Madres 2.leches

Aquí estoy, delante del ordenador, con la toalla en la cabeza y chorreando de la ducha pero tecleando febrilmente, cuando debería estar secándome el pelo y esas cosas normales que hace la gente cuando sale del baño… Y ¿qué hago? Pues me leo de pe a pa el blog de la sabia y muy inglesa Sally Whittle con este post sobre cómo afecta escribir un blog a la maternidad y me quedo con esta pregunta que cierra sus palabras:

“What do you think? Is blogging taking away from your ability to be a good parent – or adding to it?”. O lo que es lo mismo: Tú qué piensas? ¿”Bloguear” disminuye tu habilidad para ser un buen padre/buena madre, o la mejora?

Lo leo y me digo: esta mujer me ha leído el pensamiento (incluso hablando otro idioma), o lo que me queda de ellos después de unos días a jornada intensiva como madre…

Porque ahora que ambas estamos de vacaciones (voy a llamarlas así aunque las mías son obligatorias como bien sabréis)  y estoy con mi criatura de sol a sol, con ella adosada a mi chepa y michelines sin pausa ni receso (salvo la santa siesta y la noche, of course) me encuentro así de pronto y sin aviso previo con un vacío existencial en mi persona y razón de ser: ¡no tengo tiempo para escribir en mi blog! Dios, ni para actualizar mi facebook, ni para responder los emails o fisgonear en twitter, ¡para nada! Si hasta hablar por teléfono requiere de la infraestructura de manos libres para poder empujar del carro mientras hago la compra, que en el Ahorramás ya me conocen como “la loca esa que se ríe a gritos mientras espera  el turno de la pescadería”… Vamos, que yo estoy requete-entregada a mi faceta como madre, y encantada, que no digo yo que no, pero coñe, que también tengo derecho a hablar y relacionarme con alguien más que no sean la familia de los Pepes (todos los muñecos de mi pequeña tienen el mismo nombre, para simplificar, vamos), la tendera del mercado y los amigos imaginarios de mi criatura, ¿no?

Pero en estas me acuerdo de una frase de mi santo, de esas que me ha soltado medio-en-broma-medio-ya-te-lo-suelto, cuando él llega a casa al final de una de esas tardes infernales-salidas-de-Mordor en las que mi hija ha decidido poner a prueba mi paciencia semi-infinita y yo ya estoy buscando oxígeno, agarrada a lo alto de una estantería con los nervios como escarpias y con la lágrima asomando tras el rabillo del ojo, para, en cuanto él se pone a charlar con la niña, engancharme rápidamente, y sin mirar atrás, a mis redes, cual yonqui desesperada por su chute cibernético y murmurando para mí: es triste de pedir… Y en medio de mi ataque de ansiedad comunicacional, va mi santo,se acomoda en el sofá con la niña en su regazo, tan pacífica como un niño de esos de anuncios que no se mueven cuando les manosean y me dice con sorna: “uyuyuyuy, estás abandonando a tu familia…“. Y es entonces cuando llega la ambulancia a la puerta de mi casa, salen tres maromos cachas con el uniforme del samur, y me ponen las palas de esas que te meten nosecuántos vatios de potencia entre pecho y espalda… Y sí, luego, revivo…

Entonces, ¿qué pasa con el 2.0 dichoso y tanta red social (que cada día sale uno nuevo, leche) y tanto blog y tanta gente a la que conocer y tantas cosas que leer y tanta ansiedad por el saber…? ¿Nos ayuda o nos mete más presión aún? ¿Acaso soy una madre negligente cuando intento buscar un minutito para respon

der ese email que parpadea en mi cerebro? ¿Hay más madres y padres que se lanzan al ordenador como zombies a un higadito fresco cuando sus hijos cierran por fin los ojos y la boca? ¿Estoy siendo víctima del síndrome 2.leches? ¿Es esto bueno o malo?

Vosotras y vosotros, santos varones, ¿qué pensáis? ¿Somos las madres 2.leches unas adictas al wi-fi que desatendemos a nuestras familias?

