Palos en nuestra espalda

25 septiembre. Imagen de SERGIO PÉREZ (REUTERS), El País

Hoy nos levantamos observando una vez más, como si de la enésima emisión de Los Simpsons en Halloween se tratara, escenas de violencia entre los antidisturbios y los manifestantes frente al Congreso, que no difieren tanto de las matanzas en Siria, esas que contemplamos horrorizados como comportamiento de «salvajes incivilizados»…

Es realmente descorazonador que, en un país medianamente escolarizado, nuestras autoridades, esos a los que me duele reconocer que pagamos el sueldo y que se hinchan cual globo de feria al proclamarse «voz y representantes del pueblo» se encierren tras cuatro paredes, por muy históricas que éstas sean, para defenderse de la ira acumulada  y recocida de aquellos a los que supuestamente representan. Supuestamente porque con este sistema electoral que sufrimos cada 4 años y las listas cerradas que nos impone la comandita de amigos que se reparte el país, seguimos viviendo como si de latifundios se tratara, o de reinos medievales, donde aunque tengamos el escudo democrático por bandera, las tierras (votos, alcaldías o incluso comunidades históricas) se siguen ganando en cacerías, comidas opulentas con aguas de glaciar y estipendios en forma de trajes, relojes, casas o especias varias. Asco me dais…

Una ironía auténtica que los que se encierran tras los leones aleguen que «los de fuera», esas miles y miles de personas de toda edad y condición, atacan la democracia mientras que ellos están trabajando duro por ella. Y eso lo dicen tras una muralla de escolta, como cuando Soraya, mi amiga Sora, miraba a la cámara de televisión con esa seguridad ensayada y calculada que solo da   tener el poder en los bolsillos y aseguraba que allí estaban para trabajar por nosotros, como si aquellos de los que la defendían no quisieran precisamente eso, ¡que trabajen coño!

Y es que no se enteran. No se quieren enterar. Que lo que queremos es que se defiendan nuestros derechos, que no se profane el nombre de la democracia con cada discurso que nos escupen como a ignorantes, que no somos antisistemas ni antimierdas, que somos ciudadanos normales, con nuestras carreras, nuestras familias, nuestras declaraciones de la renta impecables cada año, nuestras cuentas del banco peladas, nuestras hipotecas, nuestras frustraciones diarias al ver cada día cómo tenemos cada vez menos seguridad, menos posibilidades de trabajar, menos recursos para garantizar a ancianos, enfermos y niños cuidados y una vida digna.

No. Está claro que no se quieren enterar. Y tienen a negros escribiéndoles discursos llenos de excusas vacías y atajos mentales para llenar los huecos de nuestras arcas con aire, como sus promesas. No nos engañan, ninguno. Ni el que está, ni el que estuvo, ni el que está enfrente, ni el de más atrás. No somos antinada, y ya nos tienen más que hartos.

Me van a perdonar la falta de humor a estas horas de la mañana, pero la verdad es que se le quitan las ganas a una de echarse un chiste sobre la chepa cuando ves como se desangra impunemente nuestro historial de derechos, como se nos maneja como ganado y como se nos apalea indiscriminadamente. Porque los palos que dieron ayer frente al Congreso nos los dan a todos, sépanlo ustedes, y aunque esta lluviosa mañana no llevemos las cicatrices en nuestras espaldas, notaremos los moratones en nuestra libertad, tranquilos.

PD: felicitar, eso sí, el año que ha cumplido Conciliación Real Ya, una iniciativa que ha surgido de, y por, la gente, los padres y madres reales que pasamos por aquí y que lucha por hacer compatible la vida laboral con la familiar… Algo que, por supuesto, queda muy lejos de esas falacias a los que los gobernantes llaman «su agenda». Enhorabuena, y sigamos adelante porque merece la pena mojarse el culo por algo bueno.

Sobreviviendo al verano

Contracturada como nunca y con más canas en mi cuenta personal vuelvo de nuevo al blog, echando cuentas y haciendo encaje de bolillos en mi agenda para encontrar horas para terminar el máster, para currar como una loca y sacar para adelante Madresfera, que va tomando forma de negocio, minutillos libres para pasar por un fisio que me devuelva la movilidad de la parte superior del tronco, sentarme en el sillón de la pelu a pesar del 21% para que me devuelvan la apariencia de mujer-hace-tiempo-presentable, llamar a unas cuantas empresas para que me devuelvan pasta por cosas que tenía que haber reclamado hace tiempo pero que no he hecho porque se me acumulan los «debos»…

Y es que éste, amigos, ha sido un verano épico. Pero épico por lo de las batallas sangrientas y los caídos en combate. Tras días extenuantes que me han puesto a prueba hasta decir basta cada noche me acostaba con la lagrimita colgando de la pestaña y marcando con la uñica una raya en la pared de la alcoba para tachar un día más, un día menos para volver, un día menos para soltar al sistema público a esta bestia parda en la que se ha convertido mi adorable hija mayor y que me ha provocado más luxaciones y contracturas en dos meses que alguna clase infructuosa de body-stretching por la que he pasado.

Así que me he convertido en un ser paliducho y ojeroso, de carácter agrio y gritón a más no poder mientras corría desaforada tras la criatura por la piscina y alrededores, con la teta fuera y un lactante-ventosa que se agarraba a mí a lo koala sin pelo, el pobre.

