15M: La generación indignada

¿Valdrá para algo este revuelo? ¿Servirán los gritos y las pancartas para que alguien allí lejos, donde se manda, se den cuenta de que estamos hartos? ¿Es ésta la reacción que sigue a la indignación?

Ayer quedó claro que mi generación y alguna otra más no quiere seguir por este camino de fracaso, de frustración hipotecada, de borreguismo ignorante y fines de semana dentro del centro comercial. Estamos cansados de no tener más remedio que esconder la cabeza para no ver el desatino, el desastre, que esos que se hacen llamar políticos están sembrando en nuestro país, y a nuestra costa, por supuesto.

Nos están privatizando la sanidad y la educación, dos pilares de nuestro tan vendido bienestar, nos están recortando los avances sociales y laborales que tanta sangre y sudor costó alcanzar, nos venden que escolarizar a nuestros hijos nada más nacer es algo sensato y productivo, y nos están haciendo pagar las deudas de unos bancos especuladores que pese a haber fracasado estrepitosamente en su trabajo (yo me pregunto qué pasaría si cada uno en su trabajo cometiera los fallos garrafales que les han llevado a todos estos a tener que ser rescatados por los gobiernos? ¿a vosotros no os darían la mayor patada en el culo vista jamás?) siguen decidiendo nuestros destinos con créditos imposibles, condiciones enrevesadas, millones y millones de bonus  y beneficios para sus directivos(por especular con nuestro dinero, ¡no lo olvidemos!)  y siguen marcando el rumbo de la política.

Nadie se cree ya, y si lo hace que se quite la venda, que los gobiernos hacen lo que hacen por nuestro bien. Eso quedará para los pensadores, para los utópicos, para los soñadores. Porque para mi generación y para otras cuantas, la realidad es bien distinta. Es la economía la que nos controla. Las leyes del mercado y sus señores, con sus demandas, sus imposiciones, sus privilegios y sus marionetas, los políticos, los que nos están llevando por este camino. Y los que nos dicen, tranquilos, la crisis pasará, volveréis a comprar casas y coches y viajes, que no podéis pagar, con créditos que vuestros hijos heredarán y que adornarán vuestras lápidas con los TAE y los EURIBOR que os quedarán por abonar.

Indignez-vous! de Stéphane Hessel, La doctrina del shock de Naomi Klein o Reacciona de gente cabal como José Luis Sampedro, Federico Mayor Zaragoza o Baltasar Garzón, vienen a darnos la razón. A llamarnos a la acción. A que veamos más allá de lo que nos cuentan. A que recuperemos algo de nuestra dignidad vendida a cambio de un interés del 4%. Tal vez sólo sean palabras, y no motiven a toda una generación a cambiar el destino de una nación en decadencia. Pero son unas palabras coherentes, con sentido, llenas de verdad, de realidades dramáticas como las que están viviendo, por ejemplo, los millones de personas en paro, que va a llegar a cinco en dos «patás».

Son palabras hirientes que como poco tendrían que llevar a los millones de escépticos, entre los que siempre me he encontrado, tengo que reconocerlo, a plantearse otra actitud que no sea la desidia derrotista y el ir tirando.

La verdad es que la cosa pinta mal, no podemos engañarnos. Solo hay que echar un ojo a nuestro país, que se moviliza más por un clásico R. Madrid- Barça o por defender a Belén Esteban frente a la Campanario que para levantarse contra escándalos políticos como todo lo que está pasando en Valencia con Camps o en Andalucía con Chaves, por no enumerar uno a uno las «fiestas» en nuestro honor que se pegan los mandamás cada día.
Y si miras más allá, a ese reducto irreal llamado Europa, flipas con los alemanes donde es best-seller un tipo llamado Thilo Sarrazin con un panfleto que culpa a los inmigrantes de todos los males germanos, y del mundo casi, (¿no nos suena a nada ese pensamiento?). En Italia siguen eligiendo como presidente a un esperpento operado y mafioso, que mientras maneja el país entre empujones a golpe de viagra, se juega a piedra, papel y tijera con Francia el destino de miles de refugiados llegados en patera a las costas italianas. Una Francia que por su parte echa humo entre otras cosas alucinando con el candidato a quitarle el puesto a Sarkozy, el insigne y reincidente Strauss-Kahn, ni más ni menos que actual director general del Fondo Monetario Internacional y acusado de tocar algo algún otro fondo no monetario este fin de semana. Alucinante, ¿no?