Me voy, que se acabó la santa siesta…

Y tú, mujer, ¿qué eres?

Te levantas por la mañana, desgreñada y con ojeras, y te miras al espejo.

Y, además de las bolsas, las arrugas y las manchas por el sol acumulado durante los años, ¿qué ves?

¿Eres una madre abnegada, atenta a las toses de las tres de la mañana, que salta del colchón al mínimo suspiro y que sacrifica sus propios anhelos por ver cumplidos todos los deseos de tus pequeños?

¿Eres la esposa enamorada, siempre dispuesta, siempre despierta, siempre atenta a las necesidades de tu hombre, como si después de él no hubiera nada ni nadie?

¿Eres una mujer en la treintena que busca su identidad igual que lo hacía a los quince y no se reconoce en los trajes de sastre ni en los tacones?

¿Eres una profesional en lo tuyo (sea lo que sea a lo que te dediques) y todos tus pensamientos durante las 24 horas del día se enfocan a prosperar y llegar más lejos en tu carrera?

¿Eres amiga de tus amigos y abandonas hasta la cita con el Papa para ir a tomarte unas cañas con tus chicas?

¿Eres maruja de tu hogar y tienes la casa como una patena y a tus hijos y marido como sultanes en su harén?

¿Puedes serlo todo a la vez? ¿Realmente queremos serlo?

Ayer alguien me dijo que, como madre, al no trabajar, ya podía irme a mi casa a cuidar de mi hija. Como si eso fuera lo único y lo mejor que sé hacer. Como si ese fuera el papel que me toca y ya está. Sonríe, da las gracias y baja la cabeza. Y a casa. Y no molestes más.

Y aunque yo tengo claro que no soy completamente nada de lo anterior, sigo averiguando cuál es realmente mi papel en todo esto.

Postcards from Israel: día 4

Querido mundo exterior que pasáis calor:

Con una horita libre, debería estar haciendo algo sensato como dormir… Pero no puedo. Porque he conocido hoy tanta gente (nada nuevo, por otra parte, en esta semana) y he escuchado cosas tan interesantes, que no puedo evitarlo, tengo que escribir…

Es duro separarse de tu criatura durante tanto tiempo (ya,yaaaaaa, ya sé que solo es una semana, lo sé) y más cuando a tu alrededor no haces más que ver embarazadas, simpáticas blogueras y empresarias con sus bebés de dos meses adosados cual marsupiales, y doulas encantadoras en DYADA, una empresa dedicada a asesorar a mujeres embarazadas y con bebés, que te cuentan con pasión y entusiasmo a lo que dedican su tiempo, que básicamente es a ayudar a dar a luz en casa a quien lo desee (pienso en Lady Vaga, por ejemplo, quién seguro hubiera disfrutado de la charla….).

De verdad que intento no pensarlo y afrontar el reto desde mi lado más “no-madre”, todo el mundo me lo dice (“es buenísimo para ti como persona, esto te está enriqueciendo”, y todo eso que ya me sé de memoria y que me repito como un mantra) porque si lo hago desde mi experiencia personal, desde mis sentimientos como madre “superiora” y cuidadora de mi hija, os aseguro que perdería las formas, le arrancaría el bebecito de dos meses a su madre de la mochila, e incluso del pecho en pleno momento “almuerzo”, y me lo llevaría a una esquinita para abrazarlo, olerlo y recordar a mi niñita querida, mi amor, mi mayor razón para levantarme cada día (y esto lo digo aún sabiendo que ella no me echa naaaaada de menos porque se pasa todo el día en la “pitina”, vamos, ni punto de comparación conmigo…).

Así que, como tengo que comportarme, me aguanto las lagrimitas y me contengo educadamente. Sonrío a todas las mujeres con niños con las que me cruzo (que según mis cálculos deben ser como millones, todas las del país se han congregado en Tel Aviv para cruzarse en nuestro viaje), hago fotos cual japonesa sin vida anterior, le enseño sus fotos hasta al portero del hotel (quien también opina que es igualita a mí, lo normal) y me quedo rumiando mi nostalgia y mis ganas de comérmela a besos como si fuera una caníbal afectiva o una yonqui adicta a mi pequeña….

