Tu cuerpo es muy hermoso

No conozco (casi) ninguna mujer que tenga una relación sana con su cuerpo. Y no me atrevo a decir ninguna al 100% porque seguramente alguna sí que haya, pero vamos, su trabajo le habrá costado también. Casi ninguna que se quiera como es, con sus caderas anchas o su ausencia de tetas. Con sus cejas pobladas, o sus juanetes. Que se mire al espejo sin censura, sin reprobación, sin vergüenza. Que vea más allá de los kilos, la celulitis o las pieles colganderas. Que se de el visto bueno. Que se quiera.

No nos queremos. Casi ninguna. Y no sé muy bien cómo se arregla esto.

Porque no hay más que ver cómo nos tratamos. Nos arrancamos el pelo de todo el cuerpo, con dolor normalmente. Nos teñimos, nos «horneamos», nos tapamos bajo maquillajes, máscaras, postizos, implantes, lentillas, extensiones, tacones, bragas-fajas, rellenos… Nos fiamos de vendedores de humos que nos prometen kilos de menos si nos enchufamos no sé cuantas dietas, a cual más ridícula. Nos cortamos trozos de nuestro cuerpo para cumplir el canon. Escondemos nuestras reglas, nuestros «días», nos avergonzamos de nuestras hormonas, de nuestros ciclos.

Nos alejamos de lo que somos para convertirnos en lo que se espera que seamos.

Porque para qué hacemos todo esto? En serio, ¿para qué? ¿Para quién?

¿A quién le supone una vida mejor que una mujer se opere los labios vaginales para que sean simétricos? ¿A ella?

Y no hablo de operaciones necesarias, o evitar situaciones que no permiten vivir de una manera digna. Está claro que es bueno cuidarnos, el deporte es sanísimo y sobre todo tener la mente despejada es fundamental para que el cuerpo también marche como toca, pero sobre todo porque este cuerpo nuestro es el único que tenemos, y es mejor vivir con uno que tire mejor, ¿no? Pero de ahí a lo que nos hacemos… Hablo de lo que perpetramos cada día en las cabinas de rayos UVA, en las de depilación, en las de estética, en los herbolarios, en las farmacias, en las clínicas, en los buscadores de Google, en las revistas «para mujeres» y cada vez más en las «de hombres», en las calles, en las carreras populares, en los gimnasios matándonos para quemar grasas, por entrar en la 36, por ser aceptados socialmente. Hablo de no querer ver nuestro cuerpo, de alejarnos de él convirtiéndolo en un objeto a mejorar, siempre.

Y me enfada mucho, muchísimo, que desde los medios de comunicación, desde la publicidad, el entretenimiento, la sociedad en su conjunto, desde cualquier sitio se nos dispare con mensajes tan enfermos, se nos vendan motos con las dietas, los planes bikini y demás estupideces y se alimenten modelos de mujer, y de hombres, inalcanzables para el 95% de la población. Pero me enfada mucho más que no seamos capaces de verlo. Y de vivir queriéndonos.

Y ya no solo por mí y mi generación, que vivimos completamente subyugadas a las modas, y a los cánones que culturalmente seguimos reproduciendo. Y tragando. Y vomitando. Sino por nuestros hijos, por su concepto de la belleza, por lo que aprenderán del mundo que les rodea. Por lo que aprenderán de nosotros, ay madre mía. Y me siento impotente a veces ante tanta mujer 10, ante tanto hombre impoluto. Ante toda la mierda que tragamos cada día sin ni siquiera ser conscientes. Ante los dioses de barro (hidratanto, por favor) que nos rodean con su canto de sirena. Y ya sabemos dónde acaban esos cantos. En nada.

No nos queremos. No aprendemos a querernos como somos.

¿Cómo seremos capaces de enseñarles que hay belleza en nuestras taras? Que no existe esa quimera de la perfección. Que el mundo es lo que es por lo feo, los errores y los fracasos de la naturaleza, y del hombre. Y que la paz interior no reside en una 36…

 

Una cama sin hacer

Puedo jugar a ser lo que yo quiera. Entrar, salir, hacer y deshacer. Puedo ser quien yo quiera, y no ser nadie si me apetece. Puedo dejar rastros en mi camino o pasar sin rozar el suelo. Puedo tocar en tu puerta al marcharme o salir sin que nadie lo note.

Y no tener muebles.

Y vivir a bocanadas.

Y ser una cama sin hacer.

Imagen: Cama sin hacer,1957 IMOGEN CUNNINGHAM

Nana desencantada

No pasa nada por no tener la vida perfecta, hijos míos.

Aunque, a vuestro alrededor, veáis muchos anuncios llenos de brillo y blancas sonrisas, de ropa limpia y coches grandes, aunque quieran venderos por todos lados que eso existe y que funciona, hacedme caso a mí que soy quien más os quiere en el mundo.

