Escalofríos de la muerte: obras en casa

Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor, y quien tenga esas tres cosas que no se meta nunca en obras…

Así es la canción, amigos, al menos en mi barrio.

Porque las obras, ya sea cambiar los azulejos del baño, echar el gotelé o renovar las cañerías, son el castigo que nos vuelve por algo medio malo que hayamos cometido, seguro. Que yo en esas cosas del karma creo mogollón. Y con cada día en los que obreros polvorientos invaden mis murallas y me empapuzan los suelos con esas huellas del 50 que no salen ni lijando las baldosas, yo estoy purgando algún pecado de grado 3 en la escala criminal.

Todas las obras tienen un mismo elemento común demoninador: la incertidumbre.Sabes cuando empiezas, pero nunca, repito, nunca, cuando acabas.

Aunque a veces ni siquiera está tan claro cuando la crisis llegará a tu vida. La primera obra que hice en casa, así a lo grande y estando ya instalada, empezó una semana antes de lo pactado (por qué? porque sí), un sábado a las nueve de la mañana, con el pijama puesto, la bata y una panza de unos cuantos meses de embarazo. En pleno desayuno relajado y festivo, se hicieron fuertes en mi casa una cuadrilla de cinco o seis hombretones de distintas procedencias y nacionalidades, que maza al hombro, se colaron en mi baño con eso de «voy a ver cómo está el techo antes de na…» y en menos que silva un canario me habían dejado el baño con vistas al cielo de Madrid (o en su defecto al suelo de mi vecino de arriba). Así, sin piedad, con mi santo y una servidora con la mandíbula hasta el suelo y jurando y perjurando que habíamos quedado con ellos la semana siguiente, para avanzar en su destrucción total por el techo del pasillo y la cocina.

Que no dí a luz allí, en ese mismo instante y lugar porque una, del susto, apretó bien las piernas mientras corría a salvar sus enseres íntimos de las manos del «Chernobyl» (nombre cariñoso con el que apodamos a este ser destructor, de palillo entre las muelas y sobaco pendenciero) y sus compinches de brazos tatuados y gorra calada hasta las cejas.

Aquel fue, sin duda alguna, el peor comienzo para una obra que pudiera haberme imaginado. Pero al menos, si hay que buscarle algo positivo, no tenía más que la panza como pasajero, y podíamos emigrar dignamente, mi santo y yo, allá donde nos quisieran, sin tener que cuadrar horarios, guarderías, comidas y demás…

Que es, básicamente, lo que nos ha tocado en esta ocasión, nuestra segunda obra a lo grande. Y es que a la incertidumbre de no saber cuándo terminará esa pesadilla, al esfuerzo que supone desmontar, limpiar y volver a montar una casa y huir como forajidos durante una semana, tienes que sumar la labor de artesanía que supone sacar a la cría de su casa, de la guardería y de su rutina durante todo ese tiempo.

Que si lo piensas bien y con tiempo, no lo haces. Ni loca.

Porque después de cinco días en entorno abueril (dando gracias desde aquí al acogimiento político), la niña está colgada de las cortinas, gritando que no a todo lo que no sea chocolate y contestando solo si es su abuelo el que la llama. A mí es que ni me mira, y toda mi autoridad se ha visto reducida a esa figura borrosa que la lleva a dormir por las noches, la regaña cuando hace cosas mal y no le deja jugar a la pelota en el salón con las figuritas de Lladró de la suegra. Ideal, vamos. Dos años de condicionamiento a lo Pavlov echados a la basura en menos de una semana… (es broma, eh? que yo a mi hija si la educo-condiciono ya es siguiendo alguna escuela mucho más actual tipo Super Nanny o cosas así).

Menos mal que somos unos inconscientes, que no tenemos cabeza (ni ahorros después del pastón que se han llevado los señores obreros) , que a la niña la volveré a meter en cintura en cuanto pise este suelo nuestro (del que no saldrá la huella del «Chernobyl» ni aunque pasen veinte años) y que después del sacrificio me va a quedar la casa, como mínimo, como los baños de la Preysler, que si no…

Qué le dirás a tu hijo…

Hoy he descubierto un método eficaz para empujarme a actuar cuando el peso de la gravedad me inclina a dejarme llevar por las circunstancias, vamos, cuando no me atrevo a mover un dedo y prefiero que las cosas pasen en vez de tomar la iniciativa.

Eso tan traído y llevado de la proactividad como un «must» se materializa dolorosamente con toda su relevancia en ciertas ocasiones y queda patente (sobre todo cuando nos va mal) que deberíamos practicarla como estrategia habitual ante la vida. Pero reconozcámoslo, a veces cuesta eso de decidir. A veces las excusas se multiplican: no es mi culpa, que lo digan ellos, no es mi trabajo, la abuela fuma, el abuelo juega al bingo, y así hasta los deberes se los comió el perro, remontándonos a nuestros años mozos.

