El coñacito del emprendimiento de serie

Mientras preparo mi VDLN para mañana, me salen los pensamientos así a borbotones al leer este post de Patricia Araque sobre la startup tranquila y sobre todo esta entrevista que mencionan a David Heinemeier, fundador de  Ruby on Rails y de 37signals además de experto sobre este tema, sobre su visión del riesgo y cómo está afectando a las startups en general.

Él opina que no es necesario arriesgar el todo por el todo a la hora de crear una empresa, que no es imprescindible ni sano sufrir para sacarlo a toda costa, y que no deberíamos olvidarnos de nuestra vida personal. Es una entrevista fantástica, llena de sensatez basada en la experiencia, y que, en serio, según la he ido leyendo casi se me saltan las lágrimas de emoción de outsider.

Por fin alguien que habla en voz alta sobre ir contra corriente, que el objetivo no DEBERÍA ser multiplicar por 1000 los ingresos en infinitas rondas de financiación en las que, por dios, ¿dónde sacas el tiempo para trabajar y hacer eso que querías hacer en un principio? Y además, no nos engañemos, salvo que te vaya la marcha, es, como diría mi querida Olga de Olga y Antuan, un coñacito pero de los buenos (al menos para mí!).

A ver si nos entra en la cabeza que no TODOS los proyectos emprendedores son iguales, ni deben serlo. No todos se crean con la idea de venderlas y crear otra nueva, para venderla a su vez, y volver a crear otra para seguir el ciclo de la startup… Resulta que ese círculo no es para todo el mundo que empieza un proyecto, que no todo el mundo quiere pasar por pitch elevator, buscar business angels, rondas de financiación, el break even, las aceleradoras y los que no tenemos por qué sabernos toda la terminología emprendedora para hacer lo que nos gusta y que no obligatoriamente pasa por ese proceso ya casi paquetizado y de serie de emprender, que ya es casi como montar un mueble de IKEA, y que no vender, ni tener socios capitalistas, ni ser escalable son síntomas de fracaso.

A todos nos ha pasado. A mí misma se me ha planteado muchas veces la ocasión de meterme en esta vorágine loca de números y carreras frenéticas para llegar a cifras que satisfacen las necesidades siempre de otros, no las mías, os lo aseguro. He hablado con inversores, con business angels, sobre procesos de crowdequity, de financiación, he estado a punto de vender (y perder) mi empresa, he optado a créditos y ayudas… He ido cogiendo caminos, que, en principio, eran de paso obligatorio para llegar a algún sitio que todo el mundo me decía que era al que tenía que llegar: el éxito. A fin de cuentas, ellos saben y TÚ NO (y ya se encargan ellos de hacerte partícipe de esta observación así sutilmente jjjj). Eso sí, a costa de hacer algo que a mí, personalmente no me satisfacía en absoluto, sacrificando además de mi tiempo en familia y vida personal, más aún, mis propios recursos, y encima perjudicando enormemente a mi trabajo, que sobre todo en la fase inicial de la empresa era el 100% mío y no contaba con nadie más.

Así que, pese a “pecar” de cabezona obstinada y de ilusa ignorante, y de dudar cada lunes por la mañana de ir tomando las decisiones acertadas (algo que nadie sabe a ciencia cierta) he ido desestimando una a una todas las opciones que implicaban algo que el amigo David alude muy certeramente en su texto: el riesgo y el sufrimiento. Ojo, que arriesgar he arriesgado y mucho, especialmente al principio y hasta empezar a tener ingresos. Y también he sufrido y mucho, para sacar adelante algo en base únicamente a mi instinto y no a manuales de MBA. Pero este sufrimiento y este riesgo estaban dentro de lo asumible, de aquello con lo que me he sentido cómoda y que podía controlar. ¿Corta de miras? Puede ser. ¿Me voy a hacer rica? Salvo que me toque la lotería, lo dudo. ¿Duermo bien? Muchísimo.

Y bueno, nadie dice que lo que yo he decidido sea lo correcto. Pero os aseguro que el éxito es algo tan relativo y tan personal que no podemos medir nuestra empresa, nuestro proyecto en función a cifras y métricas que otros califican como exitosos.

Simplemente porque, a lo mejor, para mí, vivir de mi “slow business” junto a un equipo creado en estos años, y sentirme feliz y cómoda con lo que hago, pudiendo dedicar tiempo a mi familia y a mi vida personal, a colaborar con causas que me mueven y me inspiran, y seguir teniendo ganas de hacer cosas nuevas y mejores cada día, es la medida de mi propio éxito, sin necesidad de ser un unicornio, o un genio de las finanzas.

Y con esto no digo que otros modelos no sean correctos o satisfagan a quien los pone en marcha. Supongo que tiene que haber de todo, ¿no? Lo que digo es que NO TODO EL MUNDO debe pasar por el mismo proceso ni los mismos resultados para sentir que está sacando adelante algo con buenos resultados. Que ser multimillonario puede ser un objetivo muy válido, pero no es universal, y no debería ser la medida de la realización personal.

Que no os vendan motos, ni unicornios. El éxito pasa por hacer lo que quieras, y a tu propio ritmo.

Y ahora os dejo, que tengo que tender una lavadora 😀 ¡Hasta mañana!

