Y tú, mujer, ¿qué eres?

Te levantas por la mañana, desgreñada y con ojeras, y te miras al espejo.

Y, además de las bolsas, las arrugas y las manchas por el sol acumulado durante los años, ¿qué ves?

¿Eres una madre abnegada, atenta a las toses de las tres de la mañana, que salta del colchón al mínimo suspiro y que sacrifica sus propios anhelos por ver cumplidos todos los deseos de tus pequeños?

¿Eres la esposa enamorada, siempre dispuesta, siempre despierta, siempre atenta a las necesidades de tu hombre, como si después de él no hubiera nada ni nadie?

¿Eres una mujer en la treintena que busca su identidad igual que lo hacía a los quince y no se reconoce en los trajes de sastre ni en los tacones?

¿Eres una profesional en lo tuyo (sea lo que sea a lo que te dediques) y todos tus pensamientos durante las 24 horas del día se enfocan a prosperar y llegar más lejos en tu carrera?

¿Eres amiga de tus amigos y abandonas hasta la cita con el Papa para ir a tomarte unas cañas con tus chicas?

¿Eres maruja de tu hogar y tienes la casa como una patena y a tus hijos y marido como sultanes en su harén?

¿Puedes serlo todo a la vez? ¿Realmente queremos serlo?

Ayer alguien me dijo que, como madre, al no trabajar, ya podía irme a mi casa a cuidar de mi hija. Como si eso fuera lo único y lo mejor que sé hacer. Como si ese fuera el papel que me toca y ya está. Sonríe, da las gracias y baja la cabeza. Y a casa. Y no molestes más.

Y aunque yo tengo claro que no soy completamente nada de lo anterior, sigo averiguando cuál es realmente mi papel en todo esto.

¿Qué sabes de mi país, maja?

Ahora que estamos en capilla, a una semana, tal que hoy, de coger el avión rumbo al Blogger Trip empiezo a preguntarme cuestiones tan fundamentales como: ¿qué sé yo de Israel? ¿Me responderá mi inglés para entenderme con toda esta gente? ¿Me derretiré bajo ese sol de justicia?

Y lo más importante, ¿alguna marca española está interesada en «esponsorizarnos» durante el viaje? Yo lanzo desde aquí mi propuesta, allí vamos a estar en contacto con colectivos y negocios enfocados a la infancia, educación, moda y cultura, siempre desde el punto de vista «familiar». Así que empresarios españoles que busquéis promoción más allá de nuestras fronteras, aquí tenéis una buena opción para daros a conocer! [modo autopromo off].

Por supuesto, fabricantes de maletas, crema solar a tutiplen, sombreros, calzado cómodo y ropa ligera para esas temperaturas, también estáis invitados 🙂 [perdón, ahora sí modo autopromo off]

En cuanto a la primera pregunta, y dejando de lado temas empresariales, hoy he soñado que, recién aterrizada, nos reunía un comité de sabios en el aeropuerto y uno de ellos, con gafas y pelo canoso, me preguntaba amablemente:

¿Qué sabes de mi país? Soy de «aquín», de Israel (en mi sueño hablaba con voz de Encarna y sus empanadillas)

Y a mí me pasaba esto….

Justo al acabarse el vídeo me desperté entre los sudores de la muerte. ¡¿Desde cuándo soy morenaza con moño y me sale ese acento melillense?!

¿Y qué sé yo de Israel? ¿Acaso no me acuerdo de todo lo que me enseñaron en las clases de religión? Años y años de horas dibujando escenas bíblicas en el cuaderno, situando en el mapa de colores dónde nació Jesús, y esas cosicas…

Pues claro que sí, se me quedó bastante bien la chapa que me dieron con la historia sagrada  y con todos sus personajes. Para algo fui alumna aplicada de sendos colegios religiosos. Algo tiene que quedar, aunque sea así residual. Así que entre los remedos de mi educación religiosa y lo que veo en las noticias cada día y he estudiado en Historia del Siglo XX,

pues sí, algo sobre Israel sé.

¿Bueno?

Pues regular, para qué nos vamos a engañar.

Como además no conozco a ningún judío (hagamos un momento de meditación y recordemos cómo tuvieron que salir por patas los sefardíes del país…), ni conocía hasta la fecha, a nadie que hubiese ido para allá, pues claro, mis referencias sobre el Israel moderno son únicamente las que veo en el telediario de las nueve y los reportajes del amigo Henrique Zimmerman para Antena 3, al que hace mucho que no veo, por cierto.

Total, casi nada.

Lo qué sí que sé ya seguro, seguro, es quienes vendrán conmigo en esta locura:

Eva Quevedo y su Blog de Madre, sin la cual no podría yo meterme en este sarao y a la cual podréis pedir responsabilidades, padre y amigos, si me pierdo por allí. Aunque tampoco muchas, porque como vamos a ir codo a codo, si me pierdo yo, ella viene conmigo 🙂

De Reino Unido vienen Jane AlexanderRosie Scribble y Sally Whittle. Además, en Tel Aviv se nos unirá otra intrépida, Susie, que como vive allí se ha apuntado al sarao muy ricamente.

Yo no sé el resto, bueno, lo intuyo, pero yo estoy de los freaking nervios, anticipando charlas, discursitos, etc. Pero sobre todo lo mucho, mucho, muchísimo que voy a echar de menos a mi criatura (y a mi santo, no me se me enoje mi amol) durante esos días.