Y a veces, por esto tan usado de la costumbre, pensamos que ante algo que no nos gusta, la mejor política es la queja. Y nos lamentamos amargamente de nuestro sino, de nuestros jefes, del vecino ruidoso, de los malvados planes para dominar el mundo de los chinos, o del sabor barbacoa del Telepizza. Todo vale para seguir arrastrando las perchas de nuestros trajes hechos a medida, nuestras excusas.

Eso pasa y pasa y pasa. Y puede pasar durante toda la vida. O puede llegar un día en el que piensas en qué le dirías a tu hijo si él te planteara el mismo problema al que NO te estás enfrentando tú ahora. Yo lo tengo claro. Le diría: Hija, déjate de pamplinas y de mirar el facebook todo el día y demuestra que tienes ese par de huevos metafóricos que has heredado de tu padre y de tu madre. Hazte valer, ¡coño!.

Bueno, a lo mejor con esas palabras no se lo soltaba. No quiero manchar mi «inmaculado» expediente maternal con insultos y referencias anatómicas no apropiadas. Pero bueno, en esencia, ahí está el mensaje que a mí misma me ha servido de acicate, de cachete virtual y de motivo para decir, ¡aquí estoy yo! ¡con mis huevos! (metafóricos, reitero).

Amigos, practiquen la proactividad, como quieran, con huevos o sin ellos, pero ténganla presente y transmítanla a sus congéneres. Y así el día que nuestros hijos nos planteen algún dilema por el que seguramente ya habremos pasado (por viejos y vividos) podremos decirles con ese típico tono paternal: haz como yo, y échale un par, hijo…

15M: La generación indignada

¿Valdrá para algo este revuelo? ¿Servirán los gritos y las pancartas para que alguien allí lejos, donde se manda, se den cuenta de que estamos hartos? ¿Es ésta la reacción que sigue a la indignación?

Ayer quedó claro que mi generación y alguna otra más no quiere seguir por este camino de fracaso, de frustración hipotecada, de borreguismo ignorante y fines de semana dentro del centro comercial. Estamos cansados de no tener más remedio que esconder la cabeza para no ver el desatino, el desastre, que esos que se hacen llamar políticos están sembrando en nuestro país, y a nuestra costa, por supuesto.

Nos están privatizando la sanidad y la educación, dos pilares de nuestro tan vendido bienestar, nos están recortando los avances sociales y laborales que tanta sangre y sudor costó alcanzar, nos venden que escolarizar a nuestros hijos nada más nacer es algo sensato y productivo, y nos están haciendo pagar las deudas de unos bancos especuladores que pese a haber fracasado estrepitosamente en su trabajo (yo me pregunto qué pasaría si cada uno en su trabajo cometiera los fallos garrafales que les han llevado a todos estos a tener que ser rescatados por los gobiernos? ¿a vosotros no os darían la mayor patada en el culo vista jamás?) siguen decidiendo nuestros destinos con créditos imposibles, condiciones enrevesadas, millones y millones de bonus  y beneficios para sus directivos(por especular con nuestro dinero, ¡no lo olvidemos!)  y siguen marcando el rumbo de la política.

Nadie se cree ya, y si lo hace que se quite la venda, que los gobiernos hacen lo que hacen por nuestro bien. Eso quedará para los pensadores, para los utópicos, para los soñadores. Porque para mi generación y para otras cuantas, la realidad es bien distinta. Es la economía la que nos controla. Las leyes del mercado y sus señores, con sus demandas, sus imposiciones, sus privilegios y sus marionetas, los políticos, los que nos están llevando por este camino. Y los que nos dicen, tranquilos, la crisis pasará, volveréis a comprar casas y coches y viajes, que no podéis pagar, con créditos que vuestros hijos heredarán y que adornarán vuestras lápidas con los TAE y los EURIBOR que os quedarán por abonar.

Indignez-vous! de Stéphane Hessel, La doctrina del shock de Naomi Klein o Reacciona de gente cabal como José Luis Sampedro, Federico Mayor Zaragoza o Baltasar Garzón, vienen a darnos la razón. A llamarnos a la acción. A que veamos más allá de lo que nos cuentan. A que recuperemos algo de nuestra dignidad vendida a cambio de un interés del 4%. Tal vez sólo sean palabras, y no motiven a toda una generación a cambiar el destino de una nación en decadencia. Pero son unas palabras coherentes, con sentido, llenas de verdad, de realidades dramáticas como las que están viviendo, por ejemplo, los millones de personas en paro, que va a llegar a cinco en dos «patás».

Son palabras hirientes que como poco tendrían que llevar a los millones de escépticos, entre los que siempre me he encontrado, tengo que reconocerlo, a plantearse otra actitud que no sea la desidia derrotista y el ir tirando.

