Tempestades

El otro día, el sábado para ser exactos, un chavalín aullaba bajo nuestra casa porque no sé quién no había metido un gol en la portería de otro no sé quién. Y os juro que el grito de Catelyn Stark en la Boda Roja no tiene nada que envidiar al dolor que ese muchachillo estaba compartiendo con el mundo. Porque su equipo no había ganado.

Y oye, que lo siento, de verdad. Que me dio hasta penica y todo después de oír al vecino gritaros que íba a llamar a la policía si no dejabais de aporrear lo que fuera que estabais aporreando. Que estabais sufriendo. Estaba claro.

No hace falta irnos a lo que está pasando no tan lejos de nosotros con los refugiados, a los que hacemos como que no vemos. Pero hace poco me contaban de una amiga que acababa de descubrir que su hijo tiene autismo. Y eso sí duele. O un compañero de trabajo que se había quedado paralítico por un tumor. Zasca. O la empresa familiar que tiene que echar el cierre después de décadas currando y entrar en concurso de acreedores con lo que ello supone. Mucho dolor. Y rabia. Y frustración.

Eso son tempestades. De las que puede que no consigas salir indemne. Ahí es donde la vida te deja pingando y donde realmente tienes que demostrar de lo que estás hecho.

Y no me vengáis con las pasiones, los colores y los benditos once contra once. Porque me da la risa, pero mucho.

Pero luego muchas ganas de llorar.

 

Tu cuerpo es muy hermoso

No conozco (casi) ninguna mujer que tenga una relación sana con su cuerpo. Y no me atrevo a decir ninguna al 100% porque seguramente alguna sí que haya, pero vamos, su trabajo le habrá costado también. Casi ninguna que se quiera como es, con sus caderas anchas o su ausencia de tetas. Con sus cejas pobladas, o sus juanetes. Que se mire al espejo sin censura, sin reprobación, sin vergüenza. Que vea más allá de los kilos, la celulitis o las pieles colganderas. Que se de el visto bueno. Que se quiera.

No nos queremos. Casi ninguna. Y no sé muy bien cómo se arregla esto.

Porque no hay más que ver cómo nos tratamos. Nos arrancamos el pelo de todo el cuerpo, con dolor normalmente. Nos teñimos, nos «horneamos», nos tapamos bajo maquillajes, máscaras, postizos, implantes, lentillas, extensiones, tacones, bragas-fajas, rellenos… Nos fiamos de vendedores de humos que nos prometen kilos de menos si nos enchufamos no sé cuantas dietas, a cual más ridícula. Nos cortamos trozos de nuestro cuerpo para cumplir el canon. Escondemos nuestras reglas, nuestros «días», nos avergonzamos de nuestras hormonas, de nuestros ciclos.

Nos alejamos de lo que somos para convertirnos en lo que se espera que seamos.

Porque para qué hacemos todo esto? En serio, ¿para qué? ¿Para quién?

¿A quién le supone una vida mejor que una mujer se opere los labios vaginales para que sean simétricos? ¿A ella?

Y no hablo de operaciones necesarias, o evitar situaciones que no permiten vivir de una manera digna. Está claro que es bueno cuidarnos, el deporte es sanísimo y sobre todo tener la mente despejada es fundamental para que el cuerpo también marche como toca, pero sobre todo porque este cuerpo nuestro es el único que tenemos, y es mejor vivir con uno que tire mejor, ¿no? Pero de ahí a lo que nos hacemos… Hablo de lo que perpetramos cada día en las cabinas de rayos UVA, en las de depilación, en las de estética, en los herbolarios, en las farmacias, en las clínicas, en los buscadores de Google, en las revistas «para mujeres» y cada vez más en las «de hombres», en las calles, en las carreras populares, en los gimnasios matándonos para quemar grasas, por entrar en la 36, por ser aceptados socialmente. Hablo de no querer ver nuestro cuerpo, de alejarnos de él convirtiéndolo en un objeto a mejorar, siempre.

Y me enfada mucho, muchísimo, que desde los medios de comunicación, desde la publicidad, el entretenimiento, la sociedad en su conjunto, desde cualquier sitio se nos dispare con mensajes tan enfermos, se nos vendan motos con las dietas, los planes bikini y demás estupideces y se alimenten modelos de mujer, y de hombres, inalcanzables para el 95% de la población. Pero me enfada mucho más que no seamos capaces de verlo. Y de vivir queriéndonos.

Y ya no solo por mí y mi generación, que vivimos completamente subyugadas a las modas, y a los cánones que culturalmente seguimos reproduciendo. Y tragando. Y vomitando. Sino por nuestros hijos, por su concepto de la belleza, por lo que aprenderán del mundo que les rodea. Por lo que aprenderán de nosotros, ay madre mía. Y me siento impotente a veces ante tanta mujer 10, ante tanto hombre impoluto. Ante toda la mierda que tragamos cada día sin ni siquiera ser conscientes. Ante los dioses de barro (hidratanto, por favor) que nos rodean con su canto de sirena. Y ya sabemos dónde acaban esos cantos. En nada.

No nos queremos. No aprendemos a querernos como somos.

¿Cómo seremos capaces de enseñarles que hay belleza en nuestras taras? Que no existe esa quimera de la perfección. Que el mundo es lo que es por lo feo, los errores y los fracasos de la naturaleza, y del hombre. Y que la paz interior no reside en una 36…

 

Una cama sin hacer

Puedo jugar a ser lo que yo quiera. Entrar, salir, hacer y deshacer. Puedo ser quien yo quiera, y no ser nadie si me apetece. Puedo dejar rastros en mi camino o pasar sin rozar el suelo. Puedo tocar en tu puerta al marcharme o salir sin que nadie lo note.

Y no tener muebles.

Y vivir a bocanadas.

Y ser una cama sin hacer.

Imagen: Cama sin hacer,1957 IMOGEN CUNNINGHAM