Y todo porque la susodicha bestia parda ha decidido que el verano, a sus tres años, era el mejor momento para eso tan traído de afianzar su personalidad frente al hermano y frente al mundo con toda clase de desmanes y comportamientos rozando la delincuencia, convirtiéndome a mí en un manual de todas las conductas maternales reprobables que la Supernanny anotaría en su libretita, con su chaquetita sobre el brazo, mirando de reojillo a la cámara como diciendo: ojo, ojo, vaya mierda de madre tenemos aquí, y que luego me explicaría con ese tono irritablemente calmado y sosegado en la mesa del salón con su mini-ordenador de chichinabo. Vamos, me encuentro yo a la tal Rocío y una de dos: o me la como con furia incontenible, o bien la pongo un piso en Serrano para que me cuide a los dos durante un día para que yo me pueda ir a un balneario con el Imserso o a vegetar a Benidorm.

Debo haberlo hecho fatal, imagino. Pero bueno, al menos hemos sobrevivido. Los tres. Y eso que el pequeño ha sufrido en sus prietas carnes toda clase de ataques en forma de lanzamiento de palas de piscina directas a su cabezón calvo, de llaves de lucha canaria con la hermana encima suya a la que te dabas la vuelta, introducción violenta de chupete por algún orificio disponible, untamiento de cremas solares e introducción violenta por algún orificio disponible, sesión de gritos de «hermanitoooooo» a 300 decibelios justo a la altura de su nariz, y meneo compulsivo y frenético de la hamaca a lo atracción de feria sin medidas de seguridad mientras el pequeño saltaba cual poseído por el demonio llorando en arameo.

Nos lo hemos pasado genial, amigos.

Pero ahora que he vuelto beso el suelo de mi calle, a mis vecinas «lolailo» en bata y pantuflas y moño a lo Winehouse que van al Ahorramás con los niños en pijama, a los toxicómanos que me saludan con su entrañable sonrisa sin dientes en la esquina, a los perracos que cagan en la puerta de mi casa y a los dueños, despistadillos ellos, que no lo recogen…

Ya estamos de vuelta. Ellos sanos y a salvo. Yo, dando gracias por el ibuprofeno.

¡Hola parásito, adiós miedo!

Hace unos días, en pleno retiro vacacional (por llamar de una forma amigable a currar desde el chiringuito) mi requeteamiga del norte, María, me comentó algo a lo que he estado dando vueltas desde entonces. Y es que, según había oído, existe un bichejo, un ente asqueroso de esos con muchas patitas y un montón de ojos en el culo (y no estoy hablando de ningún político, aunque podría, y más en estos días de sustos y malas noticias cada viernes) capaz de entrar en el cerebro y alterar eso tan común y extendido entre el ser humano: ¡la capacidad de tener miedo! Que lo mismo tiene algo que ver con actos arriesgados como saltar en paracaídas, hacer puenting con una gomilla de 5 metros, practicar la marcha atrás, comprar preferentes de Bankia o una casa en 2008. O abrir un negocio en plena crisis, fíjate…

Y no se trata de un bichejo extraterrestre a lo Alien que se te incrusta por la orejilla y anida hasta criar una familia numerosa de más de 3 criaturas y un Picasso de 7 plazas, ni una consecuencia no estudiada de sesiones continuadas de escuchar Máxima FM + todos los hits machacones perpetrados por Pitbull y sus amigos (he oído que es lo último en Guantánamo). No. Es un fenómeno tan común, tan vulgar, diría yo, y tan poco glamouroso como la toxoplasmosis: ese nombrecillo a lo ciclogénexis explosiva que viene a ser como una gripe de unos días (desde mi humilde experiencia) y que las embarazadas que no lo han sufrido temen como un poseído vomitón al agua de Lourdes y al padre Karras, además de haber convertido al jamón serrano, ese gran tesoro de, éste, nuestro país, en el objeto de deseo y salivación de muchas conciudadanas durante los nueve meses de gestación.

Fíjense ustedes por donde, quién nos iba a decir que un asqueroso micro-ser que se inserta a lo bruto, a lo okupa de Lavapies, en nuestra masa encefálica, puede que nos convierta, sin quererlo, en personillas más lanzadas que una quinceañera en pleno éxtasis «santeresiano» al ver a Mario Casas (Cachas para los amigos), en Juanes sin Miedo aventureros, emprendedores, e inconscientes, por qué no verlo así. Y lo mismo hasta ha sido causante de grandes hazañas, de descubrimientos trascendentales, de momentos cumbre para la historia del hombre. O incluso de grandes cagadas, porque el ir más allá también conduce al fracaso, anda que no…

Y claro, esto salió a colación porque una servidora, que ha pasado por algunas enfermedades rarunas, aunque afortunadamente, bastante poco lesivas, también tengo en mi contador esta estupenda y muy agradecida gripecilla mutante, gracias a la cual no me he visto privada del bocata de jamón durante mis períodos «esféricos» pero que, mira tú qué cosa, lo mismo me ha hecho el mismo efecto que a esas ratas del estudio y me ha dado superpoderes a lo spiderman pero en pobre… Aunque he de admitir que sigue sin apetecerme ni un poquito tirarme de un puente con los pies amarrados por una tira y un forzudo instructor con gafas reflectantes y una camiseta ajustada con su nombre empujándome desde arriba, y mis ganas de invertir en lo que sea que se encuentra en la sección de Bolsa de las hojas salmón son incluso más reducidas que mi presupuesto mensual para tabaco (amos, que no fumo, no se me confundan…).

Lo que tengo muy claro, con bichejo parasitario o sin él, es que no tener miedo es decisivo, crucial, es hasta mejor que la depilación láser de las ingles, y sobre todo en tiempos convulsos como estos, días en los que llevamos la palabra crisis tatuada en nuestras posaderas borreguiles, marcadas a fuego, en negrita y en cursiva, gracias a la «generosidad» de los mercados, de los Lehman Brother y de los sinvergüenzas que nos mandan y nos llevan a estacazos, como una manada de borregos. Porque el miedo es lo que nos hace escondernos bajo nuestros techos de pladur, no salir a la calle a gritarles obscenidades liberadoras (sin insultar mucho, solo un poquito, y sin pegar, que luego salimos en la tele mientras nos zurra alguien con casco), y estancarnos en empleos grises bajo las órdenes de personas sin talento, mediocres y sin sustancia (y no miro a nadie, jejeje).

