Aceptando cumplidos

Es cierto, no lo había pensado nunca, pero las mujeres no sabemos aceptar cumplidos sin menospreciarnos en la misma frase. Nos viene de serie, ¿no creéis?

Y este vídeo de Amy Schumer, por muy bestia que sea, lo muestra muy bien.

¿Nos sentimos obligadas a hacernos de menos? ¿Está mal visto por el resto de las mujeres aceptar un cumplido con naturalidad y sin más? ¿Qué pasa con nosotras? ¿Nos sentimos obligadas a devolverlo? ¿Cómo podemos estar tan llenas de recovecos tan complicados?

¡Que vienen, que vienen!

El Rey y yoAviso: este post no es apto para seres sensibles y amantes de las Navidades y sus tradiciones, en concreto, de las que tienen regalos como fin. 

Madre mía, yo creo que hoy me da un infarto…

A mí esto de los Reyes me gusta mucho. Es un momento precioso que en mi familia hemos mantenido y espero que mantengamos como una ocasión para reunirnos todos, dormir juntos y levantarnos rodeados de niños y regalos. Pero reconozco que, con dos lechones, con vacaciones escolares y dos semanas con ellos en casa y mis nervios como escarpias, o depuramos nuestra técnica y logística o voy a tener que subcontratar, o pasarme a la especie “atea” en esto de las costumbres navideñas.

Antes no pasaba, la vida era sencilla y despreocupada, pero ahora llegar a Reyes con niños a cuesta (una en la chepa y otro en la teta, literalmente) es como el IronMan de la paternidad, por lo menos para mí. Lo reconozco. La falta de tiempo y los problemas de logística convierten este día en una gynkana de las buenas, amigos, y mi santo y yo estamos que no llegamos!

Cosas que lo convierten en un infierno:

– Las multitudes con bolsas en las manos me provocan cada vez más pavor. Todos los años me digo, éste lo haré antes. Y todos los años peco de tardona. Y me uno a la masas en movimiento en busca del regalo perdido.

– Los centros comerciales son el mal, con todos mis respetos. Tienen un efecto campana que amplifica los nervios, el cansancio, el mal humor, los niños lloran, se tiran por los suelos pulidos, te asaltan en los pasillos vendedoras casi pre-adolescentes, más pintadas que el Rey Negro no Negro, para arreglarte las uñas (que sí, que te hace falta pero como que no es el día!) y llega un punto en que estás hasta los mismísimos de entrar en tiendas y solo buscas la bajada al garaje como forma de escape de esa pesadilla iluminada y llena de confeti.

– Este año ha proliferado una subespecie en los centros comerciales, que he venido a denominar “esas cosas gigantescas y horribles”, y que no son otra cosa que animales gigantes y muy feunos, que se mueven a velocidades variables, sobre los que los padres posan gentilmente a sus criaturas para así recorrerse el centro comercial atropellando a otros padres desquiciados porque sus hijos también quieren montar en “esas cosas gigantescas y horribles”. Ni siquiera he preguntado el precio del paseo sobre el animaloide, me horrorizan y seguro que encima son caros de la muerte. No, no y no.

– Los reductos para dejar niños. Son inventos de los directores de centros comerciales para que los padres dejemos a las criaturas a buen recaudo, o al menos, entretenidos, mientras los padres consumimos ferozmente y como salvajes. Ese es un plan. Nunca lo he usado. Pero el otro día pude comprobar una modalidad o variante B de la anterior: reducto donde dejas a los niños, PERO no te puedes ir a comprar o a tirarte de una escalera autómatica si te place, no. Lo gracioso es que la casi pre-adolescente, infra-pagada seguramente, con gesto huraño y que está gritando “tengo unas ganas locas de aguantar a mocosos que te cagas” mientras se planta la camiseta de Pocoyó como uniforme, te dice que no, que no te puedes ir y que tienes que estar a menos de medio metro del reducto mientras las criaturas juegan dentro. Anda, pues mira. Si me lo dices así, pues nada, bonita, me quedo.

