Si esto no te gusta tanto como a mí, morirán 23 gatitos en el mundo.
Avisado quedas.
Bertrand Belin | Hypernuit | A Take Away Show (via LaBlogotheque)
Si esto no te gusta tanto como a mí, morirán 23 gatitos en el mundo.
Avisado quedas.
Bertrand Belin | Hypernuit | A Take Away Show (via LaBlogotheque)
«Vivan las palabras esdrújulas y las sobreesdrújulas.
Vivan los niños que tiran de sus mochilitas al acercarse al colegio. Vivan los cuernos de chocolate que no te caben en la mano.
Vivan los besos tirados al aire. Vivan los libros gordos que pesan un quintal.
Vivan las conexiones mentales que te hacen adivinar lo que están pensando tus amigos. Viva mi santo por aguantarme.
Viva el paracetamol y las mandarinas. Viva el vino y las mujeres.
Vivan las mañanas con sol».
Traducción inventada del texto inédito de Anne María Hildebrun, «Alles ist klar», novela de referencia para todo erudito que se precie de la generación pretzel (1920-1930).
Acabo de ver las imágenes en exclusiva que El Mundo ha publicado sobre la repugnante intervención del viernes pasado en el programa de Ana Rosa Quintana de la mujer de Santiago Del Valle, intervención en la que, «por sorpresa», este personaje incalificable rompió a llorar y declaró la culpabilidad de su marido ante las cámaras. Una culpabilidad que había negado ante el juez durante el juicio. Una culpabilidad que por otro lado su esposo llevaba escrita en la frente. Pero eso es lo de menos ahora. Porque el circo se alimenta de estos giros sorprendentes. Las fieras carroñeras en el plató se lanzan sin dudarlo a la carnaza, despedazando sin el más mínimo atisbo de conciencia, la poca, escasa o nula credibilidad que queda del periodismo televisivo, del circo de los horrores televisivo al que nos tienen ya acostumbrados.
Sin haber visto estas imágenes ya me pareció obscena aquella escena en directo. Cuando en medio del cotilleo y la frivolidad se levantan de un salto, enseñando eso sí las medias de dragones bien para que se vea lo moderna y estilosa que es una, y se plantan en la mesa de «las cosas serias», como quien se quita el chándal y se pone el vestido de Armani. La misma porquería con otros apellidos. Y así, como quien narra la pasarela Cibeles, conectan con la llorosa esposa del asesino. Y así empieza el espectáculo, el teatrillo de títeres, en el que el espectador, incrédulo, ha de contener el vómito ante tal demostración de basura.
Y ahora, para aumentar la ya de por sí ingente indignación, contemplo con estupor (aunque tristemente, no el suficiente) cómo estaba todo preparado. Como habían estado todo el día con la señora, pagándole el hotelito, llevándola al bar a tomarse el cafelín, impidiendo que hablase con otras cadenas, grabando sus desmayos, sus balbuceos incoherentes, sus confesión entre lloros de cómo habían destrozado la vida de una familia, guardándose como lobas en celo la exclusiva, con los colmillos fuera ante cualquiera que dignase acercarse. Y mientras en plató actuaban con semidignidad, intentando darle a ese despropósito una patina de profesionalidad abrillantada, un barniz ético muy poco defendible, detrás de la cámara, casi podían oírse esas manos frotándose con satisfacción jubilosa. Qué asco.
Ya pueden decir misa para defenderse de esto. Ya pueden acusar a la productora, a la reportera, a la portera, al taxista, o incluso al público por aguantar y ser cómplice de semejante truño. Ya podéis buscar las vueltas. Porque esto se acaba.
Y el barco se hunde, con AR, con ER, o con la madre que los trajo.
Más kilómetros por hora.
Más zapatos en el vestidor.
Más arena bajo los pies.
Más metros cuadrados que llenar.
Más dinero con el que endeudarse.
Más followers. Más seguidores. Más visitas.
Más créditos personales a sesenta años.
Más audiencia entregada. Más aplausos. Más fotos.
Más joven y lozana. Más delgada. Más cremas.
Más botox en el entrecejo. Más de mentira.
Más nuevo y reluciente.
Más prozac para levantarse.
Más sedantes para dormir.
