#VDLN: Quien canta…

…descubre que, pese a lo que parecía, cualquier día puede ser sublime.

La música nos salvará amigos.

Feliz #VDLN y cantad mucho. Aunque sea mal. Aunque sea a destiempo. Aunque sea inoportuno. Cantad y compartid música con los que queréis.

Porque la música nos ayuda a ser melodías diferentes, tocar notas que no nos atrevemos a tocar, y vivir vidas que no son las nuestras.

Cantad mucho y feliz #VDLN.


El Viernes dando la nota es un carnaval de blogs dedicado a compartir música cada viernes. Si quieres saber más, conocer las reglas, y cómo participar puedes verlo todo aquí.



Sentir y sentir mejor

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A veces desearía ser una piedra. Y no sentir. Ni bueno ni malo.

Pero no somos piedras, y tenemos que vivir. Y sentir viene en el pack. O eso o vas pedo todo el día y ni te enteras… (como la del vídeo, ojocuidao)

Eso que llaman la educación emocional, y que ahora está de moda gracias a la peli de Inside Out, resulta que no es nada banal, y como padres, y como no padres, debería estar en nuestras oraciones cada día. Porque a veces, a pesar de los años vividos, de las asignaturas que hemos aprobado con nota y de lo bien que se nos da operar a corazón abierto o el punto al revés, no estamos nada preparados para controlar el torrente de emociones que nos atraviesan en ciertos momentos. Y así, con lo talluditos que estamos y los diplomas en las paredes, nos encontramos con conflictos de lo más mundano, y de lo más grave, que se habrían evitado manejando con algo más de mano izquierda esa ira, o ese miedo infundado….

La realidad es que sabemos hacer casi de todo. Somos una generación privilegiada con todo a golpe de clic. Y lo que no lo sabemos lo estudiamos. O lo buscamos en la Wikipedia. O pagamos a alguien para que lo haga. Dentro de nada sabremos pilotar un helicóptero enchufándonos como en Matrix, ya veréis (espero que el cuero negro no se generalice igual, ains). Pero amigos, hoy por hoy, y seguro que mañana también, estamos muy poco, y muy mal educados para entender todo lo que nos pasa y por qué. Y hablo a nivel usuario, a nivel de andar por casa, sin meternos en temas científicos que se nos escapan a casi todos. De esto hay innumerable bibliografía pero mi preferido para empezar por el principio, y junto a mis hijos, es éste.

Tampoco creo que vayamos a solucionar todos nuestros problemas interpersonales porque prestemos más atención a lo que nos pica en cada momento, no seré tan necia de pensarlo. Más que nada porque siempre habrá diferentes niveles de madurez emocional. Y no siempre los comportamientos son resultado de emociones mal gestionadas, ¿o sí? No lo sé. Pero estoy firmemente convencida de que dedicarle unos minutos a pensarnos y escucharnos tiene un resultado muy, muy bueno. En muchos casos seguiremos pensando que el otro es tonto a las tres pero a lo mejor nos planteamos mejor la respuesta ante su comportamiento para evitar el conflicto, inevitable de otra forma.

A lo mejor vivir mejor es sentir mejor.

Amor de hermanos

Desde que nació, le ha empujado, tirado cojines, lanzado objetos duros y contundentes a discreción, pegado puntapies y porrazos varios.

Ha dicho que no le quería.

Ha pedido que le devolviéramos al hospital unas cuantas veces.

Nos ha recordado que ella es la primera, la mayor y que por tanto le corresponde más cariño, más besos y más chuches.

Le ha quitado los juguetes de las manos aunque no pensara jugar con ellos, tan solo porque él no los tuviera.

Se ha chivado todas las veces y más de que ha pintado en el suelo con sus pinturas.

Le ha mordido un par de veces.

Le ha despertado de las siestas.

Se ha reído de él cuando se ha caído.

Entre otras lindezas…

Pero esta mañana, me ha preguntado por qué el pequeño nos quería más a mamá y a papá que a ella.

