Maldita magdalena…

¡Maldita magdalena de Proust! La muy pérfida se ha colado en mi imaginario sin mi permiso… Y así, mientras saboreo un típico dulce  jordano (equivalente a una bomba de uranio enriquecido explotando en mis caderas),  sufro un momento “magdalena” y, cual prota tristón del francés,  recuerdo con nostalgia cómo los mordisqueaba mi madre con placer juguetón, sabiendo como sabía entonces que sería el último gustazo que se daría en su vida.