Estamos todos muy tontos

Tampoco hay que ser muy avispado para darse cuenta del estado de atontamiento supino, superficialidad y borreguismo del que hacemos gala en este, nuestro país. No hay que ser muy listaco, ni ser Pérez Reverte, ni tan siquiera estudiar un máster en opinología de tertulianos de esos que tanto abundan por estos lares. Basta con echar un ojo a la prensa, o a la tele, o escuchar la radio. Pero hay momentos puntuales, ocasiones célebres, en los que estos niveles de surrealismo a los que ya estamos acostumbrados superan con mucho los límites de la realidad. Sigue leyendo

Un día me hago pandillera, avisados estáis

A vueltas con el día a día, con la realización personal, con la maternidad responsable, con la crianza con apego, con ser una buena madre, con las bragas Palominos dichosas, con mi (vida) entre paréntesis y con la crisis esta que nos han metido entre pecho y espalda precisamente los que siguen teniendo pasta, hay días como hoy en los que me comería viva, con pelos y todo a lo Ozzi Osbourne, a más de uno, en los que me cago en las políticas de recortes sociales (y en los políticos en general) y en cómo están convirtiendo un mundo medianamente llevadero en un olla de presión de las antiguas, de esas con el pitorrillo negro bailando encima, sí, de esas que pitan de sobre nuestras cabezas como diciendo «voy a explotar y os vais a enterar de lo que es una buena crisis, tontosdelculo».

Semana Mundial de la Lactancia que nos dejan

Es la Semana Mundial de la Lactancia Materna y toca una reflexión al respecto. Nada más dar a luz y en plena efervescencia hormonal  icé la bandera de la lactancia a demanda y enarbolando el manual de san Carlos González me proclamé defensora a ultranza de ese derecho de madre e hijo a una lactancia natural y sin intervenciones. Incluso me atreví a arengar a mis compañeras en mi afán comunicador, “maternificador” y casi-evangelizador, tanto que cualquiera en un momento de hartazgo, y con bastante razón, me hubiera dado un «tetazo» por pesada y por meterme en escotes ajenos…

Ahora, tiempo después ( habiendo amamantado hasta los dieciocho meses), y con las hormonas algo más recolocadas (si bien témome nunca volverán a ser lo que eran hasta que me llegue el momento Tena Lady), contemplo con más distancia, más tiempo y mucho más relax la cuestión pecho sí-biberón no.

Y aprovechando la fecha (celebración que no llego a entender, ya que no tenemos Semana Mundial de Quitarle el chupete o de Introducción de las Verduras), diré que el pecho es una solución económica, rápida, cómoda y normalmente, indolora, presenta todas las ventajas ideales para que todas las madres la adoptaran como método de alimentación. Está científicamente demostrado que la leche materna es el mejor alimento, por mucho que los anuncios de leche de fórmula nos digan que ellas lo hacen casi igual de bien, y tanto para el bebé como para la madre los beneficios fisiológicos y emocionales son indiscutibles.

Pero, por muy ventajoso que resulte, no a todas las mujeres les parece la idea más genial de la creación humana y hay que respetarlo y no indignarse con ellas ni mirarlas con recelo (como antes se hacía con las que sí amamantaban, las menos, recordémoslo) o cuchichear mientras compran en la farmacia el botecico de los dichosos y carísimos polvos. No es cuestión de diferenciar en quién da y quién no, sino en ir más allá y ver el motivo de muchas de esas decisiones.

Porque hay quien tiene mastitis nada más dar a luz y se les echa la culpa por no saber ponerse al niño (claro, como eso te lo enseñan desde primaria…) y no se les ayuda desde el hospital prestándoles sacaleches, sino que se las lanza sin más a sus casas, donde llorosas y con los pechos como bombas de SuperMario a punto de estallar, maldicen trescientas veces treinta y tres la lactancia de la madre que la fundó.

Hay quien no tiene apoyo a su alrededor y su enfermera de cabecera le sigue dando los mismos consejos del añolaTana del doctor Spock y “Tu hijo”, con los famosos diez minutos de cada pecho, haciéndose el lío padre con el tiempo que darle a su pequeño, que si se queda con hambre, que si no tengo leche suficiente, que si le doy un bibe para que no se quede el pobre con el estómago vacío… Y si encima sus mujeres de referencia, véanse madre y suegra de la generación biberón of course, pues ya se prepara el tinglao. Y a los tres meses como mucho, la protagonista ya lo ha dejado.

