Nos pasamos la vida temiendo el cambio y lo nuevo. Pero a la vez nos cansamos al momento de lo ya conocido y anhelamos algo distinto.

Las mudanzas, las separaciones, los cambios de trabajo, las pérdidas, las decepciones y los baches en el camino son siempre giros inesperados (o no) que nos obligan a cambiar el paso y medir de nuevo nuestro ritmo, qué y cómo nos movemos, y sobre todo, por qué nos movemos, hacia dónde vamos y qué esperamos encontrar. 

En la mayoría de las ocasiones, los cambios nos obligan a parar, e incluso retroceder. Y, ay amigo, como escuece tener que echar borrón y cuenta nueva.

Pero mirad a los niños. Como pueden disfrutar una hora montando una fantástica torre de piezas para en un segundo darle una patada ninja y cargárselo. Y ese es uno de sus momentos preferidos (siempre que no venga el hermanito a rompértelo, claro, en ese caso se arma la mundial).

Conozco mucha gente a la que el cambio le altera. A mí misma, sin ir muy lejos. Me genera ansiedad no saber si estaré a la altura de mis propias expectativas (porque las presiones son casi siempre internas, no nos vamos a engañar)

Los cambios se barruntan. Se huelen, como la lluvia que se acerca. Se siente en los huesos y revuelve el estómago, y a veces también el cerebro.

Por eso, en esos momentos en los que el cambio se acerca, es muy, muy importante encontrar un sitio en el que sentarse, buscar ese espacio privado en el que solo nosotros sabemos qué hay, y dedicarnos un tiempo. Sin más.

Y luego, tomarnos un copazo y bailar ;P

Abraza el cambio. Siempre nos quedará esa sensación de que somos libres para cambiar…

- Oh, dios mío, pero…¿qué es eso que vuela?

- OMG, ¿es acaso un avión? ¿o un pájaro?

- ….

No, amiguitos. Eso que vuela por encima de nuestras cabezas, y que si pudiera nos cagaría con ganas, no es el cachitas Superman, ya sea de la versión cinematográfica que sea. Sea lo que sea no es un superhéroe embutido en mallas xxs. Tampoco es un jet privado ultrasónico de algún ricachuelo ruso o árabe que se ha desviado para ir a las rebajas estivales. No caen billetes de 500 a su paso, lastimica de nosotros.

No. Eso que nos sobrepasa a la velocidad del sonido y que cualquiera diría que es que ha quedado con alguien por las prisas que lleva, es mi vida. La muy perra…

Y es que mientras ella se pira por derroteros y alturas “unexpected”, a mí se me pone el culo gordo y cada vez me cuesta más, y más y más y más, alcanzarla y coger las riendas de esta locura de existencia. Y en días como hoy, o en semanas, o en meses, o en años como este, me pregunto qué estoy haciendo para tener cada vez más vértigo…

Si veis a mi vida pasar por ahí, decidle que se venga anda. Que ya está la cena…

Todos los días me entero o me cuentan de primera persona alguien al que han despedido, que no han renovado o que ha vuelto a quedarse en paro. Y que se dan de alta como autónomos, que se van a meter a esto de ¡¡¡emprender!!!, y lo anuncian con una mezcla de novedad, alegría, resignación y en la mayoría de las ocasiones cara de estar tirándose por una de esas atracciones monstruosas -y tortura-padres, y que vendría a ser algo así…

Mi primera factura

 

Me lo cuentan con emoción y vértigo. Y a mí se me plantea la duda de cómo contestarle a su nuevo estado: ¿le deseo buena suerte o que busque la salida inmediatamente?

Porque, no nos engañemos, ser autónomo hoy en día, y me consta que no ha cambiado mucho desde hace años, sigue siendo algo así:

- Nunca más verás el calendario de la misma manera que antes. Se acabaron los puentes, las vacaciones como hasta ahora, y los días libres en general. Todos los días serán laborables. TODOS, salvo que estés a punto de la muerte o que te toque hacer gestiones en la Administración, día que será considerado perdido a todos los efectos, y sobre todo anímicamente.

Si tienes hijos, tu calendario se verá interrumpido por días llamados “¿Y ahora qué hago con ellos?” (no confundir con día libre, no nos engañemos, porque en ningún caso será así) y que suelen convertirse en “Días de furia” en la mayoría de los casos porque, por mucho que lo intentemos, la multitarea y la familia, especialmente los de escasa edad conjugan fatal: o tu salón acaba convertido en la casa de un enfermo de Diógenes o acabas castigando de cara a la pared a algún cliente con el que hablas por teléfono.