La vida perfecta no existe. Y esos anuncios son mentira.

Tendréis malos días. Y días muy malos. Y días en los que querréis moriros. En los que buscaréis consuelo sin saber dónde hallarlo. En los que la paciencia con la vida se os quedará corta. En los que no sabréis qué camino elegir. En los que nosotros no estaremos.

Pero al día siguiente saldrá el sol de nuevo. Es lo único perfecto de todo esto. Esta es la única certeza.

No creáis en el amor de las películas. El de verdad es duro y áspero y hay que escalarlo como una de las paredes de los parques por las que os gusta trepar. Para volver a bajar y subir. Una y otra vez. Para caeros y haceros daño. Y levantaros de nuevo.

Porque la vida es muy imperfecta. Y está llena de malos momentos. De crisis. Y de decepciones.

No creáis en las promesas de éxito asegurado. En las dietas de adelgazamiento exprés ni en las galletas light. En los que te digan «cariño» sin apenas conocerte. En los apretones de manos blanditos. En los planes de pensiones. En los besos al aire. En la Comic Sans. En aquellos que nunca se equivoquen y mucho menos en los que nunca lo reconozcan.

Y ¿sabéis qué? No necesitais tener un cuerpo de escándalo para sentiros bien. Ni ser los más listos de la clase. Ni tener el mejor coche. Ni el último bolso de la temporada. O hacer la mejor marca en atletismo. No os pongáis más presión de la necesaria por «ser buenos» sino por hacer las cosas bien. Haced las cosas bien, aunque os duela.

Porque el karma, o Dios, o La Fuerza, o aquello en lo que queráis creer puede funcionar o no, pero vosotros debéis seguir luchando.

Pero no luchéis por una vida perfecta. Porque el vals se acaba y solo te quedará el placer de haber bailado.

Los negocios perfectos, esos negocios

De un tiempo a esta parte me repele bastante el mundo del emprendimiento y, aunque iba acumulando una lista de motivos, (entre otros los bancos de imágenes que se usan para representar este mundo y que no puede ser más descriptivas de un tipo de mundo que entra en colisión directa con muchas otras realidades y de los que pongo alguna joyita para ilustrar), he encontrado uno recientemente que creo que supera a todos.

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emprendedorbiz.blogspot.com

Con esto de que emprender está de moda, se ha generalizado mucho la idea de que todos podemos tener nuestra propia empresa. Te buscas un mentor, o un coach, te apuntas a un curso, haces un máster, o estás en una aceleradora durante un tiempo y, venga, a emprender. Y tan pichis. Querer es poder.  Nos ponen negocios «perfectos» como ejemplos: ideas brillantes que se han transformado en millones de dólares en adquisiciones de portada, con protagonistas arquetípicos, jóvenes de flequillos ondeantes y miradas desafiantes, despampanantemente inexpertos pero aún así capaces de generar ellos solitos (y sus buenos equipos de asesores) millones y millones en la cuenta de resultados.

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ignaciosantiago.com

Y esos son, y no otros en general, los ejemplos que se nos pone delante: negocios que lo petan, que en un año lo consiguen, que tienen una curva de crecimiento perfecta, que han cumplido el manual, y que, sí, han triunfado.

Pero, la realidad es que, ni de coña, todos podemos ni debemos aspirar a hacer algo ni siquiera parecido. Y esto que estoy diciendo lo mismo me elimina de la lista de profes de algún master molón, pero es la realidad es que no nos deberían vender tantas motos, amigos. Porque no todos queremos estas imágenes de seres sobrehumanos, triunfantes y poderosos. Porque no lo somos, sencillamente.

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Telita con la imagen, ni que fuéramos los Thor de los negocios o algo así… Fuente: noticias.infocif.es

Sobre todo, porque, se nos piden negocios perfectos para pasar a la siguiente fase o serás uno del 80% que cierra antes de los 5 años, negocios con curvas ascendentes y miradas desafiantes hacia el infinito, y para mí, que mi negocio es uno más de mis hijos, me recuerda con tristeza a esa tiranía que la sociedad y nosotros mismos imponemos sobre nuestros niños, sobre nuestros «proyectos de niños», sobre los buenos resultados que deben obtener, los idiomas que deben hablar, lo bien que escriben, lo lejos que van a llegar…

Llevo unos días enfrascada en cifras y datos sobre mi negocio, y tal vez sea por eso por lo que me pregunto hasta dónde esos números, esos cuadros tan rimbombantes pero que tienes que hacer sí o sí, miden el índice de felicidad que el proyecto está suponiendo para ti, para tu equipo, para los usuarios. Cómo está cambiando tu vida, qué satisfacciones te está dando, cuántos abrazos físicos y virtuales estás dando… Claro, que para eso también hay estudios, y encuestas y formas de analizarlo me dirán los más ortodoxos, pero fíjate que esos datos no son los que te piden en un banco para darte un crédito, o para que te den una subvención, o lo primero que te pide tu amigo el inversor….