Hay quien quiere dar el pecho durante al menos sus seis meses, que es lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud, que no porque tengan mayúsculas van a saber más que nadie, pero vamos, que dan bastante credibilidad. Pero, hete aquí, que si la mujer ha de reincorporarse a su puesto de trabajo a los tres meses y medio (ese momento trágico en el que se te cae el alma a los pies porque te das cuenta de que la vida es una mierda) las cuentas no salen. Y resulta que si decide seguir con lo del pecho ha de montar la de Cristo para poder sacarse la leche en su oficina mientras a su pequeño lo cuidan otros (ya sean abuelas o cuidadores), que así en resumen, viene a ser algo así:

-llevarse la neverita de rigor con el sacaleches manual o automático, los botecicos preparados para la leche y el tupper con las lentejas,

-ausentarse de su puesto lo que buenamente dure la extracción/ordeñamiento, que para los que no lo han vivido nunca, no es un proceso automático, de estos de meter la monedita y “su tabaco, gracias”, sino que dura lo que tenga que durar…

-sentirse culpable por estar fuera durante un rato (además, la culpabilidad viene de serie tras el parto) y pensar que, mientras está ahí líada con su ordeñamiento, el jefe supremo del mundo mundial le va a llamar a su puesto en el que, ¡oh, dios, no está! ¡que está ahí, estrujándose los pechos afanosamente en vez de estar mirando su perfil de Facebook frente a la pantalla!!!

-esconderse del mundo porque lo de “me voy a ordeñar, ¿te vienes?” sale perdiendo frente al “me voy a fumar fuera, ¿te vienes? o al “son las diez, toca desayuno, ¿te vienes?”,

-conseguir exprimir la cantidad suficiente de leche para que el niño no se quede con hambre al día siguiente (uno de las mayores causas de estrés de las sufridoras amamantadoras que persisten tras su reincorporación y que a una servidora también le traía por el camino de la amargura),

-almacenar el preciado líquido sin que se contamine en el proceso (no todas las cocinas de oficinas están igual de equipadas) y seguir escondiéndose mientras se limpian aparejos (el sacaleches impresiona, os lo digo yo)

-y mantenerlo refrigerado hasta que llega a casa sano y salvo, cual agua bendita del mismísimo Lourdes.

Y eso cuando no se abandona directamente porque, francamente, esa media hora de lactancia que dan las empresas es como de partirse la caja y luego echarse a llorar. ¿Quién ha decidido que son treinta y no cuarenta minutos los que un bebé necesita para compensar las seis horas de media que su madre está fuera de casa? Y encima hay que darles las gracias, como con la dichosa jornada reducida… Que parece que están dando algo cuando todas sabemos que no sirven más que para juntar esos minutejos con la baja maternal, o para salir antes, media hora y que como te pille el metro apretado como siempre, pues vamos, que llegas casi igual y encima te miran mal en la ofi por eso de que te vas antes que nadie…

Total, que me extiendo demasiado, que sí, que tenemos que celebrar la Semana Mundial de la Lactancia Materna, que ahora se está poniendo otra vez de moda y es genial, que yo encantada. Pero no nos engañemos, si muchas madres no la eligen no es porque no le de pereza levantarse por la noche, ni porque crean que se les va a caer el pecho, o no quieran darle lo mejor a sus hijos. Es que no muchas veces, no pueden hacerlo ni cómo quieren, ni el tiempo que quieren.

Y ahí es donde radica, desde mi humilde opinión, el gran problema, lo que hay que denunciar, y contra lo que hay que luchar.

Más posts sobre el tema de la semana (seguro que hay muchos más, solo hay que seguir enlaces, pero con estos se puede empezar):

Mamá contra corriente:  Por qué no nos fue bien con la lactancia maternaPor qué no acudí a un grupo de lactancia

Miriam Tirado: De tetas, biberones, culpas y decepciones

Imagen de la home de http://twibbon.com/_breastfeeding. Y para que nadie se quede sin saber lo que necesita, enlaces imperdibles:

World Breastfeeding Week

La Liga de la Leche

Cuentos chinos de nuestros días: «mujer, tú también puedes conciliar»

Queridas madres, hermanas, amigas y lectoras desconocidas que pastáis por estos lares: nos están tomando el pelo, (los hombres no se salvan en otros temas, pero en este caso, permítanme que me dirija a mis camaradas, las féminas, porque, hasta ahora, todos los casos que he conocido en los que el cuento ha resultado venir de Oriente, el protagonista es un ella).

