Oda al fracaso

Nos pasamos la vida luchando contra nosotros mismos por no fracasar. Cuando en realidad, fracasar en la mejor posibilidad (aunque se nos caiga la mandíbula del susto).

Se me mueren todas la plantas.

No sé aparcar desde la izquierda.

Sigo sin entender el fuera de juego.

Se me escapan los puntos al tejer.

No soy capaz de sincronizar las dos mitades de mi cuerpo al bailar.

Tengo letra de médico.

He desteñido de rosa un montón de ropa.

No tengo constancia para salir a correr.

Se me olvidan cumpleaños importantes.

No soy buena con las matemáticas.

No sé silbar así con los dedillos, como la gente guay.

En mis fracasos, muchos y los que están por venir, lo más complicado ha sido siempre perdonarme. Y seguir levantándome cada mañana sabiendo que no soy esa versión mejorada de mí misma que quiero ser.

Pero según voy acostumbrándome a cagarla, y perdonándome, porque no me queda otra, voy dándome cuenta de que equivocarme me ha traído grandes cosas. Las mejores. Porque he aprendido a quererme, más lista o más idiota. Porque no me importa. Y me voy a querer igual.

Igual que perdono a mis cachorrillos. Igual que mi madre me quería a mí.

No nos enseñan a fracasar. Nadie nos explica la importancia del test A/B en la vida real. Pero lo necesitamos. Mucho más que el éxito, esa cosa tan sobrevalorada y que tan buen marketing tiene. Pero que no sirve de tanto (o eso dicen).

Rasca un poco, anda. Rasca la superficie del éxito y encontrarás un fracaso. O varios.

Porque no hay mejor éxito que el fracaso. Y esta sociedad, aun a pesar de vivir en el fracaso continuo, sigue viviendo de cara a la pared.

«Me conformaré con ver la vida pasar, nada de esto será trascendental».

Gracias Tulsa.

De padres y blogs

Hace casi siete años que escribo un blog y en estos años la vida me ha cambiado y se ha vuelto del revés. Y no solo por la maternidad. Que también.

Gracias al blog, que empecé intentando cerrar mi cuenta de Facebook (larga historia de mi torpeza…), caí de bruces en un mundo apasionante en el que redescubrí el amor por las letras, ese amor que la rutina y el trabajo rápido y desapasionado me habían hecho olvidar en los últimos años. Pero sobre todo, me permitió ir conectando puntos, como esos pasatiempos en los que formas la figura del elefante uniendo números.

Yo empecé a trazar líneas, o el blog lo hizo por mí, y así en mi vida empezaron a entrar personas maravillosas que ampliaron el dibujo del elefante inicial a algo muchísimo mayor y más bonito (con todos mis respetos para el elefante), a una constelación repleta de voces distintas y con diferentes matices. Nuevos puntos de vista, nuevas formas de ver las cosas, o incluso las mismas de siempre, pero repetidas de manera que ya no te sientes tan bicho raro. Nuevas visiones sobre la paternidad, ese océano inmenso y lleno de náufragos donde muy pocos tienen acceso a mapas, esos que ni siquiera creo que existan.

Compañía, trabajo, filias, fobias, broncas descomunales, complicidades anónimas, pactos de caballeros, risas enlatadas, silencios evidentes… ¿Cómo resumir en un editorial lo que la blogosfera ha supuesto para mí?

Pues aunque es casi imposible, creo que lo principal, sin duda, son las personas. Todas las personas a las que llegas, y que llegan a ti gracias a palabras e imágenes, a experiencias y comentarios sobre lo que te pasa por la cabeza y lo que te preocupa. Personas que te completan desde la distancia de un like, que te hacen sentir acompañado, comentario a comentario.

Y es que puedo afirmar con mucho orgullo que mi biografía vital está llena de padres y blogs. Y soy inmensamente feliz.

[Editorial para el nº 1 de nuestra querida y esperada Madresfera Magazine. Suscribíos. Anda]

La seguridad…

Ya no existe.

No la busques porque es algo que solo teníamos cuando éramos niños, cuando nuestros padres nos arreglaban los desaguisados, cuando nos sacaban de apuros y aún así nos seguían dando el beso de buenas noches.

El espejismo de la seguridad va desapareciendo al envejecer. Al madurar. Al hacernos independientes. Al hacernos responsables de nuestro destino.

