Estamos todos muy tontos

Tampoco hay que ser muy avispado para darse cuenta del estado de atontamiento supino, superficialidad y borreguismo del que hacemos gala en este, nuestro país. No hay que ser muy listaco, ni ser Pérez Reverte, ni tan siquiera estudiar un máster en opinología de tertulianos de esos que tanto abundan por estos lares. Basta con echar un ojo a la prensa, o a la tele, o escuchar la radio. Pero hay momentos puntuales, ocasiones célebres, en los que estos niveles de surrealismo a los que ya estamos acostumbrados superan con mucho los límites de la realidad. Continue reading

De purgatorios y almorranas

Hace tiempo nos mintieron, amigos. Nos dijeron que el purgatorio, ese estado en el que expiamos nuestras acciones impías antes de ir al cielo (o al infierno en el peor de los casos), era algo relacionado con la religión, con los pecadillos en vida pero, sobre todo, bastante relacionado con morirte. Picharla. Irse para el otro mundo. Pasar a mejor vida. Descansar eternamente. Criar malvas. Alimentar a los gusanos. Y muchos más que no nombraré para no perdernos en la hojarasca semántica. Continue reading

Realidad aumentada: un santo, un coche y un pecado

Yo tengo un coche, al cual aprecio lo justo para tenerlo a todo riesgo.

De segunda mano, robusto, con un maletero en el que caben todos mis zapatos en línea recta. Y muy eficaz, vamos, que arranca, y me lleva sin darme ni una tos, con su aire fresquito, su loro estéreo para poner mi musicote y su espejo retrovisor para ver a mi criatura mientras se echa un sueño. Un primor.

Pero vamos, que todo el cariño que yo le tengo al coche termina con el “cli-cli” mecánico y molón del mando al darle al “lock”. Lo cierro, casi siempre, me piro y me olvido. Y ya está. Que no le hablo (por ahora) ni él me habla a mí (eso espero que no me pase nunca), ni lo siento proyección de mi ser, así que, en resumidas cuentas, mi relación con mi coche es espectacular…

Reflexión del momento: A mí, conducir, ni fu ni fa, la verdad. Pero he de decir, porque así lo creo, que lo de las mujeres y el conducir-mientras-me-pinto-los-labios es un mito (igual que el muy arraigado también del conducir-mientras-me-saco-el-moco-que-me-molesta-desde-Parla que se le atribuye a muchos machos de por ahí), y una en su ignorancia conoce de buena tinta a unas cuantas mujeres que adoran ir al volante, que sienten el cosquilleo ese del “me gusta conducir”, que van con mil ojos y son mucho más prudentes que muchos locos con los que me he cruzado. Pero claro, no vamos a generalizar, ni en un caso ni en el otro, que este no es un post pro-conducción femenina (aunque pudiera parecerlo), sálveme la blogosfera de meterme yo en esos lodazales misteriosos y bastante inútiles, digámoslo así.

Lo que yo quería decir, tras esta disgresión, es que me llevo genial con mi coche. Siempre. Hasta que al finalizar la jornada, ese afortunado día en el que me lo he llevado a pasear, y ambos, él y yo, regresamos al hogar exhaustos de tanto estrés en las carreteras madrileñas (que ya hay que tener ganas de dejarse el abono transporte en casa y meterse en ese caos histriónico e histérico que es nuestra ciudad). Volvemos triunfantes, sanos y salvos cantando el “qué buenos son los padres agustinos…“, nos aposentamos en nuestra intrincada plaza de garaje, hacemos nuestras cuatro o cinco maniobras para quedar finiticados, porque yo prefiero tomármelo con tiempo y mimo, y ahí se queda él, tan contento, meneando la colita (si la tuviera) y esperando tan alegre la próxima excursión al mundo exterior rodeado de payos, hermanos, fregonetas y ferraris (contradicciones intrínsecas de mi barrio).

