Meet the Blogger: creatividad, prisas y canales

Amsterdam en barco
Amsterdam al anochecer. Foto accidental.

La semana pasada me fui de excursión (¡yo sola! ¡¡¡¡¡sin churumbeles!!!!!) a Amsterdam, jus jus. Además de conocer brevemente una ciudad que me enamoró hasta las trancas (y eso que no pude pasar por ningún coffee shop), tuve el placer de asistir a Meet the Blogger, un congreso de blogueras de diseño de interior, fotografía, life style, gastronomía, etc, que era el verdadero propósito de mi visita exprés.

Aunque me pasé el día corriendo porque llegaba tarde a todos lados, últimamente me siento como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas, fue un viaje estupendo y lo que más me gustó, además de la charla de SEO, que me pareció fantástica, fue esta presentación de Kirsten Jassies, que trabaja en Sanoma, un grupo editorial muy fuerte en Europa que ya conocí en Israel y que apuesta mucho y muy fuerte por los bloggers. A ver si se vienen para España!

Además, era un gusto poder hablar con todas esas mujeres (muy rubias y muy altas) de cosas tan triviales como las noches sin dormir y que aún así no perdiesen ni una mijita glamour. Y claro, que todo el congreso fuese en inglés, y que todo quisqui hable el idioma de Shakespeare facilita tanto las cosas! Y eso que nada más llegar me faltaba la gallina y el chorizo que llevaba Paco Martínez Soria al llegar a la capital, así de cateta me sentía entre tanta gente estilosa.

Me volví a casa, con prisas, por supuesto, con dolor de pies de tanto andar pero con un montón de blogs nuevos para seguir a partir de ahora y unas cuantas conclusiones:

– Hago unas fotos terribles, para encontrar una decente tengo que estar horas buscando.

– No tengo ojo para los colores, combinaciones cromáticas y nunca seré decoradora de interiores. Una lástima.

– God save las clases de inglés que he dado desde pequeña y las series en V.O.

– ¡Ya no te dan café en el avión si no lo pagas! Horror absoluto, y encima ni te caben las piernas.

– Amsterdam es lo más, quiero irme a vivir allí. Santo, vete haciendo un curso de Hello Muzzy porque nos piramos a la de tres…

– En general, que tengo que salir más.

Y dicho esto, os dejo la presentación de Kirsten,  muy interesante y productiva!

Vacaciones de verano: ¿copazo o prozac?

Malabarismos vacacionales
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Tener criaturas te cambia para bien o para mal. Todo. Desde el ancho de los tobillos, pasando por la talla de sujetador, hasta tus más arraigadas costumbres, como esa en la que dormías ocho horas, por decir algo, vamos, no por nada en especial

Y si hay algo que cambia, no, corrijo, que aniquila a lo que antes sucedía para convertirlo en otra cosa totalmente distinta, ese algo son LAS VACACIONES.

Y es que ahora, dejando de lado el tema presupuestario, que también, la verdadera y genuina duda en el asunto vacacional no es si playa o montaña, no. Ahora la cuestión fundamental pasa a ser…¿copazo o prozac?

Amigos, las vacaciones ahora son una caca.

Y no es que me queje por tenerlas, al contrario, vamos, con lo que cuesta hoy en días llegar hasta ellas, me salvan la vida, me oxigenan, me devuelven la poca cordura que puede contener mi cabeza… Vamos, que yo feliz y ojalá pudiera disfrutarlas más tiempo.

