Corriendo como malditos

No me gusta correr.

Pero reconozco que, a veces, en determinadas situaciones o sin venir a cuento, el cuerpo te pide urgentemente desplazarte sin fin, salir despedido hacia cualquier otro sitio en el espacio. Y moverte, rompiendo el aire a tu alrededor. Sin mirar atrás, o tan siquiera delante. Sin mirar nada más que un punto perdido más allá de donde te encuentras, clavado.

No me gusta imponerme rutinas más allá de las que ya tengo impuestas, pero reconozco que cuando la vida aprieta mucho, o cuando no sabes hacia dónde tirar, te sale el «corre, Forrest, corre» para que no te pillen los matones y te peguen una paliza. Y corres. Incluso sin moverte. Como para salvar tu vida. Como para desaparecer. Sin poesía. Huyendo de ti mismo. Con ruido en los oídos y muy  mala leche en los nudillos. Buscándote las vueltas, los agujeros, las ganas de tirar la toalla, las ganas de romperte.

No me gusta correr. Pero sí me gusta desafiarme. No solo corriendo.

Algo empieza…

Después de la tormenta, ha salido el sol.

Y empieza un nuevo día, un nuevo año incluso. Y seguimos intentándolo cada amanecer. Abrimos los ojos buscando nuevos despertares, comienzos cálidos, rayos azules sobre nuestras pupilas, caricias luminosas sobre las almohadas.

Vivir. Como sentir. A rachas. A bocanadas. Evaporándonos entre los momentos que nos abrigan, entre las anécdotas, entre los adioses. Viviendo. Sintiendo.

No saber. No tener. Estar solos. Desmenuzándonos entre ráfagas de palabras que nos atraviesan, entre los chasquidos, entre los deslices crueles de nuestros silencios. Viviendo. Sufriendo.

Cerrar los ojos y acurrucarse. Empieza un nuevo día, un nuevo año incluso.

Abre los ojos…

 

Lecciones del año que acaba

Siempre que llegan estos días me pongo, irremediablemente y aunque no quiera, en modo «ajuste de cuentas» y miro hacia atrás para ver lo que ha sido mi año.

No concibo el año como algo paquetizado, un año que pueda definir con una sola etiqueta, de esas que rellenas con el nombre y pegas en el paquete. No podría. Porque un año son millones de momentos. De diferentes emociones y experiencias. Y si bien hay años marcados por muertes o nacimientos, o ambas cosas, y esos ya no son años normales, hay otros en los que pasa mucho de todo. Y eso es bueno. Pero es difícil de catalogar.

Y el 2015 no ha sido un año perfecto, está claro, pero tampoco ha estado tan mal. Y sí, estoy mejor, y eso ayuda para que todo lo demás también vaya algo mejor…

He dejado de emprender. Me borro de la lista de valientes salvadores de nuestro país. Yo no emprendo. Yo trabajo. No quiero pertenecer ni alimentar una burbuja de la que cada vez me siento más ajena, si es que alguna vez he podido sentirla cerca, que tampoco. No emprendáis, amiguitos, trabajad. Y que no os vendan motos, ni libros, ni historias. Esto (eso, aquello, tu proyecto) es un trabajo, en toda su magnitud, y que no tengas un horario fijo o una paga extra (¿eso qué es, por cierto?) no te hace menos profesional ni menos currante. No te sometas a los designios de rondas ni mentores. Trabaja en lo que creas y lucha por defenderlo con uñas y dientes.

He puesto límites al teléfono. Pero no porque no lo use, la verdad es que sigo usándolo muchísimo, y no lo niego. Pero lo evito en la medida de la posible mientras trabajo. Parece que quedo regular, una rancia, que lo sé, cuando digo que prefiero que me escriban a que me llamen, pero es así. Eso de que en cinco minutos todo se soluciona en vez de mandar un email, pues no es verdad. Y además, amiguitos, todo por escrito. Regla universal number one. Sobre todo por lo que viene abajo, jjjj…

He aprendido a escucharme más: a veces acierto, y la alerta sobre las personas que te llaman «cariño», «amor», «bombón» o «mi vida», sin conocerte lo suficiente como para que te lo digan de verdad, ha resultado ser muy certera. Alejaos de ellas, no falla. Y todo por escrito, especialmente con estos seres. No es insistencia, es supervivencia.