Y no hablamos de la escalada de los partidos de extrema derecha en Suecia, el mirar hacia otro e indiferencia de los «neutrales» suizos, o las cosas de Portugal, Grecia o Irlanda, que están lo bastante embarrados con pagar la deuda de esas «ayudas» tan majas como para pensar en cosas más mundanas…

En fin, que el panorama es desolador. Y que con este ambiente general lo que nos pide el cuerpo es meternos debajo del edredón.

Pero, por suerte, también existe Islandia. Y los individuos con voz y voto. Y la indignación en respuesta. Y la dignidad de un pueblo.

Se acerca el 22M y no soy partidaria de consignas. Estamos en plena campaña y las promesas electorales llenas de florituras y bondades llenan carteles de 2×2 en nuestras calles.

Ayer, sin embargo, las calles se llenaron de gritos a favor de la dignidad. Y ayer me sentí orgullosa de mi generación, al menos durante un rato. Y no porque se lleve, ni porque un grupo de modernos se haya echado a la calle en vez de tirarse en la plaza de La Latina.

No soy partidaria de consignas, ni yo misma las sigo.

Pero hoy más que nunca…

 Leed. Informaos. Pensad.

La carrera de las buenas madres

Cuando hablo con mis amigas embarazadas y primerizas siempre constato las innumerables dudas que nos asaltan a todas (alguna excepción habrá, de aquellas que desde los cinco años sabe que va a ser una madre fantástica, pero yo no la conozco aún). Y es, entre otras muchas de extrema gravedad, si seré una buena madre.

Dios, es hacerte esa pregunta a ti misma o a los demás y empiezan a pasar por tu mente todo tipo de escenas futuribles en las que se pondrán a prueba tus dotes innatas (en teoría) como criadora, amamantadora, cambiadora hábil de pañales, justa pacificadora y astuta negociadora/secuestradora de juguetes, experta en nutrición, en detectar fiebres incipientes con la palma de la mano, en introducir supositorios con suavidad pero firmeza…. Y miles de superpoderes más que ni la Marvel ni DC en sus mejores tiempos es capaz de aunar en un solo personaje (que yo sepa a Wonder Woman no le asoman los discos absorbentes por el corsé ni utiliza el sacaleches como arma arrojadiza)…

Todo eso es una carga que ya desde el primer mes de gestación te vas acostumbrando a llevar sobre tus hombros. O sobre tu panza, que se va convirtiendo con los meses en apoyadero de lujo para el bol de cereales. Y la respuesta de todo el mundo, por lo general, cuando manifiestas tus dudas sobre tu habilidad para coger a una criatura tierna como un bollito recién salido del horno, suele ser, simplemente, que eso te sale. Que le vas cogiendo el aire. Que no sabes de dónde pero te viene. Como cuando has estudiado mogollón y vas al examen sin chuleta ni nada, convencida de que cuándo veas la pregunta, la respuesta te llegará volando desde el Sitio de las Respuestas Correctas, donde se encuentran las actualizaciones del Android, los emails con buenas noticias que llegan de repente, y la pericia para manejar a tu bebé la primera vez que lo metes en una bañera.

Y bueno, es un poco así. Pero vamos, tampoco es que en cuanto das a luz te ilumines con la gracia maternal, cual santo en sus mejores tiempos. Ni cuando estás postrada en tu cama de hospital, dolorida, confusa y agradecida de que ya haya pasado todo, se abre frente a ti una nube celestial entre cantos de querubines de la cual surge una mano inmaculada que te entrega el Carnet de Puntos de la Buena Madre (con su manual de instrucciones adjunto, en dvd y con explicaciones en 7 idiomas).

No, amigas primíparas. Aunque ya lo sospecháis, esto no sucede (al menos no en la Seguridad Social. A lo mejor en la privada sí, pero lo dudo, en serio). Ni los niños vienen con un pan debajo del brazo, ni la ínclita Ana Rosa escribe los guiones de su programa, ni nuestra pericia como madres es una destreza que nos viene de serie, como el ABS.

