Sobreviviendo al verano

Contracturada como nunca y con más canas en mi cuenta personal vuelvo de nuevo al blog, echando cuentas y haciendo encaje de bolillos en mi agenda para encontrar horas para terminar el máster, para currar como una loca y sacar para adelante Madresfera, que va tomando forma de negocio, minutillos libres para pasar por un fisio que me devuelva la movilidad de la parte superior del tronco, sentarme en el sillón de la pelu a pesar del 21% para que me devuelvan la apariencia de mujer-hace-tiempo-presentable, llamar a unas cuantas empresas para que me devuelvan pasta por cosas que tenía que haber reclamado hace tiempo pero que no he hecho porque se me acumulan los “debos”…

Y es que éste, amigos, ha sido un verano épico. Pero épico por lo de las batallas sangrientas y los caídos en combate. Tras días extenuantes que me han puesto a prueba hasta decir basta cada noche me acostaba con la lagrimita colgando de la pestaña y marcando con la uñica una raya en la pared de la alcoba para tachar un día más, un día menos para volver, un día menos para soltar al sistema público a esta bestia parda en la que se ha convertido mi adorable hija mayor y que me ha provocado más luxaciones y contracturas en dos meses que alguna clase infructuosa de body-stretching por la que he pasado.

Así que me he convertido en un ser paliducho y ojeroso, de carácter agrio y gritón a más no poder mientras corría desaforada tras la criatura por la piscina y alrededores, con la teta fuera y un lactante-ventosa que se agarraba a mí a lo koala sin pelo, el pobre.

Y todo porque la susodicha bestia parda ha decidido que el verano, a sus tres años, era el mejor momento para eso tan traído de afianzar su personalidad frente al hermano y frente al mundo con toda clase de desmanes y comportamientos rozando la delincuencia, convirtiéndome a mí en un manual de todas las conductas maternales reprobables que la Supernanny anotaría en su libretita, con su chaquetita sobre el brazo, mirando de reojillo a la cámara como diciendo: ojo, ojo, vaya mierda de madre tenemos aquí, y que luego me explicaría con ese tono irritablemente calmado y sosegado en la mesa del salón con su mini-ordenador de chichinabo. Vamos, me encuentro yo a la tal Rocío y una de dos: o me la como con furia incontenible, o bien la pongo un piso en Serrano para que me cuide a los dos durante un día para que yo me pueda ir a un balneario con el Imserso o a vegetar a Benidorm.

Debo haberlo hecho fatal, imagino. Pero bueno, al menos hemos sobrevivido. Los tres. Y eso que el pequeño ha sufrido en sus prietas carnes toda clase de ataques en forma de lanzamiento de palas de piscina directas a su cabezón calvo, de llaves de lucha canaria con la hermana encima suya a la que te dabas la vuelta, introducción violenta de chupete por algún orificio disponible, untamiento de cremas solares e introducción violenta por algún orificio disponible, sesión de gritos de “hermanitoooooo” a 300 decibelios justo a la altura de su nariz, y meneo compulsivo y frenético de la hamaca a lo atracción de feria sin medidas de seguridad mientras el pequeño saltaba cual poseído por el demonio llorando en arameo.

Nos lo hemos pasado genial, amigos.

Pero ahora que he vuelto beso el suelo de mi calle, a mis vecinas “lolailo” en bata y pantuflas y moño a lo Winehouse que van al Ahorramás con los niños en pijama, a los toxicómanos que me saludan con su entrañable sonrisa sin dientes en la esquina, a los perracos que cagan en la puerta de mi casa y a los dueños, despistadillos ellos, que no lo recogen…

Ya estamos de vuelta. Ellos sanos y a salvo. Yo, dando gracias por el ibuprofeno.

Esa “dulce” espera… ¡y una leche!

Hermanos, amigos, pródromos del parto varios e irregulares, muchos ya lo sabréis por experiencia, pero hoy tengo que afirmar que los días previos a dar a luz son, sin duda, una de las experiencias más surrealistas que la mujer se pueda echar encima…

Más que ver a Mario Vaquerizo ponerse las bragas de su mujer y luego afirmarse como un hetero muy macho. Más que el anuncio de los cristales gratuitos de VisionLab. Más, si es que eso es posible, que el “wi, wi” del anuncio del método ogino 2.0 de Clear Blue

Y, ojo, que no lo digo en plan, “dios, me quiero morir, ¡¡¡sácadme esto ya de una vez!!!!” (bueno, un poco sí), ni tampoco como “¡¡ohhh, como adoro ser mujer en estos momentos de realización personal y corporal y cómo estoy disfrutando con cada puñetera contracción!!”