He leído mucho más que en el 2014. Cosas muy buenas y cosas horrendas y que no nombraré. Pero he satisfecho un poquito mi ansia intelectual y he llorado en el AVE con un libro entre las manos. Eso, por otro lado, ha hecho que haya visto menos series, no podía ser todo. Pero sobre todo he ADORADO Saturday Night Live hasta autoprometerme que alguna vez iré a Nueva York a ver el programa en directo, he despedido a Mad Men como uno de los mejores momentos de mi vida y he aplaudido entregada a Amy Schumer.

He disfrutado mucho más de mis hijos que en el año pasado. Estar mejor yo me ha ayudado mucho a estar mejor con ellos, y aunque me falta mucha paciencia y disto mucho de ser la madre que me gustaría, sentir alegría por tenerlos conmigo todo el día ahora en vacaciones me tranquiliza conmigo misma y me indica que vamos bastante bien. Que no hay drama. Que esto no es perfecto, pero me gusta ser madre y no me estresa. Y haremos galletas juntos, y nos reñiremos unos a los otros. Y mancharemos la cocina. Y lo haremos a nuestro ritmo. Despacio. Y me gusta.

He apostado por ir despacio. El slowbusiness es un hecho y me gusta. El slow haciendo mi pan desde el día anterior. El slow en mis cosas. El slow en mi mente. Viviendo lento. Y educando lento, saboreándolo. Leyendo lento y cosiendo despacito para que no se me salgan los puntos. Hablando despacio para que me entiendan. Diciendo NO más pausadamente para que quede bien clarito. Slow. Despacio. Lento.

He trabajado un huevo. Slow pero un huevo. Y me lo he pasado francamente bien, con sus ratos de darme contra la pared, claro, porque no sería lo mismo sin meter la pata de lo lindo o equivocarme una vez más. Vivir a pesar, y gracias al fracaso. Vivir en la incertidumbre. Y a pesar del enésimo fallo en mi historial me siento increíblemente feliz de lo que este 2015 ha supuesto para mí.

He descubierto a gente sin la que ahora ya no querría vivir. Personas con las que ahora trabajo codo a codo, con las que me río hasta las lágrimas a través de mensajes por cualquier red, «espíritus afines» con los que me siento más yo y que hacen todo más fácil y más bonito. Y que unidas a las personas que viajan conmigo desde hace mucho o poco son ese motivo para sonreír, así porque sí. Porque estoy rodeada de gente maravillosa, una afortunada sin duda.

He comprobado que este año el país, el mundo no va mejor, y a pesar de esos números que dicen que son optimistas, la verdad es que la crisis se ha cargado mucho a nuestro alrededor. Y no, no estamos bien. Gente muriendo a manos de otros, hambre, refugiados huyendo de sus casas y encontrándose muros de odio y prejuicios a su alrededor. Aquí ee sigue destruyendo trabajo, negociándose contratos basura, y condiciones inasumibles a nuestro alrededor. Y el panorama pinta muy feo. Así que no, no estamos bien, ni mejor siquiera. Y toca seguir luchando. Eso no ha cambiado y dudo mucho que cambie en el 2016.

He seguido confiando en la música para calmar mi ansiedad, que la tengo. Y en el poder sanador de la actividad, del «hacer» para salir del bloqueo que a veces me ataca y me paraliza. Hacer es la clave.

Y dormir. Dormir mucho. Dadme ocho horas de sueño y conquistaremos el mundo…

Y sonreír. Hay que sonreír más y este 2015 también me lo ha confirmado. Sonreír tiene un efecto mágico sobre los demás. Y hay que hacerlo más.

Este año no me he estresado mucho por el orden de las cosas, así en general. Aprender a vivir en el caos parece el principio del fin, pero luchar contra ello me parece mucho más frustrante cuando ves que las pelusas siguen saliendo de la nada y reproduciéndose por mitosis, o que los coches de juguete de mi hijo tienen vida propia y por las noches se pasean a sus anchas por la casa. Y esto es así. No hay servicio doméstico ni milagro que resista la prueba de la inevitabilidad, así que este 2015 me ha venido bien para aceptarlo.

Y es que, definitivamente, el 2015 no ha sido un año perfecto, ni mucho menos. Lo acabamos con muchas dudas sobre el futuro más próximo y arremangados para meternos en faena porque el 2016 va a ser duro, muy duro. Pero estoy mejor, y eso ayuda para que todo lo demás también vaya algo mejor…

¡Feliz 2016, amigos! Y a seguir luchando, que hay mucho por hacer.

Oda al fracaso

Nos pasamos la vida luchando contra nosotros mismos por no fracasar. Cuando en realidad, fracasar en la mejor posibilidad (aunque se nos caiga la mandíbula del susto).

Se me mueren todas la plantas.

No sé aparcar desde la izquierda.

Sigo sin entender el fuera de juego.

Se me escapan los puntos al tejer.

No soy capaz de sincronizar las dos mitades de mi cuerpo al bailar.

Tengo letra de médico.

He desteñido de rosa un montón de ropa.

No tengo constancia para salir a correr.

Se me olvidan cumpleaños importantes.

No soy buena con las matemáticas.

No sé silbar así con los dedillos, como la gente guay.

En mis fracasos, muchos y los que están por venir, lo más complicado ha sido siempre perdonarme. Y seguir levantándome cada mañana sabiendo que no soy esa versión mejorada de mí misma que quiero ser.

Pero según voy acostumbrándome a cagarla, y perdonándome, porque no me queda otra, voy dándome cuenta de que equivocarme me ha traído grandes cosas. Las mejores. Porque he aprendido a quererme, más lista o más idiota. Porque no me importa. Y me voy a querer igual.

Igual que perdono a mis cachorrillos. Igual que mi madre me quería a mí.

No nos enseñan a fracasar. Nadie nos explica la importancia del test A/B en la vida real. Pero lo necesitamos. Mucho más que el éxito, esa cosa tan sobrevalorada y que tan buen marketing tiene. Pero que no sirve de tanto (o eso dicen).

Rasca un poco, anda. Rasca la superficie del éxito y encontrarás un fracaso. O varios.

Porque no hay mejor éxito que el fracaso. Y esta sociedad, aun a pesar de vivir en el fracaso continuo, sigue viviendo de cara a la pared.

«Me conformaré con ver la vida pasar, nada de esto será trascendental».

Gracias Tulsa.

De padres y blogs

Hace casi siete años que escribo un blog y en estos años la vida me ha cambiado y se ha vuelto del revés. Y no solo por la maternidad. Que también.

Gracias al blog, que empecé intentando cerrar mi cuenta de Facebook (larga historia de mi torpeza…), caí de bruces en un mundo apasionante en el que redescubrí el amor por las letras, ese amor que la rutina y el trabajo rápido y desapasionado me habían hecho olvidar en los últimos años. Pero sobre todo, me permitió ir conectando puntos, como esos pasatiempos en los que formas la figura del elefante uniendo números.

Yo empecé a trazar líneas, o el blog lo hizo por mí, y así en mi vida empezaron a entrar personas maravillosas que ampliaron el dibujo del elefante inicial a algo muchísimo mayor y más bonito (con todos mis respetos para el elefante), a una constelación repleta de voces distintas y con diferentes matices. Nuevos puntos de vista, nuevas formas de ver las cosas, o incluso las mismas de siempre, pero repetidas de manera que ya no te sientes tan bicho raro. Nuevas visiones sobre la paternidad, ese océano inmenso y lleno de náufragos donde muy pocos tienen acceso a mapas, esos que ni siquiera creo que existan.

Compañía, trabajo, filias, fobias, broncas descomunales, complicidades anónimas, pactos de caballeros, risas enlatadas, silencios evidentes… ¿Cómo resumir en un editorial lo que la blogosfera ha supuesto para mí?

Pues aunque es casi imposible, creo que lo principal, sin duda, son las personas. Todas las personas a las que llegas, y que llegan a ti gracias a palabras e imágenes, a experiencias y comentarios sobre lo que te pasa por la cabeza y lo que te preocupa. Personas que te completan desde la distancia de un like, que te hacen sentir acompañado, comentario a comentario.

Y es que puedo afirmar con mucho orgullo que mi biografía vital está llena de padres y blogs. Y soy inmensamente feliz.

[Editorial para el nº 1 de nuestra querida y esperada Madresfera Magazine. Suscribíos. Anda]

La seguridad…

Ya no existe.

No la busques porque es algo que solo teníamos cuando éramos niños, cuando nuestros padres nos arreglaban los desaguisados, cuando nos sacaban de apuros y aún así nos seguían dando el beso de buenas noches.

El espejismo de la seguridad va desapareciendo al envejecer. Al madurar. Al hacernos independientes. Al hacernos responsables de nuestro destino.

No la busques en las cosas. En la ropa. En los zapatos. O en ese abrigo que está tan de moda. O en la talla 38.

No está en tu pareja, ni en tus hijos. No está en tus amigos. Ni siquiera puedes estar seguro de lo que tú mismo vas a hacer mañana al levantarte.

Porque la seguridad no existe.

Y vivimos en el quizás. En el podría ser. En el hagamos lo que hagamos, cerremos los ojos y saltemos.

Saltemos. Arriesguemos. Juguemos. Vivamos. Saboreemos el dulzor de los días cálidos pero también los tragos amargos y el sabor a sangre de una buena caída.

Caigámonos.

Y sigamos adelante.

Porque no hay seguridad. Ni red que nos recoja.

Solo nuestros días como prueba de que existimos. De que merece la pena lo que hacemos.

Y al llegar nuestro último pestañeo, ese que nos hará eternos, ese que nos hará mejores, sabremos que la seguridad estaba ahí, esperándonos…

Emprender o no emprender, that’s not the question

Hace unos días estuve participando como ponente en la presentación de las #iAiTalks de Internet Academi y como era de esperar explicaba mi experiencia como mujer emprendedora en el contexto de las mujeres 3.0. La charla estuvo genial, en unos días tendremos el vídeo, y si puedo lo incluiré por aquí también. Allí hablamos sobre cómo la mujer tiene que buscarse la vida hoy en día y encontrar caminos distintos a los ya establecidos para poder compaginar maternidad/vida personal con carrera profesional, partiendo del hecho de que para muchos ambas facetas están muy relacionadas, y que desarrollarse como profesional también te hace crecer en tu vida personal… Pero necesitamos tener más opciones que las que la sociedad, o los trabajos que «te dan» ofrecen. Buscar soluciones y proyectos basados en la flexibilidad, el teletrabajo, los objetivos concretos sin ceñirse a los horarios de oficina y el presencialismo que tanto nos perjudica.

En resumen, se habló de cómo la tecnología, las comunidades online y las plataformas dan alas a proyectos en los que la vida personal se convierte en una tercera pata insustituible. Slow business en los que prima el desarrollo personal y social del proyecto, unidos por supuesto a la rentabilidad y el crecimiento, pero sin ser estos últimos manos estranguladoras de la esencia y la naturaleza del proyecto. No, no soy escalable por ahora y, lo que es mejor, no quiero serlo o lo que viene a ser un «aparta tus ojos de mi plan de negocio, amigo, y pon las manos donde yo pueda verlas», un poco peliculero, pero nos hacemos a la idea…

Se me quedaron muchas cosas en el tintero, siempre me pasa. Me pongo a rajar y como este tema me apasiona por todo lo que estoy aprendiendo estos años, pues me embalo. Pero una de esas cuestiones que dejé sin mencionar fue algo que siempre se queda en la retaguardia y es remarcar una frase que resuena cada día más fuerte en mi cabeza:

No todo el mundo tiene por qué convertirse en emprendedor.

Más que nada porque parece que hoy en día es la única solución para salir adelante, la panacea. Y no es cierto. Para nada. Al menos no para la gran mayoría. De hecho, con ese pensamiento alimentamos una burbuja en la que me niego a participar, al menos de manera voluntaria, en la que el emprendimiento se convierte en la moda del día y de la que se benefician precisamente los que ya tienen recursos para invertir en todos estos proyectos ávidos de capital. El marketing del emprendimiento nos persigue, amiguitos, pero mucho, y ya solo falta que algún avispado/a monte la Carrera del Emprendedor en un barrio del extrarradio, con musiquita moderna, dorsal y bolsita de regalitos en la que habrá un ejemplar del The Lean Startup al llegar a la meta, con la esperanza de que nuestro negocio aparezca como patrocinador en algún cartel y lograr algo más de visibilidad…

Que no. Que esto no es tan bonito ni es para todo el mundo. Que no todos los negocios salen bien y hay que estar preparados para el fracaso. Que no todos los emprendedores somos iguales, ni tenemos las mismas necesidades o expectativas. Hay quien se dedica a idear negocios supuestamente brillantes para venderlos al haber alcanzado un objetivo X, y hay quien, como artesanos de toda la vida, pero con herramientas tecnológicas y un 2.0 como apellido, busca ganarse la vida de una manera digna, crear oportunidades en su entorno y sobre todo hacer algo con lo que se crezca tanto a nivel profesional como personal. Que hay muchísimas ocasiones en la que ya no me siento emprendedora sino una prestidigitadora sacando palomas de una chistera…

Y meternos a todos en el mismo saco es muy confuso porque nos hace perder perspectiva y sobre todo la noción de dónde estamos cada uno realmente, que no es en el mismo sitio, evidentemente.

Lo que sí es cierto, y creo que es lo más importante de todo este proceso, lo que sí me gustaría expresar y transmitir a todo aquel que me lea o escuche, es que en el emprendimiento comienzas un proceso de descubrimiento personal a través de un desafío que, rara vez, salvo milagros, se encuentra en trabajos por cuenta ajena, y que solo por eso, solo por descubrir a esa persona que puedes llegar a ser pero que nunca tienes necesidad de sacar porque tienen un sueldo fijo… solo por esa sensación de no tener suelo bajo tus pies ni techo sobre tu cabeza, de no saber qué va a ser de ti, de no tener un sueldo fijo, pero tampoco límites ni nadie que te los imponga… solo por eso quizás deberían enseñarnos a pensar de una manera emprendedora, out of the box ya desde niños y solo por eso todos deberíamos estar preparados para ser emprendedores, para ser magos y sobre todo, dueños de nuestro propio presente.

Pero de ahí a que emprender tal y como está montado ahora mismo sea la única solución, pues no.

 

Sentir y sentir mejor

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A veces desearía ser una piedra. Y no sentir. Ni bueno ni malo.

Pero no somos piedras, y tenemos que vivir. Y sentir viene en el pack. O eso o vas pedo todo el día y ni te enteras… (como la del vídeo, ojocuidao)

Eso que llaman la educación emocional, y que ahora está de moda gracias a la peli de Inside Out, resulta que no es nada banal, y como padres, y como no padres, debería estar en nuestras oraciones cada día. Porque a veces, a pesar de los años vividos, de las asignaturas que hemos aprobado con nota y de lo bien que se nos da operar a corazón abierto o el punto al revés, no estamos nada preparados para controlar el torrente de emociones que nos atraviesan en ciertos momentos. Y así, con lo talluditos que estamos y los diplomas en las paredes, nos encontramos con conflictos de lo más mundano, y de lo más grave, que se habrían evitado manejando con algo más de mano izquierda esa ira, o ese miedo infundado….

La realidad es que sabemos hacer casi de todo. Somos una generación privilegiada con todo a golpe de clic. Y lo que no lo sabemos lo estudiamos. O lo buscamos en la Wikipedia. O pagamos a alguien para que lo haga. Dentro de nada sabremos pilotar un helicóptero enchufándonos como en Matrix, ya veréis (espero que el cuero negro no se generalice igual, ains). Pero amigos, hoy por hoy, y seguro que mañana también, estamos muy poco, y muy mal educados para entender todo lo que nos pasa y por qué. Y hablo a nivel usuario, a nivel de andar por casa, sin meternos en temas científicos que se nos escapan a casi todos. De esto hay innumerable bibliografía pero mi preferido para empezar por el principio, y junto a mis hijos, es éste.

Tampoco creo que vayamos a solucionar todos nuestros problemas interpersonales porque prestemos más atención a lo que nos pica en cada momento, no seré tan necia de pensarlo. Más que nada porque siempre habrá diferentes niveles de madurez emocional. Y no siempre los comportamientos son resultado de emociones mal gestionadas, ¿o sí? No lo sé. Pero estoy firmemente convencida de que dedicarle unos minutos a pensarnos y escucharnos tiene un resultado muy, muy bueno. En muchos casos seguiremos pensando que el otro es tonto a las tres pero a lo mejor nos planteamos mejor la respuesta ante su comportamiento para evitar el conflicto, inevitable de otra forma.

A lo mejor vivir mejor es sentir mejor.

Duelos

A veces los duelos hay que vivirlos en ausencia, en contraste, en los demás, en los que lo sufren en ese momento. Por empatía, o por simpatía. Por amor. Por pena. Por ser.

No sé si será el calor, el vacío que ha dejado mi muela en mi vida (adiós, muela, adiós) o que la neurona ya necesita descansar y humedecerse en la piscina, pero hoy, al escuchar al pobre Nick Cave, compartiendo su duelo y el de aquellos a los que quiero,  me he hundido aún más en el estado vegetativo. Así que, después de tender la ropa, que lo etéreo no quita lo banal, voy a dejarme llevar y a disiparme. O a hacer un flashback a otra vida más contemplativa. O a meditar sobre los efectos del Ibuprofeno y otras hierbas.

Que me perdone el mundo, pero hay días en los que para ser, es mejor dejarse intuir que estar…

No me toques el Monte de Venus

Nunca me han gustado las listas. Sé que los gurús del marketing recomiendan escribir titulares con las 10 mejores cosas y blablablá, pero a mí es ver un listado enumerando cosas y ya me estoy sintiendo utilizada y cabreada.

Ahora, mi cabreo sube muchos, muchísimos enteros cuando veo esta barbaridad:

7 consejos para hacer adelgazar el pubis (monte de Venus)

Me cabreo tanto que hasta se me olvida la tontería del titular. Porque cómo diablos se puede escribir algo tan perjudicial, tan dañino…¿y encima le das a publicar? Me van a perdonar pero ¿nos hemos vuelto locos o qué?

Una cosa voy a deciros, editores de webs supuestamente femeninas, de revistas para mujeres, de páginas que en teoría enarboláis nuestra bandera buscando nuestro bienestar y para que nos encontremos mejor con nosotras mismas: a mi cobertura 4G pongo por testigo de que no entrará en mi casa una de vuestras publicaciones llenas de brillantinas y estereotipos, de imágenes dañinas y perversamente edulcoradas, porque lo que me habéis demostrado no es más que una sarta de sandeces y que, para echarme unas risas prefiero El Mundo Today. De que ni vosotros ni los medios de comunicación le venderéis a mi hija así como así vuestra estulticia y vuestros bancos de imágenes irreales, de American Apparel y de tallas 34, de dentaduras esmaltadas y brillantes, de miradas vacías y photoshopeadas. De que, cual sujetador en los setenta y cantando a gritos a Billy Joel, quemaré con violencia (si encuentro el único mechero que tenemos en casa) vuestro papel couché en el fregadero delante de mis hijos. De que destrozaré personalmente vuestras listas de cómo ser la mujer 10, de cómo prepararse para el verano con detox y cleansing a cual más absurdo y repelente, de cómo hacer feliz a tu pareja y estar siempre depilada y dispuesta, de cómo llegar relajada y sin gritar al fin de semana (tómate esa píldora, bitch), de cómo caber en unos jeans sin que se note tu Monte de Venus (WHAT THE FUCK?), de cómo ejercitarte para tener un thigh gap envidiable, de cómo tener el culo blanqueado y perfecto para la recepción del embajador, o de cómo tener los labios de nuestra vulva proporcionados y, por supuesto, simétricos….

Sexy bitch tu madre....
Sexy bitch tu madre….

Llevo mucho pasando por delante y mirando de reojo vuestra hilera en la tienda de la gasolinera o en el quiosco, vuestras portadas explosivas, brillantes, gritonas, estridentes, con bolsos XL para la piscina de regalo, o con muestras de rimmel para esas pestañas de infarto, con los morros repintados y vuestros copia-pega desde los ochenta, cuando yo sí me leía vuestras encuestas sobre cómo encontrar el hombre perfecto, cuando sí me frustraba por no llegar a tener nunca el armario de básicos para arrasar, y cada día os he ido mirando con más inquina, con más desprecio por la imagen de mujer (y de hombre) que nos habéis vendido desde que os conozco, y que seguís haciendo sin cortapisas, como un buque que, varado hace tiempo, sigue esparciendo el chapapote, la mierda negra, durante años y años, contaminando la mirada de las que os leen, en su mayoría niñas jóvenes.

Que sí, que sí, que se os ha visto el plumero (porque no os lo habéis operado ehhhh) y conmigo, hasta aquí habéis llegado.

La mujer perfecta ha muerto. Y ya podéis ir corriendo o buscando algún regalo muy bueno para que os compren porque la mujer real, la que no llega a fin de mes y le da igual si se lleva el berenjena o que no hay que comer hidratos por la noche, no tiene el Monte de Venus para tonterías.