Mari, el gimnasio no es para mí…

Si tuviera que elegir un sitio donde estoy más descolocada que la Esteban en una biblioteca ese sería, sin duda, el gimnasio.

Desde el mismo momento en el que cruzo su puerta ya siento sobre mí la mirada escrutadora de la recepcionista buenorra, con la coleta tan apretá como sus muslos, que teclea descuidadamente el teclado mientras le ríe las gracias masculinas al ser sudoroso e hiperbronceado que se apoya sobre el mostrador para contarle al oído sus peripecias nocturnas en la Garamond.  Y voy escurriéndome hasta el baño, y de ahí a la sala, intentando que no se me note mucho, para que no se me acerque el musculado Guardián de los Seres Gimnásticos, me enseñe la placa y me diga: “Señora (me llamará señora, seguro, allí soy mucho más mayor que en el mundo real), usted no puede entrar aquí, sabemos que no viene más que a leer en la bicicleta estática”.

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A contratiempo

Es cuando pasa la vida. Cuando no toca. Cuando no se espera.

Las alegrías son más brillantes cuando hay niebla.Las decepciones más afiladas al no esperarlas.

Las despedidas más tristes, más lluviosas, más pozo sin fondo, cuando estás saboreando el rojo del beso.

Los “adioses” definitivos nunca se pueden decir con el alma.

Porque siempre llegan a oscuras, cuando ni la luna los intuye.

Y se escurren entre luces, entre miradas y risas. Y entre verano y viajes. Y entre la vida. Y cuando menos sitio tienes para ellos en tu casa, rebosante de espacios blancos y lisos, y sin aristas, es entonces cuando llegan.

Las despedidas.

Siempre a contratiempo.

Cuentos políticos (I): Las andanzas del consejero Echeverría

… Érase una vez, en la céntrica y solanera Comunidad de Madrid, un hidalgo llamado José Ignacio Echeverría que era por designio presidencial, consejero de Transportes de toooda esta nuestra comunidad. Este amable personaje, allá por el mes de marzo, se reunió con sus amigos y compañeros en un lugar muy bonito y decorativo llamado Asamblea y tuvo a bien deleitarnos a todos los madrileños con estas bellas palabras, conocidas a partir de entonces como “la leyenda del metrobus” (en el vídeo, el señor de pelo blanco, y  segundo que interviene en esta animada y educativa reunión):

En aquel momento, no solo nuestro buen hombre Echeverría demostró su amplio y extenso conocimiento de la materia de la cual es consejero, los transportes madrileños y el “legendario” metrobus, sino que, como se puede ver en este animado y didáctico vídeo, sus colegas y camaradas de partido (popular, para más señas y tan solo por informar), le aplaudieron a rabiar, celebrando con tales muestras de apoyo la magnífica sabiduría, esa experiencia y ese saber hacer que puso de manifiesto el señor consejero. Y es que a nuestro amable protagonista no se las daban con queso, ¡no, señor! Qué prestancia, qué elegancia sin par, qué belleza en esos gestos y ese !Pues nos vamos todos! final…

Pero no acabaron aquí las andanzas de nuestro insigne caballero, no. Porque una vez probada su sapiencia, y como premio, sin duda, por los servicios, el amigo Echeverría fue nombrado, por aclamación, Presidente de aquella, nuestra, Asamblea, donde el aguerrido y noble consejero vivió nuevas y trepidantes aventuras…

Pero esto, amiguitos, lo leeremos otro día.

Moraleja: 

Escalofríos de la muerte: obras en casa

Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor, y quien tenga esas tres cosas que no se meta nunca en obras…

Así es la canción, amigos, al menos en mi barrio.

Porque las obras, ya sea cambiar los azulejos del baño, echar el gotelé o renovar las cañerías, son el castigo que nos vuelve por algo medio malo que hayamos cometido, seguro. Que yo en esas cosas del karma creo mogollón. Y con cada día en los que obreros polvorientos invaden mis murallas y me empapuzan los suelos con esas huellas del 50 que no salen ni lijando las baldosas, yo estoy purgando algún pecado de grado 3 en la escala criminal.

Todas las obras tienen un mismo elemento común demoninador: la incertidumbre.Sabes cuando empiezas, pero nunca, repito, nunca, cuando acabas.