No, no lo veo ni de una forma ni de la otra. Y conste que ver, lo que se dice ver, no es que vea mucho, salvo un tripón inmenso que me ha fagotizado como persona, como mujer trabajadora y como ente cotizador a la Seguridad Social. Tripón que se va adelantando cual señal luminosa con fanfarria incluida a mis pasos y que se ha convertido en mi tarjeta de presentación allá donde voy, ocasionando que esté donde esté, me conozcan o no, y me apetezca a mí o no, se hable, OBLIGATORIAMENTE, de lo siguiente:

– La altura relativa de mi tripa (está bajísima, vas a parir aquí mismo… Ah, pues yo te la veo muy alta, aún te queda, maja).

– De lo puntiagudo de mi tripacono, que indudablemente demuestra que es niño. La ciencia es lo que tiene…

– De si llevo dos o uno solo o un regimiento de infantería, JA.

– De si estoy mejor ahora o peor que cuando nazca. Desde un “te vas a enterar con dos” hasta un “te vas a morir con dos”, dentro de esa horquilla, lo que queráis.

– De que tengo la cara hinchada y los labios como dos cantimpalos.

– De que no la tengo hinchada en absoluto y estoy como una rosa de pitiminí (estos son los menos, que conste).

– De que he engordado mogollón y parezco un engendro marino en peligro de extinción por los millones de bolsas de basura que pueblan nuestros mares y de que no me voy a recuperar nunca, nunca, nunca…

– De que no he cogido nada más que tripa…

Para terminar hablando del parto/partos de las contertulias quienes, sí o SÍ, terminarán contándome si se les descolgaron los bajos al nacer su cuarta criatura, si los puntos se le infectaron hasta un tremendo reventón de pus sanguinolenta en medio de la boda de la cuñada, o de si la protagonista de la peli gore en cuestión casi se muere del dolor y cómo se rajó viva al expulsar a su primogénito de ocho kilazos sin anestesia y en plena calle porque no le dio tiempo a llegar a la maternidad. Chúpate esa.

Y todo ese caudal de información detallada y expresa sin yo abrir la boca ni decir esta tripa es mía. Ni un mísero “no sé quién … eres y no me interesa nada lo que me estás contando, chata, déjame arrastrarme en paz y llegar hasta mi orilla…”

Además de este ataque social sin miramientos, que también puede ser una reacción alérgica a la humanidad provocada por las hormonas, el surrealismo preparto se extiende a la vida en general, que se vuelve un completo desbarajuste berlanguiano en esta sociedad cada vez más inhóspita y más incómoda para el ser humano: Facebook ¡¡¡Facebook!!!! sale a bolsa y el tipo ese con cara de monguer se hace de oro cuando lo que está pidiendo a gritos es un par de puñetazos por cerebrito y por abusón; estamos a punto de la intervención y nacionalizan Bankia, pagamos nosotros la fiesta y encima los mismos seguimos poniendo el culo;  nos las dan con los recortes a troche y moche en todo lo público, lo gratuito, lo sensato y lo que es justo y lo poco que queda por recortar son mis ganas de parir, ganas que, en cuanto llegamos a Urgencias y me dispongo a que me exploren a ver si a la criatura le han venido ya las ganas de ver Top Gear o la quinta temporada de Mad Men, se quedan reducidas a un par de centímetros de dilatación  y a un condescendiente “anda, márchate a tu casa, bonita, que a éste aún le queda una buena temporada para saludarnos con la manita”.

Y es que el niño no quiere salir, amigos, ¡no quiere y punto! Y también os digo, que no me extraña nada… porque para salir y ver el panorama…

Lo mismo, me he llegado a plantear en un momento de reflexión floja propia de una servidora, estamos ante el primer caso de embarazo regresivo de la historia y salimos en el próximo número del National Geographic junto a las hormigas zombies y la tribu de pigmeos caníbales recién descubierta en plena selva brasileña. En un giro sorprendente de la evolución humana, tipo final de Lost con su tapón del lavabo existencial, visto lo negro que está el panorama, la naturaleza se defiende ante los ataques externos de banqueros sin escrúpulos, el deshielo de los polos y los jóvenes espantajos de los bolsos de Loewe, y  en cuanto llegamos a los nueve meses, a punto, a puntito de salir, plofff, nos volvemos para atrás y el cuerpo, que es muy sabio, reabsorbe al feto en un intento último de supervivencia extrema…

¿Veis como esto es totalmente surrealista? ¿Y alguien le extraña que esta criatura no quiera salir con una madre que empieza a pensar estas cosas? Si casi estoy yo también por hacerme un sitio en mi macrotripa y esconderme del mundo en un ejercicio de contorsionismo de los míos…

P.D: A “mis” bloggers del #15J, ¡sois unas campeonas! La estáis montando fina filipina y, a mi criatura no-nata pongo por testigo de que, aunque sea en forma de chapa o de holograma, ¡¡estaré con vosotras!!!

