11 remedios para no perder la cabeza

Yo la estoy perdiendo. Es un hecho.

De ayer a hoy ya me noto la cabeza como más vacía, con menos fundamento aún si cabe, y hasta me cuesta recordar en qué episodio de las trescientas series que sigo voy, jjjjjj.

Un desastre, oigan. Este 2014 está siendo maravilloso, pero también me ha colocado en una carrera de fondo de lo más apasionante, y ya voy con la lengua fuera y las ojeras colgando. Y solo estamos en febrero!!! No me quiero imaginar cómo voy a estar en diciembre.

Por eso mi post de hoy (esto suena como si escribiera a diario, ¿eh? mola hasta imaginarlo, jajajaja) va de remedios para no perder más neuronas y cabeza, cuando, como es mi caso, no tienes ni tiempo ni dinero para irte de escapada a las Bermudas (por poner un sitio, vamos) y que un . Así que estas son las cosas (no están en orden de prioridad, ojo) que creo yo, y cualquier ente sometido a presión igual a superior a su masa corporal deberíamos hacer para no morir dentro de una oficocina como la mía devorados por el trabajo o las obligaciones diarias:

1. Irme una noche a cenar con mi santo y empaquetar a los niños a algún alma caritativa 🙂

2. Quedar con mis amigas a tomar cañas y reírnos muy alto de algún tipo que esté por allí hasta que nos echen del bar.

3. Tirarme al suelo a jugar con mis hijos y que me metan el codo en un ojo o me aplasten la nariz con un pie. Eso mola siempre.

4. Apagar el teléfono y el ordenador a las 20 horas. Esto debería ser por ley, en serio. Aunque ciertas conversaciones nocturnas de whatsapp no tienen precio como desestresantes!

5. Repetir la 1, 2, 3 muchas veces mientras la 4 está siempre activada 🙂

6. Escuchar música y cantar a gritos.

7. Hacer tartas de chocolate.

8. Comerlas con amigos y familia. Ya sea visitando o en casa, como sea, pero con mucho chocolate y muchos amigos. También valen fabes o galletas, o paellas, o cualquier excusa comestible. La cosa es quedar. Y comer jjjj.

9. Escribir más… O dedicarle más tiempo a lo que le gusta a uno….

10. El yoga: está en último lugar pero podría el primero. Imprescindible para mantenerse un poco cuerdo en estos días revueltos 🙂 Y mira que una servidora es poco espiritual, pero no puedo sino aconsejarlo a todo el mundo, tanto física como mentalmente!

11. No hacer listas de 10 cosas 😀

Y tras el momento “consejos que no seguiré” aquí va el vídeo de hoy, una canción que vale para gritar y hacerlo muy alto, además de ser estremadamente bonita.

¡A cuidarse!

Y el caos se hizo mañana

Hay madrugadas en las que en vez de lanzarse con alegría hacia el mundo exterior más nos valdría utilizar ese impulso para hundirnos más hacia el fondo del edredón para descubrir si hay más allá detrás de las dobleces de la funda nórdica…

Yo creo que mi funda nórdica no tiene final: tiras y tiras hacia arriba y sigue apareciendo más y más extensión de tela con la que taparte… Eso sí, solo tela, porque el edredón sí que tiene una frontera bien clarita, que es siempre más abajo de donde a mí me gustaría que acabase. Enigmas de la humanidad doméstica.

Y podría, debería, haberme quedado ahí meditando si hay más mundos al final de la cama o no. Pero oh tonta de mí, me he empeñado en empezar el lunes con energía. Solo para toparme con un universo hostil que me ha devuelto algo que debo haber hecho fatal en otro momento en forma de catástrofes varias.

La primera: mi casa está llena de virus. Mi garganta y sistema respiratorio están dominadas por el mismísimo demonio, y cada vez que toso parece que surgieran desde las mismísimas profundidades coros de acólitos infernales alabando al creador. Un gusto que da oírme. Pero es que además mi correo también se ha llenado de malvados agentes diabólicos que se dedican a reenviar sin piedad miles y miles de mensajes con contenidos altamente cuestionables a mis contactos. Y a todo esto, yo me pregunto ¿por qué el spam está basado en la pornografía, la viagra y el alargamiento del pene? ¿Por qué no podemos hacer un spam inteligente y reenviar las últimas aportaciones a la humanidad del amigo Punset? ¿O la viñeta del día de Forges? ¿No sería ésta una estupenda solución a muchos de los problemas de insustancialidad del mundo? A mí esto me molaría mucho más, la verdad. ¡Hackers y robots spameros del mundo! ¡Haced de vuestras malas artes una revolución cultural!

