Dance Dance Dance!

Nunca se me ha dado bien el baile. Lo he intentado muchas veces.

Con los bailes de salón en varias ocasiones y con la danza del vientre cuando estaba embarazada, que no se me dio tan mal como los anteriores porque la fuerza de la gravedad me empujaba con algo más de gracia sobre el suelo. Además, curiosamente las curvas generosas compensaban y disimulaban con creces la total carencia de movilidad en cintura, cadera y miembros inferiores. Pero quitando esa honrosa excepción y considerándolo un efecto positivo de la gestación, nunca seré una Shakira desatada ni tan siquiera una Belén Esteban en sus mejores días en «Mira quién baila».

Siempre he tenido dos pies izquierdos, y a no saber diferenciar uno del otro en lo que a baile se refería, en la pre-adolescencia se sumo una recurrente e intensiva timidez propia de la edad y del «pavismo» del momento. Así que ante cualquier oportunidad de movimiento físico unido a música (veánse: bodas, comuniones, pachangas, fiestas del pueblo y demás ocasiones alcohólico-festivas en las que señoras bajitas y regordetas bailan descalzas «Paquito el chocolatero» y señores de mofletes rojos, camisas a media abrir y corbata anudada en torno a la calva arriman cebolleta a todo lo que lleva refajo) me ataba a mí misma a la silla, mutando en una versión juvenil de la difunta madre del Rey, en sus últimos tiempos, dispuesta a luchar incluso con mi vida para no tener que pisar la pista junto a toda esa panda de alterados danzantes.

Recuerdo que mi madre sufría mucho por mi falta de iniciativa socializadora en aquellos momentos, la pobre. Debía pensar, ahora lo veo y ya lo siento, que, a pesar de sus muchos esfuerzos y renuncias, de haber dejado su carrera profesional a un lado para tenernos, de toda una vida dedicada a ser buena esposa y buena madre, y de educarnos en un colegio de los buenos, con la pequeña le había salido una hija media lela o lela entera, de la que ni siquiera en esos actos de regocijo familiar encontraba motivo para presumir. Vamos, una frustración con patas, al menos en lo que a festejos se trataba, que luego yo a mi madre le di también buenos momentos.

Pero, definitivamente, en aquellos días de orquesta y lambada yo era el «¿en qué he fallado, dios mío? de mi señora madre, quien, a pesar de lo evidente, debido a su naturaleza espartana se negaba a aceptar lo dolorosamente evidente y me obligaba, incluso con violencia psíquica en forma de extorsión maternal, a salir de la esquina del salón en la que me refugiaba y a salir a la pista para menearme un rato y lucir el modelito, que a esas horas del día ya solía estar de todo menos planchado.

Y así me recuerdo yo mientras sonaba el pasodoble español:  inmersa en algunas de las escenas más patéticas de mi pequeña trayectoria vital, agarrada con fiereza por algún tío segundo lejano jadeante tras horas sin parar de dar saltos (y con el whisky en la mano), doblemente avergonzada por la entrada anti-reglamentaria de mi progenitora en mi esfera personal e intransferible (y acomplejada, claro), y por mis  visibles carencias tanto en animación cultural como en lo que a coordinación corporal/facial se refería.

Ahora, años después, (y con horas de terapia en mi cuenta de «debería») y echando terriblemente de menos las peloteras y recriminaciones de mi madre, sigo sin bailar demasiado en las bodas, bautizos o fiestas de divorcios (que es lo que toca a mis coetáneos), pero al menos ya he dejado atrás gran parte de los complejos infantiles, o se han quedado al fondo del saco de traumas personales, con lo cual me afectan menos.

Y a cambio, tengo bien clarito en mi listado de obligaciones y deberes maternales, no obligar bajo ningún concepto, apuesta entre chupitos o complejo mal asimilado, a ninguno de mis descendientes a que se marquen un vals con el tío Manolo, a que declamen con atuendo y todo la escena de doña Inés en el balcón o a que canten la canción de la primavera que han aprendido en el colegio.