De pelillos y contorsionismos

Hoy me he medido los brazos. Os lo juro por mi minipimer que me han crecido en el último mes. Y no extraña, porque con el “peazo” de balón medicinal que tengo como barriga, despegarse de mi cuerpo y salir al mundo exterior para cualquier labor manual, les requiere a mis brazos una elongación cada día mayor. Y no exagero. Mucho.

Y a pesar de encontrarme medio mermada en mis facultades, tanto físicas como mentales (creo que incluso más las segundas que las primeras), esta mañana me he sorprendido a mí misma haciendo algo tan absurdo como surrealista: ¡depilarme las piernas! (o lo que sea que tengo por debajo del barrigón que me impide ver más allá) y gracias a lo que aún puedo desplazarme medianamente bien por el mundo.

Sí, esto os lo digo a panza descubierta, desde la valentía que aporta el esconderse tras una pantalla, porque reconocer abiertamente que, aún no viéndome los pies desde hace tiempo y atacada por una contumaz ciática que me hace sentir hasta simpatía por el ínclito señor Fraga y su bamboleo irregular, me preocupo por llegar al hospital como a la recepción del embajador, osea, “limpia y rasurada”, me parece la frivolidad más grande del universo universal y si me pedís que lo repita en público lo negaré también sobre la tumba del ínclito señor Fraga, a quién tan presente tengo estos días y lo achacaré a una especie de síndrome “pariendo pero estupenda” que me ha atacado durante estos días.

Pero fíjate tú, mari, que sí, que tengo yo el cuerpo para pocas sevillanas y ahí que, como cualquier cosa, me enfarrago con la cera tibia esa, más peligrosa que los instrumentos de tortura medievales, cuando los astros me estaban indicando con todas las señales posibles que “Ande vas, alma de cántaro, ¡¡que lo de menos ahora son tus pelos!!”

Y alguien podría decirme, con buen criterio, mejor que el mío, seguro, que si tanta preocupación tengo con mis pelillos resilientes y que sean de dominio público en las múltiples visitas que preveo en el hospital, que me deje caer así como quien no quiere la cosa por un sitio de esos donde una sonriente jovencita de nombre Jasmine de cejas pintadas a lápiz khol, muy amable y de enormes pendientes de oro chapado, se abalanza diligente sobre mis muslos, arma cargada y toda pegoteada de cera en una mano y papelitos arranca-vellos en la otra para liberarme a mí y a mi cuerpo contracturado de semejante tarea en tan solo diez minutos mientras yo me debato, durante interminables y sudorosas sesiones de contorsionismo, entre la vida y la muerte intentando llegar a partes de mi cuerpo totalmente inaccesibles a mis ya aún así prologandas extremidades…

Pues sí. Es una teoría interesante. Pero una servidora es una chica de pueblo (casi), hecha y depilada a mí misma en lo bueno y malo, una trendy woman a lo cutre, una chica self-made de los métodos depilatorios a la que nunca le ha entrado en la cabeza lo de dejarme hacer por una profesional que me cuente la historia de sus cuatro hijos y tres maridos colombianos, pudiendo abrasarme yo cualquier parte del cuerpo con la cera ardiendo, provocarme algún torsión muscular, lesiones oculares al saltarme a los ojos el producto del diablo ardiendo al saltar del microondas, o que se me enrollase la epilady en los hilillos de algún calcetín provocando catástrofes de dimensiones apocalípticas en mis utensilios, vestuarios y dignidad, por qué no decirlo.

Total, que  no quiera la criatura que hoy mismo tuviera que irme con mi maletita al paritorio, porque a resultas de mis dos intentonas de depilación de los últimos días no voy ni bien depilada ni totalmente peluda, sino un mix alternativo que comprende haber eliminado el vello en aquellas zonas donde ha querido y podido llegar mi mano, que tampoco podría decirles cuales son, francamente, porque sencillamente, lo ignoro.

Lo cual me lleva a constatar que la ignorancia es una bendición, como en muchos otros casos.

Y desde aquí, además, lanzo una pregunta a los fabricantes de ceras y productos depilatorios del mundo: señores fabricantes, porque seguro que son señores y de más de cincuenta años, como si lo viera: ¡¡¿quién, en su sano juicio, decide que diez banditas de esas depilatorias son suficientes para dejar listas y preparadas unas piernas de una mujer medio normal a partir de una talla 38?!! (lo de la talla 38 en mi situación actual es una ironía, por si hace falta aclaración).