– Los Reyes Magos itinerantes. Bueno, quitando que al 30% de los niños les da pavor ver a estos personajes sedentes, y la mayoría con barbas de pega, o pintados de negro, horror, pues qué voy a decir, es una tradición por la cual creo que hasta yo de criatura he pasado, y creo que sin trauma alguno. A mi criatura no le pidas que hable con alguien con quien tenga una relación más bien cercana, ella es muy suya, ahora, fue ver al señor éste del atuendo festivo, y mira, que le contó su vida y milagros sin ninguna pega. Por supuesto, para recibir los dos caramelicos que el abuelete le entregó tras un discurso al oído de mi criatura que aún no he conseguido que me reproduzca y que me intriga bastante…

Podría seguir con mis cuitas, he acumulado resquemor durante mucho tiempo sobre esta época como para dos blogs y medio. Pero me temo que tengo que seguir envolviendo regalos, escondida en mi cuarto, claro.

¡Feliz Noche de Reyes, amigos!

Foto: Nikon 1 J2 en modo automático,

¡Padres no, gracias!

Soy novata en lo de los cumples infantiles masivos. Los de mis hijos han sido siempre en la intimidad de familia y amigos, al calor de una buena barbacoa y un montón de latas de Mahou, vamos, lo típico. Lo más alejado posible de cumpleaños temáticos o medianamente refinados. Y sé que este es un tema peliagudo, no es que me parezcan mal, para nada, es que sencillamente no valgo para ese tipo de despliegues, al menos por ahora. Lo mismo en un tiempo me entra el espíritu de Martha Stewart, me convierto al scrapbooking y el washitapismo y hago cosas cuquis hasta decorando las tostadas del desayuno de mis hijos…

Pero bueno, dejando de lado mis incapacidades manifiestas con el DIY, el tema cumpleaños tampoco es mi fuerte. Ni el de mi hija, porque, por suerte, creo yo, la mayoría de los cumpleaños a los que le habían invitado hasta ahora habían sido todos de amigos nuestros, con lo cual entraban dentro del terreno conocido, “useasé”, fiesta de toda la vida, más o menos decorada (madre mía, que os esforzáis muchísimo y los invitados nos vamos deprimidos a casa pensando en cómo tendremos que hacerlo nosotros cuando nos toque para estar a la altura…), y oye, pues pasas una tarde agradable mientras los críos corren entre las piernas y se ponen gochos de tarta y gusanitos, sean estos temáticos o no, que al final eso es lo de menos.

Pero, hete aquí que ahora nos hemos encontrado de bruces con una nueva y chocante realidad: ¡¡¡las fiestas de cumpleaños SIN PADRES!!!

Aún estoy en shock, perdónenme, porque debe ser la mar de normal dejar a la criatura en un recinto cerrado con doce críos más, y digo críos de cuatro años, ¡no de ocho o nueve!, pero a mí se quedé cara de qué me he perdido, mientras el resto me miraba divertido, siempre tiene que haber una novata en los cumpleaños sin padres.

Y ante mi estupor, sí, depositabas a tu criatura, con su regalo para el homenajeado bajo el brazo, como quien deja el abrigo en el ropero, aunque no me dieron ficha, y despachada para dos horas después, tan alegremente. Y hala, puerta cerrada.

Yo que, pese a apetecerme cero el momento social, ya iba preparada para confraternizar con el resto de padres del cole, a los que conozco de refilón en mi sprint para recoger a la criatura, o poner por fin cara y nombre a los compañeros de mi criatura, que me hago un lío con las niñas rubias que no veas… Pues no, mi gozo en un pozo. Los padres no estaban permitidos y mi otra criatura y yo nos fuimos, castigados y sin tarta, a hacer tiempo mientras esperábamos a que saliera la, de repente, niña emancipada.

Y como resultado de la expulsión paternal, esto es lo que vimos durante casi dos horas para deleite del pequeño. A mí aún me dura el tic en el ojo. En serio.

DSC_1416
Los niños estaban como hipnotizados! Foto Nikon 1 J2 modo automático
Pingüinos navideños
Y aquí los culpables de la hipnosis. No descarto un lenguaje secreto… Foto Nikon 1 J2 modo creativo selección de color

 

Y aquí los podéis ver en acción (vídeo tomado con la Nikon 1 J2):

Después de esto, una y otra vez, y otra vez, y otra vez más, toco recoger a la criatura que salió más pintada que una puerta, con los morros de rojo, los ojos con algo azul en los párpados y una corona pintada en la frente que doy fe que tardó muchísimo en salir en la bañera. ¿Se lo pasó bien? Pues supongo que sí, pero yo me quedé frustrada y hoy he soñado con que una horda de pingüinos asesinos invadía mi mansión y me perseguían cantando villancicos hasta que yo perecía entre terribles sufrimientos.