Más sí a todo lo que me digas.
Más vida a corto plazo.
Más yo.
Más yo.
Más mío. Más mejor.
Mucho más.
La insatisfacción es nuestro apellido. La ambición está en el aire. Y dan ganas de dejar de respirar para ver si así toda esta frustración generacional se va al garete de una vez.
(Conversaciones maternales sin fundamento con otra mujer, madre y, a la sazón, persona, muy versada en este arte de no saber de nada…)
Blogdemadre: – Dejé de depilarme a menudo. No hay tiempo. Ni ganas. Si no fuera por las sesiones de láser que religiosamente pago, hoy por hoy tendría la epidermis igual de poblada que Chewaka. Lo mismitico. Accidentalmente: – Depi…¿qué? Yo todavía sigo intentando cerrar una cita en algún sitio para someter a mi cuerpo al láser más destructivo que haya, tipo rayos catódicos en los que aparezca Belén Esteban, que me evite volver a pronunciar esa palabra. La última vez que lo intenté me echaron con malas artes acusándome de insensata, y de ignorante, por plantearme algo así mientras daba el pecho a mi criatura. Debe ser que a mi niña le gustaba agarrarse a mi cuerpo velludo mientras comía….
Es imposible ver en casa una peli de dos horas del tirón… (Lo del cine es todo un lujo para el que hay que organizar la agenda de dos o tres familias , el calendario de un ministerio, y poner un anuncio en el BOE, así que descartado desde la raíz hasta las puntas) .-Este fenómeno puede deberse principalmente a dos causas: a) Los miniseres lloran o ronronean o se tiran algo encima e interrumpen la emisión en plan agentes encubiertos de la censura b)Te quedas sopa en los títulos de crédito, incluyendo hilillo de baba en cascada sobre cojín. –Voto por la b, y sumo la b de bodrios con los que, a veces, nos autotorturamos, por no ser capaces de estirar el brazo y darle al ON del disco duro en vez del mando de la mardita tele…
No he vuelto a meterme las pajitas del McDonalds en la nariz para hacer la morsa y pasar un ratico chisposo. Si Lasniñas te ven – me digo – te imitarán y te pasarás los próximos seis meses de tu vida en el mostrador de Urgencias por rotura de venita nasal diversa. – Sí, bastante tienes ya con mantener una vigilancia 24 horas, que ni prosegur ni leches, y aún así en el micronanosegundo en el que te despistas para sacar la comida del fuego, para cerrar el grifo del baño, o incluso para pestañear, nosesabecómo pero ya se ha tropezado con su propio pie y se ha comido el quicio de la puerta. Como para darles ideas…
He dejado de hablar por teléfono cuando, donde y como quiero. Ahora hay que coordinar los horarios de tus hijos con los horarios de los hijos de tus amigas y, al menos yo, tengo prohibidísimo, bajo pena de muerte como poco, que me llamen al fijo, pasadas las diez de la noche.– Aparte de que el ring-ring despierte a las fieras corrupias, el problema es que a las diez el cerebelo está tan espongiforme y abatido que la conversación se termina reduciendo a un tipo test, en el que tu amiga pregunta y tú contestas con monosílabos que asienten o niegan lo que oyes. Si te callas un rato largo ella sospechará que no tienes opinión o que te has quedado frita cual narcoléptica anónima. Pero es tu amiga y te quiere, hombre.
Desde hace tres años no me he echado vaselina en los labios con calma y tranquilidad. Tengo que hacerlo a escondidas, bajo el abrigo, darme la vuelta, esconderme tras las macetas; si me ven, meterán el dedo en el bote y harán hoyos tan profundos como cráteres. Luego tendré que recomponer el firme como Pretty Woman tras el partido de polo. – Pues sí, lo de comerse la vaselina, el cacao, las barras de labios, el rimmel… es de juzgado de guardia, espero que al menos sean nutritivos y sustitutivos de alguna comida principal, como las barritas de cereales y esos inventos.
Ejercicio. Mi momento más activo del día es cuando subo las cuestas de mi barrio empujando el carro de mi hija para llevarla a la guardería. Llego sudando, eso sí, y aprieto mucho el culo mientras subo, que dicen que es lo bueno.