Y como última reflexión, me pregunto si en vez de la anglosajonada esa del baby-shower, o de la fiesta del sexo del bebé, para las cuales no tengo ni estómago ni energía suficientes, no estaría muchísisisisisimo mejor pedir un bono de acicalamiento intensivo y extremo para causas perdidas como la mía, abandonadita al chándal, a la coleta desaliñada y a las franjas de pelos en zonas del cuerpo donde mi vista no alcanza a divisar. Vamos, directita a Lourdes me tenía que ir…

Adicciones, ansiedades y ballenas varadas

He tenido unos ratillos últimamente de estos en los que te quitarías uno a uno los pelos de las cejas, sin pestañear apenas. Lo que viene a llamarse un momento almodovariano de ansiedad en toda regla, en los que no sabes si hacerte a ti misma el harakiri con los cuchillos del Ikea de mi criatura, colgarte de los cables de la Telefónica que, tan amablemente, han descolgado unos dulces vecinos, aquí frente a casa, o dejarte descomponer frente a la parte octava del docudrama “Mi gitana” de Telecinco. Un sinvivir, un resquemor, una picazón existencial, un y ¿qué hago yo con esto que me carcome por dentro?

¿A vosotros no os pasa nunca? Esta sensación de haberte puesto mal la camiseta y llevar la etiqueta justo en el cuello, ahí donde más escuece, de querer coger al primero que pasa por la calle y nos mira mal y arrancarle de un mordisco la cabeza, de ir por el mundo ladrando improperios por doquier por culpa de quién sabe qué pensamiento que nos azuza el culo, castigándonos por algún deber no cumplido o vete tú a saber por qué…

Así me veo yo últimamente. Y hoy, en un ejercicio de honestidad inédito en mí, pienso que tal vez, sólo tal vez, además de asuntos laborales que me tienen abducida, obsesionada y convulsa como los ojos de la Esteban (mi musa), puede ser que sea este estado de preñez absoluta y casi ya terminal (gracias a dios y a Darwin la naturaleza es sabia y el embarazo no da más de sí) el culpable de que mi nivel de tolerancia hacia los elementos externos desestabilizadores y porculeros comience a ser preocupantemente bajo.

Esto se traduce en que mi paciencia, al igual que el ángulo de giro y movimiento de mi, ya inexistente cintura, se limite cada día de una forma alarmante. Y digo yo, que lo mismo esta corriente malrollista también afecta a la criatura #2, y la mala leche que me gasto últimamente le convierte de facto en un pequeño Butanito vociferante, o un Jiménez Losantos visionario y apocalíptico en potencia. Qué sé yo sobre la ciencia…

Así, reflexionando y dejando de lado las cuestiones más profanas de la ansiedad, como el hecho de que no llueva y mi nariz se haya cerrado en señal de duelo, me doy cuenta de que ya echo de menos mi cuerpo, amigos, y sí, eso me está pasando factura. Porque esto que bambolea de un lado para otro sobre mis piernas ya no es mío, ya no soy esa a la que miraban los obreros al pasar, esos obreros que por otro lado ya no están porque todas las obras están paralizadas. Ya no soy más que la ropa que me vale, un feto andante, una semana de gestación con patas, un huevo Kinder, un proyecto de persona a la que parece que he engullido en una comilona.

Y echo de menos mi cuerpo. Echo de menos maltratarlo vilmente a base de horas de sueño perdidas sin sufrir momentos narcolépticos salvajes, de automedicarme sin cabeza y no mirar el prospecto, ¡como una loca!, de salir sin buscar la ruta de los WC allá por donde voy y poder estar sin ir al servicio durante horas, de cañas, vinos, tapas y gin tonics con hierbabuena, limas o leches en vinagre… Adicciones, adiccioncillas, por otro lado, pero adicciones a fin de cuentas. Esas que podía practicar sin sentir sobre mí el peso de la Asistencia Social. Menudencias, costumbres más que vicios, que no viene al caso desmenuzar, por triviales y por insulsas, pero cuya ausencia obligada, cuya expatriación prescrita por un facultativo me irritan casi tanto como escuchar a tiernas criaturas de dos años cantando el mossa, mossa esa del brasileño al que han dejado escapar de su país como si de una plaga se tratara (¿como venganza contra el continente colonizador, amigos? ¿por qué no os lo habéis quedado para vosotros? ¿qué necesidad había de compartirlo con la humanidad?).