Ay, dios, qué duro es esto de la crianza…

Los días-culo que nos quedan por vivir

culos

 

Los días-culo (nombre enormísimo al que llegó mi hija no sé por qué vericueto mental) llegan, y como llegan, se van.

O no. También los hay de los que se quedan, convirtiéndose en semanas-culo, meses-culo o incluso, años-culo.

Son esos días en los que todo va de ídem y más te hubiera valido no haber salido de la cama para evitar cagarla o no estar justo encima de esa alarmente cruz blanca pintada bajo tus pies sobre la que el universo defeca con todas sus ganas.

Creo que todos sabéis a qué me refiero.

Y no hay antídoto para esos días-culo. Sí que es verdad que también va en la persona ver todos los días como un gigante trasero. Pero bueno, independientemente del grado de victimismo y “amargamiento” vital de cada uno, los días-culos son como las meigas, haberlos, haylos.

Tampoco veo la necesidad de frustrarse porque no se encuentra remedio. El karma funciona y eso, pero a veces te ha tocado. Es lo que tiene jugar en la ruleta de la vida. Al final es cuestión de llevarlo lo mejor posible e intentar sacar una sonrisa a pesar de la gran cagada del día. Porque a pesar de todo, a pesar de las enormísimas y bíblicas proporciones del culamen en que se ha convertido el día… al final se sale de todo (y si no que se lo digan al Urdangarín, que va a salir de rositas el muy truhán después de haber trincado como si no hubiera un mañana).

Y siempre podrás reírte de lo mucho que te has calado los pies con el charco, del grito que has pegado al borrar sin querer un textaco que llevabas preparando todo el día, del vómito de tu criatura en tu blusa recién planchada e impoluta, o del grano que te acaba de emerger cual volcán en erupción justo antes de esa reunión tan importante…. Siempre hay un motivo para superar el día-culo, ¡no lo olvidéis nunca!

Aquí va mi píldora de optimismo anti-depresión culera…. ¡Por los días-culo que nos quedan por vivir!

Vacaciones de verano: ¿copazo o prozac?

Malabarismos vacacionales
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Tener criaturas te cambia para bien o para mal. Todo. Desde el ancho de los tobillos, pasando por la talla de sujetador, hasta tus más arraigadas costumbres, como esa en la que dormías ocho horas, por decir algo, vamos, no por nada en especial

Y si hay algo que cambia, no, corrijo, que aniquila a lo que antes sucedía para convertirlo en otra cosa totalmente distinta, ese algo son LAS VACACIONES.

Y es que ahora, dejando de lado el tema presupuestario, que también, la verdadera y genuina duda en el asunto vacacional no es si playa o montaña, no. Ahora la cuestión fundamental pasa a ser…¿copazo o prozac?

Amigos, las vacaciones ahora son una caca.

Y no es que me queje por tenerlas, al contrario, vamos, con lo que cuesta hoy en días llegar hasta ellas, me salvan la vida, me oxigenan, me devuelven la poca cordura que puede contener mi cabeza… Vamos, que yo feliz y ojalá pudiera disfrutarlas más tiempo.

Pero oigan, ¡que esto no son vacaciones! Vacaciones eras esas en las que metías unas bragas en la bolsa, el bikini, un vestido ajustadico, los libros del verano (ohhhh, sí, entonces leía!) y cuatro cosas más y te largabas a la aventura, a la buena vida, a las comilonas en un chiringuito y a un siestón de cuidado, o a lo que cayese con la pareja… Esos días despreocupados en los que no viajabas siempre con la impresión de haber olvidado algo aún llevando el coche más cargado que los de “malacatones” robados de mi barrio. En los que, cuando éramos dos, nos daba igual el plan porque hiciéramos lo que hiciéramos íbamos a estar tan pichis… En los que te dabas el lujo de darte un paseo por la playa sin preocuparte de a tus criaturas les daba el sol demasiado en las orejas, de si se comían la arena con fruición, o de si se extraviaban entre la marabunta playera… En los que simplemente, te relajabas. Sin más. Ni menos…

