias”, sino que dura lo que tenga que durar…

-sentirse culpable por estar fuera durante un rato (además, la culpabilidad viene de serie tras el parto) y pensar que, mientras está ahí líada con su ordeñamiento, el jefe supremo del mundo mundial le va a llamar a su puesto en el que, ¡oh, dios, no está! ¡que está ahí, estrujándose los pechos afanosamente en vez de estar mirando su perfil de Facebook frente a la pantalla!!!

-esconderse del mundo porque lo de “me voy a ordeñar, ¿te vienes?” sale perdiendo frente al “me voy a fumar fuera, ¿te vienes? o al “son las diez, toca desayuno, ¿te vienes?”,

-conseguir exprimir la cantidad suficiente de leche para que el niño no se quede con hambre al día siguiente (uno de las mayores causas de estrés de las sufridoras amamantadoras que persisten tras su reincorporación y que a una servidora también le traía por el camino de la amargura),

-almacenar el preciado líquido sin que se contamine en el proceso (no todas las cocinas de oficinas están igual de equipadas) y seguir escondiéndose mientras se limpian aparejos (el sacaleches impresiona, os lo digo yo)

-y mantenerlo refrigerado hasta que llega a casa sano y salvo, cual agua bendita del mismísimo Lourdes.

Y eso cuando no se abandona directamente porque, francamente, esa media hora de lactancia que dan las empresas es como de partirse la caja y luego echarse a llorar. ¿Quién ha decidido que son treinta y no cuarenta minutos los que un bebé necesita para compensar las seis horas de media que su madre está fuera de casa? Y encima hay que darles las gracias, como con la dichosa jornada reducida… Que parece que están dando algo cuando todas sabemos que no sirven más que para juntar esos minutejos con la baja maternal, o para salir antes, media hora y que como te pille el metro apretado como siempre, pues vamos, que llegas casi igual y encima te miran mal en la ofi por eso de que te vas antes que nadie…

Total, que me extiendo demasiado, que sí, que tenemos que celebrar la Semana Mundial de la Lactancia Materna, que ahora se está poniendo otra vez de moda y es genial, que yo encantada. Pero no nos engañemos, si muchas madres no la eligen no es porque no le de pereza levantarse por la noche, ni porque crean que se les va a caer el pecho, o no quieran darle lo mejor a sus hijos. Es que no muchas veces, no pueden hacerlo ni cómo quieren, ni el tiempo que quieren.

Y ahí es donde radica, desde mi humilde opinión, el gran problema, lo que hay que denunciar, y contra lo que hay que luchar.

Más posts sobre el tema de la semana (seguro que hay muchos más, solo hay que seguir enlaces, pero con estos se puede empezar):

Mamá contra corriente:  Por qué no nos fue bien con la lactancia maternaPor qué no acudí a un grupo de lactancia

Miriam Tirado: De tetas, biberones, culpas y decepciones

Imagen de la home de http://twibbon.com/_breastfeeding. Y para que nadie se quede sin saber lo que necesita, enlaces imperdibles:

World Breastfeeding Week

La Liga de la Leche

Algo nuevo, algo viejo y algo prestado…

Lo viejo

En Siglo XXI de Radio 3 siguen utilizando palabras como “ambientes sinérgicos envolventes”, “arrulladoras atmósferas de sintetizadores y bongos” o “electrizantes ritmos alborotadores y sinuosos“… Como si fuera ayer.

Lo nuevo

Descubierto en las calles de Jaca, pasando frío pero disfrutando del calor de un Enate pillado al vuelo.

Lo prestado

La tristeza al perder a alguien muy querido. A todos nos acompaña en algún momento.

….

Y sé que falta lo azul, y la boda, pero el Escatérgoris es mío, y me lo llevo.

Cuentos chinos de nuestros días: “mujer, tú también puedes conciliar”

Queridas madres, hermanas, amigas y lectoras desconocidas que pastáis por estos lares: nos están tomando el pelo, (los hombres no se salvan en otros temas, pero en este caso, permítanme que me dirija a mis camaradas, las féminas, porque, hasta ahora, todos los casos que he conocido en los que el cuento ha resultado venir de Oriente, el protagonista es un ella).