Amigas gestantes, todas esas habilidades, como en muchas otras facetas de nuestra vida, las vamos aprendiendo sobre la marcha, eso sí metiendo quinta, o sexta. Y a veces te equivocas de camino, y tienes que dar media vuelta y corregir la trayectoria. Pero eso pasa en todo, ¿no?

Y que no os den gato por liebre, no hay una única forma de hacerlo. Aquí cada uno va encontrando su camino para hacerse con su bebé de la mejor manera: hay quien los coge mucho en brazos, hay quien no los coge más que para cambiarlos o darles de comer, hay quien los duerme al pecho, hay quien practica el colecho, hay quien les da biberón desde el primer día, hay quien sigue dándoles teta a los tres años, hay quien les pone Mozart aún cuando no tienen ni siquiera las orejas formadas, hay quien contrata niñeras chinas para que vayan cogiendo el acentillo mandarín al estornudar, hay quien les lleva a la guarde a los tres meses y se va llorando al trabajo, hay quien no le saca de casa hasta los dos años porque no quiere que se resfríe…. Hay miles de opciones y para cada una de esas familias ésa es la suya, es la buena y es la que le vale. Y ya está.

Así que, felices amigas que esperáis mientras estáis esperando, tranquilas. Esto no es una carrera por ser la mejor madre, aunque a veces nos hagan sentir así desde el mundo exterior. Todas estamos igual de perdidas cuando estamos preparadas en la salida. Aquí lo único que importa es hacer lo que más le conviene a tu pequeño, que obviamente no viene escrito en ningún manual, ni sale en Internet (ah, no? seguro? No).

Mejor ver esto de la maternidad como un paseo, a eso de las cinco de la tarde, en primavera, en el que no compites por ser una buena madre, sino que verás como una andadura de largo recorrido con sus saltos, sus descansos, sus banquitos a la sombra y sus atajos o desvíos, y en el que, por suerte, os encontraréis un montón de seres humanos en circunstancias similares a las vuestras con los que reír, llorar y sobre todo andar acompañados. Lo haréis bien. Seguro.

Motivos para empezar bien el día (III): The Gift

Uno de mis grupos preferidos, sin duda.

Por ese poder embaucador que tiene la música para filtrarse en tus recuerdos y en tus vivencias. Se funde con lo vivido y ya no hay forma de separarlos, nunca.

Eso me pasa con The Gift. Que me acompañaron por primera vez en una carretera costera de Vigo, gracias a mis queridos Vili y María. Nunca, nunca, nunca podría olvidar el paisaje que tenía ante mis ojos mientras la voz IMPRESIONANTE de Sónia Tavares se me incrustaba en el cerebro cual alien majete y bienintencionado. Y desde entonces, ya forman parte inseparable de mí, de mi cocina, del gato que por aquel entonces compartía mi casa,  y de mis oídos. Y de mi presente, con un concierto aún en la retina y una mano adosada a la mía.

Sacan nuevo disco. Alegría. No pasan por Madrid, por ahora. Les esperaré. (Rectifico: ya han pasado!!!! y no me he enterado!!!!! Scheiße!!!!)

P.D: Gracias a Esto es para una que lo quiere así por acordarse de mí… maja!

De berenjenales y «fregaos»

No sabría decir si el meterme de cabeza en todos los berenjenales y «fregaos» (perdóneseme el término popular, pero es mucho más llevadero en este caso que el correcto) es o no un defecto, una grieta en mi personalidad compulsiva, una virtud derivada de la ansiedad o todo a la vez. Tendría que hacérmelo mirar, como dicen por aquí, pero, entre unas cosas y otras, no tengo tiempo de hacerme un SEO como dios manda y ver cuales son mis palabras clave…

Total, al turrón, como diría el amigo Espasa. Que hoy no me voy a enrollar como de costumbre con mis cosas, que hay que hacer los deberes. Y ¿cuáles son, amigos? Pues entrar en este enlace, disfrutar con la última creación de los amigos Standard Limited (Holke79, Juanjo, Ana y Juan) para el concurso de Saatchi & Saatchi con Moby  y darle al LIKE con la energía y el entusiasmo que os caracteriza como jóvenes que sois. Ha sido un placer meterme en este «fregao», son un equipo genial, les encanta lo que hacen y sobre todo es que son muy majos todos. Y ya está.

