La desazón

Hace demasiado que no publico un post en este blog. El último fue tras la muerte del añorado Hemato, hace 3 años. Y no porque no tenga nada que contar. De hecho, tenía un puñado de borradores a medio cocer en el escritorio que, como muchas otras cartas, nunca llegué a enviar.

¿Y por qué he sido incapaz tanto tiempo de dar forma a lo que una vez fue algo casi instantáneo?

¿La vida me ha comido? Pues no más que en otras etapas, seguramente. Esta tragicomedia que llamamos «vida» ha seguido inexorable, saltando obstáculos sin pausa, y no podemos culparla ni hacerla única responsable de mi pereza mental (o digital).

¿Han sido las redes sociales las asesinas de mis ganas de escribir en este blog? ¿He sido secuestrada por ese monstruo amorfo que nos roba la atención y, un poquito también, las ganas de pensar? Pues seguramente, sí. Es triste (aunque lo es más morirse, como diría nuestra heroína infantil en la pandemia), pero no nos pongamos tremendos: no creo que sea irreversible. O al menos eso quiero creer y estoy intentando demostrarme desde hace un tiempo.

Con la «excusa» nada pequeña de sacar adelante una tesis doctoral, y de recuperar poco a poco mi amígdala secuestrada, he decidido limitarme el acceso a redes sociales, al menos durante la semana. Y eso, además de generarme un «mono» considerable y una frustración considerable por sentirme tan predecible y tan poco especial, me ha traído un desasosiego existencial de la leche. Tengo la sospecha bastante bien fundada de que, en realidad, ese malestar nunca se había ido pero yo no lo tenía tan presente -no quería tenerlo presente- al refugiarme en la gratificación instantánea del mundo 2.0. A fin de cuentas, era mi trabajo. Estar en redes, todo el día. Tanto que ya no podía diferenciar cuándo era deber y cuándo era escape.

En realidad, me estaba haciendo trampas. Y ahora que ya no necesito estar conectada a todas horas, ahora que estoy a otros menesteres que no requieren, corrijo, para los cuales está contraindicado ese pasilleo constante en redes, han vuelto con toda su cacharrería el runrún, el zumbido, el mordisco en la nuca, la incomodidad. Y me martillean el cerebro en cuanto me encuentro conmigo misma. Porque nunca dejaron de hacerlo.

Desasosiego es lo que siento, de nuevo. Sin anestesia. Ni pasemos a otra cosa. Es el mundo que está como está. Y eres tú que estás como estás. Solo frente al ruido.

Solo frente al eco molesto de los pensamientos y un ego magullado por tanto golpeteo.

Hay momentos en los que, como dice la canción, ya no sé qué hacer conmigo. Veremos qué ruta elegimos para todo esta incertidumbre.

Imagen de la portada: Desasosiego Drag de Antonio García Villarán

Madres 2.leches

Aquí estoy, delante del ordenador, con la toalla en la cabeza y chorreando de la ducha pero tecleando febrilmente, cuando debería estar secándome el pelo y esas cosas normales que hace la gente cuando sale del baño… Y ¿qué hago? Pues me leo de pe a pa el blog de la sabia y muy inglesa Sally Whittle con este post sobre cómo afecta escribir un blog a la maternidad y me quedo con esta pregunta que cierra sus palabras:

«What do you think? Is blogging taking away from your ability to be a good parent – or adding to it?». O lo que es lo mismo: Tú qué piensas? ¿»Bloguear» disminuye tu habilidad para ser un buen padre/buena madre, o la mejora?

Lo leo y me digo: esta mujer me ha leído el pensamiento (incluso hablando otro idioma), o lo que me queda de ellos después de unos días a jornada intensiva como madre…

Porque ahora que ambas estamos de vacaciones (voy a llamarlas así aunque las mías son obligatorias como bien sabréis)  y estoy con mi criatura de sol a sol, con ella adosada a mi chepa y michelines sin pausa ni receso (salvo la santa siesta y la noche, of course) me encuentro así de pronto y sin aviso previo con un vacío existencial en mi persona y razón de ser: ¡no tengo tiempo para escribir en mi blog! Dios, ni para actualizar mi facebook, ni para responder los emails o fisgonear en twitter, ¡para nada! Si hasta hablar por teléfono requiere de la infraestructura de manos libres para poder empujar del carro mientras hago la compra, que en el Ahorramás ya me conocen como «la loca esa que se ríe a gritos mientras espera  el turno de la pescadería»… Vamos, que yo estoy requete-entregada a mi faceta como madre, y encantada, que no digo yo que no, pero coñe, que también tengo derecho a hablar y relacionarme con alguien más que no sean la familia de los Pepes (todos los muñecos de mi pequeña tienen el mismo nombre, para simplificar, vamos), la tendera del mercado y los amigos imaginarios de mi criatura, ¿no?