Y todo esto, además de ser una soberana tontería, además me lleva a preguntarme algo vital, ¿soy adicta a mi hija? ¿Hace tanto que no soy “yo solamente yo” que ya no sé serlo más? ¿He perdido algo por el camino? ¿Soy mejor o peor que antes?

Esto tendré que meditarlo con un gin tonic, pero quiero terminar esta postal de hoy diciendo que hay muchas diferencias entre las mujeres israelís y las españolas, o al menos que las que yo conozco, y yo misma. Pero cuando me cruzo con ellas, y las miro con cara de cordero degollado mientras ellas achuchan a sus bebés contra ellas con orgullo, la sonrisa que me envían como respuesta me tranquiliza, es como un abrazo, como un “tranquila, sé lo que estás pasando”, un “te entiendo” muy cariñoso. Y me reconforta, un poco.

Besos desde Tel Aviv!!

Con un Kindle bajo el brazo

Los tiempos cambian, amigos. Ahora, a los niños se les pone el CD de Mozart desde el estado fetal, el Ratoncito Pérez ya se puede ver en 3D y los Reyes Magos son una App del iPhone. Todo cambia.

Por eso, ahora en vez de con un pan bajo el brazo, mi niña vino con un kindle blanquito, reluciente y con su funda acolchada, of course.
Los primeros meses, leer lo que se dice leer así de seguido y prestando atención, poco. Si acaso, a San Carlos González y su libro sobre lactancia materna Un regalo para toda la vida y a Rosa Jové con Dormir sin lágrimas para enfrentarme con éxito a mis dos principales obsesiones maternales: el pecho y sus cosas, y dormir a Julia sin llorar sin hacerle el Estivill.

Ambas etapas pasaron con bastante éxito y entonces mi cerebro comenzó a despejarse de esa bruma espesa que te invade con el puerperio (sí, debe ser cosa de la naturaleza, porque no ves más que a tu niño entre la niebla). Y entonces poco a poco, como cuando vas saliendo de la resaca de vino malo, mi mente empezó a reclamarme contenido intelectual en el que no solo apareciesen las palabras: bebé, niño, crianza, colecho, pecho, leche, cacas, pañales, y trillones de sinónimos de este palo.

Así que ahí hizo aparición el maravilloso, el ínclito, mi adorado Kindle. Gracias a esta linda (y frágil, como he podido descubrir) criatura, mi vida cambió:

Dentro de casa: mientras le daba el pecho a Julia podía leer sin tener que moverme para pasar página, ni tener agujetas por sujetar un libro de un quintal con una sola mano; y mientras me secaba el pelo, en uno de esos escasos y preciados momentos para mí, podía apoyarlo gentilmente sobre la balda del espejo Ikea (ese espejo que mi padre decía cuando lo compre que parecía un ataúd para niños, humor de abuelo…) para poder secarme el pelo mientras leía plácidamente sin que se abriese o se pasase de página con el aire…

Además, yo no porque duermo demasiado, pero sé de quién lee por las noches con la lucecica de la nueva funda y se está sacando la carrera de Humanidades con matrícula de honor con los apuntes en el kindle mientras su niña de 6 meses duerme por las noches. Una campeona, por cierto, a la que este aparato también le ha dado un respiro intelectual y que está compatibilizando la lactancia materna con la filosofía existencialista y las obras de Goethe. Un 10 de mujer y mi hermana, por cierto.

Fuera de casa: tras incorporarme al trabajo, en ese momento en el que te reincorporas, dolorosamente, a la vida normal, te dices: bueno, al menos podré leer de camino al curro, ya que en casa me quedo dormida de pie en cuanto dan las ocho de la tarde (noche para mí). Pero claro, vas a trabajar con la comida, con el bolso maternal ese que te aparece en el armario por arte de magia y que pesa trescientos kilos, como poco, cargado de chupetes, toallitas, tres pañales y una galleta sin gluten hecha miguitas esparcida por el forro. A todo eso, súmale el libraco de turno, que cada vez los hacen más grandes y más pesados. Así que, cuando el kindle apareció en mi vida eliminamos un elemento de peso de mis viajes de “commuter” y mi espalda me lo sigue agradeciendo a día de hoy.

