Los negocios perfectos, esos negocios

De un tiempo a esta parte me repele bastante el mundo del emprendimiento y, aunque iba acumulando una lista de motivos, (entre otros los bancos de imágenes que se usan para representar este mundo y que no puede ser más descriptivas de un tipo de mundo que entra en colisión directa con muchas otras realidades y de los que pongo alguna joyita para ilustrar), he encontrado uno recientemente que creo que supera a todos.

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Con esto de que emprender está de moda, se ha generalizado mucho la idea de que todos podemos tener nuestra propia empresa. Te buscas un mentor, o un coach, te apuntas a un curso, haces un máster, o estás en una aceleradora durante un tiempo y, venga, a emprender. Y tan pichis. Querer es poder.  Nos ponen negocios “perfectos” como ejemplos: ideas brillantes que se han transformado en millones de dólares en adquisiciones de portada, con protagonistas arquetípicos, jóvenes de flequillos ondeantes y miradas desafiantes, despampanantemente inexpertos pero aún así capaces de generar ellos solitos (y sus buenos equipos de asesores) millones y millones en la cuenta de resultados.

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Y esos son, y no otros en general, los ejemplos que se nos pone delante: negocios que lo petan, que en un año lo consiguen, que tienen una curva de crecimiento perfecta, que han cumplido el manual, y que, sí, han triunfado.

Pero, la realidad es que, ni de coña, todos podemos ni debemos aspirar a hacer algo ni siquiera parecido. Y esto que estoy diciendo lo mismo me elimina de la lista de profes de algún master molón, pero es la realidad es que no nos deberían vender tantas motos, amigos. Porque no todos queremos estas imágenes de seres sobrehumanos, triunfantes y poderosos. Porque no lo somos, sencillamente.

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Telita con la imagen, ni que fuéramos los Thor de los negocios o algo así… Fuente: noticias.infocif.es

Sobre todo, porque, se nos piden negocios perfectos para pasar a la siguiente fase o serás uno del 80% que cierra antes de los 5 años, negocios con curvas ascendentes y miradas desafiantes hacia el infinito, y para mí, que mi negocio es uno más de mis hijos, me recuerda con tristeza a esa tiranía que la sociedad y nosotros mismos imponemos sobre nuestros niños, sobre nuestros “proyectos de niños”, sobre los buenos resultados que deben obtener, los idiomas que deben hablar, lo bien que escriben, lo lejos que van a llegar…

Llevo unos días enfrascada en cifras y datos sobre mi negocio, y tal vez sea por eso por lo que me pregunto hasta dónde esos números, esos cuadros tan rimbombantes pero que tienes que hacer sí o sí, miden el índice de felicidad que el proyecto está suponiendo para ti, para tu equipo, para los usuarios. Cómo está cambiando tu vida, qué satisfacciones te está dando, cuántos abrazos físicos y virtuales estás dando… Claro, que para eso también hay estudios, y encuestas y formas de analizarlo me dirán los más ortodoxos, pero fíjate que esos datos no son los que te piden en un banco para darte un crédito, o para que te den una subvención, o lo primero que te pide tu amigo el inversor….

Que sí, que no me olvido de que las cifras hablan por el negocio, que si pierdes pasta ni tú ni nadie puede salvar eso. Ahí te lo compro. Pero salvando el punto de quiebra, me resisto a aceptar la tiranía en la que vivimos ahora mismo en el que eres lo que dice tu cuenta de resultados. Y en el que tus objetivos han de ser económicos incluso aún cuando en el camino por alcanzar esos objetivos, supuestamente alcanzables, tu proyecto, tu negocio perfecto deje de tener sentido, deje de hacerte feliz, dejes de disfrutarlo.

A veces tengo la sensación de que estamos en un show global, un escaparate en el que esto de trabajar se ha convertido en un “Tu negocio sí que vale” y, como pardillos desesperados, vamos pasando delante del jurado (o corriendo delante de ellos a ver quien llega el primero y consigue más cash), y podéis colocar en ese puesto de decisión a quién más rabia os dé, pero podrían ser desde los bancos, los fondos de inversión, los business angel, o cualquier compi yogui de esos que tanto pululan por este mundillo.

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Y ellos nos dirán quienes valen y quién no. Quien tiene negocios perfectos en los que poder invertir para aumentar su cartera de conquistas, para presumir de sus conquistas con sus amigotes del gremio. Y quien es autoempleo, fuera. Quien no duplica su facturación en un año, fuera. Quien no es escalable, fuera. Quien no tiene el equipo mejor estructurado, fuera. Y así hasta el infinito…

Soy muy, muy consciente de que jugamos con las reglas del mercado. Estamos aquí y tenemos que acatar lo que nos diga el árbitro. Pero no todo el mundo tiene por qué seguir el mismo ritmo de la carrera. Ni siquiera todo el mundo queremos estar en la misma liga, la de los triunfadores, la del networking infinito, la de quién la tiene más larga, la de los proyectos ultra-rápidos, la de quemar equipos y vidas en uno o dos años, la de los niños de 10, la de los negocios prediseñados para triunfar, vender y a otra cosa mariposa.

Y además, ¿sabéis qué ayudaría a que una gran cantidad de negocios que fuesen mucho mejores? Que no tuviéramos que pagar el IVA de lo que facturamos sin haberlo cobrado. Que nos pagaran a 30 día como máximo legal ¡legal!. Que los autónomos no viviéramos para pagar impuestos. Que los trámites y la atención de las administraciones no estuviesen diseñados para echar para atrás a los osados que se atrevan a intentar alguna gestión con éxito…

Que no estuviéramos tan preocupados por tener negocios perfectos.

Y me voy a tender la ropa, que sí, sí, mucho negocio virtual, mucho éxito empresarial, mucha leche, pero la ropa sigue sin tenderse sola.