Y no solo nos toman por idiotas diciéndonos que nos suben los impuestos por la crisis mientras los que mandan se suben los sueldos y rescatan bancos en vez de personas. O cuando se argumenta que la televisión que tenemos es la que queremos y nos merecemos. O eso de que nosotras parimos, nosotras decidimos, ummm, lamentablemente ni siquiera en eso podemos decidir, en la mayoría de los casos.

Podría seguir. Estamos rodeados de mentirijillas y mentiras bien gordas. Pero lo que hoy me indigna, y me hace rechinar la dentadura empastada y unas cuantas endodoncias, es el tan traído y manido concepto, moderno, y guay, y progre, y más falso que la nariz de la Esteban o el morro de Esther Cañadas, de la conciliación laboral con la vida familiar (y con la vida en general, jejeje…).

Conciliar, según la santa RAE, es:

1. tr. Componer y ajustar los ánimos de quienes estaban opuestos entre sí.

2. tr. Conformar dos o más proposiciones o doctrinas al parecer contrarias.

3. tr. Granjear o ganar los ánimos y la benevolencia, o, alguna vez, el odio y aborrecimiento. U. m. c. prnl.

Si leemos cuidadosamente estas acepciones podremos observar algo curioso: al conciliar se busca unir de una forma equilibrada dos extremos contrarios entre sí. Lo que, aplicado a nuestro caso, señorías, la conciliación laboral, implica ni más ni menos que la vida familiar y la profesional son, per se, contrarias y opuestas entre sí. ¿Ah sí? Y ¿eso por qué no me lo dijeron en el colegio? ¿No nos han dicho por activa y por pasiva que las mujeres podemos trabajar y tener hijos y la vida sigue y santas pascuas? ¿No tenemos la “igualdad” tatuada en una nalga casi desde que nacemos, en esta sociedad-escaparate, de discursos demagógicos y promesas imposibles?

Esto, que ahora puede parecer de perogrullo, a mí hace dos años, entonces inocente ternesca, ingenua ciudadana recién parida y estrenada madre, bajo el influjo de los efluvios lácteos y los juramentos electorales me parecía una realidad perfectamente asumible y legalmente al alcance de mi mano. En mi cabeza, el germen igualitario que había crecido durante muchos años había dado como fruto la torpe certeza de que cuando dejase a mi tierna criatura de cuatro meses en la guardería, pobrecica mía, me quitaría la camiseta dada de sí y salpicada de manchas de madre primeriza y llorosa, y me pondría el traje a medida de mujer profesional, con estudios, carrera y con una lavadora de gran capacidad.

Y sí, por qué no, yo iba convencidísima de que podría desempeñar mi labor en ambos terrenos de una forma digna, bastante aceptable y bastante cara también, porque a la mensualidad de la guardería hay que sumarle la reducción en tu sueldo al elegir una jornada reducida (menos horas, menos sueldo, está claro y diáfano). Incluso tenía en mi extracto bancario un ingreso todos los meses por parte de la Comunidad de Madrid gracias a que una, en su afán, era madre trabajadora. Qué luego te da igual porque lo tienes que devolver en tu renta, pero bueno, parece que al principio como que daba ánimos.

Y así, desgarrada por dejar a tu pequeña tan pronto en brazos ajenos, vuelves a tu trabajo con más o menos alegría, con ciertas ganas de salir del aislamiento primíparo y llena de inseguridades tras el parón en el que, digámoslo así, no solo das a luz y chimpún, sino que, además, te conviertes en un ser básico, instintivo y primario destinado a satisfacer todas las necesidades de tu criatura.

Eso sí, por muy básico, instintivo y primario que seas, después del momento mamá-osa y cuando dejas al osezno alimentado, rechupado y recogido, también tienes algunas otras cosas que decir y que hacer.