La verdad es que la cosa pinta mal, no podemos engañarnos. Solo hay que echar un ojo a nuestro país, que se moviliza más por un clásico R. Madrid- Barça o por defender a Belén Esteban frente a la Campanario que para levantarse contra escándalos políticos como todo lo que está pasando en Valencia con Camps o en Andalucía con Chaves, por no enumerar uno a uno las «fiestas» en nuestro honor que se pegan los mandamás cada día.
Y si miras más allá, a ese reducto irreal llamado Europa, flipas con los alemanes donde es best-seller un tipo llamado Thilo Sarrazin con un panfleto que culpa a los inmigrantes de todos los males germanos, y del mundo casi, (¿no nos suena a nada ese pensamiento?). En Italia siguen eligiendo como presidente a un esperpento operado y mafioso, que mientras maneja el país entre empujones a golpe de viagra, se juega a piedra, papel y tijera con Francia el destino de miles de refugiados llegados en patera a las costas italianas. Una Francia que por su parte echa humo entre otras cosas alucinando con el candidato a quitarle el puesto a Sarkozy, el insigne y reincidente Strauss-Kahn, ni más ni menos que actual director general del Fondo Monetario Internacional y acusado de tocar algo algún otro fondo no monetario este fin de semana. Alucinante, ¿no?

Y no hablamos de la escalada de los partidos de extrema derecha en Suecia, el mirar hacia otro e indiferencia de los «neutrales» suizos, o las cosas de Portugal, Grecia o Irlanda, que están lo bastante embarrados con pagar la deuda de esas «ayudas» tan majas como para pensar en cosas más mundanas…

En fin, que el panorama es desolador. Y que con este ambiente general lo que nos pide el cuerpo es meternos debajo del edredón.

Pero, por suerte, también existe Islandia. Y los individuos con voz y voto. Y la indignación en respuesta. Y la dignidad de un pueblo.

Se acerca el 22M y no soy partidaria de consignas. Estamos en plena campaña y las promesas electorales llenas de florituras y bondades llenan carteles de 2×2 en nuestras calles.

Ayer, sin embargo, las calles se llenaron de gritos a favor de la dignidad. Y ayer me sentí orgullosa de mi generación, al menos durante un rato. Y no porque se lleve, ni porque un grupo de modernos se haya echado a la calle en vez de tirarse en la plaza de La Latina.

No soy partidaria de consignas, ni yo misma las sigo.

Pero hoy más que nunca…

 Leed. Informaos. Pensad.

La carrera de las buenas madres

Cuando hablo con mis amigas embarazadas y primerizas siempre constato las innumerables dudas que nos asaltan a todas (alguna excepción habrá, de aquellas que desde los cinco años sabe que va a ser una madre fantástica, pero yo no la conozco aún). Y es, entre otras muchas de extrema gravedad, si seré una buena madre.

Dios, es hacerte esa pregunta a ti misma o a los demás y empiezan a pasar por tu mente todo tipo de escenas futuribles en las que se pondrán a prueba tus dotes innatas (en teoría) como criadora, amamantadora, cambiadora hábil de pañales, justa pacificadora y astuta negociadora/secuestradora de juguetes, experta en nutrición, en detectar fiebres incipientes con la palma de la mano, en introducir supositorios con suavidad pero firmeza…. Y miles de superpoderes más que ni la Marvel ni DC en sus mejores tiempos es capaz de aunar en un solo personaje (que yo sepa a Wonder Woman no le asoman los discos absorbentes por el corsé ni utiliza el sacaleches como arma arrojadiza)…

Todo eso es una carga que ya desde el primer mes de gestación te vas acostumbrando a llevar sobre tus hombros. O sobre tu panza, que se va convirtiendo con los meses en apoyadero de lujo para el bol de cereales. Y la respuesta de todo el mundo, por lo general, cuando manifiestas tus dudas sobre tu habilidad para coger a una criatura tierna como un bollito recién salido del horno, suele ser, simplemente, que eso te sale. Que le vas cogiendo el aire. Que no sabes de dónde pero te viene. Como cuando has estudiado mogollón y vas al examen sin chuleta ni nada, convencida de que cuándo veas la pregunta, la respuesta te llegará volando desde el Sitio de las Respuestas Correctas, donde se encuentran las actualizaciones del Android, los emails con buenas noticias que llegan de repente, y la pericia para manejar a tu bebé la primera vez que lo metes en una bañera.

Y bueno, es un poco así. Pero vamos, tampoco es que en cuanto das a luz te ilumines con la gracia maternal, cual santo en sus mejores tiempos. Ni cuando estás postrada en tu cama de hospital, dolorida, confusa y agradecida de que ya haya pasado todo, se abre frente a ti una nube celestial entre cantos de querubines de la cual surge una mano inmaculada que te entrega el Carnet de Puntos de la Buena Madre (con su manual de instrucciones adjunto, en dvd y con explicaciones en 7 idiomas).