Que sí, que no me olvido de que las cifras hablan por el negocio, que si pierdes pasta ni tú ni nadie puede salvar eso. Ahí te lo compro. Pero salvando el punto de quiebra, me resisto a aceptar la tiranía en la que vivimos ahora mismo en el que eres lo que dice tu cuenta de resultados. Y en el que tus objetivos han de ser económicos incluso aún cuando en el camino por alcanzar esos objetivos, supuestamente alcanzables, tu proyecto, tu negocio perfecto deje de tener sentido, deje de hacerte feliz, dejes de disfrutarlo.

A veces tengo la sensación de que estamos en un show global, un escaparate en el que esto de trabajar se ha convertido en un «Tu negocio sí que vale» y, como pardillos desesperados, vamos pasando delante del jurado (o corriendo delante de ellos a ver quien llega el primero y consigue más cash), y podéis colocar en ese puesto de decisión a quién más rabia os dé, pero podrían ser desde los bancos, los fondos de inversión, los business angel, o cualquier compi yogui de esos que tanto pululan por este mundillo.

cosmopolitanincentives.com
cosmopolitanincentives.com

Y ellos nos dirán quienes valen y quién no. Quien tiene negocios perfectos en los que poder invertir para aumentar su cartera de conquistas, para presumir de sus conquistas con sus amigotes del gremio. Y quien es autoempleo, fuera. Quien no duplica su facturación en un año, fuera. Quien no es escalable, fuera. Quien no tiene el equipo mejor estructurado, fuera. Y así hasta el infinito…

Soy muy, muy consciente de que jugamos con las reglas del mercado. Estamos aquí y tenemos que acatar lo que nos diga el árbitro. Pero no todo el mundo tiene por qué seguir el mismo ritmo de la carrera. Ni siquiera todo el mundo queremos estar en la misma liga, la de los triunfadores, la del networking infinito, la de quién la tiene más larga, la de los proyectos ultra-rápidos, la de quemar equipos y vidas en uno o dos años, la de los niños de 10, la de los negocios prediseñados para triunfar, vender y a otra cosa mariposa.

Y además, ¿sabéis qué ayudaría a que una gran cantidad de negocios que fuesen mucho mejores? Que no tuviéramos que pagar el IVA de lo que facturamos sin haberlo cobrado. Que nos pagaran a 30 día como máximo legal ¡legal!. Que los autónomos no viviéramos para pagar impuestos. Que los trámites y la atención de las administraciones no estuviesen diseñados para echar para atrás a los osados que se atrevan a intentar alguna gestión con éxito…

Que no estuviéramos tan preocupados por tener negocios perfectos.

Y me voy a tender la ropa, que sí, sí, mucho negocio virtual, mucho éxito empresarial, mucha leche, pero la ropa sigue sin tenderse sola.

Cosas chachis y no chachis de currar en casa

La mitología del currante en casa, amigos, es algo insondable, arcaico y sobre todo, muy gaseoso. Con sus puntazos alucinantes, de los que usas para hacer rechinar los dientes de envidia a tus colegas ubicados en el mundo exterior cuando te cuentan lo mal que están en la oficina, sí, de esos. Pero, ainssss, mecachis, también tiene sus desventajas… Porque no podía ser todo perfecto. Porque la situación perfecta sería tumbados en una playa de las Bahamas. Y lo demás, mamandurrias, como diría la inefable Aguirre…

Por eso hoy, con espíritu enumerativo (pero sin números, por llevar la contraria), cual gurú blogueril con un post de esos que odio tanto de “Los mejores 10 trucos para hacerte rico…” haré un listadito incompleto de… ¡lo chachi y lo no tan chachi de currar en casa! Que en mi caso, aclaro, está muy mezclado con ser autónoma, y por lo tanto, situación miserable donde las haya. Empezamos…

