Empanadillas a las nueve

La veo desde aquí sentado.

Se mueve a velocidades intermitentes, como una polilla de en torno al farol. De la cocina al salón. Del salón a la habitación.

De cuando en cuando pasa por delante.
Aunque hace como que no, me mira «por el reojillo». Y con cada una de sus miradas soslayadas, me manda una onda cerebral de desprecio.

Se piensa que no me doy cuenta. Que solo presto atención a mis cosas. Que no me pongo en su lugar. Que no me preocupo por lo que ella quiere. Que solo me interesa lo mío. Que no me entero de lo que hace cuando yo no estoy en casa. Que solo estoy para la cena y la cama. Como si ella quisiera ya darme algo…

No me soporta.

Lo llevo viendo claro desde hace un tiempo. Se lo noto cuando me pone el plato en la mesa. Así, tirado con la mano floja, como escupiéndome. La comida fría. Siempre lo mismo. Las mismas empanadillas heladas. Todos las noches a las nueve.

Ahora mismo ya ni recuerdo la última vez que cenó conmigo. O que comió. O que se sentó a mi lado a ver la tele. O que me habló. Ya solo me grita. Desde otra esquina de la casa. Ni tan siquiera se acerca. Dice que huele el vino que llevo encima desde su pueblo. Y en cuanto llego a casa, oigo como me grita desde la cocina. Que me quite los zapatos. Que no le manche lo fregao. Que apague el puro. Y que me cambie el mono. Que huelo a mierda.
Como si le diese asco. Mi sola presencia. Aunque sea a varias habitaciones de distancia.

Sigue revoloteando. Sin mirarme.
Y yo tengo ganas de levantarme.

Es la hora de la partida abajo. Seguro que el Juan y el Santos ya están con el chato preparado. Y en un minuto me planto en la barra, sentado con ellos. Con mi vaso de tinto y mi puro encendido. Con mis cartas preparadas. En cuanto llegue el Tomás nos sentamos hasta las tantas. Como todos los días. Lejos de ella, y de estos críos que cada vez conozco menos.
Ellos también me evitan. El pequeño solo se acerca para pedirme lo de la semana. Y eso cuando no me lo quita del pantalón. Ella también me quita lo que puede. Lo sé. Y se lo guarda bien. Lo sé. Se ha hecho las tetas, aunque no me lo haya dicho. Se cree que soy tonto como su hermano y que no me entero de que lo que se gasta. Yo no hago más que cavar y cortar y levantar zanjas, y plantar, hasta que me sangran las manos. Estas manos que tanto odia. Hinchadas. Y amarillas por el puro. Y llenas de cicatrices y abono. Mierda, dice ella. Lo que le paga sus excursiones con sus amigas. Y sus meriendas con amigos. Se cree que soy tonto como su hermano.

Ya me lo dice madre. Siempre. Que qué hace con el dinero.Que por qué no lo controlo yo todo. Y que no se entere padre. Que siga pensando que todo va bien. Y que no me separe de ella. Que la tenga siempre cerca para ver lo que hace. Como si pudiera. Como si ella se dejara. Antes le enseña el culo al tío ese de la mercería que a mí. Ni en la cama la veo ya. Hace años que duermo solo en esa cama tan incómoda. Que me está rompiendo la espalda.

Ella se acuesta con el pequeño cada noche. Porque ronco, dice. Ronco porque tengo sinusitis. Yo me tomo las gotas. De eso se encarga ella. Yo no tengo tiempo para ir al médico. Y ella dice que no le importa. Y que me tome las pastillas. Que son buenas para el corazón. Y para el colesterol. Que me las tome y la deje en paz. Y que me vaya al bar. Y yo hago caso. Y a veces creo que todas son las mismas. Y no sé lo que tomo. Madre dice que pregunte. Que vaya yo al médico. Que lo que me tomo no sirve. Que cada vez estoy peor. Y yo cada día me siento más enfermo. Veo como nublado. Ayer casi me rebano dos dedos podando. Qué contenta se pondría. Y me tiemblan estas manos que tengo. Y me dan así como saltos en el pecho, tantos que me tengo que sentar y esperar un ratillo a que se me pase. Y el pelo que se está cayendo. Lo veo en el baño. Me lo grita ella cuando salgo. Que he dejado todo lleno de pelos. Que a ver si me muero.