Y gracias a mi santo por el turno de guardia y aguantar estoicamente mis clases de chino, mis cursos a distancia, mis planes para invadir el mundo junto a aaaa, mis traducciones a las doce de la noche, mis horas juntando letras y todo lo que le espera…

Teoría personal y prejuiciosa sobre el Cantajuego

Hacerte en coche Madrid-Vigo/Vigo-Madrid (unas 6 horas más lo que tardes parando cada trayecto) puede suponer, accidentalmente, una experiencia reveladora en muchos sentidos y facetas de la existencia ordinaria:

– Te pueden multar por superar los 110, descubriendo con cívica satisfacción que tanto los radares como los agentes de la autoridad hacen su trabajo, y muy diligentemente, sí. Genial, el sistema funciona. Y que a lo mejor te habría compensado viajar en avión…

– Te puedes encontrar con obras en una autopista de peaje, un lujo por el que has pagado 10 eurazos ni más ni menos, para encontrarte circulando a cincuenta en un solo carril, detrás de una fila de camiones, que también tienen derecho a existir, lo sé.

-Te puedes acordar del padre de Homer Simpson cuando le estalla la vejiga en pleno viaje mientras esperas pacientemente a que aparezca una gasolinera. Es una ley universal la que dice que si decides no parar en la última que has pasado, que además se ve desde la carretera y no tienes que desviarte apenas, la distancia hasta la más próxima se multiplicará exponencialmente, tanto como el desvío que tendrás que tomar para poder encontrarla y tanto como la costra que encontrarás en sus baños, suelos y en el perro pulgoso que sale a darte la bienvenida.

– Pero sobre todo, sobre todo, SOBRE TODO, pasar 6 horas del tirón con un niño anclado a su sillita reglamentaria puede darte la oportunidad de desarrollar una teoría personal, y por lo tanto altamente susceptible de ser falsa, prejuiciosa y tendenciosa, sobre este fenómeno generacional:

Los dvd de los Cantajuego esconden un mensaje satánico y altamente perjudicial para la salud mental y/o física de cualquier sujeto víctima de sus cantos y gestos incomprensibles.

Amigos, en mi delirio post-traumático de esas doce horas en coche ida y vuelta, se ha materializado en mi cabeza todo un complot de dimensiones mundiales en el que corporaciones gigantescas y malvadas pretenden hacerse con el control de nuestras criaturas y en que el se empieza por el Cantajuegos, se sigue con la Super Nanny pasando por los happymeal, los chikiparks, Justin Bieber y Hanna Montana y culmina con Mujeres, Hombres y Viceversa y Hermano Mayor.

Porque, si lo pensáis un segundo, ¿de dónde han salido estos tipejos vestidos de jardineros y que, por cierto, nunca son los mismos de un DVD al otro? ¿por qué nadie sabe realmente cómo se llaman: los cantajuegos, el cantajuego, los payasos esos? ¿Por qué tienen tanto éxito si son las mismas mismitas canciones de toda la vida de dios que cantaban Rosa León y Maria Elena Walsh? ¿Quién los ha introducido en el circuito comercial? ¿A quién podemos echar la culpa de su invasión a lo «efecto eucalipto»? ¿Por qué compramos o nos pasamos unos a otros los dvds como si fuera el secreto de la felicidad y nos sometemos a horas y horas de torturas musicales así por iniciativa propia? ¿A vosotros no se os salen los ojos de las órbitas cuando veis esas escenas tan cutres? Vamos, que no pido que les pongan Picassos o paisajes de Renoir, pero francamente, para la pasta que se están llevando, al menos que se lo curren un poco más,¿no?, que se nota que han gastado cuatro perras en escenarios…

No sé, no sé, pero a mí todo esto me da mucho que pensar. Mientras llego a alguna conclusión, seguiré poniéndole a mi niña vídeos de los buenos, y que al menos, salga con los mismos traumas que los míos.

Es verdad, aquí tiene un aire a Ana María Matute!

¡Yo vengo a hablar de mi niño!

El otro día, que puede ser ayer o hace diez años en el lenguaje coloquial, una amiga nos dijo a mi santo y a mí:

«¿No os pasa que cuando os juntáis con vuestros amigos con hijos siempre habláis de vuestros peques?

Si, claro.

¿Y no os parece eso terrible? Una de mis amigas se puso firme en medio de una charla de esas y nos obligó a hablar de todos esos temas de los que «antes» hablábamos: arte, cine, música…».