Además, si viajáis en metro conoceréis como yo esa experiencia devastadora para el amor hacia tu especie: los apelotonamientos mañaneros. Esos en los que se sobrepasan los límites posibles del espacio y del tiempo entre tú y tus congéneres, esos en los que analizas por milímetros la grasa del pelo de la señora que te está metiendo la cabeza entre el sobaco y el pecho, esos en los que respiras más sustancias tóxicas y desagradablemente humanas que cualquier trabajador de vertedero regional, esos en los que sale lo peor de la condición semi-humana y las ojeras, los pisotones y las sobaqueras humeantes solo pueden verse atenuadas por una buena y placentera lectura en escorzo, con una sola mano y con la cabeza grasienta de esa señora integrada dentro de tu cuerpo.

Mi kindle es, en esos momentos, un oasis de placer en medio de un desierto solo apto para amebas sin olfato…

Adoro los libros. Todos. Creo que, durante mi corta vida, me he gastado en libros el presupuesto de Andorra en publicidad de toda una década. Y siempre defenderé el libro en su soporte tradicional, no creo que vaya a desaparecer.

Pero la verdad es que con la llegada de mi hija, y la complicación en cuanto a tiempo y espacio en mi casa, la entrada en mi casa del Kindle (en sus tres ediciones, porque insisto, el kindle es condenadamente frágil y no debéis, NO DEBÉIS, meterlo dentro de una sillita antes de plegarla con él dentro, ni tampoco dejéis que se caiga en las escaleras del metro ni aunque las muy perras casi se lleven tu falda nueva por el camino… y no digo más porque todo lo demás lo diré delante de mi abogada Spi) ha sido muuucho mejor que cualquier pan que pudiese traer mi bendita criatura.

De culpas y frustraciones maternales

No sé muy bien si la culpa, el sufrimiento y la autoflagelación nos vienen de serie como mujeres, como madres o como personas educadas en el cristianismo y el colegio de monjas (o por todo a la vez, en una mélange esquizofrénica). El caso es que leyendo este post en De mamas & de papas sobre la culpa maternal he encontrado una reflexión de Eva Piquer muy interesante sobre la ausencia de culpabilidad en las madres de antes, en las de la generación de mi madre y anteriores: “Por un lado estaba contigo todo el santo día, sin abandonarte para salir a ganarse las pesetas. Por la otra, en esa época los hijos se tenían porque tocaba y se educaban sin tantos manuales ni modelos de crianza”.

Y estoy de acuerdo con lo que afirma Eva, pero solo en parte.

Es cierto que por aquel entonces, por lo general, no se veían en la dolorosa obligación de “abandonar” a sus churumbeles para ir a currar, para eso ya estaba el esforzado cónyuge, para no llegar a casa hasta las nueve de la noche y no ver a los niños más que los fines de semana para poder llevar el jornal a casita.

Y es cierto que en su gran mayoría no se veían forzadas a elegir entre carrera y familia porque ponerse el delantal y tenerlo todo listo a la hora de comer era su deber y punto, les gustase o no.

Y es cierto que en su gran mayoría desconocían el término diabólico “conciliación”, y cuando recogían a sus hijos del colegio no se reprochaban a sí mismas, cilicio en mano, haber llegado tarde, o haberse perdido la reunión de padres o al taller de manualidades con sus pequeños en la guardería.

Es cierto que fueron, en general, una generación de madres sin la culpa como estigma. No vivían con este reproche constante que ahora nos acompaña por no ser madres perfectas, de sonrisas perpetuas, paciencias infinitas y jornadas interminables siempre al dictado del bienestar de nuestras criaturas (pequeños tiranos en potencia que de osar hace unos años a alzarle la voz a sus señores padres como lo hacen ahora se hubieran ido a su cuarto con la huella de cinco dedos y un solitario bien marcada en el carrillo/en el culo/en sendas partes del cuerpo, pero ese es debate para otro día…).

