Las mujeres ambiciosas van al infierno

Este post lo escribo a escondidas de mí misma.

Es mi parte subversiva la que escribe, y además tendría que estar haciendo otras cosas más urgentes que soltar pavadas en el blog.

Pero no puedo evitarlo. Me salen las palabras a borbotones de las manos. Se escapan, diría yo. Y no me queda más remedio que darles salida o se me quedarán ahí aprisionadas. Y saldrán cuando me esté pintando el ojo, o esté haciendo una tortilla de patatas. Y me lo estropearán, que lo sé.

Las mujeres ambiciosas van directas al infierno, ese que no existe pero que se ha pintado siempre como el averno, con luces espectrales, cuerpos desmembrados e imágenes salidas de un mal viaje en el Medievo.

Admitir que eres una mujer ambiciosa te lleva directa a la consulta de un psicólogo, a un divorcio, a ambas cosas. Porque las mujeres somos seres suaves, adaptables al cambio, mesuradas, y para nada preocupadas por cosas tan banales como la ambición, sea esta concebida como cada uno quiera: éxito profesional, personal, ambos a la vez.

Las mujeres ambiciosas son duras, frías, malas personas, capaces de clavarte un tacón en todo el ojo si hace falta para avanzar. Son las pérfidas y malignas señoras con pantalones, cuantas veces no eran lesbianas, por dios, y siempre, siempre van al infierno.

Las mujeres ambiciosas se quedan solas en la vida. Por malas, claro. Por ambiciosas. Porque no tienen corazón, ni quieren lo suficiente a su familia, ni hacen caso de las señales de advertencia durante el camino de que van directitas al infierno.

¿Cuántas veces has oído mujer y ambiciosa en la misma frase y no han saltado las alarmas en tu cerebro? Alerta: fémina descarriada de su camino, alerta, ¡llamen a todas las unidades!

No sé si esto va de feminismo o tan solo de sentido común. O de hartazgo. Pero la mujer, nosotras, yo, tú, ella, todas, debemos meternos en la mollera que la ambición, ese deseo de trascender, de hacer algo bonito, que sirva, que cambie cosas, que remodele lo que tienes a tu alrededor, que transforme, tanto a ti misma como a lo que conoces, no es un pecado. Y no te hace mala persona. Ni ser una “tiburona” tiene por qué ser sinónimo de llevarte a nadie por delante.

Y lo más importante, no tenemos por qué pedir perdón por serlo.

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La generación del más

Más kilómetros por hora.

Más zapatos en el vestidor.

Más arena bajo los pies.

Más metros cuadrados que llenar.

Más dinero con el que endeudarse.

Más followers. Más seguidores. Más visitas.

Más créditos personales a sesenta años.

Más audiencia entregada. Más aplausos. Más fotos.

Más joven y lozana. Más delgada. Más cremas.

Más botox en el entrecejo. Más de mentira.

Más nuevo y reluciente.

Más prozac para levantarse.

Más sedantes para dormir.

Más sí a todo lo que me digas.

Más vida a corto plazo.

Más yo.

Más yo.

Más mío. Más mejor.

Mucho más.

La insatisfacción es nuestro apellido. La ambición está en el aire. Y dan ganas de dejar de respirar para ver si así toda esta frustración generacional se va al garete de una vez.

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