Y no solo nos toman por idiotas diciéndonos que nos suben los impuestos por la crisis mientras los que mandan se suben los sueldos y rescatan bancos en vez de personas. O cuando se argumenta que la televisión que tenemos es la que queremos y nos merecemos. O eso de que nosotras parimos, nosotras decidimos, ummm, lamentablemente ni siquiera en eso podemos decidir, en la mayoría de los casos.

Podría seguir. Estamos rodeados de mentirijillas y mentiras bien gordas. Pero lo que hoy me indigna, y me hace rechinar la dentadura empastada y unas cuantas endodoncias, es el tan traído y manido concepto, moderno, y guay, y progre, y más falso que la nariz de la Esteban o el morro de Esther Cañadas, de la conciliación laboral con la vida familiar (y con la vida en general, jejeje…).

Conciliar, según la santa RAE, es:

1. tr. Componer y ajustar los ánimos de quienes estaban opuestos entre sí.

2. tr. Conformar dos o más proposiciones o doctrinas al parecer contrarias.

3. tr. Granjear o ganar los ánimos y la benevolencia, o, alguna vez, el odio y aborrecimiento. U. m. c. prnl.

Si leemos cuidadosamente estas acepciones podremos observar algo curioso: al conciliar se busca unir de una forma equilibrada dos extremos contrarios entre sí. Lo que, aplicado a nuestro caso, señorías, la conciliación laboral, implica ni más ni menos que la vida familiar y la profesional son, per se, contrarias y opuestas entre sí. ¿Ah sí? Y ¿eso por qué no me lo dijeron en el colegio? ¿No nos han dicho por activa y por pasiva que las mujeres podemos trabajar y tener hijos y la vida sigue y santas pascuas? ¿No tenemos la «igualdad» tatuada en una nalga casi desde que nacemos, en esta sociedad-escaparate, de discursos demagógicos y promesas imposibles?

Esto, que ahora puede parecer de perogrullo, a mí hace dos años, entonces inocente ternesca, ingenua ciudadana recién parida y estrenada madre, bajo el influjo de los efluvios lácteos y los juramentos electorales me parecía una realidad perfectamente asumible y legalmente al alcance de mi mano. En mi cabeza, el germen igualitario que había crecido durante muchos años había dado como fruto la torpe certeza de que cuando dejase a mi tierna criatura de cuatro meses en la guardería, pobrecica mía, me quitaría la camiseta dada de sí y salpicada de manchas de madre primeriza y llorosa, y me pondría el traje a medida de mujer profesional, con estudios, carrera y con una lavadora de gran capacidad.

Y sí, por qué no, yo iba convencidísima de que podría desempeñar mi labor en ambos terrenos de una forma digna, bastante aceptable y bastante cara también, porque a la mensualidad de la guardería hay que sumarle la reducción en tu sueldo al elegir una jornada reducida (menos horas, menos sueldo, está claro y diáfano). Incluso tenía en mi extracto bancario un ingreso todos los meses por parte de la Comunidad de Madrid gracias a que una, en su afán, era madre trabajadora. Qué luego te da igual porque lo tienes que devolver en tu renta, pero bueno, parece que al principio como que daba ánimos.

Y así, desgarrada por dejar a tu pequeña tan pronto en brazos ajenos, vuelves a tu trabajo con más o menos alegría, con ciertas ganas de salir del aislamiento primíparo y llena de inseguridades tras el parón en el que, digámoslo así, no solo das a luz y chimpún, sino que, además, te conviertes en un ser básico, instintivo y primario destinado a satisfacer todas las necesidades de tu criatura.

Eso sí, por muy básico, instintivo y primario que seas, después del momento mamá-osa y cuando dejas al osezno alimentado, rechupado y recogido, también tienes algunas otras cosas que decir y que hacer.