  • Vives una realidad paralela: si no fuera porque tienes hijos y tienes que seguir el calendario escolar (por el bien de tus vástagos), tu único guía espacio-temporal es el calendario fiscal. Ni festivos, ni puentes, ni cumpleaños que valgan. Aquí lo que cuenta es lo que dice Hacienda, y esa, amigos, no tiene santos ni fiestas de guardar. Así que cuando te toca pisar el mundo exterior y encontrarte con el resto de la civilización, tienes que andarte con cuidado porque, aunque no te des cuenta, el mundo sigue girando ahí fuera. A veces te encuentras con uno de los tuyos delante de la puerta cerrada del cole con tu hijo de la mano. Su mirada perdida en el vacío se encuentra con la tuya. Ninguno de los dos sabíais que era el Día de las Primeras Nieves del Invierno Eterno. Y eso duele.
  • Por descontado, y es un YES como una catedral: trabajar en bata. Tendrá menos glamour que llevar medias tupidicas en invierno, pero oye, donde esté una buena bata-manta en una madrugada de invierno, que se quiten todos los outfitmolones de la temporada. A mí esa cosa de tener que vestirme para”sentirme como en el trabajo” se me quitó por arte de magia cuando empecé a pagar la cuota mensual de autónomos, amigos, cual supositorio envadurnado de dura realidad, oigan. Todo lo demás… mamarrundias, de nuevo. Bata forever, salvo cuando empieza a ser la hora de los mensajeros. Porque… sí, van en el siguiente punto…
  • Además de dejar de leer en el transporte pública, todas esas cosillas que antes solucionabas de camino al trabajo, los recadillos, las compras… desde unas pinzas de depilar hasta comprar sellos, desde el periódico hasta el paquete de chicles del quiosco, todo se convierte en una tarea 2.0. Todo lo compras, lo vendes, lo alquilas y lo negocias sin tener que moverte de la silla de ruedas acolchada de jefecillo “quiero y no puedo”, entre mail y mail, entre listas y listas de “to do”, entre tablas de excel y facturas impagadas (esto por si lo ve algún proveedor, y tal…). Las citas del médico, la del DNI, las de Hacienda, las del psicoterapeuta para después de ir a Hacienda… Te coges a los asesores lo más cibernéticos posibles, y hasta estás buscando una tarifa baratita en Packlink para poder mandar a los niños al colegio vía mensajería urgente (¿de verdad que eso no existe? ¿de verdad? ¿de verdad?): cualquier cosa para no tener que moverte del despachito y no mandar el GTD a tomar viento fresco.
  • Porque, sí, amigos, esto del GTD cuando trabajas en casa importa. Y mucho… Que claro, el amigo José Miguel Bolívarlo ve facilísimo y tal, pero esto de la productividad cuando te autogestionas tu tiempo es tan chungo que ¡¡hasta existen hasta manuales para aprenderlo!! Sí, sí, porque lo cierto es que lo que más nos cuesta no es trabajar en sí, noooo, sino saber cómo hacerlo, en qué orden, con qué prioridad… Y sobre todo, ¿cuándo toca la pausa del café? ¿Y la de leer el Marca? ¿Y la de poner la lavadora? Porque, no nos engañemos, uno de los principales handicaps de trabajar en casa (y añadémosles el plus de peligrosidad de hacerlo para ti mismo) es que, en algún momento, alguien tiene que estar hasta las pelotas de tanto mamoneo, dar un manotazo en la mesa, vociferar como Matías Prats “¿Pero esto qué es?” y hacer de jefe de una vez, ¿no? Y ahí, amigos, es cuando se presenta la típica dualidad esquizofrénica que todo autónomo/ente humano que trabaja en casa sufre varias veces al día, echándose a sí mismo la bronca mientras sus pupilas cabalgan sin freno de la portada de El Jueves al canal de Salvador Raya en Youtube o gatetes diciendo I love you… Esto pasa. Mucho. Y no, no lleva a nada bueno. Pero de eso se sale, de verdad. El bloqueo típico del “quiero, quiero, te juro que quiero, pero no puedo” se pasa. O se sale a leches, vamos. A mí, antes del fustigamiento,  me va fenomenal ponerme el spoti a todo volumen y destrozar vilmente alguna de Adele a gritopelao, con ahínco, enseñando los dientes, como si quisiera comerme a ese jefe mamón que soy yo misma…. Dualidad esquizofrénica, ya os digo.
  • Tener tu nevera cerca. Puede parecer contradictorio pero precisamente el hecho de poder comer cuando quieras elimina la típica ansiedad esa absurda de no poder comer hasta la hora de la comida por culpa de la que acabas poniéndote hasta el kiko de cualquier porquería grasienta o con chocolate, o ambas cosas a la vez, de la dichosa maquinita del diablo. Además, yo he podido implantar mi amado,ohhh yes, horario europeo y muy tempranero, que desde aquí, y completamente gratis, os recomiendo encarecidamente a todos. Encima comiendo en casa, salvo terribles excepciones de pan con mortadela, o lo que haya, sueles comer comida casera. Así que ¡minipunto para la menda!
  • Tener la cafetera cerca. Esto también lo tienes en la oficina, no es un extra de los “caseros”, pero yo que sé, nadie te coge tu taza de la estantería, puedes hacerte café y sabes que no se lo va a beber nadie más que tú, así en plan agonías. Vamos, lo que viene siendo un momento “egoísmo” puro y duro. Pero que satisface profundamente.
  • Pero, y esto es lo que más deprime de todo, no tienes compis para compartir los bollos de los cumples.  Nadie te dice lo bien que te ha quedado el peinado nuevo, o las mechas, con lo que te han costado. No puedes fardar de lo bien que te salió la cena el día anterior. Tienes que llamar o hacerte un skypepara poder quejarte, porque hacerlo vía whatsapp (y aún menos vía email) con muchas caritas rojas de esas enojadas e  iconos de cagarrutas no es igual de satisfactorio que compartir improperios a pleno pulmón. A veces usamos el tablón de Facebook o el Twitter así en momento “si no lo cuento reviento”, pero noooo, no es lo mismo., que compartir desahogos une mucho, que sí…

