Te falta un papel, mindundi….

Creo que ya he dejado meridianamente claro que para mí el Inem es el purgatorio y que antes prefiero escaldarme viva mientras escucho una y otra vez la música de Paquirrín a todo meter que tener que volver a pasarme por ahí, pudiendo evitarlo.

Pero hoy, que no me ha quedado otra que dejarme ver por allí, me reitero, una vez más, en que no sólo el Instituto Nacional de Empleo, sino todas y cada una de las oficinas por las que tienes que peregrinar con gesto gris y cada vez más deprimido con una carpetilla de gomas raídas, son el puritito infierno en vida, y que sí, que es probable que nos los hayamos ganado por matar focas en el Ártico, comernos a las vacas y los cerditos y por inventar la Eurovisión. Ah, y por escuchar reggeaton. Por eso también.

Porque ya puedes ir de todo el buen humor que quieras. Puedes haberte leído ocho veces El secreto ese, puedes haber desayunado All Bran a tope y tener el cólon más limpio que la patena. Da igual lo bien que te vaya la vida y lo mucho que practiques el sexo en varias y diferentes posturas, no te afanes por recordarlo, porque en el momento en el que entras por esa puerta, la única postura que te vendrá a la cabeza será la más “porculera”, y mientras ves los paneles con numeritos por todas partes y gente buscando mesas y funcionarios libres como quien busca su talla de bragas en el mercadillo, la misera se instala en tu interior y ahí se quedará durante unas cuantas horas.

Porque tú vas muy preparada, y además es muy fácil, piensas. Llevas tu carpetilla dispuesta a disparar papelajos por doquier: el parte A de la doctora “lisensiada”, el certificado B expedido por el Ministerio tal, el noséqué C sellado por el Inspector de Magia y Hechizos, etc… Pero, ahhhhhhh, todo eso da igual. Cuando por fin sale tu número y te arrastras bamboleándote con esta panza que hace temblar el suelo de plaquetas plastificadas, la funcionaria te escudriña por encima de sus gafas de montura dorada y del año 56, y cuales pistoleros preparados para el duelo, empezáis una y otra a soltaros sobre la mesa documentos como balas emponzoñadas… DNI, papel A, papel B, papel C… Vas bien, lo estás consiguiendo, lo que te pide lo tienes, empiezas a pensar que esta vez va a ser sencillo e indoloro… Hasta que, ¡oh noooooooooooooooooo! de repente, llega ese momento terrible en el que se para, sonríe la muy ladina, que lo ves tú, y te dice:

– Y esto, ¿quién te lo ha dado? [Silencio sepulcral y antinatural, de esos en los que en una peli sabes que va a pasar algo muy malo y alguien va a morir entre vómitos de sangre y muchas vísceras…]

– Pues, la doctora… [Me quiero morir, me quiero morir, me quiero meter debajo de esta mesa destartalada, si quepo, y dejarme morir en silencio junto al potos artificial…]

– Pues este papel no te vale. Y además, te falta este otro. Tienes que irte hoy mismo al…. [quinto coño, escuchas ya desde la lejanía, mientras te hundes en tu silla y el mundo se acaba].

Siempre es lo mismo. Una vez que te suelta la bomba devastadora, se levanta para consultar, no vaya a ser que después de todo, tu mierdecilla de papel sirva para algo.

Mientras, te deja inmersa en la más absoluta desesperación pensando en cuándo te van a dar cita para eso y cuántos otros papeles te van a hacer falta para pedir ese otro trámite para pedir la cita para pedir el otro papel. Y en esas que las lágrimas comienzan a rodas por tus mejillas de hormona con patas, que la amiga de Satán (con todos los respetos) vuelve, se sienta sin dirigirte la palabra y empieza a teclear furiosamente en el teclado de ese ordenador con sistema MS-DOS, te vuelve a pedir otra vez uno a uno los tropecientos papeles de antes, te los sella sin decir ni mu, y te despacha dejándote con la sensación de que al final sí que lo has logrado, pero con las lágrimas aún cayéndote a donde cae todo en estos momentos, a la barriga.

Y con esas, sin mirar atrás, sales por patas preguntándote si al final la gestión ha salido bien o no, y con ganas nada más de irte a casa a llorar con tu madre, o debajo de la manta en su defecto, a esconderte de la burocracia, de los papeles que te faltan y de esas rutinas alienantes que te hacen querer ser un ser tan simple como las amebas. O también comprarte una cartera Aluma en la teletienda, que por lo que parece te convierte en alguien mucho más feliz, ¿no?

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De purgatorios y almorranas

Hace tiempo nos mintieron, amigos. Nos dijeron que el purgatorio, ese estado en el que expiamos nuestras acciones impías antes de ir al cielo (o al infierno en el peor de los casos), era algo relacionado con la religión, con los pecadillos en vida pero, sobre todo, bastante relacionado con morirte. Picharla. Irse para el otro mundo. Pasar a mejor vida. Descansar eternamente. Criar malvas. Alimentar a los gusanos. Y muchos más que no nombraré para no perdernos en la hojarasca semántica. Continue reading