Y luego ha pasado esto…

No creo que cambie mucho la historia de un día para otro. Pero oye, por algo se empieza…

Foto: con lágrimas en los ojos, y con la Nikon 1 J2.

Emprender con bebé a cuestas

Así todo el día...
Mucha gente me pregunta cómo me las apaño para sacar trabajo adelante con un bebé de casi nueve meses adosado en mi chepa o a cualquier otra parte de mi cuerpo durante todo el día.

Porque, para quien no lo sepa, este bebé no es una criatura, este bebé es mi sombra. Está pegado a mí las 24 horas del día, salvo ratillos en los que consigo soltar la ventosa y despegarme de él para ir a buscar a la bestia parda al cole.

Y que conste que yo encantada, oigan, que estoy disfrutando de este pequeño monstruo como una petarda, pero vamos, que el momento en el que, de repente, me doy cuenta de que, por casualidad, me veo una mano libre y vuelvo a ser bípeda, me entra el estrés frenético de mujer emancipada y empiezo a hacer miles de cosas a la vez: depilarme mientras me hago la manicura, me exfolio, leo un libro sobre horticultura y hago unas cuantas posturas del loto, la garza y no sé qué animal más de esos de relajación…

Bueno, la cosa es que vivo con un ser de nueve kilos “averrugado” a mí, más una de casi cuatro en plan rebelde semi-adolescentoide. Y como además de eso, que ya merecería una vida entera, intento trabajar y que, además, mi santo no me tire un ladrillo con una nota para poder comunicarse conmigo, al final voy haciendo malabarismos y trucos de magia para no morir en el intento.

Pero sobre todo, después de estos meses experimentando en mis carnes la conciliación más radical, y de darme contra la pared varias veces por zopenca y obstinada, he sacado las siguientes conclusiones, flojas, por supuesto, y muy mías, así que seguramente erróneas, sobre sacar adelante tu negocio con bebés a tu cargo y no morir, al menos de una manera muy dolorosa, en el intento.

– Conviértelo en parte del negocio: De hecho, si estoy en todo este  lío es para poder pasar más tiempo con el gordo y con la bestia parda. Así que, lo mejor es integrarlos en mi filosofía de trabajo, en mis reuniones, en mis eventos y en todo lo que hago. Suerte que tengo que el bebé es muy portátil, que porteo que da gusto y que mi santo me ayuda, pero oigan, también me dan mucha fatiguita, que irte al centro de Madrid a una reunión con un bebote gordo a cuestas, con lo mal que está el metro en plan de accesibilidad, ains, no les digo nada y se lo digo todo…

Al bebé le llevo a todas las reuniones y acude como un socio más. Normalmente suelo avisar de que acudo acompañada para evitar sorpresas desagradables (más que nada para que las caras no sean demasiado largas, aunque hasta ahora nunca se ha dado el caso), aunque, francamente sería mucho más fatídico acudir con un socio en pleno coma etílico, o al que le huele el aliento o un maleducado impresentable. Mi bebé es un amor (no es porque sea el mío, pero quién lo niegue que venga y me lo diga a la cara, je) y doy fe de que es mucho, muchísimo más agradable, e incluso aporta más, que muchos con los que he coincidido en reuniones de negocio.

He de decir que el momento dar el pecho en plena reunión por imposición de mi socio lactante puede ser una prueba de fuego para la negociación. Pero ¡ah! las cosas están cambiando y bueno, ¿qué tal empezar ahora?

–  Impón tú el ritmo: Aquí va una píldora de pseudo-sabiduría que sé que comparto con amigas emprendedoras y que me encantaría plasmar en lo que hago. Como mi negocio comparte mi tiempo, escaso, con mis hijos, tengo muy claro, clarísisissisimo que lo primero es lo primero. Y que las prisas son muy malas amigas. Así que combinando ambos conceptos, llegamos a la máxima que intento que prime sobre todo: a mí me va el slow business, trabajar a un ritmo pausado, dedicando el tiempo necesario a cada cosa, incluídas las criaturas adosadas y lactantes, o escribir un email sin faltas de ortografía por ir corriendo. Intenta hacer una cosa cada vez y no atiendas llamadas de teléfono de trabajo si estás en medio de una discusión con criatura.