Esto es otra cosa… Y no, no me vale la alegría inconmesurable de verles por las mañanas, por las tardes y por las noches. Son mis retoños y les quiero todo el año. Pero ¿dónde han quedado esos días de relax prometidos, esperados, soñados….? ¿Acaso los padres del mundo, con tiernas criaturas babeantes no nos merecemos un descanso? Y por qué, si esto va a ser así, ¿no me desgravan en Hacienda?? No sé, más de uno nos lo tomaríamos de otra forma si así fuera. Al menos, nuestro quiero y no puedo vacacional sería menos frustrante…

Puede que el truco para no frustrarse, tanto, sea darse cuenta de que ya no son MIS vacaciones, igual que ya no tengo MI baño para mí sola, o que ya ni siquiera soy yo misma para muchos, sino la madre de… ¿Será que ahora son las vacaciones DE MIS HIJOS y hasta que no lleguen a la pre-adolescencia y prefieran ponerse los cascos para escuchar música mientras cenamos antes que hablar con sus padres y prefieran irse de campamento con sus colegas no volveré a tener a vacaciones para Mí otra vez? ¿Es eso? ¿O será que no deberían llamarse vacaciones sino meses-en-los-que-tus-hijos-se-lo-pasan-pipa-y-rellenan-las-primeras-hojas-de-sus-cuadernillos-de Vacaciones-Santillana-mientras-tú-lloras-por-las-esquinas-y-te-das-a-la- bebida?

Me dirán que exagero. Tal vez sí.

Pues ya se lo contaré…

De restauraciones y otras locuras materno-empresariales

Resulta que un día tienes que salir de casa para hacer negocios. Lo que viene siendo hacer “el business”: rebuscas entre la ropa de premamá y la de lactancia algo sin manchas y medianamente planchado, rescatas unas medias sin carreras del cajón de ese mix que tienes de leotardospeloteros-mediaspeloteras-calcetinespeloteros, y practicas arqueología entre los zapatos planos y llenos de arena del parque para encontrar algo digno y taconero. Desde que tu criatura te ha pedido, por favor que te pongas tacones porque le gustas más (…), estás asimilando que tal vez, solo tal vez, tu hija quiera una madre más alta y arreglada a la par que sencilla… y que la que tiene no le mola… que tal vez tengas que empollarte algún catálogo de moda invierno del Vogue o hablar pronunciando algo más la s, ¿sabessss? (ese pensamiento te dura lo que aguantan sus muñecos ordenados en su cesta, porque en cuanto ves de lo que es capaz la bestia parda te sale el chuki que llevas dentro y sacas la madre bajita, de zapato plano y chillona que llevas dentro y te importa un pito lo que te pida por favor con tal de que ordene su cuarto y deje de hacerle llaves de pressing al hermano).

Pero hoy tienes que salir a businessear y hacer algo de provecho (ejem) así que toca hacer el esfuerzo e intentar recomponer todas las mujeres que llevas dentro para ponerte cara de moderna y talentosa, escondiendo por un rato la maruja ojerosa que grita a su hija que se coma el pollo, que trabaja en pijama como una loca a las seis de la mañana con listas de la compra junto al flujo de contenidos de la semana y que no tiene ni idea de cómo enfrentarse al mundo de los negocios… A lo mejor tienes que evolucionar y de una Pokemon tipo ama de casa pasas a ser a una de tipo empresaria exitosa a base de ganar batallitas a mujeres delgadísimas y elegantísimas en traje con BlackBerry y maletín de Armani…  Las ganarías a bolsazos, eso no lo dudes…

Así que buscando un milagro te pones frente al espejo y tras el susto y arcadas iniciales, te secas los lagrimones, te juras que nunca más, que a partir de ahora te pondrás todos los potingues esos que atiborran el armarito (copando las baldas correspondientes al santo) y que te echarás escrupulosamente el contorno de ojos como si en ello te fuera la vida para no convertirte en la gemela de Soraya Saez de Santamaría cuando se enfada. Apretujas con fruición los cuatro pelos escamosos que te quedan tras el embarazo+parto+tirones del pequeño, cubres con espátula y mortero las ojeras cronificadas y bolsas colganderas y, en definitiva, restauras con prisas, y como puedes, para no ser el maquillador gordaco de los anuncios de Max Factor, el Ecce homo borjiano en que te has convertido tras todos estos meses de estar escondida en esa cueva de perdición llamada “trabajo en casa“.