- No cobrarás cuando hagas un trabajo. A partir de ahora el calendario será básicamente para tachar los días que te quedan para que te paguen todo lo que te deben. Pero además, necesitas un calendario anual porque prácticamente nadie te pagará a 30 días. De hecho, para ti, a partir de ahora, serán festivos los días en los que cobras una factura dentro de los 30 días. O mejor aún, que la cobras, ya sea a 90 o 120 días o incluso más. Claro, así se hacen grandes empresas mucho más fácilmente, ¿verdad empresas del IBEX 35?. Esto te inyectará una dosis de odio a la humanidad para la que tienes que estar preparado. Y al principio se te quedará esta cara de aquí abajo. Porque claro, tú, ¿a cuánto pagas?

¿Que me vas a pagar a cuánto...?

¿Que me vas a pagar a cuánto…?

Pero luego te llegarán los pagarés, y esos sí que son divertidos. Porque, además de llegarte 90 días más tarde de haber emitido tu facturita, como poco, no podrás cobrarlos hasta que el pagador tenga a bien! Con lo cual pasarás a este estado:

Los pagarés

 

Pero bueno, tranquilo, esto se pasa al ratito.

Eso sí, es mejor que no te relaciones mucho mientras te sientes así. Por evitar encontronazos, vaya…

- No pidas nada a los bancos. (Y mucho menos después de recibir un pagaré). Directamente van a pasar de ti y de tu reluciente plan de negocio en el caso de que lo tengas (y de tu culo también, pero me da no sé que añadirlo, qué diablos!). Nada, niente, nothing. Autónomo=caca para los bancos salvo para cobrar, of course. Si supiérais lo que sois para nosotros…

- Los finales de trimestre no os podréis relacionar con el mundo exterior de manera satisfactoria. Ya podéis tener el mejor gestor del mundo. Da igual. Los finales de trimestre te cogen por banda, te ponen encima de sus rodillas, te marcan a fuego en el trasero, y nunca, nunca, nunca volverás a ser el mismo. De la anual ni hablamos porque para qué vamos a amargarnos más el día… Hay una ley no escrita por la cual siempre se te quedará alguna factura sin contabilizar, es LA FACTURA que te perseguirá hasta conseguir que tengas que hacer una rectificación y, por supuesto, cómo no, aplaudan conmigo, PAGAR UNA MULTA.

Y bueno, podría seguir pero casi mejor lo dejo aquí, porque me está saliendo el comillo de la mala leche demasiado pronunciado y además ya me he saltado unas cuantas tareas en mi planning de hoy , que luego encima te sientes culpable porque no estás produciendo, produciendo, produciendo…. Para que los grandes puedan beneficiarse bien a nuestra costa, y por supuesto a más de 90 días…

Porque, amigos, si sois autónomos y estáis jodidos, levantad la mano.

multitud

Aguantamos, aguantamos…

Hay cosas que no deberíamos tener que aguantar, y en esta canción se mencionan muchas de ellas.

Pero más allá de todo lo que nos pesa y nos oprime, me quedo con la fuerza que escondemos tras nuestras debilidades y caídas.

Aguantamos porque somos más fuertes.

Y en algún momento, los pueblos, las personas, todos, nos levantamos. Y luchamos.

Yo la estoy perdiendo. Es un hecho.

De ayer a hoy ya me noto la cabeza como más vacía, con menos fundamento aún si cabe, y hasta me cuesta recordar en qué episodio de las trescientas series que sigo voy, jjjjjj.

Un desastre, oigan. Este 2014 está siendo maravilloso, pero también me ha colocado en una carrera de fondo de lo más apasionante, y ya voy con la lengua fuera y las ojeras colgando. Y solo estamos en febrero!!! No me quiero imaginar cómo voy a estar en diciembre.

Por eso mi post de hoy (esto suena como si escribiera a diario, ¿eh? mola hasta imaginarlo, jajajaja) va de remedios para no perder más neuronas y cabeza, cuando, como es mi caso, no tienes ni tiempo ni dinero para irte de escapada a las Bermudas (por poner un sitio, vamos) y que un . Así que estas son las cosas (no están en orden de prioridad, ojo) que creo yo, y cualquier ente sometido a presión igual a superior a su masa corporal deberíamos hacer para no morir dentro de una oficocina como la mía devorados por el trabajo o las obligaciones diarias:

1. Irme una noche a cenar con mi santo y empaquetar a los niños a algún alma caritativa :)

2. Quedar con mis amigas a tomar cañas y reírnos muy alto de algún tipo que esté por allí hasta que nos echen del bar.

3. Tirarme al suelo a jugar con mis hijos y que me metan el codo en un ojo o me aplasten la nariz con un pie. Eso mola siempre.

4. Apagar el teléfono y el ordenador a las 20 horas. Esto debería ser por ley, en serio. Aunque ciertas conversaciones nocturnas de whatsapp no tienen precio como desestresantes!

