¿Qué les pasa realmente con su pito?

El exilio de mi mansión tiene, entre otras muchas, una consecuencia muy directa: tengo que coger el coche varias veces al día. Ni me apetece ni me emociona, pero no me queda otra. Así que ahí voy, todos los días, cruzándome la capital y arrastrando conmigo, además de a mi criatura, una duda que me corroe por dentro desde hace tiempo y que no me puedo callar por más tiempo…

Señores conductores, amigos y compañeros enfrascados en un atasco y que esperáis a que circulen los vehículos de delante (parados por varios y complejos motivos), ¿por qué, …(coloquen aquí el improperio que más les satisfaga)…, pitan?, ¿es que no ven que están parados porque los delante también lo están?, ¿realmente en su fuero interno creen que, por arte de magia, al tocar Uds. repetida e insistentemente su santo pito esa larga fila de automóviles va a empezar a moverse?

No, seres vociferantes de dedos pegados a un claxon (cuando el dedo en cuestión llega a separarse de uno o ambos orificios nasales). A lo mejor tantos años en el asfalto les ha nublado el entendimiento pero lo cierto es que no funciona así. Y parece mentira que tenga que llegar una neófita en estos lares automovilísticos para abrirles los ojos (ya que no se les puede abrir otra cosa, lacerantemente, cada vez que golpean ese pito como si les fuera la vida en ello). Por mucho que descarguen su ira sobre el pobre pito, han de saber que lo único que van a conseguir es subir el ya elevado nivel de decibelios de ésta nuestra ciudad y encender aún más los ánimos de sus compañeros. Aunque no sé qué es peor, si tener sus pitidos incrustados en la cabeza como el politono a prueba de sonotones del móvil de mi abuela o escucharles cuando asoman sus cabezas por las ventanillas y empiezan a soltar delicadezas a no sé sabe quién…

Y luego están los que se pican a ver quién lo tiene más sonoro. Que eso también lo he visto. Y ahí que los ves, cuales carneros en lucha por la hembra en celo, presas de un ciego ardor, golpeando infructuosamente sus pitos una y otra vez, y alterando las neuronas de todos los presentes y el pH de mi piel, que la tengo muy sensible.

Y es que esto de los atascos mañaneros, en plena hora punta y en una ciudad tan mal hecha como Madrid, da para ver de todo, amigos.

Porque se puede conducir bien, conducir mal, no poner el intermitente (melón!) o saltarse los semáforos en plan suicida, vamos, que se puede ver de todo, pero es que la obsesión por el pito es que me fascina, me maravilla, me da hasta ganas de subir el freno de mano, y bajarme del coche en plena procesión para preguntarles, cuadernillo y lápiz en mano, si es que su madre no les dio suficiente amor de pequeños, si no les escuchan en casa o si es que el tránsito intestinal les va regular. Porque ese apretamiento convulsivo del pito tiene que venir de algún sitio, amigos. Y alguien tiene que averiguarlo…

Y a modo de complemento algo violento, ilustro este post con un instinto que amenaza con salir muy a menudo, ejem… Es buenísimo, pero es una película, amigos, no hagan esto en sus calles, por muchas ganas que les entren.