Y bueno, sí, hay muchas más, pero mi jefa no me deja seguir perdiendo el tiempo con “eso del blog” así que hasta aquí por hoy con un breve y aleatorio listadito de ¡cosas chachis y no chachis de currar en casa! ¿Cuáles son las vuestras?

No eres, no sirves, no vales

Hace ya muchos años tuve un jefe (como quien tiene un primo en Parla, por cierto) que una tarde bajó de su reino de seres con traje, todopoderosos, y me dijo, entre otras cosas que obviamente he olvidado:

– Bla bla bla… Mónica, es que no eres nada creativa bla bla bla…

Y tan pancho, volvió a su reino de jefes que mandan cosas al resto de personas. Y allí me quedé yo, en una tierna edad moldeable e impresionable, mirando a la pared, asimilando a poquitos, lo que ese hombre, ese pedazo de carne con traje, ese ser con patas, me había soltado en un intento de demostrar lo mucho que sabía de su departamento y cómo se merecía el sueldo mensual más las primas.

No lo he olvidado nunca. A pesar de que su criterio me merecía menos respeto que el agua del tiesto en el que he plantado unos puerros, no olvidaré nunca con qué facilidad me soltó, el que se supone que tenía que motivarme y hacerme mejorar, aquella sentencia suprema…

Obviamente, llamadme necia, no le hice más caso del necesario para indignarme y despreciarle un poquito más, si cabe. Y seguí trabajando, allí y en otros sitios después. Lo suficiente como para ver que se equivocaba.

Pero no dejo de pensar en qué hubiera pasado si le hubiera hecho caso realmente. A ese tipo mediocre que nunca demostró un ápice de ingenio, más allá de haberse agenciado un puestazo sin tener ningún talento, que oye, eso tiene su mérito…

Por eso, hoy cuando he visto a Kate Winslet recordando a su profesora de teatro diciéndole que solo podría aspirar a papeles de chica gorda, me ha venido a la cabeza ese «No eres nada creativa».

Es inevitable que haya mensajes así en muchos momentos de nuestra vida. Siempre habrá alguien que nos diga lo mal que lo hacemos. Y seguro que nuestros hijos se encuentran situaciones en la suya como ésta. Muchos. Y deben encontrárselos, es ley de vida. Pero por eso es tan, tan, tan importante estar seguros de nosotros mismos, y sobre todo ser muy conscientes de nuestras capacidades, de las presentes y de las posibles en un futuro, que ya sabemos que somos una caja de sorpresas.

Y mira, en el fondo le agradezco a ese ser gris que me dijera aquello tan tonto. Porque me hizo indignarme. Y la vida me ha hecho ver la importancia de la indignación, del «pero qué leches me estás contando»,  del calor interno como motor del cambio, de ponerse en marcha. Y de hacer cosas, que es imprescindible para demostrar que están equivocados.

Las mujeres ambiciosas van al infierno

Este post lo escribo a escondidas de mí misma.

Es mi parte subversiva la que escribe, y además tendría que estar haciendo otras cosas más urgentes que soltar pavadas en el blog.

Pero no puedo evitarlo. Me salen las palabras a borbotones de las manos. Se escapan, diría yo. Y no me queda más remedio que darles salida o se me quedarán ahí aprisionadas. Y saldrán cuando me esté pintando el ojo, o esté haciendo una tortilla de patatas. Y me lo estropearán, que lo sé.

Las mujeres ambiciosas van directas al infierno, ese que no existe pero que se ha pintado siempre como el averno, con luces espectrales, cuerpos desmembrados e imágenes salidas de un mal viaje en el Medievo.

Admitir que eres una mujer ambiciosa te lleva directa a la consulta de un psicólogo, a un divorcio, a ambas cosas. Porque las mujeres somos seres suaves, adaptables al cambio, mesuradas, y para nada preocupadas por cosas tan banales como la ambición, sea esta concebida como cada uno quiera: éxito profesional, personal, ambos a la vez.

