Reflexiones a pachas I: Cosas que dejé de hacer tras ser madre

(Conversaciones maternales sin fundamento con otra mujer, madre y, a la sazón, persona, muy versada en este arte de no saber de nada…)

Blogdemadre: – Dejé de depilarme a menudo. No hay tiempo. Ni ganas. Si no fuera por las sesiones de láser que religiosamente pago, hoy por hoy tendría la epidermis igual de poblada que Chewaka. Lo mismitico. Accidentalmente: – Depi…¿qué? Yo todavía sigo intentando cerrar una cita en algún sitio para someter a mi cuerpo al láser más destructivo que haya, tipo rayos catódicos en los que aparezca Belén Esteban, que me evite volver a pronunciar esa palabra. La última vez que lo intenté me echaron con malas artes acusándome de insensata, y de ignorante, por plantearme algo así mientras daba el pecho a mi criatura. Debe ser que a mi niña le gustaba agarrarse a mi cuerpo velludo mientras comía….

Es imposible ver en casa una peli de dos horas del tirón… (Lo del cine es todo un lujo para el que hay que organizar la agenda de dos o tres familias , el calendario de un ministerio, y poner un anuncio en el BOE, así que descartado desde la raíz hasta las puntas) .-Este fenómeno puede deberse principalmente a dos causas: a) Los miniseres lloran o ronronean o se tiran algo encima e interrumpen la emisión en plan agentes encubiertos de la censura  b)Te quedas sopa en los títulos de crédito, incluyendo hilillo de baba en cascada sobre cojín. –Voto por la b, y sumo la b de bodrios con los que, a veces, nos autotorturamos, por no ser capaces de estirar el brazo y darle al ON del disco duro en vez del mando de la mardita tele…

No he vuelto a meterme las pajitas del McDonalds en la nariz para hacer la morsa y pasar un ratico chisposo. Si Lasniñas te ven – me digo – te imitarán y te pasarás los próximos seis meses de tu vida en el mostrador de Urgencias por rotura de venita nasal diversa. – Sí, bastante tienes ya con mantener una vigilancia 24 horas, que ni prosegur ni leches, y aún así en el micronanosegundo en el que te despistas para sacar la comida del fuego, para cerrar el grifo del baño, o incluso para pestañear, nosesabecómo pero ya se ha tropezado con su propio pie y se ha comido el quicio de la puerta. Como para darles ideas…

He dejado de hablar por teléfono cuando, donde y como quiero. Ahora hay que coordinar los horarios de tus hijos con los horarios de los hijos de tus amigas y, al menos yo, tengo prohibidísimo, bajo pena de muerte como poco, que me llamen al fijo, pasadas las diez de la noche.– Aparte de que el ring-ring despierte a las fieras corrupias, el problema es que a las diez el cerebelo está tan espongiforme y abatido que la conversación se termina reduciendo a un tipo test, en el que tu amiga pregunta y tú contestas con monosílabos que asienten o niegan lo que oyes. Si te callas un rato largo ella sospechará que no tienes opinión o que te has quedado frita cual narcoléptica anónima. Pero es tu amiga y te quiere, hombre.

Desde hace tres años no me he echado vaselina en los labios con calma y tranquilidad. Tengo que hacerlo a escondidas, bajo el abrigo, darme la vuelta, esconderme tras las macetas; si me ven, meterán el dedo en el bote y harán hoyos tan profundos como cráteres. Luego tendré que recomponer el firme como Pretty Woman tras el partido de polo. – Pues sí, lo de comerse la vaselina, el cacao, las barras de labios, el rimmel… es de juzgado de guardia, espero que al menos sean nutritivos y sustitutivos de alguna comida principal, como las barritas de cereales y esos inventos.

Ejercicio. Mi momento más activo del día es cuando subo las cuestas de mi barrio empujando el carro de mi hija para llevarla a la guardería. Llego sudando, eso sí, y aprieto mucho el culo mientras subo, que dicen que es lo bueno.
Hay que ser ladina y aprovechar momentos furtivos. Sentadillas al recoger las plastidecor del suelo, pesas al levantar a Lasniñas en vilo cuando montan drama en plena calle, 100 metros obstáculos salón-cocina para evitar que se metan en la lavadora y cierren la puerta, pilates y estiramientos al perseguirlas por el sofá…Es todo un mundo esto del ejercicio materno.