El miedo cojonero es lo que nos impide, en la mayoría de las ocasiones, intentar ser más, ser mejores, ser lo que queremos… Y ojo, que no digo que siempre se consiga lo que buscábamos. Pero el fracaso también implica movimiento. Y el movimiento es lo que hace transformarse al mundo. El miedo nunca trajo nada bueno.

Y yo, aún sintiéndome igual de cobarde que antes de haber sufrido aquella invasión parasitaria, ya no dejo de preguntarme, ¿cuál es la «cantidad» de miedo necesaria para emprender, para arriesgarse y apostar por algo diferente? ¿En qué nivel de nuestras regletas internas de «gallinismo» llegamos al punto de lanzarnos y meternos hasta la cintura en los fregaos menos pensados? ¿No sería genial dejar de tener miedo de una forma tan simple como ésta? Hale, un constipado y a subir el Himalaya descalzo, como la del anuncio ese de las cremas para durezas en los pies. ¿Es lo que les pasó a los del 14 de julio en La Bastilla? ¿Se les hincharon los cojones y habían pasado todos por una epidemia de toxoplasmosis?

Es evidente que todas estas preguntas no tienen una respuesta única, y que, en mi opinión, es imprescindible que siempre te acompañe una pequeña dosis de miedo (igual de imprescindible que llevar toallitas en el bolso y bragas limpias por si tienes que ir al médico).

Pero, desde luego, si el efecto secundario de una semana en cama es no quedarte en casa y liarte la manta a la cabeza y decirle adiós al miedo… ¡qué vivan los parásitos!

(Insisto, y mucho, no estoy hablando de los políticos, ni de los banqueros, ni de los líderes sindicalistas, ni de Andrea Fabra, ni de su padre, ni de muchos otros que me dejo).

Querida diputada…

Yo quería escribir un post sobre esta nefasta semana, pero….

Pero, sepa, amiga Fabra, que a diferencia de usted, que malgasta vilmente nuestro tiempo y nuestro dinero vociferando improperios desde su escaño, no sabemos si a los cinco millones de parados o a alguno de sus compañeros (ninguna de las dos opciones me resulta menos asquerosa que la otra), una servidora sí tiene que hacer algo de utilidad con su escaso tiempo y no hace falta que le detalle en qué, porque incluso aunque me dedicara a hacer unas bragas de calceta para el gato ya estoy haciendo algo mucho más útil que su aportación, excelsa diputada.

No le deseo ningún mal, no tengo ni tiempo para eso.

Eso sí, la abofeteo mentalmente hasta la extenuación  y me deleito pensando en que la probabilidad de que se cruce con uno de los millones de parados, con el placer que eso le supondrá al afortunado/a, es incluso más elevada que la nómina que se debe estar llevando a nuestra costa…

Y sin más la dejo, señora mía, que ha terminado ya el ciclo corto de la colada y como no tengo filipina que me la tienda, me tengo que joder y hacerlo yo…

Muy suya, cuando dimita.

La vida sigue igual…

España...
http://elrelator.cl/

Ya lo decía el ínclito Iglesias…

Protagonistas de un «Rescate Deluxe» cutre y con la Esteban como heroína de los gays (amigos gays, ¿era necesario?), vivimos de prestado por culpa de la negligencia de nuestros políticos, de la panda de mafiosos y «Bankiamakers» que se reparten nuestros esquilmados recursos, centimillos que en sus bolsillos, son millonarias compensaciones….

Nos recortan cada día nuestros derechos, y este mismo domingo ya nuestros sueldos con esto de tener que pagar el porrón de medicamentos que han sacado de la cobertura de la Seguridad Social. Si hasta vacunas para los pequeños desaparecen de las listas, y con cara de «nos la están metiendo pero bien» te vas de patitas a la farmacia a pagar como una buena madre, que eso no está en rebajas…

Nos amenazan con traernos un EuroVegas-que-te-cagas aquí al ladito, y con esta España de pandereta y Mr Marshall encima tenemos que aguantar como la Aguirre nos dice que sí, que las leyes se las pasan por ahí mismo cuando quieren, que para eso mandan ¡no te jode!, y que si los americanos quieren fumar, ¡pues que se fuma, coñe! ¡¡¡Que aquí se ha fumado toda la vida!!!

Esas chiquitas trajeadas, bronceadas, hidratadas y me apuesto que mucho mejor depiladas que una servidora, que nos dicen desde la tele, y a bocajarro, sin rombo alguno, que nos busquemos productos naturales para tratarnos los dolores, que es lo mejor de lo mejor, que su chacha es lo que le da a sus criaturas para quitarles los gases… Porque la tele es mía que si no se llevaban un buen zapatazo…

Y nos suben la luz y el gas, y los transportes. Y el Metro cierra a las doce. Y en los hospitales quitan personal y aumentan turnos. Y se cierran las empresas. Y somos carne de cañón.

Y desciende el número de hijos en España… ¿Y nos extraña?

Y los mineros recorren el país vestidos de negro, como nuestro futuro, como el humo de Lost que parece que nos está invadiendo desde hace tiempo. ¿Alguien puede tirar de la cadena, por favor?

Pero el balón sigue rodando…

(Si veis el vídeo, ojito a las caras de los espectadores… Ese niño! Vamos, que ni una sobredosis de Prozac…)

Esa «dulce» espera… ¡y una leche!