Tabla de ejercicios de la madre currante (part one)

Ante todo, vaya por delante mi admiración para quien, además de ganarse el jornal por cuenta ajena o «propiamente» propia de forma que además de satisfacer sus necesidades materiales pueda demostrar que es algo más que una chacha,  llevar a sus hijos aseados, sin mocos y con la cartilla de vacunaciones al día, organizar y controlar una casa, con sus comidas, sus armarios llenos de ropa, sus plantas sin que se sequen, y sus planchas de varias coladas, en definitiva, que además de todas esas tareas que puede llevar a cabo una fémina simultáneamente en tan solo 24 horas, ésta vaya y haga el milagro de multiplicar los panes y los peces y saque tiempo para cuidarse el cuerpo.  Y no hablo solo de depilarse, que también. Sino de ir al gimnasio varias veces a la semana, o de salir a correr, o de apuntarse al equipo de baloncesto del barrio. Vamos, lo que viene siendo hacer deporte así de forma regular y continuada.

 
Pero no, yo no soy de ese grupo de esforzadas luchadoras. Que lo intento, no se crean. Y hasta a veces pregunto los horarios en el gim más cercano, o me planteo, me imagino, lo que sería salir a correr por mi cuenta. Pero es tiempo perdido, lo sabe la rubia neumática que me da la tarjetita con las clases del «Kimura» y lo sé yo cuando guardo la tarjeta junto al taco de descuentos del DIA. No soy un animal de gimnasio y ya está. Y no sacrifico mis horas de sueño por casi nada en el mundo. Ya sea una clase de biotraining, un partidito de badminton o salir a correr esquivando cacas de los perros de los vecinos (esto leído a sí puede resultar ofensivo para mis vecinos. Y debería serlo, ojo).

Pero para mí, así como para todas aquellas mujeres a las que el devenir diario, la pereza existencial y el «no tengo tiempo ni para peinarme» les impide cultivar algo más y mejor su faceta física-deportiva-fitness in general, aún queda algo de esperanza. Aquí va una tabla de ejercicios de periodicidad a decidir según las necesidades, para mantenerte en forma sin renunciar a tu faceta «pasota-intelectual-agotadaypunto» y que he dividido en dos partes (o más) por su extensión y complejidad:

Algunos ejercicios en casa, o «indoor«, que me mola más

La casa puede ser, como dirían los libros del Club de las mujeres obedientes  que han creado en Malasia, el imperio de la mujer, su castillo, en el que atender diligentemente los deseos y necesidades de su hombre y sus vástagos. Pero en mi barrio es un marrón, y de los buenos. Y tampoco es que vayamos a matarnos para que salga en portada de Casa & Estilo, pero recogidita hay que tenerla, por las visitas y eso. Así que, ya que no nos queda más remedio, aprovechemos el tiempo mientras despejamos de pelusa nuestros suelos para poner a punto nuestros cuerpos turgentes en pos de mejores ocasiones de despiporre y jolgorio.

Sí, también está la Wii Fit, pero es pensar en sacarla de la caja y montarla y ya me canso, porque si lo tengo puesto siempre mi santo y yo tenemos que salirnos del salón. Además, mi hija tiene el «efecto velcro» muy bien desarrollado, y a cada cosa que hago que involucre un mando de la tele y cacharros tecnológicos, me la encuentro pegada, literalmente a mi torso, lo que suman trece kilos a mi anatomía. Así que pese a estar muy bien y ser muy relajante (aunque un poco cansinos y lentitos para el poco tiempo que yo tengo), a mí la Wii Fit se me queda en una utopía, una ilusión, una sombra, una ficción.

Flexionar bien las piernas al hacer las camas y meter los embozos. Nada de espaldas encorvadas, compañeras. El secreto de unas buenas «sentadillas» está en los muslos y los contramuslos bien prietos. Si lo vuestro es edredón, lo tendréis en un periquete. A las clásicas de sábanas y mantita, a currar un poco más. Apretad el culo y los dientes a partes iguales mientras pensáis en qué hace vuestro santo en estos momentos y por qué no ha dejado hecha la puta cama antes de partir hacia el deber.

Las lavadoras, momentos «tendimiento» y plancha posterior van asociados ineludiblemente a la flexibilidad de piernas y rodillas y la agilidad de brazos para separar el blanco del color y lo que va a desteñir, seguro, de lo que no saldrá nunca, como esa mancha de fruta de los baberos de la niña. La espalda en este paso es fundamental que siga erguida y, por supuesto, el culo siempre apretado pensando en la cantidad de ropa que lavas desde que te has «enfamiliado», cuando tú antes ponías un lavadora a la semana, y casi que era de media carga.

De puntillas, estirarás la columna como una loca para dejarte las ventanas y persianas limpicas como una patena. Aprovecha esta fase de tu faena para ejercitar esos brazos lacios que se te han quedado, mientras tú misma te repites: así, Mari San, dar cera, pulir cera… Aquí también apreta el culo, rítmicamente si te hace más ilusión, mientras piensas en la perra de tu amiga, la soltera, que está en estos mismos momentos, de farra en La Latina, sin pensar en el mañana…

Lavar los platos, o en su defecto, vaciar y rellenar el lavaplatos. Piernas, glúteos y brazos son la clave. Y si laváis a manita, mientras lo hacéis, es muy útil a la par que entretenido realizar tan divertida labor mientras ejercitas esos músculos desconocidos de los que te hablan en el embarazo con el famoso Kegel y sus apretones. Si no conoces la técnica, de la cual se hablan maravillas en los cursos de preparación para el parto, aquí están bien detallados, con dibujos a color, y una amplia explicación de cómo, cuándo y para qué están indicados.

Ejercicios para el camino hacia el curro, o «outdoor»

Oportunidad de oro para varias cosas de las cuales nuestros niños, tiernas criaturas, nos alejan sin darse cuenta: pensar, leer, cotillear la conversación de los de al lado, dormir, desayunar, y… sí, señoras, ¡ejercitar nuestros pechos, caderas y piernas con entusiasmo!

Las madres no currantes, no por eso menos merecedoras de un cuerpo de escándalo, reconocerán que ésta es una oportunidad de oro para todas estas actividades. Pero no pierdan ustedes el ánimo y el espíritu, porque cualquier excusa es buena para salir en soledad del nido familiar: peluquería, ginecólogo, incluso dentista, diría yo, todas ellas tan buenas como cualquier otra para mover con ímpetu el esqueleto y seguir apretando los glúteos con viveza y dinamismo.

