VDLN: Right now

No sé si os pasa a vosotros, pero yo a veces me atasco.

Suele ser cuando tengo muchas cosas qué hacer y todas esas tareas me rodean, se me amontonan en torno a mi cabeza, atontándome e impidiéndome pensar con claridad y sobre todo, sobre todo, actuar.

Y esto puede durar una hora, una mañana o incluso semanas. Vamos, que la productividad a tomar por culo (con perdón) por culpa de tu propia cerrazón existencial.

Así contándolo queda tontuno y superficial, pero es algo que a su vez me genera mucha ansiedad porque me veo inmovilizada desde fuera. Vamos, una fiesta absurda en mi cerebro.

Y lo peor es que tengo que disimular y que el mundo no detecte que estoy absolutamente paralizada.

Y me siento una impostora absoluta.

Y eso me paraliza aún más.

Mola ¿eh?

Vale, y cómo lo soluciono… porque suelo salir de ese círculo vicioso. Afortunadamente… aunque a veces me planteo si no viviré así siempre y lo que tengo son puntuales destellos de actividad que me provocan la ilusión de que sí hago cosas…. mmm… horror….

Bueno, cuando tengo que salir (porque hay que salir de esto como de la droga) analizo qué es lo que más me frena de las tareas que tengo por delante, por lo que sea, porque me aterra, por pereza, por disgusto, o por lo que sea. Este análisis puede llevarme tiempo indeterminado y durar segundos o días, según el grado de dificultad y de enmarañamiento mental que tenga, o de las listas paralelas de cosas por hacer, que esto también pasa.

Y cuando detecto y soy capaz de reconocer lo que “me pica”, normalmente respiro. Me pongo música muy alto. y ataco. Sin piedad.

Right now.

Somos nuestro peor enemigo, pero con un buen hilo musical y el #VDLN todo es cuestión de dejarse llevar, amigos. Feliz semana!


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Cuentos de verano: dentro de un volcán

 

Subir la montaña más alta para bajar a las profundidades del volcán.

¿Qué hay dentro de ti que merezca salir a la superficie?

¿Qué hay dentro de ti que nunca dejas que aparezca?

A veces soy volcán sin darme cuenta. Y cuando todo parece tranquilo por fuera, dentro emergen los efluvios de un drama galopante. Y me revuelvo, me interrogo, ¿qué me pasa? ¿qué diablos tengo ahí dentro que me va ahogando lentamente sin apenas darme cuenta? Y la inquietud te retumba entre ceja y ceja, y el desconcierto deriva en desazón, en angustia.

Y va despertando una rabia que avanza vibrante, pulsando en mi interior, una lava ardiente y que rebota entre mis costillas con violencia contenida, como sin llamar mucho la atención. Pero sin parar.

La ansiedad. Eso que me genera sentir esa humareda saliendo por mis orejas es tal que a veces me gustaría ser capaz de aniquilarme. O de explotar de una vez. De ser yo misma el volcán que llevo dentro. De no ser nada.

Y tú, ¿qué escondes en tus entrañas?

Ansiedad

Hoy, mientras hacía la compra (nota mental: nunca más ir un sábado a las 10 de la mañana) escuchaba en la radio hablar sobre Ansiedad de Scott Stossel, un ensayo sobre cómo ha vivido este buen hombre, y vive, luchando contra ella. Y si bien me ha sorprendido tanto como para que se me quedara en la memoria mientras elegía puerros y alcachofas en un mercado abarrotado (nota mental 2: recordar la nota mental 1), luego yo misma le he quitado relevancia. Total, me he dicho, si aquí todo quisqui tenemos ansiedad, qué tiene de especial ese libro…

Cuando he llegado a casa, bueno no, varias horas después en las que un sábado doméstico te posee, he buscado el libro para saber más y me he encontrado con que está considerado un manual por los expertos sobre este trastorno. Y me he visto a mí misma asintiendo con lo de trastorno. Porque a pesar de lo frívolo del “estoy ansioso” que a todos nos ha venido más de una vez a la boca. la realidad es que puede llegar a ser un motivo paralizante muy poderoso. No es un cosquilleo de “estoy nervioso porque tengo un examen” o la expectación del “estoy esperando la llamada de mi vida”. Es más una desazón desagradable y continua de “no sé qué diablos me pasa pero algo no va bien” repetida hasta el infinito.