Pero ahhhhh ilusos, que os creeíais que aquí acababa el cuento (sin sangre, por cierto)… Pues no, ¡¡que ahora la alegría torna en tragedia!! Y ¿por qué? os diréis… (O no, pero yo os ayudo). Pues porque aquí entra en escena ¡mi santo!, el protagonista de esta pequeña tragicomedia en dos actos. Y el cual, casualmente, llega al mismo tiempo que nosotros, y recién despositado en el suelo por su megacochedesolterodetrespuertasynomelotoquesquemelorayas  y como olisqueando el aire en torno al coche, se aproxima a nuestro humilde “familiar” y sin ni siquiera mirarlo, cual trol del Señor de los Anillos a la caza de un hobbit gay cualquiera, me dice con un tono altamente cargado de reproche (y tan familiar como si fuera la vez número ciento veinte que me lo suelta): “pero bueno, ¡ya le has dado otro golpe…!“.

Y yo miro a mi coche. Y mi coche me mira a mí. Nos miramos. Uno al otro. Sin apenas entenderlo. La tensión se masca como un chicle ladrillo de esos que duraban años. Y mi mente va a mil por hora, repasando uno a uno todos nuestros movimientos del día… ¿Por qué me dice esto, así sin ni siquiera echarle un ojo al vehículo? ¿Es que lo huele? ¿Es que me ha puesto una cámara y me observa tomando notas en su cuaderno amarillo? No puede ser, se habrá equivocado, seguro… Se va a enterar, acusándome a mí de darle al coche cuando lo he tratado genial, vamos…

Y ahí me debato en mis oscuros pensamientos de emboscadas y persecuciones hasta que, inmersa en  cavilaciones auto-exculpatorias, recuerdo, entre la bruma o los calores de una tarde veraniega, más bien sudores, ese pequeño roce, apenas caricia amorosa y sensual, que experimentó el amigo coche, al entrar, con mucho esfuerzo y algún que otro empujón con tocamientos en el ladino ascensor del garaje. ¡Malo que es él que cierra las puertas justo cuando estoy en pleno proceso de inmersión! Que eso es tan malo como entrarle a alguien, ponerle a punto de caramelo, y cuando está la cosa en curso, dejarle con las ganas puestas y las puertas cerradas!  Así, entre terribles y dolorosas sospechas, le miro el trasero a mi respectivo, al santo no, al otro, con incredulidad y con cara de inocente compungida y condenada sin razón. Y lo vuelvo a mirar. Y ahí está.

El pecado…

¡Ups!

 

Realidad aumentada: cinco minutos

5 minutos (de una a otra)

– ¡Hola mari! Hija, cuánto tiempo, ¿cuánto hace? Dos días ¿no?

– Ay, hija, es que llevamos un ritmo que no llego, no llego… Al pequeño lo tengo con fiebre en casa y sin nadie que me lo cuide así que permiso en el trabajo por tres días seguidos, que ya ni me voy a atrever a mirar a mi jefe a los ojos cuando vuelva; a la mayor me la han castigado en el cole por haberse comido los plastidecores de su compañero de mesa y la tengo que llevar todas las tardes para que haga sus trabajos a la comunidad escolar, y como no tengo quien se quede con el pequeño pues estoy concertando citas con el cole para poder llevarla el mes que viene, martes y jueves, que es cuando yo puedo porque mi suegra se queda con el niño, de aquí hasta el 2015 . Y de mi marido ni te cuento, que es que ni le veo, hija, que nos comunicamos por mensajes, y me llega todos los días a las doce de la noche, muerto de sueño… ni hablamos ni nada, nos sentamos ahí los dos en el sofá, nos pasamos el cigarro a medias, la cerveza del Lidl y nos vamos a dormir hasta las seis de la mañana, vamos como para ponernos a nada, ganas me quedan a mí de otra cosa que no sea planchar la oreja… Es que no llego, no llego, el día menos pensado me dice que quiere el divorcio, o que está con una de su oficina que le cuida más que yo y no le da tantos problemas, vete tú a saber… ¿Y tú? ¿Qué tal? ¿Te han pintado ya las paredes?…

5 minutos (de uno a otro)

– ¿Qué pasa, chaval? ¿Cómo estás?