Me está mirando. Quiere algo. Me enseña los dientes. Esas cejas pintadas que tiene se están levantando, como gritándome. También tiene los labios pintados, se los pintó un día y nunca más la he visto sin esa línea rota, torcida, esa boca que me recuerda a la de una vaca muerta, con la lengua cayéndole de lado. Esa vaca caída sobre la tierra, pudriéndose entre las moscas. Con los ojos como huyendo hacia fuera, y el hocico seco, agrietado. Como mis manos.

Como su cara. La miro y sigue ahí delante.

Me levanto con esfuerzo. Las últimas gotas me han dejado como acorchado. Como dentro de una botella. Apenas oigo sus ladridos a lo lejos. Apenas me llega el aire a la garganta. Que me quema. Las putas empanadillas me pesan en el estómago. Se echa encima. Algo de dinero. Me duelen las piernas. La aparto hacia un lado. Me clava las uñas. Se nubla todo.

 

(Puede que no dé tiempo a pensar tanto. Puede que ni siquiera piense. Puede que  la realidad siempre sea más exacta).


 

Realidad aumentada a las 20.30 h.

No sé ustedes, pero yo el sofá lo levanto muy de cuando en cuando. Pesa mucho, ¿saben? Pero las 20.30 es una hora propicia para arriesgar el espinazo, explorar otros mundos y las profundidades de mi hogar, vamos.

Hoy, regocijo y alboroto, mi santo y yo nos hemos aventurado hacia lo desconocido y hete aquí que nos hemos econtrado lo siguiente en la incursión a los bajos fondos del sofá familiar:

Cuatro huevos de mentirijilla, de los del carrito de la compra que le trajeron SSMM a la pequeña. Yo los daba por perdidos hace meses. Perdidos, o refugiados con pasaporte de ídem en el mismo sitio en el que se expatrian los calcetines diminutos que desaparecen en la lavadora así como los imanes chuperreteados y mordisqueados del libro del circo, que han huido despavoridos ante el afán salivador y succionador de mi hija.

Una bandeja para los cubiertos de mentirijilla de la cocina de mentirijilla que le regalaron hace tiempo. Esta bandeja es una lista, que ya me la conozco yo, y aprovecha cada rendija posible para salir por piernas, ummm, por patitas, del ya mencionado afán salivador, y más aún del de lanzadora de jabalina en ciernes que detecto en ella últimamente. Yo, como buena y alentadora progenitora, cada vez que la veo practicando sus dotes deportivas le corto de raíz sus pretensiones deportivas y ya de paso le amenazo con expulsar de la familia a Pepe, su muñeco y confidente (de hecho, el único que la entiende). Y funciona, a medias. Porque tirarlo no lo tira;  sólo lo desliza por debajo del sofá.

Un par de cuchillitos de mentirijilla, como podrán imaginar, de la cocina de mentirijilla arriba citada. Este electrodoméstico no nos gasta nada de luz, es AAA y ocupa lo mismo que el carrito de la compra de mentirijilla, así que el mal menor es que todos sus complementos acaban desparramados por el suelo, debajo de la cama, de la cuna, del sofá, del cambiador, de la nevera, y eventualmente, dentro del retrete.

Una mandarina de mentirijilla. Ah, no, esperen, que es de verdad. Pero debe ser, como poco, del «Creotázico» o similar. Es un fruto fosilizado y hasta puedo ver a través de su cáscara, en otro tiempo fresca y lozana, y ahora acartonada cual rostro de alguna duquesa de hablar difuso, un mosquito atrapado en su gota de ámbar. Sí, Frutassic Park en mi salón, salto de gozo. No sé si tirar este despojo, mandarlo al Arqueológico y que me dediquen una placa o algo, o añadirlo al carrito de la compra de mentirijilla, que ya tiene 6 huevos, 1 trozo de queso (camembert por la pinta), 1 pollo de corral (por el color vamos, no porque lo diga él), un par de salchichas de Frankfurt, un pan (negro como el que comía la abuelita de Pedro y que ahora está muy de moda, lo que cambian los tiempos…) y un montón de cajas de cartón que imitan cosas típicas de todo buen armario doméstico de hoy en día y que desde su primer día en manos de mi fiera están a un paso de completar el ciclo de reciclaje y convertirse en compost.