La ansiedad… Ese monstruo que, como los espíritus de las pelis de miedo, se cuela sibilino por tu oreja o en algún bostezo matutino, y pudre con su negrura todo lo que toca. Porque yo no sé vosotros, pero a mí ansiosa no me sale nada bien. Te nubla. Te empobrece el espíritu si es que lo tenemos. Y te deja como una sombra de lo que puedes ser. Una mezcla de ansiedad y angustia, de inmovilismo y de miedo y desesperación por estar inmóvil que te paraliza aún más mientras te ves a ti mismo paralizado. Vamos, una ida de olla que tiene como consecuencia principal no estar bien, y tener un mal humor del diablo, al menos en mi caso, así como una acidez mental no siempre positiva.

¿Qué es la ansiedad? ¿De dónde viene y por qué? Y, sobre todo, ¿cómo librarse de ella?

Ay, amigos, eso es lo que me gustaría saber…. (Vete a un psicólogo, ¿no?, me dirán. Pues también…)

Este vídeo me ha hecho gracia, aunque la parte de los animales es cansina, la verdad… Lo que sí que voy a hacer es leerme el libro de Scott Stossel a ver qué conclusión saco de él.

Y a disfrutar del día (lo menos ansiosamente posible)

Adicciones, ansiedades y ballenas varadas

He tenido unos ratillos últimamente de estos en los que te quitarías uno a uno los pelos de las cejas, sin pestañear apenas. Lo que viene a llamarse un momento almodovariano de ansiedad en toda regla, en los que no sabes si hacerte a ti misma el harakiri con los cuchillos del Ikea de mi criatura, colgarte de los cables de la Telefónica que, tan amablemente, han descolgado unos dulces vecinos, aquí frente a casa, o dejarte descomponer frente a la parte octava del docudrama “Mi gitana” de Telecinco. Un sinvivir, un resquemor, una picazón existencial, un y ¿qué hago yo con esto que me carcome por dentro?

¿A vosotros no os pasa nunca? Esta sensación de haberte puesto mal la camiseta y llevar la etiqueta justo en el cuello, ahí donde más escuece, de querer coger al primero que pasa por la calle y nos mira mal y arrancarle de un mordisco la cabeza, de ir por el mundo ladrando improperios por doquier por culpa de quién sabe qué pensamiento que nos azuza el culo, castigándonos por algún deber no cumplido o vete tú a saber por qué…

Así me veo yo últimamente. Y hoy, en un ejercicio de honestidad inédito en mí, pienso que tal vez, sólo tal vez, además de asuntos laborales que me tienen abducida, obsesionada y convulsa como los ojos de la Esteban (mi musa), puede ser que sea este estado de preñez absoluta y casi ya terminal (gracias a dios y a Darwin la naturaleza es sabia y el embarazo no da más de sí) el culpable de que mi nivel de tolerancia hacia los elementos externos desestabilizadores y porculeros comience a ser preocupantemente bajo.

Esto se traduce en que mi paciencia, al igual que el ángulo de giro y movimiento de mi, ya inexistente cintura, se limite cada día de una forma alarmante. Y digo yo, que lo mismo esta corriente malrollista también afecta a la criatura #2, y la mala leche que me gasto últimamente le convierte de facto en un pequeño Butanito vociferante, o un Jiménez Losantos visionario y apocalíptico en potencia. Qué sé yo sobre la ciencia…

Así, reflexionando y dejando de lado las cuestiones más profanas de la ansiedad, como el hecho de que no llueva y mi nariz se haya cerrado en señal de duelo, me doy cuenta de que ya echo de menos mi cuerpo, amigos, y sí, eso me está pasando factura. Porque esto que bambolea de un lado para otro sobre mis piernas ya no es mío, ya no soy esa a la que miraban los obreros al pasar, esos obreros que por otro lado ya no están porque todas las obras están paralizadas. Ya no soy más que la ropa que me vale, un feto andante, una semana de gestación con patas, un huevo Kinder, un proyecto de persona a la que parece que he engullido en una comilona.