Porque, a fin de cuentas, sigo estando igual de requetepreparada que antes, ¿no? Al abrir las piernas y empujar no me han desaparecido del curriculum los títulos, que yo sepa, ni los idiomas, ni los millones de cursos que he hecho, casi de forma patológica. Que yo sepa la pérdida de méritos curriculares no está dentro de los efectos secundarios de la epidural, o al menos, yo no firmé eso. Ni tan siquiera creo haber leído en ningún libro que haya contraindicaciones entre llevar discos absorbentes, saberte de memoria alguna canción de los cantajuego dichosos y aún así recordar los nombres de tus jefes o de tus clientes.

Y si todo esto es verdad, si cuando das a luz tu cerebro y tus conocimientos intelectuales no sufren una mutación irreversible que te dejan en estado “inservible como ente profesional” y solo aprovechable para ir de compras, cambiar pañales y tener la casita como una patena, si esto no ocurre, al menos que se sepa, y no está demostrado científicamente, ni ha salido en el Muy Interesante… Entonces, ¿qué coño pasa para que la conciliación laboral sea el nuevo timo de la estampita de nuestra era?

(Suspiro prolongado)

Pues yo lo tengo claro, lo que pasa es que cuando te dan el libro de familia con el nombre de tu criatura escrito con letra de caligrafía (que ya podían hacerlo a máquina, tanto 3D y tanta tontería…) las prioridades cambian, las empresas lo saben y, aunque están obligadas a dejarte en tu puesto, y bien que les pesa, hacen lo imposible por ayudarte a dejar paso a quien sí está dispuesto a currar hasta las once de la noche y, por supuesto, con una sonrisa en tu cara. Tú, en cambio, dejas de poner a la empresa antes que tu tiempo personal. Y para ellos dejas de ser un sujeto útil y disponible siempre que lo necesiten, algo realmente cuestionable en cualquier caso,y a cambio del mismo sueldo, pero bueno, cada uno es libre de aceptarlo o no. Que para esclavismo ya tuvimos bastante cuando hicimos las Américas…

Así que en vez de mirar tu productividad en las horas que estás en la oficina, de tener en cuenta la hora a la que llegas, o de dar facilidades para que se pueda usar el teletrabajo, ahorrándote horas en transporte en muchos casos, se tiende a contar no las horas que pasas allí, sino LAS QUE NO ESTÁS. Así me lo enseñaron a mí.

Por supuesto, no en todas partes se da este espectacular fenómeno de la naturaleza. Si eres funcionaria o tu empresa se desmarca del resto dando crédito a su personal, independientemente de su situación familiar, tienes más suerte, amiga. Muchas de las mujeres que conozco con estas condiciones en la empresa privada, y hay muchas, lo pasan francamente mal. Y descubren a las bravas, a empujones, que han sido  desplazadas, relegadas, castigadas a ejercer trabajos inferiores a sus capacidades, ignoradas y finalmente despedidas porque cumplen a rajatabla su horario, porque no se quedan a reuniones a las siete de la tarde y porque no pueden ir a trabajar un fin de semana.

No pueden o no quieren, que francamente, es lo mismo.

Personalmente, creo que es una cuestión de decisiones vitales. Y no es tanto el poder, como el querer.

Básicamente, si no tienes a nadie para que cuide por las tardes a tu hija, es muy probable que tampoco quieras que nadie cuide por las tardes a tu hija, porque prefieres verla tú crecer y estar a su lado todos los días. Por muy respetable que me parezcan las decisiones en otras direcciones, que quede claro.