En el coche, poco puedes hacer más que armarte de paciencia. Sí, también puedes apretar aquí el culo, bien visto.

En el transporte público, si es metro, lo tienes superfácil: ¡las escaleras son tus amigas! No, las automáticas, no, ni siquiera en las estaciones de la circular, en las que parece que sales del mismo infierno, y no solo por el calor. Si quieres que tu culo esté tan duro como tus callos, ya sabes, recuerda que cada escalón cuenta.

Si vas en autobús o tren, y tienes agarraderos a tu alcance, no lo dudes. Aparca el libro por un rato y lánzate como una posesa a hacer anillas, a lo olímpico y con ansias. También los abdominales pueden ejercitarse de forma sibilina y silenciosa, de pie, y colgándonos de las barras. La clave está en contraer los abdominales inferiores y concentrarnos mucho, como cuando intentamos calcular lo que nos devuelven en la Renta. Claro, si estáis petados como siempre, limítate a apretar el culo y a sonreír, que dicen que además de mejorar el karma también te beneficia lo suyo.

Si vas en bici, cojonudo. Hazte con un kit de muda limpia para la oficina, un buen desodorante y el seguro a todo riesgo. No voy a perder el tiempo enumerando las ventajas de ir en bicicleta todos los días, pero vamos, se te va poner un tipito de impresión. Y si llevas detrás la sillita para el crío, mejor que mejor, más peso que contrarrestar. Puedes apretar el culo también aquí, sobre todo si, como es habitual, los coches te asedian de improviso creando oportunidades varias para que te suban las pulsaciones a más de 200.

Y si vas andando, pues estupendo. Sigue el ejemplo de las bandadas de mujeres en chándal que salen a las cinco a tomar las calles de la periferia, y anda siempre como si te estuvieras meando, «atometer». Por las zonas buenas, de postín, se han visto señoras calzando unas zapatillas de ondeantes plataformas que, según ponía en un cartelón del Corte Inglés te ayudan a adelgazar. Yo esto lo ignoro. Pero desde aquí lanzo una llamada de auxilio a los diseñadores de calzado deportivo. Porque adelgazarán o no, pero son feas de cojones.

Ah, y apretando el culo, of course.

Y continuará otro día, si WordPress quiere, con muchos más bricoejercicios y chupiconsejos para el día a día de la mari que trabaja.

Dance Dance Dance!

Nunca se me ha dado bien el baile. Lo he intentado muchas veces.

Con los bailes de salón en varias ocasiones y con la danza del vientre cuando estaba embarazada, que no se me dio tan mal como los anteriores porque la fuerza de la gravedad me empujaba con algo más de gracia sobre el suelo. Además, curiosamente las curvas generosas compensaban y disimulaban con creces la total carencia de movilidad en cintura, cadera y miembros inferiores. Pero quitando esa honrosa excepción y considerándolo un efecto positivo de la gestación, nunca seré una Shakira desatada ni tan siquiera una Belén Esteban en sus mejores días en «Mira quién baila».

Siempre he tenido dos pies izquierdos, y a no saber diferenciar uno del otro en lo que a baile se refería, en la pre-adolescencia se sumo una recurrente e intensiva timidez propia de la edad y del «pavismo» del momento. Así que ante cualquier oportunidad de movimiento físico unido a música (veánse: bodas, comuniones, pachangas, fiestas del pueblo y demás ocasiones alcohólico-festivas en las que señoras bajitas y regordetas bailan descalzas «Paquito el chocolatero» y señores de mofletes rojos, camisas a media abrir y corbata anudada en torno a la calva arriman cebolleta a todo lo que lleva refajo) me ataba a mí misma a la silla, mutando en una versión juvenil de la difunta madre del Rey, en sus últimos tiempos, dispuesta a luchar incluso con mi vida para no tener que pisar la pista junto a toda esa panda de alterados danzantes.

Recuerdo que mi madre sufría mucho por mi falta de iniciativa socializadora en aquellos momentos, la pobre. Debía pensar, ahora lo veo y ya lo siento, que, a pesar de sus muchos esfuerzos y renuncias, de haber dejado su carrera profesional a un lado para tenernos, de toda una vida dedicada a ser buena esposa y buena madre, y de educarnos en un colegio de los buenos, con la pequeña le había salido una hija media lela o lela entera, de la que ni siquiera en esos actos de regocijo familiar encontraba motivo para presumir. Vamos, una frustración con patas, al menos en lo que a festejos se trataba, que luego yo a mi madre le di también buenos momentos.

Pero, definitivamente, en aquellos días de orquesta y lambada yo era el «¿en qué he fallado, dios mío? de mi señora madre, quien, a pesar de lo evidente, debido a su naturaleza espartana se negaba a aceptar lo dolorosamente evidente y me obligaba, incluso con violencia psíquica en forma de extorsión maternal, a salir de la esquina del salón en la que me refugiaba y a salir a la pista para menearme un rato y lucir el modelito, que a esas horas del día ya solía estar de todo menos planchado.

Y así me recuerdo yo mientras sonaba el pasodoble español:  inmersa en algunas de las escenas más patéticas de mi pequeña trayectoria vital, agarrada con fiereza por algún tío segundo lejano jadeante tras horas sin parar de dar saltos (y con el whisky en la mano), doblemente avergonzada por la entrada anti-reglamentaria de mi progenitora en mi esfera personal e intransferible (y acomplejada, claro), y por mis  visibles carencias tanto en animación cultural como en lo que a coordinación corporal/facial se refería.