Pero en estas me acuerdo de una frase de mi santo, de esas que me ha soltado medio-en-broma-medio-ya-te-lo-suelto, cuando él llega a casa al final de una de esas tardes infernales-salidas-de-Mordor en las que mi hija ha decidido poner a prueba mi paciencia semi-infinita y yo ya estoy buscando oxígeno, agarrada a lo alto de una estantería con los nervios como escarpias y con la lágrima asomando tras el rabillo del ojo, para, en cuanto él se pone a charlar con la niña, engancharme rápidamente, y sin mirar atrás, a mis redes, cual yonqui desesperada por su chute cibernético y murmurando para mí: es triste de pedir… Y en medio de mi ataque de ansiedad comunicacional, va mi santo,se acomoda en el sofá con la niña en su regazo, tan pacífica como un niño de esos de anuncios que no se mueven cuando les manosean y me dice con sorna: «uyuyuyuy, estás abandonando a tu familia…«. Y es entonces cuando llega la ambulancia a la puerta de mi casa, salen tres maromos cachas con el uniforme del samur, y me ponen las palas de esas que te meten nosecuántos vatios de potencia entre pecho y espalda… Y sí, luego, revivo…

Entonces, ¿qué pasa con el 2.0 dichoso y tanta red social (que cada día sale uno nuevo, leche) y tanto blog y tanta gente a la que conocer y tantas cosas que leer y tanta ansiedad por el saber…? ¿Nos ayuda o nos mete más presión aún? ¿Acaso soy una madre negligente cuando intento buscar un minutito para respon

der ese email que parpadea en mi cerebro? ¿Hay más madres y padres que se lanzan al ordenador como zombies a un higadito fresco cuando sus hijos cierran por fin los ojos y la boca? ¿Estoy siendo víctima del síndrome 2.leches? ¿Es esto bueno o malo?

Vosotras y vosotros, santos varones, ¿qué pensáis? ¿Somos las madres 2.leches unas adictas al wi-fi que desatendemos a nuestras familias?

Me voy, que se acabó la santa siesta…

Facebook y las distracciones improductivas

Hay días en los que la cabeza no para de dar vueltas en torno a asuntos que no nos llevan a ninguna parte. De esos en los que, además, tienes cantidad de cosas urgentes que hacer, pero menos veinte en ganas de hacer nada…

Eso me pasaba mucho cuando estudiaba, y casualmente en esos momentos en los que me entretenía perdiendo el tiempo, eran en los que mejores cosas se me ocurrían. Tal vez fuera un recurso de mi cerebro para evitar a toda costa meterse en temas tan tediosos como improductivos… Señales que te manda el cuerpo (escucha siempre a tu cuerpo) y que te dice, «¡no te molestes! Si no va a servir de nada… Tú mejor ponte a escribir o a dibujar, o a cocinar algo rico, y déjate de tontadas…». La mayoría de las veces no cedía antes estas señales y, tras un par de incursiones en la escritura creativa, optaba por la opción más sensata, que no mejor a la larga…

Ahora, con esto de Facebook, sin embargo, la opción lúdico-festiva frente a las responsabilidades, no supone más que perder el tiempo casi igual que currando, pero encima no haces nada de provecho.

Cuando encontré en la Red este Diagrama de Venn sobre las distintas webs y sus trastornos asociados, me pareció de lo más interesante. Y, en especial, el apartado sobre el ADHD, más comúnmente conocido como el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad, un trastorno cuyas características principales serían las siguientes: distracción moderada a severa, períodos de atención breve, inquietud motora, inestabilidad emocional y conductas impulsivas.

Sin ser alarmista, ni frivolizar sobre el tema, muy serio, por cierto, sí que puedo reconocer en algunas ocasiones como ciertas páginas de Internet, en concreto, redes sociales, dan rienda suelta a mucho trastorno que tenemos por ahí escondido…

A mí, particularmente, a veces, me pone de los nervios ir de un lado al otro sin terminar de hacer nada. Al menos cuando intentaba estudiar y se me piraba la pinza terminaba con algo interesante entre las manos

Y por eso, algún día, por fin, me quitaré del Facebook.