Pero oigan, ¡que esto no son vacaciones! Vacaciones eras esas en las que metías unas bragas en la bolsa, el bikini, un vestido ajustadico, los libros del verano (ohhhh, sí, entonces leía!) y cuatro cosas más y te largabas a la aventura, a la buena vida, a las comilonas en un chiringuito y a un siestón de cuidado, o a lo que cayese con la pareja… Esos días despreocupados en los que no viajabas siempre con la impresión de haber olvidado algo aún llevando el coche más cargado que los de «malacatones» robados de mi barrio. En los que, cuando éramos dos, nos daba igual el plan porque hiciéramos lo que hiciéramos íbamos a estar tan pichis… En los que te dabas el lujo de darte un paseo por la playa sin preocuparte de a tus criaturas les daba el sol demasiado en las orejas, de si se comían la arena con fruición, o de si se extraviaban entre la marabunta playera… En los que simplemente, te relajabas. Sin más. Ni menos…

Esto es otra cosa… Y no, no me vale la alegría inconmesurable de verles por las mañanas, por las tardes y por las noches. Son mis retoños y les quiero todo el año. Pero ¿dónde han quedado esos días de relax prometidos, esperados, soñados….? ¿Acaso los padres del mundo, con tiernas criaturas babeantes no nos merecemos un descanso? Y por qué, si esto va a ser así, ¿no me desgravan en Hacienda?? No sé, más de uno nos lo tomaríamos de otra forma si así fuera. Al menos, nuestro quiero y no puedo vacacional sería menos frustrante…

Puede que el truco para no frustrarse, tanto, sea darse cuenta de que ya no son MIS vacaciones, igual que ya no tengo MI baño para mí sola, o que ya ni siquiera soy yo misma para muchos, sino la madre de… ¿Será que ahora son las vacaciones DE MIS HIJOS y hasta que no lleguen a la pre-adolescencia y prefieran ponerse los cascos para escuchar música mientras cenamos antes que hablar con sus padres y prefieran irse de campamento con sus colegas no volveré a tener a vacaciones para Mí otra vez? ¿Es eso? ¿O será que no deberían llamarse vacaciones sino meses-en-los-que-tus-hijos-se-lo-pasan-pipa-y-rellenan-las-primeras-hojas-de-sus-cuadernillos-de Vacaciones-Santillana-mientras-tú-lloras-por-las-esquinas-y-te-das-a-la- bebida?

Me dirán que exagero. Tal vez sí.

Pues ya se lo contaré…

Mi vida sin dormir en mí

OrcoNo duermo mucho últimamente. Lo confieso. Y poco a poco, día a día, y noche a noche, eso me está convirtiendo en un monstruo.  Pero no uno de esos trolls que salían en David el gnomo, de esos a los que se les caía el moco y daban menos miedo que el perrete del papel higiénico. No, que va… Tras varias semanas encadenando despertares varios, toses, lloros, cabezazos a lo Zidane y demás encantadoras anécdotas nocturnas, yo sería como una criatura diabólica del ejército de Sauron, uno de esos trolls con la nariz ganchuda y los ojos inyectados en sangre, y asquerosito a más no poder. Y con la voz muy aguda, así como de chillar mucho cuando llamas al Jonathan por la ventana para que coja a su hermana la Jenni y se vayan los dos a por el pan al chino (que es muy de aquí, muy de Mordor, ya saben…)

Vamos, que estoy hecha una piltrafilla y eso afecta al humor. Y al cutis, dicen. El cutis, jeje, que yo ya ni sé en qué capa se me ha quedado a mí el cutis debajo de todas las capas de antiojeras e hidratantes que me echo por las mañanas para intentar recomponerme un poco de la batalla. Espeleología tengo que hacer yo ya para encontrarme el cutis, señores…

Y es que lo de dormir poco debería ser considerado un motivo de baja laboral, una enfermedad de las de al menos tres días, de las de quedarte bajo el edredón y mandar a los niños a irse ellos solos al colegio ( y a la guardería también, que se vaya espabilando, que ya va a cumplir un año ¡hombre ya!). Una enfermedad de las de aislamiento preventivo bajo riesgo de contagio de la mala leche que se te pone. Una enfermedad de las de buscar en Internet los efectos secundarios y tras ver las horribles fotos de algunos que han pasado por eso, cerrar el ordenador prometiéndote no volver a hacerlo nunca. Una de esas enfermedades…