A ver, esto es como todo, las mujeres somos muy multi-tareas y podemos cambiar un pañal mientras cerramos un acuerdo de colaboración. Pues claro que sí, y eso nos convierte en unas reinonas de las de trajes de plumas y plataformas de dos metros. Pero sí que debemos ser ahorrativas con nuestras fuerzas, dedicar las energías necesarias a cada cosa, y priorizar en qué volcamos nuestro empeño. Si estás montando una empresa, esa tarea puede absorber todo tu tiempo, más del que tienes. Y eso es incompatible en principio con un bebé, que es un “saca-cuartos” energético de lo mejorcito. Así que, ahí nos vamos al siguiente punto…

Acepta el momento, disfrútalo y sé paciente contigo misma: vamos, que lo mejor es no frustrarse porque está claro que con uno o varios niños pequeños, si queremos pasar tiempo con ellos, y además trabajar en tu propio proyecto, hay que asumir, y cuanto antes lo hagas, mucho mejor, que NO PODEMOS LLEGAR A TODO. Y punto. Fuera frustraciones, culpas y enfados porque el día no nos dé más de 24 horas, porque nos hemos olvidado del día en que tocaba disfrazar a la bestia parda o mandar ese email super, super, super, super, megaimportantedelamuerte sin el cual el mundo se va a la mierda. No señores, nada se va a la mierda si no mandamos ese email así que no nos toquen las amígdalas.

Y esto lo digo porque después de meses alternando entre el autofustigamiento, los mea culpa, los quémalamadresoy, y el no valgo para esto de emprender, llega un momento en el que te das cuenta de que lo importante, lo realmente importante es encontrar ese punto medio en el que te perdonas por tus errores y te das margen para que las cosas vayan más despacio (ya compraremos Google cuando se pueda, coñe) y para disfrutar como toca a ese ser babeante y gritón que se está comiendo tu cuaderno de apuntes a tu lado mientras escribes esta reflexión floja.

El día en que vuelves de las vacaciones…

Parece que se te acaba una vida pequeñita  y alternativa que, como una buda de pacotilla, has decidido “vivir” mientras vives, que para la reencarnación, si es que llega, ya vendrán otros tiempos…

Se me han acabado las vacaciones, que este año no son reales sino mentales, porque como ya sabréis amigos (o no), esta vez no vuelvo a ninguna oficina a fichar, ni a enseñar moreno, ni a contar mis batallitas o lo grande que está la niña. No, amigo, no.  Estas vacaciones son memorables porque han sido de las de antes. De las que tenían nuestras madres, las que no trabajaban, claro. De las de lapsus mental que empezaban con la página 1 de las Vacaciones Santillana y terminaban mientras forrabas los libros con el plástico adhesivo transparente. Sí, de esas, de mari de toda la vida. Pegada a mi criatura (¿o ha sido al revés?) con un efecto ventosa tal que ya no sé si yo soy la niña o la niña soy yo… Continue reading

Madres 2.leches

Aquí estoy, delante del ordenador, con la toalla en la cabeza y chorreando de la ducha pero tecleando febrilmente, cuando debería estar secándome el pelo y esas cosas normales que hace la gente cuando sale del baño… Y ¿qué hago? Pues me leo de pe a pa el blog de la sabia y muy inglesa Sally Whittle con este post sobre cómo afecta escribir un blog a la maternidad y me quedo con esta pregunta que cierra sus palabras:

“What do you think? Is blogging taking away from your ability to be a good parent – or adding to it?”. O lo que es lo mismo: Tú qué piensas? ¿”Bloguear” disminuye tu habilidad para ser un buen padre/buena madre, o la mejora?