He de decir que tras esta complicada operación de rescate casi me quedo sin santo en la complicada operación de bajar de nuevo el sofá al suelo. El pobre casi sufre amputación severa de un dedo del pie. ¿Cómo? ¿Del pie entero? Bueno, él dice que del pie entero. Sea.

La selección musical se la dedico con cariño a la mandarina. Que sabe dios cómo acabo debajo de mi sofá siglos atrás. Descanse en paz, querido cítrico.

Madre no sólo hay una…

Un momento trascendental para toda madre bloguera, igual nos da la implicación, el seguimiento, o los motivos, es el momento en que, por primera vez, busca las palabras blog y madre en Google.

Entonces es cuando te dices: pues sí, va a ser que hay más de una…

Pues sí sí, amiga mía, hay más de una, y de dos, y de tres. Y gente muy buena, y otras un poco cansinas, y algunas con las que te partes la caja, y otras a las que directamente vetas del RSS. Tampoco es que haya descubierto la luna con esto, ya me hago a la idea. Pero en un símil estúpido es más o menos como cuando tenía el iPhone aquel de primera generación, y me sentía como el último habitante del planeta, y un día descubres que hasta el repartidor del Ahorra Más se apunta los encargos en su iPhone 4. Más o menos, digo.

Abróchense los cinturones porque vamos allá con un rápido y ameno paseo por el panorama materno-blogueril de nuestro país. Ojo, que no es un ranking, ni están todos los que son:  una está muy limitadita y además, si me pusiera a recopilar todos los sitios de interés relacionados con nuestra protagonista de hoy, la ciber-mater, después habría que sedarme con un buen par de nolotiles y meterme derechita entre almohadones y con música de Michael Nyman ante tal empacho de mamis, mamitas y madrazas.

Eso sí, si me dejo alguno muy, muy bueno, ruego me lo recomienden al final del post.

– Reivindicativas. Uno de los grupos más numerosos. Con o sin sentido del humor, pero casi siempre «con» y «del bueno» recorren casi todas las facetas de lo que puede llamarse el día a día de una madre moderna y por lo tanto semi-enloquecida: conciliaciones infernales, luchas matinales para vestirse, guarderías y sus penurias, noches de insomnio, falta de sueño, etc. Hay muchas, de muchas formas y colores. Ejemplos mil: Mi vida con hijos, Baballa, cómo ser una madre trabajadora y no morir en el intento,  Mamá sin complejos, Madre y más, Cómo no ser una drama mamáLoulou y Cia, Treinteañera con hijo, Ahora la madre soy yo, Pequeñas cosas de mis peques, Cosas que (me) pasan y etc, etc. Declaro mi debilidad y admiración por Blog de Madre, por simpatía, empatía, y por el universo, que lo ha querido así.

– Colectivas, como Im-perfectas

Consejeras y didácticas, como Demamas.

-Con carreras de medicinaDiario de una mamá pediatra, o Ingeniería como Ingeniero y madre en la vida, o piloto como Los que vamos contra corriente.

Internacionalizadas, como Una mamá española en Alemania, o Una española en Munich,

– Especializadas en moda para bebés como Bebestilo o Compritas para los peques. Y en moda alternativa, como No soy ñoño, que es más una web que un blog, pero que me ha gustado, y como es mi post, pues lo incluyo.

– En recetas para niños como Pequerecetas.

En decoración para niños como Decopeques.

– En proceso de como Mi vida sin hijos, o en pleno embarazo, como Ay madre, o casi recién estrenadas, como Embarazada novata

– Defensoras de la lactancia materna, la crianza natural, el colecho y los portabebés, todas creyentes en la palabra de San Carlos González (me incluyo entre sus fieles, amén), como Con la teta hemos topado, o Tenemos tetas (la maternidad impúdica), o Mamá vaca, o Maternidad diferente. De este tipo hay muchísisisisimas e interesantísisimas. Si te pones a explorar entre todas ellas habrás acabado antes de dar el pecho que de leer posts sobre estos temas. Y lo digo por experiencia.

– Digna mención para el apartado paternal con Historias de papá loboParaguas en llamas o el  bizarro y surrealista, El hombre ama de casa.

– Hay incluso uno que ni siquiera va de cosas de madres, y que se lleva la palma, Mi madre es idiota.

Y podría seguir, que me dejo todo el apartado inglisss y demás idiomas. Pero ya no quiero, que se me pasa la vida y el turno para la pelu.