Las mujeres ambiciosas son duras, frías, malas personas, capaces de clavarte un tacón en todo el ojo si hace falta para avanzar. Son las pérfidas y malignas señoras con pantalones, cuantas veces no eran lesbianas, por dios, y siempre, siempre van al infierno.

Las mujeres ambiciosas se quedan solas en la vida. Por malas, claro. Por ambiciosas. Porque no tienen corazón, ni quieren lo suficiente a su familia, ni hacen caso de las señales de advertencia durante el camino de que van directitas al infierno.

¿Cuántas veces has oído mujer y ambiciosa en la misma frase y no han saltado las alarmas en tu cerebro? Alerta: fémina descarriada de su camino, alerta, ¡llamen a todas las unidades!

No sé si esto va de feminismo o tan solo de sentido común. O de hartazgo. Pero la mujer, nosotras, yo, tú, ella, todas, debemos meternos en la mollera que la ambición, ese deseo de trascender, de hacer algo bonito, que sirva, que cambie cosas, que remodele lo que tienes a tu alrededor, que transforme, tanto a ti misma como a lo que conoces, no es un pecado. Y no te hace mala persona. Ni ser una «tiburona» tiene por qué ser sinónimo de llevarte a nadie por delante.

Y lo más importante, no tenemos por qué pedir perdón por serlo.

Lo que sabemos hacer

Desde que estudiaba en el cole, siempre me pasa lo mismo. Cuantas más cosas tengo que hacer, más ideas locas se me ocurren. Y eso es bueno, pero estresa…

Hoy compartía esta noticia sobre cómo ven los expertos que va a evolucionar el empleo. Y bueno, el artículo tiene mucha chicha: creatividad, resolución de problemas complejos, pensamiento crítico… Oh wait, ¿pensamiento crítico? Y eso ¿dónde se enseña? ¿Estamos preparando a las nuevas generaciones para estas necesidades? Es más, y la pregunta es más sangrante aún, ¿tenemos nosotros mismos pensamiento crítico? No contestéis todos a la vez, que ya lo tengo claro… Y poco vamos a avanzar en esto si desaparece poco a poco la filosofía de nuestro sistema educativo, o no se fomenta ese ejercicio en toda la sociedad, en vez de invitar al borreguismo y el encerrarnos en nuestros «grupos de opinión-amigos» en las redes, que nos pasa, y lo sabemos.

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Fuente: http://www.elconfidencial.com/

Pero además de la escasez, ausencia casi, de sentido crítico en nuestra generación y previsiblemente en la que viene, este artículo me ha hecho reflexionar sobre algo que veo mucho a mí alrededor y en mí misma. ¿Qué sabemos hacer? ¿Para qué estamos capacitados?

Cuando elegimos carrera, allá por COU (que soy del EGB), lo hicimos pensando en qué nos gustaba hacer: a mí escribir, así que lo más aproximado era periodismo. Era de letras desde siempre, y como mis compañeros de ciencias, ya íbamos con nuestras etiquetas, nuestro compartimento de saber, desde bien pronto. Y qué estoy haciendo ahora? ¿Alguien en aquel momento podía imaginar qué tipo de trabajos íbamos a desempeñar quince años después? Porque yo el mío no me lo imaginaba ni hace tan solo 5!

Pero la realidad es que cuando empiezas a trabajar y sales al mercado laboral ves que las competencias que necesitas para muchos trabajos no se rigen a los compartimentos para los cuales te has preparado durante años. ¿Negociación? ¿Solucionar problemas complejos? WTF!!! Pero ¿eso dónde se enseña?

A lo que voy es que con los años y la experiencia he visto y comprobado que, en realidad, sabemos y estamos capacitados para hacer cosas muy distintas de las que teníamos en nuestro mapa mental como «destino». Que concebimos nuestro futuro laboral con unas imágenes en mente totalmente ficticias y que a la hora de la verdad nos aprietan como rígidos corses ante situaciones inesperadas y oportunidades impensables, cuando lo que necesitamos es mucha, mucha, mucha cintura para girarnos, movernos y adaptarnos a los nuevos retos.

Y esto nos paraliza. Cuando trabajamos durante tres, cuatro, diez años en lo mismo y damos por hecho que somos eso que hacemos día tras día, olvidamos nuestra capacidad de transformación y de adaptación a nuevas habilidades. Lo he visto en mí misma, ¿y yo para qué valgo en realidad?, en la gente que conozco, ¿qué haré si me echan de mi trabajo? ¿para qué soy bueno?