Y si se esconden bajo la mesa, que se escondan. Ya saldrán para pedirme la paga…

La caída de un mito «ternesco»

En mi tierna infancia y más allá (que a mí la época de «ternesca» me duró casi casi hasta la veintena, jeje) las muñecas con todos sus accesorios formaron parte fundamental de mis tardes de juego. Mientras mi hermana, más madura que una servidora ya desde los primeros años, se dedicaba a la reflexión intelectual y a pensar en sus cosas de mayor, yo me perdía en mis mundos de Barbies y Chabeles.

La Barbie era la voluptuosa, en varias versiones princesiles o sacadas del mundo Lomana, a la que mutilé en varias ocasiones, desmembré con alevosía (a lo Dexter pero sin psicopatía que yo sepa) y en la que practique mis dudosas habilidades de esteticién: pelo, uñas, labios y no le hice la depilación porque la muy lista venía con la «Alejandrita» de serie, que si no…  Ahora reposa desnudica y desfallecida, entre barriguitas rechonchonas y osos de peluche raídos, rumiando su triste destino: ella, que todo lo tuvo, para la que estaba destinada la gloria…

La Chabel fue su sucesora: menos curvas, más joven quizás, más universitaria, algo más real, diría yo, y sobre la que no ejercí aquella violencia implícita. Tal vez fuera porque, a diferencia de la rubia de talla 120, la pequeña Chabel no tenía una cintura imposible si tienes más de una costilla, porque no tenía los brazos anquilosados en aquel ademán tan surrealista de gancho-para-bolsas, y no se pasaba el día de puntillas y sacando pecho (aunque le hubiera hecho falta, porque la pobre andaba algo falta de delantera), pero el caso es que la nueva generación de muñecas no generaba en mí ese afán transformista y cabaretero.

De todo esto me he acordado esta mañana, cuando me he encontrado con este documento visual, todo un alarde de mala leche en pos de una buena causa, organizado y orquestado por Greenpeace para denunciar la deforestación que Mattel está llevando a cabo en los bosques de Indonesia para producir las cajas en las que venden a la amiga Barbie.

Cuentos políticos (I): Las andanzas del consejero Echeverría

… Érase una vez, en la céntrica y solanera Comunidad de Madrid, un hidalgo llamado José Ignacio Echeverría que era por designio presidencial, consejero de Transportes de toooda esta nuestra comunidad. Este amable personaje, allá por el mes de marzo, se reunió con sus amigos y compañeros en un lugar muy bonito y decorativo llamado Asamblea y tuvo a bien deleitarnos a todos los madrileños con estas bellas palabras, conocidas a partir de entonces como «la leyenda del metrobus» (en el vídeo, el señor de pelo blanco, y  segundo que interviene en esta animada y educativa reunión):

En aquel momento, no solo nuestro buen hombre Echeverría demostró su amplio y extenso conocimiento de la materia de la cual es consejero, los transportes madrileños y el «legendario» metrobus, sino que, como se puede ver en este animado y didáctico vídeo, sus colegas y camaradas de partido (popular, para más señas y tan solo por informar), le aplaudieron a rabiar, celebrando con tales muestras de apoyo la magnífica sabiduría, esa experiencia y ese saber hacer que puso de manifiesto el señor consejero. Y es que a nuestro amable protagonista no se las daban con queso, ¡no, señor! Qué prestancia, qué elegancia sin par, qué belleza en esos gestos y ese !Pues nos vamos todos! final…

Pero no acabaron aquí las andanzas de nuestro insigne caballero, no. Porque una vez probada su sapiencia, y como premio, sin duda, por los servicios, el amigo Echeverría fue nombrado, por aclamación, Presidente de aquella, nuestra, Asamblea, donde el aguerrido y noble consejero vivió nuevas y trepidantes aventuras…

Pero esto, amiguitos, lo leeremos otro día.