No la busques en las cosas. En la ropa. En los zapatos. O en ese abrigo que está tan de moda. O en la talla 38.

No está en tu pareja, ni en tus hijos. No está en tus amigos. Ni siquiera puedes estar seguro de lo que tú mismo vas a hacer mañana al levantarte.

Porque la seguridad no existe.

Y vivimos en el quizás. En el podría ser. En el hagamos lo que hagamos, cerremos los ojos y saltemos.

Saltemos. Arriesguemos. Juguemos. Vivamos. Saboreemos el dulzor de los días cálidos pero también los tragos amargos y el sabor a sangre de una buena caída.

Caigámonos.

Y sigamos adelante.

Porque no hay seguridad. Ni red que nos recoja.

Solo nuestros días como prueba de que existimos. De que merece la pena lo que hacemos.

Y al llegar nuestro último pestañeo, ese que nos hará eternos, ese que nos hará mejores, sabremos que la seguridad estaba ahí, esperándonos…

Emprender o no emprender, that’s not the question

Hace unos días estuve participando como ponente en la presentación de las #iAiTalks de Internet Academi y como era de esperar explicaba mi experiencia como mujer emprendedora en el contexto de las mujeres 3.0. La charla estuvo genial, en unos días tendremos el vídeo, y si puedo lo incluiré por aquí también. Allí hablamos sobre cómo la mujer tiene que buscarse la vida hoy en día y encontrar caminos distintos a los ya establecidos para poder compaginar maternidad/vida personal con carrera profesional, partiendo del hecho de que para muchos ambas facetas están muy relacionadas, y que desarrollarse como profesional también te hace crecer en tu vida personal… Pero necesitamos tener más opciones que las que la sociedad, o los trabajos que «te dan» ofrecen. Buscar soluciones y proyectos basados en la flexibilidad, el teletrabajo, los objetivos concretos sin ceñirse a los horarios de oficina y el presencialismo que tanto nos perjudica.

En resumen, se habló de cómo la tecnología, las comunidades online y las plataformas dan alas a proyectos en los que la vida personal se convierte en una tercera pata insustituible. Slow business en los que prima el desarrollo personal y social del proyecto, unidos por supuesto a la rentabilidad y el crecimiento, pero sin ser estos últimos manos estranguladoras de la esencia y la naturaleza del proyecto. No, no soy escalable por ahora y, lo que es mejor, no quiero serlo o lo que viene a ser un «aparta tus ojos de mi plan de negocio, amigo, y pon las manos donde yo pueda verlas», un poco peliculero, pero nos hacemos a la idea…

Se me quedaron muchas cosas en el tintero, siempre me pasa. Me pongo a rajar y como este tema me apasiona por todo lo que estoy aprendiendo estos años, pues me embalo. Pero una de esas cuestiones que dejé sin mencionar fue algo que siempre se queda en la retaguardia y es remarcar una frase que resuena cada día más fuerte en mi cabeza:

No todo el mundo tiene por qué convertirse en emprendedor.

Más que nada porque parece que hoy en día es la única solución para salir adelante, la panacea. Y no es cierto. Para nada. Al menos no para la gran mayoría. De hecho, con ese pensamiento alimentamos una burbuja en la que me niego a participar, al menos de manera voluntaria, en la que el emprendimiento se convierte en la moda del día y de la que se benefician precisamente los que ya tienen recursos para invertir en todos estos proyectos ávidos de capital. El marketing del emprendimiento nos persigue, amiguitos, pero mucho, y ya solo falta que algún avispado/a monte la Carrera del Emprendedor en un barrio del extrarradio, con musiquita moderna, dorsal y bolsita de regalitos en la que habrá un ejemplar del The Lean Startup al llegar a la meta, con la esperanza de que nuestro negocio aparezca como patrocinador en algún cartel y lograr algo más de visibilidad…

Que no. Que esto no es tan bonito ni es para todo el mundo. Que no todos los negocios salen bien y hay que estar preparados para el fracaso. Que no todos los emprendedores somos iguales, ni tenemos las mismas necesidades o expectativas. Hay quien se dedica a idear negocios supuestamente brillantes para venderlos al haber alcanzado un objetivo X, y hay quien, como artesanos de toda la vida, pero con herramientas tecnológicas y un 2.0 como apellido, busca ganarse la vida de una manera digna, crear oportunidades en su entorno y sobre todo hacer algo con lo que se crezca tanto a nivel profesional como personal. Que hay muchísimas ocasiones en la que ya no me siento emprendedora sino una prestidigitadora sacando palomas de una chistera…

Y meternos a todos en el mismo saco es muy confuso porque nos hace perder perspectiva y sobre todo la noción de dónde estamos cada uno realmente, que no es en el mismo sitio, evidentemente.