Básicamente porque, lo que en otras circunstancias y bajo la luz de unas ocho horas pegando la orejilla, podría ser visto como una minucia, una tontada, una espinilla en una frente adolescentoide, cuando tienes más ojeras que la Esteban y casi su misma expresión facial, se podría decir tranquilamente que todo te parece una patata (por no decir mierda, que luego me dicen que abuso de los tacos, es lo que tiene no dormir…) y que probablemente sería la explicación para cosas como  la extinción de los dinosaurios (¿lo del meteorito? una cortina de humo), la bomba de Hiroshima (una noche mala para el que apretó el botoncito) o la subida del IVA y la ley Wert y los recortes en la Sanidad y la Educación, y la excarcelación de Blesa, y los indultos de Gallardón, y todo el gobierno de Rajoy en pleno… Vamos, que como decía, no dormir bien puede traer consecuencias funestas.

No duermo mucho y no hay siestas en mi horizonte. Ni fines de semana en los que los niños cambien milagrosamente su reloj interno, que debe ser suizo el puñetero… Allí a lo lejos vislumbro unas vacaciones en las que sí, al menos aspiro a desconectarme del mundo y no tener que fingir que soy humana cuando en realidad soy un despojillo con patas.

Porque a que el niño me deje dormir no aspiro por ahora. Y como me cruce un hobbit… no les digo lo que le hago…

Flores en las ventanas

Son días duros para la poesía. Y para el humor. Y para la humanidad, en general.

Preferentes, quitas, desahucios, duchas de agua fría y recortes, tres comidas al día, censura y malos periodistas, saltos desde trampolín, coreanos atómicos, venezolanos que hablan con pájaros, españoles por el mundo buscando un trabajo digno…

Están siendo días muy duros para muchos, meses y años en los que toca reinventarse, buscar caminos nuevos y quizás, también, quitarnos la camiseta de la comodidad, se acabó el conformarse con lo que nos dan como si no tuviéramos voz y voto y este no fuera más que un papel. Toca salir a la calle a gritar y defender lo que tanto trabajo les ha costado conseguir a nuestros padres y abuelos.

Y también es momento de quitarnos de en medio a unos cuantos que nos sueltan, así como si pasara nada, que lo que pasa es que los de derechas sí pagan la hipoteca, que lo que pactaron fue un sueldo en diferido, que los millones de euros en Suiza sin declarar son producto de su trabajo, que su mujer no sabía nada, que ella misma no sabía de dónde salían los ferraris, que el dinero de los EREs se había desviado sin querer a los bajos de su casa, a los que nos dicen que tenemos que pagar su mala gestión arruinando cajas y bancos mientras se piran con finiquitos multimilonarios…

Yo no sé cuál es la solución para echar a los mangantes y a los delincuentes y a los prevaricadores, y a toda esa gentuza que vive a nuestra costa, chupándonos la sangre cuando está el país entero consumido entre deudas, impuestos y recortes. Y cada vez me los creo menos, a esos farsantes que se dirigen a los periodistas desde una tele de plasma, que ni se atreven a recibir preguntas en directo, y que se las apañarán para salir airosos, hagan lo que hagan. Como el que se va a Catar.

Sí sé qué toca protestar a todas horas y no callarse. Y que a pesar de la creciente marea popular, que viene a ser los millones de personas a los que por un lado o por el otro nos están están robando, no nos hacen caso. Y siguen con sus medidas, y sus ajustes, y sus subidas, y cerrando el nudo en torno a nuestros cuellos.

Sé que en dos años y pico volverán las elecciones y que la solución no está en la alternancia porque todos cojean del mismo pie.

Pero también sé que no nos rendiremos. Y que seguirá habiendo poesía, a pesar del mal rollo y de la tristeza. Y seguiremos luchando por una vida digna, por un trabajo y un sueldo en condiciones. Y que el humor no nos dejará nunca, porque de la mala leche y de las desgracias también se hacen chistes en este país nuestro.

