De purgatorios y almorranas

Hace tiempo nos mintieron, amigos. Nos dijeron que el purgatorio, ese estado en el que expiamos nuestras acciones impías antes de ir al cielo (o al infierno en el peor de los casos), era algo relacionado con la religión, con los pecadillos en vida pero, sobre todo, bastante relacionado con morirte. Picharla. Irse para el otro mundo. Pasar a mejor vida. Descansar eternamente. Criar malvas. Alimentar a los gusanos. Y muchos más que no nombraré para no perdernos en la hojarasca semántica.

Pues yo he descubierto recientemente que de morirte nada, monada. Que el purgatorio está aquí en vida, y no es precisamente un concierto de Justin Bieber (jeje, perdón, es que tenía muchas ganas de meterme con el pobrecico). No, tampoco es un viaje de seis horas en coche escuchando a los Cantajuego con la vejiga a punto de explotar y sin ninguna estación de servicio a la vista, aunque se podría asemejar mucho, de hecho.

No. Una humilde servidora ha encontrado, por una “afortunada” casualidad, el paradero exacto de tal estado gaseoso, mental y en cualquier caso, doloroso: ¡las oficinas del INEM!

Ahí le has dado. Si no habéis estado nunca, enhorabuena. O no,  nunca se sabe, hay a quien le pone eso de sufrir. Pero si ya habéis vivido como yo esta experiencia, convendréis conmigo en que, realmente, esas pequeñas y atestadas oficinas son la antesala al infierno.

Ya desde que te vas acercando por la calle (esa callejuela al lado de tu casa que no sabías ni que existía allá por los tiempos en que tenías un contrato indefinido), con tu carpeta de cartón y gomilla raída de los chinos, y con las manos todas sudadas por el miedo a lo desconocido, empiezas a percibir ese tufillo a sitio porculero que se respira inevitablemente allá donde haya 1) mucha gente esperando, 2) mucha gente cabreada, 3) mucha gente con prisa y 4) mucha gente sin trabajo. Y sí, lo tenemos todo, ¡vamos para bingo!

Y una vez dentro, tras confesarte pañuelo en mano con el bedel y darle debida cuenta de tu pecado correspondiente (¿el mío? umm, estoy intentando averiguarlo…), coges tu numerito y esperas tu turno, entre resignada y asustada, mientras observas al resto de los desdichados, que, como tú, esperan su penitencia.

Cada cual con su tema. Hay autónomos agobiados con un maletín repleto de papelotes que entran resoplando mientras gritan a noséquién por el móvil (tarifa autónomos, claro). Esos tardan poco. Les ventilan enseguida y les sueltan al mundo exterior para que no se les ocurra encima pedir factura por las torturas prestados.

Hay un montón de mujeres, jóvenes, maduras, mayores, de todo tipo y condición. Ex-cajeras del Día que, mientras cogen el número en la puerta, ya están quedando para ir al Fabrik ese jueves con la Patri, la Yoli y la Nuri. Señoras con el carrito de la compra (y la compra dentro) que van acompañadas del marido, en zapatillas, y que tienen cara de angustia (también puede ser de acumulación de gases) porque les faltan más de 20 números y tiene las lentejas puestas y su marido no sabe ni quitarlas del fuego así que para qué va a mandarle pa casa si es un inútil, el pobre. Y las más dolientes, sin duda, las que van con las criaturas. Las madres recientes, que no han encontrado a quién endosarle el bebé mientras van a purgar sus pecados (bufff, ¿usted tenía baja maternal? menudo lío ahora…), han de evitar que grite/llore/vomite/moleste para que los ánimos, ya de por sí algo encendidos, no se alteren aún más. No vaya a ser que encima, con los lloros desgarrados del pequeño no vayamos a enterarnos nadie de los nombres que va gritando ese hombre tan majo de la mesa, que a lo San Pedro del Infierno, va repartiendo papeletas a diestro y siniestro, pero al cual podían ponerle una pantallita o algo. Vamos, para que no se pierdan las almas y se queden sin fichar, digo yo.

También hay gente muy normal. Gente que iba por la vida tan feliz, inocentes corderillos, sin pensar si quiera que un día cualquiera ¡zas! al infiern… digo, al paro que vas. Y hala, todos a esperar nuestro numerito, repasando el facebook en el móvil y pensando en qué le vas a decir a ese funcionario de mirada distraída que aporrea el ordenador con violencia, y que sí, seguro que te va a tocar a ti. Porque ¿qué se le dice a alguien en estas primeras ocasiones? “Hola, vengo a apuntarme a los cuatro millones de desempleados que está asfixiando este país…”, “perdóneme, no lo hice a posta, fue mi jefe, lo prometo!” o “si encuentro trabajo pronto, ¿me devolverán la categoría social de ciudadana de primera? y la autoestima, señor funcionario majo ¿también me la devolverán?”