Moraleja: 

Escalofríos de la muerte: obras en casa

Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor, y quien tenga esas tres cosas que no se meta nunca en obras…

Así es la canción, amigos, al menos en mi barrio.

Porque las obras, ya sea cambiar los azulejos del baño, echar el gotelé o renovar las cañerías, son el castigo que nos vuelve por algo medio malo que hayamos cometido, seguro. Que yo en esas cosas del karma creo mogollón. Y con cada día en los que obreros polvorientos invaden mis murallas y me empapuzan los suelos con esas huellas del 50 que no salen ni lijando las baldosas, yo estoy purgando algún pecado de grado 3 en la escala criminal.

Todas las obras tienen un mismo elemento común demoninador: la incertidumbre.Sabes cuando empiezas, pero nunca, repito, nunca, cuando acabas.

Aunque a veces ni siquiera está tan claro cuando la crisis llegará a tu vida. La primera obra que hice en casa, así a lo grande y estando ya instalada, empezó una semana antes de lo pactado (por qué? porque sí), un sábado a las nueve de la mañana, con el pijama puesto, la bata y una panza de unos cuantos meses de embarazo. En pleno desayuno relajado y festivo, se hicieron fuertes en mi casa una cuadrilla de cinco o seis hombretones de distintas procedencias y nacionalidades, que maza al hombro, se colaron en mi baño con eso de «voy a ver cómo está el techo antes de na…» y en menos que silva un canario me habían dejado el baño con vistas al cielo de Madrid (o en su defecto al suelo de mi vecino de arriba). Así, sin piedad, con mi santo y una servidora con la mandíbula hasta el suelo y jurando y perjurando que habíamos quedado con ellos la semana siguiente, para avanzar en su destrucción total por el techo del pasillo y la cocina.

Que no dí a luz allí, en ese mismo instante y lugar porque una, del susto, apretó bien las piernas mientras corría a salvar sus enseres íntimos de las manos del «Chernobyl» (nombre cariñoso con el que apodamos a este ser destructor, de palillo entre las muelas y sobaco pendenciero) y sus compinches de brazos tatuados y gorra calada hasta las cejas.

Aquel fue, sin duda alguna, el peor comienzo para una obra que pudiera haberme imaginado. Pero al menos, si hay que buscarle algo positivo, no tenía más que la panza como pasajero, y podíamos emigrar dignamente, mi santo y yo, allá donde nos quisieran, sin tener que cuadrar horarios, guarderías, comidas y demás…

Que es, básicamente, lo que nos ha tocado en esta ocasión, nuestra segunda obra a lo grande. Y es que a la incertidumbre de no saber cuándo terminará esa pesadilla, al esfuerzo que supone desmontar, limpiar y volver a montar una casa y huir como forajidos durante una semana, tienes que sumar la labor de artesanía que supone sacar a la cría de su casa, de la guardería y de su rutina durante todo ese tiempo.

Que si lo piensas bien y con tiempo, no lo haces. Ni loca.

Porque después de cinco días en entorno abueril (dando gracias desde aquí al acogimiento político), la niña está colgada de las cortinas, gritando que no a todo lo que no sea chocolate y contestando solo si es su abuelo el que la llama. A mí es que ni me mira, y toda mi autoridad se ha visto reducida a esa figura borrosa que la lleva a dormir por las noches, la regaña cuando hace cosas mal y no le deja jugar a la pelota en el salón con las figuritas de Lladró de la suegra. Ideal, vamos. Dos años de condicionamiento a lo Pavlov echados a la basura en menos de una semana… (es broma, eh? que yo a mi hija si la educo-condiciono ya es siguiendo alguna escuela mucho más actual tipo Super Nanny o cosas así).