Hay que ser ladina y aprovechar momentos furtivos. Sentadillas al recoger las plastidecor del suelo, pesas al levantar a Lasniñas en vilo cuando montan drama en plena calle, 100 metros obstáculos salón-cocina para evitar que se metan en la lavadora y cierren la puerta, pilates y estiramientos al perseguirlas por el sofá…Es todo un mundo esto del ejercicio materno.
No he vuelto a ir a un restaurante sin preguntar antes de sentarme «¿Tenéis trona?» Lo hago incluso cuando voy yo sola o con amigos cuarentones entraos en carnes. Que la carita de no entender del maitre es para verla…
– La trona, el baño con cambiador, el teléfono para emergencias, si tienen plastidecores y papel para jugar, si hay globos para que la niña se entretenga… ¡Lo de menos es la carta!
Ya no pretendo tener orden en casa. Es virtualmente imposible controlar los juguetes de mi hija, y he terminado deduciendo que, no sólo tienen vida y conciencia propia, sino que además tienen un malvado propósito oculto en sus diminutos cerebros de plástico que es extenderse por mis suelos, invadiendo cada metro cuadrado, y que como escaladores en la carrera de los ochomiles, van plantando su banderita y proclamándose dueños y señores del territorio inexplorado del baño, el pasillo o el patio. – Ojo, esto entra dentro de lo paranormal. Creo que Supernani debería establecer una joint venture con Iker Jiménez para tratar de explicar porqué las barbies tienen esa querencia a meterse bajo tu cama o porqué siempre hay algo con ruedas en el suelo que te hace tropezar y cagartentó cuando vas con prisas.
No he vuelto a tener intimidad ninguna, ni una pizca, mínima, pequeña y chirriquitica; ni muchísimo menos he vuelto a pretender cerrar el pestillo del cuarto de baño cuando me ducho o hago pop-ó. Las patadas, puñetazos y gritos al otro lado de la puerta me asustan mucho. Sé de un bebé que llegó a arrancar la puerta de las bisagras con sus manitas y se coló dentro, ante la atónita mirada de una señora, que ni siquiera era su madre. – Es genial que tus criaturas te observen mientras te acicalas, o te duchas, o esas cosas que se hacen en el baño. Al menos así no te aburres y así le puedes ir explicando la bonita teoría de la relatividad, el porqué de la existencia humana o si hay Dios allá en el otro mundo.
He dejado de comprar lencería de la buena porque ya no la luzco!!! He tenido que obligar a los reyes magos a regalarme estas navidades un kit de supervivencia consistente en unos cuantos conjuntos dignos y presentables, que no sabe una cuando va a tener que ir al médico, todos igualitos, de algodón y sin encajes ni transparencias, ni leches de esas sexys, y por favor cero costuras y cero mondadientes, que no tiene una el cuerpo para estrecheces… – Comotentiendo! Yo estoy pensando reunir todos mis tangas y hacerme una colcha. Qué penita. Qué poco rendimiento y vida útil…Por no hablar de los saltos de cama de tacto sedoso arrinconados y sustituidos por el pijama de franela y la media rodillera. Cuánta desazón.
He dejado de leer. Snif, snif. Ni libros, ni periódicos. A lo máximo que llego es a los cinco renglones de las propiedades del champú, en español y portugués, mientras no haya nadie dando patadas a la puerta del baño. Ay qué tristeza más gorda me acaba de invadir… – Mientras no te invada el espíritu del Señor Potato, aún queda esperanza. Siempre nos quedará la jubilación para leer en la consulta del médico, con cataratas y vista cansada, mientras nos contamos los achaques y nos enseñamos las fotos de los nietos.
– ¿Señor Potato? …. Mmmmm.. ¿Ein? –Otro día. Se me quema la cena.
¿Tienes la fusta preparada para cuando tu hijo no ordena su habitación?
¿Exhalan tus poros disciplina desde el mismo momento en el que se abren tus ojos por la mañana?
No he leído el libro de Amy Chua Battle Hymn of the Tiger Mother, pero así de primeras no me hace mucha ilusión, fallo mío, tengo una lista de pendientes que me atraen mucho más (hasta leerme el editorial de La Razón me apetece mucho más). Pero como hay que tener un poco de criterio para poder despellejar a gusto, siempre desde la ignorancia, amigos, pues me he puesto a bucear en la red en busca de referencias sobre esta mujer y su filosofía.