Ahora, años después, (y con horas de terapia en mi cuenta de «debería») y echando terriblemente de menos las peloteras y recriminaciones de mi madre, sigo sin bailar demasiado en las bodas, bautizos o fiestas de divorcios (que es lo que toca a mis coetáneos), pero al menos ya he dejado atrás gran parte de los complejos infantiles, o se han quedado al fondo del saco de traumas personales, con lo cual me afectan menos.

Y a cambio, tengo bien clarito en mi listado de obligaciones y deberes maternales, no obligar bajo ningún concepto, apuesta entre chupitos o complejo mal asimilado, a ninguno de mis descendientes a que se marquen un vals con el tío Manolo, a que declamen con atuendo y todo la escena de doña Inés en el balcón o a que canten la canción de la primavera que han aprendido en el colegio.

Y si se esconden bajo la mesa, que se escondan. Ya saldrán para pedirme la paga…

El «Plan de Parto Subversivo» de Lady Vaga

Hay días que encuentras cosas útiles que comentar a tus amigos. Otros días descubres una canción que necesitas compartir con el mundo porque si no lo haces, explotas. Hay días en los que tu hija hace algo que no puedes callarte y has de ir repasando uno a uno los números de tu agenda, colgarlo en el muro del facebook y ponerlo en twitter para que, cual Pantoja desatada, todos vean los progresos de tu «paquirrina del alma».

Y hay días en los que, de repente, te llega algo que debes, DEBES publicar, compartir, repartir y casi gritar, para que toda aquella interesada lo pille al vuelo, lo imprima y lo use como buenamente pueda y quiera. Se trata de un plan de parto de Lady Vaga, que he encontrado en su blog, Dolce Far Niente, y que me ha hecho sonreír a eso de las siete de la mañana, que ya tiene tela.

Me ha hecho sonreír, pero también me ha recordado que hace unos días, cuando le pregunté a un amigo por el parto de su mujer, me respondió que bien, que el parto bien, y el destrozo, el normal.

Que hoy en día, a estas alturas de la película, lo  normal sea «el destrozo» es señal de que algo no va bien.

Por eso, y para que nadie vea normal que practiquen la vainica en nuestras partes, entre otras cosas, se hace obligada la reproducción de este texto.

Disfrútenlo y pasen a agradecérselo a la autora. Yo ya lo he hecho.

Plan de Parto Subversivo (by Lady Vaga)

Visto el trato tan malo que nos han dado a algunas en nuestros partos, lo conservadores (por no decir otra palabra) que se ponen con el protocolo en ciertos hospitales y lo variopinto de las respuestas que recibimos cuando presentamos un plan de parto, he decidido liarme la manta a la cabeza y presentar un plan bien explícito, que no deje lugar a dudas acerca de mis convicciones y deseos.

Podemos comenzar con un saludo tradicional y, a continuación, pasar a exponer nuestras ideas (aquí van sin orden ni concierto), por ejemplo:

– No deseo parir tumbada patas arriba: esta posición, además de humillante, es incómoda y dificulta el parto. Si usted, señor doctor, quiere estar cómodo durante mi parto, con gusto le prestaré mi almohadita cervical o le daré el teléfono de un buen fisioterapeuta. Pero a la hora de parir, me colocaré  como me dé la gana, que para eso soy la que está en ello. ¿O usted haría el pino yendo de público a un circo para ver a los acróbatas del revés directamente, sin esfuerzo por parte de ellos? Pues eso.

– Quiero deambular durante la dilatación: no se preocupen, no pienso  hacer el camino de Santiago, simplemente denme libertad de movimiento y no me molesten. Estaré por el pasillo.

– Déjenme ingerir líquidos durante la dilatación. Y no me digan que no puedo por si acaso hay que intubarme, porque por esa regla cualquiera de ustedes debería vivir en ayunas, no vaya a ser que tengan un accidente en plena calle y requieran anestesia… ¿Se imaginan tener que ayunar durante horas antes de salir de vacaciones, por si tienen un golpe con el coche?

– No me induzca el parto para terminar en la fecha y hora que a usted le convengan: puede usar sus poderes mentales para intentar convencer a mi hijo por telepatía de que salga, pero nada de meterme oxitocina a chorro sólo porque a usted le venga bien. Si tiene prisa por irse de fin de semana o a cazar, con gusto esperaré a que comience el turno otro profesional más serio.

– No me rasuren: si ustedes quieren ver señoritas depiladas, en Internet hay muchas páginas dedicadas al particular. Si a mí me incomoda el vello, lo llevaré arregladito de casa. Ah, ¿que es por el riesgo de infección? Pues no sé yo, doctor, si esos pelarros largos que tiene usted en los brazos son de PVC… Mmmh, ¿que dice que es para ver la zona donde tendrá que coserme? Pase entonces, por favor, al punto siguiente.

– No se le ocurra cortarme: vine con mis genitales intactos y es mi intención llevármelos en el mismo buen estado de revista. Si usted quiere usar la tijera, puede cortar unas guirnaldas o farolillos con los  que decorar el paritorio para dar la bienvenida a mi hijo.

– No me pongan enema: si encuentro desagradable la posibilidad de «hacérmelo» delante de ustedes, yo misma me pondré un microenema en casa. Pero absténgase de molestarme con esas fruslerías durante mi trabajo de parto. Si les incomodan los residuos biológicos, harán bien en cambiar de empleo.

– No quiero tactos: sólo los mínimos imprescindibles. Adjunta encontrará la foto de mi amigo John, jugador profesional de baloncesto, que se ha ofrecido gentilmente a hacer un tacto rectal a cada persona que intente hacerme un tacto innecesario. Por supuesto, les mandará la factura por sus servicios al término de los mismos. No le den las gracias, John es así de bien dispuesto, además de medir dos metros diez.

– No me hablen como si tuviese tres años: entiendo perfectamente lo que me dicen y me gusta decidir por mí misma; sé que es un vicio feo y molesto, pero es lo que tiene haber sido criada en democracia.