5. Repetir la 1, 2, 3 muchas veces mientras la 4 está siempre activada :)

6. Escuchar música y cantar a gritos.

7. Hacer tartas de chocolate.

8. Comerlas con amigos y familia. Ya sea visitando o en casa, como sea, pero con mucho chocolate y muchos amigos. También valen fabes o galletas, o paellas, o cualquier excusa comestible. La cosa es quedar. Y comer jjjj.

9. Escribir más… O dedicarle más tiempo a lo que le gusta a uno….

10. El yoga: está en último lugar pero podría el primero. Imprescindible para mantenerse un poco cuerdo en estos días revueltos :) Y mira que una servidora es poco espiritual, pero no puedo sino aconsejarlo a todo el mundo, tanto física como mentalmente!

11. No hacer listas de 10 cosas :D

Y tras el momento “consejos que no seguiré” aquí va el vídeo de hoy, una canción que vale para gritar y hacerlo muy alto, además de ser estremadamente bonita.

¡A cuidarse!

luchaHay dos meses chungos en mi calendario existencial. Y son, sin duda, septiembre y enero.

El primero lo es porque, sí, ahora la vuelta al cole tiene otro significado, pero durante la primera parte de mi vida, ese mes significaba dejar el verano atrás, las vacaciones, las noches fuera mirando las estrellas, la libertad… Ahora septiembre es más un mes de recomposición corporal, de peluquería tras dos meses fuera, de volver a sacar la agenda teniendo de nuevo las mañanas libres, de vuelta al mundo real, si se puede ver así el mandar a las criaturas con la cartera y el baby a sus clases. ¡Bendito colegio!

Enero… Enero sí que es una bestia parda.

Enero el mes de los propósitos, firmes o no, y con los que rubricas tus primeros pasos en el año. Es el mes del voy a cambiar el anterior porque voy a ser mucho mejor. Voy a ser una versión mejorada. Es una oportunidad nueva. Una start fresh and clean… Y esto no deja de ser una presión tremenda!

- Hacer más ejercicio. Bueno, corrijo, hacer ejercicio! Eso sí, no cederé a las presiones del running, amigas, no. No me gusta correr, no me importa que esté de moda. Ahora que le he cogido el gusto al yoga, me conformo con no dejarlo!

- Alimentarme algo mejor que el año pasado. Las prisas juegan una mala pasada y a pesar de mis buenas intenciones y de comer en casa, he dejado de cocinar lentejas y ahora me conformo con las sobras de la cena de ayer, un bocata de mortadela o el sándwich de nocilla (bueno, en casa somos de nutella, jjjj) que se dejó mi hija el día anterior. Un desastre. No, no es que sea una cuestión de peso, pero el otro día me dio por curiosear esto del peso ideal, y hasta la misma web me recomendó que me alimentara mejor! A ver, a ver, qué os sale a vosotros, a ver si coméis mejor que yo! jjj

En mi defensa diré que he comido saludablemente durante décadas, así que seguro que he acumulado “salu-puntos” hasta que pase esta etapa de frenesí y prisas en mi vida. Si no me convenzo yo…

- Volver a leer como una descosida todo tipo de libracos, ensayos incluidos, y no dormirme a la primera página que abro. Sigo siendo un vegetal intelectual y a las diez de la noche ya ni vegetal!!! No me llaméis nunca a esas horas por teléfono o abriréis las puertas de Mordor, amigos…

- Ponerme tacones más a menudo. Sí, duele. Sí, un día de estos me voy a matar bajando las escaleras del metro. Pero, sí, es totalmente imprescindible que reeduque a mis plantas. Se me han aburguesado a base de calzado plano, que las veo.

- Organizarme mejor o dejar de estresarme. Esto es como la fórmula de la coca-cola, porque lo intento, lo intento y al final siempre acabo corriendo: para entregar una propuesta, para recoger a los niños, para llegar a una cita, para lavar los cacharros. Vamos, lo que nos pasa a todos, que yo también os veo. Y en enero siempre, siempre, pienso que tengo que hacer algo mejor para no llegar con la lengua fuera a todos lados. Pero en diciembre siempre me doy cuenta de que la única solución para esto sería que tocara la lotería y tener más servicio que la Presley.

- Jugar más con mis hijos. Esto me tortura, y no lo digo en broma. Porque no hay día en el que no lo piense, y en enero, con tanto juguete nuevo a nuestro alrededor, es mucho más evidente. Y más cuando mi hija me dice que por qué no juego más mientras aporreo el ordenador en la cocina…Miro la pantalla, miro a mi hija. Pantalla, mi hija. Mi hija, pantalla. Y se me plantea un dilema de los buenos… Este sí que es un propósito pendiente. Y de los buenos, el más importante de todos.

