Vivan las mañanas con sol

«Vivan las palabras esdrújulas y las sobreesdrújulas.

Vivan los niños que tiran de sus mochilitas al acercarse al colegio. Vivan los cuernos de chocolate que no te caben en la mano.

Vivan los besos tirados al aire. Vivan los libros gordos que pesan un quintal.

Vivan las conexiones mentales que te hacen adivinar lo que están pensando tus amigos. Viva mi santo por aguantarme.

Viva el paracetamol y las mandarinas. Viva el vino y las mujeres.

Vivan las mañanas con sol».

Traducción inventada del texto inédito de Anne María Hildebrun, «Alles ist klar», novela de referencia para todo erudito que se precie de la generación pretzel (1920-1930).

La generación del más

Más kilómetros por hora.

Más zapatos en el vestidor.

Más arena bajo los pies.

Más metros cuadrados que llenar.

Más dinero con el que endeudarse.

Más followers. Más seguidores. Más visitas.

Más créditos personales a sesenta años.

Más audiencia entregada. Más aplausos. Más fotos.

Más joven y lozana. Más delgada. Más cremas.

Más botox en el entrecejo. Más de mentira.

Más nuevo y reluciente.

Más prozac para levantarse.

Más sedantes para dormir.

Más sí a todo lo que me digas.

Más vida a corto plazo.

Más yo.

Más yo.

Más mío. Más mejor.

Mucho más.

La insatisfacción es nuestro apellido. La ambición está en el aire. Y dan ganas de dejar de respirar para ver si así toda esta frustración generacional se va al garete de una vez.

More de Mark Osborne

Y el debate continúa: ahora las madres «tigre»

¿Eres una madre tigresa?

¿Tienes la fusta preparada para cuando tu hijo no ordena su habitación?

¿Exhalan tus poros disciplina desde el mismo momento en el que se abren tus ojos por la mañana?

No he leído el libro de Amy Chua Battle Hymn of the Tiger Mother, pero así de primeras no me hace mucha ilusión, fallo mío, tengo una lista de pendientes que me atraen mucho más (hasta leerme el editorial de La Razón me apetece mucho más). Pero como hay que tener un poco de criterio para poder despellejar a gusto, siempre desde la ignorancia, amigos, pues me he puesto a bucear en la red en busca de referencias sobre esta mujer y su filosofía.

Así de primeras y sin profundizar, en mi línea de superficialidad, descubro que tampoco ha inventado la pólvora. Vamos, que mi madre y casi toda su generación han seguido el mismo método: el de la disciplina espartana. Solo que en el caso de Chua, evidentemente, es la disciplina milenaria de la cultura china, claro. Y me da que le ha aportado un toque personal, medio moderno, medio retorcido. Y aunque no es nada revolucionario, si acaso más bien reaccionariamente anticuado, ha causado un revuelo inexperado entre las-madres-del-mundo-uníos. Inexperado porque al fin y al cabo cada uno educa a sus hijos como le da la gana. Y que esta mujer reivindique el poder de una buena regañina, insultos incluidos, para intimidar a sus hijas a mí personalmente no me sorprende, ni me ofende, ni me asusta. Lo de los insultos no debería compartirse con agrado, no creo que sea un método educativo ideal para la autoestima de los niños, pero claro, cada uno en su casa….

No creo en el método perfecto para educar a los hijos. No hay una regla que sirva para todos, por desgracia. O por suerte, no lo sé. Pero esto es como lo del método Estivill. ¿No te gusta? No lo uses. Fácil. Rápido. Indoloro.

Pero bueno, aquí dejo una entrevista con esta mujer que he encontrado en youtube. Y sí que dejo clara una cosa. Esta señora me da miedo. No sé si el rictus ese que tiene, o la mirada fiera, o qué sé yo…. Pero me ha acojonado mogollón.

Y ahora algunas opiniones más formadas que la mía que he encontrado en la red:

http://cuantascosasbarreria.wordpress.com/2011/01/27/carta-para-amy-la-madre-tigre/

http://blogs.que.es/18214/2011/2/7/retrato-amy-chua-la-madre-tigre-

http://www.bebesymas.com/educacion-infantil/amy-chua-recomienda-el-autoritarismo-feroz-como-metodo-de-crianza

http://www.mundodemama.com/2011/01/20/tiger-moms-madres-que-educan-con-metodos-extremos-de-disciplina/

http://madredemellizos.blogspot.com/2011/01/amy-chua-la-extrema-rigidez.html

Anatomía de una historia imperfecta

Asalto al Congreso de los Diputados

Admito que cuando algo me gusta (ente, serie, música, peli, libro, gin tonic…), eso va a misa y es, hasta el final de los tiempos, o hasta que deje de parecerme la leche, lo mejor de lo mejor. También reconozco, no sin pesar, que mi criterio es bastante reducido, obtuso y encima prejuicioso. Pero esto no lo puedo evitar, pertenezco a una generación muy prejuiciosa que ha crecido escuchando a Pimpinela y a Teresa Rabal. Es más, a mí lo del prejuicio, por definición, me pone bastante. Luego te pegas unos batacazos de impresión y le das emoción a la existencia. Si no ¿a cuento de qué me iban a confundir a mí con una fan de La Oreja de Van Gogh excluyéndome ya de cualquier buen gusto musical tan solo por mi aspecto? Pues por los benditos prejuicios, que para eso están.