Pd. Este post es del 2016. En el 2020 que repaso este texto sigo opinando lo mismo. Y más aún. Puedes leer esto con un resoplido de fondo.

Los negocios perfectos, esos negocios

De un tiempo a esta parte me repele bastante el mundo del emprendimiento y, aunque iba acumulando una lista de motivos, (entre otros los bancos de imágenes que se usan para representar este mundo y que no puede ser más descriptivas de un tipo de mundo que entra en colisión directa con muchas otras realidades y de los que pongo alguna joyita para ilustrar), he encontrado uno recientemente que creo que supera a todos.

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emprendedorbiz.blogspot.com

Con esto de que emprender está de moda, se ha generalizado mucho la idea de que todos podemos tener nuestra propia empresa. Te buscas un mentor, o un coach, te apuntas a un curso, haces un máster, o estás en una aceleradora durante un tiempo y, venga, a emprender. Y tan pichis. Querer es poder.  Nos ponen negocios “perfectos” como ejemplos: ideas brillantes que se han transformado en millones de dólares en adquisiciones de portada, con protagonistas arquetípicos, jóvenes de flequillos ondeantes y miradas desafiantes, despampanantemente inexpertos pero aún así capaces de generar ellos solitos (y sus buenos equipos de asesores) millones y millones en la cuenta de resultados.

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ignaciosantiago.com

Y esos son, y no otros en general, los ejemplos que se nos pone delante: negocios que lo petan, que en un año lo consiguen, que tienen una curva de crecimiento perfecta, que han cumplido el manual, y que, sí, han triunfado.

Pero, la realidad es que, ni de coña, todos podemos ni debemos aspirar a hacer algo ni siquiera parecido. Y esto que estoy diciendo lo mismo me elimina de la lista de profes de algún master molón, pero es la realidad es que no nos deberían vender tantas motos, amigos. Porque no todos queremos estas imágenes de seres sobrehumanos, triunfantes y poderosos. Porque no lo somos, sencillamente.

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Telita con la imagen, ni que fuéramos los Thor de los negocios o algo así… Fuente: noticias.infocif.es

Sobre todo, porque, se nos piden negocios perfectos para pasar a la siguiente fase o serás uno del 80% que cierra antes de los 5 años, negocios con curvas ascendentes y miradas desafiantes hacia el infinito, y para mí, que mi negocio es uno más de mis hijos, me recuerda con tristeza a esa tiranía que la sociedad y nosotros mismos imponemos sobre nuestros niños, sobre nuestros “proyectos de niños”, sobre los buenos resultados que deben obtener, los idiomas que deben hablar, lo bien que escriben, lo lejos que van a llegar…

Llevo unos días enfrascada en cifras y datos sobre mi negocio, y tal vez sea por eso por lo que me pregunto hasta dónde esos números, esos cuadros tan rimbombantes pero que tienes que hacer sí o sí, miden el índice de felicidad que el proyecto está suponiendo para ti, para tu equipo, para los usuarios. Cómo está cambiando tu vida, qué satisfacciones te está dando, cuántos abrazos físicos y virtuales estás dando… Claro, que para eso también hay estudios, y encuestas y formas de analizarlo me dirán los más ortodoxos, pero fíjate que esos datos no son los que te piden en un banco para darte un crédito, o para que te den una subvención, o lo primero que te pide tu amigo el inversor….

Que sí, que no me olvido de que las cifras hablan por el negocio, que si pierdes pasta ni tú ni nadie puede salvar eso. Ahí te lo compro. Pero salvando el punto de quiebra, me resisto a aceptar la tiranía en la que vivimos ahora mismo en el que eres lo que dice tu cuenta de resultados. Y en el que tus objetivos han de ser económicos incluso aún cuando en el camino por alcanzar esos objetivos, supuestamente alcanzables, tu proyecto, tu negocio perfecto deje de tener sentido, deje de hacerte feliz, dejes de disfrutarlo.

A veces tengo la sensación de que estamos en un show global, un escaparate en el que esto de trabajar se ha convertido en un “Tu negocio sí que vale” y, como pardillos desesperados, vamos pasando delante del jurado (o corriendo delante de ellos a ver quien llega el primero y consigue más cash), y podéis colocar en ese puesto de decisión a quién más rabia os dé, pero podrían ser desde los bancos, los fondos de inversión, los business angel, o cualquier compi yogui de esos que tanto pululan por este mundillo.

cosmopolitanincentives.com
cosmopolitanincentives.com

Y ellos nos dirán quienes valen y quién no. Quien tiene negocios perfectos en los que poder invertir para aumentar su cartera de conquistas, para presumir de sus conquistas con sus amigotes del gremio. Y quien es autoempleo, fuera. Quien no duplica su facturación en un año, fuera. Quien no es escalable, fuera. Quien no tiene el equipo mejor estructurado, fuera. Y así hasta el infinito…

Soy muy, muy consciente de que jugamos con las reglas del mercado. Estamos aquí y tenemos que acatar lo que nos diga el árbitro. Pero no todo el mundo tiene por qué seguir el mismo ritmo de la carrera. Ni siquiera todo el mundo queremos estar en la misma liga, la de los triunfadores, la del networking infinito, la de quién la tiene más larga, la de los proyectos ultra-rápidos, la de quemar equipos y vidas en uno o dos años, la de los niños de 10, la de los negocios prediseñados para triunfar, vender y a otra cosa mariposa.