Hermanos, amigos, pródromos del parto varios e irregulares, muchos ya lo sabréis por experiencia, pero hoy tengo que afirmar que los días previos a dar a luz son, sin duda, una de las experiencias más surrealistas que la mujer se pueda echar encima…

Más que ver a Mario Vaquerizo ponerse las bragas de su mujer y luego afirmarse como un hetero muy macho. Más que el anuncio de los cristales gratuitos de VisionLab. Más, si es que eso es posible, que el «wi, wi» del anuncio del método ogino 2.0 de Clear Blue

Y, ojo, que no lo digo en plan, «dios, me quiero morir, ¡¡¡sácadme esto ya de una vez!!!!» (bueno, un poco sí), ni tampoco como «¡¡ohhh, como adoro ser mujer en estos momentos de realización personal y corporal y cómo estoy disfrutando con cada puñetera contracción!!»

No, no lo veo ni de una forma ni de la otra. Y conste que ver, lo que se dice ver, no es que vea mucho, salvo un tripón inmenso que me ha fagotizado como persona, como mujer trabajadora y como ente cotizador a la Seguridad Social. Tripón que se va adelantando cual señal luminosa con fanfarria incluida a mis pasos y que se ha convertido en mi tarjeta de presentación allá donde voy, ocasionando que esté donde esté, me conozcan o no, y me apetezca a mí o no, se hable, OBLIGATORIAMENTE, de lo siguiente:

– La altura relativa de mi tripa (está bajísima, vas a parir aquí mismo… Ah, pues yo te la veo muy alta, aún te queda, maja).

– De lo puntiagudo de mi tripacono, que indudablemente demuestra que es niño. La ciencia es lo que tiene…

– De si llevo dos o uno solo o un regimiento de infantería, JA.

– De si estoy mejor ahora o peor que cuando nazca. Desde un «te vas a enterar con dos» hasta un «te vas a morir con dos», dentro de esa horquilla, lo que queráis.

– De que tengo la cara hinchada y los labios como dos cantimpalos.

– De que no la tengo hinchada en absoluto y estoy como una rosa de pitiminí (estos son los menos, que conste).

– De que he engordado mogollón y parezco un engendro marino en peligro de extinción por los millones de bolsas de basura que pueblan nuestros mares y de que no me voy a recuperar nunca, nunca, nunca…

– De que no he cogido nada más que tripa…

Para terminar hablando del parto/partos de las contertulias quienes, sí o SÍ, terminarán contándome si se les descolgaron los bajos al nacer su cuarta criatura, si los puntos se le infectaron hasta un tremendo reventón de pus sanguinolenta en medio de la boda de la cuñada, o de si la protagonista de la peli gore en cuestión casi se muere del dolor y cómo se rajó viva al expulsar a su primogénito de ocho kilazos sin anestesia y en plena calle porque no le dio tiempo a llegar a la maternidad. Chúpate esa.

Y todo ese caudal de información detallada y expresa sin yo abrir la boca ni decir esta tripa es mía. Ni un mísero «no sé quién … eres y no me interesa nada lo que me estás contando, chata, déjame arrastrarme en paz y llegar hasta mi orilla…»

Además de este ataque social sin miramientos, que también puede ser una reacción alérgica a la humanidad provocada por las hormonas, el surrealismo preparto se extiende a la vida en general, que se vuelve un completo desbarajuste berlanguiano en esta sociedad cada vez más inhóspita y más incómoda para el ser humano: Facebook ¡¡¡Facebook!!!! sale a bolsa y el tipo ese con cara de monguer se hace de oro cuando lo que está pidiendo a gritos es un par de puñetazos por cerebrito y por abusón; estamos a punto de la intervención y nacionalizan Bankia, pagamos nosotros la fiesta y encima los mismos seguimos poniendo el culo;  nos las dan con los recortes a troche y moche en todo lo público, lo gratuito, lo sensato y lo que es justo y lo poco que queda por recortar son mis ganas de parir, ganas que, en cuanto llegamos a Urgencias y me dispongo a que me exploren a ver si a la criatura le han venido ya las ganas de ver Top Gear o la quinta temporada de Mad Men, se quedan reducidas a un par de centímetros de dilatación  y a un condescendiente «anda, márchate a tu casa, bonita, que a éste aún le queda una buena temporada para saludarnos con la manita».

Y es que el niño no quiere salir, amigos, ¡no quiere y punto! Y también os digo, que no me extraña nada… porque para salir y ver el panorama…

Lo mismo, me he llegado a plantear en un momento de reflexión floja propia de una servidora, estamos ante el primer caso de embarazo regresivo de la historia y salimos en el próximo número del National Geographic junto a las hormigas zombies y la tribu de pigmeos caníbales recién descubierta en plena selva brasileña. En un giro sorprendente de la evolución humana, tipo final de Lost con su tapón del lavabo existencial, visto lo negro que está el panorama, la naturaleza se defiende ante los ataques externos de banqueros sin escrúpulos, el deshielo de los polos y los jóvenes espantajos de los bolsos de Loewe, y  en cuanto llegamos a los nueve meses, a punto, a puntito de salir, plofff, nos volvemos para atrás y el cuerpo, que es muy sabio, reabsorbe al feto en un intento último de supervivencia extrema…

¿Veis como esto es totalmente surrealista? ¿Y alguien le extraña que esta criatura no quiera salir con una madre que empieza a pensar estas cosas? Si casi estoy yo también por hacerme un sitio en mi macrotripa y esconderme del mundo en un ejercicio de contorsionismo de los míos…

P.D: A «mis» bloggers del #15J, ¡sois unas campeonas! La estáis montando fina filipina y, a mi criatura no-nata pongo por testigo de que, aunque sea en forma de chapa o de holograma, ¡¡estaré con vosotras!!!