El caso es que alguien te dice que se está leyendo un ensayo (en-sa-yo, suena con eco y distorsión como las celebrities de la muchachada nui) sobre los sucesos del 23-F, así, por gusto y tal, o me aventuro más allá, la biografía del ínclito Mario Conde (eh, Spi??) y al principio, tras el escalofrío inicial,  en mi cabeza los santos prejuicios comienzan a frotarse las manos con satisfacción de banquero complaciente, y me llevan erróneamente a pensar: pero ¿por qué?

Pues los prejuicios es lo que tienen, que te llevan a malpensar. Y cuando descubres que has errado, ¡oh!¡qué felicidad ser humano y no entender a la primera que el mundo no es blanco ni negro en absoluto!

Porque «Anatomía de un instante» el ensayo de Javier Cercas sobre los sucesos del 23 de febrero de 1981 es puritita literatura de la buena. De la que te conmueve sin buscarlo, de la que te deja sin aliento con tan solo una frase, de la que es difícil de leer porque en cada frase tienes un mundo que pensar… De la que te lleva a, una vez más, a reconocer lo cortito de tu propio vocabulario y sabiduría lingüística cuando alguien que sabe, como Cercas, es capaz de emocionarte con algo tan espinoso y feo como un cruce de caminos políticos e históricos de tal envergadura. De la que rescata del pasado colectivo de un país a personajes con nombres en mayúsculas y fondo sepia, como Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado o Santiago Carrillo, y los disecciona con minuciosidad de forense hasta transportar al lector al diván en el que ambos nos contarían sus más íntimos pensamientos y frustraciones.

No hace falta mucho espoiler para destripar quién es el malo, si es que lo hubiera, entre otras cosas porque ésta no es una historieta de buenos y malos, sino todo lo contrario. Lo grande de «Anatomía de un instante» es que cruzando sus páginas te sientes en la piel, y bajo el traje (o el tricornio) de aquellos seres, en colores difuminados, que hemos visto, hasta la saciedad, en las pantallas de nuestra memoria, paralizados como en un «pause» colectivo bajo la campana inmensa del pasado. Y al ponerte entre sus cejas, no voy a decir que entiendas los motivos, los porqués, pero sí que al menos se tiene una visión menos parcial de la situación precisa de cada uno de las piezas de esta partida de ajedrez. Y la verdad es que te puede parecer bien o mal, heroico o no, pero al menos consigues vislumbrar algo del luz al final del túnel.

Me ha parecido una lección magistral no solo de literatura, sino también una lección perfecta sobre nuestra historia más imperfecta,  con todos los entresijos y los pormenores que deberían contarnos en el colegio. Porque sí, este capítulo de nuestro pasado más reciente sí es parte de la lección de un bachiller, y aparece en la cabecera del tema que toca como otro más de los hitos de la democracia. Y así me lo estudié yo, como quien se estudia la tabla periódica de los elementos, los reyes visigodos o las declinaciones del latín… Que ni me va ni me viene, la verdad. Pero a mí al menos nadie me explicó a fondo qué significó todo el follón que se montó entre militares, guardias civiles, políticos, espías y demás personajes de este cómic surrealista (y eso que mi profesores de Historia han sido de las que más me han calado de toda mi trayectoria educativa). Pero tal vez por aquella época no existiera la madurez general para entender, como país, lo que había ocurrido con aquella intentona frustrada. Y tal vez, solo ahora estoy dispuesta a aprender lo que ha supuesto un momento histórico que en su día pasó sin pena ni gloria por mi cerebro.

Sea como sea, este libro debería ser lectura obligatoria para nuestros escolares, de igual forma que las charlas de TED deberían ser una asignatura troncal para nuestros hijos, o incluso para muchos de nosotros.

Sea como sea, el libro de Javier Cercas me ha parecido puritita literatura de la buena. Y desde aquí lo recomiendo con entusiasmo: tanto para los amantes de los ensayos, como para los que aficionados a la literatura negra, como para todos los que apuestan por el surrealismo, o la historia de fracasos que tan bien se nos da a los españoles. En definitiva, para los que disfrutan con una buena historia imperfecta.