Porque, a fin de cuentas, sigo estando igual de requetepreparada que antes, ¿no? Al abrir las piernas y empujar no me han desaparecido del curriculum los títulos, que yo sepa, ni los idiomas, ni los millones de cursos que he hecho, casi de forma patológica. Que yo sepa la pérdida de méritos curriculares no está dentro de los efectos secundarios de la epidural, o al menos, yo no firmé eso. Ni tan siquiera creo haber leído en ningún libro que haya contraindicaciones entre llevar discos absorbentes, saberte de memoria alguna canción de los cantajuego dichosos y aún así recordar los nombres de tus jefes o de tus clientes.

Y si todo esto es verdad, si cuando das a luz tu cerebro y tus conocimientos intelectuales no sufren una mutación irreversible que te dejan en estado «inservible como ente profesional» y solo aprovechable para ir de compras, cambiar pañales y tener la casita como una patena, si esto no ocurre, al menos que se sepa, y no está demostrado científicamente, ni ha salido en el Muy Interesante… Entonces, ¿qué coño pasa para que la conciliación laboral sea el nuevo timo de la estampita de nuestra era?

(Suspiro prolongado)

Pues yo lo tengo claro, lo que pasa es que cuando te dan el libro de familia con el nombre de tu criatura escrito con letra de caligrafía (que ya podían hacerlo a máquina, tanto 3D y tanta tontería…) las prioridades cambian, las empresas lo saben y, aunque están obligadas a dejarte en tu puesto, y bien que les pesa, hacen lo imposible por ayudarte a dejar paso a quien sí está dispuesto a currar hasta las once de la noche y, por supuesto, con una sonrisa en tu cara. Tú, en cambio, dejas de poner a la empresa antes que tu tiempo personal. Y para ellos dejas de ser un sujeto útil y disponible siempre que lo necesiten, algo realmente cuestionable en cualquier caso,y a cambio del mismo sueldo, pero bueno, cada uno es libre de aceptarlo o no. Que para esclavismo ya tuvimos bastante cuando hicimos las Américas…

Así que en vez de mirar tu productividad en las horas que estás en la oficina, de tener en cuenta la hora a la que llegas, o de dar facilidades para que se pueda usar el teletrabajo, ahorrándote horas en transporte en muchos casos, se tiende a contar no las horas que pasas allí, sino LAS QUE NO ESTÁS. Así me lo enseñaron a mí.

Por supuesto, no en todas partes se da este espectacular fenómeno de la naturaleza. Si eres funcionaria o tu empresa se desmarca del resto dando crédito a su personal, independientemente de su situación familiar, tienes más suerte, amiga. Muchas de las mujeres que conozco con estas condiciones en la empresa privada, y hay muchas, lo pasan francamente mal. Y descubren a las bravas, a empujones, que han sido  desplazadas, relegadas, castigadas a ejercer trabajos inferiores a sus capacidades, ignoradas y finalmente despedidas porque cumplen a rajatabla su horario, porque no se quedan a reuniones a las siete de la tarde y porque no pueden ir a trabajar un fin de semana.

No pueden o no quieren, que francamente, es lo mismo.

Personalmente, creo que es una cuestión de decisiones vitales. Y no es tanto el poder, como el querer.

Básicamente, si no tienes a nadie para que cuide por las tardes a tu hija, es muy probable que tampoco quieras que nadie cuide por las tardes a tu hija, porque prefieres verla tú crecer y estar a su lado todos los días. Por muy respetable que me parezcan las decisiones en otras direcciones, que quede claro.

Y así tras comprobar que lo que te han contado no se asemeja en casi nada a la realidad, y que a pesar de que a veces sí funciona, esto de mezclar carrera y familia se me antoja como hacer experimentos caseros en los que sueles salir escaldado. Y saco la siguiente conclusión, que espero sea de utilidad para aquellas que padecéis esta misma situación : mucho, mucho, muchísimo, tiene que cambiar la mentalidad empresarial de este país, donde se premian y se reconocen las horas extras que se pasan frente al ordenador o dando forma a la silla en vez de la productividad, la racionalización de horarios y, a fin de cuentas, que los empleados puedan equilibrar trabajo y vida personal de una forma más humana. Mucho, muchísimo tiene que cambiar la mentalidad de los que nos firman los cheques, cuando una embarazada se plantea ocultar su estado ante posibles represalias. Mucho, muchísimo tiene que cambiar la empresa española y los que las dirigen cuando a la hora de buscar trabajo, una madre con hijos pequeños a los que quiere ver algo más que para contarles el cuento de irse a dormir, se ha de plantear muy seriamente si no será más inteligente emigrar hacia mejores perspectivas…

Peeeero, como esto muchos visos no tiene de cambiar en unos meses, por lo menos, una servidora arrampla con lo que pilla, le dice adiós con la manita al sistema, y se empieza a plantear la vida de otra forma. De la mía, básicamente.