No he vuelto a ir a un restaurante sin preguntar antes de sentarme «¿Tenéis trona?» Lo hago incluso cuando voy yo sola o con amigos cuarentones entraos en carnes. Que la carita de no entender del maitre es para verla…
– La trona, el baño con cambiador, el teléfono para emergencias, si tienen plastidecores y papel para jugar, si hay globos para que la niña se entretenga… ¡Lo de menos es la carta!

Ya no pretendo tener orden en casa. Es virtualmente imposible controlar los juguetes de mi hija, y he terminado deduciendo que, no sólo tienen vida y conciencia propia, sino que además tienen un malvado propósito oculto en sus diminutos cerebros de plástico que es extenderse por mis suelos, invadiendo cada metro cuadrado, y que como escaladores en la carrera de los ochomiles, van plantando su banderita y proclamándose dueños y señores del territorio inexplorado del baño, el pasillo o el patio. – Ojo, esto entra dentro de lo paranormal. Creo que Supernani debería establecer una joint venture con Iker Jiménez para tratar de explicar porqué las barbies tienen esa querencia a meterse bajo tu cama o porqué siempre hay algo con ruedas en el suelo que te hace tropezar y cagartentó cuando vas con prisas.

No he vuelto a tener intimidad ninguna, ni una pizca, mínima, pequeña y chirriquitica; ni muchísimo menos he vuelto a pretender cerrar el pestillo del cuarto de baño cuando me ducho o hago pop-ó. Las patadas, puñetazos y gritos al otro lado de la puerta me asustan mucho. Sé de un bebé que llegó a arrancar la puerta de las bisagras con sus manitas y se coló dentro, ante la atónita mirada de una señora, que ni siquiera era su madre. – Es genial que tus criaturas te observen mientras te acicalas, o te duchas, o esas cosas que se hacen en el baño. Al menos así no te aburres y así le puedes ir explicando la bonita teoría de la relatividad, el porqué de la existencia humana o si hay Dios allá en el otro mundo.

He dejado de comprar lencería de la buena porque ya no la luzco!!! He tenido que obligar a los reyes magos a regalarme estas navidades un kit de supervivencia consistente en unos cuantos conjuntos dignos y presentables, que no sabe una cuando va a tener que ir al médico, todos igualitos, de algodón y sin encajes ni transparencias, ni leches de esas sexys, y por favor cero costuras y cero mondadientes, que no tiene una el cuerpo para estrecheces… – Comotentiendo! Yo estoy pensando reunir todos mis tangas y hacerme una colcha. Qué penita. Qué poco rendimiento y vida útil…Por no hablar de los saltos de cama de tacto sedoso arrinconados y sustituidos por el pijama de franela y la media rodillera. Cuánta desazón.

He dejado de leer. Snif, snif. Ni libros, ni periódicos. A lo máximo que llego es a los cinco renglones de las propiedades del champú, en español y portugués, mientras no haya nadie dando patadas a la puerta del baño. Ay qué tristeza más gorda me acaba de invadir… – Mientras no te invada el espíritu del Señor Potato, aún queda esperanza. Siempre nos quedará la jubilación para leer en la consulta del médico, con cataratas y vista cansada, mientras nos contamos los achaques y nos enseñamos las fotos de los nietos.
– ¿Señor Potato? …. Mmmmm.. ¿Ein? Otro día. Se me quema la cena.

Y el debate continúa: ahora las madres «tigre»

¿Eres una madre tigresa?

¿Tienes la fusta preparada para cuando tu hijo no ordena su habitación?

¿Exhalan tus poros disciplina desde el mismo momento en el que se abren tus ojos por la mañana?

No he leído el libro de Amy Chua Battle Hymn of the Tiger Mother, pero así de primeras no me hace mucha ilusión, fallo mío, tengo una lista de pendientes que me atraen mucho más (hasta leerme el editorial de La Razón me apetece mucho más). Pero como hay que tener un poco de criterio para poder despellejar a gusto, siempre desde la ignorancia, amigos, pues me he puesto a bucear en la red en busca de referencias sobre esta mujer y su filosofía.