No, amigas primíparas. Aunque ya lo sospecháis, esto no sucede (al menos no en la Seguridad Social. A lo mejor en la privada sí, pero lo dudo, en serio). Ni los niños vienen con un pan debajo del brazo, ni la ínclita Ana Rosa escribe los guiones de su programa, ni nuestra pericia como madres es una destreza que nos viene de serie, como el ABS.

Amigas gestantes, todas esas habilidades, como en muchas otras facetas de nuestra vida, las vamos aprendiendo sobre la marcha, eso sí metiendo quinta, o sexta. Y a veces te equivocas de camino, y tienes que dar media vuelta y corregir la trayectoria. Pero eso pasa en todo, ¿no?

Y que no os den gato por liebre, no hay una única forma de hacerlo. Aquí cada uno va encontrando su camino para hacerse con su bebé de la mejor manera: hay quien los coge mucho en brazos, hay quien no los coge más que para cambiarlos o darles de comer, hay quien los duerme al pecho, hay quien practica el colecho, hay quien les da biberón desde el primer día, hay quien sigue dándoles teta a los tres años, hay quien les pone Mozart aún cuando no tienen ni siquiera las orejas formadas, hay quien contrata niñeras chinas para que vayan cogiendo el acentillo mandarín al estornudar, hay quien les lleva a la guarde a los tres meses y se va llorando al trabajo, hay quien no le saca de casa hasta los dos años porque no quiere que se resfríe…. Hay miles de opciones y para cada una de esas familias ésa es la suya, es la buena y es la que le vale. Y ya está.

Así que, felices amigas que esperáis mientras estáis esperando, tranquilas. Esto no es una carrera por ser la mejor madre, aunque a veces nos hagan sentir así desde el mundo exterior. Todas estamos igual de perdidas cuando estamos preparadas en la salida. Aquí lo único que importa es hacer lo que más le conviene a tu pequeño, que obviamente no viene escrito en ningún manual, ni sale en Internet (ah, no? seguro? No).

Mejor ver esto de la maternidad como un paseo, a eso de las cinco de la tarde, en primavera, en el que no compites por ser una buena madre, sino que verás como una andadura de largo recorrido con sus saltos, sus descansos, sus banquitos a la sombra y sus atajos o desvíos, y en el que, por suerte, os encontraréis un montón de seres humanos en circunstancias similares a las vuestras con los que reír, llorar y sobre todo andar acompañados. Lo haréis bien. Seguro.

Teoría personal y prejuiciosa sobre el Cantajuego

Hacerte en coche Madrid-Vigo/Vigo-Madrid (unas 6 horas más lo que tardes parando cada trayecto) puede suponer, accidentalmente, una experiencia reveladora en muchos sentidos y facetas de la existencia ordinaria:

– Te pueden multar por superar los 110, descubriendo con cívica satisfacción que tanto los radares como los agentes de la autoridad hacen su trabajo, y muy diligentemente, sí. Genial, el sistema funciona. Y que a lo mejor te habría compensado viajar en avión…

– Te puedes encontrar con obras en una autopista de peaje, un lujo por el que has pagado 10 eurazos ni más ni menos, para encontrarte circulando a cincuenta en un solo carril, detrás de una fila de camiones, que también tienen derecho a existir, lo sé.

-Te puedes acordar del padre de Homer Simpson cuando le estalla la vejiga en pleno viaje mientras esperas pacientemente a que aparezca una gasolinera. Es una ley universal la que dice que si decides no parar en la última que has pasado, que además se ve desde la carretera y no tienes que desviarte apenas, la distancia hasta la más próxima se multiplicará exponencialmente, tanto como el desvío que tendrás que tomar para poder encontrarla y tanto como la costra que encontrarás en sus baños, suelos y en el perro pulgoso que sale a darte la bienvenida.

– Pero sobre todo, sobre todo, SOBRE TODO, pasar 6 horas del tirón con un niño anclado a su sillita reglamentaria puede darte la oportunidad de desarrollar una teoría personal, y por lo tanto altamente susceptible de ser falsa, prejuiciosa y tendenciosa, sobre este fenómeno generacional:

Los dvd de los Cantajuego esconden un mensaje satánico y altamente perjudicial para la salud mental y/o física de cualquier sujeto víctima de sus cantos y gestos incomprensibles.

Amigos, en mi delirio post-traumático de esas doce horas en coche ida y vuelta, se ha materializado en mi cabeza todo un complot de dimensiones mundiales en el que corporaciones gigantescas y malvadas pretenden hacerse con el control de nuestras criaturas y en que el se empieza por el Cantajuegos, se sigue con la Super Nanny pasando por los happymeal, los chikiparks, Justin Bieber y Hanna Montana y culmina con Mujeres, Hombres y Viceversa y Hermano Mayor.