Y bueno, has hecho lo que has podido. Y llegas tarde, por supuesto. Así que corres pasillo arriba pasillo abajo por tu mansión, cogiendo el iPad, el smartphone, las tarjetas de visitas, un boli por si no funciona el iPad o el smartphone, las llaves del coche, las del garaje, las de la casita de Mickey Mouse… Todo lo que una mujer de negocios actual necesita, y eso sí, sin mirar atrás, porque la casa te está llamando a gritos “desgraciada”…  Pero noooooo, espera, ¡¡¡te falta algo!!! Llenas la bolsa de pañales para un regimiento, ropa de cambio para tres estaciones distintas (¿alguien sabe qué temperatura hace en el Ifema?), discos de lactancia y demás complementos diminutos y empaquetas al bebé, tu socio más entregado y fiel escudero, en el coche mientras sudas la gota gorda intentando que el capazo quepa con la bici de la niña, los ruedines, la cuna de viaje y el colchón… Y tras hacer el Tetris en tu maletero y darle gracias a dios por haber hecho el coche más grande del mundo ¡¡ya estás lista para comerte el mundo!!

Hete aquí que, mientras recorres como una loca (tómese esto como una exageración, of course) la M30 porque sí, llegas muy tarde, reflexionas (a tu manera, es decir, muy floja) sobre como montar un negocio propio es una locura casi tan grande como tener un bebé. Casi están al mismo nivel, te dices. Aunque al negocio le puedes mandar a la mierda en un momento dado, mientras que al retoño lo máximo donde le puedes mandar es al Hermano mayor a que lo amaestren y deje de romper puertas con los puños o a un internado en Suiza si es que te dan las perras.

Ahora bien, cuando se unen ambas cosas, tener niños pequeños en la chepa y teta, a veces simultáneamente, y poner en marcha un negocio, ambas tareas ya de por sí, estresantes, demandantes y altamente explosivas, te das cuenta de la mezcla…

Demonios, ¿¿¿¿qué es lo que va a salir de ahí???

Sobreviviendo al verano

Contracturada como nunca y con más canas en mi cuenta personal vuelvo de nuevo al blog, echando cuentas y haciendo encaje de bolillos en mi agenda para encontrar horas para terminar el máster, para currar como una loca y sacar para adelante Madresfera, que va tomando forma de negocio, minutillos libres para pasar por un fisio que me devuelva la movilidad de la parte superior del tronco, sentarme en el sillón de la pelu a pesar del 21% para que me devuelvan la apariencia de mujer-hace-tiempo-presentable, llamar a unas cuantas empresas para que me devuelvan pasta por cosas que tenía que haber reclamado hace tiempo pero que no he hecho porque se me acumulan los “debos”…

Y es que éste, amigos, ha sido un verano épico. Pero épico por lo de las batallas sangrientas y los caídos en combate. Tras días extenuantes que me han puesto a prueba hasta decir basta cada noche me acostaba con la lagrimita colgando de la pestaña y marcando con la uñica una raya en la pared de la alcoba para tachar un día más, un día menos para volver, un día menos para soltar al sistema público a esta bestia parda en la que se ha convertido mi adorable hija mayor y que me ha provocado más luxaciones y contracturas en dos meses que alguna clase infructuosa de body-stretching por la que he pasado.

Así que me he convertido en un ser paliducho y ojeroso, de carácter agrio y gritón a más no poder mientras corría desaforada tras la criatura por la piscina y alrededores, con la teta fuera y un lactante-ventosa que se agarraba a mí a lo koala sin pelo, el pobre.