Y así tras comprobar que lo que te han contado no se asemeja en casi nada a la realidad, y que a pesar de que a veces sí funciona, esto de mezclar carrera y familia se me antoja como hacer experimentos caseros en los que sueles salir escaldado. Y saco la siguiente conclusión, que espero sea de utilidad para aquellas que padecéis esta misma situación : mucho, mucho, muchísimo, tiene que cambiar la mentalidad empresarial de este país, donde se premian y se reconocen las horas extras que se pasan frente al ordenador o dando forma a la silla en vez de la productividad, la racionalización de horarios y, a fin de cuentas, que los empleados puedan equilibrar trabajo y vida personal de una forma más humana. Mucho, muchísimo tiene que cambiar la mentalidad de los que nos firman los cheques, cuando una embarazada se plantea ocultar su estado ante posibles represalias. Mucho, muchísimo tiene que cambiar la empresa española y los que las dirigen cuando a la hora de buscar trabajo, una madre con hijos pequeños a los que quiere ver algo más que para contarles el cuento de irse a dormir, se ha de plantear muy seriamente si no será más inteligente emigrar hacia mejores perspectivas…

Peeeero, como esto muchos visos no tiene de cambiar en unos meses, por lo menos, una servidora arrampla con lo que pilla, le dice adiós con la manita al sistema, y se empieza a plantear la vida de otra forma. De la mía, básicamente.

Y que sea lo que yo quiera.

19J: sigue habiendo motivos para la indignación

Este pasado fin de semana, además de torrarnos de calor y empezar a oler a vacaciones, hemos sido protagonistas de nuestra Historia y definitivamente he visto el cambio. A mi alrededor se está moviendo el aire, y no precisamente el de Levante. Oigo las mismas voces en la calle pero con nuevos mensajes, con ideas que habían estado quizás dormidas, quizás inexistentes, quizás escondidas.

El 15M, el movimiento posterior en Sol y otras grandes ciudades españolas, las asambleas de barrio semanales y la marcha del pasado 19 de junio en toda España son tan solo la “banderolas” visibles de un gran “mapa” colectivo de indignados, de gente cabreada, que se ha gestado básicamente por el  fenómeno llamado: hartos de que nos toquen las narices.

Constato con sorpresa como este fenómeno afecta a juniors y seniors por igual, a parados y empleados, a funcionarios y a pensionistas, a gente de izquierdas y dere… ummm, bueno, esto quizás menos, jejeje, aunque sería bonito, ¿verdad? Y a pesar de esto último realmente no creo que sea un fenómeno político, en serio que no, al menos no lo percibo así y sería una pena que se entendiera de esa forma, porque perdería toda su fuerza. Porque no está protestando contra un partido político en concreto, o al menos no es la idea. Y no se busca derrocar a un dictador o poner otro, como se dice por ahí. Al contrario. Es la voz de un pueblo cansado, agobiado y sin futuro más allá de las hipotecas y las pensiones que no quiere seguir bajando la cabeza ante sus pastores, como un rebaño de animales sordos, ciegos y mudos (como una reunión de desdichas y sucesos del maestro Saramago), y sin más pretensión que buscarse el alimento entre las piedras, mientras otros nos dirigen hacia donde más les conviene sin pensar en nuestro bienestar, sino en el suyo propio.

Sobre el Pacto del Euro se ha dicho mucho y muy bien. Remito desde aquí a Periodismo Humano, para mí uno de los mejores medios de información de la actualidad para formarse cada uno su propia opinión y entender que todas estas medidas propuestas desde la EU para España se anuncian como la panacea para la crisis cuando lo que van a conseguir es recortar tanto nuestros derechos (concepto global y difícilmente abarcable, así a bote pronto) como nuestros sueldos (esto jode más, ¿verdad?).

Pero en nuestra lista de delitos no solo consta el Pacto del Euro. Lamentablemente tenemos que seguir con la cantidad de causas pendientes de nuestros representantes; con la serie de escándalos de corrupción tanto de un lado como del otro (y que superan en surrealismo a cosas así, que es para llorar lo mucho que se parece a la realidad); con la lacra que nos caído con esta gentuza que se aferran a la silla y al escaño (y a los coches oficiales, que no se me olvida, no) con mucho más ahínco que el que emplean en ser honestos, y NO DIMITEN ni aún estando frente a un juez en el banquillo, ignorando el ejemplo de otros países mucho más civilizados; con los innumerables ejemplos en los que se aprueban decretos y leyes que no estaban en los programas electorales como la reforma laboral aprobada el pasado 11 de junio o varios y múltiples recortes en sanidad, enseñanza o servicios sociales en muchas comunidades autónomas, gestos que ponen de manifiesto aquello tan ordinario pero tan certero de: prometer prometer hasta meter y una vez metido olvidar lo prometido