Porque, si lo pensáis un segundo, ¿de dónde han salido estos tipejos vestidos de jardineros y que, por cierto, nunca son los mismos de un DVD al otro? ¿por qué nadie sabe realmente cómo se llaman: los cantajuegos, el cantajuego, los payasos esos? ¿Por qué tienen tanto éxito si son las mismas mismitas canciones de toda la vida de dios que cantaban Rosa León y Maria Elena Walsh? ¿Quién los ha introducido en el circuito comercial? ¿A quién podemos echar la culpa de su invasión a lo «efecto eucalipto»? ¿Por qué compramos o nos pasamos unos a otros los dvds como si fuera el secreto de la felicidad y nos sometemos a horas y horas de torturas musicales así por iniciativa propia? ¿A vosotros no se os salen los ojos de las órbitas cuando veis esas escenas tan cutres? Vamos, que no pido que les pongan Picassos o paisajes de Renoir, pero francamente, para la pasta que se están llevando, al menos que se lo curren un poco más,¿no?, que se nota que han gastado cuatro perras en escenarios…

No sé, no sé, pero a mí todo esto me da mucho que pensar. Mientras llego a alguna conclusión, seguiré poniéndole a mi niña vídeos de los buenos, y que al menos, salga con los mismos traumas que los míos.

Es verdad, aquí tiene un aire a Ana María Matute!

¡Yo vengo a hablar de mi niño!

El otro día, que puede ser ayer o hace diez años en el lenguaje coloquial, una amiga nos dijo a mi santo y a mí:

«¿No os pasa que cuando os juntáis con vuestros amigos con hijos siempre habláis de vuestros peques?

Si, claro.

¿Y no os parece eso terrible? Una de mis amigas se puso firme en medio de una charla de esas y nos obligó a hablar de todos esos temas de los que «antes» hablábamos: arte, cine, música…».

Pues sí. Aquellas palabras me hicieron pensar (sólo un poco, no se asusten, que para eso estaba de vacaciones ).

Porque aunque no me avergüenzo de reconocer que cuando hablo de mi hija ni el mismísimo Umbral en sus tiempos de gloria podría compararse conmigo en energía, devoción y entusiasmo hablando sobre lo suyo, la pequeña parte de mi cerebro que no anda ocupada en ser madre en todas sus dimensiones aún llega a captar el hastío y el encogimiento existencial de aquellos que me aguantan y a los que el tema Infantesysuscosas  les importa tanto o menos incluso que la reproducción del mejillón tigre.

Lo sé, amigos sin hijos, lo sé. Es aburrido, por decirlo de una forma suave, que hablemos horas y horas sin parar de las grietas en los pezones, los culos escocidos, los gases regurgitantes o la eterna dicotomía Estivil/resto del mundo, entre otras miles y miles de posibles variantes temáticas, mientras nos miráis con la tercera cerveza en la mano y pensáis con amargura por qué no os quedasteis en casa viendo Cine de Barrio.

Inciso: lo estupendo de todo esto es que realmente, realmente, REALMENTE y en lo más hondo de nuestros adentros, no nos interesa demasiado cómo le va a los niños de los demás. Admitámoslo. ¡¡Lo que nos gusta es hablar de los nuestros!! Lo que pasa es que las convenciones sociales, oh divino tesoro, y un poco de educación y camaradería nos empujan a empatizar entre nosotros, y a intercambiar silencios para que hable el contertulio sobre su retoño mientras vamos pensando la siguiente anécdota de nuestro tesoro para dejar al resto k.o. (bueno, a veces, sí nos interesa, pero solo a veces y en casos aislados). Esto que quede entre nosotros.

Lo sé, amigos sin hijos. Somos muy pesados. Y cuando nos reunimos con más individuos de nuestra especie se produce ese efecto «imán conversacional» que acaba atrayendo a la inocente charla términos tan recurrentes y peligrosos como «si le quito el pañal se me mea por las esquinas», «mi niño no me come pero se sabe de memoria la tabla periódica», «mi niña no habla pero está muy espabilada», «la mía recita a Baudelaire mientras baila el Tallarín» and so on, and so on… Y así hasta el infinito y más allá.

Pero, amigos sin hijos, comprendednos. Esto es una fase, y años mediante, pasará. El día llegará (aunque aún queda, sorry) en que volveremos a querer salir hasta las siete de la madrugada, a no mirar el reloj a las siete de la tarde y excusarnos en el mejor momento de la fiesta porque hay que acostar al pequeño, o de no quedar para cenar porque no tenemos canguros… Un día volveremos a ir impolutos cuando salimos de casa, sin manchas de mocos y comida escupida por toda nuestra ropa, y estaremos al día de todos los estrenos de cine, teatro y musicales como antaño, cuando eramos gurús de la cultura y la intelectualidad (capten la ironía, por favor). Ese día llegará, y aunque más viejos,  con más kilos y menos energía, volveremos a salir al mundo, victoriosos, relucientes y alicatados hasta el techo, enarbolando nuestra recuperada independencia y gritando «libertad» a lo Mel Gibson en Braveheart.