– No hablen de chorradas mientras nace mi hijo: para ustedes será el trabajo de cada día, pero para mi familia es un momento sagrado. Me importa tres narices si su equipo de fútbol ganó o perdió, si la vecina del quinto pone la música alta o si su madre ha comprado una freidora buenísima. Si  quisiera escuchar  tonterías, pondría la tele. Cállense.

– No interfieran en mi lactancia: mi bebé no necesita leche de vaca nada más nacer, sino estar con su madre (que  soy yo, por si no les había quedado claro), así que nada de biberones. Si algún miembro de su equipo tiene complejo de Ganímedes y quiere servir un refrigerio, agradeceré nos traigan la carta de vinos para escoger el más adecuado.

– No se metan en mi forma de criar: los enfermeros y enfermeras que nos visiten durante nuestra estancia en el hospital harán bien en abstenerse de proferir comentarios del tipo de «¿pero otra vez con él al pecho? Eso es vicio», «Pero, mamá, si de ahí no sale nada, toma, dale  un biberón» o «No te lo metas en la cama, que luego no salen hasta que se van a la mili». En mi entorno hay un viejo aforismo: «La que quiera criar, que se preñe». Con gusto explicaré a esos profesionales las opciones a su alcance para embarazarse con un lenguaje ampliamente comprensible (es más, hay una versión «exprés» de esa charla que se resume en sólo tres palabras; las dos primeras son «que» y «te», pero me ahorro la tercera porque mis padres criaron una hija muy fina).

Et  voilà, ahora cerramos con una despedida divinamente educada, sacamos todas las copias que estimemos oportunas y ¡hala!, ya tenemos nuestro propio plan de parto políticamente incorrecto. Por supuesto, podemos personalizarlo en función de nuestras necesidades, añadiendo o quitando lo que consideremos oportuno. Y que nadie diga que no hemos sido bastante claras.

Amen hermana.

Con un Kindle bajo el brazo

Los tiempos cambian, amigos. Ahora, a los niños se les pone el CD de Mozart desde el estado fetal, el Ratoncito Pérez ya se puede ver en 3D y los Reyes Magos son una App del iPhone. Todo cambia.

Por eso, ahora en vez de con un pan bajo el brazo, mi niña vino con un kindle blanquito, reluciente y con su funda acolchada, of course.
Los primeros meses, leer lo que se dice leer así de seguido y prestando atención, poco. Si acaso, a San Carlos González y su libro sobre lactancia materna Un regalo para toda la vida y a Rosa Jové con Dormir sin lágrimas para enfrentarme con éxito a mis dos principales obsesiones maternales: el pecho y sus cosas, y dormir a Julia sin llorar sin hacerle el Estivill.

Ambas etapas pasaron con bastante éxito y entonces mi cerebro comenzó a despejarse de esa bruma espesa que te invade con el puerperio (sí, debe ser cosa de la naturaleza, porque no ves más que a tu niño entre la niebla). Y entonces poco a poco, como cuando vas saliendo de la resaca de vino malo, mi mente empezó a reclamarme contenido intelectual en el que no solo apareciesen las palabras: bebé, niño, crianza, colecho, pecho, leche, cacas, pañales, y trillones de sinónimos de este palo.

Así que ahí hizo aparición el maravilloso, el ínclito, mi adorado Kindle. Gracias a esta linda (y frágil, como he podido descubrir) criatura, mi vida cambió:

Dentro de casa: mientras le daba el pecho a Julia podía leer sin tener que moverme para pasar página, ni tener agujetas por sujetar un libro de un quintal con una sola mano; y mientras me secaba el pelo, en uno de esos escasos y preciados momentos para mí, podía apoyarlo gentilmente sobre la balda del espejo Ikea (ese espejo que mi padre decía cuando lo compre que parecía un ataúd para niños, humor de abuelo…) para poder secarme el pelo mientras leía plácidamente sin que se abriese o se pasase de página con el aire…

Además, yo no porque duermo demasiado, pero sé de quién lee por las noches con la lucecica de la nueva funda y se está sacando la carrera de Humanidades con matrícula de honor con los apuntes en el kindle mientras su niña de 6 meses duerme por las noches. Una campeona, por cierto, a la que este aparato también le ha dado un respiro intelectual y que está compatibilizando la lactancia materna con la filosofía existencialista y las obras de Goethe. Un 10 de mujer y mi hermana, por cierto.

Fuera de casa: tras incorporarme al trabajo, en ese momento en el que te reincorporas, dolorosamente, a la vida normal, te dices: bueno, al menos podré leer de camino al curro, ya que en casa me quedo dormida de pie en cuanto dan las ocho de la tarde (noche para mí). Pero claro, vas a trabajar con la comida, con el bolso maternal ese que te aparece en el armario por arte de magia y que pesa trescientos kilos, como poco, cargado de chupetes, toallitas, tres pañales y una galleta sin gluten hecha miguitas esparcida por el forro. A todo eso, súmale el libraco de turno, que cada vez los hacen más grandes y más pesados. Así que, cuando el kindle apareció en mi vida eliminamos un elemento de peso de mis viajes de «commuter» y mi espalda me lo sigue agradeciendo a día de hoy.

Además, si viajáis en metro conoceréis como yo esa experiencia devastadora para el amor hacia tu especie: los apelotonamientos mañaneros. Esos en los que se sobrepasan los límites posibles del espacio y del tiempo entre tú y tus congéneres, esos en los que analizas por milímetros la grasa del pelo de la señora que te está metiendo la cabeza entre el sobaco y el pecho, esos en los que respiras más sustancias tóxicas y desagradablemente humanas que cualquier trabajador de vertedero regional, esos en los que sale lo peor de la condición semi-humana y las ojeras, los pisotones y las sobaqueras humeantes solo pueden verse atenuadas por una buena y placentera lectura en escorzo, con una sola mano y con la cabeza grasienta de esa señora integrada dentro de tu cuerpo.

