Obsesiones, amebas culturales y Alt-J

Llevo unos días total y devastadoramente obsesionada con dos cosas: un grupo musical y un programa de televisión con más años que yo. De la serie algún día conseguiré hablar en Homoseriens, si soy capaz de sacar el tiempo para actualizarlo (no tengo perdón, lo sé) . Del grupo y de lo que ha liado en mi cabeza, no me queda más remedio que soltarlo o reviento.

Así, entre nosotros, reconozco que normalmente me pasa solo con una canción, y durante un tiempo, que puede variar según la fiebre con que me pegue, la repito una y otra vez, en todos los volúmenes posibles y en todos mis dispositivos digitales a mano (porque casette no se estila, que si no también!). Pero hace unas noches descubrí, oh, milagros del destino, a Alt-J. Seguro que los entendidos en música, como mi sister, que es una listilla musical y que se sabe de memoria la programación de Radio 3, pensarán que llevo siglos de retraso, pero bueno, teniendo en cuenta que curro en casa y la mayoría de las veces me enchufo la lista y meto quinta, mi conocimiento musical se va limitando a lo que descubro en el spotify cuando me pongo y lo que me canta mi hija cuando viene del cole (y la mayoría de las veces lo segundo mola más, la verdad).

Ya he comentado alguna vez que siento que desde que soy madre y encima trabajo por mi cuenta, mis neuronas, o bien se han puesto en huelga o bien es que he perdido muchas por el camino. Y sobre todo en la parte intelectual, entiéndase por intelectual todo lo que sale en la 2 y que ahora me resulta ajeno y desconocido. Soy una ameba culturalmente hablando. Mis amigos y mi santo me quieren igualmente, pero yo lo sé. Y ellos también.

Pero el caso es que en uno de estos afortunados golpes de suerte musicales descubrí un vídeo que me dejó con la boca abierta, Hunger of the pine. Sí, he estado tentada de incluir el vídeo directamente en el post, pero reconozco que no soy capaz de verlo otra vez. Así que no quiero hacer pasar ese mal rato a nadie. Eso sí, a pesar del trago que me dejó, la canción me provocó uno de esos momentos en los que se te para el pulso (sí, es una metáfora muy coplera, pero funciona) y el tiempo deja de contar. Y algo se te queda ahí entre la garganta y el pecho. Ese momento único en el que te enamoras y le das la vuelta al reloj de arena.

Y esto me suele pasar con canciones, aisladas. Pero en este caso, Hunger of the Pine me abrió la veda para seguir indagando sobre el grupo. Y devoré todo lo que pille a mi paso. Todos sus discos. Todos sus vídeos como Something good, que también te deja tocado. Con el ansia del adicto que necesita más. Con la alegría del que ha encontrado a un amigo que ni siquiera sabía que tenía. La carne de gallina y el placer de volver a emocionarte con una melodía, con una voz, en este mundo en el que todo va tan rápido. Tan estúpidamente rápido.

No sé qué diantres le pasa a este grupo con los vídeos truculentos. Sus canciones no la transmiten al menos. Quizás será por eso por lo que el contraste en los vídeos es tan fuerte. Desconcertada me tienen. Y entregada también. Es una mezcla de “no me gusta nada lo que estoy viendo” con “oh, dios mío, ¿qué está pasando?” sin poder retirar la mirada de la pantalla.

Como el vídeo de Breezeblocks, el que he incluido en el post. Y no voy a contar nada porque quiero saber qué os parece a vosotros.

¡Un abrazo!

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Motivos para empezar bien: Canciones en la cabeza

Es lunes y me ha costado un dolor despertarme.

Debe haberme cambiado un ritmo circadiano de esos porque mi cuerpo no está muy satisfecho con madrugar justo a esa hora.

Lo bueno es que tengo una canción en la cabeza desde ayer que, desde que he conseguido despegar las pestañas, ya ha empezado a golpearme fuerte entre ceja y ceja. La he puesto corriendo en el reproductor, bien alta, libre ya de criaturas y de gritos, y me he entregado por completo a la causa: ¡es lunes!