Lo que sí es cierto, y creo que es lo más importante de todo este proceso, lo que sí me gustaría expresar y transmitir a todo aquel que me lea o escuche, es que en el emprendimiento comienzas un proceso de descubrimiento personal a través de un desafío que, rara vez, salvo milagros, se encuentra en trabajos por cuenta ajena, y que solo por eso, solo por descubrir a esa persona que puedes llegar a ser pero que nunca tienes necesidad de sacar porque tienen un sueldo fijo… solo por esa sensación de no tener suelo bajo tus pies ni techo sobre tu cabeza, de no saber qué va a ser de ti, de no tener un sueldo fijo, pero tampoco límites ni nadie que te los imponga… solo por eso quizás deberían enseñarnos a pensar de una manera emprendedora, out of the box ya desde niños y solo por eso todos deberíamos estar preparados para ser emprendedores, para ser magos y sobre todo, dueños de nuestro propio presente.

Pero de ahí a que emprender tal y como está montado ahora mismo sea la única solución, pues no.

 

Sentir y sentir mejor

photo-1427805371062-cacdd21273f1 (1)

A veces desearía ser una piedra. Y no sentir. Ni bueno ni malo.

Pero no somos piedras, y tenemos que vivir. Y sentir viene en el pack. O eso o vas pedo todo el día y ni te enteras… (como la del vídeo, ojocuidao)

Eso que llaman la educación emocional, y que ahora está de moda gracias a la peli de Inside Out, resulta que no es nada banal, y como padres, y como no padres, debería estar en nuestras oraciones cada día. Porque a veces, a pesar de los años vividos, de las asignaturas que hemos aprobado con nota y de lo bien que se nos da operar a corazón abierto o el punto al revés, no estamos nada preparados para controlar el torrente de emociones que nos atraviesan en ciertos momentos. Y así, con lo talluditos que estamos y los diplomas en las paredes, nos encontramos con conflictos de lo más mundano, y de lo más grave, que se habrían evitado manejando con algo más de mano izquierda esa ira, o ese miedo infundado….

La realidad es que sabemos hacer casi de todo. Somos una generación privilegiada con todo a golpe de clic. Y lo que no lo sabemos lo estudiamos. O lo buscamos en la Wikipedia. O pagamos a alguien para que lo haga. Dentro de nada sabremos pilotar un helicóptero enchufándonos como en Matrix, ya veréis (espero que el cuero negro no se generalice igual, ains). Pero amigos, hoy por hoy, y seguro que mañana también, estamos muy poco, y muy mal educados para entender todo lo que nos pasa y por qué. Y hablo a nivel usuario, a nivel de andar por casa, sin meternos en temas científicos que se nos escapan a casi todos. De esto hay innumerable bibliografía pero mi preferido para empezar por el principio, y junto a mis hijos, es éste.

Tampoco creo que vayamos a solucionar todos nuestros problemas interpersonales porque prestemos más atención a lo que nos pica en cada momento, no seré tan necia de pensarlo. Más que nada porque siempre habrá diferentes niveles de madurez emocional. Y no siempre los comportamientos son resultado de emociones mal gestionadas, ¿o sí? No lo sé. Pero estoy firmemente convencida de que dedicarle unos minutos a pensarnos y escucharnos tiene un resultado muy, muy bueno. En muchos casos seguiremos pensando que el otro es tonto a las tres pero a lo mejor nos planteamos mejor la respuesta ante su comportamiento para evitar el conflicto, inevitable de otra forma.

A lo mejor vivir mejor es sentir mejor.

No me toques el Monte de Venus

Nunca me han gustado las listas. Sé que los gurús del marketing recomiendan escribir titulares con las 10 mejores cosas y blablablá, pero a mí es ver un listado enumerando cosas y ya me estoy sintiendo utilizada y cabreada.