Pues sí. Aquellas palabras me hicieron pensar (sólo un poco, no se asusten, que para eso estaba de vacaciones ).

Porque aunque no me avergüenzo de reconocer que cuando hablo de mi hija ni el mismísimo Umbral en sus tiempos de gloria podría compararse conmigo en energía, devoción y entusiasmo hablando sobre lo suyo, la pequeña parte de mi cerebro que no anda ocupada en ser madre en todas sus dimensiones aún llega a captar el hastío y el encogimiento existencial de aquellos que me aguantan y a los que el tema Infantesysuscosas  les importa tanto o menos incluso que la reproducción del mejillón tigre.

Lo sé, amigos sin hijos, lo sé. Es aburrido, por decirlo de una forma suave, que hablemos horas y horas sin parar de las grietas en los pezones, los culos escocidos, los gases regurgitantes o la eterna dicotomía Estivil/resto del mundo, entre otras miles y miles de posibles variantes temáticas, mientras nos miráis con la tercera cerveza en la mano y pensáis con amargura por qué no os quedasteis en casa viendo Cine de Barrio.

Inciso: lo estupendo de todo esto es que realmente, realmente, REALMENTE y en lo más hondo de nuestros adentros, no nos interesa demasiado cómo le va a los niños de los demás. Admitámoslo. ¡¡Lo que nos gusta es hablar de los nuestros!! Lo que pasa es que las convenciones sociales, oh divino tesoro, y un poco de educación y camaradería nos empujan a empatizar entre nosotros, y a intercambiar silencios para que hable el contertulio sobre su retoño mientras vamos pensando la siguiente anécdota de nuestro tesoro para dejar al resto k.o. (bueno, a veces, sí nos interesa, pero solo a veces y en casos aislados). Esto que quede entre nosotros.

Lo sé, amigos sin hijos. Somos muy pesados. Y cuando nos reunimos con más individuos de nuestra especie se produce ese efecto «imán conversacional» que acaba atrayendo a la inocente charla términos tan recurrentes y peligrosos como «si le quito el pañal se me mea por las esquinas», «mi niño no me come pero se sabe de memoria la tabla periódica», «mi niña no habla pero está muy espabilada», «la mía recita a Baudelaire mientras baila el Tallarín» and so on, and so on… Y así hasta el infinito y más allá.

Pero, amigos sin hijos, comprendednos. Esto es una fase, y años mediante, pasará. El día llegará (aunque aún queda, sorry) en que volveremos a querer salir hasta las siete de la madrugada, a no mirar el reloj a las siete de la tarde y excusarnos en el mejor momento de la fiesta porque hay que acostar al pequeño, o de no quedar para cenar porque no tenemos canguros… Un día volveremos a ir impolutos cuando salimos de casa, sin manchas de mocos y comida escupida por toda nuestra ropa, y estaremos al día de todos los estrenos de cine, teatro y musicales como antaño, cuando eramos gurús de la cultura y la intelectualidad (capten la ironía, por favor). Ese día llegará, y aunque más viejos,  con más kilos y menos energía, volveremos a salir al mundo, victoriosos, relucientes y alicatados hasta el techo, enarbolando nuestra recuperada independencia y gritando «libertad» a lo Mel Gibson en Braveheart.

Ese día llegará. Digo yo.

Pero hasta entonces, además de lo bien que le va a Raúl en el Shalke, de los caballos del última Clase C, del piquetón y de Shakira, y de cómo está la vida, así a grandes rasgos, permitidnos un ratito que nos regodeemos en nuestras propias miserias y alegrías.

A fin de cuentas, yo aquí vengo a hablar de mi niño.

De culpas y frustraciones maternales

No sé muy bien si la culpa, el sufrimiento y la autoflagelación nos vienen de serie como mujeres, como madres o como personas educadas en el cristianismo y el colegio de monjas (o por todo a la vez, en una mélange esquizofrénica). El caso es que leyendo este post en De mamas & de papas sobre la culpa maternal he encontrado una reflexión de Eva Piquer muy interesante sobre la ausencia de culpabilidad en las madres de antes, en las de la generación de mi madre y anteriores: “Por un lado estaba contigo todo el santo día, sin abandonarte para salir a ganarse las pesetas. Por la otra, en esa época los hijos se tenían porque tocaba y se educaban sin tantos manuales ni modelos de crianza”.