¡Vivan las canciones que te persiguen durante días! (todas menos las del cantajuegos, sorry)

Aves nocturnas, y por muchos años

Yo, por las noches, me pongo el pinganillo y oigo la radio. Desde hace, como poco, 20 años. Siempre. Y hemos superado todo juntos, problemas, insomnios, viajes, etc. Duerma donde duerma, siempre llevo mi radio y mis auriculares. Un poco como un tic maniático, costumbre de loca con gatos o contar losetas mientras andas… Pues sí. Lo reconozco.

Cuando estuve viviendo en Alemania me ponía la radio local para coger el aire bávaro o conseguir eso que decían de que durmiendo aprendías más que de día. No funcionó por arte de magia, aunque nunca sabré si ayudó o no a que aprendiera alemán. Cuando empecé a tener pareja pensé que lo iba a tener que dejar… esas cosas que se piensan al principio (también conseguía estar depilada siempre, esas cosas del principio…). Hasta que vi que él se ponía sus programas de fútbol y tan feliz. Asunto solucionado, cada uno con la suya. Cuando tuve a mi hija pensé que iba a tener que dejar la costumbre porque lo mismo no la oía con la radio puesta (malamadre in action total), pero tras las primeras dudas, los berreos de 300 decibelios, y ver que la vida seguía aún con niña adosada, mi adorada y fiel compañera de almohada siguió conmigo.

He ido cambiando de programas según la época y según los deseos de los directores de cadenas, a los que detesto en muchas ocasiones, pero siempre intentaba que tuvieran dos elementos:

– Que fuese en formato conversacional, solo música no me vale.

– Que fuera divertido y/o de miedo. Como dice Alaska, no quiero más dramas en vida

He intentado evitar por todos los medios:

– las tertulias políticas, por ofuscadoras y porque acabo llamando de todo a alguno, o a todos, los colaboradores.

– “Hablar por hablar”, aunque éste ha caído algunas veces, y yo no sé los demás pero para mí es imposible conciliar el sueño pensando si el que llama está siendo sincero o se está inventando la trola de su vida cuando dice que está enrollado con su tía, que a su vez, tiene un lío con el jefe de su mujer… Ufff, pasooooo. Siempre me imagino a la locutora, en esos silencios tan elocuentes, reprimiendo un ataque de risa cuando el interlocutor le comenta llorando que no llega a chuparse los dedos de los pies (cuando no otras cosas más escondidas…)

– Fútbol: alguna vez he escuchado de refilón programas y tela, igual de ofuscados y enfadados que las tertulias políticas pero encima por algo tan absurdo como el fútbol (con perdón). Ni de coña, gracias.

– Los programas de música dance/trash/etc: muy mala para dormirse, al menos para mí.

Así que con estas premisas, cada noche duermo con el transistor junto a la almohada o los podcasts ahora, y han pasado por mis orejas todos los episodios del mítico Historias de miedo de Juan José Plans, de RNE, La Rosa de los Vientos antes de que muriera Juan Antonio Cebrián, casi toda la trayectoria de Iker Jiménez en la Ser, que me ha reír muchísimo, cosas que ha hecho Toni Garrido de madrugada, el Si amanece nos vamos, las retrasmisiones de los Oscar, los programas de madrugada del Cine de lo que yo te diga de la Ser, el programa de Tuñón hasta que le echaron de Radio Nacional, y muuuuuchos más que seguro que se me quedan ahí almacenados en el cerebro.

Como también he sido consumidora enfervorecida de la tele en mis años más tiernos, estoy segura de que la mezcla de televisión ochentera y radio nocturna sin control ni parental advisory tendrá, o debe estar teniendo, efectos secundarios devastadores en mis circuitos cerebrales.

Estoy segura de que la radio, salvo catástrofe en la programación y que desaparezcan los podcasts para siempre, me acompañará siempre.

Y aquí os dejo una canción que escuché anoche y que me quedé con las ganas de traer al blog.

¡Feliz viernes!