Lo leo y me digo: esta mujer me ha leído el pensamiento (incluso hablando otro idioma), o lo que me queda de ellos después de unos días a jornada intensiva como madre…

Porque ahora que ambas estamos de vacaciones (voy a llamarlas así aunque las mías son obligatorias como bien sabréis)  y estoy con mi criatura de sol a sol, con ella adosada a mi chepa y michelines sin pausa ni receso (salvo la santa siesta y la noche, of course) me encuentro así de pronto y sin aviso previo con un vacío existencial en mi persona y razón de ser: ¡no tengo tiempo para escribir en mi blog! Dios, ni para actualizar mi facebook, ni para responder los emails o fisgonear en twitter, ¡para nada! Si hasta hablar por teléfono requiere de la infraestructura de manos libres para poder empujar del carro mientras hago la compra, que en el Ahorramás ya me conocen como “la loca esa que se ríe a gritos mientras espera  el turno de la pescadería”… Vamos, que yo estoy requete-entregada a mi faceta como madre, y encantada, que no digo yo que no, pero coñe, que también tengo derecho a hablar y relacionarme con alguien más que no sean la familia de los Pepes (todos los muñecos de mi pequeña tienen el mismo nombre, para simplificar, vamos), la tendera del mercado y los amigos imaginarios de mi criatura, ¿no?

Pero en estas me acuerdo de una frase de mi santo, de esas que me ha soltado medio-en-broma-medio-ya-te-lo-suelto, cuando él llega a casa al final de una de esas tardes infernales-salidas-de-Mordor en las que mi hija ha decidido poner a prueba mi paciencia semi-infinita y yo ya estoy buscando oxígeno, agarrada a lo alto de una estantería con los nervios como escarpias y con la lágrima asomando tras el rabillo del ojo, para, en cuanto él se pone a charlar con la niña, engancharme rápidamente, y sin mirar atrás, a mis redes, cual yonqui desesperada por su chute cibernético y murmurando para mí: es triste de pedir… Y en medio de mi ataque de ansiedad comunicacional, va mi santo,se acomoda en el sofá con la niña en su regazo, tan pacífica como un niño de esos de anuncios que no se mueven cuando les manosean y me dice con sorna: “uyuyuyuy, estás abandonando a tu familia…“. Y es entonces cuando llega la ambulancia a la puerta de mi casa, salen tres maromos cachas con el uniforme del samur, y me ponen las palas de esas que te meten nosecuántos vatios de potencia entre pecho y espalda… Y sí, luego, revivo…

Entonces, ¿qué pasa con el 2.0 dichoso y tanta red social (que cada día sale uno nuevo, leche) y tanto blog y tanta gente a la que conocer y tantas cosas que leer y tanta ansiedad por el saber…? ¿Nos ayuda o nos mete más presión aún? ¿Acaso soy una madre negligente cuando intento buscar un minutito para respon

der ese email que parpadea en mi cerebro? ¿Hay más madres y padres que se lanzan al ordenador como zombies a un higadito fresco cuando sus hijos cierran por fin los ojos y la boca? ¿Estoy siendo víctima del síndrome 2.leches? ¿Es esto bueno o malo?

Vosotras y vosotros, santos varones, ¿qué pensáis? ¿Somos las madres 2.leches unas adictas al wi-fi que desatendemos a nuestras familias?

Me voy, que se acabó la santa siesta…

Escalofríos de la muerte: obras en casa

Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor, y quien tenga esas tres cosas que no se meta nunca en obras…

Así es la canción, amigos, al menos en mi barrio.

Porque las obras, ya sea cambiar los azulejos del baño, echar el gotelé o renovar las cañerías, son el castigo que nos vuelve por algo medio malo que hayamos cometido, seguro. Que yo en esas cosas del karma creo mogollón. Y con cada día en los que obreros polvorientos invaden mis murallas y me empapuzan los suelos con esas huellas del 50 que no salen ni lijando las baldosas, yo estoy purgando algún pecado de grado 3 en la escala criminal.

Todas las obras tienen un mismo elemento común demoninador: la incertidumbre.Sabes cuando empiezas, pero nunca, repito, nunca, cuando acabas.