La segunda: mi hija ha decidido esconder sus “herramientas escolares” y a las siete y media de la mañana he tenido que rastrear mi casa de arriba a abajo en busca de su taza rosa antigoteo .  Infructuosamente, he de decir. Y eso que he sometido a interrogatorio a la interesada desde que la he sacado abruptamente de sus casi doce horas de sueño. Pero ella, mirándome tiernamente con sus enormes ojos azules, se ha limitado a darme un lametazo en todo el careto como única respuesta. Bien. No tenemos taza antigoteo hoy. Hoy no cumplo el mandatorio del pack “guarderíl” de cada lunes compuesto por: baberos mil marcados por detrás con rotu con su nombre; baby marcado con rotu y con manchas de pintura de colores que no saldrán nunca porque aunque en la guarde dicen que son lavables, debe ser que mi agua y detergente y frotamientos varios no tienen la autoridad suficiente como para que las témperas especiales para niños decidan desaparecer de nuestras vidas; taza rosa antigoteo con su nombre marcado con rotu y que hoy debe estar de excursión, descubriendo el mundo exterior (enhorabuena, amiga, mándanos una postal y traénos algo cuando vuelvas); y sábana bajera de alta calidad y gomitas elásticas, ilustrada con un dibujito personal e intransferible pintado por una servidora para que la niña sepa dónde debe tirarse a la hora de la siesta y no lo confunda con el de sus compis de fatigas (algo que no creo que agradezcan los demás pequeños, ya que mi hija es de las últimas en dormirse y según me cuentan, se dedica a despertar a los afortunados que ya dormitan su merecida siesta. Angelito).

Sábana que oh, la tercera, he olvidado al salir de casa debido a la intoxicación y a la precipitación con que hija y madre hemos salido de casa debido a la calcinación de un apetitoso arroz blanco que estaba yo en proceso de cocinar mientras buscaba la taza, vestía a mi hija y terminaba de recoger un poquito la casa para dejarla presentable en caso de que se presente alguien sin avisar… Se ha formado tal humareda en mi domicilio que hemos tenido que sacar corriendo la olla incendiaria al patio sin ni siquiera intentar salvar algo del chamuscado arroz (parecía poco probable que quedase algo medianamente comestible). Y mientras mi hija me imitaba sacudiendo los brazos a la manera helicóptero para intentar sacar el humo pestilente de la cocina ha tirado la caja de las pinzas de la ropa que, evidentemente, no estaba donde debía, y que ha acabado inundando con un mar de colorines el suelo y con nosotras dos de rodillas jugando al “a guardar” y tosiendo mil demonios entre el humo condenado y los virus estos que me ha pegado mi niña del alma.

Tranquilos todos, no os abalancéis a los teléfonos de urgencias. Las interesadas no hemos sufrido daños, si bien mi estrés ha alcanzado esta mañana unos límites fuera de lo permitido por la Agencia Mundial de Estreses Mañaneros. Y si hay que buscar víctimas, puede que la taza entre en la lista de desaparecidos, le daremos 48 horas para llamar a las autoridades y bajar a la farmacia a comprar el reemplazo.

La casa sigue en pie, Santo de mis entretelas, y es probable que en el barrio nos miren mal durante una temporada debido a ese olor que hemos extendido entre nuestros amables vecinos. Pero bueno, tienen mucho que callar por esa zona, tanto negocio ilegal seguro que es motivo suficiente como para no tomar represalia contra nuestra humilde e inofensiva unidad familiar. Espero…

La presión de la perfección

Partiendo de la idea de que todos los niños tienen un componente infernal absolutamente ajeno a la voluntad paterna y que es parte de la infancia el volverse loco de vez en cuando al ver caer una hoja del árbol, o entrar en un bucle histérico cuando les quitas su juguete preferido, hay que reconocer que gran parte del problema de un crío insufrible,son sus padres, somos los padres.

Siempre que veo esas bestias pardas que salen en programas catastrofistas como “Supernanny” o “Hermano mayor”, me entran escalofríos al pensar que mi tierna y dulce criatura pueda llegar a insultarme o incluso a pegarme un puñetazo (los manotazos que me ha arreado hasta ahora no cuentan, son con mucho cariño, jeje). Y siempre acallo esas perturbadoras imágenes pensando en que, salvo alguna desviación genética desconocida, una sobreexposición a Belén Esteban, o muy mala suerte, mi hija tiene muy buen fondo y su comportamiento presente y futuro depende casi al 100% de que su padre y su madre le den una buena educación.

