Ni tregua ni consuelo

Estos días, estas semanas, lo que más estoy ojeando no es el catálogo de las plataformas de streaming, o el de libros digitales, ni siquiera el de los supermercados online, tan codiciados.

Lo que tengo ya manoseado, raído, hasta aburrido ya, es mi catálogo personal de carencias. Un panfleto egoísta a ratos, universal otras veces, absurdo, pequeño, gigante. Un cúmulo de despropósitos que no están a mi alcance y que, quizás por eso, no puedo dejar de repasar. De memorizar hasta el último espacio en blanco, hasta el último vacío.

Un catálogo que, tras un mes, ha evolucionado y madurado. Que en una muestra de madurez superior a la mía, puede que se haya ido adaptando a nuestro encierro mutuo. El mío y el de mis anhelos, el de mis necesidades, mis angustias.

Lo que no tengo, lo que nos falta, lo que me han quitado, lo que no tendremos en el futuro. Lo que no soy. Lo que dejo de ser, de hacer, de entender.

Empieza  y termina con mis hijos, para qué engañarnos. Los que exigen respuestas a preguntas que ni yo tengo resueltas. Los que me obligan a crear para ellos un lugar seguro, incluso aunque yo sea una traidora absoluta, una impostora, una ilusionista de medio pelo que a duras penas consigue poner en marcha el espectáculo de luces y sombras. Es muy probable que sin ellos estuviera acurrucada bajo el edredón desde el día 1, y que esa sensación constante desde que me convertí en madre de vivir fuera de mí, para ellos, se haya visto multiplicada estas semanas hasta límites no sospechados.

Porque en este catálogo de carencias, además de la incapacidad para sentirme armadura, luchadora, castillo, para mis hijos, tampoco encuentro confianza frente al futuro, ni esperanza de algún cambio.

Me falta el aire muchas veces, me falta el cielo abierto, y un camino libre, despejado. Me falta la fuerza mental para no autocompadecerme aunque no tenga por que´. Me falta autoengañarme pensando que controlo más o menos lo que hago, y no hay duda de que me falta el valor para no tener miedo a perder lo poco que ya tengo. Algo me queda de humor, que uso como barrera, como improvisada mascarilla cuando debo enfrentarme al mundo, sea como sea. Pero siempre convencida de que seré desenmascarada a la primera sonrisa desmadejada. Recuerda, no te toques la cara, te dicen, esa sonrisa falsa no te salvará de nada…

Pero además ahora ha llegado el capítulo de no tener a nuestro alcance el consuelo frente al duelo. Nos falta en nuestro estante de víveres, ese que corremos a reemplazar una vez a la semana, pensando que todo se compra, el abrazo, el tocarnos, el apretarnos para sentirnos presentes, el ir corriendo a unirte en manada frente a una muerte.

¿Cómo se vela desde lejos?

¿Cómo se aferra uno a aquello a lo que no puede ni acercarse?

No hay tregua ni consuelo, como diría Vetusta Morla.

El catálogo sigue creciendo.

 

 

 

8 thoughts on “Ni tregua ni consuelo

  1. Pues no se vela desde lejos. No se acompaña. Se llora sola en el baño porque tu abuelo se ha ido y no puedes ni abrazar a tu madre fuerte porque su padre se está muriendo. Porque tienes dos hijos pequeños que aunque puedes mostrarles sentimientos no es momento de derrumbarse porque ellos ya están al límite de no poder ver siquiera el sol…
    Así que no, no hay tregua ni consuelo.
    Gracias por poner palabras a los sentimientos.
    Un beso Mónica 😽😽😽

    1. Qué penita más grande, Estela, ojalá podamos pronto dar esos abrazos pendientes en nuestra lista, y todos los que nos dejen, claro… Un abrazo enorme y gracias por leerme y comentar

  2. Me daba miedo leerte, porque sabía que pondrías letra a mis pensamientos… el sábado previo al confinamiento fui a ver a Vetusta Morla a un Auditorio y me viene a la mente una y mil veces ese momento de felicidad y disfrute absoluto, libre y despreocupado.
    Un abrazo,
    Eva

    Gracias por seguir escribiendo

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