Menos mal que somos unos inconscientes, que no tenemos cabeza (ni ahorros después del pastón que se han llevado los señores obreros) , que a la niña la volveré a meter en cintura en cuanto pise este suelo nuestro (del que no saldrá la huella del «Chernobyl» ni aunque pasen veinte años) y que después del sacrificio me va a quedar la casa, como mínimo, como los baños de la Preysler, que si no…

El «Plan de Parto Subversivo» de Lady Vaga

Hay días que encuentras cosas útiles que comentar a tus amigos. Otros días descubres una canción que necesitas compartir con el mundo porque si no lo haces, explotas. Hay días en los que tu hija hace algo que no puedes callarte y has de ir repasando uno a uno los números de tu agenda, colgarlo en el muro del facebook y ponerlo en twitter para que, cual Pantoja desatada, todos vean los progresos de tu «paquirrina del alma».

Y hay días en los que, de repente, te llega algo que debes, DEBES publicar, compartir, repartir y casi gritar, para que toda aquella interesada lo pille al vuelo, lo imprima y lo use como buenamente pueda y quiera. Se trata de un plan de parto de Lady Vaga, que he encontrado en su blog, Dolce Far Niente, y que me ha hecho sonreír a eso de las siete de la mañana, que ya tiene tela.

Me ha hecho sonreír, pero también me ha recordado que hace unos días, cuando le pregunté a un amigo por el parto de su mujer, me respondió que bien, que el parto bien, y el destrozo, el normal.

Que hoy en día, a estas alturas de la película, lo  normal sea «el destrozo» es señal de que algo no va bien.

Por eso, y para que nadie vea normal que practiquen la vainica en nuestras partes, entre otras cosas, se hace obligada la reproducción de este texto.

Disfrútenlo y pasen a agradecérselo a la autora. Yo ya lo he hecho.

Plan de Parto Subversivo (by Lady Vaga)

Visto el trato tan malo que nos han dado a algunas en nuestros partos, lo conservadores (por no decir otra palabra) que se ponen con el protocolo en ciertos hospitales y lo variopinto de las respuestas que recibimos cuando presentamos un plan de parto, he decidido liarme la manta a la cabeza y presentar un plan bien explícito, que no deje lugar a dudas acerca de mis convicciones y deseos.

Podemos comenzar con un saludo tradicional y, a continuación, pasar a exponer nuestras ideas (aquí van sin orden ni concierto), por ejemplo:

– No deseo parir tumbada patas arriba: esta posición, además de humillante, es incómoda y dificulta el parto. Si usted, señor doctor, quiere estar cómodo durante mi parto, con gusto le prestaré mi almohadita cervical o le daré el teléfono de un buen fisioterapeuta. Pero a la hora de parir, me colocaré  como me dé la gana, que para eso soy la que está en ello. ¿O usted haría el pino yendo de público a un circo para ver a los acróbatas del revés directamente, sin esfuerzo por parte de ellos? Pues eso.

– Quiero deambular durante la dilatación: no se preocupen, no pienso  hacer el camino de Santiago, simplemente denme libertad de movimiento y no me molesten. Estaré por el pasillo.

– Déjenme ingerir líquidos durante la dilatación. Y no me digan que no puedo por si acaso hay que intubarme, porque por esa regla cualquiera de ustedes debería vivir en ayunas, no vaya a ser que tengan un accidente en plena calle y requieran anestesia… ¿Se imaginan tener que ayunar durante horas antes de salir de vacaciones, por si tienen un golpe con el coche?

– No me induzca el parto para terminar en la fecha y hora que a usted le convengan: puede usar sus poderes mentales para intentar convencer a mi hijo por telepatía de que salga, pero nada de meterme oxitocina a chorro sólo porque a usted le venga bien. Si tiene prisa por irse de fin de semana o a cazar, con gusto esperaré a que comience el turno otro profesional más serio.