Es verdad que no llevaban la culpa tatuada como nosotras, como señal generacional, que a veces pienso que nos va el sadomaso de lo mal que nos lo hacemos pasar. Pero, qué te voy a decir, que no las envidio para nada. Porque no, la culpa no era su estigma. Pero sí lo era la frustración. Y no es que sea patrimonio de generaciones anteriores el vivir una vida que no es la que hubiesen elegido de tener libre albedrío, pero si nos ponemos en plan comparaciones odiosas, antes lo tenían mucho más difícil para elegir. Y por eso, hace años, mujeres como mi madre dejaron de buena gana sus carreras, buenas o malas, sus trabajos, bueno o malos, y sus anhelos, buenos o malos, por ser lo que tenían que ser: buenas madres y buenas esposas, no siempre en ese orden. No todas, por supuesto. Pero sí una gran mayoría.

Sé que ahora nos autoimponemos miles de normas para ser mejores madres, y que tenemos mucha presión al tener que representar a la vez tantos papeles en esta obra loca: madre dedicada, mujer sexy y provocativa, persona intelectual y cultivada, trabajadora creativa, incansable y realizada, pareja amorosa y atenta a las necesidades de su santo, miembro concienciado de una sociedad indignada, activista política a ratos… Pero seamos conscientes de que gran parte de esta farsa la elegimos gustosamente nosotras mismas, aceptando unos roles que nos gustan y con los que nos sentimos identificadas, y a los cuales no queremos renunciar por nada del mundo.

Renunciar como hicieron nuestras madres. En definitiva. Renunciar y estar/sentirnos frustradas.

Reflexiones a pachas I: Cosas que dejé de hacer tras ser madre

(Conversaciones maternales sin fundamento con otra mujer, madre y, a la sazón, persona, muy versada en este arte de no saber de nada…)

Blogdemadre: – Dejé de depilarme a menudo. No hay tiempo. Ni ganas. Si no fuera por las sesiones de láser que religiosamente pago, hoy por hoy tendría la epidermis igual de poblada que Chewaka. Lo mismitico. Accidentalmente: – Depi…¿qué? Yo todavía sigo intentando cerrar una cita en algún sitio para someter a mi cuerpo al láser más destructivo que haya, tipo rayos catódicos en los que aparezca Belén Esteban, que me evite volver a pronunciar esa palabra. La última vez que lo intenté me echaron con malas artes acusándome de insensata, y de ignorante, por plantearme algo así mientras daba el pecho a mi criatura. Debe ser que a mi niña le gustaba agarrarse a mi cuerpo velludo mientras comía….

Es imposible ver en casa una peli de dos horas del tirón… (Lo del cine es todo un lujo para el que hay que organizar la agenda de dos o tres familias , el calendario de un ministerio, y poner un anuncio en el BOE, así que descartado desde la raíz hasta las puntas) .-Este fenómeno puede deberse principalmente a dos causas: a) Los miniseres lloran o ronronean o se tiran algo encima e interrumpen la emisión en plan agentes encubiertos de la censura  b)Te quedas sopa en los títulos de crédito, incluyendo hilillo de baba en cascada sobre cojín. –Voto por la b, y sumo la b de bodrios con los que, a veces, nos autotorturamos, por no ser capaces de estirar el brazo y darle al ON del disco duro en vez del mando de la mardita tele…

No he vuelto a meterme las pajitas del McDonalds en la nariz para hacer la morsa y pasar un ratico chisposo. Si Lasniñas te ven – me digo – te imitarán y te pasarás los próximos seis meses de tu vida en el mostrador de Urgencias por rotura de venita nasal diversa. – Sí, bastante tienes ya con mantener una vigilancia 24 horas, que ni prosegur ni leches, y aún así en el micronanosegundo en el que te despistas para sacar la comida del fuego, para cerrar el grifo del baño, o incluso para pestañear, nosesabecómo pero ya se ha tropezado con su propio pie y se ha comido el quicio de la puerta. Como para darles ideas…