Y además, ¿sabéis qué ayudaría a que una gran cantidad de negocios que fuesen mucho mejores? Que no tuviéramos que pagar el IVA de lo que facturamos sin haberlo cobrado. Que nos pagaran a 30 día como máximo legal ¡legal!. Que los autónomos no viviéramos para pagar impuestos. Que los trámites y la atención de las administraciones no estuviesen diseñados para echar para atrás a los osados que se atrevan a intentar alguna gestión con éxito…

Que no estuviéramos tan preocupados por tener negocios perfectos.

Y me voy a tender la ropa, que sí, sí, mucho negocio virtual, mucho éxito empresarial, mucha leche, pero la ropa sigue sin tenderse sola.

Lecciones del año que acaba

Siempre que llegan estos días me pongo, irremediablemente y aunque no quiera, en modo “ajuste de cuentas” y miro hacia atrás para ver lo que ha sido mi año.

No concibo el año como algo paquetizado, un año que pueda definir con una sola etiqueta, de esas que rellenas con el nombre y pegas en el paquete. No podría. Porque un año son millones de momentos. De diferentes emociones y experiencias. Y si bien hay años marcados por muertes o nacimientos, o ambas cosas, y esos ya no son años normales, hay otros en los que pasa mucho de todo. Y eso es bueno. Pero es difícil de catalogar.

Y el 2015 no ha sido un año perfecto, está claro, pero tampoco ha estado tan mal. Y sí, estoy mejor, y eso ayuda para que todo lo demás también vaya algo mejor…

He dejado de emprender. Me borro de la lista de valientes salvadores de nuestro país. Yo no emprendo. Yo trabajo. No quiero pertenecer ni alimentar una burbuja de la que cada vez me siento más ajena, si es que alguna vez he podido sentirla cerca, que tampoco. No emprendáis, amiguitos, trabajad. Y que no os vendan motos, ni libros, ni historias. Esto (eso, aquello, tu proyecto) es un trabajo, en toda su magnitud, y que no tengas un horario fijo o una paga extra (¿eso qué es, por cierto?) no te hace menos profesional ni menos currante. No te sometas a los designios de rondas ni mentores. Trabaja en lo que creas y lucha por defenderlo con uñas y dientes.

He puesto límites al teléfono. Pero no porque no lo use, la verdad es que sigo usándolo muchísimo, y no lo niego. Pero lo evito en la medida de la posible mientras trabajo. Parece que quedo regular, una rancia, que lo sé, cuando digo que prefiero que me escriban a que me llamen, pero es así. Eso de que en cinco minutos todo se soluciona en vez de mandar un email, pues no es verdad. Y además, amiguitos, todo por escrito. Regla universal number one. Sobre todo por lo que viene abajo, jjjj…

He aprendido a escucharme más: a veces acierto, y la alerta sobre las personas que te llaman “cariño”, “amor”, “bombón” o “mi vida”, sin conocerte lo suficiente como para que te lo digan de verdad, ha resultado ser muy certera. Alejaos de ellas, no falla. Y todo por escrito, especialmente con estos seres. No es insistencia, es supervivencia.

He leído mucho más que en el 2014. Cosas muy buenas y cosas horrendas y que no nombraré. Pero he satisfecho un poquito mi ansia intelectual y he llorado en el AVE con un libro entre las manos. Eso, por otro lado, ha hecho que haya visto menos series, no podía ser todo. Pero sobre todo he ADORADO Saturday Night Live hasta autoprometerme que alguna vez iré a Nueva York a ver el programa en directo, he despedido a Mad Men como uno de los mejores momentos de mi vida y he aplaudido entregada a Amy Schumer.

He disfrutado mucho más de mis hijos que en el año pasado. Estar mejor yo me ha ayudado mucho a estar mejor con ellos, y aunque me falta mucha paciencia y disto mucho de ser la madre que me gustaría, sentir alegría por tenerlos conmigo todo el día ahora en vacaciones me tranquiliza conmigo misma y me indica que vamos bastante bien. Que no hay drama. Que esto no es perfecto, pero me gusta ser madre y no me estresa. Y haremos galletas juntos, y nos reñiremos unos a los otros. Y mancharemos la cocina. Y lo haremos a nuestro ritmo. Despacio. Y me gusta.

He apostado por ir despacio. El slowbusiness es un hecho y me gusta. El slow haciendo mi pan desde el día anterior. El slow en mis cosas. El slow en mi mente. Viviendo lento. Y educando lento, saboreándolo. Leyendo lento y cosiendo despacito para que no se me salgan los puntos. Hablando despacio para que me entiendan. Diciendo NO más pausadamente para que quede bien clarito. Slow. Despacio. Lento.

He trabajado un huevo. Slow pero un huevo. Y me lo he pasado francamente bien, con sus ratos de darme contra la pared, claro, porque no sería lo mismo sin meter la pata de lo lindo o equivocarme una vez más. Vivir a pesar, y gracias al fracaso. Vivir en la incertidumbre. Y a pesar del enésimo fallo en mi historial me siento increíblemente feliz de lo que este 2015 ha supuesto para mí.