Estoy embarazada sí, bastante (aunque no hace falta que me digáis lo gorda que estoy y la tripa que tengo en cuanto me veais, en serio, os agradezco la sinceridad, pero desde aquí os digo, gracias majos, pero ¡no la quiero!) Y no seré yo quien diga que no me lo he buscado. Pero, oh, seres  que soñáis con estados gestantes beatíficos y de documental de la 2, ¡que no os engañen!, que no mola tanto como dicen cuando ya no puedes sentarte recta, o para levantarte de la cama tienes que rodar sobre ti misma como una ballena varada, o lo que es peor, pedir ayuda a tu santo para que, a lo “operación Willy” os empuje a ti y a tu barriga ingente hacia las orillas de la cama.

Y esto lo escribo consciente de que  todo se olvida, porque así tal cual también lo pasé con la criatura #1, y mirad, como una buena gilipollas repetí. Y, además, es un hecho demostrado que con el tiempo se pasa. Que luego casi todo (ojo, nunca he dicho todo)  vuelve a su sitio: los cuerpos a sus vaqueros, las golondrinas a sus nidos y los gin tonics al gaznate. Así que hay esperanza, hay un más allá, e incluso un futuro medio feliz, porque siempre podría ser peor, como tener cinco o seis criaturas además de la gestante… Así que pondré un broche feliz a este cuento y diré que sí, que estoy ansiosa porque esto acabe, que sé que lo que viene es aún peor, gracias por recordármelo todos aquellos que lo habéis hecho, y que procuren no cruzarse en mi camino y comentarme lo inmensa que es mi barriga, de aquí en los próximos dos meses, si no quieren que ocurra ninguna desgracia.

Gracias.

Érase una incertidumbre a una mujer pegada

Maitena

Hay días en los que realmente me pregunto qué peli de Disney estaba viendo, o que tripi me tomé yo cuando decidí que podía ser a la vez una madre moderna, conciliadora, emprendedora, socializada y concienzudamente depilada. ¿Es que acaso no está bien solo con ser madre o profesional o moderna? ¿Es que no da suficiente trabajo, sufrimientos y padecimientos ingratos y silenciosos como las almorranas ocuparse y criar a los ternescos? ¿Por qué hay que ir más allá y seguir los impulsos esos de “eh, mundo, óyeme bien porque yo quiero desarrollarme también como persona, profesional y encima mantener una 38”? ¿Acaso no vemos que es una trampa?

Sí, amigas, y amigos, y mascotas domésticas que se hayan colado en nuestro foro. Es una trampa en la que nos metemos nosotras solicas. Nosotras, en fila india y de la mano como en el patio del cole. Una trampa de la que es difícil escapar una vez empantanada, como cuando te tiñes el pelo por primera vez pensando que luego hay vuelta atrás y tras un tiempo descubres horrorizada que para volver a lo que eras antes o te rapas a lo Sinnead O’Connor o te vuelves a teñir con otro color más oscuro. Vamos, un bucle devastador que te lleva hasta los 50 sin haber conseguido recuperar tu color original. Te jodes, por hacerle caso al señor Schwarkkopf ese…

Yo normalmente me siento toda una privilegiada. Ay, mari, me digo, qué guay es todo, como mola el mundo: vivo en la parte menos pobre del mundo, solo veo un par de redadas al día en mi barrio, tengo mansión propia y una familia a la que dedicarme en cuerpo y alma (ejem). Tengo una criatura estupenda y otra en camino (ay, la parejita!! que ilusión!, sí, sí….). He tenido trabajo desde que estaba en la universidad y solo ahora he descubierto lo que es el paro, algo que por otro lado y sin ser guay de ¡oye, pruébalo que es genial!, me ha dado la oportunidad de hacer cosas que nunca hubiera imaginado.

Pero ahhhhhhh, en esta espiral de qué bien, estoy en paro, ¡voy a aprovechar que ahora tengo tiempo! me he metido de cabeza, y demás miembros de mi anatomía en una experiencia laboral-experimental-alucinoide: el descubrimiento genial de otras posibilidades laborales y de unos repugnantes superpoderes escondidos como el de ser capaz de volver a preñarme (no se puede ser más naïve, amigos) meterme en un master of the universe y de los chungos, preparar las lentejas, darle el danonino del mercadona a la criatura con los pies y tender una lavadora a la vez sin cortocircuitar… Ah, por favor, y no te abandones, querida, que tu marido no te vea en chándal que le has perdido… (diooooooooos, no sé si vomitar o tragarme el vómito que es peor…..)

Puede que no sea políticamente correcto decir esto, pero hay días como hoy en los que paro un minuto de toda la vorágine, me miro en el espejo y me digo: ¿Sin cortocircuitar? ¿Seguro?

