Corriendo como malditos

No me gusta correr.

Pero reconozco que, a veces, en determinadas situaciones o sin venir a cuento, el cuerpo te pide urgentemente desplazarte sin fin, salir despedido hacia cualquier otro sitio en el espacio. Y moverte, rompiendo el aire a tu alrededor. Sin mirar atrás, o tan siquiera delante. Sin mirar nada más que un punto perdido más allá de donde te encuentras, clavado.

No me gusta imponerme rutinas más allá de las que ya tengo impuestas, pero reconozco que cuando la vida aprieta mucho, o cuando no sabes hacia dónde tirar, te sale el “corre, Forrest, corre” para que no te pillen los matones y te peguen una paliza. Y corres. Incluso sin moverte. Como para salvar tu vida. Como para desaparecer. Sin poesía. Huyendo de ti mismo. Con ruido en los oídos y muy  mala leche en los nudillos. Buscándote las vueltas, los agujeros, las ganas de tirar la toalla, las ganas de romperte.

No me gusta correr. Pero sí me gusta desafiarme. No solo corriendo.