He descubierto a gente sin la que ahora ya no querría vivir. Personas con las que ahora trabajo codo a codo, con las que me río hasta las lágrimas a través de mensajes por cualquier red, “espíritus afines” con los que me siento más yo y que hacen todo más fácil y más bonito. Y que unidas a las personas que viajan conmigo desde hace mucho o poco son ese motivo para sonreír, así porque sí. Porque estoy rodeada de gente maravillosa, una afortunada sin duda.

He comprobado que este año el país, el mundo no va mejor, y a pesar de esos números que dicen que son optimistas, la verdad es que la crisis se ha cargado mucho a nuestro alrededor. Y no, no estamos bien. Gente muriendo a manos de otros, hambre, refugiados huyendo de sus casas y encontrándose muros de odio y prejuicios a su alrededor. Aquí ee sigue destruyendo trabajo, negociándose contratos basura, y condiciones inasumibles a nuestro alrededor. Y el panorama pinta muy feo. Así que no, no estamos bien, ni mejor siquiera. Y toca seguir luchando. Eso no ha cambiado y dudo mucho que cambie en el 2016.

He seguido confiando en la música para calmar mi ansiedad, que la tengo. Y en el poder sanador de la actividad, del “hacer” para salir del bloqueo que a veces me ataca y me paraliza. Hacer es la clave.

Y dormir. Dormir mucho. Dadme ocho horas de sueño y conquistaremos el mundo…

Y sonreír. Hay que sonreír más y este 2015 también me lo ha confirmado. Sonreír tiene un efecto mágico sobre los demás. Y hay que hacerlo más.

Este año no me he estresado mucho por el orden de las cosas, así en general. Aprender a vivir en el caos parece el principio del fin, pero luchar contra ello me parece mucho más frustrante cuando ves que las pelusas siguen saliendo de la nada y reproduciéndose por mitosis, o que los coches de juguete de mi hijo tienen vida propia y por las noches se pasean a sus anchas por la casa. Y esto es así. No hay servicio doméstico ni milagro que resista la prueba de la inevitabilidad, así que este 2015 me ha venido bien para aceptarlo.

Y es que, definitivamente, el 2015 no ha sido un año perfecto, ni mucho menos. Lo acabamos con muchas dudas sobre el futuro más próximo y arremangados para meternos en faena porque el 2016 va a ser duro, muy duro. Pero estoy mejor, y eso ayuda para que todo lo demás también vaya algo mejor…

¡Feliz 2016, amigos! Y a seguir luchando, que hay mucho por hacer.

Emprender o no emprender, that’s not the question

Hace unos días estuve participando como ponente en la presentación de las #iAiTalks de Internet Academi y como era de esperar explicaba mi experiencia como mujer emprendedora en el contexto de las mujeres 3.0. La charla estuvo genial, en unos días tendremos el vídeo, y si puedo lo incluiré por aquí también. Allí hablamos sobre cómo la mujer tiene que buscarse la vida hoy en día y encontrar caminos distintos a los ya establecidos para poder compaginar maternidad/vida personal con carrera profesional, partiendo del hecho de que para muchos ambas facetas están muy relacionadas, y que desarrollarse como profesional también te hace crecer en tu vida personal… Pero necesitamos tener más opciones que las que la sociedad, o los trabajos que “te dan” ofrecen. Buscar soluciones y proyectos basados en la flexibilidad, el teletrabajo, los objetivos concretos sin ceñirse a los horarios de oficina y el presencialismo que tanto nos perjudica.

En resumen, se habló de cómo la tecnología, las comunidades online y las plataformas dan alas a proyectos en los que la vida personal se convierte en una tercera pata insustituible. Slow business en los que prima el desarrollo personal y social del proyecto, unidos por supuesto a la rentabilidad y el crecimiento, pero sin ser estos últimos manos estranguladoras de la esencia y la naturaleza del proyecto. No, no soy escalable por ahora y, lo que es mejor, no quiero serlo o lo que viene a ser un “aparta tus ojos de mi plan de negocio, amigo, y pon las manos donde yo pueda verlas”, un poco peliculero, pero nos hacemos a la idea…

Se me quedaron muchas cosas en el tintero, siempre me pasa. Me pongo a rajar y como este tema me apasiona por todo lo que estoy aprendiendo estos años, pues me embalo. Pero una de esas cuestiones que dejé sin mencionar fue algo que siempre se queda en la retaguardia y es remarcar una frase que resuena cada día más fuerte en mi cabeza:

No todo el mundo tiene por qué convertirse en emprendedor.

