Cosas que te dicen cuando te echan

despidoCuando me echaron del trabajo lo primero que me dijeron es que no era por mí. El típico no eres tú, soy yo¿podemos seguir siendo amigos? Me dijeron que tener hijos y querer cuidarlos no iba bien con la publicidad. Que no molaba que me fuera a mi casa a las tres. Que si no me quedaba hasta las once de la noche eso quería decir que no me gustaba la publicidad. Que seguiremos en contacto, que te llamaremos, que no eres tú, que soy yo…

Cuando me echaron del trabajo, hace ya unos cuantos siglos, me dijeron, como si con eso fuera a levantarme a hacerle la ola al tipo aquel al que no había visto en mi vida, que ante una situación de dificultad en la empresa, las primeras en los que pensaban para echar eran las mujeres con hijos. Que lo hacían por nosotras, que en realidad era un favor porque así podíamos irnos a nuestra casita a cuidarlos y vamos, que era una cuestión de bondad empresarial, digámoslo así.

A mí, ante esa declaración de homo-realidad, se me puso cara de culo inmediatamente. No se me cayeron los ojos de las órbitas porque los tenía sujetos con el rimmel, que si no aún estoy buscándolos. Pero solté la mano rápidamente en posición: págame y no me cuentes milongas, s’il te plait. Hay que joderse…

Y salí de ese despacho buscando un calendario en aquellas oficinas acristaladas, para ver si efectivamente estábamos en pleno edad del iPhone no sé cuántos, y no en los años del Generalísimo y la Sección Femenina. Y me fui, con la autoestima por los suelos, el ánimo empujando la autoestima desde el subsuelo, y enfrentada a mi genética y a mi mala costumbre de engendrar como si ese fuera el problema…

No quedó ahí la situación surrealista, por supuesto. Porque podía haber terminado de una manera elegante, adecuada, correcta, vamos, lo normal cuando te echan para que te vayas a cuidar de tus hijos, sea ésta la razón real o no (ojo, que es muy probable que apeste como profesional, pues claro, pero desde luego la excusa fue incluso peor que mi trabajo…). Pero no. Cuando al fin fui a cobrar mi cheque llevaba en la mano una bolsa de unos grandes almacenes con mi libro ahí agazapado.Y era un libro, pero podía haber sido una cabeza de gíbaro disecada. Vamos, que es lo de menos. Pero ni corto ni perezoso, el señor, ese señor, el encargado de soltarme la guita, ya curtido y con canas en su haber, va y me suelta con un par un: ¡Anda, que ya te lo estás gastando yéndote de compras!

Se me volvió a poner cara de culo. Esta vez de culo muy respingón. Solté la mano una vez más en posición: Págame y no abráis la boca que os cubrís de gloria. Que te has quedado a gusto…

Y con mi bolsa, mi objeto indeterminado dentro de ella, y lo más importante, mi cheque para irme a cuidar a mis hijos a mi casa en mi bolsillo.

Cosas que te dicen cuando te echan… Cuéntame un chiste, ¿qué te han dicho a ti?

 

Advertisements

La caída de un mito “ternesco”

En mi tierna infancia y más allá (que a mí la época de “ternesca” me duró casi casi hasta la veintena, jeje) las muñecas con todos sus accesorios formaron parte fundamental de mis tardes de juego. Mientras mi hermana, más madura que una servidora ya desde los primeros años, se dedicaba a la reflexión intelectual y a pensar en sus cosas de mayor, yo me perdía en mis mundos de Barbies y Chabeles.

La Barbie era la voluptuosa, en varias versiones princesiles o sacadas del mundo Lomana, a la que mutilé en varias ocasiones, desmembré con alevosía (a lo Dexter pero sin psicopatía que yo sepa) y en la que practique mis dudosas habilidades de esteticién: pelo, uñas, labios y no le hice la depilación porque la muy lista venía con la “Alejandrita” de serie, que si no…  Ahora reposa desnudica y desfallecida, entre barriguitas rechonchonas y osos de peluche raídos, rumiando su triste destino: ella, que todo lo tuvo, para la que estaba destinada la gloria…

La Chabel fue su sucesora: menos curvas, más joven quizás, más universitaria, algo más real, diría yo, y sobre la que no ejercí aquella violencia implícita. Tal vez fuera porque, a diferencia de la rubia de talla 120, la pequeña Chabel no tenía una cintura imposible si tienes más de una costilla, porque no tenía los brazos anquilosados en aquel ademán tan surrealista de gancho-para-bolsas, y no se pasaba el día de puntillas y sacando pecho (aunque le hubiera hecho falta, porque la pobre andaba algo falta de delantera), pero el caso es que la nueva generación de muñecas no generaba en mí ese afán transformista y cabaretero.

De todo esto me he acordado esta mañana, cuando me he encontrado con este documento visual, todo un alarde de mala leche en pos de una buena causa, organizado y orquestado por Greenpeace para denunciar la deforestación que Mattel está llevando a cabo en los bosques de Indonesia para producir las cajas en las que venden a la amiga Barbie.