Y que sea lo que yo quiera.

19J: sigue habiendo motivos para la indignación

Este pasado fin de semana, además de torrarnos de calor y empezar a oler a vacaciones, hemos sido protagonistas de nuestra Historia y definitivamente he visto el cambio. A mi alrededor se está moviendo el aire, y no precisamente el de Levante. Oigo las mismas voces en la calle pero con nuevos mensajes, con ideas que habían estado quizás dormidas, quizás inexistentes, quizás escondidas.

El 15M, el movimiento posterior en Sol y otras grandes ciudades españolas, las asambleas de barrio semanales y la marcha del pasado 19 de junio en toda España son tan solo la «banderolas» visibles de un gran «mapa» colectivo de indignados, de gente cabreada, que se ha gestado básicamente por el  fenómeno llamado: hartos de que nos toquen las narices.

Constato con sorpresa como este fenómeno afecta a juniors y seniors por igual, a parados y empleados, a funcionarios y a pensionistas, a gente de izquierdas y dere… ummm, bueno, esto quizás menos, jejeje, aunque sería bonito, ¿verdad? Y a pesar de esto último realmente no creo que sea un fenómeno político, en serio que no, al menos no lo percibo así y sería una pena que se entendiera de esa forma, porque perdería toda su fuerza. Porque no está protestando contra un partido político en concreto, o al menos no es la idea. Y no se busca derrocar a un dictador o poner otro, como se dice por ahí. Al contrario. Es la voz de un pueblo cansado, agobiado y sin futuro más allá de las hipotecas y las pensiones que no quiere seguir bajando la cabeza ante sus pastores, como un rebaño de animales sordos, ciegos y mudos (como una reunión de desdichas y sucesos del maestro Saramago), y sin más pretensión que buscarse el alimento entre las piedras, mientras otros nos dirigen hacia donde más les conviene sin pensar en nuestro bienestar, sino en el suyo propio.

Sobre el Pacto del Euro se ha dicho mucho y muy bien. Remito desde aquí a Periodismo Humano, para mí uno de los mejores medios de información de la actualidad para formarse cada uno su propia opinión y entender que todas estas medidas propuestas desde la EU para España se anuncian como la panacea para la crisis cuando lo que van a conseguir es recortar tanto nuestros derechos (concepto global y difícilmente abarcable, así a bote pronto) como nuestros sueldos (esto jode más, ¿verdad?).

Pero en nuestra lista de delitos no solo consta el Pacto del Euro. Lamentablemente tenemos que seguir con la cantidad de causas pendientes de nuestros representantes; con la serie de escándalos de corrupción tanto de un lado como del otro (y que superan en surrealismo a cosas así, que es para llorar lo mucho que se parece a la realidad); con la lacra que nos caído con esta gentuza que se aferran a la silla y al escaño (y a los coches oficiales, que no se me olvida, no) con mucho más ahínco que el que emplean en ser honestos, y NO DIMITEN ni aún estando frente a un juez en el banquillo, ignorando el ejemplo de otros países mucho más civilizados; con los innumerables ejemplos en los que se aprueban decretos y leyes que no estaban en los programas electorales como la reforma laboral aprobada el pasado 11 de junio o varios y múltiples recortes en sanidad, enseñanza o servicios sociales en muchas comunidades autónomas, gestos que ponen de manifiesto aquello tan ordinario pero tan certero de: prometer prometer hasta meter y una vez metido olvidar lo prometido

Así que señores políticos y medios de comunicación que atacáis a los que no nos dejamos pastorear:

No somos ovejas, ni cabras, ni nada que se pueda pastorear a su antojo. Creo que es lícito que si no nos dais aquello que nos prometisteis cuando os votamos (o a la oposición, cada cual que elija), tengamos al menos el derecho a alzar la voz y a reclamar lo que elegimos como ciudadanos y en democracia. Nunca con violencia.