En enero, cada año, enero empieza con una férrea lucha entre mis propósitos y yo misma.Y os diré una cosa, para bien o para mal, ¡yo siempre salgo ganando!

Y para ilustrar el textaco os dejo con una lucha muy a lo Jim Henson que me encantó…

El Rey y yoAviso: este post no es apto para seres sensibles y amantes de las Navidades y sus tradiciones, en concreto, de las que tienen regalos como fin. 

Madre mía, yo creo que hoy me da un infarto…

A mí esto de los Reyes me gusta mucho. Es un momento precioso que en mi familia hemos mantenido y espero que mantengamos como una ocasión para reunirnos todos, dormir juntos y levantarnos rodeados de niños y regalos. Pero reconozco que, con dos lechones, con vacaciones escolares y dos semanas con ellos en casa y mis nervios como escarpias, o depuramos nuestra técnica y logística o voy a tener que subcontratar, o pasarme a la especie “atea” en esto de las costumbres navideñas.

Antes no pasaba, la vida era sencilla y despreocupada, pero ahora llegar a Reyes con niños a cuesta (una en la chepa y otro en la teta, literalmente) es como el IronMan de la paternidad, por lo menos para mí. Lo reconozco. La falta de tiempo y los problemas de logística convierten este día en una gynkana de las buenas, amigos, y mi santo y yo estamos que no llegamos!

Cosas que lo convierten en un infierno:

- Las multitudes con bolsas en las manos me provocan cada vez más pavor. Todos los años me digo, éste lo haré antes. Y todos los años peco de tardona. Y me uno a la masas en movimiento en busca del regalo perdido.

- Los centros comerciales son el mal, con todos mis respetos. Tienen un efecto campana que amplifica los nervios, el cansancio, el mal humor, los niños lloran, se tiran por los suelos pulidos, te asaltan en los pasillos vendedoras casi pre-adolescentes, más pintadas que el Rey Negro no Negro, para arreglarte las uñas (que sí, que te hace falta pero como que no es el día!) y llega un punto en que estás hasta los mismísimos de entrar en tiendas y solo buscas la bajada al garaje como forma de escape de esa pesadilla iluminada y llena de confeti.

- Este año ha proliferado una subespecie en los centros comerciales, que he venido a denominar “esas cosas gigantescas y horribles”, y que no son otra cosa que animales gigantes y muy feunos, que se mueven a velocidades variables, sobre los que los padres posan gentilmente a sus criaturas para así recorrerse el centro comercial atropellando a otros padres desquiciados porque sus hijos también quieren montar en “esas cosas gigantescas y horribles”. Ni siquiera he preguntado el precio del paseo sobre el animaloide, me horrorizan y seguro que encima son caros de la muerte. No, no y no.

- Los reductos para dejar niños. Son inventos de los directores de centros comerciales para que los padres dejemos a las criaturas a buen recaudo, o al menos, entretenidos, mientras los padres consumimos ferozmente y como salvajes. Ese es un plan. Nunca lo he usado. Pero el otro día pude comprobar una modalidad o variante B de la anterior: reducto donde dejas a los niños, PERO no te puedes ir a comprar o a tirarte de una escalera autómatica si te place, no. Lo gracioso es que la casi pre-adolescente, infra-pagada seguramente, con gesto huraño y que está gritando “tengo unas ganas locas de aguantar a mocosos que te cagas” mientras se planta la camiseta de Pocoyó como uniforme, te dice que no, que no te puedes ir y que tienes que estar a menos de medio metro del reducto mientras las criaturas juegan dentro. Anda, pues mira. Si me lo dices así, pues nada, bonita, me quedo.

- Los Reyes Magos itinerantes. Bueno, quitando que al 30% de los niños les da pavor ver a estos personajes sedentes, y la mayoría con barbas de pega, o pintados de negro, horror, pues qué voy a decir, es una tradición por la cual creo que hasta yo de criatura he pasado, y creo que sin trauma alguno. A mi criatura no le pidas que hable con alguien con quien tenga una relación más bien cercana, ella es muy suya, ahora, fue ver al señor éste del atuendo festivo, y mira, que le contó su vida y milagros sin ninguna pega. Por supuesto, para recibir los dos caramelicos que el abuelete le entregó tras un discurso al oído de mi criatura que aún no he conseguido que me reproduzca y que me intriga bastante…

Podría seguir con mis cuitas, he acumulado resquemor durante mucho tiempo sobre esta época como para dos blogs y medio. Pero me temo que tengo que seguir envolviendo regalos, escondida en mi cuarto, claro.

¡Feliz Noche de Reyes, amigos!

Foto: Nikon 1 J2 en modo automático,

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