Así de primeras y sin profundizar, en mi línea de superficialidad, descubro que tampoco ha inventado la pólvora. Vamos, que mi madre y casi toda su generación han seguido el mismo método: el de la disciplina espartana. Solo que en el caso de Chua, evidentemente, es la disciplina milenaria de la cultura china, claro. Y me da que le ha aportado un toque personal, medio moderno, medio retorcido. Y aunque no es nada revolucionario, si acaso más bien reaccionariamente anticuado, ha causado un revuelo inexperado entre las-madres-del-mundo-uníos. Inexperado porque al fin y al cabo cada uno educa a sus hijos como le da la gana. Y que esta mujer reivindique el poder de una buena regañina, insultos incluidos, para intimidar a sus hijas a mí personalmente no me sorprende, ni me ofende, ni me asusta. Lo de los insultos no debería compartirse con agrado, no creo que sea un método educativo ideal para la autoestima de los niños, pero claro, cada uno en su casa….

No creo en el método perfecto para educar a los hijos. No hay una regla que sirva para todos, por desgracia. O por suerte, no lo sé. Pero esto es como lo del método Estivill. ¿No te gusta? No lo uses. Fácil. Rápido. Indoloro.

Pero bueno, aquí dejo una entrevista con esta mujer que he encontrado en youtube. Y sí que dejo clara una cosa. Esta señora me da miedo. No sé si el rictus ese que tiene, o la mirada fiera, o qué sé yo…. Pero me ha acojonado mogollón.

Y ahora algunas opiniones más formadas que la mía que he encontrado en la red:

http://cuantascosasbarreria.wordpress.com/2011/01/27/carta-para-amy-la-madre-tigre/

http://blogs.que.es/18214/2011/2/7/retrato-amy-chua-la-madre-tigre-

http://www.bebesymas.com/educacion-infantil/amy-chua-recomienda-el-autoritarismo-feroz-como-metodo-de-crianza

http://www.mundodemama.com/2011/01/20/tiger-moms-madres-que-educan-con-metodos-extremos-de-disciplina/

http://madredemellizos.blogspot.com/2011/01/amy-chua-la-extrema-rigidez.html

La presión de la perfección

Partiendo de la idea de que todos los niños tienen un componente infernal absolutamente ajeno a la voluntad paterna y que es parte de la infancia el volverse loco de vez en cuando al ver caer una hoja del árbol, o entrar en un bucle histérico cuando les quitas su juguete preferido, hay que reconocer que gran parte del problema de un crío insufrible,son sus padres, somos los padres.

Siempre que veo esas bestias pardas que salen en programas catastrofistas como «Supernanny» o «Hermano mayor», me entran escalofríos al pensar que mi tierna y dulce criatura pueda llegar a insultarme o incluso a pegarme un puñetazo (los manotazos que me ha arreado hasta ahora no cuentan, son con mucho cariño, jeje). Y siempre acallo esas perturbadoras imágenes pensando en que, salvo alguna desviación genética desconocida, una sobreexposición a Belén Esteban, o muy mala suerte, mi hija tiene muy buen fondo y su comportamiento presente y futuro depende casi al 100% de que su padre y su madre le den una buena educación.

Además del comportamiento, también me ha preocupado y mucho desde el principio, si lo estoy haciendo bien o no en cuanto a su crecimiento intelectual. A mi alrededor han surgido defensores de la estimulación temprana, de la música de Mozart para aumentar su inteligencia, de las guarderías temáticas e incluso de las clases de idiomas desde los 3 meses. Sin embargo, sin saber por qué realmente, siempre he preferido dejar a un lado el estrés «educativo», al menos tan pronto, y me he relajado en este sentido para dedicar mi atención a temas mucho más terrenales como la lactancia hasta el año y medio, el trabajo en casa y fuera y «abroncarla» si tira la comida al suelo para intentar dominar su tremendo carácter. Tiempo tendrá de aprender lo que le venga en gana.

Ahora, al leer «Bajo presión» (RBA)Carl Honoré ha venido a reforzar lo que ya pensaba afrontando esta misma premisa de una forma entretenida y con los pies en la tierra.

El autor de «Elogio a la lentitud»  nos presenta ejemplos de variados rincones del mundo en los que un buen puñado de familias están replanteándose cómo educan a sus hijos: lo que esperan de sus hijos y cómo educarles, los horarios, las actividades extraescolares, los hábitos de juego en casa, las comidas familiares… Para demostrar finalmente que menos es más: menos presión en los estudios, menos niños tomando prozac, menos TDAH, menos proyección de nuestros propios anhelos, menos actividades después de las clases, menos tiempo abducidos por la videoconsola, menos juguetes en los armarios, menos estrés para llegar a tiempo a todas partes, menos horarios rígidos y marcados y como contrapartida, más tiempo libre con ellos, más libertad para inventar sus propios juegos, más flexibilidad con los horarios y más, mucho más relax.