Así de primeras y sin profundizar, en mi línea de superficialidad, descubro que tampoco ha inventado la pólvora. Vamos, que mi madre y casi toda su generación han seguido el mismo método: el de la disciplina espartana. Solo que en el caso de Chua, evidentemente, es la disciplina milenaria de la cultura china, claro. Y me da que le ha aportado un toque personal, medio moderno, medio retorcido. Y aunque no es nada revolucionario, si acaso más bien reaccionariamente anticuado, ha causado un revuelo inexperado entre las-madres-del-mundo-uníos. Inexperado porque al fin y al cabo cada uno educa a sus hijos como le da la gana. Y que esta mujer reivindique el poder de una buena regañina, insultos incluidos, para intimidar a sus hijas a mí personalmente no me sorprende, ni me ofende, ni me asusta. Lo de los insultos no debería compartirse con agrado, no creo que sea un método educativo ideal para la autoestima de los niños, pero claro, cada uno en su casa….
No creo en el método perfecto para educar a los hijos. No hay una regla que sirva para todos, por desgracia. O por suerte, no lo sé. Pero esto es como lo del método Estivill. ¿No te gusta? No lo uses. Fácil. Rápido. Indoloro.
Pero bueno, aquí dejo una entrevista con esta mujer que he encontrado en youtube. Y sí que dejo clara una cosa. Esta señora me da miedo. No sé si el rictus ese que tiene, o la mirada fiera, o qué sé yo…. Pero me ha acojonado mogollón.
Y ahora algunas opiniones más formadas que la mía que he encontrado en la red:
http://cuantascosasbarreria.wordpress.com/2011/01/27/carta-para-amy-la-madre-tigre/
http://blogs.que.es/18214/2011/2/7/retrato-amy-chua-la-madre-tigre-
http://madredemellizos.blogspot.com/2011/01/amy-chua-la-extrema-rigidez.html
Estoy un poco desilusionada con esta nueva temporada de series.

Me he tenido que pasar al revisionado de mis favoritos y a una recomendación de mi hermana que llevaba tiempo esperando, Nip Tuck. Sobre ésta hablaré cuando me chute en vena sus nosécuántas temporadas. Por ahora contengo la respiración porque el piloto fue es-pec-ta-cu-lar.
Pero bueno, quitando clásicos y consagrados de la pasada temporada como Community de mi lista de pendientes, mi apuesta de la temporada es, por ahora, y a la espera de que llegue Juego de Tronos en abril, una serie pequeñita llamada Portlandia. Creada por los cómicos Fred Armisen y Carrie Brownstein, el canal de cine independiente IFC está emitiendo todos los viernes capítulos de veinte minutos dedicados a la fauna que puebla Portland, una especie de paraíso para los hipsters, y que me está haciendo mucha gracia.
No quiero ni pensar en el día en que no tenga acceso a descargas de las series del resto del mundo. Me da escalofríos imaginar que solo tengo a mi alcance programas de calidad tan indescriptible como El Barco, Matrimoniadas o Hospital Central. No puedo. Me da una pereza mental de dimensiones tan hiperestelares que prefiero ni cuestionármelo.
Mientras llega ese día me descargaré todas las temporadas de Los Soprano, mi próxima víctima.
Esta tarde, como muchas, mientras luchaba con el carrito de mi hija para avanzar por las «bacheadas» calles de mi barrio, iba amenizándome el paseo con las noticias de la radio. Y algo he oído que me ha hecho sonreírme para mis adentros: las mujeres vivimos más años que los hombres. Sí, más. Pero peor.
Sí. Lo de que las mujeres somos más longevas ya no es noticia. Pero lo de que llegamos a la senectud en peores condiciones me ha hecho gracia, por llamarlo de alguna forma.