Y echo de menos mi cuerpo. Echo de menos maltratarlo vilmente a base de horas de sueño perdidas sin sufrir momentos narcolépticos salvajes, de automedicarme sin cabeza y no mirar el prospecto, ¡como una loca!, de salir sin buscar la ruta de los WC allá por donde voy y poder estar sin ir al servicio durante horas, de cañas, vinos, tapas y gin tonics con hierbabuena, limas o leches en vinagre… Adicciones, adiccioncillas, por otro lado, pero adicciones a fin de cuentas. Esas que podía practicar sin sentir sobre mí el peso de la Asistencia Social. Menudencias, costumbres más que vicios, que no viene al caso desmenuzar, por triviales y por insulsas, pero cuya ausencia obligada, cuya expatriación prescrita por un facultativo me irritan casi tanto como escuchar a tiernas criaturas de dos años cantando el mossa, mossa esa del brasileño al que han dejado escapar de su país como si de una plaga se tratara (¿como venganza contra el continente colonizador, amigos? ¿por qué no os lo habéis quedado para vosotros? ¿qué necesidad había de compartirlo con la humanidad?).

Estoy embarazada sí, bastante (aunque no hace falta que me digáis lo gorda que estoy y la tripa que tengo en cuanto me veais, en serio, os agradezco la sinceridad, pero desde aquí os digo, gracias majos, pero ¡no la quiero!) Y no seré yo quien diga que no me lo he buscado. Pero, oh, seres  que soñáis con estados gestantes beatíficos y de documental de la 2, ¡que no os engañen!, que no mola tanto como dicen cuando ya no puedes sentarte recta, o para levantarte de la cama tienes que rodar sobre ti misma como una ballena varada, o lo que es peor, pedir ayuda a tu santo para que, a lo “operación Willy” os empuje a ti y a tu barriga ingente hacia las orillas de la cama.

Y esto lo escribo consciente de que  todo se olvida, porque así tal cual también lo pasé con la criatura #1, y mirad, como una buena gilipollas repetí. Y, además, es un hecho demostrado que con el tiempo se pasa. Que luego casi todo (ojo, nunca he dicho todo)  vuelve a su sitio: los cuerpos a sus vaqueros, las golondrinas a sus nidos y los gin tonics al gaznate. Así que hay esperanza, hay un más allá, e incluso un futuro medio feliz, porque siempre podría ser peor, como tener cinco o seis criaturas además de la gestante… Así que pondré un broche feliz a este cuento y diré que sí, que estoy ansiosa porque esto acabe, que sé que lo que viene es aún peor, gracias por recordármelo todos aquellos que lo habéis hecho, y que procuren no cruzarse en mi camino y comentarme lo inmensa que es mi barriga, de aquí en los próximos dos meses, si no quieren que ocurra ninguna desgracia.

Gracias.

Mal enganche el de la ansiedad

Entrar en el bucle es peligroso. Pero, la mayoría de veces, inevitable.
Me pasa con canciones, personas, preocupaciones o momentos de ansiedad. Y de estos supuestos, del último huyo como de la peste. He estado tentada en varias, muchas, muchísimas ocasiones a enrocarme a mí misma en torno a una situación difícil, una crisis personal, un momento chungo. Y siempre que me ha pasado, he sacado la misma conclusión. No sirve de nada y es muy, muy dañino.
Me ha pasado recientemente eso de darle demasiada rosca al negativismo, y constato que tiene un pésimo efecto sobre mi persona. Cuando te metes en la espiral del pensamiento absurdo, al final te ves abocado a lo que más temes. Ese escenario terrible que empiezas a pintarte en tu cabeza, y que, de tanto esbozarlo, al final acaba plantándote frente a ti, como el Mr. Propper aquel, con los brazos cruzados y mirándote como diciendo: ¿No me llamabas? Pues vete preparando la otra mejilla que aquí me tienes, campeón…

Total, que aunque es difícil luchar contra uno mismo y no dejarse llevar por el “y si pasa lo peor…”, hay que hacer un poder. A veces lo peor pasa, pero consuela pensar que la mayoría de las veces está en nuestra mano que eso no suceda. Y también consuela pensar que en esa minoría en la que no está en nuestras manos, por mucho que suframos no vamos a arreglarlo.

Así que si hay que engancharse con algo, que, al menos sea bello. Como un tema que te tenga todo el día silbando la misma melodía… Siempre nos quedará la música, mientras la SGAE no nos la quite, claro.

Aquí un temazo que es mi “castigo” del día, impagable. Como no se puede insertar, hagan Ud. el link que no cuesta mucho y hacemos felices a alguien… en eso reside el encanto de esto, ¿no?

El tema, escrito por Dominique A, ay! que bien, es del último disco de Calogero, que yo he descubierto hoy por suerte, y me ha hecho muy feliz. Hoy ha toca la Chanson, ¡viva la musique!

A disfrutar del día.