Ahora, mi cabreo sube muchos, muchísimos enteros cuando veo esta barbaridad:

7 consejos para hacer adelgazar el pubis (monte de Venus)

Me cabreo tanto que hasta se me olvida la tontería del titular. Porque cómo diablos se puede escribir algo tan perjudicial, tan dañino…¿y encima le das a publicar? Me van a perdonar pero ¿nos hemos vuelto locos o qué?

Una cosa voy a deciros, editores de webs supuestamente femeninas, de revistas para mujeres, de páginas que en teoría enarboláis nuestra bandera buscando nuestro bienestar y para que nos encontremos mejor con nosotras mismas: a mi cobertura 4G pongo por testigo de que no entrará en mi casa una de vuestras publicaciones llenas de brillantinas y estereotipos, de imágenes dañinas y perversamente edulcoradas, porque lo que me habéis demostrado no es más que una sarta de sandeces y que, para echarme unas risas prefiero El Mundo Today. De que ni vosotros ni los medios de comunicación le venderéis a mi hija así como así vuestra estulticia y vuestros bancos de imágenes irreales, de American Apparel y de tallas 34, de dentaduras esmaltadas y brillantes, de miradas vacías y photoshopeadas. De que, cual sujetador en los setenta y cantando a gritos a Billy Joel, quemaré con violencia (si encuentro el único mechero que tenemos en casa) vuestro papel couché en el fregadero delante de mis hijos. De que destrozaré personalmente vuestras listas de cómo ser la mujer 10, de cómo prepararse para el verano con detox y cleansing a cual más absurdo y repelente, de cómo hacer feliz a tu pareja y estar siempre depilada y dispuesta, de cómo llegar relajada y sin gritar al fin de semana (tómate esa píldora, bitch), de cómo caber en unos jeans sin que se note tu Monte de Venus (WHAT THE FUCK?), de cómo ejercitarte para tener un thigh gap envidiable, de cómo tener el culo blanqueado y perfecto para la recepción del embajador, o de cómo tener los labios de nuestra vulva proporcionados y, por supuesto, simétricos….

Sexy bitch tu madre....
Sexy bitch tu madre….

Llevo mucho pasando por delante y mirando de reojo vuestra hilera en la tienda de la gasolinera o en el quiosco, vuestras portadas explosivas, brillantes, gritonas, estridentes, con bolsos XL para la piscina de regalo, o con muestras de rimmel para esas pestañas de infarto, con los morros repintados y vuestros copia-pega desde los ochenta, cuando yo sí me leía vuestras encuestas sobre cómo encontrar el hombre perfecto, cuando sí me frustraba por no llegar a tener nunca el armario de básicos para arrasar, y cada día os he ido mirando con más inquina, con más desprecio por la imagen de mujer (y de hombre) que nos habéis vendido desde que os conozco, y que seguís haciendo sin cortapisas, como un buque que, varado hace tiempo, sigue esparciendo el chapapote, la mierda negra, durante años y años, contaminando la mirada de las que os leen, en su mayoría niñas jóvenes.

Que sí, que sí, que se os ha visto el plumero (porque no os lo habéis operado ehhhh) y conmigo, hasta aquí habéis llegado.

La mujer perfecta ha muerto. Y ya podéis ir corriendo o buscando algún regalo muy bueno para que os compren porque la mujer real, la que no llega a fin de mes y le da igual si se lleva el berenjena o que no hay que comer hidratos por la noche, no tiene el Monte de Venus para tonterías.

Aceptando cumplidos

Es cierto, no lo había pensado nunca, pero las mujeres no sabemos aceptar cumplidos sin menospreciarnos en la misma frase. Nos viene de serie, ¿no creéis?

Y este vídeo de Amy Schumer, por muy bestia que sea, lo muestra muy bien.

¿Nos sentimos obligadas a hacernos de menos? ¿Está mal visto por el resto de las mujeres aceptar un cumplido con naturalidad y sin más? ¿Qué pasa con nosotras? ¿Nos sentimos obligadas a devolverlo? ¿Cómo podemos estar tan llenas de recovecos tan complicados?

Lo que somos realmente

wVlfnlTbRtK8eGvbnBZI_VolkanOlmez_005

 

¿Seremos capaces algún día de conocernos realmente a nosotros mismos? Porque, sinceramente, van pasando los años y a pesar de estar conmigo misma a todas horas, cada día me desconcierto más a mí misma.