He dejado de hablar por teléfono cuando, donde y como quiero. Ahora hay que coordinar los horarios de tus hijos con los horarios de los hijos de tus amigas y, al menos yo, tengo prohibidísimo, bajo pena de muerte como poco, que me llamen al fijo, pasadas las diez de la noche.– Aparte de que el ring-ring despierte a las fieras corrupias, el problema es que a las diez el cerebelo está tan espongiforme y abatido que la conversación se termina reduciendo a un tipo test, en el que tu amiga pregunta y tú contestas con monosílabos que asienten o niegan lo que oyes. Si te callas un rato largo ella sospechará que no tienes opinión o que te has quedado frita cual narcoléptica anónima. Pero es tu amiga y te quiere, hombre.

Desde hace tres años no me he echado vaselina en los labios con calma y tranquilidad. Tengo que hacerlo a escondidas, bajo el abrigo, darme la vuelta, esconderme tras las macetas; si me ven, meterán el dedo en el bote y harán hoyos tan profundos como cráteres. Luego tendré que recomponer el firme como Pretty Woman tras el partido de polo. – Pues sí, lo de comerse la vaselina, el cacao, las barras de labios, el rimmel… es de juzgado de guardia, espero que al menos sean nutritivos y sustitutivos de alguna comida principal, como las barritas de cereales y esos inventos.

Ejercicio. Mi momento más activo del día es cuando subo las cuestas de mi barrio empujando el carro de mi hija para llevarla a la guardería. Llego sudando, eso sí, y aprieto mucho el culo mientras subo, que dicen que es lo bueno.
Hay que ser ladina y aprovechar momentos furtivos. Sentadillas al recoger las plastidecor del suelo, pesas al levantar a Lasniñas en vilo cuando montan drama en plena calle, 100 metros obstáculos salón-cocina para evitar que se metan en la lavadora y cierren la puerta, pilates y estiramientos al perseguirlas por el sofá…Es todo un mundo esto del ejercicio materno.

No he vuelto a ir a un restaurante sin preguntar antes de sentarme “¿Tenéis trona?” Lo hago incluso cuando voy yo sola o con amigos cuarentones entraos en carnes. Que la carita de no entender del maitre es para verla…
– La trona, el baño con cambiador, el teléfono para emergencias, si tienen plastidecores y papel para jugar, si hay globos para que la niña se entretenga… ¡Lo de menos es la carta!

Ya no pretendo tener orden en casa. Es virtualmente imposible controlar los juguetes de mi hija, y he terminado deduciendo que, no sólo tienen vida y conciencia propia, sino que además tienen un malvado propósito oculto en sus diminutos cerebros de plástico que es extenderse por mis suelos, invadiendo cada metro cuadrado, y que como escaladores en la carrera de los ochomiles, van plantando su banderita y proclamándose dueños y señores del territorio inexplorado del baño, el pasillo o el patio. – Ojo, esto entra dentro de lo paranormal. Creo que Supernani debería establecer una joint venture con Iker Jiménez para tratar de explicar porqué las barbies tienen esa querencia a meterse bajo tu cama o porqué siempre hay algo con ruedas en el suelo que te hace tropezar y cagartentó cuando vas con prisas.

No he vuelto a tener intimidad ninguna, ni una pizca, mínima, pequeña y chirriquitica; ni muchísimo menos he vuelto a pretender cerrar el pestillo del cuarto de baño cuando me ducho o hago pop-ó. Las patadas, puñetazos y gritos al otro lado de la puerta me asustan mucho. Sé de un bebé que llegó a arrancar la puerta de las bisagras con sus manitas y se coló dentro, ante la atónita mirada de una señora, que ni siquiera era su madre. – Es genial que tus criaturas te observen mientras te acicalas, o te duchas, o esas cosas que se hacen en el baño. Al menos así no te aburres y así le puedes ir explicando la bonita teoría de la relatividad, el porqué de la existencia humana o si hay Dios allá en el otro mundo.