No somos hippies fumados con perro famélico adosado a nuestro cartón en la acera de la calle. Hay que ver lo que da de sí el término «perroflauta«, ¿verdad? Frente  al desprestigio,y la generalización absurda, cientos de miles de personas en las calles españolas tienen nombres y apellidos, son personas de las que te encuentras en el metro cada mañana, que van a su trabajo cada día, o a la cola del Inem a ver caras familiares, números de cuentas en los bancos y motivos suficientes para levantarse del sofá y salir a la calle.

No somos provocadores ni violentos por mucho que haya quien asegure que este movimiento de concienciación social es pasto y resultado de la labor de «profesionales del desorden» y de grupos minoritarios, pero desgraciadamente extraordinariamente visibles en cualquier «mani», como el Bloque Negro, por ejemplo.

No estamos dirigidos por ningún partido político. Y aunque oiga como motivo para desacreditar todo esto que se ha cambiado el mensaje de la protesta y que ahora el «No nos representan» es efecto y resultado de la influencia izquierdista ante el bapuleo de la derecha en el 20M, tengo que decir que ese mensaje ya estaba en su día en el 11M.

Somos muchos y cada uno hacemos lo que podemos para que esto crezca y llegue a algo en concreto. No sé cuál es el destino, la verdad, si una alternativa política, si una plataforma permanente, si esto desaparecerá y se quedará en otro mayo del 68. 

Lo que sí sé es que veo a mi alrededor cosas que me gustan mucho: como gente hablando, debatiendo, en las comidas de revolución pacífica, de Islandia, de política, y como esta asamblea de barrio en la que participa muy activamente mi amiga Cristina y en la que un barrio socialmente complicadillo como es Usera se levanta para defender cosas tan apolíticas como su teatro, sus instalaciones culturales, su día a día.

Llámame ilusa. Pero esto es realmente emocionante y espero que mi hija llegue algún día a estudiarlo en los libros de Historia.

La caída de un mito «ternesco»

En mi tierna infancia y más allá (que a mí la época de «ternesca» me duró casi casi hasta la veintena, jeje) las muñecas con todos sus accesorios formaron parte fundamental de mis tardes de juego. Mientras mi hermana, más madura que una servidora ya desde los primeros años, se dedicaba a la reflexión intelectual y a pensar en sus cosas de mayor, yo me perdía en mis mundos de Barbies y Chabeles.

La Barbie era la voluptuosa, en varias versiones princesiles o sacadas del mundo Lomana, a la que mutilé en varias ocasiones, desmembré con alevosía (a lo Dexter pero sin psicopatía que yo sepa) y en la que practique mis dudosas habilidades de esteticién: pelo, uñas, labios y no le hice la depilación porque la muy lista venía con la «Alejandrita» de serie, que si no…  Ahora reposa desnudica y desfallecida, entre barriguitas rechonchonas y osos de peluche raídos, rumiando su triste destino: ella, que todo lo tuvo, para la que estaba destinada la gloria…

La Chabel fue su sucesora: menos curvas, más joven quizás, más universitaria, algo más real, diría yo, y sobre la que no ejercí aquella violencia implícita. Tal vez fuera porque, a diferencia de la rubia de talla 120, la pequeña Chabel no tenía una cintura imposible si tienes más de una costilla, porque no tenía los brazos anquilosados en aquel ademán tan surrealista de gancho-para-bolsas, y no se pasaba el día de puntillas y sacando pecho (aunque le hubiera hecho falta, porque la pobre andaba algo falta de delantera), pero el caso es que la nueva generación de muñecas no generaba en mí ese afán transformista y cabaretero.

De todo esto me he acordado esta mañana, cuando me he encontrado con este documento visual, todo un alarde de mala leche en pos de una buena causa, organizado y orquestado por Greenpeace para denunciar la deforestación que Mattel está llevando a cabo en los bosques de Indonesia para producir las cajas en las que venden a la amiga Barbie.

15M: La generación indignada

¿Valdrá para algo este revuelo? ¿Servirán los gritos y las pancartas para que alguien allí lejos, donde se manda, se den cuenta de que estamos hartos? ¿Es ésta la reacción que sigue a la indignación?

Ayer quedó claro que mi generación y alguna otra más no quiere seguir por este camino de fracaso, de frustración hipotecada, de borreguismo ignorante y fines de semana dentro del centro comercial. Estamos cansados de no tener más remedio que esconder la cabeza para no ver el desatino, el desastre, que esos que se hacen llamar políticos están sembrando en nuestro país, y a nuestra costa, por supuesto.