De pelillos y contorsionismos

Hoy me he medido los brazos. Os lo juro por mi minipimer que me han crecido en el último mes. Y no extraña, porque con el «peazo» de balón medicinal que tengo como barriga, despegarse de mi cuerpo y salir al mundo exterior para cualquier labor manual, les requiere a mis brazos una elongación cada día mayor. Y no exagero. Mucho.

Y a pesar de encontrarme medio mermada en mis facultades, tanto físicas como mentales (creo que incluso más las segundas que las primeras), esta mañana me he sorprendido a mí misma haciendo algo tan absurdo como surrealista: ¡depilarme las piernas! (o lo que sea que tengo por debajo del barrigón que me impide ver más allá) y gracias a lo que aún puedo desplazarme medianamente bien por el mundo.

Sí, esto os lo digo a panza descubierta, desde la valentía que aporta el esconderse tras una pantalla, porque reconocer abiertamente que, aún no viéndome los pies desde hace tiempo y atacada por una contumaz ciática que me hace sentir hasta simpatía por el ínclito señor Fraga y su bamboleo irregular, me preocupo por llegar al hospital como a la recepción del embajador, osea, «limpia y rasurada», me parece la frivolidad más grande del universo universal y si me pedís que lo repita en público lo negaré también sobre la tumba del ínclito señor Fraga, a quién tan presente tengo estos días y lo achacaré a una especie de síndrome «pariendo pero estupenda» que me ha atacado durante estos días.

Pero fíjate tú, mari, que sí, que tengo yo el cuerpo para pocas sevillanas y ahí que, como cualquier cosa, me enfarrago con la cera tibia esa, más peligrosa que los instrumentos de tortura medievales, cuando los astros me estaban indicando con todas las señales posibles que «Ande vas, alma de cántaro, ¡¡que lo de menos ahora son tus pelos!!»

Y alguien podría decirme, con buen criterio, mejor que el mío, seguro, que si tanta preocupación tengo con mis pelillos resilientes y que sean de dominio público en las múltiples visitas que preveo en el hospital, que me deje caer así como quien no quiere la cosa por un sitio de esos donde una sonriente jovencita de nombre Jasmine de cejas pintadas a lápiz khol, muy amable y de enormes pendientes de oro chapado, se abalanza diligente sobre mis muslos, arma cargada y toda pegoteada de cera en una mano y papelitos arranca-vellos en la otra para liberarme a mí y a mi cuerpo contracturado de semejante tarea en tan solo diez minutos mientras yo me debato, durante interminables y sudorosas sesiones de contorsionismo, entre la vida y la muerte intentando llegar a partes de mi cuerpo totalmente inaccesibles a mis ya aún así prologandas extremidades…

Pues sí. Es una teoría interesante. Pero una servidora es una chica de pueblo (casi), hecha y depilada a mí misma en lo bueno y malo, una trendy woman a lo cutre, una chica self-made de los métodos depilatorios a la que nunca le ha entrado en la cabeza lo de dejarme hacer por una profesional que me cuente la historia de sus cuatro hijos y tres maridos colombianos, pudiendo abrasarme yo cualquier parte del cuerpo con la cera ardiendo, provocarme algún torsión muscular, lesiones oculares al saltarme a los ojos el producto del diablo ardiendo al saltar del microondas, o que se me enrollase la epilady en los hilillos de algún calcetín provocando catástrofes de dimensiones apocalípticas en mis utensilios, vestuarios y dignidad, por qué no decirlo.

Total, que  no quiera la criatura que hoy mismo tuviera que irme con mi maletita al paritorio, porque a resultas de mis dos intentonas de depilación de los últimos días no voy ni bien depilada ni totalmente peluda, sino un mix alternativo que comprende haber eliminado el vello en aquellas zonas donde ha querido y podido llegar mi mano, que tampoco podría decirles cuales son, francamente, porque sencillamente, lo ignoro.

Lo cual me lleva a constatar que la ignorancia es una bendición, como en muchos otros casos.

Y desde aquí, además, lanzo una pregunta a los fabricantes de ceras y productos depilatorios del mundo: señores fabricantes, porque seguro que son señores y de más de cincuenta años, como si lo viera: ¡¡¿quién, en su sano juicio, decide que diez banditas de esas depilatorias son suficientes para dejar listas y preparadas unas piernas de una mujer medio normal a partir de una talla 38?!! (lo de la talla 38 en mi situación actual es una ironía, por si hace falta aclaración).

Y como última reflexión, me pregunto si en vez de la anglosajonada esa del baby-shower, o de la fiesta del sexo del bebé, para las cuales no tengo ni estómago ni energía suficientes, no estaría muchísisisisisimo mejor pedir un bono de acicalamiento intensivo y extremo para causas perdidas como la mía, abandonadita al chándal, a la coleta desaliñada y a las franjas de pelos en zonas del cuerpo donde mi vista no alcanza a divisar. Vamos, directita a Lourdes me tenía que ir…

Te falta un papel, mindundi….

Creo que ya he dejado meridianamente claro que para mí el Inem es el purgatorio y que antes prefiero escaldarme viva mientras escucho una y otra vez la música de Paquirrín a todo meter que tener que volver a pasarme por ahí, pudiendo evitarlo.

Pero hoy, que no me ha quedado otra que dejarme ver por allí, me reitero, una vez más, en que no sólo el Instituto Nacional de Empleo, sino todas y cada una de las oficinas por las que tienes que peregrinar con gesto gris y cada vez más deprimido con una carpetilla de gomas raídas, son el puritito infierno en vida, y que sí, que es probable que nos los hayamos ganado por matar focas en el Ártico, comernos a las vacas y los cerditos y por inventar la Eurovisión. Ah, y por escuchar reggeaton. Por eso también.

