Tampoco hay que ser muy avispado para darse cuenta del estado de atontamiento supino,
superficialidad y borreguismo del que hacemos gala en este, nuestro país. No hay que ser muy listaco, ni ser Pérez Reverte, ni tan siquiera estudiar un máster en opinología de tertulianos de esos que tanto abundan por estos lares. Basta con echar un ojo a la prensa, o a la tele, o escuchar la radio. Pero hay momentos puntuales, ocasiones célebres, en los que estos niveles de surrealismo a los que ya estamos acostumbrados superan con mucho los límites de la realidad. Sigue leyendo