Eso sí, un apunte. Madres cibernéticas del mundo, los anunciantes nos tienen localizadas. Vienen a por nosotras….

El «hostión» de mano vuelta

Está la cosa muy chunga.

Eso es lo que debe haber pensado el pirado de Gadafi al ver su salón «ampliado» y con vistas a los tanques más cercanos.

Y aunque no quiero entrar en el  «te lo estabas buscando, pirao lleno de botox y excéntrico de mierda», si me apetece recalcar que, independientemente de que se lo merezca o no, aquí la señora Comunidad Internacional ha hecho las veces  del padre aquel que presume de hijos ejemplares delante de sus amigos mientras se echa sus partiditas de paddle, que les ríe las gracias mientras sus pequeños, «asalvajaos» perdidos, se encaraman sobre el peluquín del de la mesa de al lado en el restaurante de turno, o que se atreve a encararse con el profesor del colegio cuando éste le comenta lo «molesto» que es que su Miguelito vaya grapando el trasero de sus compañeros…

Pero es también aquel padre el que, en el único minuto en el que le dedica verdadera atención a su mocoso, le mete el hostión del siglo (magnitud 9,7 en la escala hostiómetro), en el que le empotra los dientes en el fregadero por haber metido los palillos en el enchufe del baño o haber abierto el grifo de la bañera para que la radio portátil del abuelo pudiera hacerse unos largos porque no le compraban el último juego de la PSP.

Vamos, resumiendo: tiranillo en potencia, padre ignorante e incompetente, medida desmedida e ineficaz.

Lo mejor de todo es que, según EEUU, «el vicealmirante William Gortney, […] insistió en que el objetivo de la coalición no es en ningún caso abatir al dictador«. Espectacular golpe de efecto, ¿no?. Vamos, que ha sido un hostión en toda regla, pero con cariño, con la mano vuelta para que duela menos…

Mira que me leo todo lo que pillo con la esperanza de comprender algo este galimatías que nos han metido en Oriente Medio. Lo intento, y lo intento. Pero al final lo único que tengo claro es que, de todos los que están saliendo como ratas al notar el humo, no hay ninguno bueno.

Pero desde luego sigo sin entender esta «metodología educativa» que se gastan los amigos aliados, esos que se denominan «los buenos». ¿No decían los expertos que una buena bofetada a tiempo no es un gran recurso pedagógico?

Y el caos se hizo mañana

Hay madrugadas en las que en vez de lanzarse con alegría hacia el mundo exterior más nos valdría utilizar ese impulso para hundirnos más hacia el fondo del edredón para descubrir si hay más allá detrás de las dobleces de la funda nórdica…

Yo creo que mi funda nórdica no tiene final: tiras y tiras hacia arriba y sigue apareciendo más y más extensión de tela con la que taparte… Eso sí, solo tela, porque el edredón sí que tiene una frontera bien clarita, que es siempre más abajo de donde a mí me gustaría que acabase. Enigmas de la humanidad doméstica.

Y podría, debería, haberme quedado ahí meditando si hay más mundos al final de la cama o no. Pero oh tonta de mí, me he empeñado en empezar el lunes con energía. Solo para toparme con un universo hostil que me ha devuelto algo que debo haber hecho fatal en otro momento en forma de catástrofes varias.

La primera: mi casa está llena de virus. Mi garganta y sistema respiratorio están dominadas por el mismísimo demonio, y cada vez que toso parece que surgieran desde las mismísimas profundidades coros de acólitos infernales alabando al creador. Un gusto que da oírme. Pero es que además mi correo también se ha llenado de malvados agentes diabólicos que se dedican a reenviar sin piedad miles y miles de mensajes con contenidos altamente cuestionables a mis contactos. Y a todo esto, yo me pregunto ¿por qué el spam está basado en la pornografía, la viagra y el alargamiento del pene? ¿Por qué no podemos hacer un spam inteligente y reenviar las últimas aportaciones a la humanidad del amigo Punset? ¿O la viñeta del día de Forges? ¿No sería ésta una estupenda solución a muchos de los problemas de insustancialidad del mundo? A mí esto me molaría mucho más, la verdad. ¡Hackers y robots spameros del mundo! ¡Haced de vuestras malas artes una revolución cultural!