– ¡¡Hombreeeee!! Bien, bien, liado como siempre. Ya sabes cómo son estas cosas, los niños, el trabajo…

– Sí, sí, ya… uy, que empieza el partido.

Fragor de fajas en la Ribera del Duero

Un día cualquiera, a punto de hacer la visita guiada a un castillo cualquiera de la Ribera del Duero, coincides, accidentalmente, con un grupo cualquiera de pensionistas segovianos en pleno apogeo vital.

Están en su mejor momento, dicen ellos muy ufanos. Y tú lo sientes, lo percibes. Lo ves claramente: esos tropenosécuántos seres en movimiento, así a lo Fraga, a los que bien podríamos considerar “gran reserva”, te van a dar la visita.

Te preparas. Tomas aire, y piensas que no va a ser tan terrible. Intentas sobornar a las chicas de la caja para que os cuelen en otra visita guiada, o yo qué sé, ir por libre, si eso… Negativa absoluta. Os toca con la cosecha del treinta. No hay escapatoria. ¿En serio el castillo éste es tan bonito? Vamos, que si es realmente necesario… Te comunican que sí, que no te puedes ir del pueblo sin pasar por el castillo. Que no, que no morirás sin haber visto veinte veces Pretty Woman en la tele y paseado por las almenas de este monumento incontestable de tu patria. Ni tú, ni los ochenta, redondeando, criaturas bondadosas pertrechados con gorras de Talleres Martín y sujetadores talla XXX + peinado laqueado con Elnett.

Se masca la tensión en el ambiente. La tensión, y algo de Cuquident Pro, por qué no decirlo todo.
Se acerca la resoluta y pizpireta guía del castillo: micrófono a lo Madonna adosado en la mejilla, y un par de rayas de Kohl bien pintadas tapándole los ojos, a lo subrayado con punta gorda y mano temblorosa. Te encanta su estilo y piensas en lo bien que se mueve entre tanto jubilado. Qué porte mientras pasa entre el grupo arremolinado en plena lucha por colarse… Qué elegancia de gacela entre los leones que la arrinconan contra el cordón de seguridad… Qué peazo de culetazo que te ha metido la señora Merche para hacerse paso, literalmente, por encima tuyo.

La guía, a la que puedes llamar, por ejemplo, Vanessa, da el pistoletazo de salida metafórico y, como si al final de las escaleras regalasen platos de paella o cualquier cosa, sabe dios qué importará eso, la masa ingente de Manolos, Merches y, por añadidura, todos los que vais engullidos dentro (visualizas incluso un par de niños, pobres), avanzáis, a duras penas, intentando subir los gigantes escalones para llegar a conquistar la cima.

Entre el fragor de las fajas y los forros de las faldas, ocho horas después en un recorrido de cinco minutos, llegáis todos hasta las almenas. ¡Oh, qué vista! ¡Oh, qué airecito! ¡Oh, que putas escaleras, que no están hechas para piernas tan cortas!
La voz eléctrica de Vanessa, desde su dispositivo estéreo te saca del ensimismamiento: “Señor, señor, salga usted de esa pasarela. No se me dispersen, no me anden por fuera de las barandillas. A su derecha, el río…”.

Pasáis a una sala. Hace un frío del carajo. Alguno de los señores Manolos ya se ha escapado reptando hacia la salida. “Abandona uno de mi grupo”, le dice Vanessa a algún compinche por el dispositivo. Te suena a mensaje cifrado: “Lo tienes a tiro, número 1. Liquídalo sin dejar rastro”. Comentas la jugada con tu entorno. Te sientes muy malvada. Mejora la visita.