Más que nada porque parece que hoy en día es la única solución para salir adelante, la panacea. Y no es cierto. Para nada. Al menos no para la gran mayoría. De hecho, con ese pensamiento alimentamos una burbuja en la que me niego a participar, al menos de manera voluntaria, en la que el emprendimiento se convierte en la moda del día y de la que se benefician precisamente los que ya tienen recursos para invertir en todos estos proyectos ávidos de capital. El marketing del emprendimiento nos persigue, amiguitos, pero mucho, y ya solo falta que algún avispado/a monte la Carrera del Emprendedor en un barrio del extrarradio, con musiquita moderna, dorsal y bolsita de regalitos en la que habrá un ejemplar del The Lean Startup al llegar a la meta, con la esperanza de que nuestro negocio aparezca como patrocinador en algún cartel y lograr algo más de visibilidad…

Que no. Que esto no es tan bonito ni es para todo el mundo. Que no todos los negocios salen bien y hay que estar preparados para el fracaso. Que no todos los emprendedores somos iguales, ni tenemos las mismas necesidades o expectativas. Hay quien se dedica a idear negocios supuestamente brillantes para venderlos al haber alcanzado un objetivo X, y hay quien, como artesanos de toda la vida, pero con herramientas tecnológicas y un 2.0 como apellido, busca ganarse la vida de una manera digna, crear oportunidades en su entorno y sobre todo hacer algo con lo que se crezca tanto a nivel profesional como personal. Que hay muchísimas ocasiones en la que ya no me siento emprendedora sino una prestidigitadora sacando palomas de una chistera…

Y meternos a todos en el mismo saco es muy confuso porque nos hace perder perspectiva y sobre todo la noción de dónde estamos cada uno realmente, que no es en el mismo sitio, evidentemente.

Lo que sí es cierto, y creo que es lo más importante de todo este proceso, lo que sí me gustaría expresar y transmitir a todo aquel que me lea o escuche, es que en el emprendimiento comienzas un proceso de descubrimiento personal a través de un desafío que, rara vez, salvo milagros, se encuentra en trabajos por cuenta ajena, y que solo por eso, solo por descubrir a esa persona que puedes llegar a ser pero que nunca tienes necesidad de sacar porque tienen un sueldo fijo… solo por esa sensación de no tener suelo bajo tus pies ni techo sobre tu cabeza, de no saber qué va a ser de ti, de no tener un sueldo fijo, pero tampoco límites ni nadie que te los imponga… solo por eso quizás deberían enseñarnos a pensar de una manera emprendedora, out of the box ya desde niños y solo por eso todos deberíamos estar preparados para ser emprendedores, para ser magos y sobre todo, dueños de nuestro propio presente.

Pero de ahí a que emprender tal y como está montado ahora mismo sea la única solución, pues no.

 

Bienvenido, amigo autónomo…

Todos los días me entero o me cuentan de primera persona alguien al que han despedido, que no han renovado o que ha vuelto a quedarse en paro. Y que se dan de alta como autónomos, que se van a meter a esto de ¡¡¡emprender!!!, y lo anuncian con una mezcla de novedad, alegría, resignación y en la mayoría de las ocasiones cara de estar tirándose por una de esas atracciones monstruosas -y tortura-padres, y que vendría a ser algo así…

Mi primera factura

 

Me lo cuentan con emoción y vértigo. Y a mí se me plantea la duda de cómo contestarle a su nuevo estado: ¿le deseo buena suerte o que busque la salida inmediatamente?

Porque, no nos engañemos, ser autónomo hoy en día, y me consta que no ha cambiado mucho desde hace años, sigue siendo algo así:

Nunca más verás el calendario de la misma manera que antes. Se acabaron los puentes, las vacaciones como hasta ahora, y los días libres en general. Todos los días serán laborables. TODOS, salvo que estés a punto de la muerte o que te toque hacer gestiones en la Administración, día que será considerado perdido a todos los efectos, y sobre todo anímicamente.

Si tienes hijos, tu calendario se verá interrumpido por días llamados “¿Y ahora qué hago con ellos?” (no confundir con día libre, no nos engañemos, porque en ningún caso será así) y que suelen convertirse en “Días de furia” en la mayoría de los casos porque, por mucho que lo intentemos, la multitarea y la familia, especialmente los de escasa edad conjugan fatal: o tu salón acaba convertido en la casa de un enfermo de Diógenes o acabas castigando de cara a la pared a algún cliente con el que hablas por teléfono.

No cobrarás cuando hagas un trabajo. A partir de ahora el calendario será básicamente para tachar los días que te quedan para que te paguen todo lo que te deben. Pero además, necesitas un calendario anual porque prácticamente nadie te pagará a 30 días. De hecho, para ti, a partir de ahora, serán festivos los días en los que cobras una factura dentro de los 30 días. O mejor aún, que la cobras, ya sea a 90 o 120 días o incluso más. Claro, así se hacen grandes empresas mucho más fácilmente, ¿verdad empresas del IBEX 35?. Esto te inyectará una dosis de odio a la humanidad para la que tienes que estar preparado. Y al principio se te quedará esta cara de aquí abajo. Porque claro, tú, ¿a cuánto pagas?

¿Que me vas a pagar a cuánto...?
¿Que me vas a pagar a cuánto…?

Pero luego te llegarán los pagarés, y esos sí que son divertidos. Porque, además de llegarte 90 días más tarde de haber emitido tu facturita, como poco, no podrás cobrarlos hasta que el pagador tenga a bien! Con lo cual pasarás a este estado:

Los pagarés

 

Pero bueno, tranquilo, esto se pasa al ratito.