No sé, la verdad. Desconozco la solución ideal para encaminar esta vida. Las alternativas me confunden…

Si tengo que seguir el ejemplo de mi madre que abnegadamente dejó su trabajo para cuidar a sus hijas, su casa y su marido (y es simplificar mucho el proceso pero no el resultado), os digo, aquí y ahora, que antes cojo la maleta, la grande, eso sí, y me piro a Islandia o a otro sitio más lejos. No doy el perfil, lo siento. Aunque también reconozco que ,de primeras y gracias al prozac, tendría menos problemas conmigo misma y con el mundo que me ha hecho así, menos frustraciones (al menos ahora, al llegar la cincuentena ya es otro cantar, y otro post) cuando viese que sí, que lo mío es la lista de la compra, revisar la nevera, la plancha, coser las cortinas, tener las ventanas limpitas y a los niños con su calendario de revisiones del pediatra al día. Que no es poco.

También podía optar, por supuesto, por pasar de todo lo anteriormente mencionado. No haber tenido hijos, o ya que los he tenido, apechugar, y endosárselos con cariño a suegros, familia o personal externo en su defecto mientras una servidora seguía el camino establecido. Podía haber elegido fácilmente dedicarme a mi trabajo, desarrollar mis inquietudes y pagarme la pensión, coño, que está la cosa muy chunga… Pero, ¿a qué precio? ¿A costa de pasar nueve o diez horas en la oficina y no ver a las criaturas más que en foto? Tampoco es tan difícil en este país acabar así, a fin de cuentas la mayoría de los puestos de trabajo de este país implican una presencia enfermiza-obsesivo-compulsiva en la oficina, dándole forma a la silla con el culo y viendo las horas pasar. Y ya sabemos tristemente lo que pasa con las reducciones, las medidas sociales y eso que dicen que son mejoras para conciliar e integrar al binomio mujer/familia en la vida laboral (pfffffffffffffffffffffffffffffffff, una gran pedorreta para los que sonríen ufanos porque nos venden la igualdad: ¿igualdad?, ¡tu padre!). No digo nada nuevo si reitero mi mayor y enconado desprecio por éste, nuestro sistema laboral absurdo que impone a los trabajadores horarios ridículos que cubren como el chapapote todo el día y más allá, esas jornadas partidas con tres horas de comida, siesta y perejila, jornadas nada efectivas que no buscan la productividad ni los objetivos sino “chupaculismo” integral del quién se queda hasta más tarde… Algo huele a podrido en las empresas españolas, y no son solo los tuppers de la nevera, amigos.

¿Qué otra opción me queda? ¿Retirarme al Tibet a luchar contra los chinos mientras espero a reencarnarme en cono vaginal como expiación de mis pecados?

La realidad, a pesar de mis rabietas “cortocircuitales” ocasionales como la de hoy, es que no me queda otra que intentar encontrar una vía no explorada, un camino que nadie ha abierto para nosotras, Indianas Jones del siglo XXI en busca, no del arca perdida, sino de una vida digna, sin tener que cumplir en todas partes como si fuese la madre perfecta, mujer tersa, hidratada y debidamente rasurada, el ama de casa de la Sección Femenina de los años de Franco, y una profesional satisfecha, que no digo rica ni nada, digo al menos contenta con su trabajo.

Pido mucho, me parece. Y hay días, como hoy, en los que me preguntó qué va a ser de nosotras, mutaciones genéticas a medio camino entre Elena Francis, las yuppies, las JASP,  las hippies de Woodstook y el sello del Inem en nuestros cachetes izquierdos…

Sinceramente, suya, y hasta que me aclare… una incertidumbre a una mujer pegada.

Éramos pocos y llegó Madresfera

La criatura, que ha pesado casi 500 MB y que hemos decidido (tras un intenso briefing, brainstorming y unas cuantas copas de inspiración) llamar Madresfera, ha nacido el día 19 de diciembre a eso de las tres y pico de la tarde, una hora de siesta en todo el mundo de dios, pero es lo que tienen las criaturas, que deciden nacer cuando les sale del mismo…

La madre, una servidora, se encuentra cansada, pero bien. Primeriza en estas lides pero sabedora de las necesidades de su primogénita, intenta no descuidar a su primera criatura, pero la recién nacida es absorbente cual papel de cocina con circulitos y ahora, en sus primeros días, exige toda su atención, sus pupilas ensangrentadas y su culo adosado a la silla hasta encallecer. Una ya no sabe ni donde tiene la cabeza, llega tarde a todos lados, olvida lo inolvidable como poner a grabar las apariciones del Vaquerizo (ese ser) en la pantalla, y dicen que habla sola por las esquinas de su barrio, en zapatillas de estar por casa (como sus alegres convencinas en bata) repasando la lista de cosas por hacer para que a la criatura madresférica no le de un cólico de esos que dejan la pantalla atontada, un error 404 o que se le registre alguna banda de narcos llamados los “mamitos sangrientos” en los blogs del ranking…