– No me rasuren: si ustedes quieren ver señoritas depiladas, en Internet hay muchas páginas dedicadas al particular. Si a mí me incomoda el vello, lo llevaré arregladito de casa. Ah, ¿que es por el riesgo de infección? Pues no sé yo, doctor, si esos pelarros largos que tiene usted en los brazos son de PVC… Mmmh, ¿que dice que es para ver la zona donde tendrá que coserme? Pase entonces, por favor, al punto siguiente.

– No se le ocurra cortarme: vine con mis genitales intactos y es mi intención llevármelos en el mismo buen estado de revista. Si usted quiere usar la tijera, puede cortar unas guirnaldas o farolillos con los  que decorar el paritorio para dar la bienvenida a mi hijo.

– No me pongan enema: si encuentro desagradable la posibilidad de «hacérmelo» delante de ustedes, yo misma me pondré un microenema en casa. Pero absténgase de molestarme con esas fruslerías durante mi trabajo de parto. Si les incomodan los residuos biológicos, harán bien en cambiar de empleo.

– No quiero tactos: sólo los mínimos imprescindibles. Adjunta encontrará la foto de mi amigo John, jugador profesional de baloncesto, que se ha ofrecido gentilmente a hacer un tacto rectal a cada persona que intente hacerme un tacto innecesario. Por supuesto, les mandará la factura por sus servicios al término de los mismos. No le den las gracias, John es así de bien dispuesto, además de medir dos metros diez.

– No me hablen como si tuviese tres años: entiendo perfectamente lo que me dicen y me gusta decidir por mí misma; sé que es un vicio feo y molesto, pero es lo que tiene haber sido criada en democracia.

– No hablen de chorradas mientras nace mi hijo: para ustedes será el trabajo de cada día, pero para mi familia es un momento sagrado. Me importa tres narices si su equipo de fútbol ganó o perdió, si la vecina del quinto pone la música alta o si su madre ha comprado una freidora buenísima. Si  quisiera escuchar  tonterías, pondría la tele. Cállense.

– No interfieran en mi lactancia: mi bebé no necesita leche de vaca nada más nacer, sino estar con su madre (que  soy yo, por si no les había quedado claro), así que nada de biberones. Si algún miembro de su equipo tiene complejo de Ganímedes y quiere servir un refrigerio, agradeceré nos traigan la carta de vinos para escoger el más adecuado.

– No se metan en mi forma de criar: los enfermeros y enfermeras que nos visiten durante nuestra estancia en el hospital harán bien en abstenerse de proferir comentarios del tipo de «¿pero otra vez con él al pecho? Eso es vicio», «Pero, mamá, si de ahí no sale nada, toma, dale  un biberón» o «No te lo metas en la cama, que luego no salen hasta que se van a la mili». En mi entorno hay un viejo aforismo: «La que quiera criar, que se preñe». Con gusto explicaré a esos profesionales las opciones a su alcance para embarazarse con un lenguaje ampliamente comprensible (es más, hay una versión «exprés» de esa charla que se resume en sólo tres palabras; las dos primeras son «que» y «te», pero me ahorro la tercera porque mis padres criaron una hija muy fina).

Et  voilà, ahora cerramos con una despedida divinamente educada, sacamos todas las copias que estimemos oportunas y ¡hala!, ya tenemos nuestro propio plan de parto políticamente incorrecto. Por supuesto, podemos personalizarlo en función de nuestras necesidades, añadiendo o quitando lo que consideremos oportuno. Y que nadie diga que no hemos sido bastante claras.

Amen hermana.

Con un Kindle bajo el brazo

Los tiempos cambian, amigos. Ahora, a los niños se les pone el CD de Mozart desde el estado fetal, el Ratoncito Pérez ya se puede ver en 3D y los Reyes Magos son una App del iPhone. Todo cambia.

Por eso, ahora en vez de con un pan bajo el brazo, mi niña vino con un kindle blanquito, reluciente y con su funda acolchada, of course.
Los primeros meses, leer lo que se dice leer así de seguido y prestando atención, poco. Si acaso, a San Carlos González y su libro sobre lactancia materna Un regalo para toda la vida y a Rosa Jové con Dormir sin lágrimas para enfrentarme con éxito a mis dos principales obsesiones maternales: el pecho y sus cosas, y dormir a Julia sin llorar sin hacerle el Estivill.

