Oda al fracaso

Nos pasamos la vida luchando contra nosotros mismos por no fracasar. Cuando en realidad, fracasar en la mejor posibilidad (aunque se nos caiga la mandíbula del susto).

Se me mueren todas la plantas.

No sé aparcar desde la izquierda.

Sigo sin entender el fuera de juego.

Se me escapan los puntos al tejer.

No soy capaz de sincronizar las dos mitades de mi cuerpo al bailar.

Tengo letra de médico.

He desteñido de rosa un montón de ropa.

No tengo constancia para salir a correr.

Se me olvidan cumpleaños importantes.

No soy buena con las matemáticas.

No sé silbar así con los dedillos, como la gente guay.

En mis fracasos, muchos y los que están por venir, lo más complicado ha sido siempre perdonarme. Y seguir levantándome cada mañana sabiendo que no soy esa versión mejorada de mí misma que quiero ser.

Pero según voy acostumbrándome a cagarla, y perdonándome, porque no me queda otra, voy dándome cuenta de que equivocarme me ha traído grandes cosas. Las mejores. Porque he aprendido a quererme, más lista o más idiota. Porque no me importa. Y me voy a querer igual.

Igual que perdono a mis cachorrillos. Igual que mi madre me quería a mí.

No nos enseñan a fracasar. Nadie nos explica la importancia del test A/B en la vida real. Pero lo necesitamos. Mucho más que el éxito, esa cosa tan sobrevalorada y que tan buen marketing tiene. Pero que no sirve de tanto (o eso dicen).

Rasca un poco, anda. Rasca la superficie del éxito y encontrarás un fracaso. O varios.

Porque no hay mejor éxito que el fracaso. Y esta sociedad, aun a pesar de vivir en el fracaso continuo, sigue viviendo de cara a la pared.

“Me conformaré con ver la vida pasar, nada de esto será trascendental”.

Gracias Tulsa.