Decían en la noticia, de RNE, por cierto, que el hecho de trabajar fuera y dentro de casa, de ocuparnos de los hijos y en muchos casos también de los padres, supone para las mujeres un envejecimiento mucho más duro que el de los hombres. Vamos, tampoco es que hayan descubierto la pólvora o la fórmula de la coca-cola, pero sí que me ha hecho pensar. No ya en la eterna discusión sobre la igualdad de sexos. Tampoco en la supuesta y no cumplida conciliación laboral-personal. Y ni siquiera voy a entrar ni de refilón en el papel sacrosanto que cumple y seguirá cumpliendo la mujer en la familia y en la sociedad. No, ahí no está el asunto hoy.
En lo que sí que he caído, una vez más, es en esa fea, y ancestral, costumbre que tenemos las mujeres de tomárnoslo todo tan a pecho, que parece que se nos va la vida en ello. Ya sea que la caldera no funciona como dios manda, que hay que encontrar unos calcetines a juego con la chaqueta de la niña o que el carnicero te pone en la tesitura de elegir si quieres morcillo o falda para el cocido, todo lo convertimos en un asunto de estado mayor, digno de un cónclave al llegar a casa con tus mejores amigas y consejeras, en torno al problema en cuestión. Y eso en los mejores casos. Porque más de una nos llevamos el berrinche del siglo, con hipo y todo, si la falda del año pasado no nos entra, no dormimos pensando en cuánta gente habrá visto ese maldito pelo-negro-de-bruja debajo de la barbilla que ya medía casi un metro cuando al fin nos lo hemos descubierto, o nos «emparanoiamos» apagando las luces de casa y sin hacer ruido cuando llaman a la puerta y sabemos que nos quieren vender algo…
Sí. Ya sé que esto va por barrios, y que más de uno habrá que también padezca estos ataques de realidad trágica que nos sobrevienen a muchas. Y que, por el contrario, también las hay más panchas que un ocho, que les da todo igual y pasan tres o cuatro pueblos de las cosas. Pero yo me refiero a esa inmensa mayoría dominadas por el cromosoma X que sufren en silencio o a grito pelao, y en las que tristemente, y aquí sufro de nuevo, me incluyo.
Envidio con toda la intensidad de mis mechas esa actitud pasivo-ignorante, tan masculina, que podría representarse acústicamente con un «buah». Envidio esa forma de pasarse las cosas-no-importantes-para-ellos por los mismísimos, y seguir viviendo tan dignamente, como si nada, como quien hace zapping en la tele mientras se rasca otra vez los mismísimos, cuando nosotras nos mortificamos, arrastrándonos por las esquinas, acosadas por nuestras dudas, nuestros «porqués», nuestros «deberías» y nuestros llevárnoslo todo a lo peor. Porque si llevamos a los niños a la guarde mientras nos vamos a currar les vamos a traumatizar de por vida. Porque si no hacemos horas extras en el trabajo nos van a tachar de lastre en la oficina. Porque si nos tumbamos a la bartola un domingo por la mañana nosotras mismas nos laceramos en nuestros «adentros» hasta conseguir levantarnos y ponernos a planchar los malditos uniformes del colegio…
Sufro porque envidio a los hombres. Porque son más «asín»… Porque solo se enfadan en serio cuando el árbitro no pita esa falta, que estaba clarísima, ¡joder! Y les envidio, sobre todo, porque no se echan a la espalda los problemas. Los muy ladinos los esquivan. O se compran una moto.
Música de la que te quita hasta el hipo para domesticar el papel en blanco, para amansar a las letras cuando éstas se niegan a ordenarse.
Y ahora al sol. Que para la niña no me vale.
Admito que cuando algo me gusta (ente, serie, música, peli, libro, gin tonic…), eso va a misa y es, hasta el final de los tiempos, o hasta que deje de parecerme la leche, lo mejor de lo mejor. También reconozco, no sin pesar, que mi criterio es bastante reducido, obtuso y encima prejuicioso. Pero esto no lo puedo evitar, pertenezco a una generación muy prejuiciosa que ha crecido escuchando a Pimpinela y a Teresa Rabal. Es más, a mí lo del prejuicio, por definición, me pone bastante. Luego te pegas unos batacazos de impresión y le das emoción a la existencia. Si no ¿a cuento de qué me iban a confundir a mí con una fan de La Oreja de Van Gogh excluyéndome ya de cualquier buen gusto musical tan solo por mi aspecto? Pues por los benditos prejuicios, que para eso están.