Y sí, seguiremos poniendo flores en las ventanas…

Sarah y los tacones

El otro día, pudo ser ayer o hace un mes en mi desbarajuste temporal, escuché en la radio que a la abonada a los taconazos, Sarah Jessica Parker, sí, la actriz caballuna de Sexo en Nueva York, le había prohibido su médico llevar tacones. ¡Toma ya! ¡Vaya notición! Pensé, mientras me dejaba llevar por la trivialidad más frívola, que por un rato que dejemos de lado la realidad tampoco pasa nada…

Sarah y los tacones Y es que la buena de Parker se ha deformado los pies a base de aumentar su reducida estatura unos cuantos, muchos, centímetros al día desde hace un porrón de años y ahora no puede ponerse un taconazo salvo que le vaya el caché en ello y tiene que ir de plano por prescripción médica.

Desde luego este caso no deja de tener su enjundia, porque la amiga Sarah, no sabemos si por imposición del guión, pero sospechamos que más bien por ese afán tan humano de «ahora que puedo y estoy ganando millonazos por capítulo me pienso poner lo más caro que pille» demostraba durante toda su serie tanta o más pasión por los tacones que por el mismo sexo que da título a la famosa serie. De hecho, fue gracias a ella que medio mundo femenino con sueldos de latitudes sureuropeas (como dicen los alemanes) descubrió mucho más sobre zapatos que sobre otros temas más humanamente trascendentales como coitos,posturas y demás fruslerías eróticas (que si habéis visto la serie tampoco son para tanto).

Allí, en esa serie que sí, he visto completa y muchas veces además, como mi santo ha podido comprobar, escuché y ví por primera vez unos manolos, esos zapatos solo reservados para presupuestos absurdamente astronómicos, y que para el precio que tienen bien podían prepararte unas lentejas, hacerte la colada,  enseñar chino a tus criaturas y, por supuesto, desplazarte al Ahorramás por retropropulsión además de servirte, por supuesto, como lo que son, unos ZAPATOS, muy monos y con mucho glam eso sí, pero zapatos al fin y al cabo, que hay que joderse con los manolos estos…

Así que, claro, conociendo como conocemos la pasión de esa mujer por lucir modelitos en sus pies, además de en el resto del cuerpo, escuchar que ya no va a poder presumir de vestidor-zapatero teniendo como debe tener los modelos más exclusivos y caros of the world, qué queréis que os diga, me dejó anonadada y un pelín complacida, la verdad. Quitando lo jodida que pueda estar la protagonista por no poder dejar de tener estatura de hobbit salvo en ocasiones especiales y alfombras rojas de guardar, esta noticia me impactó, me pareció terrible y fascinante a la vez, y me encontré a mí misma regodeándome en esa satisfacción morbosa que encontramos en desmontar las vidas perfectas de los que por fuerza no pueden serlo… ¿No es una venganza perfecta de sus maltratados pies a esta pérfida nariz pegada a una mujer? A mí me lo parece…

Suena malvado alegrarse del mal ajeno, porque está claro que para llegar a este punto la mujer debe haber padecido dolores interesantes en sus explotados piececillos, y no, no me alegro del dolor ajeno. Pero sí que reconozco un regustinín interno, un desagravio cósmico, un ligero «te jodes, no ser tan asquerosamente perfecta (a pesar de la nariz)», un «no me alegro, pero casi»…

Porque para las mujeres normales como yo, que no tenemos un vestidor millonario en nuestros dormitorios, que ni siquiera soñamos, aspiramos o transpiramos para llegar a tenerlo porque simplemente es impensable, imposible e impagable, escuchar que una mujer que ha ganado millonazos a porrones por vestir ropa y calzados obscenamente caros, ir siempre de portada de Vogue y poner morritos con tres amigas en la tele sin enseñar ni un pezón en una serie supuestamente de sexo, tiene que rendirse ante sus pies vengadores y bajarse al mundo del zapato plano (ya, ya, que no por planos serán más baratos, que lo sé), y sobre todo de los mortales con juanetes, pues qué quieren que les diga, a mí, a mi vestuario de 50 euros de media con manchas de papilla y vómitos, a mi calzado de marca ni-su (pero siempre española por dios, no me compren zapatos chinos porque la deformación de la Parker puede ser una broma comparada con sus piececicos después de una hora con ellos), y a mi penoso presupuesto mensual, sí, lo declaro sin tapujos, a mí eso me reconforta, me hace sentir menos mundana en mis zapatos de batalla, menos falta de glamour, más orgullosa de mis pies de clase media-baja, feísimos según me decía mi madre, pero al menos bien tratados.