Mi kindle es, en esos momentos, un oasis de placer en medio de un desierto solo apto para amebas sin olfato…

Adoro los libros. Todos. Creo que, durante mi corta vida, me he gastado en libros el presupuesto de Andorra en publicidad de toda una década. Y siempre defenderé el libro en su soporte tradicional, no creo que vaya a desaparecer.

Pero la verdad es que con la llegada de mi hija, y la complicación en cuanto a tiempo y espacio en mi casa, la entrada en mi casa del Kindle (en sus tres ediciones, porque insisto, el kindle es condenadamente frágil y no debéis, NO DEBÉIS, meterlo dentro de una sillita antes de plegarla con él dentro, ni tampoco dejéis que se caiga en las escaleras del metro ni aunque las muy perras casi se lleven tu falda nueva por el camino… y no digo más porque todo lo demás lo diré delante de mi abogada Spi) ha sido muuucho mejor que cualquier pan que pudiese traer mi bendita criatura.

La carrera de las buenas madres

Cuando hablo con mis amigas embarazadas y primerizas siempre constato las innumerables dudas que nos asaltan a todas (alguna excepción habrá, de aquellas que desde los cinco años sabe que va a ser una madre fantástica, pero yo no la conozco aún). Y es, entre otras muchas de extrema gravedad, si seré una buena madre.

Dios, es hacerte esa pregunta a ti misma o a los demás y empiezan a pasar por tu mente todo tipo de escenas futuribles en las que se pondrán a prueba tus dotes innatas (en teoría) como criadora, amamantadora, cambiadora hábil de pañales, justa pacificadora y astuta negociadora/secuestradora de juguetes, experta en nutrición, en detectar fiebres incipientes con la palma de la mano, en introducir supositorios con suavidad pero firmeza…. Y miles de superpoderes más que ni la Marvel ni DC en sus mejores tiempos es capaz de aunar en un solo personaje (que yo sepa a Wonder Woman no le asoman los discos absorbentes por el corsé ni utiliza el sacaleches como arma arrojadiza)…

Todo eso es una carga que ya desde el primer mes de gestación te vas acostumbrando a llevar sobre tus hombros. O sobre tu panza, que se va convirtiendo con los meses en apoyadero de lujo para el bol de cereales. Y la respuesta de todo el mundo, por lo general, cuando manifiestas tus dudas sobre tu habilidad para coger a una criatura tierna como un bollito recién salido del horno, suele ser, simplemente, que eso te sale. Que le vas cogiendo el aire. Que no sabes de dónde pero te viene. Como cuando has estudiado mogollón y vas al examen sin chuleta ni nada, convencida de que cuándo veas la pregunta, la respuesta te llegará volando desde el Sitio de las Respuestas Correctas, donde se encuentran las actualizaciones del Android, los emails con buenas noticias que llegan de repente, y la pericia para manejar a tu bebé la primera vez que lo metes en una bañera.

Y bueno, es un poco así. Pero vamos, tampoco es que en cuanto das a luz te ilumines con la gracia maternal, cual santo en sus mejores tiempos. Ni cuando estás postrada en tu cama de hospital, dolorida, confusa y agradecida de que ya haya pasado todo, se abre frente a ti una nube celestial entre cantos de querubines de la cual surge una mano inmaculada que te entrega el Carnet de Puntos de la Buena Madre (con su manual de instrucciones adjunto, en dvd y con explicaciones en 7 idiomas).

No, amigas primíparas. Aunque ya lo sospecháis, esto no sucede (al menos no en la Seguridad Social. A lo mejor en la privada sí, pero lo dudo, en serio). Ni los niños vienen con un pan debajo del brazo, ni la ínclita Ana Rosa escribe los guiones de su programa, ni nuestra pericia como madres es una destreza que nos viene de serie, como el ABS.

Amigas gestantes, todas esas habilidades, como en muchas otras facetas de nuestra vida, las vamos aprendiendo sobre la marcha, eso sí metiendo quinta, o sexta. Y a veces te equivocas de camino, y tienes que dar media vuelta y corregir la trayectoria. Pero eso pasa en todo, ¿no?

Y que no os den gato por liebre, no hay una única forma de hacerlo. Aquí cada uno va encontrando su camino para hacerse con su bebé de la mejor manera: hay quien los coge mucho en brazos, hay quien no los coge más que para cambiarlos o darles de comer, hay quien los duerme al pecho, hay quien practica el colecho, hay quien les da biberón desde el primer día, hay quien sigue dándoles teta a los tres años, hay quien les pone Mozart aún cuando no tienen ni siquiera las orejas formadas, hay quien contrata niñeras chinas para que vayan cogiendo el acentillo mandarín al estornudar, hay quien les lleva a la guarde a los tres meses y se va llorando al trabajo, hay quien no le saca de casa hasta los dos años porque no quiere que se resfríe…. Hay miles de opciones y para cada una de esas familias ésa es la suya, es la buena y es la que le vale. Y ya está.

Así que, felices amigas que esperáis mientras estáis esperando, tranquilas. Esto no es una carrera por ser la mejor madre, aunque a veces nos hagan sentir así desde el mundo exterior. Todas estamos igual de perdidas cuando estamos preparadas en la salida. Aquí lo único que importa es hacer lo que más le conviene a tu pequeño, que obviamente no viene escrito en ningún manual, ni sale en Internet (ah, no? seguro? No).

Mejor ver esto de la maternidad como un paseo, a eso de las cinco de la tarde, en primavera, en el que no compites por ser una buena madre, sino que verás como una andadura de largo recorrido con sus saltos, sus descansos, sus banquitos a la sombra y sus atajos o desvíos, y en el que, por suerte, os encontraréis un montón de seres humanos en circunstancias similares a las vuestras con los que reír, llorar y sobre todo andar acompañados. Lo haréis bien. Seguro.