Aunque a veces ni siquiera está tan claro cuando la crisis llegará a tu vida. La primera obra que hice en casa, así a lo grande y estando ya instalada, empezó una semana antes de lo pactado (por qué? porque sí), un sábado a las nueve de la mañana, con el pijama puesto, la bata y una panza de unos cuantos meses de embarazo. En pleno desayuno relajado y festivo, se hicieron fuertes en mi casa una cuadrilla de cinco o seis hombretones de distintas procedencias y nacionalidades, que maza al hombro, se colaron en mi baño con eso de “voy a ver cómo está el techo antes de na…” y en menos que silva un canario me habían dejado el baño con vistas al cielo de Madrid (o en su defecto al suelo de mi vecino de arriba). Así, sin piedad, con mi santo y una servidora con la mandíbula hasta el suelo y jurando y perjurando que habíamos quedado con ellos la semana siguiente, para avanzar en su destrucción total por el techo del pasillo y la cocina.

Que no dí a luz allí, en ese mismo instante y lugar porque una, del susto, apretó bien las piernas mientras corría a salvar sus enseres íntimos de las manos del “Chernobyl” (nombre cariñoso con el que apodamos a este ser destructor, de palillo entre las muelas y sobaco pendenciero) y sus compinches de brazos tatuados y gorra calada hasta las cejas.

Aquel fue, sin duda alguna, el peor comienzo para una obra que pudiera haberme imaginado. Pero al menos, si hay que buscarle algo positivo, no tenía más que la panza como pasajero, y podíamos emigrar dignamente, mi santo y yo, allá donde nos quisieran, sin tener que cuadrar horarios, guarderías, comidas y demás…

Que es, básicamente, lo que nos ha tocado en esta ocasión, nuestra segunda obra a lo grande. Y es que a la incertidumbre de no saber cuándo terminará esa pesadilla, al esfuerzo que supone desmontar, limpiar y volver a montar una casa y huir como forajidos durante una semana, tienes que sumar la labor de artesanía que supone sacar a la cría de su casa, de la guardería y de su rutina durante todo ese tiempo.

Que si lo piensas bien y con tiempo, no lo haces. Ni loca.

Porque después de cinco días en entorno abueril (dando gracias desde aquí al acogimiento político), la niña está colgada de las cortinas, gritando que no a todo lo que no sea chocolate y contestando solo si es su abuelo el que la llama. A mí es que ni me mira, y toda mi autoridad se ha visto reducida a esa figura borrosa que la lleva a dormir por las noches, la regaña cuando hace cosas mal y no le deja jugar a la pelota en el salón con las figuritas de Lladró de la suegra. Ideal, vamos. Dos años de condicionamiento a lo Pavlov echados a la basura en menos de una semana… (es broma, eh? que yo a mi hija si la educo-condiciono ya es siguiendo alguna escuela mucho más actual tipo Super Nanny o cosas así).

Menos mal que somos unos inconscientes, que no tenemos cabeza (ni ahorros después del pastón que se han llevado los señores obreros) , que a la niña la volveré a meter en cintura en cuanto pise este suelo nuestro (del que no saldrá la huella del “Chernobyl” ni aunque pasen veinte años) y que después del sacrificio me va a quedar la casa, como mínimo, como los baños de la Preysler, que si no…

Empanadillas a las nueve

La veo desde aquí sentado.

Se mueve a velocidades intermitentes, como una polilla de en torno al farol. De la cocina al salón. Del salón a la habitación.

De cuando en cuando pasa por delante.
Aunque hace como que no, me mira “por el reojillo”. Y con cada una de sus miradas soslayadas, me manda una onda cerebral de desprecio.

Se piensa que no me doy cuenta. Que solo presto atención a mis cosas. Que no me pongo en su lugar. Que no me preocupo por lo que ella quiere. Que solo me interesa lo mío. Que no me entero de lo que hace cuando yo no estoy en casa. Que solo estoy para la cena y la cama. Como si ella quisiera ya darme algo…

No me soporta.

Lo llevo viendo claro desde hace un tiempo. Se lo noto cuando me pone el plato en la mesa. Así, tirado con la mano floja, como escupiéndome. La comida fría. Siempre lo mismo. Las mismas empanadillas heladas. Todos las noches a las nueve.