Salvad al soldado Lunes

Hoy es un lunes terrible…

Uno de esos días en los que te asomas al balcón de los siguientes cuatro con desesperanza, ansiedad y bastante asquito a partes iguales y complementarias. Uno de esos días en los que desearías con todas fuerzas que las horas se evaporasen tan rápidamente como se evapora la nómina. Eso sí, con las millones de tareas bien cumpliditas, por favor.

Afortunadamente, y después de cambiar un par de veces el texto de este post, descartando versiones con violencia cada vez más explícita, he meditado mucho, y me he encomendado a algún santo de la paciencia (¿Job?) hasta encontrar una faceta mejorada de este día. Y he dado con todos estos motivazos para remontar de manera bastante digna un lunes tan funesto:

Number One: el descubrimiento musical del día, gracias a mi idolatrado Tomás Fernando Flóres, y que acompaña la entrada para darle alegría, gracejo y algo de profundidad, jejeje.

Number Two: he recibido mi camiseta de Associated Producer de mis amigos Standard Limited o STD/LTD. Mañana mismo la estreno como dios manda.

Number Three: un par de pelis en mi mochila, vía Zuanjo, que devoraría si tuviera tiempo y un DVD en condiciones, pero que van a reposar durante un tiempo, ripeadas en el disco duro, hasta que mi santo se vaya al fútbol y tenga la tele libre durante al menos sesenta minutos (tiempo prudencial previo al necesario amodorramiento de las diez).

Number Four: el último post, genial como siempre de Blog de Madre.

Y mañana más y mejor. Seguro.

Y qué hago con mis tardes libres…

Imagen de Huggiesclub.es

Un día.

De aquí para allá, corre, sube, entra, sal de trabajar a tiempo para no llegar ni tarde ni temprano a la guardería, recoge a la niña sin que se tire del carro por el camino que está mal visto, no pierdas tiempo en la compra (las cajeras no son tus amigas y no les interesa por qué llora tu hija), no te olvides de la lista para el súper, siempre hace falta lo que no has apuntado, recuerda llamar a tu abuela, ten a punto la ropa para el día siguiente, toca poner la lavadora, no mezcles color y blanco, hazte la comida para la semana, separa el plástico y el vidrio de la basura, explícale a tu hija por qué no se comen las puntas de los rotuladores, dibújale doscientas flores de varias clases y tamaños hasta que por fin se canse de los plastidecores, revisa el correo por si entra algo muy urgente que no podrás hacer, contesta algún email intrascendente que te apetece tan solo por hacer algo intrascendente mientras te apagan el ordenador en medio de una frase, no repitas en la cena de la niña lo mismo que le han dado de comer ese día, termínate tú su cena para no tener que tirar lo que se deja, no pises los miles de cacharritos de cocina, piezas geométricas, muñecos calvorotas y libros de imanes que inundan el suelo de la casa, si evitas un esguince mejor que mejor, no te pongas nerviosa si ella sí pisa o en su defecto se lanza varias veces encima de los miles de cacharritos de cocina, piezas geométricas, muñecos calvorotas y libros de imanes que inundan el suelo de la casa, comparte con tu «santo» el momento del baño entre charlas, patitos de goma, llamadas varias de teléfono o castigos «mirando a la pared» , canta la canción de «a guardar» para que tu hija recoja los miles de cacharritos de cocina, piezas geométricas, muñecos calvorotas y libros de imanes que inundan el suelo de la casa, persíguela por todas las habitaciones para encasquetarle el saco y meterla en la cuna, róbale un par de besos en todos los morros antes de irse a dormir, despídete sintiéndote culpable por sentirte aliviada de que por fin se vaya a dormir, cierra la puerta sin mirar atrás mientras suena la musiquita del intercomunicador y….

Desconexión cerebral.

El invierno vendrá, casi en primavera

Reconozco mi profunda admiración y respeto por George R. R. Martin. Este buen hombre me está regalando algunos de los mejores momentos ilustrados de los últimos tiempos. Y es que la saga de «Canción de Fuego y Hielo» es de esas lecturas que cuando das por terminada es como si despidieras a alguien de la familia, has pasado tantas horas viviendo y sufriendo con y por ellos, conoces sus fortalezas y sus debilidades… Y todo ello con una narración ágil, bestia diría yo, y mucho más terrenal ,y sucia, que algunas de las obras de fantasía más conocidas, como «El Señor de los Anillos», en la que Tolkien consiguió no solo plasmar con belleza una epopeya de culto, sino también recrear un universo bastante más complejo y elaborado, y por ello también mucho más denso y duro.