Porque ya puedes ir de todo el buen humor que quieras. Puedes haberte leído ocho veces El secreto ese, puedes haber desayunado All Bran a tope y tener el cólon más limpio que la patena. Da igual lo bien que te vaya la vida y lo mucho que practiques el sexo en varias y diferentes posturas, no te afanes por recordarlo, porque en el momento en el que entras por esa puerta, la única postura que te vendrá a la cabeza será la más «porculera», y mientras ves los paneles con numeritos por todas partes y gente buscando mesas y funcionarios libres como quien busca su talla de bragas en el mercadillo, la misera se instala en tu interior y ahí se quedará durante unas cuantas horas.

Porque tú vas muy preparada, y además es muy fácil, piensas. Llevas tu carpetilla dispuesta a disparar papelajos por doquier: el parte A de la doctora «lisensiada», el certificado B expedido por el Ministerio tal, el noséqué C sellado por el Inspector de Magia y Hechizos, etc… Pero, ahhhhhhh, todo eso da igual. Cuando por fin sale tu número y te arrastras bamboleándote con esta panza que hace temblar el suelo de plaquetas plastificadas, la funcionaria te escudriña por encima de sus gafas de montura dorada y del año 56, y cuales pistoleros preparados para el duelo, empezáis una y otra a soltaros sobre la mesa documentos como balas emponzoñadas… DNI, papel A, papel B, papel C… Vas bien, lo estás consiguiendo, lo que te pide lo tienes, empiezas a pensar que esta vez va a ser sencillo e indoloro… Hasta que, ¡oh noooooooooooooooooo! de repente, llega ese momento terrible en el que se para, sonríe la muy ladina, que lo ves tú, y te dice:

– Y esto, ¿quién te lo ha dado? [Silencio sepulcral y antinatural, de esos en los que en una peli sabes que va a pasar algo muy malo y alguien va a morir entre vómitos de sangre y muchas vísceras…]

– Pues, la doctora… [Me quiero morir, me quiero morir, me quiero meter debajo de esta mesa destartalada, si quepo, y dejarme morir en silencio junto al potos artificial…]

– Pues este papel no te vale. Y además, te falta este otro. Tienes que irte hoy mismo al…. [quinto coño, escuchas ya desde la lejanía, mientras te hundes en tu silla y el mundo se acaba].

Siempre es lo mismo. Una vez que te suelta la bomba devastadora, se levanta para consultar, no vaya a ser que después de todo, tu mierdecilla de papel sirva para algo.

Mientras, te deja inmersa en la más absoluta desesperación pensando en cuándo te van a dar cita para eso y cuántos otros papeles te van a hacer falta para pedir ese otro trámite para pedir la cita para pedir el otro papel. Y en esas que las lágrimas comienzan a rodas por tus mejillas de hormona con patas, que la amiga de Satán (con todos los respetos) vuelve, se sienta sin dirigirte la palabra y empieza a teclear furiosamente en el teclado de ese ordenador con sistema MS-DOS, te vuelve a pedir otra vez uno a uno los tropecientos papeles de antes, te los sella sin decir ni mu, y te despacha dejándote con la sensación de que al final sí que lo has logrado, pero con las lágrimas aún cayéndote a donde cae todo en estos momentos, a la barriga.

Y con esas, sin mirar atrás, sales por patas preguntándote si al final la gestión ha salido bien o no, y con ganas nada más de irte a casa a llorar con tu madre, o debajo de la manta en su defecto, a esconderte de la burocracia, de los papeles que te faltan y de esas rutinas alienantes que te hacen querer ser un ser tan simple como las amebas. O también comprarte una cartera Aluma en la teletienda, que por lo que parece te convierte en alguien mucho más feliz, ¿no?

Autopsicología muy floja: las parálisis «botoxianas»

Hay días en los que me asalta una duda muy gorda. Una repugnante verruga mental de esas que llaman la atención al contertulio cuando estás hablando con alguien, y aunque intenta mirarte a los ojos no puede vencer ese asco/atracción morbosa y acaba centrando su mirada en lo que no debe.

Y casi tanto como el motivo de la «duda verruguiana», que puede ser de cualquier índole y materia, me inquieta sobremanera y me alucina mi propia parálisis «botoxiana», una inmovilidad a lo Nicole Kidman que me afecta a todo el sistema nervioso cuando me encuentro con un dilema moral de mayor o menor calaña.

Que me quedo en stand-by, se me apagan las pilas, no sé si tirar para adelante, para atrás o cruzar por el medio… Vamos, un estado semi-comatoso que ni carne ni pescado, que no sé dónde meterme ni cómo aguantarme…

Y que no tiene nada que ver con la gestación, cuidado. Aunque seguro que afecta. Porque de todos los presentes es sabido la cantidad de neuronas que perdemos muchas empujando (como bien me señalaba la sabia amiga Susana una tarde de éstas mientras corríamos detrás del pito de su criatura buscando un rincón donde entrenar eso de hacer pis solos). Sí, sí, que afectar, sabemos que afecta. Pero no es el detonante. Más bien, otro ingrediente de la ensalada mental ésta que tengo ahora…

Ahora que soy adulta y pago mis impuestos, ahora que tengo que decidir por mí misma, por mis hijos, y por mi propio negocio, que ya son decisiones, reflexiono y me tomo un momento para pensar, así en momento besugo total, sobre mi capacidad real de resolución. ¿Sirvo para tomar decisiones? ¿Sé salir de las encrucijadas yo sola? ¿Soy una persona resolutiva? ¿O acaso necesito que venga alguien con más carácter y personalidad para decidir por mí? ¿Esto de decidir se entrena? 

