Check one, check two…

Nadie sabe qué es vivir. Todos tenemos definiciones de café humeante y amaneceres urgentes, pero cada día, cada hora, cada minuto se retuercen como entes autónomos frente a nuestras ganas de modelar la realidad. Nada es lo que pensabas que sería. Y el día a día, el hora a hora, el minuto a minuto, nunca va a cumplir del todo con tus expectativas. Ni con tu plan, si es que tenías uno.

Y tras cada batalla cruenta, tras cada revés de ese guion no cumplido, toca revisar los restos del naufragio. Levantar las armaduras, curar heridas, masajear músculos doloridos. Escuchar el silencio roto por las pérdidas y los supervivientes. ¿Qué has perdido y qué ha quedado?

¿Ha merecido la pena?

Qué eres ¿inocente o culpable?

Echar cuentas con el momento es volver a casa y descansar. Es también recoger el fragor que aún queda en tu pecho y guardarlo en forma de cicatriz. Y de canción que tararear frente al fuego con los tuyos, si te quedan.

Tras la batalla, tú que has sobrevivido, podrás coser tu orgullo maltrecho y entender, puntada a puntada, que tú, amiga mía, no lo has hecho tan mal. Que llevas a tu espalda el peso de tu propia desconfianza, que cargas con tus errores en forma de años y desvelos, que te has dado de bruces contra ti misma y que el dolor más punzante es el que te produces luchando contra tu propio instinto.

Pero que a pesar de todos esos momentos de duda y de no entenderte, puede, amiga, que todo haya tenido sentido. Cada palabra que lamentaste pronunciar, cada mirada que pensaste inútil, cada momento que calculaste de más, todo ha ido empujándote a lo que hoy te lleva a estar en silencio. Y a escuchar tus latidos, acompasando el regreso de la guerrera.

Que vuelves a casa, por hoy, y que no lo has hecho tan mal.

Adiós expectativas, hola realidad

Pues sí. Ya está ahí, vivito y coleando. Mi primer libro ya ha dejado el nido, después de todos estos meses en los que le he cobijado, dado forma desde cero, padecido, acariciado y hasta aborrecido… Hasta ahora que se emancipa, coge la maleta, me mira con lagrimita en los ojos y me dice adiós con la manita y el tupper de macarrones en la bolsa.

Porque a este libro, como a un hijo, solo lo he alumbrado, cuidado y engordado, hasta que ha tenido autonomía suficiente (y un distribuidor eficaz) para que se vaya de Erasmus y vea el mundo. Y dejará de ser mi retoño para darse de bruces con la vida, con el acné seborreico, las colas del paro o aprender a poner lavadoras separando el color del blanco.

«Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida, deseosa de sí misma…» dice Khalil Gibran, y creo que este poema tan bello aplica también para los libros que escribes.

«Adiós expectativas, hola realidad» nace gracias a cruzarme con Planeta, tras años de reticencias a escribirlo y muchos, muchos noes a estas propuestas. Y lo hace ahora porque tal vez me poseyó una locura temporal en su momento. O porque mi yo insensato ese día tenía el valiente subido y ganó su discurso: «Hazlo de una santa vez y deja de buscar excusas. Exponte, atrévete, Hazlo ya».

Este libro nace con la idea de recoger mis experiencias como madre así como todo lo que he ido aprendiendo desde Madresfera: la gente a la que he entrevistado, mis aprendizajes, reflexiones y los errores que he cometido… Y por supuesto, y como sello de la casa y mi manera de sobrevivir, contado con MI humor y con la única intención de sacar una sonrisa a quien me lea.

No es una guía, ni un manual de crianza o de maternidad. Nada más lejos de mi intención sentar cátedra sobre un asunto tan complejo, tan personal, como es el de la maternidad. No hay maternidad perfecta, ni única, ni ideal. Y cuánto antes nos quitemos esa idea mejor nos irá para no juzgarnos cada día como si estuviéramos fallando al universo constantemente.

Rescatando el espíritu de este blog, he ido reflexionando, a mi manera, «floja y accidental», sobre un montón de puntos rosas, o negros, en la línea temporal de una madre cualquiera que soy yo o es cualquier otra: desde el palito que te da la noticia, pasando por las clases de preparación al parte, las amigas del parque, la elección del cole, la relación de pareja, las visitas durante el postparto, el descubrimiento del suelo pélvico, la exposición en redes sociales, la culpaTM o los cumpleaños infantiles. Un bonito resumen de la mandanga maternal, vaya.

Con este libro he querido reconciliarme un poquito con mi propia idea de madre, reírme de mí misma y mis expectativas, y también de lo que se supone que se espera de la maternidad en general.

