Empanadillas a las nueve

La veo desde aquí sentado.

Se mueve a velocidades intermitentes, como una polilla de en torno al farol. De la cocina al salón. Del salón a la habitación.

De cuando en cuando pasa por delante.
Aunque hace como que no, me mira “por el reojillo”. Y con cada una de sus miradas soslayadas, me manda una onda cerebral de desprecio.

Se piensa que no me doy cuenta. Que solo presto atención a mis cosas. Que no me pongo en su lugar. Que no me preocupo por lo que ella quiere. Que solo me interesa lo mío. Que no me entero de lo que hace cuando yo no estoy en casa. Que solo estoy para la cena y la cama. Como si ella quisiera ya darme algo…

No me soporta.

Lo llevo viendo claro desde hace un tiempo. Se lo noto cuando me pone el plato en la mesa. Así, tirado con la mano floja, como escupiéndome. La comida fría. Siempre lo mismo. Las mismas empanadillas heladas. Todos las noches a las nueve.

Ahora mismo ya ni recuerdo la última vez que cenó conmigo. O que comió. O que se sentó a mi lado a ver la tele. O que me habló. Ya solo me grita. Desde otra esquina de la casa. Ni tan siquiera se acerca. Dice que huele el vino que llevo encima desde su pueblo. Y en cuanto llego a casa, oigo como me grita desde la cocina. Que me quite los zapatos. Que no le manche lo fregao. Que apague el puro. Y que me cambie el mono. Que huelo a mierda.
Como si le diese asco. Mi sola presencia. Aunque sea a varias habitaciones de distancia.

Sigue revoloteando. Sin mirarme.
Y yo tengo ganas de levantarme.

Es la hora de la partida abajo. Seguro que el Juan y el Santos ya están con el chato preparado. Y en un minuto me planto en la barra, sentado con ellos. Con mi vaso de tinto y mi puro encendido. Con mis cartas preparadas. En cuanto llegue el Tomás nos sentamos hasta las tantas. Como todos los días. Lejos de ella, y de estos críos que cada vez conozco menos.
Ellos también me evitan. El pequeño solo se acerca para pedirme lo de la semana. Y eso cuando no me lo quita del pantalón. Ella también me quita lo que puede. Lo sé. Y se lo guarda bien. Lo sé. Se ha hecho las tetas, aunque no me lo haya dicho. Se cree que soy tonto como su hermano y que no me entero de que lo que se gasta. Yo no hago más que cavar y cortar y levantar zanjas, y plantar, hasta que me sangran las manos. Estas manos que tanto odia. Hinchadas. Y amarillas por el puro. Y llenas de cicatrices y abono. Mierda, dice ella. Lo que le paga sus excursiones con sus amigas. Y sus meriendas con amigos. Se cree que soy tonto como su hermano.

Ya me lo dice madre. Siempre. Que qué hace con el dinero.Que por qué no lo controlo yo todo. Y que no se entere padre. Que siga pensando que todo va bien. Y que no me separe de ella. Que la tenga siempre cerca para ver lo que hace. Como si pudiera. Como si ella se dejara. Antes le enseña el culo al tío ese de la mercería que a mí. Ni en la cama la veo ya. Hace años que duermo solo en esa cama tan incómoda. Que me está rompiendo la espalda.

Ella se acuesta con el pequeño cada noche. Porque ronco, dice. Ronco porque tengo sinusitis. Yo me tomo las gotas. De eso se encarga ella. Yo no tengo tiempo para ir al médico. Y ella dice que no le importa. Y que me tome las pastillas. Que son buenas para el corazón. Y para el colesterol. Que me las tome y la deje en paz. Y que me vaya al bar. Y yo hago caso. Y a veces creo que todas son las mismas. Y no sé lo que tomo. Madre dice que pregunte. Que vaya yo al médico. Que lo que me tomo no sirve. Que cada vez estoy peor. Y yo cada día me siento más enfermo. Veo como nublado. Ayer casi me rebano dos dedos podando. Qué contenta se pondría. Y me tiemblan estas manos que tengo. Y me dan así como saltos en el pecho, tantos que me tengo que sentar y esperar un ratillo a que se me pase. Y el pelo que se está cayendo. Lo veo en el baño. Me lo grita ella cuando salgo. Que he dejado todo lleno de pelos. Que a ver si me muero.

Me está mirando. Quiere algo. Me enseña los dientes. Esas cejas pintadas que tiene se están levantando, como gritándome. También tiene los labios pintados, se los pintó un día y nunca más la he visto sin esa línea rota, torcida, esa boca que me recuerda a la de una vaca muerta, con la lengua cayéndole de lado. Esa vaca caída sobre la tierra, pudriéndose entre las moscas. Con los ojos como huyendo hacia fuera, y el hocico seco, agrietado. Como mis manos.

Como su cara. La miro y sigue ahí delante.

Me levanto con esfuerzo. Las últimas gotas me han dejado como acorchado. Como dentro de una botella. Apenas oigo sus ladridos a lo lejos. Apenas me llega el aire a la garganta. Que me quema. Las putas empanadillas me pesan en el estómago. Se echa encima. Algo de dinero. Me duelen las piernas. La aparto hacia un lado. Me clava las uñas. Se nubla todo.

 

(Puede que no dé tiempo a pensar tanto. Puede que ni siquiera piense. Puede que  la realidad siempre sea más exacta).


 

Advertisements

13 thoughts on “Empanadillas a las nueve

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s