Y todo porque la susodicha bestia parda ha decidido que el verano, a sus tres años, era el mejor momento para eso tan traído de afianzar su personalidad frente al hermano y frente al mundo con toda clase de desmanes y comportamientos rozando la delincuencia, convirtiéndome a mí en un manual de todas las conductas maternales reprobables que la Supernanny anotaría en su libretita, con su chaquetita sobre el brazo, mirando de reojillo a la cámara como diciendo: ojo, ojo, vaya mierda de madre tenemos aquí, y que luego me explicaría con ese tono irritablemente calmado y sosegado en la mesa del salón con su mini-ordenador de chichinabo. Vamos, me encuentro yo a la tal Rocío y una de dos: o me la como con furia incontenible, o bien la pongo un piso en Serrano para que me cuide a los dos durante un día para que yo me pueda ir a un balneario con el Imserso o a vegetar a Benidorm.

Debo haberlo hecho fatal, imagino. Pero bueno, al menos hemos sobrevivido. Los tres. Y eso que el pequeño ha sufrido en sus prietas carnes toda clase de ataques en forma de lanzamiento de palas de piscina directas a su cabezón calvo, de llaves de lucha canaria con la hermana encima suya a la que te dabas la vuelta, introducción violenta de chupete por algún orificio disponible, untamiento de cremas solares e introducción violenta por algún orificio disponible, sesión de gritos de “hermanitoooooo” a 300 decibelios justo a la altura de su nariz, y meneo compulsivo y frenético de la hamaca a lo atracción de feria sin medidas de seguridad mientras el pequeño saltaba cual poseído por el demonio llorando en arameo.

Nos lo hemos pasado genial, amigos.

Pero ahora que he vuelto beso el suelo de mi calle, a mis vecinas “lolailo” en bata y pantuflas y moño a lo Winehouse que van al Ahorramás con los niños en pijama, a los toxicómanos que me saludan con su entrañable sonrisa sin dientes en la esquina, a los perracos que cagan en la puerta de mi casa y a los dueños, despistadillos ellos, que no lo recogen…

Ya estamos de vuelta. Ellos sanos y a salvo. Yo, dando gracias por el ibuprofeno.

Esa “dulce” espera… ¡y una leche!

Hermanos, amigos, pródromos del parto varios e irregulares, muchos ya lo sabréis por experiencia, pero hoy tengo que afirmar que los días previos a dar a luz son, sin duda, una de las experiencias más surrealistas que la mujer se pueda echar encima…

Más que ver a Mario Vaquerizo ponerse las bragas de su mujer y luego afirmarse como un hetero muy macho. Más que el anuncio de los cristales gratuitos de VisionLab. Más, si es que eso es posible, que el “wi, wi” del anuncio del método ogino 2.0 de Clear Blue

Y, ojo, que no lo digo en plan, “dios, me quiero morir, ¡¡¡sácadme esto ya de una vez!!!!” (bueno, un poco sí), ni tampoco como “¡¡ohhh, como adoro ser mujer en estos momentos de realización personal y corporal y cómo estoy disfrutando con cada puñetera contracción!!”

No, no lo veo ni de una forma ni de la otra. Y conste que ver, lo que se dice ver, no es que vea mucho, salvo un tripón inmenso que me ha fagotizado como persona, como mujer trabajadora y como ente cotizador a la Seguridad Social. Tripón que se va adelantando cual señal luminosa con fanfarria incluida a mis pasos y que se ha convertido en mi tarjeta de presentación allá donde voy, ocasionando que esté donde esté, me conozcan o no, y me apetezca a mí o no, se hable, OBLIGATORIAMENTE, de lo siguiente:

– La altura relativa de mi tripa (está bajísima, vas a parir aquí mismo… Ah, pues yo te la veo muy alta, aún te queda, maja).

– De lo puntiagudo de mi tripacono, que indudablemente demuestra que es niño. La ciencia es lo que tiene…

– De si llevo dos o uno solo o un regimiento de infantería, JA.

– De si estoy mejor ahora o peor que cuando nazca. Desde un “te vas a enterar con dos” hasta un “te vas a morir con dos”, dentro de esa horquilla, lo que queráis.

– De que tengo la cara hinchada y los labios como dos cantimpalos.

– De que no la tengo hinchada en absoluto y estoy como una rosa de pitiminí (estos son los menos, que conste).