Y sí, claro, hay mucho de mi madre en este libro. Porque no está y se fue antes de que yo me estrenara en la maternidad. Porque eso me ha marcado profundamente y ahora que tengo el libro entre mis manos la estoy llorando en cada página.

Escribo estas letras justo en el día de la madre, un día que no me gusta, que me entristece y que vivo cada año según me pilla. Y este año me pilla con criatura tierna recién publicada y por lo tanto es sal en la ausencia. Este año, especialmente este año, me duele no tenerla para compartir con ella algo que hubiera disfrutado más que yo.

Pero así es la vida. Y hay que coger aire, respirar y seguir tirando.

Seguir escribiendo, seguir bailando, seguir leyendo y seguir compartiendo.

Adiós expectativas, hola realidad sale a la venta el 11 de mayo, pero ya lo podéis reservar desde aquí. Espero de corazón que lo disfrutéis y me lo contéis.

Y por supuesto este post también tiene música.

El libro podría tener banda sonora con las canciones que usé para escribirlo… pero lo mismo eso da para otro post. Hoy os traigo mejor la música que tengo ahora mismo en mis oídos, y que me está ayudando a sanar mis cositas en un día como hoy.

Un abrazo fuerte

Paloma Llaneza, abogada aunque buena persona

Segundo episodio del podcast hermanito de este blog (qué alegría darle más vida, por cierto, no sabéis lo que quiero yo a esta bitácora que tantas alegrías me da). Nuestras reflexiones sonoras vuelven con una invitada muy especial, Paloma Llaneza.

Su propia presentación, «abogada, aunque buena persona» ya nos dice mucho sobre su sarcasmo, su sentido del humor, su inteligencia y una conversación interesantísima y que os aseguro que no deja charco en el que entrar (o sí, pero eso lo dejamos para el limbo del podcasting).

A Paloma podéis encontrarla en https://thellanezafirm.com/ y en Twitter aquí https://twitter.com/PalomaLLaneza.

Como sabéis que por aquí se recomienda muchas lecturas, no podéis dejar de leer su magnífico Datanomics publicado por Paidós en 2019 y que nos alerta sobre todas aquellas ocasiones en las que regalamos nuestros datos. Y sobre todo, nos habla sobre qué pasa, o qué puede pasar, con toda esa información tan extremadamente sensible e importante: nuestra privacidad.

Con Paloma hablamos mucho sobre libertad, sobre utopía y distopía, sobre el control de nuestra propia vida, sobre prejuicios y feminismo, sobre hombres y mujeres, sobre Gattaca, sobre gestación subrogada, sobre religión… Vamos, una charla bien completa y haciendo muchos amigos 😀

Ah, y la recomendación literaria del final: el profesor de filosofía Michael Sandel que nos habla sobre la meritocracia hoy en día.

Os dejamos el episodio y esperamos vuestras opiniones y comentarios. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

Ah, y os dejo un minuto musical que no he incluido en el podcast por eso de los derechos y tal, pero que aquí no me resisto a colar, porque terminé la conversación y tuve que buscarlo, así soy.

Es nostalgia pura, pero es que Nyman y esta BSO a mí personalmente me dio muy duró allá en mis años de bachiller. Y por qué no mirar un poco hacia atrás cuando no pensamos más que en el mañana…

No hay vida mejor…

Ni más plena, ni más justa, ni más tranquila. No la busques.

Nos estamos perdiendo el amanecer imperfecto pero lleno de luz en busca de un anochecer con filtro estrellado y música en tendencia.

No hay vida mejor que la que tienes, la de hoy, la de ahora.

No hay vida mejor.

Solo momentos en el que torcerás la sonrisa y te dirás: joder, esto era. ¡Esto era!

Mundos con nombre de mujer

Esta conversación con Lucy, la mujer que está tras el blog chibimundo es un mundo…

Escuchar a Lucy hablar sobre sus diagnósticos y cómo ha ido enfrentándose a su enfermedad, sobre el estigma que le acompaña, sobre ser mujer y estar enferma, sobre ser madre y hablar sobre ello.. es muchos mundos que apenas nos atrevemos a transitar.

Escucha «Sobre la salud mental en redes sociales con @Chibimundo» en Spreaker.

A Lucy la conozco hace años ya. La he seguido, leído y escuchado en estos años en los que ha ido contándonos su enfermedad, sus diagnósticos, su ingreso, sus idas y venidas. Me he preocupado mucho con su silencio pero también he entendido su distancia. Sin embargo, poder escucharla aquí (y con esa preciosa voz) es mucho más.

Es muchos mundos a los que no nos acercamos a menudo, pero que están ahí. Con nombres que nos resuenan. Que quizás sean los nuestros. O los de nuestra madre. O nuestra amiga. O quizás de una extraña que no lo es tanto.