Eso sí, es mejor que no te relaciones mucho mientras te sientes así. Por evitar encontronazos, vaya…

No pidas nada a los bancos. (Y mucho menos después de recibir un pagaré). Directamente van a pasar de ti y de tu reluciente plan de negocio en el caso de que lo tengas (y de tu culo también, pero me da no sé que añadirlo, qué diablos!). Nada, niente, nothing. Autónomo=caca para los bancos salvo para cobrar, of course. Si supiérais lo que sois para nosotros…

Los finales de trimestre no os podréis relacionar con el mundo exterior de manera satisfactoria. Ya podéis tener el mejor gestor del mundo. Da igual. Los finales de trimestre te cogen por banda, te ponen encima de sus rodillas, te marcan a fuego en el trasero, y nunca, nunca, nunca volverás a ser el mismo. De la anual ni hablamos porque para qué vamos a amargarnos más el día… Hay una ley no escrita por la cual siempre se te quedará alguna factura sin contabilizar, es LA FACTURA que te perseguirá hasta conseguir que tengas que hacer una rectificación y, por supuesto, cómo no, aplaudan conmigo, PAGAR UNA MULTA.

Y bueno, podría seguir pero casi mejor lo dejo aquí, porque me está saliendo el comillo de la mala leche demasiado pronunciado y además ya me he saltado unas cuantas tareas en mi planning de hoy , que luego encima te sientes culpable porque no estás produciendo, produciendo, produciendo…. Para que los grandes puedan beneficiarse bien a nuestra costa, y por supuesto a más de 90 días…

Porque, amigos, si sois autónomos y estáis jodidos, levantad la mano.

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De restauraciones y otras locuras materno-empresariales

Resulta que un día tienes que salir de casa para hacer negocios. Lo que viene siendo hacer “el business”: rebuscas entre la ropa de premamá y la de lactancia algo sin manchas y medianamente planchado, rescatas unas medias sin carreras del cajón de ese mix que tienes de leotardospeloteros-mediaspeloteras-calcetinespeloteros, y practicas arqueología entre los zapatos planos y llenos de arena del parque para encontrar algo digno y taconero. Desde que tu criatura te ha pedido, por favor que te pongas tacones porque le gustas más (…), estás asimilando que tal vez, solo tal vez, tu hija quiera una madre más alta y arreglada a la par que sencilla… y que la que tiene no le mola… que tal vez tengas que empollarte algún catálogo de moda invierno del Vogue o hablar pronunciando algo más la s, ¿sabessss? (ese pensamiento te dura lo que aguantan sus muñecos ordenados en su cesta, porque en cuanto ves de lo que es capaz la bestia parda te sale el chuki que llevas dentro y sacas la madre bajita, de zapato plano y chillona que llevas dentro y te importa un pito lo que te pida por favor con tal de que ordene su cuarto y deje de hacerle llaves de pressing al hermano).

Pero hoy tienes que salir a businessear y hacer algo de provecho (ejem) así que toca hacer el esfuerzo e intentar recomponer todas las mujeres que llevas dentro para ponerte cara de moderna y talentosa, escondiendo por un rato la maruja ojerosa que grita a su hija que se coma el pollo, que trabaja en pijama como una loca a las seis de la mañana con listas de la compra junto al flujo de contenidos de la semana y que no tiene ni idea de cómo enfrentarse al mundo de los negocios… A lo mejor tienes que evolucionar y de una Pokemon tipo ama de casa pasas a ser a una de tipo empresaria exitosa a base de ganar batallitas a mujeres delgadísimas y elegantísimas en traje con BlackBerry y maletín de Armani…  Las ganarías a bolsazos, eso no lo dudes…

Así que buscando un milagro te pones frente al espejo y tras el susto y arcadas iniciales, te secas los lagrimones, te juras que nunca más, que a partir de ahora te pondrás todos los potingues esos que atiborran el armarito (copando las baldas correspondientes al santo) y que te echarás escrupulosamente el contorno de ojos como si en ello te fuera la vida para no convertirte en la gemela de Soraya Saez de Santamaría cuando se enfada. Apretujas con fruición los cuatro pelos escamosos que te quedan tras el embarazo+parto+tirones del pequeño, cubres con espátula y mortero las ojeras cronificadas y bolsas colganderas y, en definitiva, restauras con prisas, y como puedes, para no ser el maquillador gordaco de los anuncios de Max Factor, el Ecce homo borjiano en que te has convertido tras todos estos meses de estar escondida en esa cueva de perdición llamada “trabajo en casa“.

Y bueno, has hecho lo que has podido. Y llegas tarde, por supuesto. Así que corres pasillo arriba pasillo abajo por tu mansión, cogiendo el iPad, el smartphone, las tarjetas de visitas, un boli por si no funciona el iPad o el smartphone, las llaves del coche, las del garaje, las de la casita de Mickey Mouse… Todo lo que una mujer de negocios actual necesita, y eso sí, sin mirar atrás, porque la casa te está llamando a gritos “desgraciada”…  Pero noooooo, espera, ¡¡¡te falta algo!!! Llenas la bolsa de pañales para un regimiento, ropa de cambio para tres estaciones distintas (¿alguien sabe qué temperatura hace en el Ifema?), discos de lactancia y demás complementos diminutos y empaquetas al bebé, tu socio más entregado y fiel escudero, en el coche mientras sudas la gota gorda intentando que el capazo quepa con la bici de la niña, los ruedines, la cuna de viaje y el colchón… Y tras hacer el Tetris en tu maletero y darle gracias a dios por haber hecho el coche más grande del mundo ¡¡ya estás lista para comerte el mundo!!