Ambas etapas pasaron con bastante éxito y entonces mi cerebro comenzó a despejarse de esa bruma espesa que te invade con el puerperio (sí, debe ser cosa de la naturaleza, porque no ves más que a tu niño entre la niebla). Y entonces poco a poco, como cuando vas saliendo de la resaca de vino malo, mi mente empezó a reclamarme contenido intelectual en el que no solo apareciesen las palabras: bebé, niño, crianza, colecho, pecho, leche, cacas, pañales, y trillones de sinónimos de este palo.

Así que ahí hizo aparición el maravilloso, el ínclito, mi adorado Kindle. Gracias a esta linda (y frágil, como he podido descubrir) criatura, mi vida cambió:

Dentro de casa: mientras le daba el pecho a Julia podía leer sin tener que moverme para pasar página, ni tener agujetas por sujetar un libro de un quintal con una sola mano; y mientras me secaba el pelo, en uno de esos escasos y preciados momentos para mí, podía apoyarlo gentilmente sobre la balda del espejo Ikea (ese espejo que mi padre decía cuando lo compre que parecía un ataúd para niños, humor de abuelo…) para poder secarme el pelo mientras leía plácidamente sin que se abriese o se pasase de página con el aire…

Además, yo no porque duermo demasiado, pero sé de quién lee por las noches con la lucecica de la nueva funda y se está sacando la carrera de Humanidades con matrícula de honor con los apuntes en el kindle mientras su niña de 6 meses duerme por las noches. Una campeona, por cierto, a la que este aparato también le ha dado un respiro intelectual y que está compatibilizando la lactancia materna con la filosofía existencialista y las obras de Goethe. Un 10 de mujer y mi hermana, por cierto.

Fuera de casa: tras incorporarme al trabajo, en ese momento en el que te reincorporas, dolorosamente, a la vida normal, te dices: bueno, al menos podré leer de camino al curro, ya que en casa me quedo dormida de pie en cuanto dan las ocho de la tarde (noche para mí). Pero claro, vas a trabajar con la comida, con el bolso maternal ese que te aparece en el armario por arte de magia y que pesa trescientos kilos, como poco, cargado de chupetes, toallitas, tres pañales y una galleta sin gluten hecha miguitas esparcida por el forro. A todo eso, súmale el libraco de turno, que cada vez los hacen más grandes y más pesados. Así que, cuando el kindle apareció en mi vida eliminamos un elemento de peso de mis viajes de «commuter» y mi espalda me lo sigue agradeciendo a día de hoy.

Además, si viajáis en metro conoceréis como yo esa experiencia devastadora para el amor hacia tu especie: los apelotonamientos mañaneros. Esos en los que se sobrepasan los límites posibles del espacio y del tiempo entre tú y tus congéneres, esos en los que analizas por milímetros la grasa del pelo de la señora que te está metiendo la cabeza entre el sobaco y el pecho, esos en los que respiras más sustancias tóxicas y desagradablemente humanas que cualquier trabajador de vertedero regional, esos en los que sale lo peor de la condición semi-humana y las ojeras, los pisotones y las sobaqueras humeantes solo pueden verse atenuadas por una buena y placentera lectura en escorzo, con una sola mano y con la cabeza grasienta de esa señora integrada dentro de tu cuerpo.

Mi kindle es, en esos momentos, un oasis de placer en medio de un desierto solo apto para amebas sin olfato…

Adoro los libros. Todos. Creo que, durante mi corta vida, me he gastado en libros el presupuesto de Andorra en publicidad de toda una década. Y siempre defenderé el libro en su soporte tradicional, no creo que vaya a desaparecer.