Nos están privatizando la sanidad y la educación, dos pilares de nuestro tan vendido bienestar, nos están recortando los avances sociales y laborales que tanta sangre y sudor costó alcanzar, nos venden que escolarizar a nuestros hijos nada más nacer es algo sensato y productivo, y nos están haciendo pagar las deudas de unos bancos especuladores que pese a haber fracasado estrepitosamente en su trabajo (yo me pregunto qué pasaría si cada uno en su trabajo cometiera los fallos garrafales que les han llevado a todos estos a tener que ser rescatados por los gobiernos? ¿a vosotros no os darían la mayor patada en el culo vista jamás?) siguen decidiendo nuestros destinos con créditos imposibles, condiciones enrevesadas, millones y millones de bonus  y beneficios para sus directivos(por especular con nuestro dinero, ¡no lo olvidemos!)  y siguen marcando el rumbo de la política.

Nadie se cree ya, y si lo hace que se quite la venda, que los gobiernos hacen lo que hacen por nuestro bien. Eso quedará para los pensadores, para los utópicos, para los soñadores. Porque para mi generación y para otras cuantas, la realidad es bien distinta. Es la economía la que nos controla. Las leyes del mercado y sus señores, con sus demandas, sus imposiciones, sus privilegios y sus marionetas, los políticos, los que nos están llevando por este camino. Y los que nos dicen, tranquilos, la crisis pasará, volveréis a comprar casas y coches y viajes, que no podéis pagar, con créditos que vuestros hijos heredarán y que adornarán vuestras lápidas con los TAE y los EURIBOR que os quedarán por abonar.

Indignez-vous! de Stéphane Hessel, La doctrina del shock de Naomi Klein o Reacciona de gente cabal como José Luis Sampedro, Federico Mayor Zaragoza o Baltasar Garzón, vienen a darnos la razón. A llamarnos a la acción. A que veamos más allá de lo que nos cuentan. A que recuperemos algo de nuestra dignidad vendida a cambio de un interés del 4%. Tal vez sólo sean palabras, y no motiven a toda una generación a cambiar el destino de una nación en decadencia. Pero son unas palabras coherentes, con sentido, llenas de verdad, de realidades dramáticas como las que están viviendo, por ejemplo, los millones de personas en paro, que va a llegar a cinco en dos «patás».

Son palabras hirientes que como poco tendrían que llevar a los millones de escépticos, entre los que siempre me he encontrado, tengo que reconocerlo, a plantearse otra actitud que no sea la desidia derrotista y el ir tirando.

La verdad es que la cosa pinta mal, no podemos engañarnos. Solo hay que echar un ojo a nuestro país, que se moviliza más por un clásico R. Madrid- Barça o por defender a Belén Esteban frente a la Campanario que para levantarse contra escándalos políticos como todo lo que está pasando en Valencia con Camps o en Andalucía con Chaves, por no enumerar uno a uno las «fiestas» en nuestro honor que se pegan los mandamás cada día.
Y si miras más allá, a ese reducto irreal llamado Europa, flipas con los alemanes donde es best-seller un tipo llamado Thilo Sarrazin con un panfleto que culpa a los inmigrantes de todos los males germanos, y del mundo casi, (¿no nos suena a nada ese pensamiento?). En Italia siguen eligiendo como presidente a un esperpento operado y mafioso, que mientras maneja el país entre empujones a golpe de viagra, se juega a piedra, papel y tijera con Francia el destino de miles de refugiados llegados en patera a las costas italianas. Una Francia que por su parte echa humo entre otras cosas alucinando con el candidato a quitarle el puesto a Sarkozy, el insigne y reincidente Strauss-Kahn, ni más ni menos que actual director general del Fondo Monetario Internacional y acusado de tocar algo algún otro fondo no monetario este fin de semana. Alucinante, ¿no?

Y no hablamos de la escalada de los partidos de extrema derecha en Suecia, el mirar hacia otro e indiferencia de los «neutrales» suizos, o las cosas de Portugal, Grecia o Irlanda, que están lo bastante embarrados con pagar la deuda de esas «ayudas» tan majas como para pensar en cosas más mundanas…

En fin, que el panorama es desolador. Y que con este ambiente general lo que nos pide el cuerpo es meternos debajo del edredón.