¡Yo vengo a hablar de mi niño!

El otro día, que puede ser ayer o hace diez años en el lenguaje coloquial, una amiga nos dijo a mi santo y a mí:

«¿No os pasa que cuando os juntáis con vuestros amigos con hijos siempre habláis de vuestros peques?

Si, claro.

¿Y no os parece eso terrible? Una de mis amigas se puso firme en medio de una charla de esas y nos obligó a hablar de todos esos temas de los que «antes» hablábamos: arte, cine, música…».

Pues sí. Aquellas palabras me hicieron pensar (sólo un poco, no se asusten, que para eso estaba de vacaciones ).

Porque aunque no me avergüenzo de reconocer que cuando hablo de mi hija ni el mismísimo Umbral en sus tiempos de gloria podría compararse conmigo en energía, devoción y entusiasmo hablando sobre lo suyo, la pequeña parte de mi cerebro que no anda ocupada en ser madre en todas sus dimensiones aún llega a captar el hastío y el encogimiento existencial de aquellos que me aguantan y a los que el tema Infantesysuscosas  les importa tanto o menos incluso que la reproducción del mejillón tigre.

Lo sé, amigos sin hijos, lo sé. Es aburrido, por decirlo de una forma suave, que hablemos horas y horas sin parar de las grietas en los pezones, los culos escocidos, los gases regurgitantes o la eterna dicotomía Estivil/resto del mundo, entre otras miles y miles de posibles variantes temáticas, mientras nos miráis con la tercera cerveza en la mano y pensáis con amargura por qué no os quedasteis en casa viendo Cine de Barrio.

Inciso: lo estupendo de todo esto es que realmente, realmente, REALMENTE y en lo más hondo de nuestros adentros, no nos interesa demasiado cómo le va a los niños de los demás. Admitámoslo. ¡¡Lo que nos gusta es hablar de los nuestros!! Lo que pasa es que las convenciones sociales, oh divino tesoro, y un poco de educación y camaradería nos empujan a empatizar entre nosotros, y a intercambiar silencios para que hable el contertulio sobre su retoño mientras vamos pensando la siguiente anécdota de nuestro tesoro para dejar al resto k.o. (bueno, a veces, sí nos interesa, pero solo a veces y en casos aislados). Esto que quede entre nosotros.

Lo sé, amigos sin hijos. Somos muy pesados. Y cuando nos reunimos con más individuos de nuestra especie se produce ese efecto «imán conversacional» que acaba atrayendo a la inocente charla términos tan recurrentes y peligrosos como «si le quito el pañal se me mea por las esquinas», «mi niño no me come pero se sabe de memoria la tabla periódica», «mi niña no habla pero está muy espabilada», «la mía recita a Baudelaire mientras baila el Tallarín» and so on, and so on… Y así hasta el infinito y más allá.

Pero, amigos sin hijos, comprendednos. Esto es una fase, y años mediante, pasará. El día llegará (aunque aún queda, sorry) en que volveremos a querer salir hasta las siete de la madrugada, a no mirar el reloj a las siete de la tarde y excusarnos en el mejor momento de la fiesta porque hay que acostar al pequeño, o de no quedar para cenar porque no tenemos canguros… Un día volveremos a ir impolutos cuando salimos de casa, sin manchas de mocos y comida escupida por toda nuestra ropa, y estaremos al día de todos los estrenos de cine, teatro y musicales como antaño, cuando eramos gurús de la cultura y la intelectualidad (capten la ironía, por favor). Ese día llegará, y aunque más viejos,  con más kilos y menos energía, volveremos a salir al mundo, victoriosos, relucientes y alicatados hasta el techo, enarbolando nuestra recuperada independencia y gritando «libertad» a lo Mel Gibson en Braveheart.

Ese día llegará. Digo yo.

Pero hasta entonces, además de lo bien que le va a Raúl en el Shalke, de los caballos del última Clase C, del piquetón y de Shakira, y de cómo está la vida, así a grandes rasgos, permitidnos un ratito que nos regodeemos en nuestras propias miserias y alegrías.

A fin de cuentas, yo aquí vengo a hablar de mi niño.

De culpas y frustraciones maternales

No sé muy bien si la culpa, el sufrimiento y la autoflagelación nos vienen de serie como mujeres, como madres o como personas educadas en el cristianismo y el colegio de monjas (o por todo a la vez, en una mélange esquizofrénica). El caso es que leyendo este post en De mamas & de papas sobre la culpa maternal he encontrado una reflexión de Eva Piquer muy interesante sobre la ausencia de culpabilidad en las madres de antes, en las de la generación de mi madre y anteriores: “Por un lado estaba contigo todo el santo día, sin abandonarte para salir a ganarse las pesetas. Por la otra, en esa época los hijos se tenían porque tocaba y se educaban sin tantos manuales ni modelos de crianza”.

Y estoy de acuerdo con lo que afirma Eva, pero solo en parte.

Es cierto que por aquel entonces, por lo general, no se veían en la dolorosa obligación de «abandonar» a sus churumbeles para ir a currar, para eso ya estaba el esforzado cónyuge, para no llegar a casa hasta las nueve de la noche y no ver a los niños más que los fines de semana para poder llevar el jornal a casita.

Y es cierto que en su gran mayoría no se veían forzadas a elegir entre carrera y familia porque ponerse el delantal y tenerlo todo listo a la hora de comer era su deber y punto, les gustase o no.

Y es cierto que en su gran mayoría desconocían el término diabólico «conciliación», y cuando recogían a sus hijos del colegio no se reprochaban a sí mismas, cilicio en mano, haber llegado tarde, o haberse perdido la reunión de padres o al taller de manualidades con sus pequeños en la guardería.

