El periodismo está K.O., casi

No sé muy bien porqué estudié periodismo. Y aún así no me arrepiento. Aunque ya no ejerza como periodista, ya se sabe que muchas veces no eres aquello en lo que curras, afortunadamente o no, y sigo y seguiré interesada en el incierto presente y negro futuro de esta triste profesión.

Hoy me he encontrado en el twitter con este post IMPAGABLE de uno de los blogs de La Página Definitiva, y según iba leyendo, la ira crecía en mi interior. La ira, y la tristeza, y la absurda sensación de que esto ya lo le he leído, y lo peor, ¡esto ya lo he pensado! Reconozco que Factual no ha estado entre mis medios de lectura recomendada, pero sí que me intriga y me indigna que pasen estas cosas mientras un patán tan inservible para la humanidad como Pérez Hilton se hace de oro mientras se mete el dedo en la nariz y es una FUENTE de información usada por medios serios… Desde luego da que pensar.

Y es que hoy en día leer noticias en la red es como ver las actualizaciones del Facebook, tan sólo te interesan dos de cada mil. El resto son tonterías de granjas, gente que necesita pollos y clavos o que no sé quién se ha hecho fan de un grupo cada vez más absurdo que el anterior (a mí qué más me da que un pepino tenga más fans que El Canto del Loco?????). No entro en el Facebook para informarme sobre el estado de la nación, pero sí para satisfacer esa necesidad morbosilla de saber qué se cuentan los demás, y es cada día más frustrante. De hecho, sigo queriendo desaparecer de su base de datos, y si no lo hago es por cobardía 2.0.

Pues con la búsqueda de información en Internet me pasa algo similar. Cada vez que visito los grandes sitios de información general, tipo El País, El Mundo, Público, etc, me descubro leyendo con el mismo interés, o menos, que ante Menéame, por ejemplo. Las noticias son las mismas, cada vez hay más presencia de los personajillos en las portadas, porque hay que atraer a los lectores (a los lectores de qué, digo yo), titulares escandalosos y engañosos en muchos casos, versiones de lo mismo con distinta dirección web…. Cada vez tienen más importancia los blogs, a los que se alude en todas partes, son fuente de noticias no contrastadas que circulan por todos los sitios de rigor mientras los internautas comulgamos con todo este teatrillo sin decir ni mú.

Qué nos queda? La tele? A mí desde luego no, porque ver un telediario a las nueve de la noche es harto desagradable: entre los chistes pésimos y los refritos de internet, las secciones interminables de fútbol, las imágenes repetidas hasta la saciedad de las lesiones imposibles de los deportistas o las escenas más sangrientas de guerras que no conocemos o no queremos conocer… se te quitan las ganas y acabas haciendo zapping para huir de ese panorama.

¿La radio? Pues aunque hay de todo y el pastiche de noticias absurdas también llega hasta muchos programas, tengo que reconocer que para mí es el oasis del periodismo, por ahora. Aunque estoy cansada de los figurones que mueren de protagonismo tras el micrófono, aún me cuento entre los fieles de las ondas herzianas. Y que dure…

Porque todo lo demás son chismes, todo lo demás es como leer la revista Cuore con fotos más o menos photoshopeadas, pero chismes al fin y al cabo.

El lloro con hipo

Y no lo digo como algo malo. Aunque me da algo de cosilla recordarlo por la inocencia perdida, reconozco que si volviese a verlo ahora (y no quiero dar ideas para reposiciones indecentes, por dios) seguro que lloraría por dos motivos: por lo tontorrona que soy, primero. Y por no tener a mi madre a mi lado para llorar conmigo, segundo.

Ahora estaba viendo un programa español, bastante malo, copia de uno americano, bastante malo también pero algo menos cutre, donde me vuelven a sacar el lado lacrimógeno. Y es que siempre me pasa lo mismo. Aunque ya sepa que la casa que les van a dar a la familia afortunada va a ser preciosísima y que les va a gustar pero mucho, mucho, en cuanto les veo ahí moqueando de alegría… nada, que me pongo a llorar como una tonta. Y lo peor, es que hasta me da el hipo.

Es como cuando veo «El último mohicano». Entre la banda sonora, que me pone en plan pelospuntismo, y esa escena de la hermana muda (era muda ¿no?) que ya me he visto como ocho o nueve veces, acabo la peli siempre con dolor de cabeza de tanto sollozar.

Y lo peor, o lo mejor, es que sé que mi hija y yo perpetuaremos la tradición que mi madre empezó conmigo aquellos domingos por la noche viendo programillas de lloro con hipo.

El aburrimiento existencial

Esto es una reflexión floja de las grandes, como la mayoría que leo por ahí. Pero me apetecía hacerla, porque sí.

Contra el aburrimiento típico, el del domingo por la tarde en el sofá con pocas ganas de nada y manchas de mermelada en el pijama, hay muchas soluciones. La mejor termina o empieza despojándonos a mordiscos del pijama.

Pero contra el aburrimiento existencial, ese que vemos en las caras que casi nos tocan en el metro, por mucho que nos echemos para atrás, pues contra ese, hay poco que hacer. Podría recomendar entre otras posibles soluciones catárticas, las siguientes:

– Tener un hijo o varios (que también termina o empieza despojándonos a mordiscos del pijama). Pero eso requiere algo de esfuerzo y de pasta, y si el aburrimiento está muy enconado, ni siquiera el infante más activo terminará con el desasosiego. Como mucho, lo despistará por un rato camuflándolo por las típicas preocupaciones paternas. 

Leer un libro. Ya sea electrónico o en papel, da igual. Leer amplía horizontes de pensamiento, y un pensamiento estrecho es el puente levadizo hacia el terreno del abandono existencial. Es mi favorito, por barato, eficaz y anestesiante de lo feo que hay a nuestro alrededor, y lo mejor, de lo feo que llevamos dentro. Ojo, no vale para malos, si eres malo, por mucho que leas, seguirás siendo un malo. Listo, pero malo.

– Había considerado ver la tele. Pero, tras un segundo de reflexión, lo anulo. Mejor, ver pelis y series descargadas de Internet a lo bruto, sin pensar. Ver pelis coreanas, kazajistaníes, canadienses, de lo que sea, menos de Hannah Montana, y series a «tutiplen», de todo tipo, sin filtro ni piedad. Algo bueno saldrá, seguro.

– Salir a la calle sin prisas, sin correr, ni destino definido. Pasear y pasear y pasear, si la nieve lo permite, of course. Esto, dependiendo de la zona por la que pasees, puede tener sus derivaciones positivas y/o negativas, pero merece la pena arriesgar. «La verdad está ahí fuera», le decía el bueno de Mulder a la escéptica de Scully (antes de convertirse en un fornicador cuasi profesional…) y tenía toda la razón.

Hay más cosas, pero a mí ahora no se me ocurren más. Ah, sí, ¡dejar salir antes de entrar!

Para no aburrirnos, ni dejarnos llevar por Sálvame y su «por mi hija, ma-to», let’s dance.