El caso es que alguien te dice que se está leyendo un ensayo (en-sa-yo, suena con eco y distorsión como las celebrities de la muchachada nui) sobre los sucesos del 23-F, así, por gusto y tal, o me aventuro más allá, la biografía del ínclito Mario Conde (eh, Spi??) y al principio, tras el escalofrío inicial, en mi cabeza los santos prejuicios comienzan a frotarse las manos con satisfacción de banquero complaciente, y me llevan erróneamente a pensar: pero ¿por qué?
Pues los prejuicios es lo que tienen, que te llevan a malpensar. Y cuando descubres que has errado, ¡oh!¡qué felicidad ser humano y no entender a la primera que el mundo no es blanco ni negro en absoluto!
Porque «Anatomía de un instante» el ensayo de Javier Cercas sobre los sucesos del 23 de febrero de 1981 es puritita literatura de la buena. De la que te conmueve sin buscarlo, de la que te deja sin aliento con tan solo una frase, de la que es difícil de leer porque en cada frase tienes un mundo que pensar… De la que te lleva a, una vez más, a reconocer lo cortito de tu propio vocabulario y sabiduría lingüística cuando alguien que sabe, como Cercas, es capaz de emocionarte con algo tan espinoso y feo como un cruce de caminos políticos e históricos de tal envergadura. De la que rescata del pasado colectivo de un país a personajes con nombres en mayúsculas y fondo sepia, como Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado o Santiago Carrillo, y los disecciona con minuciosidad de forense hasta transportar al lector al diván en el que ambos nos contarían sus más íntimos pensamientos y frustraciones.
No hace falta mucho espoiler para destripar quién es el malo, si es que lo hubiera, entre otras cosas porque ésta no es una historieta de buenos y malos, sino todo lo contrario. Lo grande de «Anatomía de un instante» es que cruzando sus páginas te sientes en la piel, y bajo el traje (o el tricornio) de aquellos seres, en colores difuminados, que hemos visto, hasta la saciedad, en las pantallas de nuestra memoria, paralizados como en un «pause» colectivo bajo la campana inmensa del pasado. Y al ponerte entre sus cejas, no voy a decir que entiendas los motivos, los porqués, pero sí que al menos se tiene una visión menos parcial de la situación precisa de cada uno de las piezas de esta partida de ajedrez. Y la verdad es que te puede parecer bien o mal, heroico o no, pero al menos consigues vislumbrar algo del luz al final del túnel.
Me ha parecido una lección magistral no solo de literatura, sino también una lección perfecta sobre nuestra historia más imperfecta, con todos los entresijos y los pormenores que deberían contarnos en el colegio. Porque sí, este capítulo de nuestro pasado más reciente sí es parte de la lección de un bachiller, y aparece en la cabecera del tema que toca como otro más de los hitos de la democracia. Y así me lo estudié yo, como quien se estudia la tabla periódica de los elementos, los reyes visigodos o las declinaciones del latín… Que ni me va ni me viene, la verdad. Pero a mí al menos nadie me explicó a fondo qué significó todo el follón que se montó entre militares, guardias civiles, políticos, espías y demás personajes de este cómic surrealista (y eso que mi profesores de Historia han sido de las que más me han calado de toda mi trayectoria educativa). Pero tal vez por aquella época no existiera la madurez general para entender, como país, lo que había ocurrido con aquella intentona frustrada. Y tal vez, solo ahora estoy dispuesta a aprender lo que ha supuesto un momento histórico que en su día pasó sin pena ni gloria por mi cerebro.
Sea como sea, este libro debería ser lectura obligatoria para nuestros escolares, de igual forma que las charlas de TED deberían ser una asignatura troncal para nuestros hijos, o incluso para muchos de nosotros.
Sea como sea, el libro de Javier Cercas me ha parecido puritita literatura de la buena. Y desde aquí lo recomiendo con entusiasmo: tanto para los amantes de los ensayos, como para los que aficionados a la literatura negra, como para todos los que apuestan por el surrealismo, o la historia de fracasos que tan bien se nos da a los españoles. En definitiva, para los que disfrutan con una buena historia imperfecta.