Hete aquí que, mientras recorres como una loca (tómese esto como una exageración, of course) la M30 porque sí, llegas muy tarde, reflexionas (a tu manera, es decir, muy floja) sobre como montar un negocio propio es una locura casi tan grande como tener un bebé. Casi están al mismo nivel, te dices. Aunque al negocio le puedes mandar a la mierda en un momento dado, mientras que al retoño lo máximo donde le puedes mandar es al Hermano mayor a que lo amaestren y deje de romper puertas con los puños o a un internado en Suiza si es que te dan las perras.

Ahora bien, cuando se unen ambas cosas, tener niños pequeños en la chepa y teta, a veces simultáneamente, y poner en marcha un negocio, ambas tareas ya de por sí, estresantes, demandantes y altamente explosivas, te das cuenta de la mezcla…

Demonios, ¿¿¿¿qué es lo que va a salir de ahí???

Pase usted a mi oficina, por favor

Hace unos días hablaba con una simpática muchacha de una empresa de marketing, que me quería vender no sé qué plan de publicidad, sobre dónde estaba mi oficina y, aunque me planteé seriamente inventarme dármelas de guay y decir una dirección muy glamurosa, me vi a mí misma inventándome algo así, me dio la risa tonta y directamente le contesté: En mi cocina, maja.

Pierde mucho, lo sé. Pero es lo que hay. Los de Apple empezaron en un garaje, ¿no? Bueno, yo tengo algún trasto menos (con todo el respeto a las mierdas que guardamos en los garajes) en mi cocina/despacho, así que seguro que salgo ganando en el cambio. Además, mientras respondo emails controlo que no se me pasen las lentejas y le echo un ojo a la colada. Eh, que todo tiene su gracia. Además, como mi cocina es de… ummmm, sí, practicamente 1×1, mientras tecleo me sirvo un café, quito la tostadora y bajo el fuego de las lentejas. Vamos, un lujo que ya quisiera para sí cualquier CEO que se precie, de esos con secretaria y un despacho de 8×8 que siempre está vacío y que no saben aprovechar como hago yo con el mío.

Siempre que digo que curro en casa me encuentro con dos reacciones muy interesantes:

1ª La primera: “¡Ohhhhhhhhhhhhhhhhh, que envidia!” Que me suele sonar bastante sincero, y me da hasta penilla porque suele venir de amigas puteadas en su ofi a quienes marginan tras el potos polvoriento, a las que cambian la silla (con lo que molesta eso, ¿eh?) cuando llega algún nuevo más molón que ellas y que, literalmente, están viéndolas venir con esto de los reajustes empresariales. Como para ellas, currar 1/ y desde casa 2/ son palabras mágicas, tampoco me entretengo en contarles las pegas que tiene, que las tiene, porque oye, bastante tienen con lo suyo y no soy quién para quitarles la ilusión.

Porque tiene cosas muy buenas (y me dejo muchas, ojo):

– No molestas a nadie cuando pones a Adele o a la Streisand a todo volumen, salvo si es verano, y tienes las ventanas abiertas, ya que puede que alguna vecina me mande a sus ocho churumbeles, a cual más majo, para que me quemen el chiringuito y/o el coche, así que en ese caso es mejor  bajar el volumen.

– Puedes compatibilizar el trabajo con tus cosas como ir a pegarte con el cajero del banco o a confraternizar con pensionistas y parados en el médico y todo eso sin tener que lamer los zapatos de nadie para que te de permiso, ni rogar justificantes ni dar explicaciones al llegar sobre lo mucho que tardan en la SS para mirarte el ojete cuando tienes almorranas…

– Una muy práctica: te puedes mandar los paquetes a casa y no tendrás que rendir cuentas sobre lo mucho que gastas en Parafarmacia japonesa o en la bibliografía descatalogada de Terín Collado. Currar en casa pierde mucho en frikismo, que lo sepan.

– Estás en casa cuando vienes los del gas, los del agua, los de la luz, los de Yacom, los de Orange, los de Ono, los de Telefónica, los del Endesa que se han equivocado y que iban al piso de arriba pero ya te la intentan colar, el chino que en el reparto siempre viene a mi casa en vez de adónde quiera que vaya, y sobre todo, el señor cartero y esas cartas certificadas que tienes que ir a buscar a la oficina si no estás en casa y que suelen ser o multas, o una paralela de Hacienda o algún paquete que te ha llegado cuando estabas en la ducha. Estás a todo y para todos, lo cual no quiere decir que si un día usas la mirilla para lo que sirve y descubres unas gafas, traje y corbata y cara de comercial que echa para atrás, no hagas un mutis por el foro como dios manda o que te hagas pasar por la chacha de la casa, truco muy usado en otros barrios de postín pero que en el mío queda, como decirlo… raro…

– Una muy buena: puedes ver a la amiga Ana Rosa y cagarte en sus muertos, y con fundamento, además. Que es muy fácil criticar de oídas, amigos, ¡pero lo bueno es hacerlo con criterio y experiencia! Y a veces, si mi mala hostia supera la altura de la caldera, estanca por cierto, me viene de lo lindo ponerlos de fondo e insultarlos bajito, o en alto si me sale…