Ahora solo me queda escuchar que además de los tacones, la pobre Sarah Jessica Parker no podrá vestir modelitos de alta costura, salvo en contadas ocasiones, por haber desarrollado una muy molesta alergia a los tejidos de alta calidad de más de 600 euros, teniendo que refugiarse en la temporada primavera-verano del Primark y las colecciones atemporales del Kiabi.

Para qué queremos más…

*En este post no se ha dañado mentalmente pie deformado alguno, a Sarah Jessica Parker ni a Manolo Blahnik. Sin rencor que luego nos vuelve el karma y la hemos jodido.

 

 

 

Motivos para empezar bien el día: mi sister

Mi hermana, la hippie, la «humanista», la que vuela cuando va de paseo y te deja a tres kilómetros a paso normalito, la que comparte mi sentido del humor que nadie más entiende, la que es  famosa en su universidad, la que saca todo matrículas y sabe cosas que a los demás nos parecen inútiles, la que hace magia con los niños, la que tiene más de mi madre de lo que ella se imagina, la que estará conmigo para siempre y cuando seamos ancianas nos seguirán confundiendo la voz por teléfono… Eso sí, no iremos con las pintas de espantajas de las CocoRosie éstas, por dios, que están más para allá que para acá…

Te quiero sister, y el vídeo de las locarras rarunas que me has enviado me ha encantado.

Emprender con bebé a cuestas

Así todo el día...
Mucha gente me pregunta cómo me las apaño para sacar trabajo adelante con un bebé de casi nueve meses adosado en mi chepa o a cualquier otra parte de mi cuerpo durante todo el día.

Porque, para quien no lo sepa, este bebé no es una criatura, este bebé es mi sombra. Está pegado a mí las 24 horas del día, salvo ratillos en los que consigo soltar la ventosa y despegarme de él para ir a buscar a la bestia parda al cole.

Y que conste que yo encantada, oigan, que estoy disfrutando de este pequeño monstruo como una petarda, pero vamos, que el momento en el que, de repente, me doy cuenta de que, por casualidad, me veo una mano libre y vuelvo a ser bípeda, me entra el estrés frenético de mujer emancipada y empiezo a hacer miles de cosas a la vez: depilarme mientras me hago la manicura, me exfolio, leo un libro sobre horticultura y hago unas cuantas posturas del loto, la garza y no sé qué animal más de esos de relajación…

Bueno, la cosa es que vivo con un ser de nueve kilos «averrugado» a mí, más una de casi cuatro en plan rebelde semi-adolescentoide. Y como además de eso, que ya merecería una vida entera, intento trabajar y que, además, mi santo no me tire un ladrillo con una nota para poder comunicarse conmigo, al final voy haciendo malabarismos y trucos de magia para no morir en el intento.

Pero sobre todo, después de estos meses experimentando en mis carnes la conciliación más radical, y de darme contra la pared varias veces por zopenca y obstinada, he sacado las siguientes conclusiones, flojas, por supuesto, y muy mías, así que seguramente erróneas, sobre sacar adelante tu negocio con bebés a tu cargo y no morir, al menos de una manera muy dolorosa, en el intento.