– De que he engordado mogollón y parezco un engendro marino en peligro de extinción por los millones de bolsas de basura que pueblan nuestros mares y de que no me voy a recuperar nunca, nunca, nunca…

– De que no he cogido nada más que tripa…

Para terminar hablando del parto/partos de las contertulias quienes, sí o SÍ, terminarán contándome si se les descolgaron los bajos al nacer su cuarta criatura, si los puntos se le infectaron hasta un tremendo reventón de pus sanguinolenta en medio de la boda de la cuñada, o de si la protagonista de la peli gore en cuestión casi se muere del dolor y cómo se rajó viva al expulsar a su primogénito de ocho kilazos sin anestesia y en plena calle porque no le dio tiempo a llegar a la maternidad. Chúpate esa.

Y todo ese caudal de información detallada y expresa sin yo abrir la boca ni decir esta tripa es mía. Ni un mísero “no sé quién … eres y no me interesa nada lo que me estás contando, chata, déjame arrastrarme en paz y llegar hasta mi orilla…”

Además de este ataque social sin miramientos, que también puede ser una reacción alérgica a la humanidad provocada por las hormonas, el surrealismo preparto se extiende a la vida en general, que se vuelve un completo desbarajuste berlanguiano en esta sociedad cada vez más inhóspita y más incómoda para el ser humano: Facebook ¡¡¡Facebook!!!! sale a bolsa y el tipo ese con cara de monguer se hace de oro cuando lo que está pidiendo a gritos es un par de puñetazos por cerebrito y por abusón; estamos a punto de la intervención y nacionalizan Bankia, pagamos nosotros la fiesta y encima los mismos seguimos poniendo el culo;  nos las dan con los recortes a troche y moche en todo lo público, lo gratuito, lo sensato y lo que es justo y lo poco que queda por recortar son mis ganas de parir, ganas que, en cuanto llegamos a Urgencias y me dispongo a que me exploren a ver si a la criatura le han venido ya las ganas de ver Top Gear o la quinta temporada de Mad Men, se quedan reducidas a un par de centímetros de dilatación  y a un condescendiente “anda, márchate a tu casa, bonita, que a éste aún le queda una buena temporada para saludarnos con la manita”.

Y es que el niño no quiere salir, amigos, ¡no quiere y punto! Y también os digo, que no me extraña nada… porque para salir y ver el panorama…

Lo mismo, me he llegado a plantear en un momento de reflexión floja propia de una servidora, estamos ante el primer caso de embarazo regresivo de la historia y salimos en el próximo número del National Geographic junto a las hormigas zombies y la tribu de pigmeos caníbales recién descubierta en plena selva brasileña. En un giro sorprendente de la evolución humana, tipo final de Lost con su tapón del lavabo existencial, visto lo negro que está el panorama, la naturaleza se defiende ante los ataques externos de banqueros sin escrúpulos, el deshielo de los polos y los jóvenes espantajos de los bolsos de Loewe, y  en cuanto llegamos a los nueve meses, a punto, a puntito de salir, plofff, nos volvemos para atrás y el cuerpo, que es muy sabio, reabsorbe al feto en un intento último de supervivencia extrema…

¿Veis como esto es totalmente surrealista? ¿Y alguien le extraña que esta criatura no quiera salir con una madre que empieza a pensar estas cosas? Si casi estoy yo también por hacerme un sitio en mi macrotripa y esconderme del mundo en un ejercicio de contorsionismo de los míos…

P.D: A “mis” bloggers del #15J, ¡sois unas campeonas! La estáis montando fina filipina y, a mi criatura no-nata pongo por testigo de que, aunque sea en forma de chapa o de holograma, ¡¡estaré con vosotras!!!

De pelillos y contorsionismos

Hoy me he medido los brazos. Os lo juro por mi minipimer que me han crecido en el último mes. Y no extraña, porque con el “peazo” de balón medicinal que tengo como barriga, despegarse de mi cuerpo y salir al mundo exterior para cualquier labor manual, les requiere a mis brazos una elongación cada día mayor. Y no exagero. Mucho.

Y a pesar de encontrarme medio mermada en mis facultades, tanto físicas como mentales (creo que incluso más las segundas que las primeras), esta mañana me he sorprendido a mí misma haciendo algo tan absurdo como surrealista: ¡depilarme las piernas! (o lo que sea que tengo por debajo del barrigón que me impide ver más allá) y gracias a lo que aún puedo desplazarme medianamente bien por el mundo.

