Desata la tormenta

Desde las seis de la mañana con la musiquilla en los oídos: llega una tormenta, rubia, llega una tormenta…

Desde las seis de la mañana oliendo a la dulce lluvia, con la ventana abierta de par en par, y las aletas de mi nariz haciendo flexiones para no perderse ni una sola motita de tierra mojada.

Desde las seis de la mañana con el viento, caliente, sí, muy caliente, moviéndome el flequillo caprichoso, como si no me estuviera yo dando cuenta de que me quiere decir algo.

Desde las seis de la mañana esperando que el cielo termine de decidirse sobre si romperse o no.

Y yo, tantas horas después, y sin haber visto caer una sola gota tras tanta espera, como amante reciente y ansiosa, con las ganas descabritadas y la necesidad de un final húmedo, no puedo contener ya más las ganas. Y como loca que aún no se ha desconfinado por dentro, grito bajito a ese nubarrón empalagoso que me mira desafiante desde lejos…

¡De una vez por todas, maldita sea, desata la tormenta!