El santo, padre putativo (estas cosas informáticas son así), pero al que la pequeña Madrefera ya quiere de forma auténtica e indudable (juraría que le ha llamado papá), pasea por la mansión perseguido hasta la extenuación por la primogénita,  cual sombra “indespegable”, musitando no sé qué de que se tiene que ir al fútbol y de que no puede ir ni a miccionar sin ser perseguido por una criatura gritona obsesionada con cantar “lamarimorena” y los peces en el río.

La primogénita, inconsciente del alumbramiento pero que algo se huele, aporrea a la menor ocasión el teclado de la “mamma”, provocando caos de dimensiones bíblicas en la “hermanita” y algo debe notar porque insiste con fiereza en pasar las horas sentada sobre el regazo de una servidora. Así que entre la panza creciente que empieza a servir de barra de bar y la criatura adosada, a una se le están alargando los brazos unos centímetros cada día para poder llegar al teclado del ordenador. Aviso para los regalos de Reyes, los jerséis me los ponéis con un palmo más de mangas, porfa…

El padre natural, en destino conocido pero lejano, se afana por golpear el teclado, gritar maldiciones en asturiano y luchar por el bienestar de su pequeña Madresfera desde la distancia mientras le grita a la pantalla: ¡Aguanta, servidor, aguanta por dios! Además, se le ha visto garabateando por las paredes de todo el local que pisa unos números extraños, combinaciones indescifrables a lo cifra mágica de Lost, mientras repite “algoritmo, algoritmo, algoritmo” porque si deja de decirlo se cae no sé qué avión del Oceanic…

En resumen, queridos todos, la familia se encuentra muy feliz con su nuevo miembro, aunque todavía está en proceso de adaptación y vamos todos con chichoneras y cascos de los cabezazos que nos estamos dando en los comienzos (que no, no son fáciles, by the way...).

Y desde aquí os damos las gracias a todos con movimientos de la manita hacia arriba y hacia abajo, a lo Familia  Real en sus horas altas y os invitamos como familia orgullosa (no, ésta no nos ha salido gorrona, jejeje) a que conozcáis (sí, también vale criticar, pero sin pasarse que están los Reyes muy cerca y es muy fácil tachar nombres de la lista, jejeejejejeje) a la recién llegada desde sus más tiernos inicios… 🙂

La guerra de los egos disfrazados

Lo que aquí os desvelo, amigos, además de ser verídico a más no poder, encierra una crueldad infinita que sólo los que estamos aquí, empantanados, en medio de esta guerra absurda, podemos apreciar y que plasman de una manera magistral los amigos de Noñoño en este post llamado No compitas, que os recomiendo encarecidamente para entender en su completa magnitud.

El primer año de vida maternal, como una servidora estaba en la parra (ahora también, que conste, pero los daños y perjuicios me han hecho más resabiada) cuando llegaron las fechas navideñas en la guarde me comentaron eso de: “Mami (como no se pueden saber los nombres de todos nosotros, el mami les viene siempre estupendamente), tienes que traer a la niña disfrazada de pez. Nada complicado, le pones una escamas de tela a una camiseta azul y ya está… ¡No te compliques!“.

Vale, pues según oí el ¡No te compliques! pensé que era sincero (ERROR!)  y tal cual, el día anterior a la fiesta, le cosí a la camiseta de rigor en cinco minutejos, y sin mucha gracia, la verdad, algo parecido a unas escamas de tela de colores que me dio mi suegra y que al principio me parecieron maravillosos.

Pero claro, al llegar a la guardería y sentar a mi criatura marina junto a sus amigos, las lindas escamitas de manufactura “self-made” se convirtieron en unos espantosos colgajillos deshilachados que iban perdiendo tela y sustancia a su paso, que ni flotaban ni nada y que resultaban especialmente patéticas al lado de los maravillosos trajes de besugos y peces espada de gomaespuma de los demás mini-críos.