Así, después de leerlo con atención, y de encontrar los suficientes errores en la traducción como para recordar por qué prefiero siempre el original, llegué a la tranquilizadora conclusión de que no hace falta y parece no ser realmente efectivo ponerles los CDs de Baby Einstein con un mes de vida para aumentar su CI, que no tengo por qué aspirar a que mi hija sea superdotada y que no debo intentar crear una super niña, que la nena necesita muy pocas cosas para desarrollar su imaginación y su propio mundo interior, y de que yo no necesito estar supeditada, en sueldo y tiempo, a que desarrolle su psicomotricidad a 50 euros la hora, o a maltratar mis riñones jugando en el suelo con ella toda la tarde para ser una buena madre (aunque sí que me chifle hacerlo un ratito, lo justo para acordarme de recoger la ropa del tendedero), porque también tengo que dejarle espacio para que se aburra, se busque la vida, intente meter los dedos en el enchufe, se pise ella misma un dedo, llore un rato, machaque sus muñecos, mire al techo y acabe reorientando su juego. O eso, o correr bajo mis faldas, que también ocurre, seamos sinceros.

La teoría de Honoré se basa en no poner tantas expectativas sobre nuestros niños, en dejarlos ser eso, niños. En no sacrificar nuestro escaso tiempo en pos de las necesidades que nosotros mismos les hemos creado, porque lo que más necesitan nuestros hijos es nuestro tiempo.Y me encanta porque siempre he pensado que para que mi hija sea feliz yo también necesito ser feliz y no sufrir a cada segundo por no estar a la altura.

Tristemente esto tan idílico tiene un «pero», o varios, y él mismo lo reconoce. Y es que en la realidad, en nuestro día a día, dejarlos ser niños ya no es lo que era. Dejarlos salir solos a la calle es inconcebible hasta los quince, por lo menos, y hasta los parques infantiles parecen en muchos casos trincheras de guerra, al menos en mi barrio (siendo políticamente correcta, y optimista también, uno de los más multiculturales y variopintos de Madrid). Además, en el caso de las actividades extraescolares, éstas son en la mayoría de los casos, no solo una forma de entretenimiento para los niños, sino una vía de escape para los padres, atados por nuestros horarios, y que o tiramos de abuelos o les apuntamos a todo lo que se menee.

Pero bueno, sabiendo lo difícil que es llevarlo a la práctica, reconozco que las palabras de Carl Honoré han contribuido a reforzar la confianza en mí misma como educadora, y a afianzar la creencia en la absoluta responsabilidad de los padres como «escultores» de la personalidad y la felicidad de nuestros hijos: queremos ser los mejores padres y tener los mejores hijos. Así visto, es toda una presión. Sí.

Pero en nuestras manos está  disfrutar de esa responsabilidad junto a ellos y en no convertir esa presión en una losa, sobre nosotros y sobre nuestros hijos. En asumir que no somos perfectos y que no es justo ni sano aspirar a que ellos sí que lo sean. En no complicarnos la vida sin necesidad.

«Les Jours Tristes» y las guarderías

Empezar el día dejando a tu hija llorando en la guardería no es lo más gratificante que te puedas echar a los hombros para irte a currar con alegría.

Si a eso le añades una sesión intensiva de escorzamiento forzado en el metro que bien podría estar incluido como ejercicio de alguna tabla de pilates, y que además llueve y todo el mundo está de un humor tirando a gris a tu alrededor, incluyéndote a ti mismo, pues ya tienes la jarana montada.

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El Mei Tai, ¡qué gran invento!

A diferencia del fular, el Mei Tai, de origen asiático, es más rígido y minimalistay más sencillo de utilizar, lo cual permite que en dos pasos te hayas colocado al bebé en la espalda sin sudores, ni dejarte la espalda en ello.

La mayor rigidez del respaldo sostiene mejor al bebé de más de 9 kilos, algo más difícil de llevar en el fular a estas alturas (y este peso).

Pero sobre todo, la facilidad con que se coloca lo hace especialmente recomendable para portar al niño a la espalda. A lo mejor es que no soy especialmente experta en colocarme el fular a la espalda, pero desde luego, con el Mei Tai es mucho más fácil, rápido y cómodo.