Vanessa vuelve a actuar con diligencia: “Subimos a la torre. Sesenta y seis escalones. Quien no se sienta preparado, que se quede aquí sentado”. Otro mensaje cifrado, sin duda: “Arriba llevo a unos veinte, número 2. Los tienes a todos a huevo. Apunta a las medallas de oro”.

Sesenta y seis escalones después y un par de paradas de la Merche para reírse del Antonio, que ha perdido las gafas y se desorienta colándose en las letrinas, la Pepi, que ha superado la subida empinada con nota (gracias al empuje de ese sostén en punta a lo cohete propulsado) interrumpe a Vanessa saludando a pleno pulmón a los que se han acobardado y que os esperan abajo. Vanessa tiene un tic en el ojo izquierdo. La raya de Kohl disimula, pero tú te has fijado. Hace una calor que a más de una ya le están chorreando las cremas de baba de caracol.

Tras reprender a la Puri, en el camino de bajada, y casi un lustro después, os cruzáis con otro grupo. Su guía, Tamara, ataca a tu Vanessa: parte de los vuestros se han escapado, andador mediante, y vagan desperdigados por las estancias del castillo, quizás buscando el retrete, quizás huyendo hacia un futuro mejor, alejados de viajes en grupo y los gritos a pulmón partido de la Merche…. Te solidarizas. Hasta que notas un bastón hincándose en tus costillas. “Coñe, hija, pasa ya, ¡que me está dando toa la solera!”

Ya visualizas la salida. La visita de rigor no hubiera estado mal si la hubieras podido hacer en diez minutos. Pero has perdido la noción del tiempo y todo te parece ya una mierda. Adelantas sin mirar atrás. Solo piensas en la puerta. La Merche te pisa los talones. Tú le llevas ventaja, aunque el poder traccionador de sus pantorrillas amenaza con darte caza. Oyes el fris fris de sus enaguas tras tu espalda. Pero oh, intervención divina o humana, sus caderas se han quedado apretujadas entre el hueco de la escalera. Y ni patrás ni palante. Que no avanza. Es la imagen del desaliento. Sus compañeros se abalanzan, con el ímpetu de quinceañeros, sobre esa Merche aprisionada. Vanessa lo celebra. En silencio. Desde la retaguardia. Ese hueco siempre cumple su función.
Parece que se ha hecho justicia.

Abandonas el castillo mareada. “Salgamos de aquí cagando leches”, te oyes a ti misma entre el bullicio pensionil, así como en la lejanía.

Realidad aumentada a las 20.30 h.

No sé ustedes, pero yo el sofá lo levanto muy de cuando en cuando. Pesa mucho, ¿saben? Pero las 20.30 es una hora propicia para arriesgar el espinazo, explorar otros mundos y las profundidades de mi hogar, vamos.

Hoy, regocijo y alboroto, mi santo y yo nos hemos aventurado hacia lo desconocido y hete aquí que nos hemos econtrado lo siguiente en la incursión a los bajos fondos del sofá familiar:

Cuatro huevos de mentirijilla, de los del carrito de la compra que le trajeron SSMM a la pequeña. Yo los daba por perdidos hace meses. Perdidos, o refugiados con pasaporte de ídem en el mismo sitio en el que se expatrian los calcetines diminutos que desaparecen en la lavadora así como los imanes chuperreteados y mordisqueados del libro del circo, que han huido despavoridos ante el afán salivador y succionador de mi hija.

Una bandeja para los cubiertos de mentirijilla de la cocina de mentirijilla que le regalaron hace tiempo. Esta bandeja es una lista, que ya me la conozco yo, y aprovecha cada rendija posible para salir por piernas, ummm, por patitas, del ya mencionado afán salivador, y más aún del de lanzadora de jabalina en ciernes que detecto en ella últimamente. Yo, como buena y alentadora progenitora, cada vez que la veo practicando sus dotes deportivas le corto de raíz sus pretensiones deportivas y ya de paso le amenazo con expulsar de la familia a Pepe, su muñeco y confidente (de hecho, el único que la entiende). Y funciona, a medias. Porque tirarlo no lo tira;  sólo lo desliza por debajo del sofá.