Cuidado que ya ni siquiera entro en que decida con criterio o no. Eso, además de muy subjetivo y parcial, ya es algo que viene de serie, y si me equivoco, que lo hago más de lo que debería, pues como se dice por aquí, ajo y agua. Algo positivo saldrá de la cagada, seguro (y mejor no entrar en el tema escatológico porque daría mucho de sí). Pero es el hecho de dar el paso y elegir blanco o negro, el momento terrible el que me convierte en medio monguer, el que me atenaza y me deja con la expresión de la Obregón o de Meg Ryan, vamos, nula.

Entiendo, desde mi ignorancia supina, que para mí, al menos, estos momentos «frozen» que se me plantean ante las «dudas verruguianas» deben ser impepinables.  Que para mí, parar casi hasta el estado vegetativo es lo justo y necesario para que, en algún momento, se encienda la bombilla de bajo consumo y veamos la luz. Supongo que en mi caso es lo que toca… Pero no deja de enervarme mi propia lentitud mental, mi bloqueo, mi agarrotamiento, mi falta de reflejos y mi escasa capacidad «tiburonil» para llegar a un punto concreto sin tanta parafernalia ni momento de meditación.

¿Os pasa a vosotros también? ¿Alguien más tiene momentos de parálisis de operación maxilofacial cuando tiene que tomar una decisión, importante o no? Y sobre todo, ¿qué hacéis para salir de ese momento de congelación existencial? ¿Acudís a alguien? ¿Os colgáis del techo por los pies para llegar a una conclusión? ¿Le dais a las drogas duras?

Yo creo que hoy, por lo pronto, me voy a hacer un flashback

Pase usted a mi oficina, por favor

Hace unos días hablaba con una simpática muchacha de una empresa de marketing, que me quería vender no sé qué plan de publicidad, sobre dónde estaba mi oficina y, aunque me planteé seriamente inventarme dármelas de guay y decir una dirección muy glamurosa, me vi a mí misma inventándome algo así, me dio la risa tonta y directamente le contesté: En mi cocina, maja.

Pierde mucho, lo sé. Pero es lo que hay. Los de Apple empezaron en un garaje, ¿no? Bueno, yo tengo algún trasto menos (con todo el respeto a las mierdas que guardamos en los garajes) en mi cocina/despacho, así que seguro que salgo ganando en el cambio. Además, mientras respondo emails controlo que no se me pasen las lentejas y le echo un ojo a la colada. Eh, que todo tiene su gracia. Además, como mi cocina es de… ummmm, sí, practicamente 1×1, mientras tecleo me sirvo un café, quito la tostadora y bajo el fuego de las lentejas. Vamos, un lujo que ya quisiera para sí cualquier CEO que se precie, de esos con secretaria y un despacho de 8×8 que siempre está vacío y que no saben aprovechar como hago yo con el mío.

Siempre que digo que curro en casa me encuentro con dos reacciones muy interesantes:

1ª La primera: «¡Ohhhhhhhhhhhhhhhhh, que envidia!» Que me suele sonar bastante sincero, y me da hasta penilla porque suele venir de amigas puteadas en su ofi a quienes marginan tras el potos polvoriento, a las que cambian la silla (con lo que molesta eso, ¿eh?) cuando llega algún nuevo más molón que ellas y que, literalmente, están viéndolas venir con esto de los reajustes empresariales. Como para ellas, currar 1/ y desde casa 2/ son palabras mágicas, tampoco me entretengo en contarles las pegas que tiene, que las tiene, porque oye, bastante tienen con lo suyo y no soy quién para quitarles la ilusión.

Porque tiene cosas muy buenas (y me dejo muchas, ojo):

– No molestas a nadie cuando pones a Adele o a la Streisand a todo volumen, salvo si es verano, y tienes las ventanas abiertas, ya que puede que alguna vecina me mande a sus ocho churumbeles, a cual más majo, para que me quemen el chiringuito y/o el coche, así que en ese caso es mejor  bajar el volumen.

– Puedes compatibilizar el trabajo con tus cosas como ir a pegarte con el cajero del banco o a confraternizar con pensionistas y parados en el médico y todo eso sin tener que lamer los zapatos de nadie para que te de permiso, ni rogar justificantes ni dar explicaciones al llegar sobre lo mucho que tardan en la SS para mirarte el ojete cuando tienes almorranas…

– Una muy práctica: te puedes mandar los paquetes a casa y no tendrás que rendir cuentas sobre lo mucho que gastas en Parafarmacia japonesa o en la bibliografía descatalogada de Terín Collado. Currar en casa pierde mucho en frikismo, que lo sepan.

– Estás en casa cuando vienes los del gas, los del agua, los de la luz, los de Yacom, los de Orange, los de Ono, los de Telefónica, los del Endesa que se han equivocado y que iban al piso de arriba pero ya te la intentan colar, el chino que en el reparto siempre viene a mi casa en vez de adónde quiera que vaya, y sobre todo, el señor cartero y esas cartas certificadas que tienes que ir a buscar a la oficina si no estás en casa y que suelen ser o multas, o una paralela de Hacienda o algún paquete que te ha llegado cuando estabas en la ducha. Estás a todo y para todos, lo cual no quiere decir que si un día usas la mirilla para lo que sirve y descubres unas gafas, traje y corbata y cara de comercial que echa para atrás, no hagas un mutis por el foro como dios manda o que te hagas pasar por la chacha de la casa, truco muy usado en otros barrios de postín pero que en el mío queda, como decirlo… raro…