La segunda: mi hija ha decidido esconder sus «herramientas escolares» y a las siete y media de la mañana he tenido que rastrear mi casa de arriba a abajo en busca de su taza rosa antigoteo .  Infructuosamente, he de decir. Y eso que he sometido a interrogatorio a la interesada desde que la he sacado abruptamente de sus casi doce horas de sueño. Pero ella, mirándome tiernamente con sus enormes ojos azules, se ha limitado a darme un lametazo en todo el careto como única respuesta. Bien. No tenemos taza antigoteo hoy. Hoy no cumplo el mandatorio del pack «guarderíl» de cada lunes compuesto por: baberos mil marcados por detrás con rotu con su nombre; baby marcado con rotu y con manchas de pintura de colores que no saldrán nunca porque aunque en la guarde dicen que son lavables, debe ser que mi agua y detergente y frotamientos varios no tienen la autoridad suficiente como para que las témperas especiales para niños decidan desaparecer de nuestras vidas; taza rosa antigoteo con su nombre marcado con rotu y que hoy debe estar de excursión, descubriendo el mundo exterior (enhorabuena, amiga, mándanos una postal y traénos algo cuando vuelvas); y sábana bajera de alta calidad y gomitas elásticas, ilustrada con un dibujito personal e intransferible pintado por una servidora para que la niña sepa dónde debe tirarse a la hora de la siesta y no lo confunda con el de sus compis de fatigas (algo que no creo que agradezcan los demás pequeños, ya que mi hija es de las últimas en dormirse y según me cuentan, se dedica a despertar a los afortunados que ya dormitan su merecida siesta. Angelito).

Sábana que oh, la tercera, he olvidado al salir de casa debido a la intoxicación y a la precipitación con que hija y madre hemos salido de casa debido a la calcinación de un apetitoso arroz blanco que estaba yo en proceso de cocinar mientras buscaba la taza, vestía a mi hija y terminaba de recoger un poquito la casa para dejarla presentable en caso de que se presente alguien sin avisar… Se ha formado tal humareda en mi domicilio que hemos tenido que sacar corriendo la olla incendiaria al patio sin ni siquiera intentar salvar algo del chamuscado arroz (parecía poco probable que quedase algo medianamente comestible). Y mientras mi hija me imitaba sacudiendo los brazos a la manera helicóptero para intentar sacar el humo pestilente de la cocina ha tirado la caja de las pinzas de la ropa que, evidentemente, no estaba donde debía, y que ha acabado inundando con un mar de colorines el suelo y con nosotras dos de rodillas jugando al «a guardar» y tosiendo mil demonios entre el humo condenado y los virus estos que me ha pegado mi niña del alma.

Tranquilos todos, no os abalancéis a los teléfonos de urgencias. Las interesadas no hemos sufrido daños, si bien mi estrés ha alcanzado esta mañana unos límites fuera de lo permitido por la Agencia Mundial de Estreses Mañaneros. Y si hay que buscar víctimas, puede que la taza entre en la lista de desaparecidos, le daremos 48 horas para llamar a las autoridades y bajar a la farmacia a comprar el reemplazo.

La casa sigue en pie, Santo de mis entretelas, y es probable que en el barrio nos miren mal durante una temporada debido a ese olor que hemos extendido entre nuestros amables vecinos. Pero bueno, tienen mucho que callar por esa zona, tanto negocio ilegal seguro que es motivo suficiente como para no tomar represalia contra nuestra humilde e inofensiva unidad familiar. Espero…

Knock, Knock

– ¿Si?

– Buenos días, ¿la señora Robinson ?

– Mmm, sí…

– Le traigo su carcinoma microcítico pulmonar.

– …

– Su cáncer.

– ¡!

– He venido para tomar medidas y para ir adelantando el papeleo, señora. Que es que luego se me juntan los clientes, y prefiero ir sacando el trabajo cuando tengo un hueco libre… Además, el suyo es de los urgentes, ¿ve? Lo tengo en rojo de tipo III y mi jefe ya me está metiendo prisa, que se me están acumulando los III y los IV y lo mismo no me puedo ir de Semana Santa…

– Mmm, yo creo que se ha equivocado… No tengo antecedentes, no fumo, hago deporte, soy vegetariana…

– Señora, señora, que yo soy un mandao… A mí me han dado el aviso, ¿ve? Aquí tengo su nombre, su dirección y la entrega que tengo que hacer. A mí me pone la firmita, le cuento lo de los bonos del cisplatino y a otra cosa, mariposa.