Y estoy de acuerdo con lo que afirma Eva, pero solo en parte.

Es cierto que por aquel entonces, por lo general, no se veían en la dolorosa obligación de «abandonar» a sus churumbeles para ir a currar, para eso ya estaba el esforzado cónyuge, para no llegar a casa hasta las nueve de la noche y no ver a los niños más que los fines de semana para poder llevar el jornal a casita.

Y es cierto que en su gran mayoría no se veían forzadas a elegir entre carrera y familia porque ponerse el delantal y tenerlo todo listo a la hora de comer era su deber y punto, les gustase o no.

Y es cierto que en su gran mayoría desconocían el término diabólico «conciliación», y cuando recogían a sus hijos del colegio no se reprochaban a sí mismas, cilicio en mano, haber llegado tarde, o haberse perdido la reunión de padres o al taller de manualidades con sus pequeños en la guardería.

Es cierto que fueron, en general, una generación de madres sin la culpa como estigma. No vivían con este reproche constante que ahora nos acompaña por no ser madres perfectas, de sonrisas perpetuas, paciencias infinitas y jornadas interminables siempre al dictado del bienestar de nuestras criaturas (pequeños tiranos en potencia que de osar hace unos años a alzarle la voz a sus señores padres como lo hacen ahora se hubieran ido a su cuarto con la huella de cinco dedos y un solitario bien marcada en el carrillo/en el culo/en sendas partes del cuerpo, pero ese es debate para otro día…).

Es verdad que no llevaban la culpa tatuada como nosotras, como señal generacional, que a veces pienso que nos va el sadomaso de lo mal que nos lo hacemos pasar. Pero, qué te voy a decir, que no las envidio para nada. Porque no, la culpa no era su estigma. Pero sí lo era la frustración. Y no es que sea patrimonio de generaciones anteriores el vivir una vida que no es la que hubiesen elegido de tener libre albedrío, pero si nos ponemos en plan comparaciones odiosas, antes lo tenían mucho más difícil para elegir. Y por eso, hace años, mujeres como mi madre dejaron de buena gana sus carreras, buenas o malas, sus trabajos, bueno o malos, y sus anhelos, buenos o malos, por ser lo que tenían que ser: buenas madres y buenas esposas, no siempre en ese orden. No todas, por supuesto. Pero sí una gran mayoría.

Sé que ahora nos autoimponemos miles de normas para ser mejores madres, y que tenemos mucha presión al tener que representar a la vez tantos papeles en esta obra loca: madre dedicada, mujer sexy y provocativa, persona intelectual y cultivada, trabajadora creativa, incansable y realizada, pareja amorosa y atenta a las necesidades de su santo, miembro concienciado de una sociedad indignada, activista política a ratos… Pero seamos conscientes de que gran parte de esta farsa la elegimos gustosamente nosotras mismas, aceptando unos roles que nos gustan y con los que nos sentimos identificadas, y a los cuales no queremos renunciar por nada del mundo.

Renunciar como hicieron nuestras madres. En definitiva. Renunciar y estar/sentirnos frustradas.

Lo que pudo ser y no fue

Viendo el enlace de @casigata en twitter me sacude de repente una frustración no demasiado lejana…

Toda revista del ramo que se precie, toda matrona que quiera ser algo en el mundo de las matronas, toda amiga-que-todo-lo-sabe, toda web de crianza como dios manda te dirá éstas o similares palabras: Dale un masaje, dale un masaje, ya verás qué bien, y lo que le gusta, y cómo te comunicas con tu bebé, y como interactúas con él, y como se relaja, y como lo notarás más tranquilo y más contento, y dormirá mejor, y se desarrollará mucho mejor y casi que hasta crecerá más y mejor, y hablará antes, y te hará las uñas de los pies cuando te sientes en el sofá…

Sí, los múltiples beneficios del masaje al recién nacido.

Antes de dar a luz me los vendieron como la panacea, como el sumun de la pedagogía moderna, de la puericultura avanzada y progre, el más de lo más después del parto en casa… Y a mí que todo esto me parece guay y que me mola presumir de hippie así en cosas que no afecten a mi higiene, me compré los aceites de rigor para someter a mi criatura a masajes y refriegas de calidad, de las de darte la vuelta y quedarte mirando a Cuenca. Que para algo hace años me empollé libros de anatomía y cursito incluido (que yo soy muy de cursos, como ya sabrán los que tienen el gusto…).