– Una muy buena: puedes ver a la amiga Ana Rosa y cagarte en sus muertos, y con fundamento, además. Que es muy fácil criticar de oídas, amigos, ¡pero lo bueno es hacerlo con criterio y experiencia! Y a veces, si mi mala hostia supera la altura de la caldera, estanca por cierto, me viene de lo lindo ponerlos de fondo e insultarlos bajito, o en alto si me sale…

– Una muy sana. No coger el metro casi nunca. Que si bien tiene como contrapartida que leo menos que los antes mencionados contertulios de la ínclita AR, en todo lo demás es como la panacea. Sobre todo en el intercambio de efluvios corporales, virus, toses, sudores y tocamientos varios a los que años y años de viajes continuados me tienen ya más que acostumbrada/asqueada. Y mucho más estando esférica, como me llama mi amiga la alemana, porque aunque parezca mentira, cuando tu ombligo ha pasado el umbral de las puertas automáticas del vagón, todos los ojos de los que están sentados se clavan o en el suelo, o en el libro, o en el móvil, o directamente, se cierran y a dormir. ¡Y tan panchos, oye! Y que siempre está el ancianito moribundo que a sus cien añazos se levanta para dejarte el sitio, cuando a su lado un mostrenco de veintitantos se saca los mocos y se los pega en su libro de la ESO (es repetidor, que se le nota) que le estampaba yo el libro contra la cabeza y me quedaba de un liberado… Así que siempre me pongo de mala leche y como no puedo insultar a los de AR, pues me tengo que aguantar las ganas de soltarles improperios a todos y eso es muy malo, sépanlo ustedes…

2ª La segunda reacción: «Buenooooo, pero eso está bien durante un tiempo…» Ahí le has dado, mari, que eso está bien durante un tiempo pero que tiene cosas malas. Que ahora las mencionaré, que sí. Pero que cuando me vienen con éstas, siempre me digo: «A ver, ya tenemos aquí al de las pegas…» Porque si me ves contenta y tan tranquila currando en mi cocinita, pues déjame que ya me daré cuenta yo de que esto no es perfecto, ¿no? Ay, que manía con quitarle la venda a la gente, madre…

Las malas, o menos buenas, consecuencias de trabajar en casa:

– En mi caso que no tengo sitio ¡paná! Mi mansión da de sí lo que da, y está demostrando ser más versátil y polifacética que la mismísima Anita Obregón. Sí, porque lo mismo te trabajo en la cocina que te hago unas torrijas en la misma mesa. Y eso, amigos, tiene mérito. Y sin ser sueca ni haber recibido premios a la multiproyección ni al diseño más compatible con la vida moderna de una madre-curranta. Pero echo de menos mi espacio… Que no pido mucho… Una mesa despachito con mis cosicas a salvo de la criatura (que como aquí no hay señora de la limpieza que me tire las botellas de agua, a cambio tengo niña que me pinta la agenda o me chupa los rotuladores), una silla giratoria anatómica-forense, unos armarios para mis papelotes, un cubilete para mis lápices… Nada de eso tengo, ay, y parece una tontería, pero lo echo de menos… snif, snif…

– Una bastante mala. No ves a gente. Ya no hay cañas después del curro. Ni se celebran los cumpleaños. Ni te viene nadie a pedir pasta para el regalo de despedida de no sé quién de administración que se ha prejubilado. No socializas más que con los Testigos de Jehová cuando vienen a convencerte de que el mundo se va a la mierda a la vuelta de la esquina. Si casi les pongo un cafelito y todo cuando les veo (ya me gustaría, por mi barrio ni se acercan, los muy ladinos, ¿¿¿será que aquí el mundo ya se ha acabado???). El momento de ocio conversacional adulto del día se resume pues en  el intercambio de ansiedades colegiales con los otros padres de la guarde mientras las fieras corren por el parque y, a veces, si me veo en plena crisis creativa y necesito un punching ball para desahogarme, no me queda otra que acercarme al chino más cercano y contarle a la abuela centenaria mis penas, que como ni me mira, ni respira, creo, pues me da un poco de penica, la verdad, y no me da mucho consuelo.

Además, como no te relacionas más allá del pasillo de la pescadería, la casquería y el parque, tu vestuario pierde como diez puntos en estilismo y moda de temporada. Te pones lo que pillas, se acabaron los tacones, los retoques de maquillaje, los modelitos, y dando gracias que no salgo en bata, que ya os tengo avisados, que un día me harto y lo hago.

– Una muy mala. Estar en casa te hace no solo más necesaria sino más contingente para las tareas domésticas. Y ya puedes gritar en el desierto cuando llega tu santo (por muy mucho que el buen hombre contribuya) pero, amiga, la casa es tuya, tú estás aquí todo el día, y eso es asín. Que no te gusta y quieres poner remedio, aparta una parte de la paga del mes, si la tienes, y agénciate una ayudita a la semana. Si no…

– Y una pésima. Te «apaletas» que no veas. Ya no veo mundo. Como no me da la vida y no salgo más que por mi barrio, cuando salgo más allá del distrito, parece que he cruzado un continente y solo me falta la boina y la gallina bajo el brazo. ¡Una pena que me doy a mí misma! Con lo que yo he sido y para lo que he quedado!!!

Total, que como veis, y como ya sabíamos porque no he descubierto nada nuevo, esto de currar en casa y más concretamente en la cocina pues tiene sus ventajas, con las que he de quedarme para seguir viviendo a gusto, y porque no me queda otra, básicamente.

Y su reverso, pues claro. Que se te pegan las lentejas, que la silla se te pega al culo, que la criatura te pega los mocos a la pantalla… Pero amiguitos, es lo que hay, deducimos después de esta parrafada que os he echado, así que aquí seguiremos mientras la cocina no me haga un ERE. Y tan contenta.