– Pero, esto no tiene sentido…

– Señora, señora, por favor, no se me ponga existencialista, que si nos metemos en profundidades no termino en toda la mañana. Me va rellenando estos papeles con sus datos: éste rosa es la cesión de sus próximos meses en exclusiva; el azul es el consentimiento de la pérdida total de independencia, voy a necesitar también la firma de sus familiares más cercanos; el amarillo, otro consentimiento sobre los posible efectos secundarios de todo lo que viene siendo el proceso, no nos hacemos responsables, y es interesante que se lo lea, para evitar sorpresas de última hora y que luego se nos queje, no sería la primera…; y este último, el gris, es el de los bonos de las sesiones de cisplatino o carboplatino. Yo le recomiendo que elija el bono de 20, le va a salir mejor y si escoge ese le regalamos una sesión gratuita, cortesía de la casa.

Bueno, me va completando los papelitos con letra clarita, y en mayúsculas, que yo voy al camión a por la herramienta y vuelvo ya mismo. No, no hace falta que cierre la puerta.

Realidad aumentada a las 8.30 a.m

Una mujer se choca conmigo mientras se esconde tras sus enormes gafas de concha. Avanza parapetada en un abrigo de colores chillones, imitación de Desigual, que está muy de moda últimamente, y en su mirada se podrían atisbar lo menos cinco o seis pensamientos homicidas. O eso parece. Podría ser fácilmente que hoy tiene que presentar ese documento absurdo que le encasquetaron por pringada el otro día, mientras su compañera de mesa, la muy lista, se iba de rositas a tomar cañas con el jefe. La muy p…resumida… Podría ser además, que encima del marrón del powerpoint, después del trabajo tiene cita con el ginecólogo. La segunda cosa que menos le gusta en el mundo, después de limpiar los posos del café de una cafetera de fuego. Vamos, que tiene el día como para que le toquen las castañuelas.

La dejo pasar con respeto y comprensión, no vaya a despertar la ira que se ha levantado con ella a las seis y media de la mañana. Si eso, que lo pague con su compañera, la maja. Que se va a quedar de un relajado…

Dejo a mi izquierda, sentada en uno de los bancos metálicos, a una señora entrada en añitos, que intenta encontrar la posición óptima para hacerse la manicura francesa, mientras el culo se le resbala hacia el suelo por el efecto «incomodador» del banco (me juego mi flamante nuevo reloj, regalo de mi Santo, de que los hacen así aposta), el bolso le cuelga peligrosamente de una rodilla y un mechón de pelo rizado y espeso le está obstaculizando la visión del ojo derecho. Entre tanto trajín, el compañero de banco la mira de reojillo, así sin mover la cabeza y con el Marca abierto sobre el maletín de piel, como si le prestara atención a la última de Mou. Está, el buen hombre, sin embargo, siguiendo los aspavientos desesperados de su vecina, admirado a la vez por su capacidad resolutiva ante tanta inconveniencia y extasiado por el perfume embriagador del pintauñas blanco. A él le encanta ese olor, y cada vez que su esposa se pinta las uñas, con los pies levantados encima del reposabrazos y una especie de instrumento de tortura entre los dedos de sus pies, él se queda quieto junto a ella, calladito para no molestarla en su tarea, deleitándose en cada bocanada química como quien degusta con el olfato un bizcocho recién horneado.

Les dejo, no sin sonreírme por el resultado casi perfecto de esa manicura improvisada entre tanta dificultad externa. «Esa tía sabe lo que se hace, y no como yo, que ni deteniendo el tiempo como el japonés de Héroes soy capaz de dejarme las manos algo parecido a decentes…». Corto el pensamiento al llegar a la escalera mecánica, hoy no tengo ganas de tonificar mis glúteos. Mañana.

Noto un empujón en mi mochila. El personaje situado a mi espalda quiere subir por encima mío, lo noto. Me giro, con delicadeza y pausadamente, que jode más, para explicarle con calma la dificultad físico-espacial de que me atraviese sin más (recordando de nuevo a un personaje de Héroes, el negro aquel flojito casado con la rubia de personalidades múltiples… ¡cuánto daño hacen las series en mi cerebro!).  Y estoy a punto de decirle cuatro o cinco cosas a aquel descastado que se ha atrevido a subirse a mi chepa.