Y con mi niña ya en este mundo, como las pipas Facundo, tenía todo lo necesario para completar con éxito una de mis primeras tareas de nueva-madre-moderna-joven-y-atractiva: el masaje a tu bebé (clinc, sonrisa profident y brillo en los ojos de puro amor de madre).

Sí. Mola todo. Lo del masaje. Hasta que descubres que, por más que lo intentas, por más mimo que le pones, y más música de Enigma de banda sonora ambiental, a tu bebé no le gusta ni un poquito que lo retoquetées, ni le sobes demasiado, ni muchísimo menos que le pongas boca abajo. Y cada vez que lo intentas, cada vez con menos ilusión, por qué negarlo, tu criatura te mira con rabia no contenida, te monta una escenita a lo Exorcista en sus mejores tiempos y se le nota en las pequeñas venitas hinchadas del pequeño cuello que si pudiera hasta te pegaba una patada en todo el careto.

Qué frustración. Qué tristeza más profunda. Qué indignación… Pero, ¿esto qué es? ¿Es que yo no voy a poder compartir con mi hija ese momento zen, ese vínculo emocional que mejorará intrínsecamente nuestra relación madre-nuevo ser y potenciará exponencialmente la capacidad sensorial de mi pequeña? ¿Es que yo no he tenido dolores de parto de armario empotrado en los riñones como las que salen en la revista con su sonriente bebé como para merecerme al menos una experiencia gratificante (la única, casi diría yo, de los primeros meses en los que tu vida es un infierno)? ¿Acaso han anestesiado a los bebés que veo en los programas de maris donde los niños ni se mueven mientras les recolocan todo el cuerpo? ¿Por qué mi hija rechaza como un poseso el agua bendita algo que el resto del mundo te pide así como quien te pide un gramo en pleno mono sudoroso? ¿Tan mal lo hago? ¿Estaré fracturándole alguno de sus blanditos huesos por error? ¿Me quitarán la custodia si insisto?

Y así estuve durante un tiempo. Lamentándome y preguntándome por qué. Y mira que soy fan de los masajes, pero fan fan de verdad, no de boquilla, que conste. Que casi me los doy yo misma y todo para descontracturarme por las mañanas. Que creo que todo lo que dicen es verdad, y que es la mar de beneficioso. De verdad.

Pero hay veces en las que no te queda más remedio que bajar la cabeza cual Marichalar expatriado y admitir que, sí, que pudo haber sido bonito, que lo intentamos, pero que tristemente aquello no funcionó.

Fragor de fajas en la Ribera del Duero

Un día cualquiera, a punto de hacer la visita guiada a un castillo cualquiera de la Ribera del Duero, coincides, accidentalmente, con un grupo cualquiera de pensionistas segovianos en pleno apogeo vital.

Están en su mejor momento, dicen ellos muy ufanos. Y tú lo sientes, lo percibes. Lo ves claramente: esos tropenosécuántos seres en movimiento, así a lo Fraga, a los que bien podríamos considerar «gran reserva», te van a dar la visita.

Te preparas. Tomas aire, y piensas que no va a ser tan terrible. Intentas sobornar a las chicas de la caja para que os cuelen en otra visita guiada, o yo qué sé, ir por libre, si eso… Negativa absoluta. Os toca con la cosecha del treinta. No hay escapatoria. ¿En serio el castillo éste es tan bonito? Vamos, que si es realmente necesario… Te comunican que sí, que no te puedes ir del pueblo sin pasar por el castillo. Que no, que no morirás sin haber visto veinte veces Pretty Woman en la tele y paseado por las almenas de este monumento incontestable de tu patria. Ni tú, ni los ochenta, redondeando, criaturas bondadosas pertrechados con gorras de Talleres Martín y sujetadores talla XXX + peinado laqueado con Elnett.