Si mañana dejo de hacer lo que hago ahora mismo (¿qué hago ahora mismo, por cierto?) en qué voy a buscar trabajo? Porque los empleos también están categorizados: jefe de ventas, creativo senior, director de marketing, pringao digo becario en departamento chachi… Pero ¿y si todo lo que yo sé hacer no se ajusta a lo que veo que piden? ¿Y si por el nombre hay algún trabajo que descarto pero que en realidad estoy capacitadísima para cumplir? A lo mejor soy la leche como contable, aunque jamás pediría un puesto como tal… ¿Divago? ¿Hay algún trabajo en el que se divague? Ah sí, asesor de alguna eléctrica, pero para eso tengo que pasar antes por el gobierno. Chungo.

Obviamente si no has estudiado tus tropocientos años de medicina no sabrás operar a corazón abierto. Pero lo que sí está claro es que tenemos que cambiar la idea de que valemos para algo concreto. Los oficios-estanco hoy en día no tienen cabida. La transformación digital, la velocidad con lo que todo cambia y lo mucho que está moviéndose el mundo a nuestro alrededor nos impone un cambio de chip. Ya no podemos ser de letras o de ciencias. Tenemos que estar despiertos y saber surfear como dicen para formarnos durante toda la vida y no dejar nunca de pensar, de cuestionarnos lo que sabemos y lo que no, lo que está a nuestro alcance y lo que estará mañana.

Estas cosas me pasan por tener mucho que hacer, que me pongo a pensar demasiado.

¡Un poco de ritmo para seguir!

Corriendo como malditos

No me gusta correr.

Pero reconozco que, a veces, en determinadas situaciones o sin venir a cuento, el cuerpo te pide urgentemente desplazarte sin fin, salir despedido hacia cualquier otro sitio en el espacio. Y moverte, rompiendo el aire a tu alrededor. Sin mirar atrás, o tan siquiera delante. Sin mirar nada más que un punto perdido más allá de donde te encuentras, clavado.

No me gusta imponerme rutinas más allá de las que ya tengo impuestas, pero reconozco que cuando la vida aprieta mucho, o cuando no sabes hacia dónde tirar, te sale el «corre, Forrest, corre» para que no te pillen los matones y te peguen una paliza. Y corres. Incluso sin moverte. Como para salvar tu vida. Como para desaparecer. Sin poesía. Huyendo de ti mismo. Con ruido en los oídos y muy  mala leche en los nudillos. Buscándote las vueltas, los agujeros, las ganas de tirar la toalla, las ganas de romperte.

No me gusta correr. Pero sí me gusta desafiarme. No solo corriendo.

Lecciones del año que acaba

Siempre que llegan estos días me pongo, irremediablemente y aunque no quiera, en modo «ajuste de cuentas» y miro hacia atrás para ver lo que ha sido mi año.

No concibo el año como algo paquetizado, un año que pueda definir con una sola etiqueta, de esas que rellenas con el nombre y pegas en el paquete. No podría. Porque un año son millones de momentos. De diferentes emociones y experiencias. Y si bien hay años marcados por muertes o nacimientos, o ambas cosas, y esos ya no son años normales, hay otros en los que pasa mucho de todo. Y eso es bueno. Pero es difícil de catalogar.

Y el 2015 no ha sido un año perfecto, está claro, pero tampoco ha estado tan mal. Y sí, estoy mejor, y eso ayuda para que todo lo demás también vaya algo mejor…

He dejado de emprender. Me borro de la lista de valientes salvadores de nuestro país. Yo no emprendo. Yo trabajo. No quiero pertenecer ni alimentar una burbuja de la que cada vez me siento más ajena, si es que alguna vez he podido sentirla cerca, que tampoco. No emprendáis, amiguitos, trabajad. Y que no os vendan motos, ni libros, ni historias. Esto (eso, aquello, tu proyecto) es un trabajo, en toda su magnitud, y que no tengas un horario fijo o una paga extra (¿eso qué es, por cierto?) no te hace menos profesional ni menos currante. No te sometas a los designios de rondas ni mentores. Trabaja en lo que creas y lucha por defenderlo con uñas y dientes.

He puesto límites al teléfono. Pero no porque no lo use, la verdad es que sigo usándolo muchísimo, y no lo niego. Pero lo evito en la medida de la posible mientras trabajo. Parece que quedo regular, una rancia, que lo sé, cuando digo que prefiero que me escriban a que me llamen, pero es así. Eso de que en cinco minutos todo se soluciona en vez de mandar un email, pues no es verdad. Y además, amiguitos, todo por escrito. Regla universal number one. Sobre todo por lo que viene abajo, jjjj…

He aprendido a escucharme más: a veces acierto, y la alerta sobre las personas que te llaman «cariño», «amor», «bombón» o «mi vida», sin conocerte lo suficiente como para que te lo digan de verdad, ha resultado ser muy certera. Alejaos de ellas, no falla. Y todo por escrito, especialmente con estos seres. No es insistencia, es supervivencia.