En el purgatorio que visité hace poco hay de todo. Pero lo que todos tienen en común, amigos, además de un profundo bajón existencial altamente contagioso, es una marcada mueca muy como de incomodidad, como de tener las bragas/calzoncillos/tangas pero que muy bien incrustadas en salva sea la parte.

Sí, eso es lo que notas nada más entrar en la oficina del INEM. Y de ahí mi terrible descubrimiento.  “En una de estas, se me sale la almorrana y no habrá hemoal que me salve…“.

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15 thoughts on “De purgatorios y almorranas

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. Hoy andaba yo un poco flojo y necesitaba algún estímulo para levantar el ánimo…

    Si hay algo que me deprimió de la oficina del INEM eran esas caras de gente entregada, esperando sin esperanza que ocurra algo que no depende de ellos. Pero esas caras también las he visto en oficinas y agencias, a gente con empleo, con empleo pero sin ilusiones y probablemente sin futuro.

    Pero estoy convencido, querida amiga, que tú no eres de las que gasta esa actitud, que vas a coger la sartén por el mango, el toro por los güevos, y que vas a sacar de esto algo positivo.

    Un consejo: sella el PARO por Internet y no vuelvas al purgatorio.

    1. Sí, como bien dices, la almorrana existencial también se da en otros paisajes, es triste pero es así. Aunque tengamos días tontones, no vamos a dejar que nos pueda esa tira del tanga, no, tienes mucha razón 🙂
      Muchas gracias por tu consejo, lo pienso cumplir a golpe de ratón y certificado digital!

  3. Que no, mujer! Que eso en cuanto vas 10 o 12 veces se te pasa ya y vas por allí como quien entra en Cheers (el auténtico, no el de Resines).
    ¿No te has fijado en esa extraña gente que pasa por la oficina muy tranqui y sonriendo a los chiquillos de las pobres madres recientes, que no han encontrado a quién endosarle el bebé? Esos a los que la angustia no les aparece en el careto al entrar. Esos que salen a fumar y entran justo cuando quedan 2 números para que les toque (¿cómo lo calculan? misterio). Son los “parados habituales”, que no son los de larga duración, no. Sino los que por hache o por be se han tenido que enfrentar repetidas veces a “la operación INEM”.

    ¿No los has visto? ¿¿No hay nadie así?? ¿¿¿SOY YO EL ÚNICO???

    Igual me tomo lo del INEM con demasiada frivolidad, pero es que ya no me impresiona. Han sido 4 o 5 veces las que me he transformado en Demandante de Empleo, he preguntado todo lo preguntable, me he equivocado tantas veces como permiten allí, y hasta he utilizado el comodín del público.
    Porque en cada ocasión no han sido menos de 3 visitas las que he tenido que hacer para informarme/gestionar/suplicar, así que multiplica… No te lo deseo, pero también es cierto que ayuda “conocer la selva” cuando toca ir por allí. Te sientes un poco Tarzán en medio de tanto explorador acojonado. 😛

    1. Jajajajaja, me alegra ver tu capacidad de adaptación al medio. Y lo entiendo. Es que yo sólo he ido un par de veces, y la prime fue muuuuuuuy deprimente, me tocó un funcionario que parece Ramón el de Pitis, el del programa de callejeros… y el surrealismo me llegó al alma.
      Pero tienes razón, que a todo se acostumbra uno.
      Eso sí, a sellar no voy. Que para eso soy 2.0.
      Un abrazo barbas!!

  4. Bar, en realidad, es el diminutivo que le ha salido del mondongo al ordenador ponerle al pobre Barbas… 😀

  5. Yo pensaba que estas escenas sólo se daban en España y cuando tuve que ir al INEM austríaco me di cuenta de que en todas partes cuecen habas. Eso sí, después de ataques de pánico y lloreras varias, conseguí un currele… una porquería en donde me timaban, pero por algo se tiene que empezar, ¿no? ¡nunca más he vuelto a ir! Ahora que mi alemán es un poquito mejor, a lo mejor me paso, a ver si entiendo a la tipa de recepción del acento alpino cerrado 🙂 Por cierto, ¿ahora se puede sellar por internet? oyes, que moden-nos 😉

    1. jejeje, me has recordado los trámites que hice en Alemania, donde además del momento burocrático, ya de por sí fastidioso, tenemos el elemento idiomático que impone mogollón, jejejeje…
      Sí, ha llegado internet a salvarnos del purgatorio… la nueva religión?
      Un abrazo!

    1. Qué te voy a decir… ayer me dijeron que habían estado en una oficina y no había sido para tanto… Personalmente creo que la procesión va por dentro, y si vas animado, pues como si vas a hacerte un tacto rectal… Pero joder, jode.
      Ánimo amiga gabacha, tú puedes!!

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