Aunque a veces ni siquiera está tan claro cuando la crisis llegará a tu vida. La primera obra que hice en casa, así a lo grande y estando ya instalada, empezó una semana antes de lo pactado (por qué? porque sí), un sábado a las nueve de la mañana, con el pijama puesto, la bata y una panza de unos cuantos meses de embarazo. En pleno desayuno relajado y festivo, se hicieron fuertes en mi casa una cuadrilla de cinco o seis hombretones de distintas procedencias y nacionalidades, que maza al hombro, se colaron en mi baño con eso de “voy a ver cómo está el techo antes de na…” y en menos que silva un canario me habían dejado el baño con vistas al cielo de Madrid (o en su defecto al suelo de mi vecino de arriba). Así, sin piedad, con mi santo y una servidora con la mandíbula hasta el suelo y jurando y perjurando que habíamos quedado con ellos la semana siguiente, para avanzar en su destrucción total por el techo del pasillo y la cocina.

Que no dí a luz allí, en ese mismo instante y lugar porque una, del susto, apretó bien las piernas mientras corría a salvar sus enseres íntimos de las manos del “Chernobyl” (nombre cariñoso con el que apodamos a este ser destructor, de palillo entre las muelas y sobaco pendenciero) y sus compinches de brazos tatuados y gorra calada hasta las cejas.

Aquel fue, sin duda alguna, el peor comienzo para una obra que pudiera haberme imaginado. Pero al menos, si hay que buscarle algo positivo, no tenía más que la panza como pasajero, y podíamos emigrar dignamente, mi santo y yo, allá donde nos quisieran, sin tener que cuadrar horarios, guarderías, comidas y demás…

Que es, básicamente, lo que nos ha tocado en esta ocasión, nuestra segunda obra a lo grande. Y es que a la incertidumbre de no saber cuándo terminará esa pesadilla, al esfuerzo que supone desmontar, limpiar y volver a montar una casa y huir como forajidos durante una semana, tienes que sumar la labor de artesanía que supone sacar a la cría de su casa, de la guardería y de su rutina durante todo ese tiempo.

Que si lo piensas bien y con tiempo, no lo haces. Ni loca.

Porque después de cinco días en entorno abueril (dando gracias desde aquí al acogimiento político), la niña está colgada de las cortinas, gritando que no a todo lo que no sea chocolate y contestando solo si es su abuelo el que la llama. A mí es que ni me mira, y toda mi autoridad se ha visto reducida a esa figura borrosa que la lleva a dormir por las noches, la regaña cuando hace cosas mal y no le deja jugar a la pelota en el salón con las figuritas de Lladró de la suegra. Ideal, vamos. Dos años de condicionamiento a lo Pavlov echados a la basura en menos de una semana… (es broma, eh? que yo a mi hija si la educo-condiciono ya es siguiendo alguna escuela mucho más actual tipo Super Nanny o cosas así).

Menos mal que somos unos inconscientes, que no tenemos cabeza (ni ahorros después del pastón que se han llevado los señores obreros) , que a la niña la volveré a meter en cintura en cuanto pise este suelo nuestro (del que no saldrá la huella del “Chernobyl” ni aunque pasen veinte años) y que después del sacrificio me va a quedar la casa, como mínimo, como los baños de la Preysler, que si no…

Con un Kindle bajo el brazo

Los tiempos cambian, amigos. Ahora, a los niños se les pone el CD de Mozart desde el estado fetal, el Ratoncito Pérez ya se puede ver en 3D y los Reyes Magos son una App del iPhone. Todo cambia.

Por eso, ahora en vez de con un pan bajo el brazo, mi niña vino con un kindle blanquito, reluciente y con su funda acolchada, of course.
Los primeros meses, leer lo que se dice leer así de seguido y prestando atención, poco. Si acaso, a San Carlos González y su libro sobre lactancia materna Un regalo para toda la vida y a Rosa Jové con Dormir sin lágrimas para enfrentarme con éxito a mis dos principales obsesiones maternales: el pecho y sus cosas, y dormir a Julia sin llorar sin hacerle el Estivill.