He leído mucho más que en el 2014. Cosas muy buenas y cosas horrendas y que no nombraré. Pero he satisfecho un poquito mi ansia intelectual y he llorado en el AVE con un libro entre las manos. Eso, por otro lado, ha hecho que haya visto menos series, no podía ser todo. Pero sobre todo he ADORADO Saturday Night Live hasta autoprometerme que alguna vez iré a Nueva York a ver el programa en directo, he despedido a Mad Men como uno de los mejores momentos de mi vida y he aplaudido entregada a Amy Schumer.

He disfrutado mucho más de mis hijos que en el año pasado. Estar mejor yo me ha ayudado mucho a estar mejor con ellos, y aunque me falta mucha paciencia y disto mucho de ser la madre que me gustaría, sentir alegría por tenerlos conmigo todo el día ahora en vacaciones me tranquiliza conmigo misma y me indica que vamos bastante bien. Que no hay drama. Que esto no es perfecto, pero me gusta ser madre y no me estresa. Y haremos galletas juntos, y nos reñiremos unos a los otros. Y mancharemos la cocina. Y lo haremos a nuestro ritmo. Despacio. Y me gusta.

He apostado por ir despacio. El slowbusiness es un hecho y me gusta. El slow haciendo mi pan desde el día anterior. El slow en mis cosas. El slow en mi mente. Viviendo lento. Y educando lento, saboreándolo. Leyendo lento y cosiendo despacito para que no se me salgan los puntos. Hablando despacio para que me entiendan. Diciendo NO más pausadamente para que quede bien clarito. Slow. Despacio. Lento.

He trabajado un huevo. Slow pero un huevo. Y me lo he pasado francamente bien, con sus ratos de darme contra la pared, claro, porque no sería lo mismo sin meter la pata de lo lindo o equivocarme una vez más. Vivir a pesar, y gracias al fracaso. Vivir en la incertidumbre. Y a pesar del enésimo fallo en mi historial me siento increíblemente feliz de lo que este 2015 ha supuesto para mí.

He descubierto a gente sin la que ahora ya no querría vivir. Personas con las que ahora trabajo codo a codo, con las que me río hasta las lágrimas a través de mensajes por cualquier red, «espíritus afines» con los que me siento más yo y que hacen todo más fácil y más bonito. Y que unidas a las personas que viajan conmigo desde hace mucho o poco son ese motivo para sonreír, así porque sí. Porque estoy rodeada de gente maravillosa, una afortunada sin duda.

He comprobado que este año el país, el mundo no va mejor, y a pesar de esos números que dicen que son optimistas, la verdad es que la crisis se ha cargado mucho a nuestro alrededor. Y no, no estamos bien. Gente muriendo a manos de otros, hambre, refugiados huyendo de sus casas y encontrándose muros de odio y prejuicios a su alrededor. Aquí ee sigue destruyendo trabajo, negociándose contratos basura, y condiciones inasumibles a nuestro alrededor. Y el panorama pinta muy feo. Así que no, no estamos bien, ni mejor siquiera. Y toca seguir luchando. Eso no ha cambiado y dudo mucho que cambie en el 2016.

He seguido confiando en la música para calmar mi ansiedad, que la tengo. Y en el poder sanador de la actividad, del «hacer» para salir del bloqueo que a veces me ataca y me paraliza. Hacer es la clave.

Y dormir. Dormir mucho. Dadme ocho horas de sueño y conquistaremos el mundo…

Y sonreír. Hay que sonreír más y este 2015 también me lo ha confirmado. Sonreír tiene un efecto mágico sobre los demás. Y hay que hacerlo más.

Este año no me he estresado mucho por el orden de las cosas, así en general. Aprender a vivir en el caos parece el principio del fin, pero luchar contra ello me parece mucho más frustrante cuando ves que las pelusas siguen saliendo de la nada y reproduciéndose por mitosis, o que los coches de juguete de mi hijo tienen vida propia y por las noches se pasean a sus anchas por la casa. Y esto es así. No hay servicio doméstico ni milagro que resista la prueba de la inevitabilidad, así que este 2015 me ha venido bien para aceptarlo.

Y es que, definitivamente, el 2015 no ha sido un año perfecto, ni mucho menos. Lo acabamos con muchas dudas sobre el futuro más próximo y arremangados para meternos en faena porque el 2016 va a ser duro, muy duro. Pero estoy mejor, y eso ayuda para que todo lo demás también vaya algo mejor…

¡Feliz 2016, amigos! Y a seguir luchando, que hay mucho por hacer.