Un par de cuchillitos de mentirijilla, como podrán imaginar, de la cocina de mentirijilla arriba citada. Este electrodoméstico no nos gasta nada de luz, es AAA y ocupa lo mismo que el carrito de la compra de mentirijilla, así que el mal menor es que todos sus complementos acaban desparramados por el suelo, debajo de la cama, de la cuna, del sofá, del cambiador, de la nevera, y eventualmente, dentro del retrete.

Una mandarina de mentirijilla. Ah, no, esperen, que es de verdad. Pero debe ser, como poco, del “Creotázico” o similar. Es un fruto fosilizado y hasta puedo ver a través de su cáscara, en otro tiempo fresca y lozana, y ahora acartonada cual rostro de alguna duquesa de hablar difuso, un mosquito atrapado en su gota de ámbar. Sí, Frutassic Park en mi salón, salto de gozo. No sé si tirar este despojo, mandarlo al Arqueológico y que me dediquen una placa o algo, o añadirlo al carrito de la compra de mentirijilla, que ya tiene 6 huevos, 1 trozo de queso (camembert por la pinta), 1 pollo de corral (por el color vamos, no porque lo diga él), un par de salchichas de Frankfurt, un pan (negro como el que comía la abuelita de Pedro y que ahora está muy de moda, lo que cambian los tiempos…) y un montón de cajas de cartón que imitan cosas típicas de todo buen armario doméstico de hoy en día y que desde su primer día en manos de mi fiera están a un paso de completar el ciclo de reciclaje y convertirse en compost.

He de decir que tras esta complicada operación de rescate casi me quedo sin santo en la complicada operación de bajar de nuevo el sofá al suelo. El pobre casi sufre amputación severa de un dedo del pie. ¿Cómo? ¿Del pie entero? Bueno, él dice que del pie entero. Sea.

La selección musical se la dedico con cariño a la mandarina. Que sabe dios cómo acabo debajo de mi sofá siglos atrás. Descanse en paz, querido cítrico.

Knock, Knock

– ¿Si?

– Buenos días, ¿la señora Robinson ?

– Mmm, sí…

– Le traigo su carcinoma microcítico pulmonar.

– …

– Su cáncer.

– ¡!

– He venido para tomar medidas y para ir adelantando el papeleo, señora. Que es que luego se me juntan los clientes, y prefiero ir sacando el trabajo cuando tengo un hueco libre… Además, el suyo es de los urgentes, ¿ve? Lo tengo en rojo de tipo III y mi jefe ya me está metiendo prisa, que se me están acumulando los III y los IV y lo mismo no me puedo ir de Semana Santa…

– Mmm, yo creo que se ha equivocado… No tengo antecedentes, no fumo, hago deporte, soy vegetariana…

– Señora, señora, que yo soy un mandao… A mí me han dado el aviso, ¿ve? Aquí tengo su nombre, su dirección y la entrega que tengo que hacer. A mí me pone la firmita, le cuento lo de los bonos del cisplatino y a otra cosa, mariposa.

– Pero, esto no tiene sentido…

– Señora, señora, por favor, no se me ponga existencialista, que si nos metemos en profundidades no termino en toda la mañana. Me va rellenando estos papeles con sus datos: éste rosa es la cesión de sus próximos meses en exclusiva; el azul es el consentimiento de la pérdida total de independencia, voy a necesitar también la firma de sus familiares más cercanos; el amarillo, otro consentimiento sobre los posible efectos secundarios de todo lo que viene siendo el proceso, no nos hacemos responsables, y es interesante que se lo lea, para evitar sorpresas de última hora y que luego se nos queje, no sería la primera…; y este último, el gris, es el de los bonos de las sesiones de cisplatino o carboplatino. Yo le recomiendo que elija el bono de 20, le va a salir mejor y si escoge ese le regalamos una sesión gratuita, cortesía de la casa.