He dejado de comprar lencería de la buena porque ya no la luzco!!! He tenido que obligar a los reyes magos a regalarme estas navidades un kit de supervivencia consistente en unos cuantos conjuntos dignos y presentables, que no sabe una cuando va a tener que ir al médico, todos igualitos, de algodón y sin encajes ni transparencias, ni leches de esas sexys, y por favor cero costuras y cero mondadientes, que no tiene una el cuerpo para estrecheces… – Comotentiendo! Yo estoy pensando reunir todos mis tangas y hacerme una colcha. Qué penita. Qué poco rendimiento y vida útil…Por no hablar de los saltos de cama de tacto sedoso arrinconados y sustituidos por el pijama de franela y la media rodillera. Cuánta desazón.

He dejado de leer. Snif, snif. Ni libros, ni periódicos. A lo máximo que llego es a los cinco renglones de las propiedades del champú, en español y portugués, mientras no haya nadie dando patadas a la puerta del baño. Ay qué tristeza más gorda me acaba de invadir… – Mientras no te invada el espíritu del Señor Potato, aún queda esperanza. Siempre nos quedará la jubilación para leer en la consulta del médico, con cataratas y vista cansada, mientras nos contamos los achaques y nos enseñamos las fotos de los nietos.
– ¿Señor Potato? …. Mmmmm.. ¿Ein? Otro día. Se me quema la cena.

¡Zas! En toda la boca

Muy felices me las prometía yo…. Qué bien que lo llevo, qué bien que doy consejos en el blog, qué bien que las monjas nos llevan de excursión…
Pues sí, amigos y amigas, todo llega y eso me ha pasado a mí esta misma mañana.
Yo, inconsciente de mí, empezaba el día con la felicidad somnolienta del ignorante. Hoy tocaba dejar la niña con los abuelos, no la tengo que llevar a la guarde, y así me he dedicado a pensar en mis cosas durante el camino al curro. Que si el 23 F ( a eso llegaré en otro post), que si las charlas en el tren, que si el sentido de la vida es difuso y vago a la vez…, vamos, tan pichi.
Y ahí, rondando a las nueve y media, ya asimilando que tengo una mañana dura y áspera de trabajo por delante, con más “brifinsss” en la bandeja de entrada que insultos recibió ayer Bisbal en su twitter, me encuentro una llamada perdida de la guarde en el teléfono. Pasmada les llamo. Mala no puede estar, porque no está con ellos. Pero no, no es eso. Lo que me tienen que contar es casi igual de terrorífico.
Se me ha olvidado que HOY se celebraba en la guarde una función de teatro que YA había pagado hace un mes y que, además, me hacía mucha ilusión que mi hija pudiera ver.
Dios. No pronuncio su nombre en vano, pero es que me se me han abierto las carnes. ¡Se me ha olvidado el teatro de mi hija! Así, porque sí. Sin más explicación. Me quedo sin respuesta. Pues sí. Se me ha olvidado. No, claro, hoy no ha ido. No, no creo que llegue. No. Se lo va a perder…
Y así, de esa forma tan sencilla, en el Día de la Marmota de no sé cuál estado norteamericano, me ha vuelto lo que en algún momento debo haber empezado (porque yo en el karma creo bastante…). Y me ha impactado con una fuerza comparable a nosécuántos miles de puñetazos del súperhéroe más forzudo de todos los súperhéroes.
¡Zas! En toda la boca…
No he podido remontar el día, la verdad. Pese a que sé que no es tan terrible, que mi hija no va a crecer con trauma por esto, que no tiene por qué necesariamente darse al alcohol por mi descuido o deliberadamente abandonarme en una cuneta cuando yo ya peine canas, pese a todo eso y a que, utilizando la lógica, es normal que algo se me pase, yo sigo sintiéndome fatal, fatal de los fatales.
Supongo que son cosas que pasan, que como me ha dicho una amiga, no llegamos a todo y que no soy la madre perfecta. Y aunque de eso no tenía muchas dudas, y tampoco espero conseguirlo salvo medicación intensiva, estos fallos inesperados son como una buena, y merecida, bofetada en toda la boca.