Realidad aumentada: la metamorfosis de las mallas

Pensaba escribir una reclamación furibunda sobre el estado calamitoso de mi barrio (pendiente queda), pero hete aquí que en una de éstas, y por casualidad, me he mirado al espejo. Y sorprendida, no gratamente, he soltado un ¡Hosti tú! (nótese el efecto pocoyizante que hemos de insuflar al vocabulario soez) Y a ti, ¿qué te ha pasado? 

La respuesta a esta sencilla pregunta tampoco es que sea nada compleja: ya no voy a trabajar y eso, amigos, se nota más allá de en la cartita de la Vida Laboral que te manda la Seguridad Social. Así pues, el que yo me haya metamorfoseado de lo lindo con mis convecinos raciales adoptando (casi) la muy cómoda, aunque denostada, costumbre de ir en pijama y bata al Ahorramás va a ser que viene derivada del hecho que me paso parte del día solica en casa, y la otra parte hundida en un arenero mientras mi criatura me echa, pala en mano, arena por encima (arena gustosamente condimentada con una buena ración de colillas, chicles y demás cochinadas varias). Vamos, como para ponerse el último de Chanel. Pues no.

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Realidad aumentada: cinco minutos

5 minutos (de una a otra)

– ¡Hola mari! Hija, cuánto tiempo, ¿cuánto hace? Dos días ¿no?

– Ay, hija, es que llevamos un ritmo que no llego, no llego… Al pequeño lo tengo con fiebre en casa y sin nadie que me lo cuide así que permiso en el trabajo por tres días seguidos, que ya ni me voy a atrever a mirar a mi jefe a los ojos cuando vuelva; a la mayor me la han castigado en el cole por haberse comido los plastidecores de su compañero de mesa y la tengo que llevar todas las tardes para que haga sus trabajos a la comunidad escolar, y como no tengo quien se quede con el pequeño pues estoy concertando citas con el cole para poder llevarla el mes que viene, martes y jueves, que es cuando yo puedo porque mi suegra se queda con el niño, de aquí hasta el 2015 . Y de mi marido ni te cuento, que es que ni le veo, hija, que nos comunicamos por mensajes, y me llega todos los días a las doce de la noche, muerto de sueño… ni hablamos ni nada, nos sentamos ahí los dos en el sofá, nos pasamos el cigarro a medias, la cerveza del Lidl y nos vamos a dormir hasta las seis de la mañana, vamos como para ponernos a nada, ganas me quedan a mí de otra cosa que no sea planchar la oreja… Es que no llego, no llego, el día menos pensado me dice que quiere el divorcio, o que está con una de su oficina que le cuida más que yo y no le da tantos problemas, vete tú a saber… ¿Y tú? ¿Qué tal? ¿Te han pintado ya las paredes?…

5 minutos (de uno a otro)

– ¿Qué pasa, chaval? ¿Cómo estás?

– ¡¡Hombreeeee!! Bien, bien, liado como siempre. Ya sabes cómo son estas cosas, los niños, el trabajo…

– Sí, sí, ya… uy, que empieza el partido.

Realidad aumentada a las 20.30 h.

No sé ustedes, pero yo el sofá lo levanto muy de cuando en cuando. Pesa mucho, ¿saben? Pero las 20.30 es una hora propicia para arriesgar el espinazo, explorar otros mundos y las profundidades de mi hogar, vamos.

Hoy, regocijo y alboroto, mi santo y yo nos hemos aventurado hacia lo desconocido y hete aquí que nos hemos econtrado lo siguiente en la incursión a los bajos fondos del sofá familiar:

Cuatro huevos de mentirijilla, de los del carrito de la compra que le trajeron SSMM a la pequeña. Yo los daba por perdidos hace meses. Perdidos, o refugiados con pasaporte de ídem en el mismo sitio en el que se expatrian los calcetines diminutos que desaparecen en la lavadora así como los imanes chuperreteados y mordisqueados del libro del circo, que han huido despavoridos ante el afán salivador y succionador de mi hija.

Una bandeja para los cubiertos de mentirijilla de la cocina de mentirijilla que le regalaron hace tiempo. Esta bandeja es una lista, que ya me la conozco yo, y aprovecha cada rendija posible para salir por piernas, ummm, por patitas, del ya mencionado afán salivador, y más aún del de lanzadora de jabalina en ciernes que detecto en ella últimamente. Yo, como buena y alentadora progenitora, cada vez que la veo practicando sus dotes deportivas le corto de raíz sus pretensiones deportivas y ya de paso le amenazo con expulsar de la familia a Pepe, su muñeco y confidente (de hecho, el único que la entiende). Y funciona, a medias. Porque tirarlo no lo tira;  sólo lo desliza por debajo del sofá.

Un par de cuchillitos de mentirijilla, como podrán imaginar, de la cocina de mentirijilla arriba citada. Este electrodoméstico no nos gasta nada de luz, es AAA y ocupa lo mismo que el carrito de la compra de mentirijilla, así que el mal menor es que todos sus complementos acaban desparramados por el suelo, debajo de la cama, de la cuna, del sofá, del cambiador, de la nevera, y eventualmente, dentro del retrete.