Pero, viéndole el careto de triste que me lleva el pobre señor, se me quitan las ganas de reprobarle. Bastante tiene ya el amigo con llevar con entereza esa presencia de ánimo tan deprimente, esas ojeras que van gritando al mundo ¡soy muy desgraciado!… No seré yo quien aumente su carga. Paso.

Y saliendo a la calle, y ajustándose mis pupilas de nuevo a la luz natural y acogedora de estas horas de la mañana, recuerdo que hoy es el Día Internacional de la Mujer. Pues bien, felicidades a todas las premiadas.

El calendario de mi niña

Ser padre mola tres pueblos. Esto no va a ser un alegato reivindicativo sobre la emancipación paterno-filial. No hace falta insistir en ese tema, porque eso ya lo interiorizo cada día a las ocho y media de la noche, cuando acuesto a mi hija y el alivio por tener un rato libre me provoca incluso más gozo que la misma idea de salir de fiesta.

Pero lo que sí que pasa al ser padre es que el sentido de la realidad y el binomio espacio-tiempo se distorsionan, irremediablemente. Y tu calendario, antes regido por los astros, por los horarios de los bares, por las fiestas laborables, por las playas con bandera azul y por el sol de invierno, deja de ser la agenda cosmopolita y super sofisticada de un joven urbanita y moderno… Para convertirse en… el calendario de tus niños.

Y sí. Ahora resulta que estamos de carnaval. Y como siempre, desde hace un tiempo, me he enterado gracias al calendario de pitufitos y ositos de peluche.

Porque ahora, la vida en mi humilde hogar, especialmente  desde que hemos entrado en el circuito escolar, se mueve acompasado por el ritmo constante y milimétrico de la guardería de mi hija.

A saber:

– Si echa el cierre, así como un día aleatorio, es que hay una fiesta de guardar que debo conocer, santificar y amablemente respetar, buscándome las vueltas para recolocar a mi niña mientras yo acudo diligentemente a mi trabajo, donde of course se pasan las fiestas infantiles por los mismísimos… Da igual que no esté en el santoral, o que el día correspondiente haya caído en domingo y que, comprensiblemente, hayan decidido pasarlo a un día laboral. Aunque no para ti, por supuesto.

– Si se nos convoca a los padres a un pachangueo comunal, un viernes por la tarde en el recinto guarderíl,  es que (oh ya???) estamos en una de esas épocas del año en las que, por orden ministerial y/o tradición milenaria, hay algo que celebrar, tengas o no ganas/motivos/pasta/algo que festejar, veánse navidades, pascuas, primaveras, otoños, santos isidros, santas palomas, santos colores de la semana, santo día del padre y santo día de la madre, santo día de las profesiones… y un sinfín más de posibilidades aterradoras que prefiero ni mencionar para evitar espasmos y tics incontrolados en la audiencia.

– Si un día te encuentras una circular donde te informan de que se celebra no sé qué semana blanca, es que es época de que se practique el rey de los deportes invernales, oseasé: el ski. Y tú, que eso del ski solo lo conoces por los saltos del día de Año Nuevo, te partes de la risa mientras empiezas, una vez más, a buscarte las vueltas para recolocar a tu crío.

– Y por supuesto, si una tarde entre semana te toca reunión con la profe, colocados en círculo en torno a la maestra y con los riñones enclaustrados en las sillitas enanas de nuestros hijos, es que ya ha pasado un trimestre (tres meses!!! y qué he hecho yo con mi vida mientras tanto???). Un trimestre fundamental, por supuesto, en el que han aprendido lo que significa el número 1, el impresionismo de Monet y a quitarse las zapatillas ellos solitos. Vamos, hitos en su aprendizaje que celebrarás junto al resto de padres orgullosos, mientras crujen las espaldas al levantarse de vuestros cómodos y ergonómicos asientos.

Así va pasando la vida. Y no es que esto sea ni bueno ni malo. De hecho, para quien lleva una vida poco organizada, que la profe de tu hijo te recuerde que se acerca el día del padre, puede resulta hasta positivo. Sobre todo para no terminar regalándole al tuyo propio el bote de pinzas con purpurina con el que este año se le va a derretir el corazón a tu Santo.

P.D: el calendario de mi niña no incluye aniversarios, y lo celebro. Sería un golpe bajo que eso también tuvieran que recordármelo.

(A mi Santo con amor)