Se masca la tensión en el ambiente. La tensión, y algo de Cuquident Pro, por qué no decirlo todo.
Se acerca la resoluta y pizpireta guía del castillo: micrófono a lo Madonna adosado en la mejilla, y un par de rayas de Kohl bien pintadas tapándole los ojos, a lo subrayado con punta gorda y mano temblorosa. Te encanta su estilo y piensas en lo bien que se mueve entre tanto jubilado. Qué porte mientras pasa entre el grupo arremolinado en plena lucha por colarse… Qué elegancia de gacela entre los leones que la arrinconan contra el cordón de seguridad… Qué peazo de culetazo que te ha metido la señora Merche para hacerse paso, literalmente, por encima tuyo.

La guía, a la que puedes llamar, por ejemplo, Vanessa, da el pistoletazo de salida metafórico y, como si al final de las escaleras regalasen platos de paella o cualquier cosa, sabe dios qué importará eso, la masa ingente de Manolos, Merches y, por añadidura, todos los que vais engullidos dentro (visualizas incluso un par de niños, pobres), avanzáis, a duras penas, intentando subir los gigantes escalones para llegar a conquistar la cima.

Entre el fragor de las fajas y los forros de las faldas, ocho horas después en un recorrido de cinco minutos, llegáis todos hasta las almenas. ¡Oh, qué vista! ¡Oh, qué airecito! ¡Oh, que putas escaleras, que no están hechas para piernas tan cortas!
La voz eléctrica de Vanessa, desde su dispositivo estéreo te saca del ensimismamiento: «Señor, señor, salga usted de esa pasarela. No se me dispersen, no me anden por fuera de las barandillas. A su derecha, el río…».

Pasáis a una sala. Hace un frío del carajo. Alguno de los señores Manolos ya se ha escapado reptando hacia la salida. «Abandona uno de mi grupo», le dice Vanessa a algún compinche por el dispositivo. Te suena a mensaje cifrado: «Lo tienes a tiro, número 1. Liquídalo sin dejar rastro». Comentas la jugada con tu entorno. Te sientes muy malvada. Mejora la visita.

Vanessa vuelve a actuar con diligencia: «Subimos a la torre. Sesenta y seis escalones. Quien no se sienta preparado, que se quede aquí sentado». Otro mensaje cifrado, sin duda: «Arriba llevo a unos veinte, número 2. Los tienes a todos a huevo. Apunta a las medallas de oro».

Sesenta y seis escalones después y un par de paradas de la Merche para reírse del Antonio, que ha perdido las gafas y se desorienta colándose en las letrinas, la Pepi, que ha superado la subida empinada con nota (gracias al empuje de ese sostén en punta a lo cohete propulsado) interrumpe a Vanessa saludando a pleno pulmón a los que se han acobardado y que os esperan abajo. Vanessa tiene un tic en el ojo izquierdo. La raya de Kohl disimula, pero tú te has fijado. Hace una calor que a más de una ya le están chorreando las cremas de baba de caracol.

Tras reprender a la Puri, en el camino de bajada, y casi un lustro después, os cruzáis con otro grupo. Su guía, Tamara, ataca a tu Vanessa: parte de los vuestros se han escapado, andador mediante, y vagan desperdigados por las estancias del castillo, quizás buscando el retrete, quizás huyendo hacia un futuro mejor, alejados de viajes en grupo y los gritos a pulmón partido de la Merche…. Te solidarizas. Hasta que notas un bastón hincándose en tus costillas. «Coñe, hija, pasa ya, ¡que me está dando toa la solera!»

Ya visualizas la salida. La visita de rigor no hubiera estado mal si la hubieras podido hacer en diez minutos. Pero has perdido la noción del tiempo y todo te parece ya una mierda. Adelantas sin mirar atrás. Solo piensas en la puerta. La Merche te pisa los talones. Tú le llevas ventaja, aunque el poder traccionador de sus pantorrillas amenaza con darte caza. Oyes el fris fris de sus enaguas tras tu espalda. Pero oh, intervención divina o humana, sus caderas se han quedado apretujadas entre el hueco de la escalera. Y ni patrás ni palante. Que no avanza. Es la imagen del desaliento. Sus compañeros se abalanzan, con el ímpetu de quinceañeros, sobre esa Merche aprisionada. Vanessa lo celebra. En silencio. Desde la retaguardia. Ese hueco siempre cumple su función.
Parece que se ha hecho justicia.

Abandonas el castillo mareada. «Salgamos de aquí cagando leches», te oyes a ti misma entre el bullicio pensionil, así como en la lejanía.