Bueno, me va completando los papelitos con letra clarita, y en mayúsculas, que yo voy al camión a por la herramienta y vuelvo ya mismo. No, no hace falta que cierre la puerta.

Realidad aumentada a las 8.30 a.m

Una mujer se choca conmigo mientras se esconde tras sus enormes gafas de concha. Avanza parapetada en un abrigo de colores chillones, imitación de Desigual, que está muy de moda últimamente, y en su mirada se podrían atisbar lo menos cinco o seis pensamientos homicidas. O eso parece. Podría ser fácilmente que hoy tiene que presentar ese documento absurdo que le encasquetaron por pringada el otro día, mientras su compañera de mesa, la muy lista, se iba de rositas a tomar cañas con el jefe. La muy p…resumida… Podría ser además, que encima del marrón del powerpoint, después del trabajo tiene cita con el ginecólogo. La segunda cosa que menos le gusta en el mundo, después de limpiar los posos del café de una cafetera de fuego. Vamos, que tiene el día como para que le toquen las castañuelas.

La dejo pasar con respeto y comprensión, no vaya a despertar la ira que se ha levantado con ella a las seis y media de la mañana. Si eso, que lo pague con su compañera, la maja. Que se va a quedar de un relajado…

Dejo a mi izquierda, sentada en uno de los bancos metálicos, a una señora entrada en añitos, que intenta encontrar la posición óptima para hacerse la manicura francesa, mientras el culo se le resbala hacia el suelo por el efecto “incomodador” del banco (me juego mi flamante nuevo reloj, regalo de mi Santo, de que los hacen así aposta), el bolso le cuelga peligrosamente de una rodilla y un mechón de pelo rizado y espeso le está obstaculizando la visión del ojo derecho. Entre tanto trajín, el compañero de banco la mira de reojillo, así sin mover la cabeza y con el Marca abierto sobre el maletín de piel, como si le prestara atención a la última de Mou. Está, el buen hombre, sin embargo, siguiendo los aspavientos desesperados de su vecina, admirado a la vez por su capacidad resolutiva ante tanta inconveniencia y extasiado por el perfume embriagador del pintauñas blanco. A él le encanta ese olor, y cada vez que su esposa se pinta las uñas, con los pies levantados encima del reposabrazos y una especie de instrumento de tortura entre los dedos de sus pies, él se queda quieto junto a ella, calladito para no molestarla en su tarea, deleitándose en cada bocanada química como quien degusta con el olfato un bizcocho recién horneado.

Les dejo, no sin sonreírme por el resultado casi perfecto de esa manicura improvisada entre tanta dificultad externa. “Esa tía sabe lo que se hace, y no como yo, que ni deteniendo el tiempo como el japonés de Héroes soy capaz de dejarme las manos algo parecido a decentes…”. Corto el pensamiento al llegar a la escalera mecánica, hoy no tengo ganas de tonificar mis glúteos. Mañana.

Noto un empujón en mi mochila. El personaje situado a mi espalda quiere subir por encima mío, lo noto. Me giro, con delicadeza y pausadamente, que jode más, para explicarle con calma la dificultad físico-espacial de que me atraviese sin más (recordando de nuevo a un personaje de Héroes, el negro aquel flojito casado con la rubia de personalidades múltiples… ¡cuánto daño hacen las series en mi cerebro!).  Y estoy a punto de decirle cuatro o cinco cosas a aquel descastado que se ha atrevido a subirse a mi chepa.

Pero, viéndole el careto de triste que me lleva el pobre señor, se me quitan las ganas de reprobarle. Bastante tiene ya el amigo con llevar con entereza esa presencia de ánimo tan deprimente, esas ojeras que van gritando al mundo ¡soy muy desgraciado!… No seré yo quien aumente su carga. Paso.

Y saliendo a la calle, y ajustándose mis pupilas de nuevo a la luz natural y acogedora de estas horas de la mañana, recuerdo que hoy es el Día Internacional de la Mujer. Pues bien, felicidades a todas las premiadas.