Pero la verdad es que con la llegada de mi hija, y la complicación en cuanto a tiempo y espacio en mi casa, la entrada en mi casa del Kindle (en sus tres ediciones, porque insisto, el kindle es condenadamente frágil y no debéis, NO DEBÉIS, meterlo dentro de una sillita antes de plegarla con él dentro, ni tampoco dejéis que se caiga en las escaleras del metro ni aunque las muy perras casi se lleven tu falda nueva por el camino… y no digo más porque todo lo demás lo diré delante de mi abogada Spi) ha sido muuucho mejor que cualquier pan que pudiese traer mi bendita criatura.

Fútbol-centrismo

«…Esperar que pase algo mientras el resto del mundo se amontona frente al fútbol. Eso es lo que hago, aquí sentada. Nada más.Mirar a través de la ventana empañada por mi aliento y hacer figuritas sin aristas con el dedo.
Una nube en forma de señora gorda tumbada. Una serpiente que se come un elefante de una vez. Un caracol a punto de dormir. Antes de desvanecerse, la señora gorda levanta una mano rechoncha y me saluda afectuosa, dejando tras su gesto una estela vaporosa.
Desde aquí, a través de la serpiente glotona acierto a ver un gato, agazapado sobre unas tejas aún calientes. Me hace un guiño cómplice desde su tejado mientras se enciende un cigarro con descaro felino. A ninguno nos gusta el fútbol, ¿verdad, niña?

Me llegan ecos de gente gritando desde el salón.

Los ¡uyyy! y ¡ayyyy!, los ¡falta! y algún que otro insulto prohibido, se cuelan por el pasillo, cruzan la cocina de puntillas y se deslizan siseando por el suelo de mi cuarto. Los veo acercarse, con sus signos de exclamación en colores chillones, mientras trepan con esfuerzo por la pared hasta llegar a mi espalda.

Las cosquillas en la nuca me hacen reír a carcajadas. Y yo misma doy un brinco del susto. Las letras y yo nos encogemos, temerosas de haber despertado a la Nana, que duerme acurrucada en su cama. Sigilosa, como el gato que me observa fumándose su pitillo desde el edificio de enfrente, me acerco hasta su almohada. De su boca en forma de rosquilla diminuta escapan efes y erres enlazadas. Pequeñas consonantes apenas susurradas que al ascender desde su aliento, se enroscan encantadas en mi pelo y me alborotan los rizos.
Siento un hormigueo tras la oreja y al girar mi cabeza noto como caen sobre mi pijama, una tras otra, con un suave goteo, las pequeñas criaturas parlantes. Allí, en mi regazo, se mueven inquietas, dando brincos entre puntos y comas descolocados. Menudo baile se están marcando, casi me dan ganas a mí de dar saltos junto a ellas. Muevo los pies.

El gato ha aterrizado de un brinco en mi alféizar y, apurando su cigarro, me hace señas con su zarpa para que le deje entrar a mi cuarto. Le encantan los saraos. Es un gato muy vivido, se le nota. Pero no me atrevo. A fin de cuentas, yo no hablo con extraños.

Desde el otro extremo de la casa, el de los que gritan, nos interrumpen sonidos huecos. Alguien se ha enfadado y ha dado un portazo cavernoso que hace retumbar mis letras y despierta a Nana.

El fútbol se ha acabado. Y la tierra vuelve a girar en torno al sol…».

(Traducción inventada del cuento «Le futbol, ce n’est pour moi», de la escritora francesa del siglo XIX, Marie Purié).

Qué le dirás a tu hijo…

Hoy he descubierto un método eficaz para empujarme a actuar cuando el peso de la gravedad me inclina a dejarme llevar por las circunstancias, vamos, cuando no me atrevo a mover un dedo y prefiero que las cosas pasen en vez de tomar la iniciativa.