Ambas etapas pasaron con bastante éxito y entonces mi cerebro comenzó a despejarse de esa bruma espesa que te invade con el puerperio (sí, debe ser cosa de la naturaleza, porque no ves más que a tu niño entre la niebla). Y entonces poco a poco, como cuando vas saliendo de la resaca de vino malo, mi mente empezó a reclamarme contenido intelectual en el que no solo apareciesen las palabras: bebé, niño, crianza, colecho, pecho, leche, cacas, pañales, y trillones de sinónimos de este palo.

Así que ahí hizo aparición el maravilloso, el ínclito, mi adorado Kindle. Gracias a esta linda (y frágil, como he podido descubrir) criatura, mi vida cambió:

Dentro de casa: mientras le daba el pecho a Julia podía leer sin tener que moverme para pasar página, ni tener agujetas por sujetar un libro de un quintal con una sola mano; y mientras me secaba el pelo, en uno de esos escasos y preciados momentos para mí, podía apoyarlo gentilmente sobre la balda del espejo Ikea (ese espejo que mi padre decía cuando lo compre que parecía un ataúd para niños, humor de abuelo…) para poder secarme el pelo mientras leía plácidamente sin que se abriese o se pasase de página con el aire…

Además, yo no porque duermo demasiado, pero sé de quién lee por las noches con la lucecica de la nueva funda y se está sacando la carrera de Humanidades con matrícula de honor con los apuntes en el kindle mientras su niña de 6 meses duerme por las noches. Una campeona, por cierto, a la que este aparato también le ha dado un respiro intelectual y que está compatibilizando la lactancia materna con la filosofía existencialista y las obras de Goethe. Un 10 de mujer y mi hermana, por cierto.

Fuera de casa: tras incorporarme al trabajo, en ese momento en el que te reincorporas, dolorosamente, a la vida normal, te dices: bueno, al menos podré leer de camino al curro, ya que en casa me quedo dormida de pie en cuanto dan las ocho de la tarde (noche para mí). Pero claro, vas a trabajar con la comida, con el bolso maternal ese que te aparece en el armario por arte de magia y que pesa trescientos kilos, como poco, cargado de chupetes, toallitas, tres pañales y una galleta sin gluten hecha miguitas esparcida por el forro. A todo eso, súmale el libraco de turno, que cada vez los hacen más grandes y más pesados. Así que, cuando el kindle apareció en mi vida eliminamos un elemento de peso de mis viajes de “commuter” y mi espalda me lo sigue agradeciendo a día de hoy.

Además, si viajáis en metro conoceréis como yo esa experiencia devastadora para el amor hacia tu especie: los apelotonamientos mañaneros. Esos en los que se sobrepasan los límites posibles del espacio y del tiempo entre tú y tus congéneres, esos en los que analizas por milímetros la grasa del pelo de la señora que te está metiendo la cabeza entre el sobaco y el pecho, esos en los que respiras más sustancias tóxicas y desagradablemente humanas que cualquier trabajador de vertedero regional, esos en los que sale lo peor de la condición semi-humana y las ojeras, los pisotones y las sobaqueras humeantes solo pueden verse atenuadas por una buena y placentera lectura en escorzo, con una sola mano y con la cabeza grasienta de esa señora integrada dentro de tu cuerpo.

Mi kindle es, en esos momentos, un oasis de placer en medio de un desierto solo apto para amebas sin olfato…

Adoro los libros. Todos. Creo que, durante mi corta vida, me he gastado en libros el presupuesto de Andorra en publicidad de toda una década. Y siempre defenderé el libro en su soporte tradicional, no creo que vaya a desaparecer.

Pero la verdad es que con la llegada de mi hija, y la complicación en cuanto a tiempo y espacio en mi casa, la entrada en mi casa del Kindle (en sus tres ediciones, porque insisto, el kindle es condenadamente frágil y no debéis, NO DEBÉIS, meterlo dentro de una sillita antes de plegarla con él dentro, ni tampoco dejéis que se caiga en las escaleras del metro ni aunque las muy perras casi se lleven tu falda nueva por el camino… y no digo más porque todo lo demás lo diré delante de mi abogada Spi) ha sido muuucho mejor que cualquier pan que pudiese traer mi bendita criatura.