Así que señores políticos y medios de comunicación que atacáis a los que no nos dejamos pastorear:

No somos ovejas, ni cabras, ni nada que se pueda pastorear a su antojo. Creo que es lícito que si no nos dais aquello que nos prometisteis cuando os votamos (o a la oposición, cada cual que elija), tengamos al menos el derecho a alzar la voz y a reclamar lo que elegimos como ciudadanos y en democracia. Nunca con violencia.

No somos hippies fumados con perro famélico adosado a nuestro cartón en la acera de la calle. Hay que ver lo que da de sí el término “perroflauta“, ¿verdad? Frente  al desprestigio,y la generalización absurda, cientos de miles de personas en las calles españolas tienen nombres y apellidos, son personas de las que te encuentras en el metro cada mañana, que van a su trabajo cada día, o a la cola del Inem a ver caras familiares, números de cuentas en los bancos y motivos suficientes para levantarse del sofá y salir a la calle.

No somos provocadores ni violentos por mucho que haya quien asegure que este movimiento de concienciación social es pasto y resultado de la labor de “profesionales del desorden” y de grupos minoritarios, pero desgraciadamente extraordinariamente visibles en cualquier “mani”, como el Bloque Negro, por ejemplo.

No estamos dirigidos por ningún partido político. Y aunque oiga como motivo para desacreditar todo esto que se ha cambiado el mensaje de la protesta y que ahora el “No nos representan” es efecto y resultado de la influencia izquierdista ante el bapuleo de la derecha en el 20M, tengo que decir que ese mensaje ya estaba en su día en el 11M.

Somos muchos y cada uno hacemos lo que podemos para que esto crezca y llegue a algo en concreto. No sé cuál es el destino, la verdad, si una alternativa política, si una plataforma permanente, si esto desaparecerá y se quedará en otro mayo del 68. 

Lo que sí sé es que veo a mi alrededor cosas que me gustan mucho: como gente hablando, debatiendo, en las comidas de revolución pacífica, de Islandia, de política, y como esta asamblea de barrio en la que participa muy activamente mi amiga Cristina y en la que un barrio socialmente complicadillo como es Usera se levanta para defender cosas tan apolíticas como su teatro, sus instalaciones culturales, su día a día.

Llámame ilusa. Pero esto es realmente emocionante y espero que mi hija llegue algún día a estudiarlo en los libros de Historia.

¿Qué sabes de mi país, maja?

Ahora que estamos en capilla, a una semana, tal que hoy, de coger el avión rumbo al Blogger Trip empiezo a preguntarme cuestiones tan fundamentales como: ¿qué sé yo de Israel? ¿Me responderá mi inglés para entenderme con toda esta gente? ¿Me derretiré bajo ese sol de justicia?

Y lo más importante, ¿alguna marca española está interesada en “esponsorizarnos” durante el viaje? Yo lanzo desde aquí mi propuesta, allí vamos a estar en contacto con colectivos y negocios enfocados a la infancia, educación, moda y cultura, siempre desde el punto de vista “familiar”. Así que empresarios españoles que busquéis promoción más allá de nuestras fronteras, aquí tenéis una buena opción para daros a conocer! [modo autopromo off].

Por supuesto, fabricantes de maletas, crema solar a tutiplen, sombreros, calzado cómodo y ropa ligera para esas temperaturas, también estáis invitados 🙂 [perdón, ahora sí modo autopromo off]

En cuanto a la primera pregunta, y dejando de lado temas empresariales, hoy he soñado que, recién aterrizada, nos reunía un comité de sabios en el aeropuerto y uno de ellos, con gafas y pelo canoso, me preguntaba amablemente:

¿Qué sabes de mi país? Soy de “aquín”, de Israel (en mi sueño hablaba con voz de Encarna y sus empanadillas)

Y a mí me pasaba esto….