Eso tan traído y llevado de la proactividad como un «must» se materializa dolorosamente con toda su relevancia en ciertas ocasiones y queda patente (sobre todo cuando nos va mal) que deberíamos practicarla como estrategia habitual ante la vida. Pero reconozcámoslo, a veces cuesta eso de decidir. A veces las excusas se multiplican: no es mi culpa, que lo digan ellos, no es mi trabajo, la abuela fuma, el abuelo juega al bingo, y así hasta los deberes se los comió el perro, remontándonos a nuestros años mozos.

Y a veces, por esto tan usado de la costumbre, pensamos que ante algo que no nos gusta, la mejor política es la queja. Y nos lamentamos amargamente de nuestro sino, de nuestros jefes, del vecino ruidoso, de los malvados planes para dominar el mundo de los chinos, o del sabor barbacoa del Telepizza. Todo vale para seguir arrastrando las perchas de nuestros trajes hechos a medida, nuestras excusas.

Eso pasa y pasa y pasa. Y puede pasar durante toda la vida. O puede llegar un día en el que piensas en qué le dirías a tu hijo si él te planteara el mismo problema al que NO te estás enfrentando tú ahora. Yo lo tengo claro. Le diría: Hija, déjate de pamplinas y de mirar el facebook todo el día y demuestra que tienes ese par de huevos metafóricos que has heredado de tu padre y de tu madre. Hazte valer, ¡coño!.

Bueno, a lo mejor con esas palabras no se lo soltaba. No quiero manchar mi «inmaculado» expediente maternal con insultos y referencias anatómicas no apropiadas. Pero bueno, en esencia, ahí está el mensaje que a mí misma me ha servido de acicate, de cachete virtual y de motivo para decir, ¡aquí estoy yo! ¡con mis huevos! (metafóricos, reitero).

Amigos, practiquen la proactividad, como quieran, con huevos o sin ellos, pero ténganla presente y transmítanla a sus congéneres. Y así el día que nuestros hijos nos planteen algún dilema por el que seguramente ya habremos pasado (por viejos y vividos) podremos decirles con ese típico tono paternal: haz como yo, y échale un par, hijo…

Realidad aumentada: cinco minutos

5 minutos (de una a otra)

– ¡Hola mari! Hija, cuánto tiempo, ¿cuánto hace? Dos días ¿no?

– Ay, hija, es que llevamos un ritmo que no llego, no llego… Al pequeño lo tengo con fiebre en casa y sin nadie que me lo cuide así que permiso en el trabajo por tres días seguidos, que ya ni me voy a atrever a mirar a mi jefe a los ojos cuando vuelva; a la mayor me la han castigado en el cole por haberse comido los plastidecores de su compañero de mesa y la tengo que llevar todas las tardes para que haga sus trabajos a la comunidad escolar, y como no tengo quien se quede con el pequeño pues estoy concertando citas con el cole para poder llevarla el mes que viene, martes y jueves, que es cuando yo puedo porque mi suegra se queda con el niño, de aquí hasta el 2015 . Y de mi marido ni te cuento, que es que ni le veo, hija, que nos comunicamos por mensajes, y me llega todos los días a las doce de la noche, muerto de sueño… ni hablamos ni nada, nos sentamos ahí los dos en el sofá, nos pasamos el cigarro a medias, la cerveza del Lidl y nos vamos a dormir hasta las seis de la mañana, vamos como para ponernos a nada, ganas me quedan a mí de otra cosa que no sea planchar la oreja… Es que no llego, no llego, el día menos pensado me dice que quiere el divorcio, o que está con una de su oficina que le cuida más que yo y no le da tantos problemas, vete tú a saber… ¿Y tú? ¿Qué tal? ¿Te han pintado ya las paredes?…

5 minutos (de uno a otro)

– ¿Qué pasa, chaval? ¿Cómo estás?

– ¡¡Hombreeeee!! Bien, bien, liado como siempre. Ya sabes cómo son estas cosas, los niños, el trabajo…

– Sí, sí, ya… uy, que empieza el partido.