Porque pone palabras a pensamientos que se van afianzando con el tiempo. Y que me obsesionan últimamente, quizás porque leo y escucho cada vez a más mujeres.

Y esos mundos hay que recorrerlos para entender el que pisamos.

Que la salud mental y la mujer son una combinación complicada y llena de laberintos históricos como podemos leer muy bien en «Mujeres y locura» de Phyllis Chesler (publicado por la editorial Continta Me tienes @continta_mt).

Porque nos habla muy fuerte de la invisibilización de la mujer en la medicina, de enfermedades achacadas en muchas ocasiones a ansiedades y nervios y que ocultan patologías poco investigadas, como nos cuenta Carme Valls en Mujeres invisibles para la medicina (ed. @Capitan_Swing).

Porque ha aprendido a decir que no y a desaparecer de las redes para luego recuperar el control de su propia narrativa, no la que le piden los demás, sino SU propia historia. Y expone la contradicción que nos encontramos en redes: al hablar de tu salud mental, algo que todos entendemos como algo fundamental y necesario para eliminar el tabú, esa misma exposición no solo «banaliza» tu enfermedad, sino que tus seguidores te piden más carnaza, más detalles sobre tus autolesiones, sobre tu malestar, sobre tu propia realidad. Para validarla. ¿No es difícil de asimilar?

A mí me lo parece.

Pero entre contradicciones y certezas, entre valentía y ausencias, entre realidad y likes, entre lo que enseñamos y lo que somos, también desde nuestra salud y nuestra enfermedad seguiremos explorando mundos que no están tan lejos como pensábamos.

Escuchad y leed a Lucy. Escuchad y leed a mujeres. Mirad a las mujeres.

Cuidad a las mujeres.

La vida (entre paréntesis)

Vivimos como a empujones. Por obligación. Sin pararnos a pensar que tal vez dentro de esto que llamamos crisis se nos está escapando nuestro momento, además de mucha salud y energías.

Cerramos los ojos intentando no ver y que lo que nos rodea no nos vea tampoco, como los niños aterrados que al taparse con la manta intentan despistar al monstruo del armario.

Vivimos entre paréntesis. Y se nos va a acabar el aire aquí dentro.

La buena vida

Cada mañana, muy pronto, aún no ha terminado de salir el sol, mi hijo pequeño, el más madrugador, el más koala, el que hemos llevado encima desde que nació, se levanta de su cama y entra despacito en mi despacho. Con los ojos aún sin abrir del todo y el pelo en posición de combate contra el mundo.

Y así, medio dormido y oliendo a bollito caliente, como me decía a mí mi madre, rezumando horas de embozo en sus sábanas de Stars Wars y loción antimosquitos, me abraza durante unos segundos… Es más que un abrazo un enganche. O un engarce. Un dejarse caer entre mis brazos con la posición ya asignada. Como la pieza del Tetris que ocupa ese hueco que faltaba. Y con un clic al final del movimiento. Como marcando que has llegado a tu sitio. «Aquí van tus brazos, aquí tu pecho, y aquí tu cabeza, sobre mi hombro».

Y solo hoy me he dado cuenta que este sencillo gesto, repetido día tras día, desde que empezó esta etapa surrealista, llena de tristeza e incertidumbre, que nos ha dejado suspendidos en el tiempo, me acaricia por dentro sin apenas ser consciente y me reconcilia con una buena vida que no quiero dejar pasar. Una buena vida no anunciada, no vendida. Una buena vida susurrada, en bajito, anotada en las cubiertas de los libros que buscan la felicidad o el sentido de nuestra existencia. Una buena vida tras la puerta que cerramos al salir en pos de aventuras.

Una vida lenta y mucho más sencilla. Más llena de tiempo, más tiempo, más moléculas de esas que llegas a ver cuando te quedas pasmado mirando un rayo de luz caer sobre la mesa. Y también llena de privilegios y de suerte. Sin vacaciones, sin mar de fondo, ni brisa, ni más planes a la vista que seguir tirando. Con malos días y malos momentos. Como todos. O quizás no. Pero con una suerte inmensa, diaria, y cotidiana. Suerte con olor a casa y comida, a horas de sueño en el pliegue de un cuello, a libros y lápices de colores, a ropa tendida y calor pegado a la piel de un niño. Suerte con sueño y legañosa.

Suerte de buena vida con abrazos mudos al amanecer.

Y un clic ahí de fondo.

 

Ni tregua ni consuelo

Estos días, estas semanas, lo que más estoy ojeando no es el catálogo de las plataformas de streaming, o el de libros digitales, ni siquiera el de los supermercados online, tan codiciados.

Lo que tengo ya manoseado, raído, hasta aburrido ya, es mi catálogo personal de carencias. Un panfleto egoísta a ratos, universal otras veces, absurdo, pequeño, gigante. Un cúmulo de despropósitos que no están a mi alcance y que, quizás por eso, no puedo dejar de repasar. De memorizar hasta el último espacio en blanco, hasta el último vacío.