Ese día llegará. Digo yo.

Pero hasta entonces, además de lo bien que le va a Raúl en el Shalke, de los caballos del última Clase C, del piquetón y de Shakira, y de cómo está la vida, así a grandes rasgos, permitidnos un ratito que nos regodeemos en nuestras propias miserias y alegrías.

A fin de cuentas, yo aquí vengo a hablar de mi niño.

De culpas y frustraciones maternales

No sé muy bien si la culpa, el sufrimiento y la autoflagelación nos vienen de serie como mujeres, como madres o como personas educadas en el cristianismo y el colegio de monjas (o por todo a la vez, en una mélange esquizofrénica). El caso es que leyendo este post en De mamas & de papas sobre la culpa maternal he encontrado una reflexión de Eva Piquer muy interesante sobre la ausencia de culpabilidad en las madres de antes, en las de la generación de mi madre y anteriores: “Por un lado estaba contigo todo el santo día, sin abandonarte para salir a ganarse las pesetas. Por la otra, en esa época los hijos se tenían porque tocaba y se educaban sin tantos manuales ni modelos de crianza”.

Y estoy de acuerdo con lo que afirma Eva, pero solo en parte.

Es cierto que por aquel entonces, por lo general, no se veían en la dolorosa obligación de «abandonar» a sus churumbeles para ir a currar, para eso ya estaba el esforzado cónyuge, para no llegar a casa hasta las nueve de la noche y no ver a los niños más que los fines de semana para poder llevar el jornal a casita.

Y es cierto que en su gran mayoría no se veían forzadas a elegir entre carrera y familia porque ponerse el delantal y tenerlo todo listo a la hora de comer era su deber y punto, les gustase o no.

Y es cierto que en su gran mayoría desconocían el término diabólico «conciliación», y cuando recogían a sus hijos del colegio no se reprochaban a sí mismas, cilicio en mano, haber llegado tarde, o haberse perdido la reunión de padres o al taller de manualidades con sus pequeños en la guardería.

Es cierto que fueron, en general, una generación de madres sin la culpa como estigma. No vivían con este reproche constante que ahora nos acompaña por no ser madres perfectas, de sonrisas perpetuas, paciencias infinitas y jornadas interminables siempre al dictado del bienestar de nuestras criaturas (pequeños tiranos en potencia que de osar hace unos años a alzarle la voz a sus señores padres como lo hacen ahora se hubieran ido a su cuarto con la huella de cinco dedos y un solitario bien marcada en el carrillo/en el culo/en sendas partes del cuerpo, pero ese es debate para otro día…).

Es verdad que no llevaban la culpa tatuada como nosotras, como señal generacional, que a veces pienso que nos va el sadomaso de lo mal que nos lo hacemos pasar. Pero, qué te voy a decir, que no las envidio para nada. Porque no, la culpa no era su estigma. Pero sí lo era la frustración. Y no es que sea patrimonio de generaciones anteriores el vivir una vida que no es la que hubiesen elegido de tener libre albedrío, pero si nos ponemos en plan comparaciones odiosas, antes lo tenían mucho más difícil para elegir. Y por eso, hace años, mujeres como mi madre dejaron de buena gana sus carreras, buenas o malas, sus trabajos, bueno o malos, y sus anhelos, buenos o malos, por ser lo que tenían que ser: buenas madres y buenas esposas, no siempre en ese orden. No todas, por supuesto. Pero sí una gran mayoría.

Sé que ahora nos autoimponemos miles de normas para ser mejores madres, y que tenemos mucha presión al tener que representar a la vez tantos papeles en esta obra loca: madre dedicada, mujer sexy y provocativa, persona intelectual y cultivada, trabajadora creativa, incansable y realizada, pareja amorosa y atenta a las necesidades de su santo, miembro concienciado de una sociedad indignada, activista política a ratos… Pero seamos conscientes de que gran parte de esta farsa la elegimos gustosamente nosotras mismas, aceptando unos roles que nos gustan y con los que nos sentimos identificadas, y a los cuales no queremos renunciar por nada del mundo.

Renunciar como hicieron nuestras madres. En definitiva. Renunciar y estar/sentirnos frustradas.

El «hostión» de mano vuelta

Está la cosa muy chunga.

Eso es lo que debe haber pensado el pirado de Gadafi al ver su salón «ampliado» y con vistas a los tanques más cercanos.