Una mandarina de mentirijilla. Ah, no, esperen, que es de verdad. Pero debe ser, como poco, del “Creotázico” o similar. Es un fruto fosilizado y hasta puedo ver a través de su cáscara, en otro tiempo fresca y lozana, y ahora acartonada cual rostro de alguna duquesa de hablar difuso, un mosquito atrapado en su gota de ámbar. Sí, Frutassic Park en mi salón, salto de gozo. No sé si tirar este despojo, mandarlo al Arqueológico y que me dediquen una placa o algo, o añadirlo al carrito de la compra de mentirijilla, que ya tiene 6 huevos, 1 trozo de queso (camembert por la pinta), 1 pollo de corral (por el color vamos, no porque lo diga él), un par de salchichas de Frankfurt, un pan (negro como el que comía la abuelita de Pedro y que ahora está muy de moda, lo que cambian los tiempos…) y un montón de cajas de cartón que imitan cosas típicas de todo buen armario doméstico de hoy en día y que desde su primer día en manos de mi fiera están a un paso de completar el ciclo de reciclaje y convertirse en compost.

He de decir que tras esta complicada operación de rescate casi me quedo sin santo en la complicada operación de bajar de nuevo el sofá al suelo. El pobre casi sufre amputación severa de un dedo del pie. ¿Cómo? ¿Del pie entero? Bueno, él dice que del pie entero. Sea.

La selección musical se la dedico con cariño a la mandarina. Que sabe dios cómo acabo debajo de mi sofá siglos atrás. Descanse en paz, querido cítrico.

Realidad aumentada a las 8.30 a.m

Una mujer se choca conmigo mientras se esconde tras sus enormes gafas de concha. Avanza parapetada en un abrigo de colores chillones, imitación de Desigual, que está muy de moda últimamente, y en su mirada se podrían atisbar lo menos cinco o seis pensamientos homicidas. O eso parece. Podría ser fácilmente que hoy tiene que presentar ese documento absurdo que le encasquetaron por pringada el otro día, mientras su compañera de mesa, la muy lista, se iba de rositas a tomar cañas con el jefe. La muy p…resumida… Podría ser además, que encima del marrón del powerpoint, después del trabajo tiene cita con el ginecólogo. La segunda cosa que menos le gusta en el mundo, después de limpiar los posos del café de una cafetera de fuego. Vamos, que tiene el día como para que le toquen las castañuelas.

La dejo pasar con respeto y comprensión, no vaya a despertar la ira que se ha levantado con ella a las seis y media de la mañana. Si eso, que lo pague con su compañera, la maja. Que se va a quedar de un relajado…

Dejo a mi izquierda, sentada en uno de los bancos metálicos, a una señora entrada en añitos, que intenta encontrar la posición óptima para hacerse la manicura francesa, mientras el culo se le resbala hacia el suelo por el efecto “incomodador” del banco (me juego mi flamante nuevo reloj, regalo de mi Santo, de que los hacen así aposta), el bolso le cuelga peligrosamente de una rodilla y un mechón de pelo rizado y espeso le está obstaculizando la visión del ojo derecho. Entre tanto trajín, el compañero de banco la mira de reojillo, así sin mover la cabeza y con el Marca abierto sobre el maletín de piel, como si le prestara atención a la última de Mou. Está, el buen hombre, sin embargo, siguiendo los aspavientos desesperados de su vecina, admirado a la vez por su capacidad resolutiva ante tanta inconveniencia y extasiado por el perfume embriagador del pintauñas blanco. A él le encanta ese olor, y cada vez que su esposa se pinta las uñas, con los pies levantados encima del reposabrazos y una especie de instrumento de tortura entre los dedos de sus pies, él se queda quieto junto a ella, calladito para no molestarla en su tarea, deleitándose en cada bocanada química como quien degusta con el olfato un bizcocho recién horneado.

Les dejo, no sin sonreírme por el resultado casi perfecto de esa manicura improvisada entre tanta dificultad externa. “Esa tía sabe lo que se hace, y no como yo, que ni deteniendo el tiempo como el japonés de Héroes soy capaz de dejarme las manos algo parecido a decentes…”. Corto el pensamiento al llegar a la escalera mecánica, hoy no tengo ganas de tonificar mis glúteos. Mañana.

Noto un empujón en mi mochila. El personaje situado a mi espalda quiere subir por encima mío, lo noto. Me giro, con delicadeza y pausadamente, que jode más, para explicarle con calma la dificultad físico-espacial de que me atraviese sin más (recordando de nuevo a un personaje de Héroes, el negro aquel flojito casado con la rubia de personalidades múltiples… ¡cuánto daño hacen las series en mi cerebro!).  Y estoy a punto de decirle cuatro o cinco cosas a aquel descastado que se ha atrevido a subirse a mi chepa.

Pero, viéndole el careto de triste que me lleva el pobre señor, se me quitan las ganas de reprobarle. Bastante tiene ya el amigo con llevar con entereza esa presencia de ánimo tan deprimente, esas ojeras que van gritando al mundo ¡soy muy desgraciado!… No seré yo quien aumente su carga. Paso.

Y saliendo a la calle, y ajustándose mis pupilas de nuevo a la luz natural y acogedora de estas horas de la mañana, recuerdo que hoy es el Día Internacional de la Mujer. Pues bien, felicidades a todas las premiadas.