– Una muy sana. No coger el metro casi nunca. Que si bien tiene como contrapartida que leo menos que los antes mencionados contertulios de la ínclita AR, en todo lo demás es como la panacea. Sobre todo en el intercambio de efluvios corporales, virus, toses, sudores y tocamientos varios a los que años y años de viajes continuados me tienen ya más que acostumbrada/asqueada. Y mucho más estando esférica, como me llama mi amiga la alemana, porque aunque parezca mentira, cuando tu ombligo ha pasado el umbral de las puertas automáticas del vagón, todos los ojos de los que están sentados se clavan o en el suelo, o en el libro, o en el móvil, o directamente, se cierran y a dormir. ¡Y tan panchos, oye! Y que siempre está el ancianito moribundo que a sus cien añazos se levanta para dejarte el sitio, cuando a su lado un mostrenco de veintitantos se saca los mocos y se los pega en su libro de la ESO (es repetidor, que se le nota) que le estampaba yo el libro contra la cabeza y me quedaba de un liberado… Así que siempre me pongo de mala leche y como no puedo insultar a los de AR, pues me tengo que aguantar las ganas de soltarles improperios a todos y eso es muy malo, sépanlo ustedes…

2ª La segunda reacción: “Buenooooo, pero eso está bien durante un tiempo…” Ahí le has dado, mari, que eso está bien durante un tiempo pero que tiene cosas malas. Que ahora las mencionaré, que sí. Pero que cuando me vienen con éstas, siempre me digo: “A ver, ya tenemos aquí al de las pegas…” Porque si me ves contenta y tan tranquila currando en mi cocinita, pues déjame que ya me daré cuenta yo de que esto no es perfecto, ¿no? Ay, que manía con quitarle la venda a la gente, madre…

Las malas, o menos buenas, consecuencias de trabajar en casa:

– En mi caso que no tengo sitio ¡paná! Mi mansión da de sí lo que da, y está demostrando ser más versátil y polifacética que la mismísima Anita Obregón. Sí, porque lo mismo te trabajo en la cocina que te hago unas torrijas en la misma mesa. Y eso, amigos, tiene mérito. Y sin ser sueca ni haber recibido premios a la multiproyección ni al diseño más compatible con la vida moderna de una madre-curranta. Pero echo de menos mi espacio… Que no pido mucho… Una mesa despachito con mis cosicas a salvo de la criatura (que como aquí no hay señora de la limpieza que me tire las botellas de agua, a cambio tengo niña que me pinta la agenda o me chupa los rotuladores), una silla giratoria anatómica-forense, unos armarios para mis papelotes, un cubilete para mis lápices… Nada de eso tengo, ay, y parece una tontería, pero lo echo de menos… snif, snif…

– Una bastante mala. No ves a gente. Ya no hay cañas después del curro. Ni se celebran los cumpleaños. Ni te viene nadie a pedir pasta para el regalo de despedida de no sé quién de administración que se ha prejubilado. No socializas más que con los Testigos de Jehová cuando vienen a convencerte de que el mundo se va a la mierda a la vuelta de la esquina. Si casi les pongo un cafelito y todo cuando les veo (ya me gustaría, por mi barrio ni se acercan, los muy ladinos, ¿¿¿será que aquí el mundo ya se ha acabado???). El momento de ocio conversacional adulto del día se resume pues en  el intercambio de ansiedades colegiales con los otros padres de la guarde mientras las fieras corren por el parque y, a veces, si me veo en plena crisis creativa y necesito un punching ball para desahogarme, no me queda otra que acercarme al chino más cercano y contarle a la abuela centenaria mis penas, que como ni me mira, ni respira, creo, pues me da un poco de penica, la verdad, y no me da mucho consuelo.

Además, como no te relacionas más allá del pasillo de la pescadería, la casquería y el parque, tu vestuario pierde como diez puntos en estilismo y moda de temporada. Te pones lo que pillas, se acabaron los tacones, los retoques de maquillaje, los modelitos, y dando gracias que no salgo en bata, que ya os tengo avisados, que un día me harto y lo hago.

– Una muy mala. Estar en casa te hace no solo más necesaria sino más contingente para las tareas domésticas. Y ya puedes gritar en el desierto cuando llega tu santo (por muy mucho que el buen hombre contribuya) pero, amiga, la casa es tuya, tú estás aquí todo el día, y eso es asín. Que no te gusta y quieres poner remedio, aparta una parte de la paga del mes, si la tienes, y agénciate una ayudita a la semana. Si no…

– Y una pésima. Te “apaletas” que no veas. Ya no veo mundo. Como no me da la vida y no salgo más que por mi barrio, cuando salgo más allá del distrito, parece que he cruzado un continente y solo me falta la boina y la gallina bajo el brazo. ¡Una pena que me doy a mí misma! Con lo que yo he sido y para lo que he quedado!!!

Total, que como veis, y como ya sabíamos porque no he descubierto nada nuevo, esto de currar en casa y más concretamente en la cocina pues tiene sus ventajas, con las que he de quedarme para seguir viviendo a gusto, y porque no me queda otra, básicamente.

Y su reverso, pues claro. Que se te pegan las lentejas, que la silla se te pega al culo, que la criatura te pega los mocos a la pantalla… Pero amiguitos, es lo que hay, deducimos después de esta parrafada que os he echado, así que aquí seguiremos mientras la cocina no me haga un ERE. Y tan contenta.