Y aunque no quiero entrar en el  «te lo estabas buscando, pirao lleno de botox y excéntrico de mierda», si me apetece recalcar que, independientemente de que se lo merezca o no, aquí la señora Comunidad Internacional ha hecho las veces  del padre aquel que presume de hijos ejemplares delante de sus amigos mientras se echa sus partiditas de paddle, que les ríe las gracias mientras sus pequeños, «asalvajaos» perdidos, se encaraman sobre el peluquín del de la mesa de al lado en el restaurante de turno, o que se atreve a encararse con el profesor del colegio cuando éste le comenta lo «molesto» que es que su Miguelito vaya grapando el trasero de sus compañeros…

Pero es también aquel padre el que, en el único minuto en el que le dedica verdadera atención a su mocoso, le mete el hostión del siglo (magnitud 9,7 en la escala hostiómetro), en el que le empotra los dientes en el fregadero por haber metido los palillos en el enchufe del baño o haber abierto el grifo de la bañera para que la radio portátil del abuelo pudiera hacerse unos largos porque no le compraban el último juego de la PSP.

Vamos, resumiendo: tiranillo en potencia, padre ignorante e incompetente, medida desmedida e ineficaz.

Lo mejor de todo es que, según EEUU, «el vicealmirante William Gortney, […] insistió en que el objetivo de la coalición no es en ningún caso abatir al dictador«. Espectacular golpe de efecto, ¿no?. Vamos, que ha sido un hostión en toda regla, pero con cariño, con la mano vuelta para que duela menos…

Mira que me leo todo lo que pillo con la esperanza de comprender algo este galimatías que nos han metido en Oriente Medio. Lo intento, y lo intento. Pero al final lo único que tengo claro es que, de todos los que están saliendo como ratas al notar el humo, no hay ninguno bueno.

Pero desde luego sigo sin entender esta «metodología educativa» que se gastan los amigos aliados, esos que se denominan «los buenos». ¿No decían los expertos que una buena bofetada a tiempo no es un gran recurso pedagógico?

Y el caos se hizo mañana

Hay madrugadas en las que en vez de lanzarse con alegría hacia el mundo exterior más nos valdría utilizar ese impulso para hundirnos más hacia el fondo del edredón para descubrir si hay más allá detrás de las dobleces de la funda nórdica…

Yo creo que mi funda nórdica no tiene final: tiras y tiras hacia arriba y sigue apareciendo más y más extensión de tela con la que taparte… Eso sí, solo tela, porque el edredón sí que tiene una frontera bien clarita, que es siempre más abajo de donde a mí me gustaría que acabase. Enigmas de la humanidad doméstica.

Y podría, debería, haberme quedado ahí meditando si hay más mundos al final de la cama o no. Pero oh tonta de mí, me he empeñado en empezar el lunes con energía. Solo para toparme con un universo hostil que me ha devuelto algo que debo haber hecho fatal en otro momento en forma de catástrofes varias.

La primera: mi casa está llena de virus. Mi garganta y sistema respiratorio están dominadas por el mismísimo demonio, y cada vez que toso parece que surgieran desde las mismísimas profundidades coros de acólitos infernales alabando al creador. Un gusto que da oírme. Pero es que además mi correo también se ha llenado de malvados agentes diabólicos que se dedican a reenviar sin piedad miles y miles de mensajes con contenidos altamente cuestionables a mis contactos. Y a todo esto, yo me pregunto ¿por qué el spam está basado en la pornografía, la viagra y el alargamiento del pene? ¿Por qué no podemos hacer un spam inteligente y reenviar las últimas aportaciones a la humanidad del amigo Punset? ¿O la viñeta del día de Forges? ¿No sería ésta una estupenda solución a muchos de los problemas de insustancialidad del mundo? A mí esto me molaría mucho más, la verdad. ¡Hackers y robots spameros del mundo! ¡Haced de vuestras malas artes una revolución cultural!

La segunda: mi hija ha decidido esconder sus «herramientas escolares» y a las siete y media de la mañana he tenido que rastrear mi casa de arriba a abajo en busca de su taza rosa antigoteo .  Infructuosamente, he de decir. Y eso que he sometido a interrogatorio a la interesada desde que la he sacado abruptamente de sus casi doce horas de sueño. Pero ella, mirándome tiernamente con sus enormes ojos azules, se ha limitado a darme un lametazo en todo el careto como única respuesta. Bien. No tenemos taza antigoteo hoy. Hoy no cumplo el mandatorio del pack «guarderíl» de cada lunes compuesto por: baberos mil marcados por detrás con rotu con su nombre; baby marcado con rotu y con manchas de pintura de colores que no saldrán nunca porque aunque en la guarde dicen que son lavables, debe ser que mi agua y detergente y frotamientos varios no tienen la autoridad suficiente como para que las témperas especiales para niños decidan desaparecer de nuestras vidas; taza rosa antigoteo con su nombre marcado con rotu y que hoy debe estar de excursión, descubriendo el mundo exterior (enhorabuena, amiga, mándanos una postal y traénos algo cuando vuelvas); y sábana bajera de alta calidad y gomitas elásticas, ilustrada con un dibujito personal e intransferible pintado por una servidora para que la niña sepa dónde debe tirarse a la hora de la siesta y no lo confunda con el de sus compis de fatigas (algo que no creo que agradezcan los demás pequeños, ya que mi hija es de las últimas en dormirse y según me cuentan, se dedica a despertar a los afortunados que ya dormitan su merecida siesta. Angelito).