Sí, esto os lo digo a panza descubierta, desde la valentía que aporta el esconderse tras una pantalla, porque reconocer abiertamente que, aún no viéndome los pies desde hace tiempo y atacada por una contumaz ciática que me hace sentir hasta simpatía por el ínclito señor Fraga y su bamboleo irregular, me preocupo por llegar al hospital como a la recepción del embajador, osea, “limpia y rasurada”, me parece la frivolidad más grande del universo universal y si me pedís que lo repita en público lo negaré también sobre la tumba del ínclito señor Fraga, a quién tan presente tengo estos días y lo achacaré a una especie de síndrome “pariendo pero estupenda” que me ha atacado durante estos días.

Pero fíjate tú, mari, que sí, que tengo yo el cuerpo para pocas sevillanas y ahí que, como cualquier cosa, me enfarrago con la cera tibia esa, más peligrosa que los instrumentos de tortura medievales, cuando los astros me estaban indicando con todas las señales posibles que “Ande vas, alma de cántaro, ¡¡que lo de menos ahora son tus pelos!!”

Y alguien podría decirme, con buen criterio, mejor que el mío, seguro, que si tanta preocupación tengo con mis pelillos resilientes y que sean de dominio público en las múltiples visitas que preveo en el hospital, que me deje caer así como quien no quiere la cosa por un sitio de esos donde una sonriente jovencita de nombre Jasmine de cejas pintadas a lápiz khol, muy amable y de enormes pendientes de oro chapado, se abalanza diligente sobre mis muslos, arma cargada y toda pegoteada de cera en una mano y papelitos arranca-vellos en la otra para liberarme a mí y a mi cuerpo contracturado de semejante tarea en tan solo diez minutos mientras yo me debato, durante interminables y sudorosas sesiones de contorsionismo, entre la vida y la muerte intentando llegar a partes de mi cuerpo totalmente inaccesibles a mis ya aún así prologandas extremidades…

Pues sí. Es una teoría interesante. Pero una servidora es una chica de pueblo (casi), hecha y depilada a mí misma en lo bueno y malo, una trendy woman a lo cutre, una chica self-made de los métodos depilatorios a la que nunca le ha entrado en la cabeza lo de dejarme hacer por una profesional que me cuente la historia de sus cuatro hijos y tres maridos colombianos, pudiendo abrasarme yo cualquier parte del cuerpo con la cera ardiendo, provocarme algún torsión muscular, lesiones oculares al saltarme a los ojos el producto del diablo ardiendo al saltar del microondas, o que se me enrollase la epilady en los hilillos de algún calcetín provocando catástrofes de dimensiones apocalípticas en mis utensilios, vestuarios y dignidad, por qué no decirlo.

Total, que  no quiera la criatura que hoy mismo tuviera que irme con mi maletita al paritorio, porque a resultas de mis dos intentonas de depilación de los últimos días no voy ni bien depilada ni totalmente peluda, sino un mix alternativo que comprende haber eliminado el vello en aquellas zonas donde ha querido y podido llegar mi mano, que tampoco podría decirles cuales son, francamente, porque sencillamente, lo ignoro.

Lo cual me lleva a constatar que la ignorancia es una bendición, como en muchos otros casos.

Y desde aquí, además, lanzo una pregunta a los fabricantes de ceras y productos depilatorios del mundo: señores fabricantes, porque seguro que son señores y de más de cincuenta años, como si lo viera: ¡¡¿quién, en su sano juicio, decide que diez banditas de esas depilatorias son suficientes para dejar listas y preparadas unas piernas de una mujer medio normal a partir de una talla 38?!! (lo de la talla 38 en mi situación actual es una ironía, por si hace falta aclaración).

Y como última reflexión, me pregunto si en vez de la anglosajonada esa del baby-shower, o de la fiesta del sexo del bebé, para las cuales no tengo ni estómago ni energía suficientes, no estaría muchísisisisisimo mejor pedir un bono de acicalamiento intensivo y extremo para causas perdidas como la mía, abandonadita al chándal, a la coleta desaliñada y a las franjas de pelos en zonas del cuerpo donde mi vista no alcanza a divisar. Vamos, directita a Lourdes me tenía que ir…