No podría elegir entre una y otra, entre otras cosas porque la de Martin todavía está incompleta (tiene a medio mundo salivando a la espera de que consiga terminar la saga, todavía le faltan tres de las siete proyectadas). Pero desde luego en cuestión de sensaciones, la de éste último es mucho menos poética, menos compleja en sus descripciones, menos historiada. Pero lo que pierde como obra de referencia de la literatura universal, lo gana como aventura trepidante, como retrato de las emociones humanas, con unos caracteres fuertes, de contrastes salvajes, de diálogos rápidos y punzantes, y en los que no hay lugar para mucha poesía y sí para mucha sangre.

Dicho esto, espero con «ansia viva» el estreno de «Game of Thrones» el 17 de abril en HBO, una cadena norteamericana que me ha reportado más que alegrías durante el último año: Mad Men y Rubicon son dos obras maestras en dosis exquisitas de 40 minutos que han compensando con creces mi escasez de tiempo y de ganas para vez películas de dos horas del tirón.

Por ahora me conformo con las «promo» que van soltando como anticipo y en los que podemos ir conociendo el casting, del cual a día de hoy tan solo tengo un pero: la elección de Sean Ben como Eddard Stark, el patriarca de los «lobos del norte», no sé aún si me parece acertada o no. No dejo de verle como Boromir. Y no sé si eso es o no recomendable, precisamente por los paralelismos épicos de ambas historias. Cierto es que estos dos personajes no tienen nada en común, por lo que quizás sea una buena oportunidad para este actor para demostrar que puede superar estas expectativas. Lo veremos.

Y solo confío, y rezo, para que en este trasvase a la pequeña pantalla sus responsables sean fieles a la historia, que lo merece, y no sacrifiquen ni tramas del libro ni personajes en pos de la espectacularidad o, peor, de la audiencia, como ha pasado con The Walking Dead donde la invención de hilos argumentales mucho más «sentimentaloides» y de personajes salidos de la nada (y no quiero hablar de cierta residencia de ancianos porque me enciendo) me obliga a plantearme si cualquier parecido con los cómics en los que en teoría se basan no será más que pura casualidad.

Por dios, que llegue ya el invierno, y que cuando lo haga, sea en condiciones, porque en esto sí que HBO se la juega. No están revisando cualquier panfleto polvoriento de una biblioteca escondida, sino una de las obras más leídas de los últimos años, una de las imprescindibles para los amantes de la literatura fantástica. Todo un reto.

James Blake: lo mejor del día «on»

Lo bueno y lo malo de Internet es que hay de todo (como en botica).De igual forma que, cada día,  deberíamos ponernos el reto de encontrarse algo positivo en nosotros mismos (un poco de autoayuda de vez en cuando no viene mal), y de encontrar algo digno de reseñar en los informativos de la Sexta, si es que eso es posible, también deberíamos elegir con la misma frecuencia lo mejor que hemos encontrado en nuestros periplos por la red.

Hay días en los que te sale todo bien. En el Spotify te salen mogollón de canciones chulas, piensas algún claim y las palabras acuden a ti como si llevaran años esperando a que las rescatases de ese universo virtual llamado «Sitio indefinido en el que se encuentran las palabras adecuadas justo para eso que estás pensando», das con unos cuantos artículos interesantes en twitter que milagrosamente no tratan sobre el Community Manager o la Ley Sinde,  tienes pasta en la cuenta y pocos marrones en el inbox del Outlook… Y encima, para rematar tu buena suerte digital, vas y encuentras algo que merece con creces que lo denomines como «lo mejor del día en Internet». James Blake es mi acierto del día, con un vídeo muy interesante y una canción extraordinaria ( que ya había cantado Lykke Li, otra de las buenas) que HAY que escuchar con un buen equipo de sonido, o en su defecto con unos auriculares medio decentes, porque el efecto es para quitar el hipo. No digo más.

Y lo de encontrar una noticia «noticiable» en La Sexta es tarea imposible, lo siento, se tenga el día que se tenga.

Disfrutad.

Break a leg, bro

O mucha mierda, en cristiano. O mucha suerte, en polite… Es la frasecilla que me ronda todo el día ahora que nos adentramos en estas horas trascendentales: el  2010 se muere. ¡Viva el 2011!

Hoy me quedo con una de las canciones más bonitas que he escuchado en mucho tiempo y que, aunque es un poco tristona, me parece un broche perfecto para un año que ha tenido sus cosas, que empezó con cambios de perspectiva y que termina con nuevos giros argumentales.

Esta vida es sorprendente, con un guión que ni los de «Lost» en sus mejores momentos, aunque sin tapones al fondo del túnel, por ahora. Y nosotros, los actores de nuestra propia peli (sin pasar por casting),  tenemos en nuestras manos la capacidad de convertir esta trama magnífica en una obra maestra, pasable o infumable.

Así que, amigos, protagonistas de vuestras vidas, para el año que empieza en breve, no lo dudéis: break a leg.