Además del comportamiento, también me ha preocupado y mucho desde el principio, si lo estoy haciendo bien o no en cuanto a su crecimiento intelectual. A mi alrededor han surgido defensores de la estimulación temprana, de la música de Mozart para aumentar su inteligencia, de las guarderías temáticas e incluso de las clases de idiomas desde los 3 meses. Sin embargo, sin saber por qué realmente, siempre he preferido dejar a un lado el estrés “educativo”, al menos tan pronto, y me he relajado en este sentido para dedicar mi atención a temas mucho más terrenales como la lactancia hasta el año y medio, el trabajo en casa y fuera y “abroncarla” si tira la comida al suelo para intentar dominar su tremendo carácter. Tiempo tendrá de aprender lo que le venga en gana.

Ahora, al leer “Bajo presión” (RBA)Carl Honoré ha venido a reforzar lo que ya pensaba afrontando esta misma premisa de una forma entretenida y con los pies en la tierra.

El autor de “Elogio a la lentitud”  nos presenta ejemplos de variados rincones del mundo en los que un buen puñado de familias están replanteándose cómo educan a sus hijos: lo que esperan de sus hijos y cómo educarles, los horarios, las actividades extraescolares, los hábitos de juego en casa, las comidas familiares… Para demostrar finalmente que menos es más: menos presión en los estudios, menos niños tomando prozac, menos TDAH, menos proyección de nuestros propios anhelos, menos actividades después de las clases, menos tiempo abducidos por la videoconsola, menos juguetes en los armarios, menos estrés para llegar a tiempo a todas partes, menos horarios rígidos y marcados y como contrapartida, más tiempo libre con ellos, más libertad para inventar sus propios juegos, más flexibilidad con los horarios y más, mucho más relax.

Así, después de leerlo con atención, y de encontrar los suficientes errores en la traducción como para recordar por qué prefiero siempre el original, llegué a la tranquilizadora conclusión de que no hace falta y parece no ser realmente efectivo ponerles los CDs de Baby Einstein con un mes de vida para aumentar su CI, que no tengo por qué aspirar a que mi hija sea superdotada y que no debo intentar crear una super niña, que la nena necesita muy pocas cosas para desarrollar su imaginación y su propio mundo interior, y de que yo no necesito estar supeditada, en sueldo y tiempo, a que desarrolle su psicomotricidad a 50 euros la hora, o a maltratar mis riñones jugando en el suelo con ella toda la tarde para ser una buena madre (aunque sí que me chifle hacerlo un ratito, lo justo para acordarme de recoger la ropa del tendedero), porque también tengo que dejarle espacio para que se aburra, se busque la vida, intente meter los dedos en el enchufe, se pise ella misma un dedo, llore un rato, machaque sus muñecos, mire al techo y acabe reorientando su juego. O eso, o correr bajo mis faldas, que también ocurre, seamos sinceros.

La teoría de Honoré se basa en no poner tantas expectativas sobre nuestros niños, en dejarlos ser eso, niños. En no sacrificar nuestro escaso tiempo en pos de las necesidades que nosotros mismos les hemos creado, porque lo que más necesitan nuestros hijos es nuestro tiempo.Y me encanta porque siempre he pensado que para que mi hija sea feliz yo también necesito ser feliz y no sufrir a cada segundo por no estar a la altura.

Tristemente esto tan idílico tiene un “pero”, o varios, y él mismo lo reconoce. Y es que en la realidad, en nuestro día a día, dejarlos ser niños ya no es lo que era. Dejarlos salir solos a la calle es inconcebible hasta los quince, por lo menos, y hasta los parques infantiles parecen en muchos casos trincheras de guerra, al menos en mi barrio (siendo políticamente correcta, y optimista también, uno de los más multiculturales y variopintos de Madrid). Además, en el caso de las actividades extraescolares, éstas son en la mayoría de los casos, no solo una forma de entretenimiento para los niños, sino una vía de escape para los padres, atados por nuestros horarios, y que o tiramos de abuelos o les apuntamos a todo lo que se menee.

Pero bueno, sabiendo lo difícil que es llevarlo a la práctica, reconozco que las palabras de Carl Honoré han contribuido a reforzar la confianza en mí misma como educadora, y a afianzar la creencia en la absoluta responsabilidad de los padres como “escultores” de la personalidad y la felicidad de nuestros hijos: queremos ser los mejores padres y tener los mejores hijos. Así visto, es toda una presión. Sí.

Pero en nuestras manos está  disfrutar de esa responsabilidad junto a ellos y en no convertir esa presión en una losa, sobre nosotros y sobre nuestros hijos. En asumir que no somos perfectos y que no es justo ni sano aspirar a que ellos sí que lo sean. En no complicarnos la vida sin necesidad.