Ahora mismo ya ni recuerdo la última vez que cenó conmigo. O que comió. O que se sentó a mi lado a ver la tele. O que me habló. Ya solo me grita. Desde otra esquina de la casa. Ni tan siquiera se acerca. Dice que huele el vino que llevo encima desde su pueblo. Y en cuanto llego a casa, oigo como me grita desde la cocina. Que me quite los zapatos. Que no le manche lo fregao. Que apague el puro. Y que me cambie el mono. Que huelo a mierda.
Como si le diese asco. Mi sola presencia. Aunque sea a varias habitaciones de distancia.

Sigue revoloteando. Sin mirarme.
Y yo tengo ganas de levantarme.

Es la hora de la partida abajo. Seguro que el Juan y el Santos ya están con el chato preparado. Y en un minuto me planto en la barra, sentado con ellos. Con mi vaso de tinto y mi puro encendido. Con mis cartas preparadas. En cuanto llegue el Tomás nos sentamos hasta las tantas. Como todos los días. Lejos de ella, y de estos críos que cada vez conozco menos.
Ellos también me evitan. El pequeño solo se acerca para pedirme lo de la semana. Y eso cuando no me lo quita del pantalón. Ella también me quita lo que puede. Lo sé. Y se lo guarda bien. Lo sé. Se ha hecho las tetas, aunque no me lo haya dicho. Se cree que soy tonto como su hermano y que no me entero de que lo que se gasta. Yo no hago más que cavar y cortar y levantar zanjas, y plantar, hasta que me sangran las manos. Estas manos que tanto odia. Hinchadas. Y amarillas por el puro. Y llenas de cicatrices y abono. Mierda, dice ella. Lo que le paga sus excursiones con sus amigas. Y sus meriendas con amigos. Se cree que soy tonto como su hermano.

Ya me lo dice madre. Siempre. Que qué hace con el dinero.Que por qué no lo controlo yo todo. Y que no se entere padre. Que siga pensando que todo va bien. Y que no me separe de ella. Que la tenga siempre cerca para ver lo que hace. Como si pudiera. Como si ella se dejara. Antes le enseña el culo al tío ese de la mercería que a mí. Ni en la cama la veo ya. Hace años que duermo solo en esa cama tan incómoda. Que me está rompiendo la espalda.

Ella se acuesta con el pequeño cada noche. Porque ronco, dice. Ronco porque tengo sinusitis. Yo me tomo las gotas. De eso se encarga ella. Yo no tengo tiempo para ir al médico. Y ella dice que no le importa. Y que me tome las pastillas. Que son buenas para el corazón. Y para el colesterol. Que me las tome y la deje en paz. Y que me vaya al bar. Y yo hago caso. Y a veces creo que todas son las mismas. Y no sé lo que tomo. Madre dice que pregunte. Que vaya yo al médico. Que lo que me tomo no sirve. Que cada vez estoy peor. Y yo cada día me siento más enfermo. Veo como nublado. Ayer casi me rebano dos dedos podando. Qué contenta se pondría. Y me tiemblan estas manos que tengo. Y me dan así como saltos en el pecho, tantos que me tengo que sentar y esperar un ratillo a que se me pase. Y el pelo que se está cayendo. Lo veo en el baño. Me lo grita ella cuando salgo. Que he dejado todo lleno de pelos. Que a ver si me muero.

Me está mirando. Quiere algo. Me enseña los dientes. Esas cejas pintadas que tiene se están levantando, como gritándome. También tiene los labios pintados, se los pintó un día y nunca más la he visto sin esa línea rota, torcida, esa boca que me recuerda a la de una vaca muerta, con la lengua cayéndole de lado. Esa vaca caída sobre la tierra, pudriéndose entre las moscas. Con los ojos como huyendo hacia fuera, y el hocico seco, agrietado. Como mis manos.

Como su cara. La miro y sigue ahí delante.

Me levanto con esfuerzo. Las últimas gotas me han dejado como acorchado. Como dentro de una botella. Apenas oigo sus ladridos a lo lejos. Apenas me llega el aire a la garganta. Que me quema. Las putas empanadillas me pesan en el estómago. Se echa encima. Algo de dinero. Me duelen las piernas. La aparto hacia un lado. Me clava las uñas. Se nubla todo.

 

(Puede que no dé tiempo a pensar tanto. Puede que ni siquiera piense. Puede que  la realidad siempre sea más exacta).