Sábana que oh, la tercera, he olvidado al salir de casa debido a la intoxicación y a la precipitación con que hija y madre hemos salido de casa debido a la calcinación de un apetitoso arroz blanco que estaba yo en proceso de cocinar mientras buscaba la taza, vestía a mi hija y terminaba de recoger un poquito la casa para dejarla presentable en caso de que se presente alguien sin avisar… Se ha formado tal humareda en mi domicilio que hemos tenido que sacar corriendo la olla incendiaria al patio sin ni siquiera intentar salvar algo del chamuscado arroz (parecía poco probable que quedase algo medianamente comestible). Y mientras mi hija me imitaba sacudiendo los brazos a la manera helicóptero para intentar sacar el humo pestilente de la cocina ha tirado la caja de las pinzas de la ropa que, evidentemente, no estaba donde debía, y que ha acabado inundando con un mar de colorines el suelo y con nosotras dos de rodillas jugando al «a guardar» y tosiendo mil demonios entre el humo condenado y los virus estos que me ha pegado mi niña del alma.

Tranquilos todos, no os abalancéis a los teléfonos de urgencias. Las interesadas no hemos sufrido daños, si bien mi estrés ha alcanzado esta mañana unos límites fuera de lo permitido por la Agencia Mundial de Estreses Mañaneros. Y si hay que buscar víctimas, puede que la taza entre en la lista de desaparecidos, le daremos 48 horas para llamar a las autoridades y bajar a la farmacia a comprar el reemplazo.

La casa sigue en pie, Santo de mis entretelas, y es probable que en el barrio nos miren mal durante una temporada debido a ese olor que hemos extendido entre nuestros amables vecinos. Pero bueno, tienen mucho que callar por esa zona, tanto negocio ilegal seguro que es motivo suficiente como para no tomar represalia contra nuestra humilde e inofensiva unidad familiar. Espero…

Y el debate continúa: ahora las madres «tigre»

¿Eres una madre tigresa?

¿Tienes la fusta preparada para cuando tu hijo no ordena su habitación?

¿Exhalan tus poros disciplina desde el mismo momento en el que se abren tus ojos por la mañana?

No he leído el libro de Amy Chua Battle Hymn of the Tiger Mother, pero así de primeras no me hace mucha ilusión, fallo mío, tengo una lista de pendientes que me atraen mucho más (hasta leerme el editorial de La Razón me apetece mucho más). Pero como hay que tener un poco de criterio para poder despellejar a gusto, siempre desde la ignorancia, amigos, pues me he puesto a bucear en la red en busca de referencias sobre esta mujer y su filosofía.

Así de primeras y sin profundizar, en mi línea de superficialidad, descubro que tampoco ha inventado la pólvora. Vamos, que mi madre y casi toda su generación han seguido el mismo método: el de la disciplina espartana. Solo que en el caso de Chua, evidentemente, es la disciplina milenaria de la cultura china, claro. Y me da que le ha aportado un toque personal, medio moderno, medio retorcido. Y aunque no es nada revolucionario, si acaso más bien reaccionariamente anticuado, ha causado un revuelo inexperado entre las-madres-del-mundo-uníos. Inexperado porque al fin y al cabo cada uno educa a sus hijos como le da la gana. Y que esta mujer reivindique el poder de una buena regañina, insultos incluidos, para intimidar a sus hijas a mí personalmente no me sorprende, ni me ofende, ni me asusta. Lo de los insultos no debería compartirse con agrado, no creo que sea un método educativo ideal para la autoestima de los niños, pero claro, cada uno en su casa….

No creo en el método perfecto para educar a los hijos. No hay una regla que sirva para todos, por desgracia. O por suerte, no lo sé. Pero esto es como lo del método Estivill. ¿No te gusta? No lo uses. Fácil. Rápido. Indoloro.

Pero bueno, aquí dejo una entrevista con esta mujer que he encontrado en youtube. Y sí que dejo clara una cosa. Esta señora me da miedo. No sé si el rictus ese que tiene, o la mirada fiera, o qué sé yo…. Pero me ha acojonado mogollón.

Y ahora algunas opiniones más formadas que la mía que he encontrado en la red:

http://cuantascosasbarreria.wordpress.com/2011/01/27/carta-para-amy-la-madre-tigre/

http://blogs.que.es/18214/2011/2/7/retrato-amy-chua-la-madre-tigre-

http://www.bebesymas.com/educacion-infantil/amy-chua-recomienda-el-autoritarismo-feroz-como-metodo-de-crianza

http://www.mundodemama.com/2011/01/20/tiger-moms-madres-que-educan-con-metodos-extremos-de-disciplina/

http://madredemellizos.blogspot.com/2011/01/amy-chua-la-extrema-rigidez.html