Pero, por suerte, también existe Islandia. Y los individuos con voz y voto. Y la indignación en respuesta. Y la dignidad de un pueblo.

Se acerca el 22M y no soy partidaria de consignas. Estamos en plena campaña y las promesas electorales llenas de florituras y bondades llenan carteles de 2×2 en nuestras calles.

Ayer, sin embargo, las calles se llenaron de gritos a favor de la dignidad. Y ayer me sentí orgullosa de mi generación, al menos durante un rato. Y no porque se lleve, ni porque un grupo de modernos se haya echado a la calle en vez de tirarse en la plaza de La Latina.

No soy partidaria de consignas, ni yo misma las sigo.

Pero hoy más que nunca…

 Leed. Informaos. Pensad.

Vodafone, o cómo provocar la baja de sus clientes en menos de 2 minutos

Me quedan 3 meses de permanencia con vodafone. Y hasta aquí puedo leer…

Nunca he tenido problemas con ellos, y a pesar de las malas experiencias de mi alrededor no había sentido la necesidad de dar el portazo, entre otras cosas porque como en política, los hay malos y muy malos, así que no sabes qué es peor…

El caso es que estrenando mi nuevo y flamante super teléfono galáctico, regalado y libre como el viento, recibí el mismo día en que inserté mi SIM vodafone un sms confirmándome que la tarifa plana de internet móvil de 15€/mes ya estaba activada. ¡Leche! ¿Y yo cuándo la he solicitado? Porque a pesar de los años que pasan, recordaría haber pasado por el 123 y sus amabilísisisimos agentes para contratarla… Pues no lo recuerdo, no. Va a ser que me la han colado cual subida de la luz o la repetición de Pretty Woman en la 1.

Asombrada, aunque no mucho, llamo al 123 para desactivarla, que es lo normal, no quieres algo, pues lo dices y punto. Me atiende un gestor (que da igual de donde sea pero la educación se la dejó en su casa, lejos o cerca…) y sin pedirme el número de teléfono siquiera me contesta muy tajantemente que no se va a desactivar, que yo he aceptado esa tarifa al comprar el teléfono. Le contesto, cuando me deja, porque va como una metralleta el hombre, que es libre y regalado, así que pocas cosas he tenido que firmar yo (aunque en la práctica he firmado un contrato virtual con mi «santo» para dejarle ver los goles del madrid en su pantalla), y que, por tanto, ni estaba avisada ni estoy conforme ni pienso aceptarla. Bueno, pues que si quieres lentejas…

Le digo que me pase con un responsable. Y que no le da la gana.

Le digo que me pase con bajas. Y que no le da la gana tampoco.

Eso sí. Antes de colgarme, muy diligentemente, me dedicó estas bonitas y apresuradas palabras: «No se le va a desactivar esa tarifa porque está haciendo un mal uso del teléfono al ser libre». Toma ya.

A lo mejor se pensó que yo, con mis manitas, lo he liberado y soy una pirata. Que también.

Pero mi santo da fe de que éste no es el caso. Y no creo que a HTC le parezca demasiado bien que Vodafone vaya diciendo a sus clientes que si les has comprado directamente a ellos uno de sus maravillosos teléfonos  es que ¡eres un ilegal!

La cuestión, sin dispersarme, es que volví a llamar. Y la siguiente muchacha me desactivó la tarifa. Así. Sin más. Sin preguntarme si era libre o esclavo. O llamarme pirata y mala usuaria.

Y no sé qué es peor: si el pésimo servicio de atención al cliente, o el abuso de activar una tarifa a diestro y siniestro aunque el usuario no la haya pedido, ni tenga intención de usar internet en su super móvil. La excusa que da Vodafone para la activación automática es que es para prevenir sustos en la factura de fin de mes. Ah, pues muchas gracias, pero si tanto se preocupan por mí, mejor que me manden un jamón para navidad, y un sms informándome de que si no quiero el infarto del siglo a fin de mes que puedo contratar tropecientas tarifas en su web… ¿no?

Pues no.

Así que, una servidora, en 3 meses hará su mutis por el foro. ¿Alguna recomendación?

PD. ¡¡¡¡Qué peazo de máquina el HTC Desire HD!!!!