Aquel fue el primer impacto para mi poco curtido ego maternal. “¡Mala madre, mala madreeeeeeeeeeee! ¡Pero mira cómo llevas a la niña, por dios! ¡Si parece un espantapájaros en vez de un pez!” Oía yo en mi cabeza insistentemente mientras hacía que me divertía viendo aquel desfile del carnaval de Las Palmas: pulpos rosados con todos sus tentáculos, estrellas de mar a las que no faltaba ni una patita gomaespumada, o incluso caracolas de color marfil con cangrejitos incluidos en el pack, vamos, una pesadilla. Y yo, con lágrimas a punto de resbalar por mis mejillas de tez “adolescentoide” miraba a mi pequeña, embutida cual choricillo recién empaquetado, en sus mallas y camiseta azules de la Cadena Q, muy barata oigan, y aquellos pegotes colgantes, ella tan feliz, y que le importaba todo un comino y medio porque su único afán era llevarse a la boca uno de esos colgajos y llenarlo de babas espumosas. Lo típico de esa edad, vamos…

Total, que tras una hora de tortura china, salí de aquella fiesta odiando más a la humanidad y preguntándome qué demonios era aquello. ¿Una trampa? ¿Una prueba para madres modernas que además de ser supermajas también deben saber hacer un traje de pez que ni comprado en el Corte Inglés? O mejor, ¿un concurso para demostrar las habilidades de corte y confección de las abuelas? ¿Ehhhhhhh? Que esa es otra, que habría que demostrar ahí quien se encarga de los trajes y tener un sello de autenticidad, tipo: “Vale, es feo, pero me lo ha hecho mi madre, y no mi tía Puri!”. Amigos, amigas madres, yo os pregunto desde lo más hondo de mi corazón y casi con las vísceras en la mano: si os dicen que nada complicado, ¿por qué demonios no les hacéis caso? ¿Qué hay que demostrar, quién tiene la suegra que mejor cose?

Y así, con esta indignación, esta duda, esta incomprensión mezclada con frustración he ido pasando los años hasta llegar al tercer año de guardería. Con menos tiempo, menos ganas de complicarme y menos idea de qué demonios hacer que nunca. Y de nuevo: “Uy, nada, nada, mamis, no os compliquéis, les ponéis unas mallas y una camiseta de colores y ya está! Si para ir de elfo no hace falta nada más…” ¡JA! ¡JAAAAAA! Que el día que lo vi ahí en la circular, y apuntado en su cartulina de colores brillantes, me dije: este es mi año, no hay que currar. Guay, porque voy de culo… Y tan feliz… Pero no. Debe ser que el resto de padres leen otras circulares, o hablan con otras profesoras distintas a las mías… O mejor, ¡que se pasan por el forro lo que les dicen! Porque ya han llegado a mis oídos rumores de ciertas madres insurgentes que andan anunciando la complejidad digna de un máster o de un módulo en el FP del disfraz de elfo de sus criaturas. Y ya la tenemos montada…

El año pasado, en el que las criaturas tenían que ir de estrellas (¡no os compliquéis, mamis!), la superamiga Violeta y yo, envalentonadas por el fracaso estrepitoso de nuestros respectivos atuendos de piscifactoría (vamos, este año no volvemos a hacer el ridículo por nuestros santos…!) nos animamos a manufacturar con destreza y cogimos con ahínco nuestra Singer y una tela brillante muy apañada. Y tampoco fue tan mal. Aunque he de decir que al menos mi estrella fue más un tomate espachurrado que un astro fulgurante. Pero ¿sabéis qué? ¡Que me dio igual! Que fuimos tan contentos con nuestro intento casero de ser buenos padres manitas, que no damos para todo y que, no, no hacemos los mejores disfraces del mundo, pero hacemos una imitación del mono capuchino que tira “p’atrás”, oye…

Que nooooooo, que me niego a competir,  ¡que no me da la vida, por dios! ¡Que no voy a entrar en el “y tu madre más”! (O solo un poco…) Que se empieza en el primer año de guardería y se acaba con el concurso de Cono de construcción de volcanes, ocho noches sin dormir, y movilizando a toda la familia para que el puñetero volcán eche lava de verdad ¡¡¡¡¡¡Pasoooooooooooo!!!!!!

Esta vez mi criatura seguirá asistiendo en plan precario-malamadre-nomedaeltiempoparamás: un elfo en paro y venido a menos al que le seguirá importando un pito el disfraz de su compañero siempre que haya patatas fritas para deglutir masivamente. Mientras, como familia unida de clase media y poco talento como diseñadores de moda, asistiremos a la pasarela Cibeles de elfos y demás seres encantados del bosque, voladores, del mar, de montaña, de temporada primaveral, con orejas punzantes, y hasta habrá algún padre que aparezca vestido de orco (que eso ya es por joder, vamos, porque tengo yo la vida como para buscarme también el disfraz a juego con la niña… ¡Anda ya!)

Amigos, amigas, seres que tenéis criaturas y no tenéis más huevos que disfrazarles…¡Que no os compliquéis…!