Un catálogo que, tras un mes, ha evolucionado y madurado. Que en una muestra de madurez superior a la mía, puede que se haya ido adaptando a nuestro encierro mutuo. El mío y el de mis anhelos, el de mis necesidades, mis angustias.

Lo que no tengo, lo que nos falta, lo que me han quitado, lo que no tendremos en el futuro. Lo que no soy. Lo que dejo de ser, de hacer, de entender.

Empieza  y termina con mis hijos, para qué engañarnos. Los que exigen respuestas a preguntas que ni yo tengo resueltas. Los que me obligan a crear para ellos un lugar seguro, incluso aunque yo sea una traidora absoluta, una impostora, una ilusionista de medio pelo que a duras penas consigue poner en marcha el espectáculo de luces y sombras. Es muy probable que sin ellos estuviera acurrucada bajo el edredón desde el día 1, y que esa sensación constante desde que me convertí en madre de vivir fuera de mí, para ellos, se haya visto multiplicada estas semanas hasta límites no sospechados.

Porque en este catálogo de carencias, además de la incapacidad para sentirme armadura, luchadora, castillo, para mis hijos, tampoco encuentro confianza frente al futuro, ni esperanza de algún cambio.

Me falta el aire muchas veces, me falta el cielo abierto, y un camino libre, despejado. Me falta la fuerza mental para no autocompadecerme aunque no tenga por que´. Me falta autoengañarme pensando que controlo más o menos lo que hago, y no hay duda de que me falta el valor para no tener miedo a perder lo poco que ya tengo. Algo me queda de humor, que uso como barrera, como improvisada mascarilla cuando debo enfrentarme al mundo, sea como sea. Pero siempre convencida de que seré desenmascarada a la primera sonrisa desmadejada. Recuerda, no te toques la cara, te dicen, esa sonrisa falsa no te salvará de nada…

Pero además ahora ha llegado el capítulo de no tener a nuestro alcance el consuelo frente al duelo. Nos falta en nuestro estante de víveres, ese que corremos a reemplazar una vez a la semana, pensando que todo se compra, el abrazo, el tocarnos, el apretarnos para sentirnos presentes, el ir corriendo a unirte en manada frente a una muerte.

¿Cómo se vela desde lejos?

¿Cómo se aferra uno a aquello a lo que no puede ni acercarse?

No hay tregua ni consuelo, como diría Vetusta Morla.

El catálogo sigue creciendo.

 

 

 

#VDLN: Hallelujah

Porque podamos alzar nuestra voz cuando queramos y como queramos.

Porque nos queremos libres.

#8M

El Viernes dando la nota es un carnaval de blogs dedicado a compartir música cada viernes. Si quieres saber más, conocer las reglas, y cómo participar puedes verlo todo aquí.


Si la vida te da limones…

… se los tiras de vuelta. Y a mala leche, si es posible. A dar.

Está empezando el año 2019 amigos y  esto es Vietnam. Esto es Mordor en época de apareamiento de orcos. Es la cena de empresa a las 3 de la mañana. Es Madrid en plena huelga de taxis y que cierre el metro. Es cepillarte los dientes con el cepillo de otra persona. Es tomarte leche caducada.

Es que alguien te cuente el final de Infinity War.

Es equivocarte de dirección al coger el bus y marcharte en la contraria.

Es enero del 2019.

Y está el mundo hecho unos zorros. No sé qué hemos roto cósmicamente, si es que en otra vida hemos sido todos unos miserables genocidas o quizás que estamos pagando como generación el abuso del azúcar blanco de nuestros ancestros.

Sea como sea, tenemos lo que va de enero, regular tirando a me arranco los ojos, hulio.

Y no, no voy a hacer listado de miserias ni propias ni ajenas. Mejor leer la prensa diaria, en la sección actualidad. O poner la tele. O mirar Twitter. O el techo, yo qué sé.

Pero cada día de este mes, casi sin excepción, he llamado a Thanos en mi mente, muy fuerte, para que se materialice entre nosotros y haga ESO que él sabe. Y hala, todos a Parla (que anda a la derecha de la otra dimensión, la de a tomar por culo)

Y una que es positiva, y gilipollas, en esencia, y que le busca siempre lo bueno a todo, a este mes dichoso lo único que le estoy buscando el botón de encendido y apagado.

Si lo encontráis, avisadme (eso sí, solo por email)

Pd. que se me olvidaba con la ira ésta que me ha entrado poner aquí un poco de arte. Os dejo una cancioncilla bonica para compensar la espesura mental de este mes absurdo e infernal que ojalá se extinga con terribles sufrimientos.