A veces me escucho a mí misma poniéndome etiquetas a la ligera, describiéndome como si supiera a ciencia cierta que soy la persona que digo ser. Que cuando acudo al lugar común de «ser así» me es más fácil esconder la absoluta ignorancia sobre mi propio yo o mis defectos escudados en tozudez castiza, ese «yo soy así porque la vida me ha hecho así».

El otro día me escuché a mí misma con estupor un «no soy mujer de manicuras», que por suerte fue mental porque la parida pronunciada en voz alta, y peor, ante algún interlocutor, hubiera sonado aún mucho peor. ¿Qué diablos estoy diciendo? ¿Que no me gusta tener unas manos en condiciones en vez de uñas en competición por el desnivel más pronunciado y ni una de ellas con el mismo tamaño? ¿Estoy infiriendo acaso que paso de las convenciones sociales y me importa un pito lo que piensen de mí al ver mis manos? Porque ni lo primero ni lo segundo es cierto…

Quitando lo trivial del asunto estético y que podría quedarse en una tontería mental más, que las hay a patadas, cuando caí en la estupidez supina que había usado como argumento conmigo misma para justificar que no he sido capaz en tres meses de arreglarme las manos, no pude evitar preguntarme cuánto de lo que creo que soy yo misma no es más que una coartada…

 


 

A hostia limpia

A veces nos olvidamos de que somos nosotros nuestros principales contendientes, a los que nos enfrentamos cada día.

Hoy, cuando he visto el vídeo de Sia de Elastic Heart me lo ha recordado al instante. Esa jaula en la que los dos protagonistas se dan de leches de manera lírica, también me vale para mi propio yo, y la lucha interna a la que día tras día me someto.

Y nos empeñamos muy a menudo en focalizar nuestras energías en los demás, cuando la realidad es que ahí, encerrados y en un tira y afloja constante y permanente, estamos nosotros mismos. Y nuestras circunstancias.

A lo mejor si visualizásemos más a menudo esta lucha interna dejaríamos de perder tanto tiempo enfrentándonos a quién sabe quién. Cuando el que se merece una buena patada en la boca a lo mejor eres tú mismo… O no. Que a veces tenemos razón, qué leches. Pero desde luego, en nosotros siempre empieza la lucha y deberíamos ser el primer sitio en el que buscásemos el origen de ese malestar, ese problema que nos encontramos, de la mayoría de nuestros disgustos y crisis.  En nosotros y en nuestras expectativas, nuestros deseos, nuestros auto-engaños está la respuesta la mayoría de las veces.

Qué falta nos hace conocernos mejor para saber de qué somos capaces, cuáles son nuestros límites y cómo podemos superarlos. Qué falta nos hace dejarnos de autocomplacencias y vendas en los ojos. Qué falta nos hace ser autónomos (no en el sentido fiscal, por dios) y no depender de que nadie nos diga cómo somos y qué necesitamos para seguir andando…

Esto lo veo mucho ahora que se lleva tanto el autoempleo. Y el tan traído emprendimiento (hasta el moño, por cierto, estoy de esta moda tan fashion). Porque, en realidad, lo complicado no es poner en marcha algo y que funcione (algo que en nuestro país está mucho más negro gracias a la política fiscal que graba a los autónomos y pymes). Lo realmente chungo es tomar decisiones por uno mismo y no depender del jefe o la jefa de turno para tomarlas por ti.

Porque lo chungo es llegar a conocerse de verdad. Y dejar de estar a hostia limpia con los demás. O con nosotros mismos.

 

Yo para Reyes me pido…

Ser capaz de hacer una sola cosa cada vez.

Tiempo para leer más. Leer mucho. Leer muchísimo.

Tiempo para escribir más. Escribir mucho. Escribir muchísimo.

Desconectar el móvil más a menudo.

Yo para Reyes me pido seguir soñando.

Me pido ver las cosas desde otra perspectiva. Darles la vuelta, o darme la vuelta yo.

Me pido salirme del papel mientras dibujo, y mientras pienso.

No frustrarme ante puertas cerradas. O ante portazos.

Y no gritar.

Y reír más. Reír mucho. Reír muchísimo

Feliz 2015