Justo al acabarse el vídeo me desperté entre los sudores de la muerte. ¡¿Desde cuándo soy morenaza con moño y me sale ese acento melillense?!

¿Y qué sé yo de Israel? ¿Acaso no me acuerdo de todo lo que me enseñaron en las clases de religión? Años y años de horas dibujando escenas bíblicas en el cuaderno, situando en el mapa de colores dónde nació Jesús, y esas cosicas…

Pues claro que sí, se me quedó bastante bien la chapa que me dieron con la historia sagrada  y con todos sus personajes. Para algo fui alumna aplicada de sendos colegios religiosos. Algo tiene que quedar, aunque sea así residual. Así que entre los remedos de mi educación religiosa y lo que veo en las noticias cada día y he estudiado en Historia del Siglo XX,

pues sí, algo sobre Israel sé.

¿Bueno?

Pues regular, para qué nos vamos a engañar.

Como además no conozco a ningún judío (hagamos un momento de meditación y recordemos cómo tuvieron que salir por patas los sefardíes del país…), ni conocía hasta la fecha, a nadie que hubiese ido para allá, pues claro, mis referencias sobre el Israel moderno son únicamente las que veo en el telediario de las nueve y los reportajes del amigo Henrique Zimmerman para Antena 3, al que hace mucho que no veo, por cierto.

Total, casi nada.

Lo qué sí que sé ya seguro, seguro, es quienes vendrán conmigo en esta locura:

Eva Quevedo y su Blog de Madre, sin la cual no podría yo meterme en este sarao y a la cual podréis pedir responsabilidades, padre y amigos, si me pierdo por allí. Aunque tampoco muchas, porque como vamos a ir codo a codo, si me pierdo yo, ella viene conmigo 🙂

De Reino Unido vienen Jane AlexanderRosie Scribble y Sally Whittle. Además, en Tel Aviv se nos unirá otra intrépida, Susie, que como vive allí se ha apuntado al sarao muy ricamente.

Yo no sé el resto, bueno, lo intuyo, pero yo estoy de los freaking nervios, anticipando charlas, discursitos, etc. Pero sobre todo lo mucho, mucho, muchísimo que voy a echar de menos a mi criatura (y a mi santo, no me se me enoje mi amol) durante esos días.

Cuentos políticos (I): Las andanzas del consejero Echeverría

… Érase una vez, en la céntrica y solanera Comunidad de Madrid, un hidalgo llamado José Ignacio Echeverría que era por designio presidencial, consejero de Transportes de toooda esta nuestra comunidad. Este amable personaje, allá por el mes de marzo, se reunió con sus amigos y compañeros en un lugar muy bonito y decorativo llamado Asamblea y tuvo a bien deleitarnos a todos los madrileños con estas bellas palabras, conocidas a partir de entonces como “la leyenda del metrobus” (en el vídeo, el señor de pelo blanco, y  segundo que interviene en esta animada y educativa reunión):

En aquel momento, no solo nuestro buen hombre Echeverría demostró su amplio y extenso conocimiento de la materia de la cual es consejero, los transportes madrileños y el “legendario” metrobus, sino que, como se puede ver en este animado y didáctico vídeo, sus colegas y camaradas de partido (popular, para más señas y tan solo por informar), le aplaudieron a rabiar, celebrando con tales muestras de apoyo la magnífica sabiduría, esa experiencia y ese saber hacer que puso de manifiesto el señor consejero. Y es que a nuestro amable protagonista no se las daban con queso, ¡no, señor! Qué prestancia, qué elegancia sin par, qué belleza en esos gestos y ese !Pues nos vamos todos! final…

Pero no acabaron aquí las andanzas de nuestro insigne caballero, no. Porque una vez probada su sapiencia, y como premio, sin duda, por los servicios, el amigo Echeverría fue nombrado, por aclamación, Presidente de aquella, nuestra, Asamblea, donde el aguerrido y noble consejero vivió nuevas y trepidantes aventuras…

Pero esto, amiguitos, lo leeremos otro día.

Moraleja: