El día en que vuelves de las vacaciones…

Parece que se te acaba una vida pequeñita  y alternativa que, como una buda de pacotilla, has decidido «vivir» mientras vives, que para la reencarnación, si es que llega, ya vendrán otros tiempos…

Se me han acabado las vacaciones, que este año no son reales sino mentales, porque como ya sabréis amigos (o no), esta vez no vuelvo a ninguna oficina a fichar, ni a enseñar moreno, ni a contar mis batallitas o lo grande que está la niña. No, amigo, no.  Estas vacaciones son memorables porque han sido de las de antes. De las que tenían nuestras madres, las que no trabajaban, claro. De las de lapsus mental que empezaban con la página 1 de las Vacaciones Santillana y terminaban mientras forrabas los libros con el plástico adhesivo transparente. Sí, de esas, de mari de toda la vida. Pegada a mi criatura (¿o ha sido al revés?) con un efecto ventosa tal que ya no sé si yo soy la niña o la niña soy yo… Sigue leyendo

¡Dame un beso, bonita!

 

 

 

Narrador omnisciente: Vas tan tranquila por la calle. Toda mona. Con tu traje de los domingos, tu mejor sonrisa, tu peinado más elaborado por tu peluquera de cabecera y esos zapatos acharolados con brilli-brilli que tanto te gustan. El mundo es tuyo y lo sabes.

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De pérdidas y lo que queda después

Las pérdidas.

Parece que todo se confabula a mi alrededor para que el verano me recuerde sin cesar que la vida es corta.

Hoy hace 3 años que murió mi madre y al marcharse, y durante toda su vida, me dejó todo lo que era, y lo que quiso ser y no pudo. Sus deseos, anhelos y sus frustraciones. Todo lo que soy y no soy porque no quiero o porque no puedo. Sus virtudes y sus defectos, aunque yo aún no los quiera ver. Algunas de sus manías y de sus miedos.

Todos sus lunares y parte de sus juanetes.

Su sonrisa me la dejó, que la reconozco varias veces en el espejo, y su forma de la cara, que es la mía.

Sus canciones de Radio Olé cocinando a media mañana, sus Dos cruces en el Monte del Olvido, el Camino Verde, sus silencios tras la cortina cuando esperaba a mi padre al volver del trabajo, sus rutinas al acostarse cuando yo le preguntaba cosas intrascendentes y ella me hacía gestos con la cabeza con impaciencia mientras recitaba alguna oración aprendida en la niñez católica, apostólica y romana.

Su forma de peinarse, mirándose al espejo con deje profesional de peluquera del Cuéntame, sus dibujos de cabezas de mujer con peinados de Sissi Emperatriz que yo me empecinaba en repetir pero que nunca tuvieron su elegancia y destreza, su caligrafía perfecta de trazos dulces y redondeados adornando libros y cuadernos, y recetas de cocina, y teléfonos de gente a la que yo ya no conozco y nunca llamaré.

Y sus enfados, y sus alegrías que eran las mías, y sus manos calentándome en invierno, acurrucadas las dos en el sofá, y su querencia a lo bonito, y a las pelis sensibleras, y al llorar espontáneo, del que sale sin llamarle, como si siempre estuviera ahí, en el ojillo, esperando un silbido cualquiera para ir arrasando por las mejillas.

Y su resignación, y sus preocupaciones, y su «tanto por hacer», y sus «debería», y sus «si no hubiera…».

Algunas las tomo prestadas y otras no.  Algunas las tiene mi hermana y otras yo. Porque en mi hermana también se quedó ella. Y en ella encuentro sin buscar las palabras que mi madre hubiera dicho, sin pensar. Y nos reímos de lo mismo, sin hablar, y sin tan siquiera nombrarlo, porque simplemente sabemos qué hubiera contestado, con qué tono, con qué cara, con qué ojos nos hubiera mirado.

Después de mi madre quedan muchas cosas, tantas que no caben en un post, ni en un folio, ni en un libro, ni tan siquiera en una vida. Queda lo que hizo, sus sacrificios, su familia, su dedicación, sus elecciones. Pero también queda lo que no cumplió, esa vida que no eligió o que no se dejó elegir, esos viajes que no hizo, esas ciudades maravillosas que no conoció, esas personas a las que no cambió, todo lo que queda cuando alguien como ella se va.

Semana Mundial de la Lactancia que nos dejan

Es la Semana Mundial de la Lactancia Materna y toca una reflexión al respecto. Nada más dar a luz y en plena efervescencia hormonal  icé la bandera de la lactancia a demanda y enarbolando el manual de san Carlos González me proclamé defensora a ultranza de ese derecho de madre e hijo a una lactancia natural y sin intervenciones. Incluso me atreví a arengar a mis compañeras en mi afán comunicador, “maternificador” y casi-evangelizador, tanto que cualquiera en un momento de hartazgo, y con bastante razón, me hubiera dado un «tetazo» por pesada y por meterme en escotes ajenos…

Ahora, tiempo después ( habiendo amamantado hasta los dieciocho meses), y con las hormonas algo más recolocadas (si bien témome nunca volverán a ser lo que eran hasta que me llegue el momento Tena Lady), contemplo con más distancia, más tiempo y mucho más relax la cuestión pecho sí-biberón no.

Y aprovechando la fecha (celebración que no llego a entender, ya que no tenemos Semana Mundial de Quitarle el chupete o de Introducción de las Verduras), diré que el pecho es una solución económica, rápida, cómoda y normalmente, indolora, presenta todas las ventajas ideales para que todas las madres la adoptaran como método de alimentación. Está científicamente demostrado que la leche materna es el mejor alimento, por mucho que los anuncios de leche de fórmula nos digan que ellas lo hacen casi igual de bien, y tanto para el bebé como para la madre los beneficios fisiológicos y emocionales son indiscutibles.

Pero, por muy ventajoso que resulte, no a todas las mujeres les parece la idea más genial de la creación humana y hay que respetarlo y no indignarse con ellas ni mirarlas con recelo (como antes se hacía con las que sí amamantaban, las menos, recordémoslo) o cuchichear mientras compran en la farmacia el botecico de los dichosos y carísimos polvos. No es cuestión de diferenciar en quién da y quién no, sino en ir más allá y ver el motivo de muchas de esas decisiones.

Porque hay quien tiene mastitis nada más dar a luz y se les echa la culpa por no saber ponerse al niño (claro, como eso te lo enseñan desde primaria…) y no se les ayuda desde el hospital prestándoles sacaleches, sino que se las lanza sin más a sus casas, donde llorosas y con los pechos como bombas de SuperMario a punto de estallar, maldicen trescientas veces treinta y tres la lactancia de la madre que la fundó.

Hay quien no tiene apoyo a su alrededor y su enfermera de cabecera le sigue dando los mismos consejos del añolaTana del doctor Spock y “Tu hijo”, con los famosos diez minutos de cada pecho, haciéndose el lío padre con el tiempo que darle a su pequeño, que si se queda con hambre, que si no tengo leche suficiente, que si le doy un bibe para que no se quede el pobre con el estómago vacío… Y si encima sus mujeres de referencia, véanse madre y suegra de la generación biberón of course, pues ya se prepara el tinglao. Y a los tres meses como mucho, la protagonista ya lo ha dejado.

Hay quien quiere dar el pecho durante al menos sus seis meses, que es lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud, que no porque tengan mayúsculas van a saber más que nadie, pero vamos, que dan bastante credibilidad. Pero, hete aquí, que si la mujer ha de reincorporarse a su puesto de trabajo a los tres meses y medio (ese momento trágico en el que se te cae el alma a los pies porque te das cuenta de que la vida es una mierda) las cuentas no salen. Y resulta que si decide seguir con lo del pecho ha de montar la de Cristo para poder sacarse la leche en su oficina mientras a su pequeño lo cuidan otros (ya sean abuelas o cuidadores), que así en resumen, viene a ser algo así:

-llevarse la neverita de rigor con el sacaleches manual o automático, los botecicos preparados para la leche y el tupper con las lentejas,

-ausentarse de su puesto lo que buenamente dure la extracción/ordeñamiento, que para los que no lo han vivido nunca, no es un proceso automático, de estos de meter la monedita y “su tabaco, gracias”, sino que dura lo que tenga que durar…

-sentirse culpable por estar fuera durante un rato (además, la culpabilidad viene de serie tras el parto) y pensar que, mientras está ahí líada con su ordeñamiento, el jefe supremo del mundo mundial le va a llamar a su puesto en el que, ¡oh, dios, no está! ¡que está ahí, estrujándose los pechos afanosamente en vez de estar mirando su perfil de Facebook frente a la pantalla!!!

-esconderse del mundo porque lo de “me voy a ordeñar, ¿te vienes?” sale perdiendo frente al “me voy a fumar fuera, ¿te vienes? o al “son las diez, toca desayuno, ¿te vienes?”,

-conseguir exprimir la cantidad suficiente de leche para que el niño no se quede con hambre al día siguiente (uno de las mayores causas de estrés de las sufridoras amamantadoras que persisten tras su reincorporación y que a una servidora también le traía por el camino de la amargura),

-almacenar el preciado líquido sin que se contamine en el proceso (no todas las cocinas de oficinas están igual de equipadas) y seguir escondiéndose mientras se limpian aparejos (el sacaleches impresiona, os lo digo yo)

-y mantenerlo refrigerado hasta que llega a casa sano y salvo, cual agua bendita del mismísimo Lourdes.

Y eso cuando no se abandona directamente porque, francamente, esa media hora de lactancia que dan las empresas es como de partirse la caja y luego echarse a llorar. ¿Quién ha decidido que son treinta y no cuarenta minutos los que un bebé necesita para compensar las seis horas de media que su madre está fuera de casa? Y encima hay que darles las gracias, como con la dichosa jornada reducida… Que parece que están dando algo cuando todas sabemos que no sirven más que para juntar esos minutejos con la baja maternal, o para salir antes, media hora y que como te pille el metro apretado como siempre, pues vamos, que llegas casi igual y encima te miran mal en la ofi por eso de que te vas antes que nadie…

Total, que me extiendo demasiado, que sí, que tenemos que celebrar la Semana Mundial de la Lactancia Materna, que ahora se está poniendo otra vez de moda y es genial, que yo encantada. Pero no nos engañemos, si muchas madres no la eligen no es porque no le de pereza levantarse por la noche, ni porque crean que se les va a caer el pecho, o no quieran darle lo mejor a sus hijos. Es que no muchas veces, no pueden hacerlo ni cómo quieren, ni el tiempo que quieren.

Y ahí es donde radica, desde mi humilde opinión, el gran problema, lo que hay que denunciar, y contra lo que hay que luchar.

Más posts sobre el tema de la semana (seguro que hay muchos más, solo hay que seguir enlaces, pero con estos se puede empezar):

Mamá contra corriente:  Por qué no nos fue bien con la lactancia maternaPor qué no acudí a un grupo de lactancia

Miriam Tirado: De tetas, biberones, culpas y decepciones

Imagen de la home de http://twibbon.com/_breastfeeding. Y para que nadie se quede sin saber lo que necesita, enlaces imperdibles:

World Breastfeeding Week

La Liga de la Leche

Vamos a publi I: Noñoño, la ropa que escogerían los bebés… si pudieran

Hoy he ido a buscar un librillo para mi hija de estos de pegatinas que duran una tarde porque la dulce criatura lo destroza en cuanto lo pilla, y va el señor librero y, tras preguntarme por el sexo de la susodicha (sorprendida me he quedado he de decirlo ante la cuestión) me saca el volumen 1 de «Mi libro rosa con pegatinas«. Un compendio repelente (permítaseme la licencia, con todo el respeto para quien le guste) de hojas rosas, con mucha purpurina, mucha foto de niña real maquillada hasta las pestañas y con tacones, y mucha tontería. Vamos, que me he quedado mirando al señor librero, diciendo: «Y el delantal y la mopa, ¿vienen de regalo?».

Para contestarme, me ha sacado un librillo de camiones en todas sus variaciones, colores, tamaños, con dos ruedas, con grúa, elevables, de obra… Un catálogo semi-profesional que ¡ni los de Acciona en sus bases de datos! 

Tras coger uno de dinosaurios, después de meter el hocico entre el montón de libros infantiles, viendo como se veía que el librero lo que se dice muy hábil no era, iba yo preguntándome, pero ¿esto qué es? ¿Por qué seguimos con el rosa y el camión como si no hubiera otra cosa en el mundo para los niños pequeños? Y con la ropa, tres cuartos de lo mismo…Hasta que me acorde de mis amigos de Noñoño y me dije, uff, menos mal, aún hay esperanza…

Érase una vez un par de seres humanos, Annika y Ata, ella y él, sueca y español a mucha honra, que viendo sus carreras profesionales, digámoslo así, un pelín perjudicadas por las crisis, eres, despidos y demás variables a las que nos enfrentamos cada día, decidieron en amor y compañía hacer algo que les gustaba y que, fíjate tú, encima se les daba muy bien: crear la ropa que a ellos les gustaba para sus hijos, y que no podían encontrar en nuestro mercado español (salvo honrosas excepciones, dominado por el rosa a discreción, los conejitos azules, el volante, el lazo, la puntillita y los calcetines de boliches de borjamari).

Así, manos a la obra se pusieron, y dieron entre los dos con una marca y un concepto muy original, e idóneo para todos aquellos a los que la ropa a base de florituras, lanas vírgenes y nidos de abejas y familiares alados nos repele: la marca Noñoño.

Han empezado poco a poco, a lo pequeñito y despacio que vienen curvas, pero con paso firme y con muy buenos diseños. Venden a través de su web con pedidos a domicilio y canastillas de regalo muy bien pensadas y apañadas para cuando no sabes muy bien qué comprarle a esa amiga primípara que repele los lazos como el agua a los gatos o para ese grupo de amigos/colegas del curro a los que no se les ocurre nada que mandarle al amigo/colega del equipo de fútbol por el nacimiento de su churumbel. Además también los puedes encontrar en tiendas como en Plazita Serrano del Mercado de Fuencarral, por ejemplo.

La idea, mola. La ropa que los bebés escogerían si pudieran. Nada de chorradas rosicas con purpurina ni nubecitas con angelitos, que las pobres criaturas ya tienen bastante con la cenefas que con tanto amor les colocan sus padres desde el primer mes de concepción.

La ropa, también. Está hecha con mimo, se nota. Y se palpa, que para algo es algodón portugués, que puede parecer una tontería para rellenar y me lo dirás, pero ah, que no, que no
lo es, y tras unos cuantos lavados, ya me lo dirás, mari.

En fin, que para inaugurar esta sección de «Vamos a publi», nada mejor que hacerlo con unos amigos que hacen ropa chula y a los que hay que seguir la pista porque piensan diseñar y producir también para niños a partir de los 2 años en adelante!