Es cierto que fueron, en general, una generación de madres sin la culpa como estigma. No vivían con este reproche constante que ahora nos acompaña por no ser madres perfectas, de sonrisas perpetuas, paciencias infinitas y jornadas interminables siempre al dictado del bienestar de nuestras criaturas (pequeños tiranos en potencia que de osar hace unos años a alzarle la voz a sus señores padres como lo hacen ahora se hubieran ido a su cuarto con la huella de cinco dedos y un solitario bien marcada en el carrillo/en el culo/en sendas partes del cuerpo, pero ese es debate para otro día…).

Es verdad que no llevaban la culpa tatuada como nosotras, como señal generacional, que a veces pienso que nos va el sadomaso de lo mal que nos lo hacemos pasar. Pero, qué te voy a decir, que no las envidio para nada. Porque no, la culpa no era su estigma. Pero sí lo era la frustración. Y no es que sea patrimonio de generaciones anteriores el vivir una vida que no es la que hubiesen elegido de tener libre albedrío, pero si nos ponemos en plan comparaciones odiosas, antes lo tenían mucho más difícil para elegir. Y por eso, hace años, mujeres como mi madre dejaron de buena gana sus carreras, buenas o malas, sus trabajos, bueno o malos, y sus anhelos, buenos o malos, por ser lo que tenían que ser: buenas madres y buenas esposas, no siempre en ese orden. No todas, por supuesto. Pero sí una gran mayoría.

Sé que ahora nos autoimponemos miles de normas para ser mejores madres, y que tenemos mucha presión al tener que representar a la vez tantos papeles en esta obra loca: madre dedicada, mujer sexy y provocativa, persona intelectual y cultivada, trabajadora creativa, incansable y realizada, pareja amorosa y atenta a las necesidades de su santo, miembro concienciado de una sociedad indignada, activista política a ratos… Pero seamos conscientes de que gran parte de esta farsa la elegimos gustosamente nosotras mismas, aceptando unos roles que nos gustan y con los que nos sentimos identificadas, y a los cuales no queremos renunciar por nada del mundo.

Renunciar como hicieron nuestras madres. En definitiva. Renunciar y estar/sentirnos frustradas.

Lo que pudo ser y no fue

Viendo el enlace de @casigata en twitter me sacude de repente una frustración no demasiado lejana…

Toda revista del ramo que se precie, toda matrona que quiera ser algo en el mundo de las matronas, toda amiga-que-todo-lo-sabe, toda web de crianza como dios manda te dirá éstas o similares palabras: Dale un masaje, dale un masaje, ya verás qué bien, y lo que le gusta, y cómo te comunicas con tu bebé, y como interactúas con él, y como se relaja, y como lo notarás más tranquilo y más contento, y dormirá mejor, y se desarrollará mucho mejor y casi que hasta crecerá más y mejor, y hablará antes, y te hará las uñas de los pies cuando te sientes en el sofá…

Sí, los múltiples beneficios del masaje al recién nacido.

Antes de dar a luz me los vendieron como la panacea, como el sumun de la pedagogía moderna, de la puericultura avanzada y progre, el más de lo más después del parto en casa… Y a mí que todo esto me parece guay y que me mola presumir de hippie así en cosas que no afecten a mi higiene, me compré los aceites de rigor para someter a mi criatura a masajes y refriegas de calidad, de las de darte la vuelta y quedarte mirando a Cuenca. Que para algo hace años me empollé libros de anatomía y cursito incluido (que yo soy muy de cursos, como ya sabrán los que tienen el gusto…).

Y con mi niña ya en este mundo, como las pipas Facundo, tenía todo lo necesario para completar con éxito una de mis primeras tareas de nueva-madre-moderna-joven-y-atractiva: el masaje a tu bebé (clinc, sonrisa profident y brillo en los ojos de puro amor de madre).

Sí. Mola todo. Lo del masaje. Hasta que descubres que, por más que lo intentas, por más mimo que le pones, y más música de Enigma de banda sonora ambiental, a tu bebé no le gusta ni un poquito que lo retoquetées, ni le sobes demasiado, ni muchísimo menos que le pongas boca abajo. Y cada vez que lo intentas, cada vez con menos ilusión, por qué negarlo, tu criatura te mira con rabia no contenida, te monta una escenita a lo Exorcista en sus mejores tiempos y se le nota en las pequeñas venitas hinchadas del pequeño cuello que si pudiera hasta te pegaba una patada en todo el careto.

Qué frustración. Qué tristeza más profunda. Qué indignación… Pero, ¿esto qué es? ¿Es que yo no voy a poder compartir con mi hija ese momento zen, ese vínculo emocional que mejorará intrínsecamente nuestra relación madre-nuevo ser y potenciará exponencialmente la capacidad sensorial de mi pequeña? ¿Es que yo no he tenido dolores de parto de armario empotrado en los riñones como las que salen en la revista con su sonriente bebé como para merecerme al menos una experiencia gratificante (la única, casi diría yo, de los primeros meses en los que tu vida es un infierno)? ¿Acaso han anestesiado a los bebés que veo en los programas de maris donde los niños ni se mueven mientras les recolocan todo el cuerpo? ¿Por qué mi hija rechaza como un poseso el agua bendita algo que el resto del mundo te pide así como quien te pide un gramo en pleno mono sudoroso? ¿Tan mal lo hago? ¿Estaré fracturándole alguno de sus blanditos huesos por error? ¿Me quitarán la custodia si insisto?

Y así estuve durante un tiempo. Lamentándome y preguntándome por qué. Y mira que soy fan de los masajes, pero fan fan de verdad, no de boquilla, que conste. Que casi me los doy yo misma y todo para descontracturarme por las mañanas. Que creo que todo lo que dicen es verdad, y que es la mar de beneficioso. De verdad.

Pero hay veces en las que no te queda más remedio que bajar la cabeza cual Marichalar expatriado y admitir que, sí, que pudo haber sido bonito, que lo intentamos, pero que tristemente aquello no funcionó.