– Conviértelo en parte del negocio: De hecho, si estoy en todo este  lío es para poder pasar más tiempo con el gordo y con la bestia parda. Así que, lo mejor es integrarlos en mi filosofía de trabajo, en mis reuniones, en mis eventos y en todo lo que hago. Suerte que tengo que el bebé es muy portátil, que porteo que da gusto y que mi santo me ayuda, pero oigan, también me dan mucha fatiguita, que irte al centro de Madrid a una reunión con un bebote gordo a cuestas, con lo mal que está el metro en plan de accesibilidad, ains, no les digo nada y se lo digo todo…

Al bebé le llevo a todas las reuniones y acude como un socio más. Normalmente suelo avisar de que acudo acompañada para evitar sorpresas desagradables (más que nada para que las caras no sean demasiado largas, aunque hasta ahora nunca se ha dado el caso), aunque, francamente sería mucho más fatídico acudir con un socio en pleno coma etílico, o al que le huele el aliento o un maleducado impresentable. Mi bebé es un amor (no es porque sea el mío, pero quién lo niegue que venga y me lo diga a la cara, je) y doy fe de que es mucho, muchísimo más agradable, e incluso aporta más, que muchos con los que he coincidido en reuniones de negocio.

He de decir que el momento dar el pecho en plena reunión por imposición de mi socio lactante puede ser una prueba de fuego para la negociación. Pero ¡ah! las cosas están cambiando y bueno, ¿qué tal empezar ahora?

–  Impón tú el ritmo: Aquí va una píldora de pseudo-sabiduría que sé que comparto con amigas emprendedoras y que me encantaría plasmar en lo que hago. Como mi negocio comparte mi tiempo, escaso, con mis hijos, tengo muy claro, clarísisissisimo que lo primero es lo primero. Y que las prisas son muy malas amigas. Así que combinando ambos conceptos, llegamos a la máxima que intento que prime sobre todo: a mí me va el slow business, trabajar a un ritmo pausado, dedicando el tiempo necesario a cada cosa, incluídas las criaturas adosadas y lactantes, o escribir un email sin faltas de ortografía por ir corriendo. Intenta hacer una cosa cada vez y no atiendas llamadas de teléfono de trabajo si estás en medio de una discusión con criatura.

A ver, esto es como todo, las mujeres somos muy multi-tareas y podemos cambiar un pañal mientras cerramos un acuerdo de colaboración. Pues claro que sí, y eso nos convierte en unas reinonas de las de trajes de plumas y plataformas de dos metros. Pero sí que debemos ser ahorrativas con nuestras fuerzas, dedicar las energías necesarias a cada cosa, y priorizar en qué volcamos nuestro empeño. Si estás montando una empresa, esa tarea puede absorber todo tu tiempo, más del que tienes. Y eso es incompatible en principio con un bebé, que es un «saca-cuartos» energético de lo mejorcito. Así que, ahí nos vamos al siguiente punto…

Acepta el momento, disfrútalo y sé paciente contigo misma: vamos, que lo mejor es no frustrarse porque está claro que con uno o varios niños pequeños, si queremos pasar tiempo con ellos, y además trabajar en tu propio proyecto, hay que asumir, y cuanto antes lo hagas, mucho mejor, que NO PODEMOS LLEGAR A TODO. Y punto. Fuera frustraciones, culpas y enfados porque el día no nos dé más de 24 horas, porque nos hemos olvidado del día en que tocaba disfrazar a la bestia parda o mandar ese email super, super, super, super, megaimportantedelamuerte sin el cual el mundo se va a la mierda. No señores, nada se va a la mierda si no mandamos ese email así que no nos toquen las amígdalas.

Y esto lo digo porque después de meses alternando entre el autofustigamiento, los mea culpa, los quémalamadresoy, y el no valgo para esto de emprender, llega un momento en el que te das cuenta de que lo importante, lo realmente importante es encontrar ese punto medio en el que te perdonas por tus errores y te das margen para que las cosas vayan más despacio (ya compraremos Google cuando se pueda, coñe) y para disfrutar como toca a ese ser babeante y gritón que se está comiendo tu cuaderno de apuntes a tu lado mientras escribes esta reflexión floja.